Emilia Elroy siempre había hecho lo mejor por su familia. Desde el mismo instante en que, con apenas dieciocho años aquel hermoso joven rubio y de ojos azules como el cielo le había puesto el anillo en el dedo, su único objetivo, su única misión en esta vida había sido proteger a su familia de todas las formas posibles. Y creía firmemente que lo había logrado. La familia Andrew era una de las familias más influyentes e importantes del continente. Y no había sido fácil, no había sido nada fácil.
¿Pero qué quedaba de aquella ilusionada y enamorada jovencita de dieciocho años? Suponía que poco. La vida la había puesto demasiadas veces a prueba como para poder conservar aquella maravillosa sensación. Aunque no iba a compadecerse de sí misma, no iba con su naturaleza. Y no ostentaba la posición que tenía por distinguirse por su compasión y debilidad, sino por todo lo contrario. Había tenido que superar muchas pruebas y fortalecer su carácter para llegar a donde estaba.
Siempre amó a su esposo, a pesar de las circunstancias. A pesar de saber que Charles no la amaba. A pesar de no haber podido engendrar hijos propios … a pesar de tantas cosas, ella lo amó siempre, hasta el día de su muerte. Y juró proteger a todos los miembros de la familia Andrew con sangre, sudor y lágrimas. ¿Llorar? Claro que había llorado … mil lágrimas amargas habían rodado por su rostro durante todos aquellos años. Y había hecho lo necesario … siempre lo necesario por la familia. ¿Por qué era tan complicado de entender?
Supuso que William sería digno sucesor como cabeza de familia. Tenía la fuerza, la inteligencia, era un Andrew nato. El adorado hijo del hermano de su amado Charles … se parecía tanto, tanto … en ocasiones Elroy debía serenarse en su presencia y no dejarse llevar por los sentimientos. Algo que William no entendía: no dejarse llevar por los sentimientos. En eso no se parecía a Charles, ni tampoco a su propio padre, Colton. A Elroy, William le recordaba más a su débil madre: Elizabeth. La dulce y tierna Elizabeth, siempre en su propio mundo, siempre divagando, perdida en sus pensamientos … pero en ello Colton se mostró inflexible. Se volvió loco en cuanto la vio, y quiso tenerla. Elroy siempre supo que fue un tremendo error, y el tiempo le dio la razón. Elizabeth falleció muy joven. William y Rosemary, su hermana, eran apenas unos niños. Tuvieron que criarse solos, aunque todos hicieron lo que pudieron. Elroy intentó darles lo que necesitaban, pero no quería encariñarse demasiado, ya que ello solo acarreaba debilidad, dependencia. Y era realmente difícil no adorar a aquellos dos hermosos pequeños, tan rubios, tan hermosos y dulces … Rosemary era la viva imagen de su madre, en todos los sentidos. Siempre tuvo problemas de salud … y se agravaron una vez tuvo a su precioso y deseado hijo, Anthony. Nunca debe haber favoritos entre los miembros de tu propia sangre … pero William y Anthony conquistaron el corazón de Elroy. La muerte del joven fue algo muy duro de superar. Y a pesar de no llevar estrictamente sangre Andrew en las venas, Elroy sintió dolor en las entrañas, como si hubiera perdido a su propio hijo.
Y aquella maldita huérfana … otro capricho de William. Elroy tuvo que disimular su sorpresa al verla. Sabía por qué todos se habían vuelto locos por ella. Era mirarla y ver a Elizabeth, a Rosemary … aquel cabello como el sol, aquellos chispeantes ojos llenos de vida … era verlas a ellas pero con fuerza, energía y ganas de vivir. Tremendo error … aquella maldita huérfana no trajo más que muerte y desgracia … no soportaba ver cómo sus muchachos, el futuro de los Andrew, se volvían estúpidos por una maldita chica, sin orígenes, sin nada …
Y ahora William … no podía creerlo, no quería creerlo. ¿Había vuelto con aquella joven? ¿Se había casado? Elroy simplemente no podía creerlo, era imposible.
Oyó el ruido de la puerta al abrirse y giró la cabeza, observando cómo William entraba en la estancia y se acercaba a ella. Suspiró profundamente. Comenzaba el espectáculo.
- ¿Cuándo habéis llegado? – Elroy le hizo un gesto para que se encaminaran a los divanes.
- Hace apenas una hora.
- ¿Ha venido Candice contigo?
- Sí, tía. – Se sentaron uno frente al otro y Elroy tocó una campana.
