Lo publico de una vez porque sé que probablemente no pueda actualizar la otra semana. Tengo tareas, trabajos y proyectos pendientes, y tengo programadas varias giras en algunos cursos, así que estaré ocupada de verdad como no lo he estado en mucho tiempo.
Espero que les guste.
Disclaimer. Los personajes pertenecen a Beemoov y a ChiNoMiko. La historia es de mi propiedad. Digan no al plagio.
INTERMEDIO
Por Noomsu
Capítulo veinticuatro
— ¿Nat?
Pegué un respingo. Me había encerrado en los vestidores del instituto, a sabiendas de que si Nathaniel intentaba buscarme jamás pensaría que estaba ahí. Sin embargo, no contaba con las demás personas del instituto. Alcé la mirada, y frente a mí estaba nada más y nada menos que Lysandro, que me miraba con una expresión que no supe descifrar.
— ¿Qué haces aquí, Lys?—murmuré, limpiándome las lágrimas—. Deberías estar en clase.
—También tú—dijo, agachándose a mi altura. Desvié la mirada, no queriendo dejarle ver lo afectada que estaba—. Nathaniel ha estado buscándote, incluso habló con Castiel para saber si no te había visto.
Me encogí de hombros. Claro, cuando vio que iba en serio se preocupó. Pero era tarde, demasiado quizá, y no quería verlo. Lo único que quería era ayudar, que confiara en mí y ni siquiera pudo ser honesto. Muchas chicas soportaban eso, pero yo no. Lysandro suspiró, y cuando me di cuenta ya me estaba abrazando. Cuando habías llorado mucho, un abrazo es lo peor que te puede pasar: hace que las lágrimas vuelvan a aparecer y esta vez con más fuerza.
— ¿Te hizo daño?—preguntó, en un susurro, mientras acariciaba mi cabello.
—No—contesté, con la voz un poco débil—. Es sólo que… No entiendo por qué no confía en mí.
—No me gusta entrometerme, pero Nathaniel no ha sido muy cauteloso mientras te buscaba—no lo miraba, pero en mi mente estaba clara esa mueca de inconformidad tan suya—. No me agrada que jueguen contigo.
Me abrazó un rato más, y no supe cuánto tiempo había pasado, hasta que le escuché tararear una melodía que se me hacía conocida. Su voz me tranquilizó un poco, disminuyó la opresión que tenía en mi pecho e hizo que mi respiración volviera a la normalidad. Hacía mucho tiempo no le escuchaba cantar, y casi había olvidado lo bonita que era su voz.
Solté una risa cuando recordé la cara que había puesto Castiel cuando Lysandro cantó esa misma canción en el ensayo al que había ido con Rosa. Realmente no era una canción en la que pudiera imaginar a Castiel tocando la guitarra, pero quedaba perfecta con la voz sedosa del chico peliplateado. Era suave, melódica, y la letra te llenaba el corazón más de lo que admitiría.
No obstante, me sentía mal.
La letra era hermosa, pero no se sentía como algo que un amigo te diría. Era más una canción en plan romántico, y en aquel momento no estaba como para canciones sobre amor. Me solté de Lysandro, sonriéndole lo mejor que pude, y juré que estaba bien. Sin estar realmente convencido me dejó estar, más que todo porque su naturaleza reservada no le permitía insistir. Y lo agradecí, porque en ese momento necesitaba más que nunca estar sola.
Cuando me aseguré de que mis ojos no delataran mi estado, salí de los vestidores y fui a clase. Faltaba la última clase del día y podría irme por fin a casa. Pude haber hablado con Nathaniel a la salida y ahorrarme el pánico de topármelo en el pasillo, pero no lo pensé antes y era demasiado tarde para rehacer las cosas. Sólo quedaba enfrentarme a las consecuencias.
