Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.
Quinn se tomó una taza de café en silencio, escuchando el sonido de la ducha en el baño, el agua correr sobre la piel desnuda de Rachel, antes de caer sobre la porcelana. En el otro extremo de la mesa, Santana miraba por la ventana los primeros rayos de sol brillando sobre el pantano.
Una vez que había pasado la noche y el deseo había remitido temporalmente... era cuando comenzaban los remordimientos. El pesar.
Y era mortal. Lo había jodido todo. De eso no cabía duda. Pero no había podido mantenerse alejada de Rachel ni un minuto más. A los veintisiete años, finalmente, se había enamorado. Y Rachel era ahora suya. «Que Dios la ayude».
Miró a su prima y suspiró. Bueno, Rachel era suya… y de Santana. Y dada la obsesión de Santana por dejarla embarazada y la suya por impedirlo, su pasado acabaría por salir a la luz, salpicándolo todo de mierda «¿Y luego qué?».
—Has hecho lo que debías —dijo Santana de repente.
—¿Hacer el amor con Rachel? —Quinn se encogió de hombros— El tiempo lo dirá. Yo no lo creo, pero te aseguro que me encantaría equivocarme.
—Ella te ama.
—Eso no será de mucha ayuda cuando descubra la verdad.
—Lo que le pasó a Marley no fue culpa tuya.
Por supuesto que sí, o por lo menos en gran parte. Todo el mundo lo sabía. La madre de Marley, ciertamente, la había culpado a ello. La había acosado y acusado. Ella se lo había tomado con frialdad. Se lo merecía. Sólo Santana había opinado de manera diferente.
Cierto, se requería a dos para bailar un tango, pero Marley… no había sido capaz de pensar con claridad. Rachel no parecía capaz de llegar a ese extremo, pero bajo determinadas circunstancias… ¿quién podía saberlo? Con los años, Quinn se había dado cuenta de que la guerra mostraba lo imprevisibles que podían llegar a ser los soldados. Lo mismo que sucedía con los civiles en las batallas de la vida diaria.
—Ya hemos hablado de esto antes. No quiero volver a darle más vueltas al tema.
Santana apretó los clientes.
—Vas a tener que superarlo antes de que te atrape de nuevo y destruya lo que tenemos con Rachel. Ella no es otra chica insignificante más. Con ella tienes que darlo todo.
—¿Y qué coño se supone que debo hacer? ¿Ponerme de rodillas y declararme?
—El tiempo pondrá las cosas en su lugar.
Quinn estuvo a punto de decirle que se declarase ella si quería, pero tras la noche anterior, se lo pensó dos veces. Santana lo haría sin dudar, y si Quinn no quería que Rachel perteneciera a su prima ante los ojos de la ley, era mejor guardar silencio. Compartirla con ella ya era suficientemente duro.
Necesario para mantener una aparente normalidad, pero una putada. Si además tenía que verla casada con Santana… Quinn tragó saliva, luchando contra el inoportuno dolor que le aplastó el pecho.
—Para empezar —continuó Santana— creo que deberías contárselo todo.
—¿Acaso te has vuelto loca? Se va a enterar de todas maneras, y lo más probable es que salga huyendo. Llámame estúpida si quieres, pero prefiero posponer lo inevitable.
—Hasta que no lo hagas, continuarás conteniéndote con ella, y eso le hará daño.
—No me contuve anoche.
—No hablo sólo de sexo. No quieres decirle que la amas. Rachel ha renunciado a muchas cosas por estar contigo: a los años de creer que amaba a Brody, a su orgullo, a su virginidad, mientras que tú no quieres contarle ni el más pequeño secreto.
Quinn se puso en pie, su silla arañó el suelo de madera cuando la empujó hacia atrás.
—Que te den.
Santana alzó las manos en señal de rendición.
—Será tu funeral. Pero déjame que te diga que si ella nos abandona no será por lo ocurrido en el pasado. Será por no haber confiado en ella lo suficiente para decírselo, por no creer que fuera lo suficientemente fuerte para saber que no iba a sufrir el mismo destino que Marley.
Cerrando los puños con fuerza, Quinn dio un paso hacia su entrometida prima. Santana se quedó inmóvil, en respuesta a su reto. Quinn no se había peleado con ella en doce años. En aquel momento, no sabía si sería capaz de detenerse y evitar derribar de un golpe a aquella hija de perra.
