Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, son creación de la novelista Kyoko Mizuki. Adaptación del libro "El Gran Gatsby" de F. Scott Fitzgerald.
Advertencia: Debido a la trama de la historia la personalidad de algunos de los personajes de Candy Candy puede variar un poco.
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Chicago. Verano de 1923
- ¡Agua! Sírveme un poco de agua, por favor- solicitó. Con desesperación, aflojó el nudo de la corbata para permitir que su respiración fluyera de mejor manera. Las arrítmicas palpitaciones de su corazón, le indicaron que un episodio desagradable estaba por sucederle.
-Respira... respira... es sólo un ataque de ansiedad, no vas a morir, ni vas a perder la conciencia, ni la cordura... recuerda, sólo tienes que respirar profundamente- pensaba, con aprehensión.
Tomó el vaso que le ofreció Thomas y lo bebió con avidez.
- Abre la ventana. Necesito aire- Al sentir la corriente fresca que entró a la habitación, inhaló profundamente y exhaló pausadamente. Después de algunos minutos, logró que se sosegara su ritmo de respiración y los incómodos síntomas comenzaron a menguar, consiguiendo que su semblante comenzara a recomponerse.
- ¿Estás mejor?- preguntó Tom, con evidente preocupación.
- Sí, gracias- respondió
- ¿Qué fue eso?
- Ataques de ansiedad. Los sufro desde hace unos meses.
- ¿Por esto que me estás contado?
- En parte...- dijo, sirviendo más agua en el vaso -Han sido tantas pérdidas que de alguna manera tenía que salir toda la tensión acumulada.
- No tienes que seguir si no lo deseas.
- Nunca le había contado esto a nadie. Sólo a mi terapeuta. Annie lo vivió conmigo pero creo ella tiene más capacidad de sobreponerse.
- Comprendo que es un recuerdo doloroso. Tal vez sea mejor que...
- No, déjame terminar. Lo necesito- Tom lo miró, dudoso -Estaré bien- aseguró.
- Muy bien, te escucho.
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- ¡George! ¡Conteste! ¡George!- grité, con el auricular en la mano.
Después del ruido de las detonaciones, sólo pude escuchar los murmullos de una sinfonía y gritos desaforados.
- ¡Suelta el arma!- ordenó una voz, que me era desconocida.
- ¡Alguien responda! ¡George! ¡Albert!- volví a gritar, lleno de pánico ante la incertidumbre de lo que acontecía del otro lado de la línea.
- ¡Cornwell! ¿Qué sucede?- me volví y me percaté que todos los que estaban ahí me miraban sorprendidos.
- Yo... él...-balbuceé nervioso - ¡Me tengo que ir!- tomé mi chaqueta y salí apresurado.
A esa hora era prácticamente imposible conseguir un taxi. Corrí varias calles intentando obtener uno sin mucho éxito.
- ¡Ey! ¡Ey!- escuché que me llamaban.
Un auto se había acercado a la acera donde aguardaba por un taxi.
- Es usted primo de Grandchester ¿No es así?- me dijo
Me acerqué a mirarlo. No lo reconocía.
- ¿No me reconoce? Nos conocimos en la fiesta del apartamento de la Quinta Avenida.
- ¡Oh! ¡Claro!- fingí, no le recodaba en absoluto.
- Está loco si piensa que a la hora del almuerzo va a conseguir un taxi ¿A dónde va?
- Voy a Long Island- respondí
- Ummm- dudó - No voy hasta allá, pero puedo acercarlo.
- ¡Sí!- dije, con alivio y entusiasmo -Se lo agradezco mucho.
- ¿Sabe que Susana ha muerto?- me dijo, después de un rato de camino. Me quedé perplejo.
- ¡Muerta! ¡¿Cuándo?!
- Hoy, muy de mañana. Ayer la atropelló un auto.
- ¿Cómo se enteró?- pregunté, con un hilo de voz.
- Me lo ha dicho mi novia, que era muy amiga suya. Es una pena, era una chica agradable.
Después de la espantosa noticia, el camino se me hizo eterno. No pudiendo conseguir un vehículo, tomé el tren en donde me había dejado mi compañero de fiesta. Para mi mala suerte, un accidente en las vías retrasó la circulación por varios minutos. Dos horas y media más tarde, llegué a la mansión Ardley.
Lo que vi me estremeció de pies a cabeza. Había policías por todos lados y un ir y venir de fotógrafos, reporteros y gente que no conocía.
A medida que avanzaba, el miedo crecía dentro de mí. Aunque no sabía que esperar, mi mente comenzó a crear un sin fin de imágenes aterradoras acerca de Albert. Temí lo peor.
Seguí el flujo de personas y fui a dar a la piscina, cuyas aguas estaban tintadas de un color rosáceo. Dos cadáveres yacían en el lugar. Uno estaba en una camilla y el otro seguía en el piso en medio de un gran charco de sangre. Tenía la cabeza descubierta, mientras un fotógrafo y un forense, tomaban algunos datos y captaban algunas imágenes. Me acerqué a verlo y con horror vi de quién se trataba.
-¡Collins!- murmuré.
- De manera que este es Albert Ardley- escuché decir a un individuo obeso vestido de traje que había levantado la sábana del hombre de la camilla.
