Otro capítulo más.

Disfrutad~


Capítulo 25: Rotura

Ya habían pasado varios meses desde el ataque de los Oscuros. Tal y como la española les había dicho, éstos no volvieron a molestarles durante un tiempo. Pero luego volvieron a la carga, y Laura tuvo que continuar con su trabajo de ir de un lado para otro. El único problema que tuvo fue que, aunque los Oscuros habían vuelto a atacar y actuar como se suponía que debían hacer, eran mucho más frecuentes que antes. Y eso, sumado a que algunas naciones eran demasiado alarmistas, la tenía agotada.

En esos momentos estaba teniendo lugar una conferencia mundial, de esas que hacían habitualmente para solucionar problemas importantes, pero que rara vez tenían conclusión útil. En cuanto a las naciones reunidas, Canadá era más invisible que nunca, China había construido otra de sus casas dentro de la sala, de esas que tenía repartidas por el mundo, y varias naciones más se habían ido con él a zampar. Francia presidía la reunión. Su propuesta consistía en llenar todas las tiendas de ropa del mundo con prendas francesas estilosas para que la gente quisiera salir de su vulgaridad y las comprara; así se reactivaría la economía. Inglaterra lo mandó a tomar viento a los dos segundos. Un instante más tarde estaban discutiendo y poco más tarde toda la sala se había llenado de gritos ensordecedores, devolviendo la reunión a su caos natural. Y alguien impuso orden, sacándola de ese estado. Pero, sorprendentemente, no fue Alemania. Fue Veneciano.

—Ve~, no gritéis—dijo en un tono más bajo cuando comprobó que todos se habían callado y le prestaban atención (bastante atónitos, cabe destacar). Luego el italiano miró a una esquina y los demás le imitaron—. Acaba de dormirse.

Allí se encontraba Laura vestida con ropas de hacía tres mil años, con un arma blanca entre las manos y los ojos cerrados. A pesar de las notorias ojeras que tenía en la cara, dejando claro que en los últimos días no había parado, su expresión estaba tranquila. La verdad era que ella sólo estaba allí (y no durmiendo) porque era más probable que atacasen Oscuros cuando se reunían. Aunque siempre había ido siendo invisible, hasta ese momento. Esa era su primera reunión oficial, en la que le habían llamado para que acudiera.

Y, tras eso, la discusión continuó aunque, en lugar de gritar, se dedicaron a susurrar. Y eso hacía la situación especialmente graciosa para aquellos pocos que no participaban en el caos.


Era de noche y estaba oscuro, pero no podía ver las estrellas ni la luna a pesar de encontrarse en un bosque. También se encontraba pisando arena, nevaba y podía oír el rumor del mar a lo lejos. Comenzó a caminar, pero no había avanzado más que unos pocos pasos cuando algo la detuvo. Bajo uno de los árboles se encontraba Prusia, completamente contaminado y con una súplica silenciosa en la cara. Corrió hacia él, pero éste desapareció antes de que pudiera acercarse mucho. Entonces apareció frente a ella un Oscuro monstruoso que iba a atacarla de un momento a otro. Laura retrocedió, desarmada y bloqueada, pero la bestia no le atacó a ella, sino a China. Ambos desaparecieron en segundos. Y entonces el Imperio Romano comenzó a acabar con todas las naciones que habían formado su territorio, incluidos sus propios nietos. Él último fue España, que la miró con todo el resentimiento del mundo.

No has podido protegernos. No sirves para nadale dijo, justo antes de que el Imperio Romano acabase con él y ambos desaparecieran.


España del Norte abrió los ojos de golpe con un pequeño espasmo, mientras sudaba a mares. Dio gracias de no gritar cuando tenía pesadillas al notar que se encontraba en la reunión. Habría sido demasiado escandaloso y no le gustaba llamar la atención. Inspiró hondo para calmarse mientras notaba, extrañada, que las naciones se encontraban inmersas en un murmullo furioso en lugar de berrear como si les fuera la vida en ello. Le temblaban un poco las manos, de manera que decidió ir al baño para tratar de calmarse, dejando el arma en la sala y saliendo sin que nadie se diera cuenta.

Una vez en el baño se quitó los guantes de cuero y se mojó la cara. Se miró al espejo. El reflejo parecía extremadamente cansado, y ella misma lo estaba más. Suspiró. Lo que daría por poder dormir en una cama sin sufrir pesadillas.

—Ve~. ¿Estás bien? —sonó una voz en la entrada del baño.

Ella se giró, sorprendida de verle allí.

—Veneciano, ¿qué haces aquí?

—Pues te vi salir con mala cara y me preocupé, así que te seguí, ve~—reconoció sin problemas.

