CAPÍTULO 24


Hola a todos!

Les dejo el nuevo capítulo, espero que lo disfruten!

Muchas gracias por leer y comentar! Saludos!


Respiró hondo y se removió, algo colgaba de su cintura. Lentamente abrió los ojos y dirigió su mirada hacía su abdomen, algo dentro de ella se movió como la mantequilla sobre un sartén caliente cuando fue consciente de que era la mano de Terry suspendida en la curva de su abdomen. En cada exhalación su dedo medio casi le tocaba el ombligo. Él respiraba suavemente a su lado, calentándole la nuca con su aliento, estaba tan cerca que todo parecía irreal.

Estudió despacio la mano que reposaba desprevenida pero posesiva sobre ella, tenía los dedos largos y elegantes y sus uñas eran un bonito ovalo perfectamente recortado. La piel era blanca, pulcra y de una forma inexplicable, absolutamente masculina, como lo era también la forma en que estaban relajados sus nudillos y más arriba, los suaves y lisos vellos que le cubrían discretamente el contorno de la muñeca. No era la clase de hombre que pudiera denominarse velludo, pero aquí y allá ordenados y masculinos vellos lo cubrían como seda, haciéndolo irresistiblemente sexy. Aquella visión era como un extraordinario redescubrimiento, su cuerpo había cambiado mucho durante los últimos seis años.

Despacio, muy despacio, se giró. Él suspiró con fuerza y se volteó ligeramente quedando acostado sobre su espalda sin despertarse. Candy contuvo el aliento hasta que él estuvo quieto de nuevo, luego una lenta sonrisa se formó en su cara. Él era absolutamente hermoso, y allí dormido con el rostro apenas iluminado por las llamas de la chimenea que ya casi se extinguían, lucía tan tranquilo y apacible que el corazón de Candy se llenó de secreto regocijo.

Tenía una nariz recta, de líneas fuertes, los huesos de su mandíbula se dibujaban con determinación, dándole ese aire tan varonil. Allí mismo su barba le llenaba con sutileza el rostro de una tenue sombra que se extendía hasta la mitad de su garganta. No se resistió y le pasó los dedos temblorosos y se sorprendió al no encontrarlo tan áspero como esperaba, por el contrario, su naciente barba era suave, resultaba muy agradable tocarle allí.

Él se movió un poco, entonces ella detuvo su caricia y volvió a perderse en su rostro. Las espesas pestañas obscuras descansaban con gracia infantil sobre la piel donde iniciaban sus pómulos, tenías las pestañas adorables como las de un niño. Era tan hermoso que le resultaba increíble pensar que ella tenía el placer de contemplarlo. Él volvió a removerse, abriendo levemente la boca. Esa boca. Tenía los labios más irresistibles que hubiera visto jamás, sutilmente voluptuosos, sonrosados y tersos. Se moría por besarlo de nuevo, pero no se arriesgaría a despertarlo.

Respiró profundamente y se volteó clavando su mirada en el techo, rápidamente sus ojos volaron por la habitación. Todos los muebles y las molduras en las paredes estaban hechos de madera de nogal obscura, lisa y brillante. Todo era grande allí, cómo no se había percatado al entrar. Claro había estado tiritando y pensando obsesivamente en que pasaría una vez apagaran las luces.

La cama era enorme, nunca había visto una de ese tamaño, ni siquiera la de Albert y Gisell en Lakewood. Ocho gruesísimos y macizos postes de madera se acomodaban uno tras otro rodeando la cama como si pretendieran armar un dosel, pero la estructura grande y poderosa en sí misma anulaba inmediatamente toda idea de un romántico pabellón que la adornara. Los tapices eran azules con motivos barrocos dorados. Era realmente ostentoso pero a pesar de ello de buen gusto, iba con la personalidad de Terry, pero al mismo tiempo representaba una contradicción, sabía que él renegaría de los lujos de aquella habitación pues le recordarían su conexión con la nobleza.

Una brisa se filtró de alguna parte y le erizó la piel del pecho. ¿Del pecho?

Una rápida mirada hacia abajo le dejó darse cuenta que tenía la camisa del pijama completamente desabotonada y que sus senos estaban apenas cubiertos con total negligencia. Los recuerdos de la reciente noche le invadieron la mente, sintió su vientre calentarse provocativamente al recordar las deliciosas caricias de Terry, la manera en que la había recorrido con sus manos y sus labios, y la deliciosa forma en que había danzado sobre su cuerpo. Sintió como se sonrojaba, aquello resultaba tan abrumadoramente ilícito y a la vez sensual y tentador. No sabía a dónde irían a parar, si era honesta, no le interesaba averiguarlo, sólo quería vivir justo ese precioso momento y no pensar en nada más, regodearse en las palabras que él le había dicho bajo la lluvia y depositar toda su fe en que en realidad las heridas podían sanar.