- ¿Te lo imaginabas así?- preguntó otro.
- No- respondió -Me lo imaginaba muy diferente.
- ¿Quién diría que iba a morir de esta forma? ¡Por un crimen pasional!
- Bueno, eso parece, aunque no está confirmado- dijo, soltando la tela sobre la cara del fallecido.
- Supongo que no se puede vivir y morir con estilo- ambos rieron.
- ¿Sabes quien es el detenido?
- No lo sé, pero eso le compete a otro estado, al parecer el policía que está aquí venia tras él. Que se lo lleve, entre menos problemas, mejor.
Me quedé atónito al escuchar aquella conversación. No podía moverme, no podía hablar, casi ni pensar. De pronto, sentí que me vi envuelto en una atmósfera que parecía irreal. Como si me hubiera transportado a un plano paralelo completamente fuera de mi presente.
- Esto no es verdad- dije -No es real- y, sorprendentemente comencé a reír -Esto es un maldito sueño- susurraba entre risas -¡Una pesadilla!
Una mano tocó mi hombro. Mi cuerpo reaccionó con violencia y me giré con el puño en alto dispuesto a golpear a quién estuviera de tras mío.
- ¡Joven Cornwell!- exclamó George. Un hombre que estaba con él, detuvo mi mano antes de que llegara a impactar contra la cara del señor Johnson.
- ¡Tranquilo muchacho, tranquilo!- me dijo el joven desconocido, sujetando con fuerza mi brazo.
- ¡Ge-George!- espeté tembloroso -¿Qué ha pasado aquí? ¿Dónde está Albert?
Ambos hombres se miraron con seriedad.
- ¿Quién es él?- pregunté, confundido
- El señor es Michael Sloan. Policía de Chicago.
- ¡¿Chicago?!
- Mucho gusto señor ¿Cornwell?- me extendió la mano -¿No será de los Cornwell de...?
- Sí- le interrumpí y le estreché la mano -Mi familia reside en su ciudad.
- Interesante- murmuró, mirando al asistente de Albert.
- Es mejor que vaya a su casa joven- lo sentí más como una orden, que una sugerencia por parte de George.
- ¡No! yo quiero saber qué pasó aquí- me negué
- El señor Johnson, no puede decir nada. No, hasta que se haya resuelto este caso. Es inútil que permanezca aquí, además puede entorpecer las averiguaciones.
- ¿Averiguaciones?
- El hombre que está muerto en la camilla es un delincuente.
- ¡Cómo se atreve!- me abalancé hacia él con toda la intención de pegarle una paliza. George me sujetó con fuerza.
- Archibald, ¡escúcheme!- me dijo, sin aflojar su agarre -Vaya a su casa, le mandaré a avisar con Frank la hora del funeral. No tiene caso que esté aquí.
- ¡Suéltame!- forcejeé
- Le soltaré si promete que se marchará a casa. De otra forma le diré a un par de policías que le escolten.
- ¡Esta bien!- acepté, librándome con brusquedad.
- Ahora váyase, yo le mandaré a avisar.
Apenas llegué a casa, comencé a romper todo lo que estaba a mi paso. Tiré los libros de mi biblioteca y desgarré algunas camisas de mi armario. Sentía tanta furia dentro de mí, que me vi incapaz de canalizarla de una forma más pacífica. Después de que destruí la mayoría de mis pertenencias, rompí a llorar desconsoladamente. Mi llanto, era un llanto desgarrador. El aire me faltaba al tratar de sacar mis profundos sollozos.
- ¿Porqué? ¡Dios! ¿Porqué?- grité, gemí. Tirado en el suelo.
Había pasado más de una hora cuando tocaron a mi puerta, intuí que era el mayordomo de la mansión vecina. Me levanté del piso y abrí bruscamente.
- El funeral es a las ocho- me informó, totalmente asombrado al ver mi aspecto y la zona de desastre en la que se había convertido mi vivienda.
- ¡Oiga!- le llamé cuando había avanzado un poco -¿Le han avisado a la señora Candy?
- No, yo no lo he hecho ¿quiere que le avise?
- Déjelo, lo haré yo. Nos vemos a las ocho.
Entre un montón de libros regados, hallé el teléfono. Nervioso, marqué el número de la casa de mi prima. Sonó varias veces antes de que obtuviera respuesta.
- ¿Diga?- respondió una voz masculina.
- Comuniqueme con la señora Candice- ordené
- ¿Quién habla?
- Soy su primo, Archibald Cornwell.
- Los señores no están. Han salido de viaje.
- ¿De viaje? ¿A dónde?
- Se fueron a Londres esta mañana. La señora Grandchester me dejó dicho que...
De un fuerte golpe, colgué el auricular.
A las ocho de la noche arribé a la mansión Ardley. Aunque llegué puntual, me quedé varios minutos afuera tratando de reunir el valor para entrar y enfrentarme a una nueva pérdida. Escuché el murmullo de algunas personas que estaban adentro y con el rabillo del ojo, capté el centellar de los flashes de las cámaras fotográficas de los reporteros que querían llevar la notica exclusiva a sus respectivos diarios.