Ella le miró unos segundos antes de suspirar y bajar la mirada.

—No pasa nada, Feli. Sólo era una pesadilla.

Pero el italiano se animó al ver que recibía una respuesta.

—¿Me la quieres contar?

Ella permaneció callada unos segundos, organizando sus pensamientos. No iba a contarle la pesadilla porque a lo largo de su vida había tenido muchas similares, y tampoco quería asustarle con lo de Imperio Romano, de manera que sólo le dijo lo que significaba:

—Tengo miedo de fallar y perderos a algunos de vosotros.

—Ve~, no te preocupes por eso. Tu ya haces todo lo que puedes, y el esfuerzo es lo más importante. Eso es lo que siempre me dice Alemania, por eso quiere que me esfuerce más aunque no consiga muchos progresos—inesperadamente su humor cambió y se puso un poco más triste—. Pero yo quiero seguir durmiendo la siesta, ve...

Laura reflexionó un poco sobre sus palabras mientras el italiano trataba de salir de un encrucijada mental. No le faltaba razón y, en realidad, ella siempre había pensado así. Sin embargo, ninguna de las naciones implicadas le había dicho nada al respecto porque... bueno, no sabían nada. Y se dio cuenta de que era esa falta de reconocimiento lo que le angustiaba tanto. Por supuesto que luchaba y lucharía con todas sus fuerzas por no fallar. Pero si los demás comprendían su situación, parecía ser un poco más fácil avanzar. Laura se animó y sonrió un poco.

—Gracias, Feli.

Veneciano le sonrió a su vez, emitiendo su característico sonido, y luego dijo que volvería a la reunión porque, si no, Alemania se enfadaría con él. Ella asintió y, cuando volvió a estar sola, suspiró de nuevo. Que ya no estuviera tan desanimada no significaba que el cansancio se hubiese ido. Y no le importaría nada echarse otra siesta pese a las pesadillas... Frunció el ceño, mirándose al espejo mientras se rascaba el cuello y, casi por casualidad, detectó una pequeña marca gris al mover la ropa. En el instante en el que dejó de rascarse, desapareció. Miró el esepjo fijamente, con una terrible sospecha, y realizó la magia necesaria para quitarles la invisibilidad a los contaminadores. La pequeña marca reapareció otra vez y ella se subió la chaqueta y la camisa de lino hasta los pechos. Su torso estaba lleno de líneas que salían desde un punto central bajo el esternón.

Se bajó la ropa de golpe, sintiendo como su corazón se aceleraba, sin ser capaz de creerlo todavía. Llevada por una corazonada, se quitó los pequeños conjuros protectores que siempre llevaba encima por costumbre, y a los que solía acompañar un cambio de aspecto. Un fugaz pensamiento le recordó que hacía mucho que no lo cambiaba. Ya sin magia que pudiera confundirla, trató de sentir la magia que debería despedir el pendiente. Nada, era un objeto normal. Ya no la protegía. Se lo quitó y lo examinó. Sus dedos rozaron una zona más áspera, una grieta. Estaba roto.

No necesitó pensar demasiado para saber por qué estaba roto. En la batalla en su casa había tratado de usar toda la magia posible, absorbiendo sin querer la del pendiente, sobrecargándolo... y rompiéndolo. Por un momento pensó que podrían haber sido los dragones, pero lo descartó al recordar que ya lo había hecho sin consecuencias. Luego pensó en cuando cambió de época también a Inglaterra y a su hermano...

Dejó de darle vueltas. Daba igual cuándo y cómo se había roto. Lo que importaba era la manera de quitarse al Oscuro antes de que la matara. Volvió a la sala de reuniones sin ceremonias y habló en voz alta. Las naciones callaron al ver que ella pedía atención, sorprendidos, así como que el pendiente ya no estaba colgando de su oreja.

—Siento interrumpir, pero tengo algo que contaros—calló un momento, sintiendo que el miedo comenzaba a apoderarse de ella, pero continuó sin hacerle caso—. El pendiente se ha roto y ya no me protege. Estoy contaminada.

Todos la miraron, bastante pálidos, especialmente Antonio. Eran conscientes de que, si ella moría, sería el fin, aunque también habían empezado a apreciarla como a una más. Ella se sorprendió un poco al ver que les importaba tanto, pero no lo demostró.

—Pero creo que me lo podríais quitar. En cualquier caso, necesito que vayáis a por cuerdas para atarme.

