En el Jardín de Vivian.
La noche había caído sobre la ciudad de York. Sin embargo, la elegante propiedad de la familia Fawley estaba iluminaba por un violento resplandor.
Albus tuvo que parpadear varias veces para poder ver con claridad el lugar a dónde Molly lo había llevado. Las paredes ardían y el techo se desplomaba. Personas aquí y allá corrían por el jardín frente a la casona, desesperadas. Algunos intentaban apaciguar las llamaradas y otros creaban escudos a su alrededor para contener el desastre.
—Quédate conmigo, Al —murmuró Molly.
Asintió y suspiró aliviado: ninguno de los magos y brujas que se arremolinaban en torno al incendio pertenecía al Cuartel de Aurores. En el rostro de su prima se dibujó una mueca de decepción imposible de ocultar.
—¡Alguien está saliendo! —gritó una bruja y todos corrieron hacia las escaleras exteriores, dónde una figura se arrastraba lentamente.
Tenía el cuerpo lleno de heridas rosadas y punzantes, y parecía como si le hubiesen arrancado una capa de piel en el rostro. Molly soltó un quejido mientras se inclinaba hacia el hombre, con Albus al lado.
—¡Voy a necesitar ungüento para quemaduras! —exclamó. El herido empezó a contorsionarse—. ¡Deprisa!
Un muchacho le acercó un pequeño maletín y sacó varias botellas con líquidos brillantes. Entre los dos comenzaron a revolverlas y a esparcirlas sobre la piel quemada de su paciente.
—¿Hay más gente adentro? —preguntó Molly. El hombre gritó y ella le sujetó los brazos para que dejara de moverse, mientras su compañero le untaba una pasta viscosa en el rostro.
—No lo sabemos, no podemos pasar —dijo. Estaba sudando y las manos le temblaban—. Mientras no podamos controlar el fuego… Sólo espero que los aurores lleguen pronto.
—Pásame el frasco violeta, por favor —le dijo Molly a Albus y él se apresuró a obedecerla. Estaba rebuscando en el maletín que habían dejado en el suelo cuando una mano llena de llagas se aferró con fuerza a su brazo.
Sobresaltado, miró la mueca deforme que el hombre le dirigía. Sus labios ni siquiera se distinguían y sonidos ahogados escapaban de su garganta.
—Maeve… —dijo y Albus detuvo sus intentos por soltarse del agarre—. Querían… Ellos querían saber… Maeve… Están ahí… Lodge… Dentro…
Molly, que no había escuchado nada, liberó el brazo de su primo y comenzó a enredar vendajes en las manos del hombre. La vista de Albus se perdió en la casa que ardía a sus espaldas.
—¡La poción violeta, por favor! —exclamó Molly. Levantó la vista, pero a su lado ya no había nadie—. ¡NO!
—¡Aguamenti!
Albus atravesó las puertas de la casa Fawley sin sufrir ningún daño. Sin embargo, una vez dentro, todo quemó.
El calor abrasó su piel y le chamuscó el cabello, las cejas, la ropa. Apenas y podía ver algo. Todo era brillante, naranja, furioso. El espeso humo negro se coló en sus pulmones antes de que él pudiera contener la respiración y su cabeza dio vueltas. Avanzó. Cuatro, cinco, seis pasos. Alzó su varita y logró abrirse camino por un momento, pero las llamas parecían tener mente propia y lo perseguían.
Un crujido espeluznante lo hizo dar la vuelta.
Gritó.
Las flamas habían consumido la base de una columna. Ésta se desplomó a su lado, ardiendo. Tropezó, rodó en el suelo. El calor del mármol traspasó las prendas de su ropa y se fusionó con su piel. Gritó de nuevo. Luego, así, perdido y herido como estaba, entre el fuerte crepitar de las llamas, Albus escuchó a alguien sollozar…
—No, no, no… Por favor…
—¿Quién está ahí? —exclamó Albus, pero una horrible tos opacó sus palabras. El humo se le metía en la garganta—. ¿Quién…?
—¡AQUÍ! —gritó una voz ronca y Albus distinguió a una silueta corpulenta que se movía enloquecida, tratando de apartar las llamas—. ¡POR FAVOR!
Se levantó, con el cuerpo entero palpitando, lleno de un ardor punzante. Otro hechizo lo ayudó a avanzar y la silueta se acercó a él, temblando de pies a cabeza. Tenía las manos llenas de quemaduras, pero su rostro seguía intacto. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para tomarlo de la solapa, Albus lo reconoció.
El ataque en el andén 9 ¾. El Castel Nuovo. Él había estado ahí, junto a Lodge, junto a Dimas…
—¡¿Dónde están?! —rugió. El hombre intentó apartarse y Albus le apuntó con la varita—. ¡¿Dónde?!
Entonces, las llamas de su alrededor se engrandecieron y las paredes, desgarradas y débiles, crujieron. Se escuchó un sonido ensordecedor y el tejado sobre ellos se desplomó.
—Malfoy…
Rose tocó el hombro del muchacho. Su piel estaba caliente. Demasiado. No lo movió, pero presionó hasta que él soltó un gruñido como señal de vida.
—No vayas a quedarte dormido —le advirtió. Apretaba los dientes con fuerza para no tiritar. Y es que, aunque seguía nevando, Rose no llevaba ninguna chaqueta. Ambas prendas reposaban sobre la espalda herida del muchacho tirado en el suelo del calabozo junto a ella.
—No.
—Dijiste que era peligroso, que uno no debe quedarse dormido cuando hace tanto frío…
—Así que estabas escuchándome —Scorpius levantó los párpados y la sombra de una sonrisa torcida apareció en su rostro, pálido y sudoroso—. Me alegra haberte enseñado algo, Weasley.
Rose movió las chaquetas con extrema delicadeza. Los cortes carmesíes que adornaban la piel desnuda del muchacho, en vez de cicatrizar, parecían adquirir profundidad a cada segundo. Con el dobladillo de su jersey limpió las gotas de sangre que resbalaban por las orillas. Scorpius gimió.
—Lo siento —dijo ella apartándose rápidamente—. Sólo estaba…
—N-no importa —dijo él con la respiración entrecortada—. ¿Está muy mal?
—No —Rose negó con la cabeza y volvió a ponerle las chaquetas encima—. No, tú… Vas a estar bien, Malfoy.
—No sabes mentir, Weasley —dijo—. Esa maldita cosa está funcionando. Selwyn dijo que quemaba por dentro y me siento como si…
—Vas a estar bien —repitió ella frunciendo el ceño.
El muchacho asintió y volvió a cerrar los ojos.
—¡No! —exclamó Rose. Su voz era firme, pero hubo un ligero, casi imperceptible sollozo—. No te duermas, no… Hagámoslo de nuevo, ¿está bien? Tú dirás algo y luego yo diré algo, ¡anda, Malfoy!
—Weasley…
—Sólo hazlo, ¿de acuerdo? Por favor.
Scorpius ladeó la cabeza y la observó durante un par de segundos. Suspiró.
—Me encantan las meigas fritas. Ya está.
—Y a mí las ranas de chocolate —dijo Rose pasándose una mano por los ojos—. Una vez mi padre me compró un tarro entero, pero no probé ninguna porque Hugo se las comió todas sin que yo me diera cuenta. Tu turno, Malfoy.
—Me hubiera gustado tener hermanos —dijo él y una mueca de dolor cruzó por su rostro. Rose volvió a acomodarle las chaquetas, aunque éstas no se habían movido de su lugar—. Tienes suerte de tener a Hugo.
—¡Vaya! —dijo Rose con una ligera risita—. Si él te escuchara decir eso… No le agradas mucho.
—Ya lo sé.
—Quiere irse a estudiar dragones a Rumania con mi tío Charlie, ¿sabes? Estaba contando con mi apoyo para decírselo a mis padres y le dije que era una estupidez. Yo sólo… No quiero que esté demasiado lejos.
—Ya, pero tú si puedes irte a Alejandría con tu programa ése de historia de magia.
Rose bufó.
—Bastante hipócrita de mi parte, ¿cierto? —se quedó callada durante un par de segundos. Scorpius contuvo otro gemido de dolor—. Creo que me preocupo demasiado por él. Tal vez por eso mi boggart… Ya sabes, cambió. Tu turno, Malfoy.
—Mi boggart… —la voz de Scorpius se escuchaba como si hubiese estado corriendo por horas. Débil, jadeante—. Mi boggart siempre fue igual. Supongo que fue por… Cuando tenía seis años, mi padre se quedó dormido en el sofá… La manga de su túnica estaba levantada. Vi la marca tenebrosa e intenté tocarla. Se despertó y me hizo jurar que jamás volvería a acercarme a esas cosas.
—Mis padres también tienen marcas en los brazos —dijo Rose. Scorpius la miró sin comprender—. Cicatrices. Todas de la guerra. Nunca han querido contarme cómo se las hicieron.
—Seguramente muchas son cortesía de alguien de mi familia —comentó Scorpius con un gesto de desagrado—. Los Malfoy y su noble historia sádica, ya sabes. Lo siento.
—Cállate, Malfoy —dijo Rose con dureza. Sus ojos se pusieron llorosos—. Tú no tuviste nada que ver con eso.
—Lo dices porque sabes que estoy a punto de desangrarme —Scorpius soltó una risita que terminó por convertirse en un fuerte jadeo.
Rose se inclinó un poco y le puso una mano en la frente. El muchacho tenía tanta fiebre que ella no pudo evitar soltar un débil "¡oh!" ante el contacto. Le apartó el flequillo, empapado en sudor, y Scorpius volvió a mirarla.