- He querido tener esta pequeña reunión contigo antes de la cena para solucionar algunas cosas, William, sabes que en breve llegan tus tíos, convocados por ti, por supuesto, y ya no tendremos ocasión de estar solos. – Elroy lo observaba fijamente, con sus fríos ojos grises. – Tal vez quieras explicarme qué es lo que ha sucedido. - William se recostó en el diván, suspirando profundamente, mientras una doméstica hacia su entrada en la biblioteca con el servicio de té. El rubio aprovechó tal circunstancia para ordenar sus pensamientos y calmarse un poco. Una vez el té estuvo dispuesto ante ellos y la criada salió de la estancia, juntó sus manos y comenzó a hablar pausadamente.
- Escucha, tía … ante todo quiero que sepas que esto no se ha convertido en una cruzada contra ti ni contra la familia. – Elroy entrecerró los ojos, observando a su sobrino. – Sé que acepté dirigir a la familia, acepté mis obligaciones como cabeza, y creo que en estos años he cumplido sobradamente con todo ello. – William se incorporó un poco y fijo sus ojos celestes en su tía. – No voy a negar que ha sido duro. Sabes de sobra que no va con mi naturaleza …
- Oh, William, por favor, no vayas por ahí. No te escudes en el carácter, como haces siempre. Eres un Andrew, es tu deber …
- Lo sé, y lo he asumido, tía.
- ¿De veras? – El joven estaba comenzando a impacientarse, y se obligó a mantener la calma.
- Me he enamorado, tía Elroy. Es tan simple como eso. No puedo aceptar lo que me dijiste. No puedo renunciar a ella.
- ¿Has puesto el deseo por una joven por encima de tu familia?
- En absoluto. Por eso he convocado al consejo este fin de semana. Creo que se debe debatir el hecho de tal vez cambiar de dirección …
- ¿Cambiar de dirección? – Elroy lo miraba estupefacta. - ¿Qué estás diciendo, William?
- Quizá se deba pensar en dejar los asuntos de los Andrew en otras manos …
- ¿Otras manos? – Elroy había alzado un poco la voz, y se puso una mano en la garganta, intentando calmarse. - ¿Qué otras manos?
- Archie ha aprendido muchísimo en estos últimos años, lo he estado preparando para …
- ¿Archibald? – La anciana lo miraba como si estuviera loco. – Archibald es muy joven, e inestable en estos últimos meses … es imposible. – Se pasó una mano por los ojos, mientras William se echaba hacia atrás. – Tal vez … tal vez podríamos hablar con la familia de esa joven … en fin …
- Creo que ya me he adelantado a eso.
- ¿Qué has hecho?
- He llegado a acuerdos … acuerdos económicos. No supondrán problema.
- Pero … - La mujer tomó con dedos temblorosos una taza de té y sorbió lentamente, buscando la calma que desgraciadamente no encontraba.
- Patricia es mi esposa, tía, como supongo que ya sabrás. Hemos contraído matrimonio en Nueva Orleans. Todo es legal. Enseñaré la documentación a toda la familia … - La anciana levantó una mano.
- Debí suponer que, como siempre, William, antepondrías tus caprichos a los intereses de …
- No es un capricho, tía. – El joven apretó los puños, respirando profundamente. – Patricia es a partir de ahora, lo más importante para mí, por eso creo que si hubiera algún tipo de …
- Está bien, William. – Lo interrumpió Elroy, suspirando y observándole con sus cansados ojos grises. – Ahora deberemos debatir el cómo realizar la presentación a la familia y a la sociedad. No me negarás que ante lo inusual e, y permiteme usar la palabra, inapropiado del asunto, tenemos mucho trabajo por delante …
- ¿Qué? – William no pudo evitar la sorpresa en su rostro. – Significa que …
- Sí, William. – Elroy lo miró con infinita tristeza. – Una vez más, sabes lo que significa: presentaremos a Patricia como tu esposa … - carraspeó, como si le costara pronunciar las palabras - … y le daremos la bienvenida a la familia.
El relajante baño le estaba sentando de maravilla. El interminable viaje y las presiones del momento habían hecho estragos en su cuerpo, y el agua caliente penetraba por sus poros relajando sus músculos, y sumiéndolo en un estado de languidez y tranquilidad absoluta. Oía cómo Candy se movía en la habitación, arreglándose después de haber compartido la bañera con él, dispuesta a ir a ver a su amiga. Ya no había podido retenerla más, así que había decidido quedarse un rato más sumergido en el agua caliente.
- Amor mío, me marcho a ver a Patty. – Terry abrió los ojos lentamente para ver a su preciosa mujer en el vano de la puerta del baño, sonriendo. – Veo que te está sentando maravillosamente …
- Más que eso, preciosa … - observó lentamente sus curvas con mirada perezosa - ¿estás segura de que no quieres volver aquí conmigo?
- No puedo, cariño. – Ella sonrió, meneando la cabeza, y lo saludó con un gesto. – Volveré enseguida.
Él volvió a cerrar los ojos, recostándose en la bañera, mientras oía cómo Candy abandonaba la estancia. Pronto estuvo solo con sus pensamientos. No se escuchaba ningún sonido, sólo su propia respiración y el murmullo del agua al moverse.