Oyeron cómo se cerraba el grifo de la ducha, y el agua dejó de correr por las tuberías. Las dos permanecieron quietas, mirándose con fiereza.
—Será mejor que no me provoques —le advirtió Quinn.
—Sí, señora Fuerzas Especiales, ya sé que conoces veinte maneras de matarme con tus propias manos. Pero si quieres darme una patada en el trasero por intentar ser honesta y meterte algo de sentido común en esa cabezota que tienes…
—¿Quieres hablar de honestidad y sentido común? Bien. Dime por qué no le devolviste la llamada a Brittany. Está claro que quiere hablar contigo, pero la evitas para no tener que enfrentarte al hecho de que perdiste tu precioso autocontrol con ella.
—Brittany no es el tema de esta conversación —escupió Santana.
—Es una comparación. Sitúame en el juego. ¿Por qué no quieres explicarle a Brittany la razón por la que te comportaste como una cavernícola con ella durante seis horas?
—Seré honesto con Brittany tan pronto como tú lo seas con Rachel.
—No te metas en mis asuntos.
—Pues no te metas tú en los míos —replicó Quinn— ¿No quieres hacer el amor con Rachel tú sola?
Eso era un golpe bajo. «Hija de perra».
—Podría subirme ahora mismo a ese bote de ahí fuera e irme a casa, dejándote a solas con ella durante horas. Días…
Y su marcha haría a Quinn responsable de todo lo que sucediera.
—Para —Contuvo un nuevo deseo de golpear la cara de Santana y tragó saliva— Por Dios para. No estoy preparada para decirle nada.
—No esperes que Rachel vaya a tener una paciencia infinita contigo. Se ha ofrecido a ti, se ha desnudado ante ti. Si no le das lo mismo, se irá.
En lo más profundo de su ser, Quinn temía —sabía— que Santana tenía razón.
Se oyó el sonido de la puerta del cuarto de baño en el pasillo. Rachel apareció al momento.
—Os he oído gritar, ¿ocurre algo?
Quinn miró a Santana, que se calló y cruzó la cocina hacia ella.
—Es la tele —masculló su prima, luego le besó la mejilla fresca por la reciente ducha antes de salir al porche trasero dejando sola a Quinn con Rachel.
Durante largos momentos, ninguna de las dos dijo nada. El silencio se extendió hasta volverse espeso. Rachel lanzó una mirada suspicaz al televisor, dejando claro que no se había creído las palabras de Santana. Pero no dijo nada.
—¿Hay más café?
Mascullando un sí, Quinn se giró y le sirvió uno. Añadió dos terrones de azúcar y un poco de leche.
—¿Lo recuerdas? —Rachel sonrió. Parecía… emocionada.
Dios, ¿cómo sería disfrutar del calor de aquella sonrisa todos los días? ¿Saber que Rachel reservaba tal belleza para ella y nadie más?
Quinn se encogió de hombros.
—Ya sabes que en las Fuerzas Especiales, tenemos que prestar atención a los detalles. Algunas veces pueden salvarnos la vida.
La sonrisa de Rachel desapareció.
—Por supuesto.
Mierda, sin duda sabía cómo meter la pata. Acababa de compararla con un terrorista en vez de tratarla como a una novia. «Mejor».
Rachel tomó la taza, dio un sorbo, se sentó en la silla que Santana acababa de dejar libre y se retiró a su propio mundo. Y Quinn no pudo soportar aquel silencio, como si lo de ayer por la noche y lo de esa misma mañana no hubieran significado nada. Si lo miraba desde la perspectiva de Rachel, probablemente estaría esperando intimidad y afecto. O, como mínimo, ternura.
Hasta ese momento, Quinn no había sido realmente capaz de darle nada de eso. Y dudaba que fuera capaz de hacerlo a largo plazo. Se odió por eso. Pero lo intentaría por ella. Lo cierto era que hacer algo más que follar y echarla de menos iba a llevar su tiempo.
Quinn suspiró y se acercó a ella, sin tener muy claro qué hacer.
Rachel levantó la mirada cuando ella se acercó; el asombro y la cautela se reflejaron en su rostro cuando Quinn invadió su espacio personal.
—¿Qué pasa?