—Es tu turno, Weasley.
—Tenías razón, Malfoy —dijo ella. Lo miró a los ojos y la voz se le quebró—. Todo ese asunto de juzgar a alguien por lo que su familia ha hecho es… Lo siento, en verdad… Soy igual que toda esa gente de la que me he quejado. Cómo Devon Lodge que odiaba a Albus sólo por ser un Potter, yo… Soy igual.
—No eres igual a Devon Lodge. No me dan ganas de lanzarte un maleficio cada vez que te veo.
La risa de Rose llegó acompañada de lágrimas.
—No, pero yo… De verdad lo siento, lo siento mucho. Estaba equivocada contigo, Malfoy.
—Cierra la boca, Weasley.
—Es la verdad —Rose sollozó—. He estado equivocada en tantas cosas… Albus tenía razón cuando me dijo que me fui del Valle de Godric porque quería escapar. Yo sólo quisiera… Quisiera que todos dejaran de verme cómo si fuese igual a ellos.
—¿Tus padres? —preguntó él. Rose asintió e intentó limpiarse las lágrimas, sin éxito—. Entiendo. Créeme que entiendo.
—Lo sé —dijo Rose y realmente parecía que sí sabía—. Y lo lamento.
—Deja ya de disculparte —gruñó Scorpius. Jadeaba con fuerza y aunque todo su cuerpo parecía estar ardiendo, él se estremecía como si estuviese muerto de frío—. Es una estupidez.
—Lo es, ¿verdad? Los apellidos y hasta las casas en Hogwarts…
—Toda esa mierda —Scorpius asintió y ella soltó otra risita llorona.
—Deberíamos de olvidarnos de todo eso, Malfoy.
La mano de Rose se apartó de su frente y quedó en el suelo, muy cerca de la de Scorpius. El muchacho tenía los ojos abiertos, pero parecía que apenas y lograba distinguir dónde estaba. Las heridas cumplían su cometido y un asfixiante calor le ardía adentro, extendiéndose por todo su cuerpo.
—Sí… Q-que se jodan —alcanzó a decir en medio de un estremecimiento—. Que se jodan todos. Es tu turno… Rose.
Sus dedos se estiraron un poco, sólo un poco. Rose alzó la cara. Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas, pero algo en sus ojos había cambiado. Unos segundos de silencio y los jadeos de Scorpius se intensificaron.
—Me… Eso me gustaría. Realmente… Realmente me agrada que me llames por mi nombre. Tu turno, Scorpius.
La sangre en su espalda ensució las dos chaquetas. El rostro de Scorpius estaba tan pálido como la nieve que se había colado por la única ventana del calabozo. Boca fruncida, cejas descompuestas y la mirada perdida en el dolor. Rose, espantada, volvió a quitarle las prendas de encima e intentó limpiar aquellos horribles hilos rojos.
—M-menta —un gemido de dolor—. Menta, el cuero de mis guantes de quidditch… —un fuerte estremecimiento—. A-algo limpio… Es… —un grito ahogado—. Sabía… Claro que lo sabía…
—Tranquilízate —le pidió Rose alarmada. Sus manos temblaban casi tanto como las de él y el llanto apenas y le permitía ver lo que hacía—. Vas a estar bien… Vas a estar bien…
—Claro que l-lo sabía… Creía que tú… T-tienes que saber…
Estiró su mano por última vez, pero sus palabras, sin aparente sentido, se vieron interrumpidas por el fuerte estrépito que hizo la puerta del calabozo al abrirse.
Rose saltó en su lugar y se puso delante del muchacho, pero aquello no sirvió de nada. Cuatro hombres avanzaron hacia ellos, sujetando sus varitas con fuerza. Los separaron y levantaron casi sin esfuerzo. Rose chilló y forcejó, gritó el nombre de Scorpius una y otra vez. La arrastraron a ella y al cuerpo casi inerte del muchacho por las escaleras que se alejaban de las mazmorras, dejando tras de sí las chaquetas y un rastro de sangre.
Sólo quedaban cenizas y el fantasma de lo que alguna vez había sido la hermosa y elegante propiedad de la familia Fawley.
Harry le ordenó a los aurores rodear el perímetro y buscar el origen del incendio. Habían llegado a tiempo para controlarlo, pero los integrantes de la familia estaban tan lastimados que ninguno tenía la fuerza necesaria para explicar lo sucedido. Se acercó a una de las camillas que los sanadores habían aparecido para atender a los heridos. Su sobrina Molly estaba terminando de atender a una mujer inconsciente y con el rostro incinerado.
—¿Sobrevivirán?
Ella dio un respingo y no lo miró a la cara.
—Tenemos que llevarlos a San Mungo cuanto antes, pero sí, sobrevivirán.
Harry asintió.
—Tío Harry… —la voz de Molly era temblorosa. Se retorcía las manos y se apartaba el cabello de la cara. Harry recordó una vez cuando ella tenía apenas siete años y Percy la había obligado a confesarle que había tomado su edición de Los Cuentos de Beedle el Bardo sin permiso—. Hay algo… Ha sucedido algo que… Tienes que…
—Señor Potter —lo llamó uno de los aurores. Se había acercado a ellos y parecía apurado—. Han encontrado a alguien al otro lado del jardín. No es nadie de la familia Fawley, es… Será mejor que lo vea usted mismo.
Molly se llevó las manos a la boca, pero Harry no alcanzó a preguntar por qué. Caminó al lado del auror hasta llegar al lugar indicado. Ron y otros dos aurores rodeaban a una figura que temblaba en el suelo, con la túnica chamuscada.
—Travers —dijo Harry al reconocer al obeso mortífago. Él se encogió en su lugar y lo miró con temor.
—Lo encontré petrificado. Dice que estaba con los atacantes y no ha dejado de suplicar perdón —le informó Ron. Había ordenado a los otros aurores que se fueran y miraba con profundo desagrado al hombre en el suelo.
—¿Qué estás haciendo aquí, Travers? Tienes libertad condicional.
—Yo no quería, señor Potter, señor —balbuceó el hombre—. Yo… Oh, por favor… No me envíen de nuevo a Azkaban, yo… ¡Les diré todo! ¡Todo lo que sé! Pero, por favor… Esos dos no me contaron mucho, pero… Pero, les diré….
—¿Esos dos?
—Benjamin Lodge, señor —dijo Travers rápidamente, cómo queriendo demostrar su repentina lealtad—. Y el otro sujeto que lo acompaña: Mabroidis.
—¿Mabroidis? ¿Dimas Mabroidis? —la voz de Harry, hasta el momento dura, pero impasible, se alteró. Travers se sobresaltó cuando dio dos zancadas para alcanzarlo—. ¿Lo conoces?
—Sí, sí… Me obligaron a ayudarles, yo no… No busco problemas, se lo juro, pero ellos… ¡Oh, señor Potter! ¡Se lo suplico!
Harry sintió la mirada impresionada de Ron detrás de él. Ahora estaban seguros de que Dimas Mabroidis no era un nombre que Albus había escuchado al azar ese día en el andén 9 ¾, ni tampoco algo que se había inventado el prisionero sin nombre de Azkaban.
—Vas a decirme todo lo que sabes —siseó Harry. Travers asintió, desesperado.
—Por supuesto, señor Potter, por supuesto, ya… Ya se lo dije a él también, pero…
—¿A él?
—A su hijo, señor
La brisa de la noche les agitó el cabello. El ambiente olía a madera quemada y a desolación. Ron se adelantó hasta su lado y Harry sujetó al hombre por el cuello.
—¿Albus? —preguntó. La garganta seca, los hombros tensos y el corazón latiéndole desesperado—. ¿Albus Potter? ¡Dímelo! ¡DÍMELO!
—Sí, señor —Travers se tapó la cara con ambas manos—. El mismo muchacho… Aquel que Lodge intentaba… Oh, señor Potter…
—¿Estuvo aquí? ¿Hablaste con él? ¿Iba solo? —preguntó Ron y Travers se encogió aún más.
—Sí, él fue quién… Él me sacó y luego me petrificó… Quería saber a dónde habíamos llevado a sus amigos, pero nosotros no… No sabíamos, se lo juro… No teníamos idea de que ellos eran… Por favor…
—¡¿Iba solo?!
—Sí, sí, sí, lo juro, sí. Yo le dije… Le dije dónde estaban… Dónde se juntan Lodge y Mabroidis…
—¿Dónde?
—Señor Potter, yo…
—¡¿DÓNDE?!
—¡El encantamiento Fidelio! —exclamó Travers aterrado. Se rebuscó en el bolsillo de su túnica y sacó un papel arrugado—. Es… Esa es la ubicación… El muchacho también la leyó.
Extendió su mano temblorosa para que Harry tomara el papel. Con una fina caligrafía, alguien había escrito:
"La mansión de Vivian Lake está ubicada en la séptima isla del lago Windermere en Inglaterra".
—Lodge me lo dio —dijo Travers—. Por favor, por favor… ¡No quiero volver a Azkaban!
—¡Sumpter! —gritó Ron. El auror se acercó corriendo—. Encárgate de esta escoria y que no hable con nadie hasta que Harry y yo regresemos. Que alguien se quede aquí para inspeccionar la propiedad y que los demás acompañen a la familia Fawley a San Mungo para cuidarlos.
Ignoró las súplicas y los balbuceos de Travers y alcanzó a Harry, que se había alejado desde el momento en el que leyó el papel. Cuando estuvo a su lado, Ron se lo quitó de las manos y ambos compartieron una mirada significativa antes de desaparecer de la ciudad de York.