Y allí estaba, en la mansión Andrew. Tres meses después de aquel encuentro con el amor de su vida en aquel restaurante, se encontraba casado, y a punto de emprender otra etapa en su vida. Sabía que los próximos días iban a ser complicados, y que debía conservar la calma y sobriedad que lo habían caracterizado los últimos años para que todo fuera bien para ellos. Le costaba más imaginarse lo que sucedería cuando volvieran a Inglaterra. Había escrito a su madre mientras iban en el tren y tenía la carta en su porta documentos, esperando el momento oportuno para llevarla a correos. Le había contado a Eleanor todas las novedades y estaba deseando encontrarse con ella en Nueva York a primeros de septiembre.
Mientras la joven rubia caminaba rápidamente por el pasillo en dirección a la habitación de Albert, que ahora compartía con Patty, descubrió dos siluetas en la lejanía que se acercaban a ella, y disminuyó el paso, constatando que se trataba del Dr. Mills y del propio Albert. Los hombres se pararon ante ella, saludándola.
- Acaba de llegar el doctor para ver a Patty. – Explicó Albert. Candy observó subrepticiamente su cansado y preocupado semblante, y sintió que el corazón se le llenaba de cariño por él. Le apretó el brazo.
- Lamento no haber venido antes a verla, - enrojeció levemente – me he retrasado.
- No te preocupes, pequeña.
Los tres se estaban acercando a la puerta de la habitación, a lo que Candy adujo.
- Tal vez sea mejor que os deje solos un momento, Bert … volveré más tarde. – Y antes de que Albert pudiera replicar, la joven se despidió del médico y se alejó presurosa por el pasillo.
Ambos hombres se adentraron en la habitación, tras tocar la puerta, y Birdy les salió al encuentro.
- Señores … señor William, la señora está descansando, por fin se ha dormido. – Informó la joven doncella.
- Gracias, Birdy, ahora puedes retirarte.
La muchacha dejó la habitación, mientras el doctor aguardaba un instante en la salita para darle tiempo a William a entrar en la habitación en semi penumbras a despertar a su esposa. Patty descansaba plácidamente en el lecho, su respiración era acompasada, pero William pudo observar sus incipientes ojeras bajo los ojos y su pálido rostro. ¿Y su tía pretendía organizar no se sabía cuantas fiestas y recepciones? William intuía que no sería posible, al menos, no para su esposa, si continuaba así. Esperaba que todo fuera a mejor.
Acarició suavemente la fría mejilla y Patty se revolvió ligeramente.
- Amor mío … - William se sentó a su lado y volvió a acariciar su rostro. – Querida … - La joven se removió un poco abriendo los ojos y parpadeando desorientada.
- ¿William?
- Sí, amor. – Ella intentó incorporarse, pero él no le dejó.
- ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? He debido quedarme dormida …
- Todo va bien, tranquila. – Él sonrió con ternura. - ¿Cómo te encuentras? El doctor está aquí.
- ¿El doctor?
- Sí. – El joven rubio se levantó acercándose a la puerta de la habitación para dar paso al Dr. Mills.
El susodicho era un hombre de cierta edad, con rostro agradable y fraternal sonrisa, que se acercó a la cama tomando la mano de la joven con delicadeza.
- Buenas tardes, Sra. Andrew, es un placer conocerla. ¿Me permitirá echarle un vistazo?
William sonrió a su esposa, antes de cerrar la puerta de la habitación tras de sí.
Desde el amplio ventanal del último piso de aquel edificio de apartamentos se podía vislumbrar buena parte de la ciudad de Chicago. El piso estaba bien, cumplía sus expectativas, aunque no era precisamente donde a él le hubiera gustado residir. Estaba allí por obligación, por orden de sus padres, ya que no lo querían en la mansión.
La joven que tenía bajo él en el centro del lecho, con las nalgas levantadas hacia sí, gemía, no sabía si de placer o de dolor, pero sinceramente, no le importaba lo más mínimo. Él la penetraba con fuerza, buscando su propio placer, su propia liberación … y eso era todo. Siempre eran rubias y de ojos verdes, esa era su prerrogativa. Todas las prostitutas que contrataba debían tener esas características. Debían recordarle a ella. Debían presentarse con el nombre de Candy, y dejarse hacer todo lo que él quisiera, sexualmente hablando. Muchas veces debía controlarse para no pasarse de la raya. Ya había tenido problemas en un par de ocasiones por su excesivo celo y violencia.
Súbitamente se corrió encima de la joven gimiendo, y se separó rápidamente, levantándose del lecho, su miembro aún parcialmente erecto, y dirigiéndose a la pequeña barra de bar apostada en una esquina de la amplia estancia.