Bajé las escaleras y caminé unos pasos hacia el jardín. El silencio que reinaba en esa zona era escalofriante. Por primera vez, desde que conocí la residencia, la gran fuente que adornaba la entrada principal estaba apagada. La contemplé nostálgico. En ese mismo lugar, unas semanas antes había quedado con Albert en probar el velero. Podía sentir su mano sobre mi hombro y escucharlo ofrecerme una disculpa por llevarse a Annie.
- ¿Un cigarrillo?- me ofreció una voz a mis espaldas.
Ni siquiera me giré, reconocí la voz del señor Martin aún sin verlo.
- No, gracias- le dije -No fumo.
- ¿Le molesta si fumo uno aquí?
- No- contesté, sin dejar de mirar el agua de la fuente.
- Ha sido un día difícil- dijo, después de unos segundos.
No contesté ¿qué podía decirle a él o a cualquiera? ¿Quién podría comprender el dolor que me causaba haber perdido al mejor amigo que tenido después de Anthony y Stear? ¿Acaso era mi destino pasar mi vida sin amigos verdaderos?
- Veo que le ha dolido mucho su partida- continuó -Él también le quiere de verdad. Siempre que me habla de usted lo hace con verdadera estima- lo miré, con el cejo fruncido.
- ¿Porqué me habla de él como si estuviera vivo? ¡Albert está ahí, muerto! No me consuela que hable como si no lo estuviera- dije, elevando la voz.
- Bueno- tiró el cigarrillo al piso y lo machacó con el pie - Yo creo que hay personas que nunca mueren. Mientras vivan en nuestros recuerdos eso los hace inmortales. Piense que todos venimos a cumplir una misión en este mundo, una vez que esa misión se cumple es necesario partir, pero algún día, de alguna manera, nos reencontráremos con esos seres que tanto hemos amado, en esta o en otra vida.
- Es un discurso muy romántico- espeté, con amargura. Martin sonrió comprensivo.
- No pierda la fe, joven Cornwell...no pierda la fe.
Después de un rato, Martin me acompañó hasta el gran recibidor de la casa. Me sorprendí al ver que el recinto estaba casi vacío.
El lugar lucia tan desierto que era increíble pensar que hace apenas un par de semanas, esa zona estaba llena de gente que iba y venía de todas los puntos de la ciudad e incluso del país. Música, baile, comida, bebida y diversión. Nunca nadie se fue de una de las fiestas de la mansión Ardley triste o enojado. Ninguno de los que disfrutaron de la amable cortesía de aquellas noches de fantasía estaba ahí. Sentí rabia por la ingratitud de todos ellos.
Cuando me acerqué un poco más, vi a algunos hombres que no conocía que conversaban susurrando, Martin se acercó a ellos y comenzó a hablar de la misma manera. Más allá, otro pequeño grupo de personas bebían y fumaban guardando menos la compostura mientras discutían de negocios. Muy cerca del ataúd, que estaba rodeado de una infinidad de arreglos florales, se encontraba George y el policía de Chicago que conocí por la tarde.
Al llegar junto a ellos, interrumpieron su charla y me saludaron cortésmente.
- ¿Porqué está el ataúd cerrado?- pregunté, mirando la caja de madera.
- Así lo he dispuesto- me dijo George -Con eso evitamos el morbo de los periodistas.
- ¿Puedo verlo yo?
- Será mejor que no- me contestó, aunque su respuesta fue amable, reconocí la determinación de la negación en ella. Me intrigo eso ¿acaso mi amigo había quedado..? Sacudí la cabeza para desechar imágenes perturbadoras acerca del estado físico en que yacía Albert.
- ¿Puedo subir a su habitación?- más que una pregunta, se trató de un ruego, el cual George entendió muy bien.
- Sí- me respondió sonriéndome condescendiente.
Subí las escaleras y al mirar hacia abajo pude ver el féretro desde otro punto de vista. Posiblemente, debido al ángulo, este se veía más pequeño en relación a la estatura de Albert. Calculaba que él media por lo menos unos ciento noventa centímetros, pues yo media ciento ochenta y tres y me sobresalía bástante.
Respiré profundamente antes de abrir la puerta de la habitación. Todo estaba en perfecto orden. Como si nada hubiese ocurrido. Aún se podía oler en el ambiente el singular perfume de cítricos y maderas que alguna vez le elogié a mi amigo. Recordé con agrado, que al día siguiente del comentario, él me regaló un frasco de la misma fragancia y reímos prometiendo no usarla al mismo tiempo.
Recorrí a paso lento el lugar. Observé sus libros, su ropa... todas sus pertenencias. Me llamó la atención no ver el gramófono cerca de la sala de estar.
- ¿Señor Cornwell?
Frank, el mayordomo estaba parado al filo de la puerta. Su semblante, más que triste, parecía el de alguien muy agotado y agobiado.
- El señor Johnson me manda para ver si no se le ofrece algo.
- ¿Dónde está el gramófono?- pregunté, señalando el lugar donde solía estar.
- En la piscina, el señor Ardley estaba escuchando música cuando...
- Entiendo- le interrumpí, suponiendo que para él no sería fácil recordar el duro momento -¿Será posible que me lo puedan traer?- me miró por unos instante y sin decir nada asintió con la cabeza y salió de la habitación.