Sin embargo, a pesar de su recién adquirido carácter que la incitaba a disfrutar abiertamente del presente, tampoco tenía las agallas para lidiar con todas las posibles consecuencias. Se levantó con cuidado de no despertarlo y corriendo levemente las cortinas, vio que en el horizonte el cielo empezaba a colorearse purpureo, tenías que regresar cuanto antes a Andley Manor. Se acomodó el pijama y tomó de sobre uno de los sillones una gabardina gris y se cubrió con ella. Luego consiguió un lápiz y papel en la mesa de lectura de Terry y le escribió una nota disculpándose por llevarse su ropa y diciéndole que se marchaba porque no quería despertar al dragón dormido que era su tía abuela.

Fue por sus babuchas pero al meter uno de sus pies se dio cuenta que seguían igual de mojadas, Gisell la crucificaría si se llegara a enterar de lo que había hecho con su precioso regalo. Así que caminó de nuevo hacia el armario de Terry y sacó un par de botas marrón, se las puso, le dedicó una última e interminable mirada soñadora a Terry y abandonó la casa Grandchester corriendo como una loca hasta Andley Manor.


Al llegar aún no había amanecido y la casa seguía dormida, la rodeó y encontró las ventanas corredizas del salón de té. Sabía que podría abrirlas, esa sería la parte fácil, el problema consistía en alcanzarlas, pues estaban considerablemente lejos del suelo. Meditó largamente cuál sería la mejor estrategia de escalado, y haciendo acopio de sus antiguos talentos, trepó por entre los angostos peldaños, empujo una vez. La ventana no cedió, una segunda vez. La ventana se mantuvo indolente. Los brazos le ardían por la fuerza que hacían para mantenerla en aquella posición de ascenso, así que perdiendo la paciencia empujó fuerte la ventana hasta que está se abrió, no sin antes hacer un horroroso estruendo. Paralizó todos los músculos de su cuerpo, inclusive congeló el gesto de preocupación que llevaba en el rostro, esperando que así el sonido se extinguiera y consiguiera salir indemne. De alguna manera fantástica, resultó.

Caminó rápidamente hasta su habitación y se encerró respirando hondo, luego se zambulló en su cama dispuesta a dormir el tiempo que le fuera permitido, soñar una y otra vez con Terry y sus nuevos recuerdos.

Se vio obligada a bajar a desayunar a las diez de la mañana, intentó disimular su desaliñado aspecto, producto de la falta de sueño y se motivó una y otra vez con la promesa de huevos revueltos y tostadas recién horneadas con mantequilla. Una sonrisa siguió a sus ojos entusiasmados al ver el desayuno servido, y ni siquiera la molesta rasquiña que tenía en la nariz la hizo desistir de comer como sí no existiera un mañana. Iba a tomar más tostadas cuando una ráfaga de estornudos la aquejó irritándola, los ignoró y siguió atacando la comida.

No obstante, Albert no los ignoró, la observó suspicaz sin que ella siquiera lo notara, luego fingiendo naturalidad habló sin dirigirse a nadie en específico.

—He recibido una carta de Mark— Untó mantequilla a su tostada —El joven que trabaja en la casa Grandchester— Miró a Candy quien se pretendía indiferente sin lograrlo en realidad —Pues como lo notan, Terry ya no está aquí— Mordió su tostada y clavó sus ojos en Candy, ella no movió sus ojos de su plato de desayuno —La carta está escrita en nombre de Terry, me decía que, apenado por abusar de mi confianza— Sonrió Albert con malicia y desconfianza —Había decidido marcharse muy temprano, para no causar más molestias, claro…— Bebió de su té con leche —Me pedía esencialmente que le ayudara a llevar a Teodora hasta su casa— Miró a Candy nuevamente reclinando la cabeza. Gisell empezaba a interesarse en el tono de su marido y también fijo su vista en Candy quien seguía comiendo sin parar —Mark me ha dicho además que Terry ha pescado un fuerte resfriado—

—¿Qué has dicho?— Soltó Candy abruptamente.

Todos en la mesa giraron sus cabezas hacia donde ella se encontraba.

Albert siguió hablando tranquilamente —Probablemente fue por salir tan temprano en la mañana—

—Iré a verlo inmediatamente— Enunció Candy levantándose de la mesa.

—¡De ninguna manera!— Declaró Elroy con fuerza pero sin subir el tono de su voz —¿Qué podrán decir las personas de bien de que vayas a la solitaria casa de un hombre soltero? Es un marqués, pero eso no le resta indecencia a una visita tan deshonrosa— Miró a Candy a los ojos —Entiendo que son amigos desde el colegio, con gusto te acompañaré esta tarde a visitarlo, como las normas de las buenas costumbres lo dictan—

Candy se enmudeció desesperada, sin saber qué hacer para escaparse lo antes posible e ir a ver a Terry, quien había enfermado por su tonta idea de salir en medio de un aguacero escoces durante la madrugada.