- Vístete. Ahí tienes tu dinero. – Ni siquiera se volvió a mirarla, mientras oía cómo la joven se levantaba y se vestía rápidamente, cerrando la puerta tras de sí, sin siquiera despedirse.
Se volvió hacia el ventanal, observando las luces que comenzaban a iluminar Chicago al atardecer, mientras bebía largos sorbos de su copa de Whisky. Nada de aquello le satisfacía. Ninguna mujer podía llenar aquel vacío que sentía en su interior. Sólo una persona podría hacerlo, lo sabía bien. Era pensar en ella y volvía a ponersele totalmente dura. ¡Maldita sea! ¡Maldita huérfana! Jamás podía olvidarla, a pesar de las prostitutas, a pesar de beberse todo el alcohol de Chicago y caer desmayado en el lecho … no podía olvidarla. Se le había metido bajo la piel.
Aquella maldita noche … aquella maldita noche en que se le resistió … y el maldito William Andrew, amenazándolo, ¡a él! Sin poder acercarse, sin poder volver a tocarla … la había estado observando desde lejos muchas veces. En aquellos años había florecido, se había convertido en un perfecto ángel rubio, tremendamente hermosa y excitante … tomó su erecto miembro entre sus manos y gimió ante el ventanal, apoyando la otra mano contra el frío cristal.
Pero unos golpes en la puerta le hicieron levantar la cabeza y maldecir. ¿Quién demonios era a esas horas? Se acercó a uno de los divanes y cogió su batín para tapar su desnudez antes de dar permiso para pasar.
- ¿Señor? – Su asistente asomaba la cabeza por la puerta.
- ¿Qué pasa, John?
- Yo paso. – Y sin darle tiempo a proferir palabra, una joven apartó sin miramientos al pobre John del vano de la puerta y entró a la habitación como una reina. - ¿Estás visible, querido hermano? No tengo ganas de verte la colita …
La joven en cuestión, de ojos oscuros y cabello cobrizo, peinado a la última moda, enfundada en un vestido turquesa que resaltaba sus delineadas formas, no podía considerarse estrictamente una belleza, pero poseía un innegable magnetismo, acentuado por su carácter altanero y egocéntrico. Hizo un gesto hacia el asistente, quien cerró aliviado la puerta tras de sí, y se volvió al joven apostado ante el ventanal, sonriendo con cierta perversidad.
Los años no habían tratado mal a Eliza Legan. Los negocios familiares no iban mal, y seguía siendo muy reconocida entre el alto círculo de la sociedad de Chicago, en gran parte debido a su parentesco con la familia Andrew. Se había establecido una especie de tregua entre ella y aquella maldita huérfana llamada Candy, ambas se evitaban escrupulosamente y sólo se veían cuando era estrictamente necesario. Pero el odio se mantenía latente en el corazón de Eliza. Jamás dejaría de aborrecer a aquella maldita chica … y más, al ver el lamentable estado en el que se encontraba su hermano por su culpa.
- Acabo de cruzarme con una de tus amiguitas en el vestíbulo … esta se parecía bastante, ¿no?
- No empieces, Eliza … - El joven volvió a la barra de bebidas, llenando de nuevo su copa.
- Ponme una y ven a sentarte a mi lado. – Le dijo ella por encima del hombro, quitándose el abrigo y dejándolo en uno de los divanes.
Neil Legan hizo lo que le pedía y se sentó con gesto cansado frente a ella en el sofá. Eliza sintió una mezcla de rabia y tristeza al observar a su hermano. Y lamentaba aún más lo que de hecho tenía que comunicarle, ya que sabía lo mucho que iba a sufrir.
- Te ha pedido mamá que vinieras, ¿no es cierto?
- En parte … sí y no.
- ¿Qué significa eso?
- Me ha pedido que te recuerde que la semana que viene tenemos una recepción en casa y que debes acudir para que te presente a la joven Emily … - Eliza le hizo una mueca y Neil se pasó una mano por el rostro.
- Ya le dije a mamá que no me interesaba lo más mínimo …
- No es una petición de mamá, querido … - el joven alzó la cabeza para mirarla, su hermana ya no reía - … es una orden de papá.
- ¡Maldita sea! – Neil apuró de un trago la copa y se echó hacia atrás. - ¿A qué viene ahora esa obsesión por casarnos a todos?
- Porque es nuestra obligación …
- ¿Por eso lo haces tú? – Los ojos oscuros de su hermano la taladraron.
- Stuart es un buen partido … - Eliza le guiñó un ojo e hizo una mueca obscena - … y no está mal en la cama …
- ¿Qué diría mamá si te oyera? – La joven se encogió de hombros y ambos se echaron a reír.
Neil volvió a llenar las copas y su hermana alzó una mano.
- Ya no más para mí … después he quedado con Stuart.
