LA HUÍDA:

Cuando Hara Eslitere despertó, se encontró en el suelo de una mazmorra, frío y húmedo, como el de la celda del interrogatorio. No había luz en el interior, pero el inestable temblor de la llama de una antorcha, se filtraba por los barrotes de la parte superior de la puerta de la celda.

Intentó incorporarse, pero sus brazos no soportaban su peso. No sabía cuanto tiempo había permanecido allí, ni sabía cuantas horas habían pasado desde que entró en aquel castillo. Jadeando aún recordó todos los acontecimientos que había vivido en aquel lugar. Empezó a sollozar, pero ya no le quedaban lágrimas. Sin duda había perdido bastante sangre y sintió sed. En el exterior no se oía nada. Ni siquiera los gemidos de los otros prisioneros.

Le dolía todo el cuerpo, pero sin duda, lo que más le dolía era el alma. Volvió a ver el rostro de Severus mientras la torturaba. La frialdad de sus negros ojos, la dureza en el rictus de sus labios apretados, las palabras que surgían de su boca, "Crucio!"... Todavía no podía creerlo. Aquello no había podido ocurrir, no podía ser verdad...

Intentó incorporarse de nuevo, y el dolor se extendió como un incendio por todo su cuerpo, recordándole que todo era cierto, que todo había ocurrido en realidad. Esta vez, las lágrimas sí surgieron de sus ojos, mientras el sonido quebrado de los amargos sollozos que emanaban de su garganta, inundaban el silencio de aquella celda. No entendía nada, ni sabía nada, pero de una forma casi imperceptible al principio, la rabia empezó a nacer dentro de su ser.

Lo único que sabía era que Severus siempre había querido ser un mortífago, y que cuando llegó el momento de decidir, no fue ella la elegida. Él la había abandonado, adornando su ausencia con hermosas palabras de amor y promesas incumplidas, y había entregado su vida a Voldemort. Con su tortura, Severus había reafirmado su elección.

La había traicionado.

El odio se unió a la rabia, y las lágrimas cesaron. El grito que profirió, inundó las cavernas de las mazmorras, y si alguien lo hubiese escuchado, habría pensado que se trataba de una bestia herida que luchaba desesperadamente por sobrevivir.

No se habría equivocado.

Hara respiraba entrecortadamente, y un rictus de desprecio apareció en sus labios.

"No me verás acabada, Severus Snape, voy a sobrevivir¿me oyes? voy a salir de aquí...".

Y reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se arrastró hasta la puerta, y se incorporó agarrándose en los salientes que iba palpando.

La pierna izquierda no podía soportar su peso, así que se apoyó enteramente en la derecha. Un pinchazo de dolor le atravesó todo el cuerpo, desde el pie hasta la sien. Se agarró a los barrotes de la puerta e intentó mirar a través de ellos hacia el exterior. Hasta donde la vista le alcanzaba no se distinguía a nadie. Bajó la mirada hacia la cerradura de la puerta. No había llave, tan solo una pequeña barra de hierro ajustaba la puerta a un soporte incrustado en la pared. Hara no tenía su varita, pero en ocasiones, los hechizos sencillos podían ser igual de efectivos si la concentración era la apropiada. Lo intentó.

- Alohomora!

Para su sorpresa, la barra de hierro se movió hacia arriba saliendo del soporte de la pared en el que estaba ajustada. Hara empujó la puerta y cayó al suelo, fuera de la celda. Se arrastró hasta la pared y volvió a ponerse en pie, a pesar del dolor.

Miró a su alrededor. Las antorchas del pasadizo donde se encontraba su celda desprendían una luz mortecina que hacía temblar las sombras, y más adelante distinguió el inicio de otro pasadizo también iluminado. Las escasas antorchas encendidas dejaban adivinar las entradas a más pasadizos que tomaban diferentes direcciones. Pero esos otros pasadizos permanecían en la más absoluta oscuridad.

