Esta historia es de Krazyk85, yo sólo traduzco.

Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás ingredientes de esta obra, son de la autora.

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Chop and Change

Capítulo veinticinco

Estábamos a cientos de kilómetros al norte de Flagstaff, en una estación de gas en el medio de la nada. Me encontraba sentada en el capó del Chevelle con Edward de pie entre mis piernas y le estaba limpiando las heridas en sus nudillos con toallitas húmedas. Sus manos estaban un poco hinchadas y rojas, y apretó sus dientes cuando quité la sangre seca.

Me encogí, encorvando mis hombros.

—Lo siento.

—Soy un jodido idiota por golpearle el rostro con mis puños —dijo Edward, haciendo muecas de dolor—. Probablemente me rompí algunos huesos.

Mis ojos se abrieron sorprendidos.

—¿En serio?

Se encogió de hombros.

—Ya ha pasado antes. Normalmente, trato de usar el mango de mi arma para golpear el rostro de un tipo, pero ese hijo de puta me sacó de quicio. Simplemente quería matarlo.

Los recuerdos de los últimos días volvieron borrosos, haciéndome difícil de reflexionar sobre ellos. Hoy no era diferente. Simplemente me parecía irreal, como un sueño vago.

—Sabes, esa visita nuestra no resolvió nada —dije, frotando sus heridas con un poco de pomada.

Renée y Phil seguirían viviendo sus vidas sin ningún remordimiento por lo que me habían hecho. Los odiaba.

—No era para eso —respondió Edward.

—Entonces, ¿por qué fuimos? Todo lo que hizo fue empeorarnos las cosas.

—Estamos en la misma situación que antes de eso. Es como estar castigado y salir a escondidas —respondió, descartando mis preocupaciones—. ¿Por qué preocuparnos por ello? Ya estás en problemas.

—Acumular cargos criminales no es lo mismo que estar castigado, Edward.

—Oh, es lo mismo. Créeme. —Me guiñó el ojo, deslizando su mano libre por mi muslo y dándole un golpe—. En pocas palabras, solo quería que vieras que esos hijos de puta no merecían tus lágrimas. Pensaba que no los querías muertos, así que, simplemente hice la segunda mejor cosa. —Sonrió—. Les puse un arma en sus cabezas e hice que te escucharan. —Su rostro se endureció, frunciendo el ceño—. Y luego ese maldito va y te golpea, arruinando mis planes.

El odio que él sentía por Phil y Renée era igual que el mío y eso hacia que mi corazón saltara. Su ardiente devoción y protección era un constante recordatorio de lo afortunada que había sido al tropezarme con Jake, y por cualquiera que haya sido razón que me quería muerta y me haya enviado a robar el coche de Edward.

Si fuera inteligente, ni siquiera estaría aquí, pero mientras observaba a sus ojos hipnotizantes y labios innaturalmente rojos, me di cuenta que la inteligencia estaba sobrevalorada… y también lo era al mostrar misericordia al enemigo.

—¿Quién dijo que no podías matarlos? —pregunté, mirándolo mientras envolvía sus manos en una gasa.

Él asintió, y pude ver que no me estaba prestando atención a lo que dije, pero cuando finalmente entendió, levantó su cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Quiero decir, nunca dije que no podías.

—Pero me detuviste —farfulló, buscando mis ojos y tratando de encontrar contradicción a mis palabras.

No lo había. Estaba hablando muy en serio.

—¿Cuándo te detuve? ¿Cuándo estábamos frente a la estación de policía, Edward? Dios, no quería que fueras a la cárcel. —Le besé en sus labios fruncidos—. Como que me gustas.

Me entrecerró los ojos.

—Necesitamos tener una charla sobre lo que es factible o no en esta relación.

—Creo que todo va con nosotros —dije, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura y cruzando mis tobillos.

Levantó una ceja, todavía escéptico.

—Lo estás diciendo bromeando.

—¿Por qué dices eso? —Me incliné y susurré en su oído—. ¿Acaso mis morales cuestionables te calientan?

—Cualquier cosa sobre ti me calienta —respondió, tomando mis caderas y con fuerza me jaló hacia él—, pero esta sed de sangre en ti lo incrementa.

Me besó a lo largo de mi cuello e incliné mi cabeza a un lado, dándole más espacio. La sensación de su piercing sobre mi piel sensible tuvo un efecto inmediato en mí.