Quinn no dijo nada, sólo se inclinó y la cogió en sus brazos. Se sentó en una silla cercana y la depositó en su regazo. Le apartó el pelo húmedo de la cara y ella levantó la mirada a la suya.
—Conversar no es lo mío. Yo… —¿Cómo podía resumir la confusión que sentía con las palabras adecuadas?— Me encantó estar contigo anoche.
Le depositó un suave beso en la boca, muy orgullosa de sí misma. Había sonado perfecta. Rachel se escabulló de sus brazos.
—Si te gustó tanto, ¿por qué te opusiste a ello de esa manera?
¿Cómo era posible que siempre le pasara eso con Rachel? En sólo dos segundos, consiguió que se olvidara de las palabras de amor y se hundiera en la miseria.
—Gatita, ahora no.
—Sí, ahora. A pesar de mi limitada experiencia, entiendo que compartir la cama durante doce horas no me da derecho a exigir nada, pero sé que te pasó algo. Y quiero saber qué es.
—Eso es parte del pasado. No tiene importancia.
Rachel se apartó de su regazo.
—La tiene, puesto que te ha impedido acostarte conmigo hasta anoche. Está claro que es algo importante y que no ha quedado en el pasado.
«Mierda», Quinn no quería hablar de eso, y menos sin Santana.
—Porque soy una idiota con nobles principios y no quería arrebatarte tu virginidad sin estar realmente segura. ¿No podemos seguir como hasta ahora sin tener que hurgar en el pasado?
Quinn intentó agarrarla de nuevo. Rachel retrocedió.
—No. Lo que sea que no quieres contarme es la causa por la que no querías hacer el amor conmigo. Es la razón por la que te tiraste a la hermosa esposa de Paige.
Quinn sintió cómo se ruborizaba.
—Bueno, en realidad eso fue una petición de Paige. Yo no…
—Pero Paige pensó en ti porque tú sólo practicas ménages. Y esa misteriosa razón es la causa. Y se interpone entre nosotras, y quiero saber por qué.
Maldición, había dado en el clavo. ¿Cuándo había encajado Rachel las piezas? Puede que fuera más joven y menos experimentada, pero sabía calar a la gente.
—Vayamos paso a paso, ¿vale? —Suspiró ella— Ahora estoy aquí contigo. No voy a ir a ningún lado. ¿Cómo era aquella frase de película? Primero tienes que decirme «hola». Pues esto es exactamente igual. Sé que soy testaruda e intransigente, pero estamos juntas. Por ahora, es todo lo que cuenta.
Rachel se cruzó de brazos y apretó los labios. Ese no era el punto y final de la conversación, ni mucho menos, pero haría una retirada táctica por el momento. Soltó un enorme suspiro.
—Bien.
No estaba bien, pero Quinn esperaba conseguir que se olvidara del tema. Si le contaba todo lo relativo a aquel estúpido error, ella saldría corriendo.
Con paso cauteloso, Quinn acortó la distancia entre ellas y la envolvió con sus brazos. Rachel permaneció rígida, con los brazos todavía cruzados. Estaba claro que había aprendido a pelear bajo sus propios términos. No podría oponerse a ella físicamente, pero Quinn apostaría lo que fuera a que su testaruda voluntad era un más que digno adversario.
Quinn ignoró su resistencia y, simplemente, la abrazó. Le acarició suavemente la espalda, la besó en la frente, en la boca, en el cuello. Era como estar en el séptimo cielo. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había besado a alguien sin intentar llevarla a la cama a los diez minutos. Sólo seguir allí, respirando su perfume, su esencia, era un placer.
—Peleas sucio —masculló Rachel, ladeando la cabeza para facilitarle el acceso al cuello.
—Esto no es una pelea. Es un placer. ¿Te importa? —le deslizó el pulgar por el labio inferior.
Antes de que ella pudiera contestarle, sonó el teléfono. Quinn dio un brinco. Sólo podía haber dos personas al otro lado de la línea, y ambos representaban noticias sobre la explosión y sus secuelas.
—¿Diga? —ladró Quinn al teléfono.
—Quinn —Era Logan. Su voz sonaba tensa.
Girándose, Quinn contuvo una maldición.
—Sí, soy yo.
—No es nada bueno —suspiró— Rachel…
—Dímelo.