Tocaba física, por lo que lo único bueno que le encontraba era que el rubio no tomaba esa clase. Las desventajas eran muchísimas, pero mi estado de ánimo no me permitía verlas. Entré al salón y tomé asiento adelante, como siempre, y esperé que el profesor llegara para que diera inicio a la clase. Entre más rápido comenzara, más rápido terminaría. No obstante, cuando el profesor entró, vi a los gemelos caminar a su espalda con una expresión divertida… que se borró cuando me miraron.
Armin llevaba química, junto con Iris, y Alexy prefería mil veces biología. No estaba segura de qué esperar cuando se sentaron —uno a cada lado de mí. Según el profesor, ambos habían cambiado de clase porque por enésima vez a ambos les habían decomisado el móvil (a Alexy) y la consola (claramente a Armin), y la directora pensaba que con el profesor de física se comportarían mejor.
Vale, admitía que el profesor de física intimidaba un poco, pero dudaba que eso fuera impedimento para que Armin intentara jugar Smash Bros. en clase, y mucho menos para que Alexy mensajeara y escuchara música. Vamos, que los gemelos son un nivel superior de terquedad, por mucho que los quisiera. Les forcé una sonrisa y me volteé por completo en mis apuntes.
Iba a ser una tarde larga.
Los minutos avanzaban lentamente, mientras Alexy entablaba una conversación con la chica a su derecha y Armin miraba al pizarrón con cara de pocos amigos porque aún no le devolvían su consola. No habían intentado hablar conmigo, quizá presintiendo que no estaba de humor o porque no entendían el tema que tocaba esa clase, pero pronto Alexy me envió un papelito.
«Está todo bien?», leí con cautela. El profesor estaba en su escritorio, justo frente a nosotros, y era demasiado notorio abrir el papelito y contestar. Lo arrugué mientras fingía que era un borrador de la operación que tocaba para el problema, y cuando se levantó para explicarlo, lo desdoblé y contesté con rapidez. «Lo estoy, por?», escribí y luego se lo pasé con disimulo.
«No te ves bien, pequeña genio. Y a decir verdad vi al rubito de camino a la clase… Tiene tan mala cara como tú», decía el siguiente papel. El profesor nos envió una mirada de alerta, pero como faltaban sólo cinco minutos para el timbre, no nos importó. No le contesté, a sabiendas de que apenas terminara la clase me obligaría a hablar.
Y así fue.
— ¿Pasó algo, verdad?—me preguntó, ya fuera del instituto.
Solté un suspiro.
—Se acabó—murmuré, encogiéndome de hombros—. Supongo que Ámber y Melody deben estar haciendo una fiesta y riéndose de mí.
Me miró como si fuera una muñeca de porcelana: frágil y vacía. Probablemente lo era.
— ¿Terminaron?
—Lo terminé—me reí, con la ironía apoderándose de mí—. Ni siquiera sé por qué empezamos, era cuestión de tiempo de que esto pasara. No pertenezco a su mundo, ni él al mío.
— ¿Quieres que vayamos de compras y hablemos de nuestros sentimientos?—ofreció, con una sonrisilla. Asentí, riéndome de verdad por primera vez en mucho tiempo—. Haremos que Leigh te deje preciosa para que ese delegado se dé cuenta de lo que se está perdiendo.
Pasamos la tarde en la tienda de Leigh, sin que Rosa o Lysandro aparecieran, y cuando entró la noche decidimos que era hora de volver a casa. Me acompañó la mitad del camino, y lo demás lo caminé sola con las estrellas como única compañía.
-.-.-.-.-.-.-
— ¿Emocionada por la mudanza?—preguntó mamá, entrando a mi habitación.
Era viernes por la noche, y justamente el sábado nos mudábamos. Esta vez toda mi habitación estaba repleta de cajas de cartón, menos la ropa que usaría mañana y la cama. Los demás muebles estaban ya empacados, o en el living para que fuera más cómodo sacarlos. Había estado tan ocupada guardando mis libros y mi ropa que no había tenido tiempo de pensar en Nathaniel, y ni siquiera lo había visto en la escuela.