- Floja … - Neil le sacó la lengua y bebió otro largo trago.
- Escucha, hermano, tengo que decirte algo más …
- Dime.
- Se trata de la huérfana.
- ¿Candy? – Todo el cuerpo de Neil se tensó de pronto, mientras miraba a su hermana con expectación. - ¿Qué sucede?
- Pues resulta que no sé cómo decírtelo de otro modo, así que … allá va. Me he enterado por fuentes muy fiables que la huérfana ha vuelto a Chicago con un nuevo y flamante esposo colgado del brazo.
- ¿Qué? – La copa resbaló de la mano del joven estrellándose en el suelo, mientras sus negros ojos observaban a su hermana impactados. - ¿Casada? ¿Con quién? ¿Cómo es posible?
- Tranquilízate, - Eliza alzó las manos – no consigues nada poniéndote como un loco …
- ¿Se ha casado en secreto? – Neil soltó una amarga risa. – La familia no lo consentirá, es imposible …
- Es muy posible, hermano, y debes calmarte … porque todavía no te he dicho quién es el desgraciado. – Eliza hizo una pausa antes de mirar directamente a los ojos del otro Legan. – Terrence Grandchester.
William se levantó rápidamente cuando el Dr. Mills salió de la habitación y se acercó a él.
- ¿Cómo se encuentra, doctor?
- Siéntese, William, hablemos tranquilamente. – El joven obedeció, retorciéndose las manos y mirando al doctor con el rostro tenso. – La señora Andrew se encuentra bastante bien de salud, dadas las circunstancias. Calculo que está embarazada de unas diez u once semanas. Pero el primer trimestre siempre es el más complicado en relación al malestar, las náuseas y el agotamiento. Lo que me preocupa es que dicho cansancio es más acentuado en ella, ¿tal vez ha podido estar inducida por alguna situación estresante …? – El médico arqueó una ceja mientras William suspiraba.
- Podríamos decir que últimamente hemos pasado por situaciones complicadas …
- Comprendo. La señora Andrew necesita tranquilidad y reposo absoluto. Temo que mayores nervios y preocupaciones puedan acarrear la pérdida del bebé … así que con reposo absoluto me refiero a no hacer ningún tipo de esfuerzo, permanecer recostada y dormir todo lo posible, y nada de actividades …ejem, matrimoniales … - William asintió, bajando la mirada ante la visible incomodidad del doctor.
- Teníamos programados varios eventos en las próximas semanas … - El médico comenzó a negar con la cabeza.
- No para la señora Andrew, me temo. Debe descansar. Si hace lo que le digo, su estado mejorará en las próximas semanas y terminará el embarazo con total normalidad. - William acompañó al doctor a la puerta y a través del largo pasillo hasta la rotonda de entrada. - Ya no es necesario que continúe, William, conozco la salida. Vaya usted a ver a su esposa, le necesita. Está preocupada. Volveré mañana para hacerle unas pruebas, ¿de acuerdo?
Los hombres se estrecharon la mano y William se apoyó en la barandilla, observando cómo el doctor descendía al hall y se despedía de Watters mientras este le entregaba su abrigo y sombrero.
El joven rubio se cogió la cabeza entre las manos y frunció el ceño. Debía calmarse y concentrarse. Todo se complicaba por momentos. Y sobre todo, se sentía tremendamente culpable por haber puesto a Patty en aquella situación. Debió de haber sido más cuidadoso …
- ¿William? – Alzó bruscamente la cabeza, sorprendido, para encontrarse a Patty en camisón y descalza a pocos pasos de él. Se acercó rápidamente a ella.
- Patty, ¿qué demonios estás haciendo? – La cogió en brazos. – El doctor ha dicho que debes guardar reposo absoluto …
- Pero William …
- Sssshhh, a la cama ahora mismo Sra. Andrew …
Candy y Terry bajaron por las escaleras cogidos de la mano, mientras Candy miraba a su alrededor, visiblemente nerviosa. Su marido le apretó la mano con firmeza.
- Tranquila, amor mío, - hizo que se detuviera un segundo y le alzó la barbilla, mirándole a los ojos – ahora estoy aquí, nada va a sucederte. – Ella intentó sonreír.
- Lo sé … pero no puedo evitarlo. Cuando sé que ella está en la mansión … - se encogió de hombros – en fin, me da escalofríos.
Terry la besó en los labios y la estrechó brevemente contra sí, antes de continuar descendiendo juntos las escaleras. Albert les había pedido reunirse con ellos un momento antes de la cena en su despacho. Cuando los jóvenes entraron, se encontraron con Albert, George … y la tía Elroy esperándolos. Candy sintió que el aire se esfumaba de sus pulmones unos segundos al toparse sus pupilas con aquellos dos pedazos de pedernal gris.