Empezó a moverse apoyándose en las paredes y cada paso que daba era una agonía de dolor. Pero siguió adelante. La rabia y el odio que llevaba dentro le dieron fuerzas para continuar.

Llegó hasta el primer recodo. Se detuvo y se apoyó en la pared rocosa. Recorrer aquellos pocos metros le había supuesto un esfuerzo considerable, y le costaba respirar. El aire era húmedo allá abajo, y también escaso.

Dirigió su mirada hacia el interior del siguiente pasadizo que estaba iluminado. Sus antorchas provocaban un macabro baile de sombras. Le pareció que aquellas sombras se convertían en siluetas humanas, que se retorcían inundando las paredes rocosas. El miedo atenazó sus músculos, y su pecho empezó a subir y a bajar con rapidez, en una respiración entrecortada. Una gota de sudor resbaló por su mejilla, y se aferró con fuerza a los salientes de la pared hiriéndose las manos.

La auror observaba las sombras con los ojos muy abiertos, esperando que la figura de un mortífago surgiera de aquel pasadizo de un momento a otro.

Pasó varios minutos así, con el corazón en un puño, hasta que se convenció de que estaba completamente sola. Entonces, se movió, y el dolor volvió a hacerse presente en todo su cuerpo.

Caminó despacio por aquel pasadizo iluminado arrastrando su pierna izquierda, que apenas podía mover, y aferrándose a los salientes rocosos y cortantes de las paredes mientras sus manos dejaban un rastro de sangre en ellas.

Nunca supo que aquel rastro iba siendo borrado conforme ella avanzaba.

Llegó hasta una nueva encrucijada de pasadizos. Sólo uno de ellos estaba iluminado, los demás se hallaban en una penumbra tan negra como una noche sin Luna.

Una sombra empezó a crecer desde un recodo de aquel nuevo pasadizo iluminado. Hara aceleró su respiración. Se quedó paralizada de nuevo y abrió mucho los ojos. De pronto, unos ojos inyectados en sangre aparecieron tras el recodo, y la sombra disminuyó. Cuando se dio cuenta de la presencia de Hara, se detuvo de repente y le enseñó los dientes. La bruja se mantuvo inmóvil sosteniéndole la mirada. Pasados unos segundos, la rata retomó su camino, y pasó delante de Hara con rapidez, perdiéndose en la penumbra de aquellas mazmorras. Después, el sonido lento y parsimonioso de una gota de agua al caer, amplificado por el eco formado en las cavernas, fue lo único que rompió aquel denso silencio.

Hara dejó escapar el aire de sus pulmones, y se introdujo en el pasadizo iluminado. Pero su pierna derecha se estaba empezando a hinchar, y el dolor en sus brazos no le permitía mantenerse aferrada a la pared. Apoyó su espalda en ella, y se dejó resbalar hasta quedar sentada en el suelo. El dolor la mareaba.

Se concedió unos instantes de descanso para recuperar fuerzas. No sabía qué dirección debía tomar, ni cómo llegar a la salida. Estaba atrapada allí abajo, y nadie sabía que ella estaba allí. De pronto, en su mente, una idea empezó a cobrar vida. Miró a su alrededor. Todo era silencio, y la oscuridad inundaba aquel infierno, excepto los pasadizos por los que ella había avanzado, iluminados como si de un camino previamente marcado se tratase... ¿Por qué no había nadie¿Por qué ya no se escuchaban los gemidos de los otros prisioneros¿Por qué había sido tan sencillo escapar de su celda?

Jadeó con fuerza, y su mirada recorrió todo lo que la rodeaba. No era posible..., era una idea absurda..., pero no encontraba ninguna otra explicación...

Le estaban facilitando la huída.

¿Se trataba de una broma macabra de Voldemort¿Se estaba divirtiendo sometiéndola a aquella burla, en la que ella era el ratón atrapado?

Un débil gemido de pánico surgió de su pecho cuando empezó a sollozar de nuevo. No tenía alternativas. Debía continuar avanzando, aunque no fuese la libertad lo que encontrase al final.