—Tía Elroy— Le dijo Gisell con tono pausado —Acceder a un médico en esta zona es sumamente complicado— Todos la miraron extrañados por su mentira. Los ojos de Albert se abrieron impresionados y por un momento enojados con su mujer —Candy es enfermera y puede prestarle la ayuda que necesita, nunca se sabe qué podría ocurrir, es mejor prevenir— Respiró profundamente —Yo la acompañaría, pero hay ciertas cosas que necesito hablar contigo tía— Agregó sacudiendo las pestañas y caminando en dirección a Elroy —Pidámosle a Dorothy que acompañé a Candy hasta la casa Grandchester y que se quede allí con ella mientras sea necesario— Concluyó tomando a Elroy por el brazo y sacándola absolutamente confundida del comedor.

Albert miró a Candy muy serio, pero ésta no le permitió hablar, pues en un abrir y cerrar de ojos llevaba a Dorothy casi a rastras hasta los establos para ordenar un carruaje que las llevara donde Terry.


—Dame un momento— Le dijo Candy a Dorothy deteniéndola en el vestíbulo de la casa de Terry.

Pasados poco más cinco de minutos volvió a toda velocidad y le dio un libro que había pedido prestado de la biblioteca —Toma— Dorothy la miró extrañada —Se llama Orgullo y Prejuicio ¿Ya lo leíste?— Su doncella negó confundida con la cabeza —¡Bien! Léelo, te encantará, ahora iré a trabajar, atenderé al señor Grandchester—

Y abandonó el lugar con increíble velocidad.

Mark la acompañó hasta la habitación de Terry, ella caminó tan rápido y tan preocupada que no se dio cuenta de que había quedado en completa evidencia. No había necesitado ninguna indicación para llegar hasta la habitación en mención.

Entraron y vio a Terry dormido en su cama, cubierto con varias frazadas y con el rostro ligeramente sonrosado por la fiebre. La culpa le atacó el estómago sin piedad y le puso los nervios de punta. Caminó decidida hasta la cama y lo llamó con suavidad, él le sonrió con debilidad y ella sacó la bolsa con su utilería de enfermera, chequeó la temperatura de Terry, su tensión arterial y la irrigación sanguínea en ojos y boca. Terry sonreía como un niño dejándose examinar, pero sus ojos delataban cansancio y dolor.

—¿Qué sientes?— Le preguntó Candy suavemente.

—Siento la cabeza como un zepelín— Le respondió sonriendo —Y me duele la garganta—

—Lo siento— Articuló Candy con vergüenza sin dejar salir ningún sonido.

Terry arrugó el cejo y negó con la cabeza —En absoluto es tu culpa— Luego le sonrió —Pero si te sientes responsable, cuida de mí—

Candy se sonrojó y queriendo desviar la atención le pidió a Mark traer agua tibia, hojas de naranjo y un paño limpio, luego sacó varios de los jarabes que llevaba con ella y eligió dos para Terry, los puso en su mesita de noche y luego le sirvió una cucharada de cada uno.

Al llegar Mark, se lavó las manos e introdujo las hojas de naranjo triturándolas en el agua, luego sumergió el paño y lo llevó hasta donde Terry, antes de que le pudiera poner la tela sobre la frente, Terry despidió sin mucho tacto a Mark. Se quedaron solosen la habitación mirándose el uno al otro durante varios minutos, luego ella le puso el paño en la frente tratando de silenciar las escandalosas miradas.

Terry estuvo dormido casi todo el día, su temperatura se incrementó asustando a Candy, pero ella continuó haciendo las compresas de agua tibia con hojas de naranjo, haciendo que los poros de su piel se abrieran y facilitando así el proceso de enfriamiento natural del cuerpo. Terry tosía de vez en cuando y tenía los labios resecos, para Candy nunca había sido tan doloroso verlo. En nada quedaban las discusiones y conflictos, verlo sufriendo por los escalofríos y la fiebre le partían el corazón. Oh Dios, cuanto lo amaba.

Para cuando Dorothy subió a llamarla a comunicarle que Albert había ordenado que regresaran, la temperatura de Terry había vuelto a elevarse, temblaba y gruñía suavemente cosas incoherentes, seguramente producto de la fiebre. Candy ignoró a Dorothy, luego el emisario de Andley Manor en persona fue hasta ella para pedirle que regresara con él. Candy se negó rotunda y le pidió al hombre que le comunicara a su hermano que no iba a dejar la casa Grandchester hasta que Terry se hubiera estabilizado. El hombre, derrotado, no tuvo más opción que regresar y soportar el mal genio de la señora Elroy.