Logan le contó lo que sucedía y Quinn no pudo reprimir una palabrota.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Rachel.
—Se lo contaré —prometió Quinn.
Tras una larga pausa, Logan replicó:
—Gracias. ¿Hay noticias de Ryder?
—Todavía no. ¿Y la policía ha averiguado algo?
—¿Contarme qué? —exigió saber Rachel.
Quinn negó con la cabeza hacia ella. Prestaría toda su atención a Rachel cuando le diera las noticias.
—Nada en concreto —contestó Logan— Muchas preguntas. Ninguna respuesta. Pero es muy raro. Nadie ha hecho preguntas en el hospital. Nada sospechoso. Sin embargo, ha habido un montón de llamadas telefónicas de un hombre que quiere saber dónde está Rachel. Intenté averiguar quién era, rastreé la llamada, pero no fui capaz de localizarle. Es demasiado listo.
El miedo se extendió como una fría oleada por el pecho de Quinn. Aquel psicópata no había intentado atacar al coronel en el hospital. Por el contrario, parecía estar obsesionado con Rachel
Puede que fuera alguien de la prensa en busca de una exclusiva sobre la ex de Brody y la última tragedia. Pero ¿haber llamado la misma persona una y otra vez?
—Maldita sea —masculló Quinn— Llámanos si hay algún cambio.
—Lo haré. Dale un beso a Rachel de mi parte.
—Encantada.
Luego colgó el teléfono.
—¿Qué demonios ha pasado? —Rachel parecía enfadada y desesperada. No iba a poder distraerla y no la dejaría en paz hasta que supiera lo que ocurría.
Quinn la tomó de la mano y la llevó a una silla, luego se sentó con ella en el regazo. Inspiró profundamente. ¿Cómo se lo iba a decir?
—Dime lo que sea. Oh, Dios mío… —le tembló la voz— Mi padre. No me digas que…
—No. No, gatita. Está vivo. —Le besó la palma de la mano, intentando suavizar la noticia— Ayer le hicieron nuevas pruebas y se dieron cuenta de que tenía alojado un cuerpo extraño en la parte posterior de la cabeza, que le estaba causando hinchazón. Tuvieron que operarle esta mañana, y tuvo una crisis. Ha entrado en coma.
Rachel se derrumbó. No había otra manera de describirlo. Las lágrimas anegaron aquellos ojos color chocolate, y Quinn se encontró deseando aliviar su sufrimiento de alguna manera. Con gusto, se habría echado aquel peso sobre sus hombros para que no tuviera que soportarlo ella. Pero la vida no funcionaba de esa manera.
Quinn la envolvió entre sus brazos y dejó que llorara sobre su pecho, pero Rachel la sorprendió cuando se puso en pie al instante y se enjugó las lágrimas.
—Tenemos que ir al hospital ahora mismo.
Quinn se quedó paralizada.
—Gatita, sé que estás preocupada, pero no podemos hacer eso sin antes planearlo con mucho cuidado. Sigue habiendo un psicópata suelto por ahí que quizá vaya tras de ti…
—¡Eso no importa! Mi padre podría morir y yo quiero estar allí para despedirme.
—Nadie ha dicho que se vaya a morir.
—¡Está en coma! Puede que no sea médico, pero en la escuela de enfermería he aprendido que eso no es nada bueno, y que algunas personas pueden morir.
El tono sarcástico era comprensible, pero no ayudaba.
Quinn le dijo con suavidad:
—Pero hay otras personas que se recuperan por completo.
—No voy a correr el riesgo de no volver a verlo con vida. —Se quitó la bata en medio de la cocina y se dirigió al dormitorio.
Quinn observó el balanceo de su trasero desnudo cuando Rachel se retiró al dormitorio en penumbra y comenzó a hurgar entre las sábanas buscando su ropa. Ella entró en la habitación y le arrancó la camisa y la ropa interior de las manos.
—No vas a ir a ningún lado, y mucho menos sola.
—Puedes apostar que sí. No vas a detenerme.
—Si tengo que tumbarte en esa cama y atarte a ella para que no seas el blanco de ese maníaco, te aseguro que lo haré.
Rachel se dirigió a la puerta.
—Ya soy mayorcita, y tomo mis propias decisiones. No eres mi dueña.