Me acerqué al mueble en donde Albert tenia su amplia colección de discos. ¡Nunca había visto tantos en toda mi vida! Sinfonías, operas, conciertos y recitales de Mozart, Beethoven, Wagner, Chopin, Bach, Lizt, Schubert, Mendelssohn, Vivaldi y el recién fallecido Debussy... Uno a uno fui pasando los discos sorprendido de la gran variedad de música clásica que estaba ahí. No dude ni por un segundo que Albert los hubiera escuchado todos. Títulos como: La flauta Mágica, Las cuatro estaciones, Don Giovanni, El Mesías, Nocturnos y Valses, La Valquiria, Novena Sinfonía... y así, hasta que llegué a uno que me dejó frío. Lo saqué con cuidado y lo miré acongojado.
Albert solía acompañar con música todos sus momentos. Ya sea que estos fueran buenos o malos, él tenía la melodía perfecta para cada ocasión. Yo no soy un gran conocedor musical como lo era él, pero para nadie era difícil saber que una misa de difuntos era la mejor forma de honrar a un hombre bueno. En especial si se trata del Requiem de Mozart.
Un réquiem para El Maravilloso Señor Ardley- pensé.
- Aquí tiene joven Cornwell- me dijo Frank.
- Gracias- murmuré, sin dejar de contemplar el disco. Con cuidado, colocó el aparato en el lugar correspondiente y salió discretamente.
Saqué el acetato que estaba puesto. Con pesar, miré que lo último que escuchó Albert fue la Séptima Sinfonía de Beethoven. Nunca la había escuchado, así que me hice la nota mental de hacerlo algún día. Busqué el estuche y lo guardé meticulosamente.
Con dedos temblorosos, coloqué el que había seleccionado para ese momento. Antes de posar la aguja en su lugar, decidí servirme un trago. Lo tomé de un solo golpe y enseguida me serví otro. Desesperadamente necesitaba anestesiar un poco mis sentidos, pues sabia que en aquel pequeño homenaje, me estaba despidiendo de mi amigo para siempre.
- No va a ser nada fácil- susurré, sirviéndome mas licor -Pero, va por ti hermano- Alcé mi copa y volví a beber.
Si el intro fue estremecedor con todas aquellas cuerdas e instrumentos de viento sonando lenta y dolorosamente, cuando escuché las voces del coro sentí que iba a colapsar. Aunque me sentía completamente inestable para caminar, tomé la botella de whisky en una mano y mi copa de cristal en la otra y me senté en un sillón que tenia vista hacia la playa.
Por un instante, mi vista se perdió en la inmensidad de la oscuridad, pero de pronto, la vi... ahí estaba... la luz verde que parpadeaba del otro lado de la bahía y que Albert debió haber contemplado en un sin número de noches en vela. La luz de la esperanza y sus sueños fallidos. Ese malvado destello que lo hipnotizó y lo llevó a la muerte.
- ¡Malditos todos ustedes!- dije con ira, señalando hacia la casa de los Grandchester.
Dos tragos después, decidí que no ocuparía ese momento para lanzar improperios a mis parientes, había tantas cosas en que pensar, que ocuparlo en cosas inútiles seria una perdida de tiempo.
La música seguía sonando de manera implacable en mis oídos. Aunque era una música muy bella, no dejaba de ser terriblemente triste. Mientras seguía bebiendo, las lagrimas fluían casi sin darme cuenta. Simplemente, mis ojos se habían negado a darme tregua ante la magnificencia de la letra se que cantaba, la cual pude entender gracias a los conocimientos de latín obtenidos en el colegio.
- Lacrimosa dies illa
(Día de lágrimas aquél)
qua resurget et favilla
(En que resurja del polvo)
Iudicandus homo reus.
(Para ser juzgado el hombre reo)
Comenzó a cantar el coro después de que un desgarradora introducción de cuerdas. Aquello fue demasiado para mí. Sollocé penosamente, entretanto las imágenes de los buenos tiempos de aquel verano pasaban por mi mente: la primera vez que lo vi en la fiesta; el viento pegando en nuestros rostros en el velero...
Huic ergo parce, Deus.
(Perdónale pues, Dios)
Pe Iesu, Domine,
(Piadoso Jesús, Señor)
Lo vi tocando el piano y bailando con Candy. Su rostro como se iluminaba al hablar de ella y ese fino sentido del humor que tenía. Su porte, su estilo, el color de sus ojos y su radiante y sincera sonrisa. Dejé caer la botella que tenía entre mis manos y me arrastré hacia el borde de la cama, y ahí, con mi cara enterrada entre las sabanas, comencé a llorar desconsoladamente.
dona eis requiem.
(Dale el descanso)
Amén
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Con el rostro completamente desencajado, Tom miraba a Archie secar con el dorso de su mano unas lagrimas que se desliaban por su rostro.
En silencio, se levantó de su asiento y fue hasta el pequeño bar dandole la espalda para disimular las lagrimas que también comenzaban a brotar en sus ojos. Hizo una inhalación profunda y sirvió dos copas de licor. Girándose, le ofreció una a su amigo y ambos bebieron sin articular palabra.