Las primeras horas de la noche habían sido especialmente difíciles, pero unos minutos después de la media noche, la fiebre por fin cedió y Terry pareció dormir plácidamente. Luego de las tres de la madrugada Candy misma se rindió al cansancio del día y se quedó dormida sentada en el sillón de Terry.

A la mañana siguiente Dorothy la despertó muy temprano, Candy chequeó a Terry. Ya no había ningún rastro de fiebre y sus ojos lucían saludablemente irrigados. Le dejó indicaciones a Mark acerca de cómo suministrarle los jarabes y le hizo prometerle que si Terry volvía a recaer, se lo haría saber al instante.

Cansada abordó el carruaje y regresó en compañía de Dorothy, quien fastidiosamente emocionada no paraba de hablar acerca del maravilloso Fitzwilliam Darcy.

Candy cayó rendida en su cama a las siete en punto de la mañana y justo al medio día estuvo de nuevo en pie. Tomó un breve pero eficaz baño, una taza de café, un caldo de carne y sin tener en cuenta la consideración de nadie, se fue de nuevo a la casa Grandchester.


Estaba a punto de tomar la espumera que ya estaba lista sobre su cómoda y escuchó como Mark la saludaba. Corriendo como un niño travieso, se secó las manos y se metió bajo las cobijas, cerró los ojos y se enmascaró con un gesto apesadumbrado.

Candy entró en la habitación y descargó sobre su mesa de lectura un paquete, luego caminó lentamente hacia él y le tocó la frente chequeando su temperatura. Todo parecía normal esta vez, respiró aliviada. Le acomodó las almohadas y le acarició el rostro con ternura y devoción, entonces Terry abrió lentamente los ojos fingiendo agotamiento.

—¿Cómo estás?— Le sonrió Candy dulcemente.

—Me duele un poco la cabeza— Mintió. Candy le dedicó una mirada compasiva.

Candy frunció el cejo —¿Tienes el cabello húmedo?—

Terry se quedó mudo unos instantes —Y me duele un poco la garganta—

Candy entrecerró los ojos con malicia y sin avisos bajó las cobijas —Ropa limpia…— Masculló —¡Tienes puestos los zapatos!—

—Estaba casi en la indigencia— Se defendió Terry.

—Mentiroso— Lo acusó Candy.

—Has sido mi enfermera— Le dedicó Terry una mirada que le cortó la respiración —¿Podrías culparme?—

Candy guardó silenció totalmente abstraída en él y su irritante belleza —Claro que si— Le respondió —Y como te encuentras en buen estado… Regreso a mi casa—

—No tan rápido— La detuvo él capturándola por la cintura y atrayéndola a su lado en la cama —¿De verdad dejarías a tu paciente moribundo solo a su suerte?—

—No estás moribundo Terry—

—Oh si Candy, si lo estoy— Le pasó las cobijas por encima y los cubrió por completo a los dos —Muero de amor por ti—

Ella se sonrojó, la combinación de sus palabras y las pesadas cobijas era demasiado.

—Cuando era niño— Le dijo poniendo de nuevo su torso sobre ella igual que la noche anterior —Adoraba meterme así bajo las cobijas, solía pensar que de esta manera tenía acceso a un mundo sólo mío, donde todo marchaba perfectamente, era feliz y todo era posible—

Candy sonrió tan enternecida que las lágrimas parecieron empujar desde su garganta, pero se obligó a mantener la compostura. Él ya no era un niño.

—Quédate aquí conmigo, Candy— Le dio un rápido beso en los labios estremeciéndolos a los dos —Creemos aquí bajo las cobijas un nuevo mundo para los dos, donde todo sea posible—

Ella le acarició el rostro apenas rosándolo con los dedos, adorándolo con los ojos —Desearía que fuera así de fácil Terry— Él la observó atento —Pero aún no puedo dejar de sentir que este dulce, dulce amor es peligroso para mí— Candy suspiró —Me siento tan segura a tu lado, pero me inundan miles de dudas… Me has devuelto el deseo de vivir y de amar, pero temo tanto que mi condena sea creer que te tengo y luego perderte— Él la miraba atento y concentrado en cada una de sus palabras —El amor no es un juego… Y yo no quiero jugar nunca más, yo me muero por amarte, me muero por consumirme en ti… Me quemas y me llenas de estas deliciosas emociones, pero al mismo tiempo estoy aterrada— Ella lo miró justo a los ojos y por primera vez en su vida abrió por completo las puertas de su alma, él pudo verlo y el corazón se le estremeció al verla tan vulnerable —No soportaría un golpe más, no soportaría perderte otra vez—