Quinn la agarró por el brazo y la estrechó contra su cuerpo.
—Te recuerdo que anoche te reclamé. Tomé lo que no le habías ofrecido a nadie más. Según mis reglas, eso te hace mía. Y no voy a dejar que seas el blanco de nadie. Aquí escondida estás a salvo. Y vas a seguir estándolo.
—¿Pero en qué siglo crees que estamos? Eres una hija de p… ¿Qué coño haces?
Quinn la arrastró por el dormitorio hasta la cama. Rachel no escuchaba, no iba a razonar. La lanzó sobre el colchón y la sujetó allí con toda la suavidad que pudo, pero sin dejar que se soltara. Iba a protegerla, incluso de sí misma.
—Mantenerte a salvo.
Lanzó una rápida mirada a su alrededor pero fue inútil. «¡Maldición!».
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Santana, observando la escena con una expresión horrorizada.
Quinn le contó lo de la llamada telefónica.
—Y ahora nuestra Florence Nightingale cree que va a ir al hospital a verlo.
—Eres una gilipollas —gritó Rachel, retorciéndose para soltarse de sus manos— Santana…
—Cariño, tiene razón. Llama a Logan. Dile que ponga el teléfono en el oído a tu padre y así podrás hablarle. Pero no puedes salir de aquí y exponerte al peligro.
—¿Así que ahora soy vuestra prisionera?
—No es esa nuestra intención, pero si quieres considerarlo de esa manera… —Tener que negarle algo preocupaba a Quinn, pero no pensaba dar marcha atrás— Sea como sea, te vas a quedar aquí.
—Lo siento, cariño, pero estoy de acuerdo con ella —Santana cruzó los brazos sobre el pecho, y Quinn agradeció el apoyo— Prométenos que te quedarás aquí hasta que podamos idear un plan, y te dejaremos libre.
Rachel apretó los labios con terquedad y no dijo nada.
—Sabes que en cuanto le demos la espalda, va a intentar escaparse.
Santana dudó, miró a Rachel y asintió con la cabeza.
—Eso parece…
Pero a Quinn se le ocurrió una idea. La cabaña de Paige estaba muy bien equipada.
—Sujétala.
Santana le dirigió una mirada llena de curiosidad, pero atravesó la estancia para sujetar las muñecas de Rachel. Se montó a horcajadas sobre ella cuando Quinn se dirigió a la puerta.
—Puede que no haya sido de las Fuerzas Especiales, pero eso no quiere decir que no haya aprendido algunos trucos —le advirtió Santana— No voy a dejar que te escapes.
Satisfecha al ver que la dejaba en buenas manos, Quinn sacó un juego de llaves del bolsillo del pantalón y abrió la puerta de la habitación secreta de Page al final del pasillo. Pasó junto al ordenador y el escritorio, hacia una puerta que había al fondo de la estancia, y la abrió.
Aquel lugar era un paraíso para una ama dominante, allí podía encontrarse todo tipo de juguetitos, desde látigos y consoladores hasta ataduras.
Cogió un par de esposas de terciopelo y algunas cintas de seda para los delicados tobillos de Rachel. Se detuvo ante unas pinzas para pezones. «Céntrate —se dijo a sí misma— Piensa en su seguridad. Ahora mismo, Rachel está demasiado enfadada para andar con jueguecitos sexuales».
Se metió algunos juguetes en los bolsillos, pensando que los utilizaría más tarde, y volvió a recorrer el pasillo para ver que no había cambiado nada. Rachel estaba acordándose de toda la ascendencia de Santana y de la suya con algunas palabrotas que seguramente había oído a sus hermanos a lo largo de su vida. A Santana no parecía afectarle.
—Lamento que pienses eso, cariño. Pero ¿qué clase de persona sería yo si me importaran más tus insultos que tu seguridad?
Atravesando el dormitorio a toda velocidad, Quinn se colocó al lado de Rachel, tomó las muñecas que sujetaba su prima y la esposó a la cama en menos de dos segundos. Pronto descubrió que las cintas de seda tenían la longitud adecuada para atarle los tobillos a los gruesos postes de la antigua cama con las piernas abiertas.
Sólo cuando Rachel estuvo totalmente atada en la cama, Quinn se percató de que también estaba completamente desnuda.
Y a su merced.