Thomas abrió la boca para hablar pero inmediatamente la cerró sin decir nada. Bajó la vista y comenzó a jugar nerviosamente con el vaso que tenía entre sus manos.
- Hoy se cumple un año de todo eso- dijo Archie, de pronto. Tom levantó la vista.
- Quince de agosto...- murmuro
- Sí, un día que jamás olvidaré el resto de mi vida. No puedo creer que ya haya pasado todo ese tiempo. Unos días después de eso me empezaron los ataques de ansiedad.
- Lo que me estás contando es muy doloroso Archibald. No me extraña que los padezcas, es decir, no sé como estaría yo en tú lugar.
Archie sonrió, sin ganas.
- ¿Puedo preguntar qué pasó después?
- Lo que pasó después... Eso, a veces no lo tengo muy claro, pero te contaré lo que recuerdo...
-o- o-o-o-o-o-
- Joven Archibald, Joven Archibald- escuché a lo lejos.
- ¿Dónde estoy?- pensé. Me sentía aturdido y confuso.
- Joven Archibald- otra vez...
Abrí lo ojos con dificultad, no solo por embotamiento que sentía en la cabeza, si no también por la hinchazón debido al llanto. No supe en que momento me había quedado dormido.
- ¿Está usted bien?
- George- poco a poco lo fui reconociendo -Me duele todo- le dije, sentía la boca seca.
- No lo dudo- sonrió ligeramente -Se ha bebido una botella de whisky y se ha quedado dormido con medio cuerpo arriba de la cama. Venga acomódese un poco- me dijo, ayudándome a acostarme.
- ¿Qué hora es?- pregunté, con mi brazo tapé mis ojos para evitar ver la luz del día.
- Son las siete treinta- confirmó, en lo que me ofrecía un vaso con agua.
- ¡Las siete treinta!- me sorprendí
- Sí... Joven Cornwell...
- Dígame Archie, George- le pedí mientras me incorporaba para tomar el agua -Creo que hemos pasado suficientes experiencias juntos como para no tutearnos.
- Muy bien. Archie, me vengo a despedir.
- ¿A despedirse? ¿A donde va?
- Ya no tengo nada que hacer en Estados Unidos. Así que me voy esta misma tarde a Europa.
- ¡A Europa! ¿Y el funeral?
- Ya se han llevado el féretro.
- ¡¿Se lo han llevado?!
- Archie deja de repetir lo que digo- sonrió -Escucha, se lo han llevado porque es mejor así, créeme y confía en mí. Por otro lado, me voy a Londres hoy mismo. Mi nuevo patrón me requiere lo antes posible así que necesito marcharme cuanto antes.
Fruncí el cejo.
- No me mires así. La vida continua.
- Jamás pensé escuchar eso del hombre al que Albert consideraba un padre- espeté, molesto.
- Y yo lo consideraba un hijo. Aunque ahora mismo pienses lo peor de mí. De hecho, también vengo a agradecerte todo lo que hiciste por él. William jamás tuvo un amigo como tú. Alguien que lo apreciara de verdad. Sin temor a equivocarme, sé que él te consideraba como un hermano. Eres un gran chico.
- Gracias George- susurré, los ojos se me humedecieron nuevamente.
- Alégrate Archie- dijo tocándome el hombro con una mano -Cosas muy buenas vendrán para ti, para todos. El tiempo se encargará de mostrártelo.
- ¡Sí, como no!- dije, entre dientes.
- Ya lo veras. Solo recuerda esto: El perdón, es la virtud humana mas grande que puede haber. Engrandece al hombre que lo practica. No lo olvides.
Sus palabras fueron tan extrañas, que no pude disimular hacer una mueca en mi rostro de sorpresa y desconcierto. Me pregunté si lo decía por Candy y su esposo.
- Adiós, Archie- me dijo, antes de que preguntara nada más. Me extendió la mano en señal de despedida.
- Adiós, George- estreché su mano -Espero volver a verte algún día.
Con una sonrisa, se giró para dirigirse a la puerta.
- Puedes llevarte lo que quieras- me dijo -Yo solo me llevaré esto- de un mueble, tomó dos fotografías que estaban en finos marcos de plata. Una era la de Albert, cuando era adolescente ataviado con Kilt. La misma que vimos aquella tarde en la que Candy vino por primera vez, y que comentamos que tenía un gran parecido con Anthony. La otra, era una imagen de nosotros dos en donde estábamos en la terraza riendo de algo que ninguno logró recordar que era. Nos veíamos divertidos y relajados.
George las miró brevemente y sin decir nada más, salió de la habitación.
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- Unos minutos después, estaba parado en la puerta principal de la mansión contemplando el jardín. Solo se escuchaban los sonidos de la naturaleza, lo demás estaba en completo silencio. Aunque la mañana era cálida, corría un viento ligeramente fresco. Debajo del brazo, llevaba un par de discos que había seleccionado de la gran colección de Albert: El Requiem de Mozart y la Séptima Sinfonía de Beethoven. Aunque llevaba el ánimo por los suelos, caminé hacia mi casa con cierta tranquilidad en mi interior.
- ¿Y cuándo fue que decidiste regresar a Chicago?- preguntó Tom.