Un par de naciones asintieron y salieron de la sala. Ella comenzó a organizar los botes de pintura de colores y comenzó a aislar la sala y a reforzar la silla en la que se sentaría. No tenía negro y apenas le quedaba blanco pero, aunque eran los colores que más le gustaba utilizar, tampoco resultaban imprescindibles. Luego se dirigió a Estados Unidos y a Rusia.

—Para poder quitar un Oscuro se necesita fuerza mágica. Y como eso es algo en lo que no destaca nadie, me conformaré con vuestra fuerza física.

Ellos se miraron de reojo pero asintieron. Alfred estaba emocionado. ¡La salvaría y sería un héroe! ¡Salvaría al mundo de manera indirecta! Y, mientras él estaba perdido en sus pensamientos heroicos, ella ya había comenzado a encantar las manos de ambos para que pudieran proceder. Estados Unidos se dedicó a enseñarle su nueva garra a todo el mundo. Bielorrusia interrogó a su hermano para asegurarse de que era seguro mientras Ucrania lloraba porque le parecían siniestras.

Después, Laura se desnudó de cintura para arriba sin sentir pudor alguno, ignorando las reacciones de las demás naciones al percibir sus pechos desnudos. Observó bien hasta dónde llegaba el oscuro; apenas rozaba la cadera y los hombros, aunque se adelantaba un poco en el cuello. Pensó, aliviada, que era bastante pequeño pese a todo, y se pintó los nudos necesarios. Eso provocó que el pelo que tapaba parcialmente su hombro izquierdo se apartase, dejando ver una zona deformada por las cicatrices y bastante destrozada. Antonio la señaló, horrorizado.

—Laura, ¿qué es eso?

Ella le miró, extrañada por su reacción. Luego miró su hombro.

—Oh, nada. Tío Roma y su minería extrema. —les dijo, como si fuera la cosa más normal del mundo. No fueron pocos los que la miraron como si estuviera loca por darle tan poca importancia a una cicatriz como esa. Después ella se sentó y dejó que le atasen. Luego hizo levitar el agua de todos los vasos y botellas para formar una imagen tridimensional de un torso humano con una especie de cosa con tentáculos dentro.

—Bien, así es como se encuentra el Oscuro dentro de mi cuerpo. Las líneas que se ven muestra hasta dónde ha llegado su alcance, pero en realidad, está en el interior del cuerpo. Tenéis que agarrar el núcleo—les dijo a Iván y a Alfred— y, si veis que se pone blanco, dar un tirón con fuerza para que vuelva a estar normal.

—¿Qué significa, da?

—Qué intentará explotar para acabar conmigo. Y si aún está dentro de mi cuerpo, creedme, lo conseguirá. Es una medida extrema para tratar de evitar que consiga descontaminar a los países. Cuando queráis.

La información no tranquilizó lo más mínimo a nadie, y menos todavía a los que tenían la vida de Laura en sus manos. Pero ni Alfred y Iván se hicieron de rogar e hicieron lo que tenían que hacer, atravesando el pecho desnudo de Laura. Con la mano dentro de su cuerpo, percibieron al Oscuro. Tenía un tacto desagradablemente viscoso y frío, pero al mismo tiempo era sólido y duro. Tantearon un buen rato hasta que lograron hasta que consiguieron encontrar su dedos y entrelazar las manos, con el Oscuro en medio, para agarrarlo mejor y sacarlo con más facilidad. A pesar de las circunstancias, Laura se rió un poco por los torpes intentos de Alfred e Iván de encontrarse, que le hacían cosquillas.

Empezaron a tirar y a Laura se le pasó la risa. El Oscuro salía despacio y se vio obligada a agarrarse a la silla y apretar los dientes. Respiraba hondo para tratar de relajarse, pero no parecía funcionar. Estados Unidos y Rusia comprobaron que sacar al Oscuro no era tan fácil como parecía, y les estaba costando más de lo que habían esperado. Iban tan despacio que, durante un segundo, creyeron que no serían capaces de lograrlo. Pero no podían rendirse. Tenían que lograrlo.

Tras varios minutos (¿o tal vez horas? Una eternidad, en cualquier caso) ya les faltaba muy poco. Apenas cinco centímetros y habrían arrancado la cosa del cuerpo. Laura sudaba y jadeaba a causa del dolor y las dos naciones que estaban intentando salvarla también comenzaban a encontrarse cansadas; el Oscuro se agarraba con mucha fuerza. Sin pretenderlo realmente, Rusia y Estados Unidos se detuvieron un segundo. Y eso fue todo lo que la cosa necesitó para volverse blanco. Laura lo vio y quiso avisarles. Ellos lo vieron y quisieron tirar de nuevo. Las demás naciones lo vieron durante un segundo interminable.

Y el Oscuro estalló. Y la sangre comenzó a manar.