—Solía ser una buena chica —dije en un gemido, cerrando mis ojos.

Presionó su peso en mí y bajó mi cuerpo. Enterré mis dedos en su cabello, agarrando y tironeando, trayendo su boca hacia mi rostro. Lo jalé hacia mis labios, besándolo profundamente y con fuerza. Él sabía a ese chicle de menta que siempre mastica, y no podía obtener lo suficiente.

Mis piernas estaban enganchadas y sus manos estaban agarrando mis muslos, hundiendo sus dedos en mi piel, y empujando su pelvis contra mí. Podía sentir su dureza en sus pantalones… y me encantaba. Lo deseaba. Había pasado bastante desde que lo sentí dentro de mí. Metí mi mano entre nosotros, mis dedos moviéndose torpemente en el botón de sus pantalones, tironeando en su cintura.

Hubo un fuerte aplauso y una voz de desaprobación.

—¡Hey, ustedes! ¡Deténganse!

Mis ojos se abrieron de golpe y Edward se alejó de mí. Miramos hacia nuestra izquierda y vimos a un señor mayor de pie frente a un coche. Nos estaba fulminando con la mirada y señalando con sus dedos arrugados y callosos que paremos de montarnos en una estación de servicio.

Me reí, cubriendo mi rostro, increíblemente avergonzada.

—Sí, sí—dijo Edward, quitando sus manos de mi cuerpo—. Nos vamos.

El viejo se quejó, murmurando ante nuestra indecencia mientras se alejaba. Miré entre mis dedos hacia Edward. Estaba rodando los ojos y pronunciando una serie obscenidades al tipo.

Bajó su mirada hacia mí, sonriéndome torcidamente.

—Mira lo que hiciste.

—¿Yo? —jadeé, sentándome y saltando del capó.

—Sí, te culpo de esto a ti —dijo Edward, abriendo la puerta del coche para mí—. Envolviste esas pequeñas y sexys piernas a mi alrededor y dijiste todo tipo de cochinadas, ¿qué se suponía que debía hacer? Soy un hombre, nena. No puedo luchar contra tus artimañas femeninas.

Me senté en el asiento y sacudí mi cabeza, riéndome suavemente.

—Oh, está bien, el pobre bebé es una victima.

Inclinó su cabeza, besándome en mi nariz.

Exactamente. —Cerró la puerta.

Lo vi caminar hacia el otro lado, sonriendo y ajustándose a si mismo. Entró al coche, poniéndolo en marcha y girando los neumáticos, haciéndolos chillar y dejar marca en su camino. El Chevelle salió disparado de la estación de gas y nos movíamos a sesenta por hora hacia la ruta, yendo hacia la nada, no había más que desierto y terreno llano en el horizonte.

Él tamborileó sus pulgares en el volante, manteniendo sus ojos en el camino, sin darse cuenta de mis movimientos. Posé mi mirada en sus antebrazos, fuertes, musculosos y tatuados. Me mordí el labio, sintiendo otra vez el deseo de devorar este hombre. La idea de besarlo y tenerlo mientras que conducía, un verdadera e inofensiva victima, me excitaba.

Chequeando dos veces la carretera, asegurándome que no había nadie tras nuestro, me quité la camiseta, tirándola en el asiento trasero.

Edward me miró con ojos sorprendidos.

—¿Qué mierda estás haciendo?

—Hey, ojos en el camino, señor —le dije bromeando, empujando su cara con mi mano—. Solo conduce y no te preocupes por lo que haga. —Me desabroché mis shorts y levanté mis caderas, quitándolos y tirándolos al asiento trasero.

—Jesús, Bella —gruñó Edward, mirándome por el rabillo de su ojo, apretando sus dedos en el volante. Estoy segura que sus nudillos estaban blancos y le dolían por toda la tensión en los te estaban.

Me desabroché y quité el sujetador, dejando la tela de encaje en el espejo retrovisor. Edward movió el coche hacia la derecha, tratando de salirse de la carretera. Tomé el volante, volviéndolo a poner en el asfalto.

—Sigue conduciendo —dije.

—¿Qué? No puedes esperar que siga conduciendo y que no te toque cuando estás sentada allí desnuda —despotricó, vagando sus ojos sobre mí.

—¿Quién dijo que no tienes permitido tocarme? —pregunté, quitándome mis bragas. Me incliné hacia él, presionando mis pechos contra su bícep, y hablé en voz baja en su oído—. Todo lo que quiero es que sigas conduciendo.