—Ustedes disculparan las prisas —dijo Selwyn. Parecía más ebrio que nunca y se balanceaba por la habitación con una sonrisa desagradable—. Pero… Bueno, esos dos acaban de avisarnos que están por llegar y queremos que escuchen la historia que nos contaste, preciosa.
Rose estaba agazapada en una esquina de la sala rodeando con ambos brazos el cuerpo de Scorpius. Tenía las manos manchadas de sangre y en las pestañas le brillaban restos de lágrimas.
—¿Crees que hayan averiguado algo sobre Maeve? —le preguntó Selwyn al otro único hombre que había en la sala. El mortífago calvo rodó los ojos.
—Selwyn, cállate.
—¡Estoy celebrando! —exclamó él y soltó un hipido—. Si vienen para acá es porque han encontrado algo y cuando les digamos que esta niña ya nos contó todo, tendremos ventaja sobre ellos.
—Selwyn…
—Si ya encontraron algo, pronto esos sangre sucia van a pagar… Su sangre ya está en el contenedor, ¿no?
—¡Selwyn! —gritó el calvo y observó de reojo a Rose y a Scorpius—. Cierra la maldita boca.
El aludido soltó una carcajada y fue hasta la repisa de la sala, dónde aún quedaban varias botellas llenas de un líquido rojizo. Hizo un esfuerzo por mantener el equilibrio y destapó una.
—Te preocupas demasiado.
Y parecía ser cierto, porque hasta ese momento la mansión que en el pasado perteneció a Vivian Lake, se encontraba silenciosa. Todo era calma, tranquilidad y éxito asegurado. Seguramente el mortífago calvo iba a replicar un par de veces y después aceptaría tomarse una copa con Selwyn. Celebrarían, se emborracharían y le contarían todo a Lodge y a Dimas para disfrutar de su triunfo.
Sin embargo, las réplicas y el alcohol compartido ni siquiera llegaron.
En su lugar, se escuchó un quejido y un peso muerto que cayó. Selwyn se volvió y una mueca de furia se dibujó en su rostro antes de caer también en medio de un resplandor dorado. La botella se hizo añicos y su contenido rojizo se derramó en el suelo junto a él. Rose giró la cabeza y Scorpius levantó el mentón tanto como los temblores de su cuerpo se lo permitieron. Se sobresaltaron y el aire escapó de sus pulmones a la vez.
Draco Malfoy acababa de entrar en la sala.
—Scorpius —dijo. Tenía la respiración agitada y su pálido rostro se desfiguró al ver a su hijo con las prendas desgarradas y la espalda chorreando en sangre. Tragó con fuerza, pero no se movió.
Scorpius apretó los dientes y dejó caer los brazos en el suelo para sostener su peso, sin conseguirlo del todo. Levantó la mirada y enfrentó los ojos de su padre, mientras Rose trataba de sostenerlo por los hombros.
—Tú…
Un estallido hizo callar sus jadeos.
Las paredes vibraron y pronto, el sonido de gritos y voces sobresaltadas llegó a sus oídos. Draco pareció volver en sí y cerró las puertas de la habitación con su varita. Caminó con apuro hacia los otros dos.
—Vámonos —ordenó. Rose extendió los brazos delante de Scorpius y se aferró a él—. Muévete, Weasley.
La tomó del codo para quitarla y Scorpius soltó un débil gruñido. Con un brusco movimiento había intentado apartar la mano de su padre.
—No la toques…
—Escúchame —pidió Draco y volvió su vista hacia la puerta, nervioso.
—Estás… Estás con ellos —dijo Scorpius y parecía que estaba haciendo un esfuerzo descomunal por impregnar sus palabras con desprecio—. Los ayudas… A Dimas y a Lodge…
—¡Tenemos que irnos ya!
Draco tomó a su hijo del brazo y trató de levantarlo, pero él volvió a apartarse y las manos de Rose regresaron a sus hombros. Draco forcejeó con ella. Scorpius gruñó más fuerte.
—Suéltala… Selwyn lo dijo… Todos… Todos lo dijeron… Estás ayudándolos…
—¡No hay tiempo!
—¡Mortífagos! —gritó Scorpius y algo que parecía decepción le araño la garganta—. Creí que habías… Creí que tú… Pero no, no… Eres igual que ellos…
—¡Escúchame! —exclamó Draco con un dejo de desesperación en la voz. Por fin consiguió quitar de en medio a Rose y se inclinó lo suficiente para quedar a la misma altura del rostro enfermo y sudoroso de su hijo—. Soy parte de la Orden del Fénix.
Los ojos de la muchacha se abrieron, grandes y sorprendidos. Sus intentos por apartar a Draco cesaron. Scorpius se quedó quieto y algo más que resentimiento brilló en su mirada.
—No es cierto —musitó aun así.
—Sí, lo es. Hace meses —volvió a mirar la puerta y luego ayudó a que Scorpius se pusiera de pie. Un brazo sobre sus hombros y casi la mitad de su cuerpo adolorido colgando—. Desde que Lodge escapó de Azkaban. Tu padre… —miró a Rose—. Me dijo que estaban aquí, de haberlo sabido antes…
—¿Mi padre?
Rose también se levantó y corrió hacia el armario de la habitación dónde los mortífagos habían guardado sus varitas. Después de tomarlas se apresuró a sujetar la otra mitad del cuerpo del muchacho.
—Vienen hacia acá, creo que ellos han causado ese estallido —explicó Draco. Scorpius soltó un alarido cuando comenzaron a caminar—. Será mejor que nos demos prisa.
Afuera de la habitación había un largo pasillo con puertas a los lados y unas grandes escaleras al final. Avanzaron lo más rápido que los pasos inconsistentes de Scorpius se los permitieron, siempre guiados por Draco. A la mitad del camino, él alzó la varita y los tres detuvieron su caminar.
Alguien subía los peldaños a toda prisa.
—¡Incar…!
—¡ALBUS! —chilló Rose.
Draco no alcanzó a terminar su hechizo porque la muchacha avanzó rápidamente, a trompicones y se abalanzó sobre la figura que había subido las escaleras.
—¡Rose!
Casi se va de espaldas. Tuvo que sujetar a su prima con fuerza para que no cayera al suelo y se alarmó al sentir la extrema ligereza de su cuerpo. Los rizos, sucios y enmarañados, le bloquearon la vista mientras ella lloraba sin control y lo abrazaba desesperada. La apretó más contra sí y algo le quemó en la garganta.
—Albus… Albus…
—Muévanse —ordenó Draco y Albus reparó apenas en él y en la figura sangrante que estaba sujetando. Se le revolvió el estómago.
—Scor…
—¡Ahora! —dijo Draco. Albus asintió, tomó la mano de su prima y entre los dos sujetaron a Scorpius—. ¿Qué fue ese estallido, Potter?
—Tenía que distraer a los mortífagos que estaban en la entrada—respondió Albus. Habían caminado sólo unos centímetros cuando escucharon pasos apresurados subiendo por la escalera. Draco abrió una de las puertas que tenían a los lados y empujó a los tres muchachos dentro.
—Papá… —alcanzó a murmurar Scorpius, pero la puerta se cerró.
Quedaron inmersos en la oscuridad de un pequeño armario. Scorpius seguía jadeando. Rose intentaba ahogar sus sollozos. Albus pegó la oreja a la puerta y el corazón le dio un vuelco cuando una voz, que hacía mucho tiempo no escuchaba, habló afuera.
—¡Ah, señor Malfoy!
—Lodge —respondió la voz de Draco.
Rose se tapó la boca para contener un gemido de impresión.
—¿Sabe usted qué es lo que está sucediendo? —preguntó Benjamin Lodge—. Dimas y yo apenas íbamos llegando y los demás dijeron que escucharon un estallido, ¿acaso encontró algo?
—Selwyn —dijo Draco aparentando tranquilidad—. Me parece que ha estado abusando de la reserva de whisky de fuego que Mabroidis guarda en la sala. Seguramente trataba de agrandar su copa con algún hechizo y terminó por hacer estallar algo.
—Los muchachos estaban algo apurados abajo. Creen que alguien se ha metido en la mansión.
—Si me permite, Lodge, creo que todos están un poco paranoicos desde que supieron que usted y Mabroidis iban a volver hoy. Probablemente han…
—¿Se ha lastimado, señor Malfoy?
—¿Perdón?
Albus miró el piso que había en el interior del armario, lleno de gotitas de sangre. Las heridas en la espalda de Scorpius se agrandaban y el líquido espeso caía, dejando un rastro que contrastaba con el viejo suelo y que dibujaba un camino fácil de distinguir.
Supo que Lodge se dio cuenta de aquellas huellas cuando escuchó el sonido de su varita cortando el aire.
Abrió la puerta a tiempo para ayudar a Draco a bloquear un hechizo. En el rostro de Lodge se dibujó la sorpresa y el odio. Sus ojos irradiaron la furia que sentía por aquellos seis años en Azkaban y por todos los intentos de asesinato fallidos. Atacó. Albus respondió. Draco lanzó un hechizo que no pegó en su objetivo. Un trozo de la pared estalló en pedazos. Relámpagos de colores que se mezclaban en el aire. Un grito de furia dirigido únicamente hacia Albus.
—¡Avad…!