No podía sostenerse en pie, así que empezó a arrastrarse. Reptar le dio una idea. Quizá, si se convertía en serpiente, podría avanzar más rápido. Se detuvo de nuevo, y se concentró, pero el intento fue inútil. Estaba demasiado débil para conseguir la transformación. Desistió de aquella idea, y continuó avanzando arrastrándose, y desgarrando sus ropas sobre el terreno de tierra de aquellas cavernas.

Llegó a una nueva encrucijada, y distinguió un nuevo pasadizo iluminado mientras los demás permanecían en la penumbra. Hara miró por encima de su hombro. Allí abajo había alguien más, y no era otra rata. Ahora podía sentirlo. Volvió a mirar hacia delante, y se arrastró hacia el siguiente pasadizo iluminado jadeando de pánico.

Cada vez que llegaba a una nueva encrucijada, encontraba un nuevo pasadizo iluminado, y distinguía las entradas de otros sumidos en la oscuridad. Y cada una de esas veces, Hara volvía su mirada hacia atrás, esperando ver aparecer el final de sus esperanzas. Y cada una de esas veces sentía con más fuerza aquella presencia invisible que la aterrorizaba.

No sabía cuánto tiempo hacía que se estaba arrastrando por aquellas cavernas, pero a ella le parecieron siglos. El dolor se acrecentaba cada vez más, y tenía la vista nublada por la fiebre.

Llegó hasta una nueva encrucijada, y la mortecina luz de las antorchas le mostró el inicio de unos escalones de piedra que se alzaban majestuosos ante ella, y que se perdían en las alturas.

Se sentó en el primero de ellos, apoyándose en sus brazos. Un pinchazo de dolor los recorrió desde las manos hasta la base del cráneo. Gimió, pero continuó subiendo lentamente, sentándose en el siguiente. Apenas podía mover sus piernas, pero se apoyaba en ellas si las necesitaba para continuar ascendiendo. Poco a poco fue elevándose por aquel serpenteante infierno que no parecía tener un final.

Ya casi no tenía fuerzas para continuar, y la sed le quemaba la garganta. Se paró un instante y miró hacia arriba. Abrió mucho los ojos, y empezó a reír mientras sollozaba.

Divisó una puerta de madera vetusta y vieja al final de aquellos escalones. Las telarañas cubrían el marco superior, y una cerradura de hierro la ajustaba a la pared.

Hara aceleró su ascenso, aunque ya no sentía ni sus piernas, ni sus brazos. La libertad estaba detrás de aquella puerta. Estaba segura de ello. Era imposible que no fuese así. Imposible.

"Por favor...".

Cuando llegó arriba, acarició la madera como si se tratase del mayor tesoro del mundo, y la empujó ligeramente. No se movió ni un milímetro. Estaba cerrada. La bruja miró hacia abajo sobresaltada. Le había parecido escuchar el sonido de unas piedras al caer, pero no vio a nadie. Ella sabía que seguía allí. Su amenaza invisible. Nunca había dejado de estar allí.

- ¿Quién eres? –preguntó con la voz temblorosa.

El sonido del eco le devolvió la pregunta una y otra vez. Y después, regresó el silencio.

Volvió su mirada hacia la puerta de nuevo. Quizá tuviera suerte otra vez, y aquella puerta se abriese con un hechizo sin varita, como la de su celda.

- Alohomora... –susurró casi sin fuerzas.

- (Alohomora!)

Otro susurro que ella no percibió, se había superpuesto al suyo y la puerta se abrió. La luz del atardecer, ya muy menguada, le hirió los ojos. Escucho el sonido de unos pasos sobre las hojas secas, que se detuvieron frente a ella. Alzó la mirada y lo vio. Después, perdió la consciencia.

Lunático la levantó del suelo, la subió a su escoba, y salió de allí a toda velocidad.

La puerta volvió a cerrarse sin que nadie la tocara.