Asintió y tragó nerviosamente.

—Y trata de no chocar —añadí, tomando su oreja en mi boca, chupando y mordisqueando. Deslicé mi mano por su cuerpo y él se tensó, removiéndose en su asiento mientras que mi mano palmeaba su erección, presionando firmemente y sintiendo su dureza. Desabroché sus jeans y llegué hacia sus bóxers y envolví mis dedos alrededor de su muy dura polla. Le acaricié lentamente, girando mi muñeca y apretando.

Mierda —siseó, golpeando su cabeza contra el asiento y aflojando un poco el acelerador. Puse mi mano en su rodilla y empujé su pie hacia abajo. El coche aceleró y nos movimos hacia delante, ahora yendo a setenta y el velocímetro aumentando hacia ochenta.

—No te detengas, conduce rápido —dije, liberándolo de sus pantalones. Mi pulgar rodó sobre su piercing, que brillaba con el líquido pre-seminal, causando que se retorciera en mis manos. Miré hacia abajo, observando el piercing por primera vez. A diferencia de su piercing en el labio, esta era una barra curvada de titanio negro. Lamí mis labios con impaciencia, sintiéndome curiosa por sentir la bola en mi lengua.

No hay momento como el presente.

Bajando mi cabeza, lo tomé en mi boca. Él gruñó y maldijo mientras que el coche aceleró con fuerza por la carretera. No era mi primera vez dándole una mamada a un chico, pero no era una profesional, y el tamaño de Edward tomaba tiempo para ajustarse. Lamí la cabeza, succionando y tomando el piercing y tironeándolo suavemente.

El coche se salió de la carretera, una nube de polvo y rocas envolvió las ventanas. Edward giró el volante, volviendo a la carretera. Sonreí para mi misma, disfrutando de los sonidos que él hacía, jadeos bajos y rudos.

Tomándolo lo más profundo posible, chupé y lo tomé con mi mano, girando y ganando algunos gruñidos y gemidos. Él embistió sus caderas, golpeándome fuerte contra mi garganta y me alejé, asustada.

Edward bajó la vista hacia mí con el ceño fruncido y una mirada intensa en sus ojos. Quería detenerse, pero yo no le permitiría. Sentándome, miré alrededor y vi que la carretera seguía vacía. Solo éramos Edward y yo. Decidí seguir mi juego y me arrastré hasta quedar a horcajadas en su regazo. Su polla fue aplastada por mi peso y estaban entre mis labios. Mis duros pezones estaban en su rostro, a centímetros de su boca, y lo tenté con ellos, tratando de que tomara un poco.

—Mierda, nena —dijo, una mano en el volante mientras que la otra se apoderó de mi culo. Miró a mi alrededor, tratando de mantener su vista en la carretera. Balanceando mis caderas, apreté mi culo contra él, creando esta fricción placentera y enloquecedora.

—Conduce más rápido, —ronroneé en su oído, besando y lamiendo su piel—. Muéstrame lo que puede hacer este bebé,

Gimió, mordiendo fuertemente en mi hombro, y pude sentir el coche acelerarse mientras que el paisaje pasaba ante nosotros. Me levanté sobre mis rodillas, empujando mis tetas en su cara y me agaché para tomarlo firmemente. Inclinando mis caderas, lo posicioné en mi entrada —sabiendo muy bien que lo que estaba por hacer era peligroso y mortal— lenta y agonizantemente bajando sobre su polla. Se deslizó fácilmente en mi cuerpo húmedo y cálido.

Suspiré, tirando mi cabeza hacia atrás, deslizándome hacia arriba y abajo por su longitud. Era increíble, sintiéndolo en mi interior, consumiendo cada parte de mí. Colocando mis manos sobre sus hombros, seguí mi ritmo frenético, montándolo más y más duro. Él apretó los dientes, tratando de mantener sus ojos en la carretera mientras llevaba al coche muy por encima del límite de velocidad. Lo más rápido que iba el coche, lo más fuerte y más duro me movía. Mordiéndome el labio, incapaz de controlarme, tomé su rostro y le obligué a apartar la mirada de la carretera. Incliné mi cabeza hacia abajo y le di un beso hambrienta y profundamente.

Edward se alejó de mis labios, sus ojos muy abiertos mientras miraba a mi alrededor y hacia a la carretera.

—¡La puta madre!