- Candice. – La anciana cabeceó hacia ella, y enseguida sus ojos se dirigieron a Terry.
- Hola, tía Elroy, ¿cómo estás? – Candy intentó sonreír, pero la mujer ya no le prestaba atención.
- Y usted debe ser el señor Grandchester.
- Señora … - El joven hizo una pequeña reverencia cortés.
La mujer indicó con un gesto los divanes de delante de la chimenea, y todos se dirigieron hacia allí, mientras George preparaba las bebidas de los hombres.
- Indudablemente, debe ser una nueva moda la de casarse sin previo aviso, y sin ningún tipo de autorización familiar, con el primero que te haya venido en gana, ¿no es así, Candice? – La joven se puso como la grana. - Visto el ejemplo que has dado siempre a esta familia, no es de extrañar que William haya seguido tus pasos …
- ¡Tía! - Se alzó la voz de William.
- Un momento, señora. – La voz de Terry se alzó por encima de las demás, sus ojos azules igual de fríos e intimidantes que los de la anciana, la mandíbula tensa, mirando con fijeza a aquella pétrea mujer sentada frente a él. – He prometido comportarme como se espera de un caballero, y aceptar las críticas de los Andrew en cuanto a lo inusual y repentino de nuestra decisión. Es cierto que no hemos seguido el protocolo que de hecho debía esperarse, pero las circunstancias nos han obligado a ello.
- Oh, no me digas … está embarazada.
- No, señora. – Terry tenía los puños apretados, intentando contenerse. – Pero circunstancias personales me obligan a marcharme a Inglaterra en unas semanas y no iba a consentir abandonar Estados Unidos sin llevarme a Candy como esposa. Puede discutir los pormenores sin problema conmigo, y estoy seguro de que llegaremos a un entendimiento. Pero lo que de ninguna manera voy a consentir, señora, - el joven la miró fijamente a los ojos – es que vuelva a insultar o menospreciar a mi esposa de ninguna de las maneras. ¿Ha quedado claro?
Elroy lo estudió analíticamente durante unos minutos. Un joven muy apuesto, y con carácter. Ciertamente, no le sorprendía viniendo de Candice. Ella nunca había creído los rumores que corrían por los círculos de que la joven rubia aceptaría al joven McDonahue como esposo. A opinión de Elroy, demasiado "suave" para ella. Pero sin embargo, aquel apuesto actor, con sangre noble, aunque aborreciera reconocerlo, le iba como anillo al dedo. Hizo un leve gesto de asentimiento antes de continuar.
- Estará de acuerdo conmigo, señor Grandchester, de lo inusual que es la situación, y que debemos dar una explicación a la familia … y a la sociedad de Chicago. La familia Andrew es una de las más importantes del estado …
- Por supuesto … - Elroy se dirigió a George.
- ¿A qué hora está previsto que lleguen los demás, George?
- En una hora, señora.
- Esta noche en la cena se harán muchas preguntas, William.
- Lo sé, tía.
- Deberemos dar las explicaciones necesarias … tal vez aducir … no sé, la locura del amor … - Elroy hizo un gesto de desdén. – Habrá que organizar un evento para reunir a la plana mayor de la familia … ya pensaremos en los detalles … - Hizo un gesto con la mano hacia George. - ¿Cuándo va a dignarse tu esposa, William, aparecer ante nosotros?
- Patty está indispuesta, tía.
- Vaya … - Chasqueó la lengua. - ¿Por qué no me sorprende?
- Tía … - Los ojos azules de William destellaron furiosos.
- Es importante que se presente ante la familia, William, lo sabes …
- Sí, pero en este momento es imposible.
- ¿Imposible? Tal vez no hoy en la cena, pero …
- Quizá debamos esperar un par de semanas …
- Bueno, es factible … ¿por qué? – Elroy lo escrutó con sus fríos ojos.
- Patricia necesita descanso, reposo …
- Oh, Dios mío … - La anciana se llevó una mano a la garganta.
- Sí, así es … está embarazada.
La verde y hermosa colina de Pony refulgía al sol del amanecer, y para ella no había vista más hermosa en la tierra. Sabía lo mucho que iba a echarla de menos, y le dolía el corazón. Pero amaba a su esposo con toda el alma, y su lugar estaba junto a él. Giró ligeramente la cabeza y observó otra visión igual de hermosa. Los débiles rayos de sol acariciaban tímidamente el cuerpo desnudo de Terry en el lecho, quien dormía plácidamente, y Candy suspiró embelesada, volviendo sus ojos verdosos al paisaje tras el ventanal.
Estaban a mitad de agosto, hacía calor, pero no en la colina, la suave brisa que recorría toda la ladera de Pony hacía que fuera maravilloso pasear por entre los majestuosos árboles, y disfrutar de aquel paraje singular. Aún apenas podía creerse el haber conseguido unos días para poder ir a despedirse de sus queridas madres.