—Jamás, Candy— Susurró Terry con el corazón, cargado de emoción —No me iré jamás, no renunciaré a ti nunca— Le tomó la mano con la que ella le acariciaba el rostro y se la besó con reverencia —No hay en el mundo nada más sagrado para mí que tú, eres mi ángel, me salvaste de mí mismo, me dejaste ver en ti la bondad del mundo y la verdadera posibilidad de la felicidad, cambiaste mi vida, desde que llegaste a mi has sido mi motivo, mis ganas, mi deseo de seguir viviendo, de hacer las cosas de la manera correcta, de luchar— La besó dulcemente en los labios —Quisiera ser digno de ti, pero dudo que haya nadie en el mundo que lo consiga… Así que no puedo ser más que un bastardo oportunista y llevarte conmigo a la primera oportunidad porque no estoy dispuesto a renunciar… Y entonces lucharé cada día de mi existencia incansablemente para merecerte y haré que la misión de mi vida sea hacerte feliz… Todos y cada uno de los días de nuestra existencia—

Candy suspiró sobrecogida con sus palabras —¿Y él pasado?—

—El pasado es el pasado— Murmuró él con timidez.

—Las heridas ya no duelen— Le dijo Candy mirando distraída a ningún lugar —Pero las cicatrices están ahí—

—Déjame borrártelas con besos— Le pidió Terry con humildad.

—¿Y las que yo te he dejado a ti?— Preguntó Candy temerosa.

—Hacen parte de mi historia, Candy— Le dijo acariciándole la mejilla —Y me han llevado hasta a ti, no cambiaría eso por nada, las cosas han sido así por alguna razón—

—No, Terry— Rebatió Candy —Te causé tanto daño siendo una tonta, aún no logró comprender cómo pude tomar aquellas decisiones y no pensar en ti...— Discutía ella frenética.

—Cásate conmigo— Dijo Terry con voz firme.

Todo alrededor de Candy se deshizo, y en el sentido más honesto, bajo aquellas cobijas habían construido un nuevo mundo, una nueva galaxia, otra dimensión, en donde ella había perdido el habla y nadaba entre el eco de sus palabras, "Cásate conmigo".

—Por favor— Siguió Terry —Dame la oportunidad de hacerte feliz… Quiero hacerte feliz cada día cuando me levante en las mañanas y cuando me vaya a dormir en las noches, déjame adorarte el resto de mi vida—

Aquello era sencillamente irreal, no daba crédito a lo que escuchaba, y aquel lugar profundo en su corazón le decía una y otra vez que jamás creyó que aquel momento algún día fuera verdad. Ni en sus sueños más ambiciosos y llenos de fantasía mientras lo extrañaba todos aquellos años desde el día mismo en que él abandonó el San Pablo, imaginó que alguna vez él le pidiera aquello, por alguna razón jamás se lo había permitido. Y allí estaba él, sobre ella, construyendo un mundo para los dos bajo aquellas pesadas y ahora mágicas cobijas de lana. Sin poder evitarlo se llevó las manos al rostro y las lágrimas se deslizaron incesantes por su cara.

—No, por favor no— Le pidió Terry angustiado. Le retiró las manos con suavidad y besó cada una de sus lágrimas, limpiándola, curándola.

—Oh Terry— Gimió Candy —Te amo tanto—

Y ahora fueron sus ojos los que se llenaron de lágrimas —Y yo a ti mi hermosa pecosa— La besó con fuerza desesperada —¡Cásate conmigo, por favor, cásate conmigo!—

Candy sentía como su cabeza casi convulsa asentía una y otra vez, llena de felicidad, de alegre irrealidad —Si— Lo besó —Si, si, si— Le susurraba con la voz ahogada.

—¿Si?— Repitió Terry incrédulo.

—Si— Corroboró Candy tímidamente entusiasmada, enmarcándole el rostro entre sus manos.

—Oh Dios, Candy, me has hecho el hombre más feliz sobre la faz de la tierra—

Candy rio tontamente —Tú me haces la mujer más feliz, Terry, increíblemente feliz—

—¡Oh Dios!— Gritó Terry emocionado al tiempo que se arrodillaba en la cama, con Candy entre sus piernas y levantando la cobija en su arranque —¡Te vas a casar conmigo!—

—¡Si!— Continuó Candy emocionada —Lo haré, lo haremos—

Súbitamente volvió a acomodarse sobre ella, las cobijas seguían cubriéndolos pero ahora sus cabezas habían quedado descubiertas —Vas a ser mi esposa— Expiró audiblemente —Mía, Candy, mía— Suspiró y la besó tiernamente en los labios.

—Y tú serás mío— Le dijo ella rodeándole el cuello con los brazos.

—Eso seguro, señora Grandchester— Le dijo Terry, ella sonrío con los ojos por completo iluminados de dicha —Tuyo, siempre tuyo—

—No será sencillo, Terry— Le dijo ella acariciándole el rostro.

—Las cosas que valen la pena nunca lo son— Agregó el mirándola fijamente —Hemos esperado demasiado, Candy, lo merecemos—

—Lo sé— Aseguró Candy desde el fondo de su corazón.