Lodge fue lanzado varios metros hacia atrás antes de terminar su malvado conjuro. Draco tenía la varita extendida y en cuanto se aseguró de la inconsciencia de su oponente, ayudó a su hijo a salir del armario. Entre los tres volvieron a cargarlo y se dirigieron a las escaleras. Draco repetía "ya casi… ya casi…" cada vez que Scorpius soltaba bramidos adoloridos.
Al llegar al primer piso, el inconfundible ruido de una batalla se coló por las ventanas. Afuera, en los amplios jardines de la mansión, varias figuras parecían emprender una violenta danza.
—La Orden —dijo Draco.
Dos mortífagos detuvieron su carrera hacia afuera en cuanto los vieron. Draco y Albus se apresuraron a combatirlos. Rose se tambaleó al sujetar todo el peso de Scorpius entre sus brazos.
—¡Traidor! —gritó uno de los mortífagos arremetiendo contra Draco. Éste esquivó los ataques y consiguió derribarlo. El otro intentó ir tras él, pero Albus interfirió en su camino.
—¡Vayan afuera! —gritó al darse cuenta de que aquel mortífago no sería tan fácil de derrotar—. ¡Vayan!
Rose chilló una súplica, pero Draco la tomó del brazo y la jaló fuera del lugar junto con Scorpius. Albus y su oponente luchaban sin tregua o descanso. Un roce en el hombro. Una cortada en la mejilla. Y los ruidos del jardín se intensificaban cada vez más.
—¡EXPULSO!
Albus no le pegó al mortífago, pero sí a un librero que estaba tras él. El hombre cayó hacia atrás por la explosión y todo su cuerpo se desplomó inconsciente. Con la respiración entrecortada, se dirigió a la puerta que daba al jardín.
La Orden del Fénix había llegado. Los mortífagos no durarían mucho tiempo en el combate. Rose y Scorpius estaban allá. Lodge estaba arriba, inconsciente. Todo era cuestión de tiempo. Los atraparían, ganarían y todo terminaría. Albus no tenía por qué quedarse dentro de la mansión…
Pero entonces, lo sintió.
El calor se instaló en su estómago y recorrió sus venas con rapidez, como si fuese una sensación que desde siempre lo había acompañado. La reconoció como suya, como algo que calmaba esa adrenalina tras el combate y nublaba lo que hasta hace unos momentos parecía importante.
Retrocedió.
En la esquina había una puerta de roble entreabierta y el Aurea Pergamena lo llamaba. No le dolían los músculos, ni las quemaduras que se había hecho en la propiedad en llamas de los Fawley. Se dejó guiar por el calor, porque lo sentía cerca, muy cerca y era suyo. El recuerdo de sus dedos rozando las hojas doradas de los pergaminos de Merlín lo abrumaba.
Ingresó a la habitación.
Ya había alguien ahí.
—Hola, Albus. Buenas noches. ¿Quieres sentarte?
Dimas estaba recargado en una silla detrás de un enorme escritorio, con la varita en la mano. Tenía puesta la capucha negra que le cubría el rostro y el medallón brillante con el símbolo del Aurea Pergamena le colgaba del cuello.
Albus levantó su varita.
—¿Buscabas esto?
Se sacó de la túnica la daga dorada, envuelta en una funda de cuero y una especie de libro despastado. El mismo libro que Benjamin Lodge tenía aquella noche en Hogwarts hace seis años. La pieza del Aurea Pergamena que ellos tenían.
Dejó ambos objetos sobre el escritorio y luego descubrió su rostro.
—Oh, por favor, baja eso —le dijo con los ojos en blanco—. ¿No crees que si quisiera matarte ya lo habría hecho? —señaló la silla frente a él—. Vamos a conversar un momento, por favor, Albus. Tal vez sea la única oportunidad que tengamos para hablar con calma.
La habitación era amplia, pero todos sus muebles estaban viejos, las paredes parecían roídas y a punto de desplomarse. Del lado derecho, un gran ventanal vibraba debido al eco de la lucha en los jardines y junto a él, había un retrato que no se movía. Era una mujer rubia y de ojos oscuros, tan bella que contrastaba con su entorno demacrado y antiguo.
Albus escuchaba el tic, tac de un reloj, lejano, pero constante, aun por encima de las vibraciones del cristal y los latidos frenéticos de su corazón.
Dio dos pasos hacia atrás, pero el libro despastado sobre el escritorio pareció brillar y el calor en su interior se sacudió.
—Yo puedo…
—¿Puedes? ¿Qué cosa? ¿Asesinarme? —Dimas soltó una ligera carcajada. Alzó su varita y cuando Albus iba a defenderse, la dejó caer en el suelo—. Venga, hazlo ahora.
Tic, tac, tic, tac.
—¿Ves? No vas a hacerlo y te diré por qué —Dimas se inclinó hacia adelante en el asiento y sonrió—. No es porque seas estúpido como piensa Lodge. Tampoco eres cobarde, Albus. No, no, no. Lo que sucede es que tu deseo por conocer más sobre el Aurea Pergamena es más fuerte que tu instinto asesino. Más fuerte que muchas otras cosas en tu cabeza, me atrevería a decir. Es por eso que aquella vez en el andén 9 ¾ decidiste quedarte a conversar conmigo en vez de ir a buscar a tu hermanita.
Albus levantó la varita, con la furia golpeándolo en las sienes. Sin embargo, no atacó y su vista se desvió hacia el par de objetos que reposaban en el escritorio.
—Tengo una idea, Albus —volvió a extender la mano, invitándolo a sentarse—. Voy a responder a todas tus preguntas con la verdad. Sólo la verdad, lo prometo. Pero, tú deberás hacer lo mismo.
El primer pensamiento que cruzó por su cabeza fue aturdir a Dimas, tomar los objetos que le pertenecían y salir de ese lugar cuanto antes. Sin embargo, el cuerpo de Albus no se movió ni un centímetro.
La verdad… ¡Qué concepto tan maravilloso! Él creía que jamás había podido conocerlo. Existían tantas personas que habían pasado por su vida proclamando sinceridad y aun así… Con la vista fija en la daga y los pergaminos, se mordió el labio.
—O si lo prefieres, podemos combatir igual que Lodge y todos esos idiotas de afuera —comentó Dimas, cómo restándole importancia a la situación—. Pero, no llegaríamos a nada y francamente, estoy muy intrigado contigo muchacho. Así que, por favor, concédeme este deseo.
Una vez más le ofreció el asiento. Albus avanzó, pero no se sentó y tampoco soltó la varita. Escuchaba los sonidos de su alrededor como martilleos en la cabeza y "voy a responder a todas tus preguntas con la verdad". La verdad, la verdad, la verdad. Inhaló, profundo, y observó los ojos de aquel hombre sin parpadear.
—¿Quién eres?
Tic, tac, tic, tac.
Dimas sonrió.
—Me llamo Dimas Mabroidis y soy descendiente de ella —señaló el retrato de la mujer rubia—. Vivian Lake, el triste amor de Merlín. ¿Cómo supiste sobre el Aurea Pergamena, Albus?
—Un pergamino en la biblioteca de Alejandría —respondió él—. ¿Cómo lo supiste tú?
—Vivian dejó un diario en dónde relataba su historia con Merlín y, por supuesto, todos los detalles que conocía sobre el Aurea Pergamena. Pasó de generación en generación y nadie antes de mí se atrevió a buscarlo —Dimas alzó una ceja, curioso—. No existían más documentos que probaran la existencia del Aurea Pergamena, ¿cómo es que lo leíste en el pergamino de una biblioteca?
—Hubo un derrumbe —explicó Albus. Por alguna razón, el rostro de Dimas se iluminó con satisfacción—. Descubrieron un pasaje con varios pergaminos que nadie había visto antes. En uno se relata la historia del Aurea Pergamena, está firmado por un tal G.G. y dice que uno de los descendientes de Vivian fue quién le contó todo.
—Sí, mis antepasados nunca se han distinguido por ser muy inteligentes.
—¿Estabas con Lodge en el Bosque Prohibido hace seis años?
—Le tomó todo un maldito año encontrar la daga —Dimas dibujó una mueca de fastidio—. Cuando al fin la localizó, me envió una lechuza para informármelo. Íbamos a conjurar la magia de Merlín juntos, pero no pudo esperar, apareciste tú y yo llegué a tiempo para ver cómo lo capturaban. Ahora, sé que no has estado escondido cómo nos hizo creer tu padre, Albus, así que, ¿dónde has estado todo este tiempo?
—Buscando el resto del Aurea Pergamena. ¿Cómo te robaste la daga del Departamento de Misterios?
—Con la ayuda de una amiga.
Tic, tac, tic, tac.
La sensación de calor desapareció y en su lugar se instaló una abrumante opresión en el pecho. No le era difícil imaginar a Lizza escabulléndose entre los pasillos del Ministerio de Magia-
—¿Cómo obtuviste las hojas que estaban en el Castel Nuovo?
—Yo… Fue… Fue suerte, en realidad —respondió Albus tratando de sacar de su cabeza los ojos castaños, las pestañas gruesas y el aroma a miel. Estaba decidido a omitir cualquier detalle en sus respuestas que incluyera a Rose y a Scorpius, y necesitaba de toda su concentración para lograrlo—. Encontré un grabado en la tumba de Merlín, seguí las pistas, até los cabos sueltos… En realidad, no fue mucho —Dimas volvió a sonreír. Albus frunció el ceño—. Tenías la daga y no necesitabas a Lodge para matarme y obtener los poderes del Aurea Pergamena, ¿por qué lo ayudaste a escapar de Azkaban?