- Un mes después, casi al empezar el otoño. Me fue absolutamente imposible vivir a un lado de la mansión Ardley. Eran tantos los recuerdos, que se volvieron una tortura. Muchas tardes me paseaba por la mansión, la cual ya estaba desocupada en su totalidad. Ignoro qué pasó con las pertenencias de Albert. A veces creía que le vería en cualquier momento.
- ¿De los Grandchester no supiste nada más?
- ¡No! Y así quiero seguir- contestó con brusquedad- Sé que George me dijo lo del perdón por ellos pero no puedo hacerlo, no ahora.
- Archie- dijo, dudoso- Perdona que me entrometa, pero... Quizá tú deberías saber que ellos...
-¡Basta Tom!- alzó la voz - Esta discusión ya la he tenido muchas veces con Annie y no quiero tenerla contigo. Cualquier cosa no me interesa.
- Está bien. Como tú digas- levantó las manos en señal de rendición -Pero como amigos te digo que deberías escuchar a Annie alguna vez. Por cierto, hablando de ella ¿Ya está lista para el viaje a Escocia?
- Nos vamos pasado mañana, más vale que lo esté- dijo cambiando el semblante- Tenemos que presentarnos ante el nuevo patriarca para que nos de la autorización para casarnos. Ya llevamos un año comprometidos así que...- Tom bufó
- ¡Esa tradición de tu familia! Pasarán los años y ustedes seguirán viviendo en el siglo XVIII.
- ¡Calla!- dijo, con el ceño fruncido.
- ¡Es verdad y lo sabes!
- Tal vez, pero creo que con el nuevo jefe del Clan las cosas serán diferentes. Después del escándalo de tráfico de alcohol, las cosas quedaron muy vulnerables. La familia Andrew se esta levantando poco a poco pero de manera firme. Todos lo sentimos y estamos entusiasmados.
- Aunque otra vez sea un misterio el famoso patriarca- dijo en tono burlón.
- Así es, pero quien quiera que sea, está logrando en pocos meses que la familia vuelva a ser como en los viejos tiempos. Antes de los Leagan y los traidores. Lo bueno es que pagaran en la carcel lo que les reste de vida.
- Es una lástima que Neal haya muerto de esa manera. Un burdel de baja estofa no es un lugar digno para morir. No me caía nada bien pero...
- Neal se buscó muchas cosas de las que le sucedieron. Pero era mi primo y lamenté su muerte.
- Señor Cornwell- interrumpió Jane -Disculpe que le moleste, pero le ha llamado la señorita Britter, me dejo dicho que le ve en quince minutos en el restaurante de costumbre.
- ¡Dios! ¿Ya es la hora del almuerzo?
- Así es- contestó Tom, mirando su reloj de pulso.
- Gracias Jane, en este momento salgo para allá. Se nos ha pasado la mañana muy rápido- dijo, mientras se acomodaba su chaqueta.
- Sí. Escucha Archie, muchas gracias por contarme todo esto. Ahora me doy cuenta que he sido un perfecto idiota en mi trato con otras personas. Te prometo que jamás volveré a juzgar a alguien solo por su apariencia o a quien sea sin conocer su pasado. Es mas ¡ya no juzgaré!
- No me lo prometas a mí Tom, hazlo por ti. Tú serás el más beneficiado. Te llevaras muchas sorpresas, buenas y malas, pero al final valdrá la pena, te lo aseguro- le dijo, poniendo una mano en su hombro.
- Gracias, nuevamente. Eres un gran amigo. Y ¿Sabes? Me hubiera gustado mucho conocer a tu hermano.
Archie sonrió y le dio una palmada en la espalda.
- ¿Eso significa que estás de acuerdo que contratemos a Coletti?- preguntó, con picardía.
- Eso significa que contrataremos a Coletti- confirmó sonriente.
- ¡Perfecto! Estoy seguro que no nos arrepentiremos- le guiñó el ojo -Me voy tranquilo entonces, dejo todo a tu cargo. Nos vemos dentro de un mes.
Al pisar la calle, Archie respiro profundamente el característico aire que envolvía la ciudad de Chicago. Aunque la tarde era un poco nublada, él la vio resplandeciente y hermosa. Algo había cambiado en él, lo podía notar, ya que después de varios meses sintiéndose apesadumbrado, esa tarde se sentía ligero y optimista. De pronto supo, que la razón de ese bienestar, era por qué al contarle la historia a Tom se había quitado una parte del gran peso que llevaba a cuestas. Sin darse cuenta, comenzó a silbar Primavera de Vivaldi mientras caminaba mirando todo a su alrededor. Descubrió colores, estructuradas y lugares que aunque siempre estuvieron ahí, jamás las había visto. Lo cotidiano se volvió nuevo, y el gris se pintó de colores.
- ¡Señor Cornwell! ¡Espere!
Detuvo su paso y se volvió al escuchar que alguien lo llamaba. Para su sorpresa, quien venía a su encuentro era Leonardo Coletti.
- Señor Cornwell- dijo jadeando, tratando de recuperar el aire -Por fin lo pude alcanzar.
- ¡Señor Coletti! ¿Desde cuando me viene siguiendo?