Lo cual me aliviaba. Y me deprimía.
—Un poco—me reí—. Pero me preocupa tía Agatha.
—Estará bien—sonrió—, podrás visitarla cuando quieras.
Asentí. A decir verdad me estaba preparando para dormir, pero charlar con mi madre un rato no me caería mal.
— ¿Estás bien?—inquirió—. Últimamente has estado muy callada y no sales con tus amigos.
—He estado estudiando—mentí—, así que no he tenido tiempo.
— ¿No estarás…?
— ¿Qué te ha dicho la tía?—pregunté, a sabiendas de lo que estaba insinuando.
—Que podrías estar un poco triste, cariño—se sentó a mi lado y me abrazó—. El primer amor siempre es un poco… difícil.
Bah, primer amor. Ella no tenía ni idea de que había salido con otro chico en mi antiguo instituto, y que por eso me mandaron a detención una vez. El tipo había estado coqueteándole a una amiga mientras estaba conmigo, así que literalmente le había dejado estéril de una patada. Luego me di cuenta de que en realidad era mi amiga la que lo estuvo buscando todo ese tiempo, así que los mandé a freír espárragos a los dos.
Pero no me interesaba contarle esa historia.
—Mamá, no tiene nada que ver con eso—aseguré, con una sonrisa—. Estoy bien, lo juro.
—Vale—me besó la frente—, si tú lo dices. Buenas noches, cielo.
Agradecí mentalmente que no insistiera, porque mi fuerza de voluntad comenzaba a flaquear. La tentación de contestar sus mensajes estaba siempre presente, pese a que los mensajes habían dejado de llegar hacía unos días atrás. Las manos picaban por teclear una respuesta rápida y una disculpa, pero no lo haría. No había hecho nada malo, sólo intentaba ayudar, y aunque sabía que Nathaniel estaba quizá más afectado que yo, mi orgullo no me dejaba dar el primer paso.
Esa noche me dormí temprano, y no recordé lo que soñé.
Desperté con el sonido del camión de mudanzas parqueándose frente a la casa, por lo que me desperecé y fui a ducharme. Eran pasadas las ocho de la mañana, y ya estaban metiendo las cosas para adelantar el quehacer. Me comí un par de galletas con una taza de té, y luego corrí a ayudar a mi madre a bajar las cajas de mi habitación. Papá estaba abajo, intentando meter mi librero al camión con ayuda de uno de los tipos de la empresa de mudanza, mientras tía Agatha seguía metida en la cocina preparándonos el almuerzo para no tener que complicarnos al llegar a la otra casa.
El desastre era más que notorio, pero me divertía en cierta forma. Hacía que me distrajera, y agradecía eso más de lo que alguna vez diría en voz alta. Mi habitación se iba quedando vacía poco a poco, hasta que lo único que quedaba era la cama y el colchón. Las demás pertenencias mías y de mis padres estaban ya en el camión, lo que significaba que era hora de despedirse.
Tía me miraba con los ojos llorosos, sosteniendo las lágrimas y deseándome suerte en el instituto. La abracé con fuerza y prometí visitarla siempre que pudiera, a fin de cuentas era ella quien me había abierto las puertas cuando lo necesitaba. Mis padres le agradecieron de nuevo, y se adelantaron para ir al auto. Yo me quedé ahí, un rato más, aprovechando mis últimos minutos con mi tía.
—Nat, alguien te busca—avisó mi madre, desde la puerta.
Abracé una última vez a mi tía, tomé mi bolso y me dirigí a la puerta. Imaginaba que era Rosa, quien se había ofrecido a decorar mi nueva habitación y a mis padres les había parecido una idea excelente mientras no se saliera del presupuesto, además de que estaba deseosa de ver la nueva casa. Era mi mejor amiga, claro, pero eso no evitaba que a veces quisiera golpearle la cara.
Sin embargo, no era Rosa.