—Yo no sabía que tú habías tocado la daga —Dimas se encogió de hombros—. Todos estos años creí que era él quien tenía el poder sobre los pergaminos. Cuando lo saqué y tratamos de utilizarlos, no lo logramos. Llegamos a la conclusión de que una de las personas involucradas en el incidente del Bosque Prohibido se le había adelantado. El que más cerca estuvo de la daga, fuiste tú. ¿Cuántas partes del Aurea Pergamena has encontrado?
—Sólo las del Castel Nuovo. ¿Qué significa el símbolo de tu medallón? La flecha atravesando la línea…
—No es una flecha. Así es como Merlín ilustraba su libro de hechizos. Mi madre decía que era la daga atravesando el Aurea Pergamena. Dime, Albus, me muero de curiosidad… ¿Cómo se lo tomó tu padre cuando le dijiste que irías a buscar las piezas del Aurea Pergamena tú solo?
Tic, tac, tic, tac.
—¡Ah! —Dimas juntó ambas manos frente a su rostro. Parecía realmente emocionado—. No se lo dijiste, ¿verdad?
—Siguiente pregunta.
—No me imaginó lo difícil que debió de ser para Harry Potter separarse de su hijo…
—Siguiente pregunta —Albus apretó el agarre de su varita.
—Yo también tenía una familia que no me comprendía, Albus —Dimas fingió un suspiro—. Y también tenía dificultades con mi padre. Fue hasta que me desprendí de ellos cuando finalmente pude avanzar…
—¡Basta!
Avanzó, brusco, intenso. Estaba a un par de pasos de tomar los objetos que yacían sobre la superficie de madera. Sin embargo, no lo hizo porque el calor había desaparecido por completo y la opresión en su pecho crecía y crecía. Le dolía y de pronto, fue consciente de la batalla que se desarrollaba a sus espaldas mientras él intentaba averiguar todo lo referente al Aurea Pergamena. Se sintió estúpido, decepcionado y no sabía que estaba pasándole.
Dimas parecía fascinado.
—¿Hay algo más que desees saber, Albus? —preguntó sin alterarse.
Sí.
No abrió la boca.
Lizza.
Aferró su varita.
¿Quién es? ¿Qué hacía en el Castel Nuovo? ¿Cómo la conoces? ¿Por qué te ayuda?
Apretó los labios.
¿Todo fue mentira?
Tragó con fuerza.
—Hay algo más que deseas saber —afirmó Dimas al ver su expresión—. Dilo, Albus. He contestado a todas tus preguntas con la verdad. Seguiré haciéndolo, lo prometo.
Pero, Albus no podía.
No le tenía miedo a las mentiras porque había vivido con ellas durante toda su vida. Lo que le asustaba (de verdad le asustaba), por primera vez, era la verdad. Conocer, por fin, los secretos que ella había escondido desde el principio. Le aterraba, como nunca, saber el porqué de aquella máscara, lo que era cierto y lo que no, lo que realmente había significado algo y lo que era vano y sin sentido.
—Yo… —dijo y deseó, con todas sus fuerzas, que el calor volviera y adormeciera el dolor—. Quiero saber… —no pudo—. Quiero…
Dimas alzó las cejas y su mirada lo recorrió de pies a cabeza. Se puso un dedo en la barbilla y fue como si estuviera contemplando algo sumamente interesante.
—¿Quieres saber por qué no te he asesinado todavía, Albus? —preguntó—. Porque eres el Elegido.
Y tan repentinamente como se había ido, su deseo se cumplió y el calor en su interior regresó.
—Las páginas que yo tengo del Aurea Pergamena fueron las únicas que Vivian pudo encontrar y por eso las poseo —Dimas señaló el libro despastado que yacía en el escritorio—. Y no tienes idea del tiempo que nos llevó a mí y a Lodge encontrar la daga. Sucedió lo mismo con las hojas del Castel Nuovo. Semanas enteras tratando de hallarlas y nada. En cambio, tú…
Dimas se levantó, tranquilo, como si no tuviera nada de prisas; como si se encontrara enfrente de un viejo amigo y no de alguien que lo amenazaba con su varita.
—¡Un derrumbe! ¡Oh, qué casualidad! Conoces la historia por un accidente, sigues pistas, atas cabos y encuentras en días lo que nosotros no pudimos hallar en años. No es suerte, Albus y tampoco eres un mago sobresaliente. Tocaste la daga aquella noche porque así tenía que ser, ya te lo había dicho.
—Yo no…
—El pergamino de Merlín te pertenece, Albus Potter. Es por eso que has conseguido encontrarlo. Es por eso que únicamente tú lo vas a encontrar. Tenía expectativas sobre ti desde aquella noche en el Bosque Prohibido… La manera en la que te enfrentaste a Lodge para tomar la daga —Dimas volvió a carcajearse—. Sin embargo, no creí que fueras más que un mocoso impertinente que debía morir. Entonces, me hablaste sobre el Aurea Pergamena. Sabía que tu padre no podría contenerte, que saldrías a buscarlo y Lodge no lo entiende… Pero, eres tú, Albus. Tú tienes que encontrarlo.
Albus no se había dado cuenta, pero ya no tenía la varita levantada y ya no escuchaba la vibración de los cristales, ni el tic, tac. Sólo las palabras de Dimas llegaban a sus oídos y se deslizaban, acariciando su interior.
—¿Y quién soy yo para interponerme en el camino del heredero de Merlín? —Dimas hizo una ligera reverencia con la cabeza—. Lo que pido, lo que ya te he pedido, Albus, desde la primera vez que nos vimos, es que aceptes buscar el Aurea Pergamena conmigo.
Y hubo un segundo de silencio antes de que comenzara la catástrofe.
Los vidrios del enorme ventanal estallaron y el atronador sonido de las personas peleando en el jardín invadió la habitación. Varios hechizos se colaron dentro, chocando entre las paredes, golpeando los objetos, agitando el aire con violencia. Albus iba a tomar la daga y los pergaminos del escritorio, pero Dimas ya tenía la varita en la mano. Desprevenido, cayó al suelo con el hechizo de su oponente.
—Te daré algún tiempo para que puedas pensarlo, ¿de acuerdo, Albus?
Tomó su parte del Aurea Pergamena. Dejó la daga en el escritorio. Sonrió.
—Espero verte pronto.
Y con un movimiento de su varita, desapareció.
Harry había visto a Rose y a Scorpius. Iban detrás de Draco. Él, con el cabello revuelto y una herida en el brazo, le había gritado en medio de la lucha contra los antiguos mortífagos:
—¡Los tengo! ¡Ya los tengo!
Pero, Harry no los estaba buscando a ellos.
Corrió por el jardín esquivando hechizos y creando escudos defensores. Aturdió a tres atacantes y consiguió llegar hasta las puertas de la mansión. Iba a entrar cuando un fuerte "¡crack!" lo sobresaltó.
Jamás lo había visto, pero sabía quién era por la descripción que Albus le había contado, por el medallón que colgaba de su cuello y porque invadía sus pensamientos desde aquella conversación con el prisionero sin nombre de Azkaban. Dimas Mabroidis no pareció reparar en su presencia y avanzó hasta el límite del jardín con los ojos fijos en la batalla. Parecía furioso.
—No pueden entenderlo… Ninguno de ellos… No pueden…
Harry atacó y Dimas lo esquivó como si hubiese estado atento de sus movimientos desde el principio.
—Es un placer conocerte al fin, Harry Potter.
Se miraron, cara a cara. Harry levantó su varita, observando con desprecio el rostro del hombre que había intentado asesinar a su hijo. Facciones finas, una amplia sonrisa y algo familiar en esos ojos oscuros. Un hechizo, un escudo. Estallidos violentos que no pegaban en su objetivo y chispas golpeando su alrededor. Harry le dio un costado. Dimas soltó un alarido. Un brusco movimiento. Un arma filosa que sacó de su túnica.
Harry no gritó cuando el cuchillo se encajó en su piel y no soltó a Dimas cuando un intenso ardor envolvió su hombro. Un fuerte forcejeó. El cuchillo se retorció dentro de la piel de Harry y el ardor creció. Logró tomar a Dimas del cuello y estuvo a punto de quitarle la varita.
Un grito afuera.
—¡ALBUS!
Harry se volvió y el brazo de Dimas quedó libre. Un destello azulado. El primero terminó en el suelo. Esquivó otro hechizo. Personas corrían para adentrarse en la mansión y ayudarlo. De no haber sido así, una maldición asesina lo habría golpeado de lleno en el pecho. Dimas observó a la multitud acercándose, volvió a mirarlo a la cara y dijo:
—Ese hijo tuyo será tu perdición, Harry Potter.
Agitó su varita y desapareció del lugar antes de que alguien pudiera atacarlo. Harry, jadeando y con el hombro empapado en sangre, observó el medallón dorado que, a la mitad del forcejeo, había logrado quitarle del cuello.
Albus se había trepado al ventanal roto para salir de la mansión.
En el jardín, la batalla seguía su curso y los hechizos cruzaban de un lado a otro. Gritos sobresaltados. Maldiciones. Cuerpos corriendo y cayendo.
—¡Albus!
Se volvió. Alcanzó a ver el rostro cicatrizado de su tío Bill antes de ponerse a combatir con dos mortífagos. Más adelante estaban George y Percy. Cerca de un arbusto, el cabello azulado de Teddy llamó su atención. Estaba peleando con cinco hombres y Rachel Carter le ayudaba. Albus, desesperado, recorrió el pasto seco y crujiente, y un jadeo de alivio escapó de su garganta cuando divisó a Rose y a Scorpius, agazapados detrás de Draco Malfoy.