La cena con los tíos de Albert, los Andrew, había sido tensa y complicada. El aire podía cortarse con un cuchillo. Aunque Terry estuvo maravilloso en todo momento, Candy sabía que no hubiera podido superar aquello sin él. Y después, los siguientes días fueron un cúmulo de encuentros, reuniones y negociaciones. Apenas vio a Albert, ya que andaba sumergido en su despacho, hablando con todos y cada uno, de la mañana a la noche. Y Terry también mantuvo una larga reunión con ellos. Candy sabía que le hicieron firmar documentos y le preguntaron sobre muchas cuestiones, solvencia económica y orígenes familiares … pero al final, milagrosamente, todo había quedado finiquitado.
Se programaron varios eventos: el primero, a finales de agosto, para el cual Patty ya estaría con más fuerzas para asistir, una cena para los principales miembros de la familia Andrew … que ascendía a la cantidad de unas setenta personas más o menos, y posteriormente, en unos días, la gran fiesta de presentación de ambos matrimonios a la sociedad de Chicago.
Y entonces, Candy vio la ocasión perfecta para poder escaparse unos días con Terry a visitar a sus madres a Casa de Pony. Y aunque Elroy quisiera oponerse, Albert no lo consintió y los dejó marchar, por supuesto. Candy sintió una gran tristeza al tener que dejar a Patty en aquella mansión, pero un viaje para su amiga era impensable. La abrazó con la promesa de que volvería en unos días. Patty estaba muy deprimida últimamente, ya que apenas podía salir de aquella habitación, y apenas veía a su esposo.
Tampoco habían tenido ocasión de estar con Archie, ya que continuaba en Montana, en viaje de negocios. Pero le habían informado de que llegaba la semana que viene, y que estaría para la cena de los Andrew. Candy solo esperaba que se tomara las noticias con serenidad.
Se estiró lánguidamente y sonrió. Se sentía privilegiada de haber podido escapar, aunque fuera por unos días, a aquel paraíso terrenal. Aquel era su hogar, siempre lo había sido. Aún recordaba las sonrisas de felicidad de Miss Pony y la hermana María cuando les presentó a Terry como su esposo. Siempre había soñado con volver con Terry algún día a Casa de Pony … y por fin estaban allí.
De pronto, las grandes manos de su marido la tomaron por detrás, por la cintura, y ella se apoyó en su pecho suspirando, mientras Terry besaba su cuello y el lóbulo de la oreja.
- Buenos días, señora Graham. – Ella giró la cabeza hacia sus labios sonriendo.
- ¿Has dormido bien?
- Perfectamente bien … - Candy sintió los dedos de Terry bajar los finos tirantes de su camisón, y la prenda se deslizo rápidamente por su cuerpo hasta el suelo.
- ¿Qué haces, Terry? – Rió ella, dándose la vuelta. Enseguida pudo apreciar la erección de su esposo.
- Llevo días sin poder hacer el amor con mi esposa en condiciones …
- Eso no es cierto … - Pero suspiró al sentir las manos de Terry rodear sus pechos.
- Sí que es cierto … lo sabes … - le puso un dedo en los labios – y ahora, ssshhhh … señora Graham … déjame darte placer …
La tarde era espectacular. El sol se ocultaba en el horizonte tiñendo de un tono anaranjado el cielo e iluminándolo con una esplendorosa luz, mientras Candy y Miss Pony paseaban lentamente por entre los altos árboles que poblaban la colina frente al orfanato. Candy odiaba las despedidas, y sobre todo aquella que iba a producirse a no mucho tardar. Los pocos días pasados en Casa de Pony habían aligerado su espíritu, y se sentía con más fuerzas de poder afrontar todo lo que le esperaba. Las charlas con aquellas maravillosas mujeres la habían ayudado y enriquecido.
Miss Pony apretó dulcemente la pequeña mano apostada en su brazo, y la joven giró la cabeza para observarla.
- ¿Qué tienes, mi niña? – La mujer no había podido dejar de percatarse de las lágrimas que poblaban los hermosos ojos verdes. La joven sonrió entre lágrimas.
- Ojalá pudiera quedarme siempre aquí …
- No, querida, eso no es cierto. Tu sitio está ahora junto a tu esposo. – Candy asintió.
- Lo sé, Miss Pony, pero …
- Sé que tienes miedo, Candy, es lo más natural del mundo. Pero también sé que afrontarás las adversidades con valor y serenidad, como siempre has hecho … como siempre te hemos enseñado. – Ambas se detuvieron a los pies del Gran Padre Árbol.
- Amo a mi esposo, Miss Pony …
- Sí, eso es evidente para todo el que esté a vuestro alrededor … - Ambas se echaron a reír.