— ¿Qué haces aquí?—dije, sin poder evitar sonar molesta. Era Nathaniel.
—Alexy me dijo que te mudabas—explicó, casi sin aliento. Hasta entonces noté que su ropa estaba un poco desordenada y su cabello aún mojado, parecía que había corrido todo el camino—. Y yo…
— ¿Tú qué?—presioné. Sabía que mis padres estaban observando todo desde el auto, y no quería demorar más de lo necesario. El rubio desvió la mirada, y suspiré—. No tengo todo el día, Nathaniel. Lo siento.
— ¿Te vas?—preguntó, en voz baja.
—Sí—murmuré, como si no fuera obvio el camión de la mudanza y las cajas en él—. Y debo irme.
Las puertas del auto se abrieron, y ambos adultos bajaron y comenzaron a caminar hacia nuestra dirección. Era suficientemente malo hablar con él en ese momento como para sumarle la ignorancia de mis padres respecto a nuestra relación y los celos de mi padre. Solté un suspiro.
— ¿Es un amigo, Nat?—preguntó mamá, cuando llegó a mi lado, con una sonrisa sabihonda. Era claro que recordaba la descripción que le había dado mi Tía en vacaciones.
—Mucho gusto—dijo el rubio, un poco incómodo—. Soy Nathaniel.
— ¿Vienes a ayudar con la mudanza, chico?—se metió mi padre, sin intentar disimular la molestia en su voz. Pude escuchar perfectamente la risa que soltó tía Agatha al escucharlo.
—No, lo siento. No sabía que se mudarían—me miró, casi con resentimiento—. Venía a despedirme.
Cobarde, repliqué en mi mente.
— ¿Despedirte?—repitió mamá, soltando una risita—. ¡No nos iremos de la ciudad! ¿Nat no te dijo?
—No—susurró, un poco turbado. Solté una risa, inevitablemente.
—Decidimos quedarnos en la ciudad, al menos hasta que termine la secundaria—contesté, con una sonrisa—. No tienes por qué despedirte. Alexy te dio información incompleta—dije, y luego bajé la voz para que sólo él me escuchara—, cariño.
De inmediato sus mejillas se colorearon de un rojo muy tenue, pero que mis padres notaron al instante. Solté una risita, bastante divertida con la situación. En aquel momento amaba tanto a Alexy que casi me dolía que fuera gay, pero era un amigo increíble. Había logrado que Nathaniel se viera atrapado con la situación simplemente omitiendo una parte de lo que le había contado, y por eso ahora le tenía frente a mí con esa expresión avergonzada tan suya.
— ¿Quieres conocer la nueva casa?—ofreció mamá. Papá intentó decir algo al respecto, pero sólo con la mirada seria que le envió su esposa evitó hacerlo.
—No creo que sea prudente, mamá—dije. Vale, me divertía molestando a Nathaniel pero eso no significaba que habíamos vuelto. Ni por asomo. Seguía molesta con él—. Él tiene cosas que hacer, ¿cierto?
—A decir verdad no—me envió una mirada desafiante.
Nathaniel: 1. Nat: 0.
Terminamos viajando los cuatro juntos a la nueva casa. No quedaba tan lejos, pero debíamos guiar a la mudanza así que no teníamos más opción que gastar combustible. Mamá tenía una sonrisa de satisfacción mientras hablaba con papá, y Nathaniel y yo mirábamos por la ventana sólo para evitar que nuestras miradas chocaran. Vale, la manera en que conocí a sus padres no había sido precisamente normal, pero esto era otro nivel.
—No creas que por haber convencido a mi madre lo has hecho conmigo—le susurré, cuando llegamos a la casa y mis padres bajaron para hablar con los hombres de la empresa—. Sigo molesta contigo. Mucho.
—Lo sé—desvió la mirada.
Lo sé. Eso no significaba un «Te contaré más tarde».
No. Eso era un «Lo siento», y lo odiaba.