Alcanzó a correr apenas un metro y un hechizo lo tiró al suelo.
—¡ALBUS! —chilló Rose señalando hacia atrás.
Benjamin Lodge se abría paso por el jardín, a zancadas, con la varita alzada en su dirección. Un árbol junto a Albus estalló en pedazos. Se levantó, dando traspiés y corrió hasta sus amigos.
—¡Detrás de mí, Potter! —gritó Draco y el mortífago con el que había estado combatiendo quedó petrificado en el suelo.
Rose le agarró la mano cuando hubo llegado. Draco lo empujó. Algo luminoso y el sonido de huesos crujiendo. Draco gritó y se dejó caer en el suelo, sujetándose la pierna. Albus creó un escudo que fue deshecho al segundo ataque. La varita de Lodge danzaba en el aire. Resplandores de colores y la distancia entre ellos disminuía cada vez más.
—¡Avada Kedavra!
Alcanzó a quitarse a tiempo y Rose tiró del cuerpo de Scorpius.
—¡Váyanse! —gritó Draco desde el suelo—. ¡Llévatelos, Potter!
—¡ALBUS!
Detrás de Lodge, otra persona corría hacia ellos.
—Papá…
En un segundo sucedieron todas las cosas que Albus había estado evitando durante meses. Sentimientos, rencores, mentiras, verdades. Todos se mezcló con los gritos, los hechizos letales y el desastre. Todo quedó reducido a una simple mirada y los ojos verdes, idénticos, se encontraron. Harry extendió la mano, como si realmente así pudiera desaparecer la distancia y tocar a su hijo. No había pelea, ni personas luchando a su alrededor. No estaban en el jardín de aquella vieja mansión y ninguno de los dos estaba herido. Sólo ellos, padre e hijo, Harry y Albus.
Pero fue solamente un segundo.
Y por supuesto, eso no bastó para reparar lo que estaba roto.
Otro resplandor verde iluminó el rostro de Albus. Draco tiró de su brazo bruscamente y gritó de nuevo cuando intentó levantarse. La mano de Rose lo apretó. Los mortífagos retrocedían, pero Lodge se acercaba…
—¡Largo! —gritó Draco—. ¡Llévatelos ya, Potter!
—¡NO! —gritó Harry.
Y una vez más, se escuchó un fuerte "¡crack!" en los jardines de Vivian Lake.
—¡Aghhh! ¡Maldición!
Dominique se dejó caer en el único y pequeño sofá que tenía su departamento y escondió la cara entre varios almohadones. Fred y Molly se sentaron a su lado.
—Debí decirle que Albus estaba conmigo, pero no pude —explicó Molly con los ojos llorosos—. Y ya no había nadie más atrapado en la casa cuando me fui.
—No es coincidencia que después mi papá y los demás se hayan ido de la Madriguera —comentó Fred—. Algo malo pasó.
—Ya —Dominique se pasó una mano por el cabello teñido—. ¿Pero, qué?
Unos golpeteos frenéticos en la puerta los hicieron pegar un brinco. Molly se apresuró a abrir y no pudo contener un grito de horror al observar la escena frente a ella.
—Molly… —dijo Albus apenas.
Entre ella y Fred cargaron el cuerpo de Scorpius y lo llevaron hasta el sofá. Dominique se quitó, espantada y corrió hasta el otro extremo de la sala en dónde Molly había dejado su maletín. Los almohadones se llenaron de sangre casi al instante. Con la desaparición, las heridas del muchacho se habían abierto por completo. Scorpius gemía y gemía, con la carne de la espalda al descubierto y el resto de su cuerpo temblando.
—¡Ayúdalo! ¡Molly, ayúdalo, por favor!
Cuando dejó el maletín cerca de su prima, Dominique auxilió a Albus en sus intentos por sujetar a Rose. La muchacha también estaba herida y tenía raspones por todo el cuerpo, pero se negaba a permanecer quieta y chillaba enloquecida, tratando de soltarse y llegar hasta el sofá.
—¡Rose! ¡Cálmate! —ordenó Dominique y consiguió sujetarle ambas manos.
—¡Ayúdalo! ¡Scorpius! ¡Scorpius! ¡Tienes que ayudarlo! ¡Por favor!
—¡Fred, sostenlo! —gritó Molly y su primo sujetó a Scorpius por los hombros. Ella le roció una poción incolora por toda la espalda. El grito fue desgarrador.
—¡No! ¡Por favor, por favor! ¡Tienes que ayudarlo!
—¡Rose! —Albus al fin consiguió aprisionar el cuerpo de su prima con ambos brazos. Dominique la soltó y sacó del maletín de Molly una botellita negra—. ¡Rose, por favor!
—¡Es mi culpa, Albus! —bramó ella y por primera vez desde que se habían aparecido afuera del departamento, lo miró a los ojos—. Lo saben… ¡Lo saben todo! Yo les dije todo…
—No, tienes que calmarte…
—¡Les dije todo! ¡Todo! —exclamó ella y Albus apenas distinguió sus palabras entre tantos sollozos—. ¡Saben lo que estás buscando y que tenemos una parte! Saben que tocaste la daga, lo saben todo, lo saben…
—Rose…
—¡Iban a matarlo! ¡No podía…! No… No, no, Scorpius… Lo siento, lo siento tanto, Albus…
Dominique no hizo caso a sus lamentos y le sujetó el rostro con fuerza. Rose forcejó, pero aun así terminó tragando todo el contenido de la botellita. Luchó entre los brazos de Albus por unos segundos más y le empapó la chaqueta con sus lágrimas.
Sin embargo, poco a poco, Albus notó como los movimientos de su prima se volvían más torpes y débiles. Las rodillas se le doblaron y él se dejó caer a su lado, sin soltarla. Los párpados de Rose cayeron, pesados. Tenías las manos temblorosas y todavía murmuraba el nombre de Scorpius. Finalmente, su cabeza cayó inerte sobre el pecho de Albus. Él sólo atinó a quitarle los rizos pelirrojos del rostro.
—Por favor, se los suplico… No me hagan volver allá…
—Cállate —dijo Ron. Años y años tratando con prófugos de la ley le habían ayudado a perfeccionar un tono de voz que no daba lugar a réplicas. Travers se removió en la silla, nervioso—. Empieza.
—Sí, señor, sí.
Tartamudeaba. No estaba mirando a Ron, pero tampoco desviaba la vista porque, al otro lado del despacho, se encontraba Harry en completo silencio y eso parecía asustarlo todavía más.
—Hace algunos meses —relató, con la cabeza inclinada—, Lodge y Mabroidis asesinaron a una familia de muggles. Dijeron que había sido un mensaje para llamar nuestra atención. Querían contactar a todos los que habíamos sido mortífagos antes o a quienes tuvimos relación con ya-sabe-usted-quién. Como en todos estos años las cosas habían estado tranquilas, enterarnos de un ataque como aquel fue toda una sorpresa … A mí me contactaron dos semanas antes del ataque en el andén 9 ¾, señor. Lodge decía que íbamos a empezar una revolución en contra de… Ya sabe usted, de los héroes de guerra. Dijo que debíamos de unirnos y… Bueno, muchos no quisieron hacerle caso.
—Así que escaparon de Inglaterra.
—No querían involucrarse de nuevo con las artes oscuras, pero tampoco querían entrometerse en el Ministerio, señor Weasley. Los que si aceptamos unirnos a Lodge… —Travers se mordió el labio—. Bueno, no sabíamos quiénes más lo habían hecho. No todos, al menos… Lodge no quiso decirnos el nombre de todos los involucrados. Sólo conozco a algunos, señor, lo juro, le daré sus nombres, pero…
—Continúa —gruñó Ron.
—Sí, sí… El día del ataque en el andén 9 ¾, no sabíamos que íbamos tras su hijo —los ojos de Travers se detuvieron en Harry por una fracción de segundo. Luego, se volvió rápidamente, aterrado—. Lo siento, yo no… No lo sabíamos… Ese día, cuando todo terminó, nos llevaron por primera vez a la mansión y Lodge dijo que los aurores habían asesinado a Montague. Él… Montage sabía más cosas que todos nosotros. Fue uno de los primeros en ser reclutado y Lodge le tenía confianza. También nos dijeron que Mabroidis era descendiente de Vivian… Ya sabe, la de la historia de Merlín. Dijo que tenían un libro de hechizos que Merlín usaba y que iban a utilizarlo para tomar el control del Ministerio. Tiempo después, enviaron a varios de nosotros a vigilar el Castel Nuovo, en Nápoles. Nos dieron una poción multijugos. El día que enviaron a esa niña…
—¿Una niña? —lo interrumpió Ron frunciendo el ceño.
—No sé quién era, señor —balbuceó Travers—. Lo juro. No dijeron su nombre y jamás la volví a ver. Pero, sé que a ella la envió Mabroidis, no Lodge. Nosotros nunca le gustamos a Mabroidis. Ese día, cuando la enviaron a acompañarnos al Castel Nuovo, aparecieron también tres muchachos. Los encontramos haciendo magia. Escaparon, señor, y se llevaron algo. No supimos qué fue, pero Mabroidis y Lodge lo querían. Después de eso nos dijeron que dejáramos de vigilar el castillo.
Harry y Ron se miraron. Sabían que Albus, Rose y Scorpius habían aparecido en el Castel Nuovo, combatido y logrado escapar.
—¿Qué pasó después?