Tiró del volante hacia a la derecha, quitando al coche de la carretera, y la fuerza nos lanzó hacia la izquierda. Me aferré a él mientras el coche giraba en círculos, levantando polvo y nublándonos en su neblina marrón. Edward se enderezó el coche, conduciéndonos más en el desierto hasta que estábamos completamente ocultos de los coches que pasaban en la carretera. Él pisó los frenos, lanzándome contra el volante.

Ni bien el coche estuvo quieto, su boca estaba sobre mí, lamiendo y chupando mis pezones, tomando de la punta endurecida y mordisqueando con sus dientes. Grité, balanceándose y girando mis caderas, enviándolo más dentro de mí. Él gruñó, agarrándome por las caderas y me levantándome dejando que su polla entrara y saliera un par de veces más antes de retirarse por completo.

—No, —gemí, extrañando el contacto.

Me puso de nuevo en mi asiento, con mi cabeza hacia la puerta del lado del pasajero. Deslizó su mano por mi cuerpo, la yema de sus dedos frotando y cosquilleando mi clítoris. Gemí, agarrándome del salpicadero y el asiento de cuero, necesitando algo para sostenerme. Mis piernas temblaron mientras él deslizó dos dedos dentro de mí, bombeando y la curvándolos hacia arriba.

Edward me besó en la parte interior de mis rodillas, haciendo su camino hacia abajo a mis muslos. Mordisqueó la piel, alejándose y quitando sus dedos. Abrió la puerta del coche y salió. Mis ojos, los cuales estaban fuertemente cerrados, se abrieron de golpe y me senté sobre mis los codos. Él estaba de pie afuera, se había quitado la camiseta y sus pantalones estaban bajados hasta alrededor de sus muslos, y estaba poniéndose un condón. Se lamió la palma de su mano y se frotó un par de veces, lubricando su erección en preparación para el látex.

Volviéndose hacia mí, el deseo y lío jadeante, me agarró por los tobillos y me atrajo hacia él con un movimiento rápido. Apartó mis piernas y se colocó entre mis muslos, presionando la cabeza de su polla en mí. Se deslizó hacia arriba y abajo por mis labios, mojando la punta, antes de embestir en mí, entrando profundamente. Estrelló sus labios contra los míos, empujando a un ritmo duro y necesitado. Mis manos volaron hasta su espalda y mis uñas se clavaron en su piel húmeda. Gruñó en mi boca, embistiendo y empujando con más fuerza. Levanté mis piernas, moviendo mi culo hacia abajo y cruzando los tobillos alrededor de su espalda, tirando de él hacia mí, necesitando sentir cada centímetro que podía de él.

—Mierda —maldijo, besándome y mordiendo mis labios, hundiéndose más y más rápido.

Estaba llegando al límite, mis pies se encresparon y mi cuerpo se tensó, la sensación de calor rápidamente me abrumó. Estaba cerca. Podía sentirlo venir mientras mis paredes internas comenzaban a contraerse a su alrededor, lo que le hizo a embestir y enterrarse en mí aún más.

Nuestros labios se presionaron fuertemente, cerré mis ojos con fuerza y dejé que el fuego llegue a mi cuerpo, que me consuma las llamas. Edward luchó duro para aguantar, sujetándose a los asientos, empujando y gruñendo, pero finalmente lo alcanzó. Se deslizó en mí, frenético, y se liberó. Se detuvo, apoyando su cabeza en mi hombro y respirando con dificultad.

Esperé a que mi corazón vuelva a su ritmo normal, abriendo mis ojos y levantando mi vista hacia el techo del coche, sintiéndome completamente aturdida y relajada. Mis dedos estaban dibujando patrones en su espalda desnuda.

—Eres una maldita loca, —dijo, riéndose suavemente.

—Sí, tal vez lo soy, pero es por eso que me amas.

Sentí mi corazón detenerse y mis ojos se abrieron con incredulidad. ¿Cómo mierda pude decir eso? Estuvo fuera de mi boca antes que pudiera detenerlo, y por dentro me reprendí por ser tan estúpida. Dios, él iba a tomarlo mal. Lo sabía.

¡Estúpida! ¡Estúpida! ¡Estúpida!

Edward levantó su cabeza y apartó un mechón de pelo de mi cara, besándome suavemente en la punta de mi nariz. Me miró a los ojos, verde sobre marrón, y sonrió.

—Esa no es la única razón.