- Algunas calles atrás, camina usted muy rápido ¿sabe? Lo llame en un par de ocasiones pero no me escuchó.
- ¡Oh! Lo siento, es que estaba pensando algunas cosas. Pero dígame ¿En que le puedo servir?
- Me encontré con el señor Stevens en la puerta del edificio y me ha informado que he quedado contratado. Se los agradezco mucho.
- No tiene porqué Coletti, es usted el mejor candidato, se lo aseguro. Se ha ganado el puesto con su estupendo historial.
- Muchas gracias- sonrió
- ¿No me diga que todo este tiempo estuvo esperando afuera de las oficinas? Creí haberle dicho que lo veiamos mañana.
- Me había marchado ya, pero al volver a casa recordé que tengo algo que le pertenece y quise dárselo cuanto antes. Pensé que si no me contrataban no tendría la oportunidad de hacerlo personalmente y decidí volver. Cuando llegué, el señor Stevens me dijo que se marcharía de viaje y que no volvería hasta dentro de un mes. Hubiera podido esperar, pero creo que a usted le dará gusto tenerlo hoy mismo.
- Me intriga ¿qué es?
Del bolsillo de su chaqueta, Leonardo sacó una pequeña bolsa de piel y se la extendió a Archie. La analizó por fuera y pudo ver el cuero desgastado por el tiempo. Expectante, vacío el contenido en su mano. Al escuchar el tintinar de una pequeña campaña se quedó perplejo.
- Es... Es la insignia de Stear. ¿Dónde la ha encontrado?
- Conocí a su hermano en Francia, cuando fui trasladado ahí. Trabajamos juntos algunas veces, antes de que se fuera al frente. Era un chico muy amable y divertido y aportaba muy buenas ideas. Tenía muchísima habilidad para armar los aparatos de transmisión, ¡jamás se le quedada una pieza suelta!- rió - La última vez que le vi me mostró esto, me dijo que era el escudo de su familia y que cada uno de los varones tenía uno igual. Estábamos conversando de eso, cuando lo llamaron para que ocupara su lugar en las filas. Sin más, salió corriendo.
-¡Cornwell!- le dije -¡No te olvides de tu escudo!
- ¡Me lo darás mañana cuando vuelva! ¡Guárdalo muy bien porque es mi tesoro y mi hermano me matará si lo pierdo!- me gritó, sin parar su carrera.
- Al otro día, no volvió. Guardé esto todos estos años como el recuerdo de un buen muchacho que no debió morir en aquella absurda guerra. Para ser sincero, nunca había conocido a alguien tan inteligente como su hermano. Era un genio.
- Sí, así era él- dijo Archie, apretando con fuerza el objeto que tenía en su mano.
- Después de verlo por la mañana, supe que era hora de que el escudo volviera a su familia. Sé que a él le hubiese gustado que usted lo tuviera. Pero dentro de esa bolsa hay algo más.
Archie metió un par de dedos y en el interior encontró un papel doblado varias veces. Con curiosidad, lo abrió con cuidado de no romperlo. Los ojos se le llenaron de lagrimas al ver que se trataba de una fotografía.
- Somos, Stear y yo- dijo, conmovido -Esta foto nos la tomó Anthony con una cámara que había inventado él.
En la imagen, Alistair tenía posado el brazo sobre los hombros de su hermano menor. Ambos jóvenes, miraban hacia la cámara con una sonrisa serena y cálida.
- Anthony y yo, dimos por hecho que como siempre su invento no había servido, pues ésta fue la única toma que hizo. Ahora veo que sí funcionó.
- Me alegro que haya funcionado, es una bella fotografía.
- Gracias señor Coletti. Gracias por devolverme una parte importante de mi hermano. No sé como agradecerle.
- No diga eso, esto siempre le perteneció a usted, yo... sólo lo guarde muy bien.
Cuando vio el azul de los ojos de su prometida al entrar al restaurante, Archie tuvo la sensación de haber vuelto a su hogar. Un hogar cálido y reconfortante en el que se sentía muy a gusto. Annie le proporcionaba toda la seguridad y la paz que durante un año necesitó a raudales. Sin dudarlo, de alguna manera la vida le había compensado por lo mucho que le quitó al darle una hermosa chica como ella. Esperaba que así como había sido su compañera en las tristezas, lo fuera en futuras alegrías que a partir de ese día estaba dispuesto a proporcionarle.
A medida que se fué acercando, la joven notó algo distinto en su futuro marido y, aunque no lo pudo descifrar, sabia que era algo bueno. Lo conocía demasiado bien, y con una sola mirada le bastó para saberlo.
- Hola querida- Archie se acercó y le besó los labios. Aunque por lo general no era muy afectó a las demostraciones de amor en público, en esa ocasión, posó sus labios un poco mas de lo acostumbrado. Sonrío al separarse al ver el mohín de sorpresa de su novia.
- ¿Qué ha pasado?- le cuestionó ella, directamente.
- ¿Qué ha pasado de qué?- preguntó, sin dejar de sonreír. Annie entrecerró los ojos
- ¡Archibald Cornwell!
-Te contaré mientras comemos ¿está bien?- rió- Solo quiero que sepas que hoy ha sido un buen día. Un maravilloso y esplendido día.