—Volvieron a llamarnos luego de algunos días, señor. Habían interrogado a un viejo profesor, me parece… Creo que lo asesinaron, señor Weasley. Él les dijo que tenían que ir a unas cuevas en Puzzlewood. Nos ordenaron quedarnos ahí para buscar cualquier cosa "inusual".
—¿Qué?
—Sí, ellos… Ellos jamás nos han dicho qué están buscando, señor. Sólo que es necesario para la rebelión.
—¿Y ustedes están siguiendo a esos dos hombres sin saber qué buscan realmente? —preguntó Ron entrecerrando los ojos. Travers asintió rápidamente.
—Sí, lo juro. No sé nada más que lo que le estoy contando, señor, lo juro…
—Continúa.
—Nos quedamos en ese lugar bastante tiempo —dijo Travers, desesperado por obedecer—. Hace unos días, ocurrió al fin algo inusual. Aparecieron unos muchachos en las cuevas. Parecía como si también estuvieran buscando algo. Yo sólo alcancé a ver a dos, a los que atrapamos, pero algunos decían que había otro acompañándolos. También creían que eran los mismos que habían estado en el Castel Nuovo, aunque no se parecían… Uno de ellos era el hijo de los Malfoy, la otra se identificó como Zabini.
Ron se tensó en su lugar.
—Los llevamos a la mansión de Vivian, aunque sabíamos que Lodge y Mabroidis no estaban ahí. Se habían ido a Irlanda, me parece… No dijeron para qué. Los prisioneros dijeron que habían escapado juntos y que estaban en Puzzlewood por casualidad, pero nadie les creyó. Selwyn dijo que debíamos encerrarlos hasta que Lodge y Mabroidis regresaran. Hoy en la mañana nos llamaron a algunos. Necesitaban ayuda para… —se estremeció—. Encontraron a Blaise Zabini. Según entendí, era uno de los que había intentado escapar de Inglaterra para no unirse a ellos. Lo asesinaron y también a su familia. Después nos llevaron a casa de los Fawley.
—¿Mabroidis y Lodge supieron sobre los prisioneros?
—Oh, no, no, señor —dijo Travers—. No quise decirles nada porque, después de lo de los Zabini, entendí que la niña que teníamos atrapada había estado mintiéndonos sobre su nombre. Lodge dijo que iban a ir a la mansión en cuanto termináramos y como Selwyn quería ser quien los entregara, callé. Cuando llegamos a la propiedad de los Fawley… Oh, señor… Les hicieron cosas terribles. Los interrogaron sobre una reina, de la que (ellos decían) eran descendientes. La reina Maeve, me parece. Después el fuego se salió de control y yo quedé atrapado hasta… Bueno, hasta que…
Volvió a mirar a Harry.
—Su hijo, señor… Él quería saber a dónde habíamos llevado al chico Malfoy y a la muchacha. Me sacó del incendio y después de enseñarle la dirección de la mansión de Vivian, me petrificó —Travers levantó la vista, atemorizado—. Por favor. Es todo lo que sé. Les he contado todo, les daré los nombres de los involucrados que conozco, yo… Por favor, no me envíen de vuelta a Azkaban.
—Discutiremos tu sentencia después —dijo Ron.
Siguió a Harry sin decir nada, ignorando las súplicas del mortífago. Le ordenaron a Sumpter el cuidado del prisionero y salieron del Cuartel de Aurores. Los pasillos del Ministerio de Magia estaban completamente vacíos y el eco de sus pasos resonaba con fuerza. Ron miró el hombro de Harry con una mueca.
—Deberías de revisarte…
—¿A quiénes tenemos?
—La mayoría, pero Lodge, Mabroidis y el idiota de Selwyn consiguieron escapar.
Finalmente llegaron a la última oficina del Departamento de Aplicación a la Ley Mágica. Cuando Ron cruzó la puerta, Hermione se lanzó a abrazarlo. Iba a hacer lo mismo con Harry, pero se contuvo al verle el hombro.
—¡Harry! —exclamó—. ¿Qué fue lo que…?
—No es nada.
—Ven, déjame… —pidió ella tomándolo de la mano y conduciéndolo al interior de su despacho. El sofá principal estaba ocupado por Draco y Astoria Malfoy. Ella estaba vendándole una mano y él tenía la mirada pérdida en la pared.
—Envíe a la madre de Draco al lugar que me indicaste, pero Astoria se negó a dejarlo —le explicó Hermione en voz baja.
—¿Y bien? —preguntó Draco sacando la vista de la pared—. ¿Travers dijo algo útil?
Ron hizo un gesto con la cabeza, que bien podía tomarse como una afirmación. Hermione sentó a Harry en el escritorio y luego tomó un frasco que estaba sobre la mesita de centro. Le estiró el cuello de la camisa y colocó una espesa pasta sobre la herida.
—Es para calmar el dolor, pero… —lo miró con atención y frunció el ceño—. Harry, deberías de ir a…
—¿Y con esa nueva información al fin vas a hacer algo, Potter? —la interrumpió Draco—. ¿O tendremos que esperar más tiempo?
—Tal vez si desde el inicio hubiésemos sabido dónde era esa mansión, ya habríamos atrapado a Mabroidis y a Lodge —dijo Ron con saña.
—No espero que entiendas ese campo de la magia, Weasley —comentó Draco mirándolo con desagrado—. Pero, al ser un guardián secundario, me es imposible revelar una ubicación oculta por el encantamiento Fidelio, ¿qué esperabas que hiciera?
—Pensar en algo más. Informarnos. Ni siquiera nos has dicho lo que has averiguado sobre esos dos. El acuerdo era…
—El acuerdo era mantener a mi familia a salvo y creo que mi hijo no estaba precisamente…
—Draco —dijo Astoria. Fue un susurro que apenas se escuchó, pero que bastó para que su esposo tensara la mandíbula y apartara la vista de Ron sin decir nada más—. Lo importante es que los muchachos lograron salir de ese horrible lugar.
—¿Qué pasó con los otros mortífagos que atraparon? —preguntó Hermione luego de dirigirle una severa mirada a su esposo.
—Todos están en el Cuartel. Hay aurores vigilando.
—Tenemos que manejar esto con mucho cuidado —Hermione terminó de untar la pasta sobre el hombro de Harry y lo miró a la cara—. Los ataques y el asesinato de los Zabini son suficientes crímenes para encerrarlos en Azkaban. Sin embargo, tenemos que evitar que los nombres de los muchachos salgan a la luz. Entre menos información se divulgue, será mucho más seguro para nuestros hijos.
—No están muy informados —comentó Ron—. No saben ni siquiera qué están buscando, ni que Lodge y Mabroidis buscan a Albus porque piensan que tocó esa maldita daga. Los tienen ciegos.
—Es… Es una estrategia inteligente —admitió Hermione—. Al ser capturados no sirven de mucho —se frotó las cienes y suspiró—. Lo primero que hay que hacer es manejar la versión oficial. Debemos decirle a la prensa que los aurores fueron quienes capturaron a los prisioneros y no mencionar nada sobre la Orden del Fénix, por supuesto. Hablaré con Kingsley para preparar todo cuanto antes. Lo que menos necesitamos en estos momentos es que Miranda Savage tuerza los hechos y empiece a inventar historias sobre conspiraciones para impulsar sus proyectos —se volvió hacia Ron y el tono de su voz cambió por completo—. ¿La…? ¿La viste? ¿Viste a Rose?
Ron negó con la cabeza.
—Estaba con Scorpius —dijo Draco y todas las miradas recayeron en él—. Parecía bastante afectada, pero no estaba herida.
Harry notó como se estremecía ligeramente y luego apartaba la vista, fuera del alcance de su esposa. Astoria había terminado de vendarle la mano y clavaba sus ojos en él, cómo esperando a que le contara en qué estado había encontrado a su hijo.
—Gracias —dijo Hermione de repente. Draco arqueó las cejas—. Gracias por sacarlos de ahí.
Apretó el brazo de Ron, pero él no cedió. Seguía mirando a Draco con el mismo gesto irritado de siempre. Él hizo un ligero movimiento con la cabeza y luego se volvió hacia Harry.
—Ahora que saben de qué lado estoy, seguro que ya no te soy útil, Potter.
—Van a buscarte —dijo Harry—. Tienen que alcanzar a tu madre en la casa de seguridad que hemos preparado para ustedes. Se quedarán ahí hasta que todo se solucione. Nos ocuparemos de crearles una coartada y te contactaré si sucede algo.
—Mi hijo… —dijo Astoria.
—Los mantendremos informados.
—Potter —Draco se levantó del sofá y Astoria tuvo que sujetarlo del costado. Tenía lastimada una pierna y cojeaba. Por un momento, Harry sintió que tenía frente a él a Lucius Malfoy—. Espero que no pienses que, después de esto, Mabroidis y Lodge se siguen tragando el cuento de que sabemos dónde están nuestros hijos. Seguramente ya saben que estamos al tanto del Aurea Pergamena y que ellos están buscándolo.
—Puede que esa cosa ni siquiera exista… —masculló Ron, pero Draco no le hizo caso.
—Y ahora, más que nunca, van a hacer lo que sea por encontrar a tu hijo, Potter.
—Vayan a la casa de seguridad —ordenó Harry—. Me reuniré contigo en cuanto termine de interrogar a la familia Fawley. Aún tienes cosas que contarme sobre Dimas Mabroidis.