Terry no paró de celebrar, de demostrarle su alegría, y Candy después de tanto tiempo se permitió creer, se exigió confiar en que podría ser feliz al lado del hombre que había amado toda su vida y quien por gracia del destino también la amaba.

Pronto los minutos se hicieron horas, entre abrazos, besos y mimos.

—Dan casi las seis, Terry— Señaló Candy.

—Ujum— Musitó él.

Ella le dedicó una mirada de reprobación —Eso quiere decir que hace muchas horas pasó mi momento para marcharme, la tía abuela habrá de estar caminando por las paredes, irritando a Albert en el camino—

—No te han mandado llamar— Susurró Terry fingiendo inocencia.

Ella se rio con censura —Eso no quiere decir que estén esperándome—

—No irás a dejar a un hombre enfermo condenado a su suerte— Le cuchicheó al oído.

—¡Ya no estás enfermo!— Lo regañó Candy frunciendo el ceño pero sin poder evitar sonreír.

—Claro que sí, ya te he dicho que estoy enfermo de amor por ti— Volvió a farfullar muy cerca de ella —Cuando estoy tan cerca de ti, tengo fiebres y respiro con mucha dificultad, inclusive me mareo a veces—

Candy se quedó muda unos instantes —No digas esas cosas— Lo reprendió otra vez —Debemos ser más prudentes, no queremos que las cosas se salgan de control—

—Ay señorita Andley, sí queremos, cuanto queremos— Le habló pegado a la piel de su garganta.

—Terry, debo irme—

—No— Dijo él con una fuerza sutil que no admitía discusiones.

—¿Qué?— Se quejó Candy.

—No te irás hoy Candy— La miró a los ojos con intensidad —Te necesito... estoy enfermo—

Ella aspiró con fuerza, buscando las palabras para evadirlo, buscando el valor para regresar a su casa. Pero no lo consiguió, ella quería quedarse allí y enfermar de amor con él.

Minutos después una de las mucamas les llevó frutas, vino y quesos.

—Ven— Le dijo Terry tomándola de la mano y llevándola hasta su cama.

—¿Vamos a comer en la cama?— Preguntó Candy extrañada.

—Sí, siempre es más divertido— Respondió él guiñándole un ojo —Todo es más divertido en la cama—

Ella abrió los ojos sorprendida con su lasciva respuesta, pero no se sonrojó, no, esta vez lo que no pudo evitar fue apretar sus labios uno contra otro llena de anticipación, Dios, no se detendría a pensar, quería disfrutar de él, completamente, después de todo había padecido casi diez años de abstinencia. Había desperdiciado el tiempo en el San Pablo, ahora estaba resuelta a recuperarlo. Todo podría durar tan poco, no iba a correr riesgos.

Él se sentó frente a ella en la cama, cruzó las piernas y apoyó allí mismo la bandeja —¿Quieres?—

Ella levantó una ceja en contestación.

Terry tomó una de las fresas y la llevó hasta sus labios, el húmedo sabor la encendió prontamente, de nuevo no eran las fresas, era él.

—¿Saben bien?— Le preguntó Terry con la mirada nublada. Ella asintió en silencio —Déjame probar, dame una—

El estómago de Candy tembló unos segundos y tuvo que abrir su boca para dejar salir el tensionado aire de sus pulmones, luego tomó una fresa de la bandeja y la llevó hasta los labios de Terry. Estaban recién lavadas, aún mojadas, suaves y pulposas. En el momento justo en que ella iba a retirar su mano, él se la tomó y la llevó de nuevo hasta sus labios, luego introdujo el delicado dedo índice en su boca, Candy gimió bajito, casi como un lamento. El interior de su boca era cálido y asombrosamente suave, sintió como le rodeaba el dedo con la lengua, Dios aquello la estaba enloqueciendo.

Entonces él lamió también su dedo medio y su pulgar —No queremos que un solo resto de fruta se desperdicie ¿Verdad?—

Candy negó con la cabeza, demasiado perdida en sus sensaciones como para responder coherentemente. Terry volvió sus ojos a la bandeja y esta vez tomó un trozo de queso gorgonzola y se lo dio mirándola a los ojos, ella masticó lentamente, perdida en él y en aquel absurdo que constituía tanta excitación por comer. Rápidamente Terry sirvió en una de las copas un tentadoramente obscuro cabernet sauvignon y le dio también de beber. La explosión de sabor que le provocó la combinación del queso y el vino la hizo gemir.

—¿Te gusta?— Le preguntó malvado.

—Sí— Respondió ella lamiéndose los labios. En cuanto mejor era el sabor, más se excitaba —Es mi turno— Se aventuró intrépida —¿Tal vez este?— Dijo tomando una lámina de queso gruyere, luego se la dio y lo observó atenta, tomó la copa de la que había bebido y esta vez ella le dio de beber. Él apagó sus ojos sensualmente, disfrutando de los sabores —¿Te gusta?— Le devolvió ella la pregunta.