- Y sé que mi sitio está junto a él … pero no puedo evitar sentir una honda tristeza por todo lo que estoy dejando atrás … todo mi mundo …
- Comprensible. Pero todo esto … - la mujer abarcó lo de alrededor con un gesto – siempre estará aquí para ti. – La tomó de las manos sonriendo. – Siempre, querida. Este es tu hogar. Pero ahora comienzas otra etapa en tu vida. – Candy se abrazó a la mujer con fuerza, y esta le acarició suavemente el rubio cabello, suspirando. – Sigue tu camino, hija mía, con amor, valor y fuerza … siempre estarás con nosotras, en nuestras oraciones, allá donde vayas …
La mansión Andrew se alzaba majestuosa ante ellos nuevamente, y Candy quiso dar media vuelta y volver a Indiana corriendo si hacía falta. No había podido evitar que las lágrimas rodaran por su rostro durante prácticamente todo el viaje de regreso, abrazada a Terry, que estoicamente aguantaba su tembloroso cuerpo entre los brazos, no había podido evitarlo, a pesar de saber lo que supondría para su esposo verla en aquel estado. Pero él se había comportado maravillosamente, como siempre. Y en ese momento, le sonreía con todo el amor que traslucían aquellos dos hermosos ojos de acero azul, haciendo temblar su corazón.
Una vez en la entrada, se sorprendieron al ver a Albert, y también a Patty, aguardándolos con una sonrisa. Ambas amigas se abrazaron mientras los jóvenes se estrechaban las manos con afecto.
- ¡Patty! ¿Cómo te encuentras? ¿Qué haces levantada?
Ambas amigas se tomaron del brazo mientras se ponían al día con las novedades. Patty le informó de que su estado había mejorado mucho, y que el Dr. Mills le había dado permiso en los últimos días para poder dar suaves paseos por el jardín. Patty le confesó que aquello había sido como un regalo del cielo, ya que creía que iba a volverse loca encerrada en aquella casa. Además, era la excusa perfecta para rescatar a su esposo de las garras de la familia y poder tenerlo durante unos instantes solo para ella. También le contó que en aquellos días más miembros de la familia habían llegado a la mansión, muchos de ellos desconocidos para Patty, y que otros tantos se habían repartido por los hoteles de Chicago, pero todos ellos habían ido a hablar con los miembros del consejo Andrew, y todos estaban deseando conocer a la nueva Sra. Andrew.
- Y solo puedo decirte a ti lo nerviosa que estoy … - suspiró Patty – si he de ser sincera, desearía poder echar a correr muy lejos de aquí … - Candy le apretó la mano. – Estoy por secuestrar a William y llevarlo lejos … - Habían entrado al vestíbulo, cuando la puerta de la biblioteca se abrió. – Oh, querida, y quería decirte que … - Pero Patty se interrumpió al ver a quién tenían ante ellas.
- Vaya, vaya … bienvenida a casa. – La pérfida sonrisa de Eliza Legan se clavó como una daga en el corazón de la joven rubia, mientras la otra se acercaba con sus negros ojos relucientes. – Parece ser que he de darte la enhorabuena … - Giró un poco la cabeza para observar a los hombres que se habían detenido tras las jóvenes. – Las parejitas felices. – Susurró con desdén. - ¿Vas a echarte también atrás en esto como tienes por costumbre? Primero mi hermano, luego …
- ¡Eliza! – William se adelantó, fulminando a la joven con la mirada. – No es necesario todo esto, lo sabes.
- Claro, claro … - Eliza chasqueó la lengua. – Ya sabemos que aquí hay algunos con más privilegios que otros, querido tío William … - Su voz rezumaba rencor. Alzó una mano. – Ya me marcho … no es necesario que me acompañéis …
Y pasó ante ellos rápidamente, sin volver la vista atrás.
Una vez desapareció de su vista, la tensión que se había formado en el vestíbulo fue distendiéndose rápidamente. William tomó a su esposa por la cintura y puso una mano en el hombro de Candy.
- ¿Estás bien?
- Sí, todo bien … - sonrió la rubia, mientras su marido se acercaba y le pasaba un brazo por los hombros.
- Me había olvidado de esa víbora … - Susurraba Terry. - …huelga decir que no ha cambiado en exceso …
De pronto fueron interrumpidos por George, que salía en ese instante de la biblioteca.
- Señor William, la señora Elroy quiere verle … y también a la señora Andrew. – Patty suspiró y su esposo intentó disimular su rostro cansado.
- Está bien, George, enseguida vamos.
- Otra cosa, señor: acaba de llegar un mensaje de los Brigthon.
- ¿Los Brighton? – Preguntaron Candy y Patty al unísono.
- Así es. Al parecer, la señora Annie acaba de llegar a la mansión de sus padres.
- ¿Qué?