Draco le dirigió una última mirada antes de asentir. Tomó la mano de su esposa y ella lo ayudó a caminar. Se dirigieron a la chimenea y un segundo después, fueron tragados por las llamaradas esmeraldas de los polvos flú. Ron bufó.
—Sigo sin entender por qué demonios se te ocurrió involucrar al hurón en todo esto, Harry.
—Ron —Hermione volvió a mirarlo con severidad—. Si Dimas y Lodge estaban reclutando a los antiguos mortífagos, lo ideal era tener a alguno de ellos de nuestro lado.
—¿Quién dice que esas visitas al Ministerio que estuvo haciendo no eran porque de verdad estaba ayudando a Lodge? —preguntó Ron con el ceño fruncido—. Esa vez cuando estábamos interrogándolos a todos…
—Tenía que fingir su papel ante los demás, Ron. Además, no creo que después de lo de su hijo… —Hermione se pasó una mano por el cabello y volvió a suspirar—. ¿Realmente lograron salir de ahí, verdad? ¿No hay ninguna posibilidad de que los hayan capturado…?
—Se fueron. Yo los vi —dijo Harry y se levantó del escritorio al sentir la mirada de sus amigos sobre él—. ¿Cómo están los demás?
—Todos están bien —respondió Hermione—. Volvieron a la Madriguera y Fleur se llevó a algunos de los chicos al Refugio para que no hicieran demasiadas preguntas. Sólo les dijimos que habían ido a buscar a Rose y a Albus, pero nada más. Harry….
—Ron, ¿puedes encargarte de los prisioneros? Que los lleven a Azkaban y que no hablen con nadie hasta que yo llegue.
—Harry…
—Hay que decirle a la prensa la versión oficial, Hermione. Fue una misión para atrapar a los que han estado causando los alborotos. Ron y yo únicamente. No involucres a nadie más.
—¡Harry! —exclamó ella y se levantó—. Harry, tienes que ir a revisarte eso.
Estaba señalándole el hombro lleno de sangre. Harry negó con la cabeza.
—Estoy bien.
—Pero…
—Pasaré por el Valle de Godric y lo arreglaré. Te veo en San Mungo en dos horas, Ron. Alguien de la familia Fawley ya tiene que haber despertado para entonces.
—Sería mejor si tú también…
—Encárguense, por favor.
No dejó que Hermione replicara y se metió en la chimenea sin volver la vista. Las verdes llamaradas lo trasladaron a su hogar de inmediato. En cuanto sus pies tocaron el suelo, las piernas comenzaron a temblarle. Le ardía el brazo. Cruzó la sala de estar, casi tropezando y logró llegar a su despacho.
No encendió las luces, pero el resplandor de la luna que atravesaba las cortinas iluminaba tenuemente el mueble en dónde guardaba el pensadero. Avanzó.
—Harry.
No se sobresaltó, a pesar de que ella no había hecho ningún ruido al entrar.
—Ginny —lentamente se volvió. Estaba recargada al margen de la puerta—. ¿James y Lily…?
—En el Refugio —respondió ella y Harry asintió, aliviado—. Están bien. Todos están bien.
Abrió el mueble con su varita y dejó el pensadero sobre el escritorio, junto con el medallón de Dimas Mabroidis que no había soltado.
—Estás herido… —murmuró ella con el rostro pálido. Harry negó con la cabeza.
—No es nada.
—Vamos a curarte…
—No es nada —repitió y aunque ella no había avanzado, él retrocedió. Ginny cruzó los brazos.
—Imagine que vendrías para acá.
Se aferró al borde del mágico objeto y observó sus recuerdos arremolinarse en el interior. Destellos plateados, parecidos a los de la luna en la ventana. Dejó que sus ojos se perdieran dentro. Lo único que quería era vaciar toda la información acumulada en su mente. Repetirla. Analizarla. Encontrar algo. Lo que fuera.
—¡Harry!
Su esposa tenía los puños apretados, el cabello revuelto y los ojos hinchados. Harry no recordaba la última vez que la había visto así, tan enfadada, pérdida, tan frágil. Y le dolía. Adentro. En un punto dónde sólo Ginny podía llegar.
—Háblame —murmuró ella y cerró los ojos con fuerza—. Sólo… Por favor, háblame.
Harry soltó el pensadero y se apartó del escritorio. Tenía los anteojos torcidos y el hombro seguía sangrándole.
—Ya no puedo —dijo ella y la voz le salió débil, quebrada—. Yo no… Tienes que hablarme, Harry.
—Lo siento.
—No.
—Ginny, yo…
—¡No! —exclamó ella y si Harry hubiese sido otra persona, seguramente se habría espantado por el tono de su voz—. Merlín, sólo… No te disculpes, ¿está bien? Tú no…
—Es mí…
—No te atrevas a pensarlo siquiera.
Hubo un momento de silencio absoluto. La casa estaba fría y a Harry nunca le había parecido que fuese así. Mucho menos durante una madrugada de Navidad. Se atrevió a levantar la vista y miró a su esposa a los ojos. Le parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que lo había hecho.
—Lo vi, Ginny.
Ella abrió la boca, pero no dijo nada y se acercó, con lentitud, temerosa.
—Vi a Albus. Estaba ahí.
Y por primera vez en mucho tiempo, Harry le contó todo. Hablaron por lo que parecieron ser horas, aunque sólo fueron minutos. Le relató todo lo que había pasado desde que dejó el Valle de Godric, sin contenerse, sin omitir ningún detalle. Con cada palabra, su garganta ardía, pero el peso en sus hombros disminuía. Ginny lo tomó de la mano y Harry se dejó guiar hasta el sofá. Al final, sólo al final, sus ojos volvieron a encontrarse.
—Fui yo, Ginny —murmuró Harry y sonó a una confesión que había estado escondiendo durante mucho tiempo. La voz se le quebró cuando pronunció su nombre—. Yo provoqué todo esto.
—No.
—Es mi culpa.
—Harry, cállate.
— Yo hice que él se fuera.
—Eso no es…
—Se lo prometí. Le dije que… Y no le conté que robaron la daga, tampoco de la Orden. Él me dijo todo y yo sólo…
—Eso —Ginny le tomó ambas manos y aunque sus en sus ojos brillaba el comienzo de un llanto, su voz se endureció—. Eso era necesario.
—¿Lo era? —preguntó Harry—. ¿Igual a cuando decidimos ocultarles la verdad sobre la guerra? ¿Sobre Voldemort? ¿Sobre mí?
Ginny no pudo contestarle, pero hizo algo que no había hecho en años.
Una mano en su mejilla, la otra en su nuca. Tomó su rostro y lentamente, sin dejar de mirarlo, lo guio hasta el espacio que había entre su cuello y su hombro. Harry era más alto y tenía que encoger los hombros para acomodarse. Suspiró y se perdió en ese perfume floral que tanto le gustaba.
—Tú sólo… —dijo Ginny—. Tú sólo querías protegerlos.
Y entonces, él se derrumbó.
Y a su mente llegó un recuerdo culpable que creía haber superado.
Ahí estaba él, con quince años, invadido por un dolor agobiante, desesperado, furioso, Sirius cayendo por el velo, su última carcajada resonando en sus oídos. Podía verse a sí mismo destruyendo el despacho del director en Hogwarts, gritando, reclamando una verdad sobre su vida que nadie jamás se había molestado en contarle.
Y ahí estaba también Albus, de pie en su despacho, con dieciocho años… Haciendo exactamente lo mismo.
Y Dumbledore había tolerado aquello. Y Harry no. Por eso, Harry no se había ido en aquel momento. Y Albus sí.
¡Es un día antes de que se cumplan los dos meses! ¡Lo logré! ¡Lo logré! Cielos, de verdad que la vida de adulto es del asco. No encuentro tiempo para escribir en ningún momento. Pero, para compensarlos, el capítulo quedo mucho más largo de lo usual y aquí tenemos AL FIN algunas respuestas.
Ding, ding, ding, sí, señores, lo adivinaron varios de ustedes. Draco Malfoy trabaja para la Orden. Siempre creí que si las cosas volvían a torcerse en el mundo mágico, esta vez Draco haría lo correcto, no tanto por él, sino por Scorpius. Porque no quiere que viva lo mismo que a él le tocó vivir... Bueno, es su manera de redimirse también, creo yo.
Travers ya soltó la sopa, Dimas y Albus tuvieron una charla interesante con la que (espero) se hayan resuelto más cosas. Obviamente, todavía queda muchas cosas que aun no he revelado (sé que están a punto de amenazarme con antorchas y palos por no decir nada de Lizza todavía), pero hemos alcanzado un punto en la historia en el que ya habrá más respuestas que incógnitas, lo prometo.
¡Quiero agradecer de todo corazón sus comentarios! Y quiero darle la bienvenida a los nuevos lectores que fueron varios en el capítulo anterior. Les contesté a todos los que tienen cuenta por inbox y a los que no tienen, pues, solo me queda decirles que estoy infinitamente agradecida y que espero que este capítulo sea de su agrado.
Para (esta vez) no aburrirlos con mis crisis existenciales, les daré una sorpresa, que más bien me han dado a mí. Nina Scherbatsky ha creado un video HERMOSÍSISMO del fic. Pueden buscarlo en YouTube como "Fanfiction Aurea Pergamena by Adrisstbdt"en el canal de Dani Marescotti. De verdad, es genial. Las partes de Lizza y Albus *se pone a gritar*. Veanlo, es una orden.
En fin, espero que les haya gustado.
¡Reviews plis!
¡Vean el video! ¡Vean el video! *tono de mensaje subliminal* ¡Vean el video!