—Me gusta— Jadeó Terry.

Candy tomó otro trago de vino y se permitió darle otro a él, posó sus ojos de nuevo en la bandeja y tomó un gajo de naranja y puso el trozo entre sus dientes. Inclinando su cuerpo se acercó a él y le recorrió los labios con el mojado trozo de fruta, llenándolo de dulce acidez. Sin avisos, él la tomó por el cuello y se lanzó sobre ella, partiendo la naranja entre sus propios dientes y rápidamente la consumió en un beso sin pausa.

Ella sabía a naranja, nunca antes le había gustado tanto aquella fruta. Quería devorarla, Dios, tendría que hacer algo para controlarse, ¿A quién engañaba? Era un hipócrita, la había hecho quedarse con él. Respirando hondo le lamió los labios mientras terminaba el beso, luego volvió sus ojos de nuevo a la bandeja, sin lograr en realidad ver nada, sólo era consciente de su desbocado pulso y su necesidad de recorrerla entera. Con las manos ligeramente temblorosas se llevó la copa a la boca y acabó con el vino que había servido. Mientras recobraba el aliento, se quedó paralizado cuando Candy levantó la bandeja de sus piernas y la puso cuidadosamente en su mesita de noche, después le quitó la copa de las manos y la puso al lado de la bandeja.

—Ya estoy satisfecha… De la comida— Le susurró ella acercándosele peligrosamente.

Él apenas respiraba, ella tenía los labios enrojecidos e inflamados, las mejillas sonrosadas y el pelo revuelto, quitarle el vestido no le llevaría más que… ¡Detente!

Terry se mordió el labio inferior y negó moviendo suavemente su cabeza. Ella hizo un puchero y siguió acercándose, apoyando sus rodillas y sus manos en el colchón, gateando hasta él. Terry sonrió y volvió a negar en silenció, ahora ella lo había encerrado entre sus manos y le acariciaba los labios con el aliento.

—No quieres seguir, pecosa— Murmuró él con enloquecedora sensualidad.

—¿Y cómo sabes tú lo que quiero?— Le debatió ella valiente.

En un ágil e impredecible movimiento él se abalanzó sobre ella y la clavó contra el colchón. La respiración de Candy se agitó con rapidez, con los ojos abiertos y el corazón enloquecido, no se había dado cuenta en que momento logró invertir sus posiciones, ahora él estaba de nuevo sobre ella, entre sus piernas, taladrándola con sus ojos azules, respirando pesadamente sobre ella.

—Créeme, Tarzán, no quieres seguir— Volvió él a decirle.

—¿Y qué si quiero?— Lo retó ella.

—¿Acaso sabes qué sucedería si no nos detenemos ahora?— Le preguntó él con un pícara sonrisa.

Candy guardó silencio, con los ojos expectantes, y deliciosamente nerviosa. En el pecho de Terry su alma hacía ovaciones de pie, ella no sabía, ella no sabía.

Suspiró —¿Debo ilustrarte, Candy?—

Candy siguió en silencio, cautivada con el embelesante movimiento de sus labios al hablar, como siempre, poseída en los deliciosos tonos de su acento, en como las palabras se deslizaban por su lengua y entre sus dientes. Era irresistiblemente británico.

Terry se le acercó al oído —Quiero verte desnuda, sin prisas— Respiró caliente a su lado —Recorreré con besos cada palmo de tu cuerpo, como lo he imaginado desde que te conocí—

Candy gimió con fuerza, sin poder disimular su pecho agitado, subiendo y bajando convulsivo.

Terry sonrió y llenó de besos su cuello hasta llegar a su oído opuesto —Quiero que te enredes conmigo en mi cama, lo he soñado todos estos años, deslizarme en tu sudor, probarte, besarte, lamerte, morderte, devorarte— Ella volvió a gemir y apretó las sabanas bajo su cuerpo —Quiero beberme tu placer, tocarte donde nadie más lo ha hecho, besarte donde nadie más lo ha hecho, en todas partes— Moviéndose le mordió la suave piel del pecho, justo en el nacimiento de sus senos —Quiero entrar en tu cuerpo— Un "ah" largo y profundo salió directamente del pecho de Candy —Quiero que me abraces, me atrapes, me acojas, me despedaces, que me hagas tuyo como yo te haré mía— Bajó con un dedo el escote de su vestido y pasó la lengua por sus inflamados senos —Quiero sentir como te estremeces por mi causa, quiero poseerte, te quiero mía Candy, sólo mía, para siempre— Candy volvió a gemir retorciendo las sabanas —Quiero delirar contigo, que tu vientre me queme hasta que el placer venza mi cuerpo agotado de tanto amarte— Ella se retorció bajo su cuerpo, buscando alivio, buscando más de él —Quiero que la noche sea breve sobre tu cuerpo, que mis dedos te invadan, beber por siempre de tus pechos, fundirme en tu piel, quiero amarte con mi cuerpo, venerarte y honrarte con mi alma y mi ser—

Candy estaba extasiada, delirante, adolorida en sus lugares más íntimos. Aquella líquida sensación entre sus piernas se dispersó como lava ardiente, quería seguir, definitivamente quería seguir.