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Capítulo final. Próximamente: Epílogo.
Gracias por leer, aquí, allá y donde sea. Les agradezco mucho el haberme acompañado en esta historia.
Lady: Tu mero amor hermoso se ha vuelto mi "ídolo" me cae que sí, ¡que hombre! Pero aún así sigo prefiriendo a mi wero y ahora a mi Archie. Gracias por tu gran apoyo.
Stear's: ¿Qué te digo mana? Pues este es el capítulo final. Espero que el epílogo sea de tu gusto, si no de plano ya sabes donde encontrarme jajaja. 😄 Gracias mana.
Lizvet: Ahí tienes, todo paso, algunas historias tienen finales felices, otras no, así es la vida de por sí. Lo importante es que gocemos mientras se viva y creo que Archie es lo que aprendió en todo este largo año. Gracias por leer.
Nadia: Pequeña, creo que te voy a hacer sufrir todavía un poquito más si es que eso se puede. Mil gracias por tus comentarios linda.
Chiquita: Terry, ese Terry no se ha portado muy bien, ¿crees que las perdonas todo lo que aqui hacen, aquí lo pagan? Ya veremos que pasa con él. Gracias por tu apoyo. Jamás dejaré de escribir, lo que sí es que jamás veras muchas historias mías al mismo tiempo, prefiero una sola a la vez. ;)
Faby: Mil Gracias por tu apoyo! ya casi termina! Candy... ¿Qué habrá pasado con ella?..
Chicuelita: ¿A poco no, suele ser nuestra santa madre la que siempre nos pone en nuestro lugal? Sin embrago hay un dicho que dice: "árbol que nace torcido..." Hay quien nunca se compone ;). ¡Gracias por comentar! Y me alegra que estemos mas en contacto en el face. Un abrazote.
Josie: En el baseball (deporte favorito de Albert y mio) suelen decir "esto no se acaba, hasta que se acaba" ¿cabos sueltos? Se juntarán Lamento ser escueta peroooo, por esta ocasión tengo que cuidar mis palabras ;). Mil gracias por tu apoyo querida.
Ana: antes que nada ¡Feliz cumpleaños! Espero que te lo hayas pasado de lo mejor. Sabes que deseo que a tu vida lleguen muchas bendiciones. aquí tienes el capítulo final, ya el próximo será la ultima vez que nos veamos en esta historia. Gracias por tu apoyo en la mayoría de los capítulos. Tus comentarios fueron gratos para mí. Te mando un abrazo.
Angdl: que lindo eso de que "Te llevas a Albert envuelto para regalo" jajaja que lindo se me hizo ese comentario. Me alegra que te gustara el capítulo anterior, espero que este haya sido igual de tu agrado. ¿Sabes? Yo sufrí un poco en hacerlo, me la pasé llorando y escribiendo. Te llegas a involucrar tanto con tus persones que acabas llorando con ellos. En fin, nos vemos en el epílogo. ¡Gracias!
Lu: ¡Chanclas! Pues ya pasó el trance del pobre Archie, esperemos que de aquí en adelante le vaya mejor. Ha tenido tantas perdidas el pobre. ¡Si es que ha aguantado como los grandes! ¿no te parece? ;). gracias por tu apoyo querida Lu.
Friditas: Como decía mas arriba, solo una madre tiene el poder de ponernos en nuestro lugar. De alguna u otra manera siempre tienen las palabras adecuadas para decirnos las cosas que nos harán entrar en razón, por eso las admiro tanto, se vuelven sabias. ¿Quién mejor para decirle a Terry que se dejara de niñerias, amarguras y tonterías mas que Eleonor? eso sí, si ella no le hace recapacitar ¡no lo hará nadie! ¿será que aprenderá su lección y hará al fin algo bueno en su vida? ¿será?. Gracias por todo mi querida Friditas.
Melisa: Muchas gracias por tu comentario. Me alegra muchísimo que te guste la historia, créeme que me paso mucho tiempo dedicandome a los detalles de ella, para el soundtrack de este capitulo me dediqué dos días en escuchar disfintos réquiems! al final me decidí zpor mi favorito jeje, así que que alguien me diga que le gusta, me anima porque vale la pena el tiempo invertido. Ahora, me temo que tendremos que esperar un poquito mas para ver completamente concluida esta historia. Trataré de subir el epílogo lo mas pronto posible. Mil gracias.
Fari: ¡Chiquilla! ¡Tú me has traido muy animada esta semana! Me alegra mucho que te guste de verdad. Es muy gratificante para mí. Gracias también por recomendarlo en el face. Pues no sé en qué capítulo vayas, pero este es el final, falta el epílogo que esuperó tener lo mas pronto posible. De verdad, gracias por tu apoyo y tus ánimos. Te mando un fuerte abrazo. ;)
Isabel: Muchisimas gracias por leer la historia. Me da mucha alegría cuando alguien me dice: "Ya me puse al corrie te" jeje. Tal vez ya te toco la re edición de los primeros 4 capítulos, ojala que sí. Pues mira, tendré que hacer un buen ahorro por los arreglos de uñas que tendré que pagar, pero lo haré con mucho gusto jaja, así que hay que formarse. Mil gracias. nos vemos en el epílogo. ;)