Entonces Terry se movió ligeramente y la besó tiernamente en la frente —Pero puedo esperar— Masculló con la cara enrojecida y los músculos del cuello tensos. Velozmente se levantó y se alejó de la cama —Me daré un baño—

Alcanzó Candy a escuchar, mientras los latidos de su corazón la ensordecían —¿Qué? ¡No! No quiero esperar, no puedo esperar


Casi veinte minutos después Terry regresó de la ducha, con su pijama puesto y el cabello mojado y lustroso. Lucía irresistible.

Se metió en la cama y la besó dulcemente en los labios, acariciándole el rostro y mirándola con tanto amor que dolía. Candy suspiró y lo abrazó acomodando la cabeza sobre su brazo. Él también la abrazó, cubriéndola con su cuerpo y su refrescante olor.

Los dos durmieron profundamente por primera vez en muchos años, abrazados la noche entera, amándose aún dormidos.


—Eso fue divertido— Dijo Nikté entre risas.

—Sí que lo fue— Afirmó Logan, acariciando a su caballo después del entretenido recorrido por Hyde Park.

Se habían frecuentado por casi tres semanas, todos los días, inventando cada vez excusas más inverosímiles, disfrutando sin descanso de la compañía del otro. Logan debía admitirlo, la mexicana lo estaba enloqueciendo. Era adicto a sus historias, a su acento, a su dulzura, a sus sonrisas y a su cercanía. La observó con detenimiento mientras ella alzaba la vista al sol y se permitía ser bañada por el atípico calor londinense. Su piel dorada resplandecía y la forma en que movía sus parpados resguardando sus ojos del sol, la hizo sencillamente irresistible. Desmontó su caballo y caminó en silencio, ella lo vio acercarse y le sonrió, luego él estiró sus brazos y tomándola por la cintura la bajó de su montura. Nikté tocó el suelo con el estómago revuelto por los nervios, pero no tuvo mucho tiempo para reflexionar porque en segundos tuvo los labios de Logan sobre los suyos. Despacio se sobrepuso al impacto de su cercanía, y deslizando sus manos enguantadas por su chaqueta, le acarició el cuello y le devolvió el beso dejándolo sin aliento.

A aquel beso le sucedieron varios más, seguidos por encuentros cada vez más candentes y delirantes.

Un día Logan se había infiltrado en la habitación de hotel de Nikté, provocándola y haciéndola temblar de gusto y alegría. Él la hacía reír, la hacía feliz.

—Vas a causarme problemas— Lo regañó Nikté.

Logan simplemente le sonrió, aquella sonrisa irresistible e infalible.

—¿Pero soy adorable no es verdad?— Preguntó él con descaró.

Ella puso los ojos en blanco intentando esconder una sonrisa —Nunca terminaré de entender como el destino puso en mi camino a un irlandés demente— Le dijo ella acomodando su trenza y mirándolo a través del espejo.

Él le dedicó una mirada curiosa por algunos segundos —Jamás te pregunté… ¿Por quién estabas en la boda? ¿Albert o Gigi?—

Ella parpadeó confundida unos instantes, desconcertada por la descontextualizada pregunta —Por ninguno de los dos en realidad— Respondió finalmente.

Él se incorporó de la cama y le sonrió —¿Te colaste?—

—Claro que no— Lo reprendió Nikté —Fui la acompañante del padrino—

La sonrisa de Logan se borró instantáneamente —¿De Grandchester?—

—¿Lo conoces?— Le preguntó Nikté repentinamente nerviosa por la actitud de Logan.

—Si— Dijo él tragando fuerte —¿Por qué lo acompañaste?—

Nikté guardó silencio un minuto entero —Hubo algo entre nosotros—

Los celos y la frustración se revelaron en el rostro de Logan, tensando su entrecejo y desapareciendo su alegría.

—¿Qué pasa?— Indagó Nikté temerosa.

—Nada— Contestó Logan sin mirarla a la cara —Debo irme—

Y diciendo aquello se marchó del hotel.

Nikté lo esperó dos semanas después de que su exposición hubiera concluido, pero no volvió a saber de él. Con el temor de un corazón que amenazaba con romperse de nuevo, abandonó Inglaterra embarcándose a su natal México.

CONTINUARÁ…