Capítulo 25
Estaba calada hasta la piel, congelada hasta la médula de los huesos, para cuando llegó a casa de Granny. La casa estaba oscura, la puerta principal cerrada con llave. Su VolksWagen Sedan estaba aparcado en el camino de acceso. Nana debía de haber hecho que la grúa lo trajese desde el hospital de Boston.
Caminando hacia la parte trasera de la casa, Emma cogió la llave de su escondite bajo una maceta de flores y entró por la puerta de atrás.
No queriendo alertar a cualquiera que pudiese estar vigilando la casa en previsión de su retorno, se abrió paso por la casa en la oscuridad y se dirigió a su dormitorio. Despojándose del cobertor mojado y de la camiseta y calcetines de Regina, se puso una sudadera negra y un par de pantalones de chándal de forro polar, gruesos calcetines de algodón y unpar de zapatillas deportivas.
Estaba tanteando su camino a lo largo de la superficie de la cómoda, buscando su peine, cuando descubrió su bolso. En su interior, encontró su cartera y las llaves de su coche, los cuales se metió rápidamente en el bolsillo de los jeans.
Se secó el cabello con una toalla, se pasó un peine por él, y luego fue a la cocina y se preparó una taza de fuerte café solo.
¿Adónde irían Gail y Nana?
Ponderó la cuestión mientras se terminaba el café; luego, poniendo la taza a un lado, fue al cuarto de baño que había compartido con Gail y cerró la puerta antes de encender la lamparilla.
Desde que Gail había aprendido a leer y escribir, le había encantado dejar notas para su hermana. Usualmente, las notas habían sido chistes tontos, algunas veces eran apresuradamente garabateadas disculpas por usar el maquillaje de Emma. Gail siempre había dejado las notas en un recipiente de hojalata que una vez había contenido sales de baño perfumadas. Emma había guardado el recipiente porque le gustaba el diseño, y éste se había convertido en el buzón privado de las dos.
Apenas atreviéndose a albergar la esperanza, Emma recogió el recipiente y quitó la tapa. Murmurando una silenciosa plegaria, retiró un trozo de papel enrollado.
Emma, encerré al perro guardián de Whale en el armario del pasillo. Nana, la señora Zimmermann, y yo vamos a fugarnos. No sé a dónde iremos. Vamos a coger el coche de la señora Zimmermann. Telefonearé a Wendy cada día a las cuatro y cada noche a las siete. Su número está en la guía. No te preocupes por nosotras. Nana se está sintiendo mucho mejor. Te quiero.
Gail.
Apagando la luz, Emma abandonó el cuarto de baño y fue a la cocina. Según el reloj del horno microondas, era justo después de medianoche.
Se sirvió otra taza de café, luego se sentó a la mesa de la cocina, preguntándose si era seguro pasar la noche en su propia cama, o si debería ir a un motel.
Sumida en sus pensamientos, escuchó a la lluvia golpear contra la cubierta de aluminio del patio. Sin duda, Regina pensaría que ella le había dejado porque no le amaba lo suficiente como para aceptar los sacrificios que tendría que hacer para quedarse con ella, cuando nada podía estar más lejos de la verdad. Ella le había dejado precisamente porque la amaba, porque no podía soportar ver el dolor en sus ojos y saberse la causa del mismo. En su corazón, sabía que si algo le sucediese a ella, Regina nunca se perdonaría a sí misma.
Pero, ¡oh, cómo anhelaba el confort de sus brazos en torno a ella! No la asustaba nada cuando estaba ahí. La hacía sentir fuerte, invencible. Con Regina a su lado, ella podía encarar cualquier cosa. Cualquier cosa excepto saber que ella era la causa de su pesar.
Sintiendo con el corazón encogido y más sola de lo que jamás se había sentido en la vida, entró en su habitación, reunió un cobertor y su almohada y subió al ático.
Esa noche dormiría allí. Mañana, iría a casa de Wendy y esperaría a que Gail telefonease.
Whale se paseaba de un lado a otro por el laboratorio, sus puños embutidos en los bolsillos de sus pantalones. Maldijo suavemente, incapaz de creer su mala suerte mientras miraba con aire furibundo a los dos hombres que se sentaban encorvados sobre la mesa.
Killian Jones tenía un aire hosco; la expresión de August era imposible de leer. La mayor parte de su cara estaba cubierta con un grueso vendaje. La cadena que envolvía el puño de la extraterrestre había hecho un daño notable.
—Ella irá a casa —dijo Whale—. Más pronto o más tarde, irá a casa.
—Yo la encontraré —dijo Killian
—No, yo la encontraré —August se puso en pie, sus ojos estrechados—. La quiero a ella, y estará con Emma.
—¡La quiero viva! —la mirada de Whale atravesó la de August—. Puedes disponer de la Emma si se mete en medio. Hazlo enfrente de la extraterreste —dijo Whale, mostrando una corriente sádica que pocos sabían que poseía—. Eso debería ser venganza suficiente por lo que le hizo a tu cara. Pero la quiero viva. La necesito viva.
—¡Y yo la quiero muerta! —la mano de August se desvió al vendaje en su cara. Le habían roto la nariz; habían hecho falta treinta puntos para coser el tajo que le corría por la mejilla izquierda hasta el nacimiento del pelo.
—Muerta no nos es de utilidad —le recordó Whale—. Una vez la tengamos de nuevo, puedes hacerle lo que quieras, excepto matarla.
—¿Cualquier cosa?
Whale asintió.
—Dentro de lo razonable. Pero la necesito viva, al menos hasta que pueda reproducir el agente sanador de su sangre. Después... —se encogió de hombros—. Después es toda tuya.
August asintió.
—Iré contigo para asegurarme de que nada sale mal.
—No necesito una niñera —dijo August, resentido.
—Lléva a Killian contigo —dijo Whale—. Él puede asegurarse de que no haces que te encierren en un armario otra vez, y tú puedes asegurarte de que él trae de regreso a la extraterrestre viva.
Whale los observó marchar. Esta vez, pensó, esta vez él lo tendría todo.
Regina despertó con un intenso sentido de pérdida y supo inmediatamente que Emma había abandonado la casa. Y, en ese mismo instante, supo también por qué.
Sentándose, enterró el rostro en las manos. Ella había tocado su mente anoche, había sentido su miedo, su dolor, y había huido para ahorrarle más angustia.
Maldiciéndose a sí misma, maldiciendo la debilidad que le había abrumado la noche anterior, se levantó del sofá y corrió escaleras arriba hacia el dormitorio. Abriendo la puerta, pasó dentro, y su olor la abrazó, envolviéndola como una invisible telaraña tejida de su mera esencia.
—Emma...
Cruzando la habitación, se dejó caer junto a la cama y deslizó la mano sobre la sábana.
—Emma, ¿qué he hecho?
Presionó su cara contra el colchón, inhalando su olor. Había sido una tonta al escapar del laboratorio, una tonta por estar asustada cuando la respuesta era tan simple. Matar a Whale. Destruir sus notas. Deshacerse de las muestras de sangre y de cualquier otra cosa en posesión de Whale que se relacionase con la existencia de Regina.
Tan simple… Y, todavía, la idea de matar a Whale le enfermaba. Ella había sido desterrada de ErAdona porque había vertido la sangre de un hombre. Pero, ¿qué otra elección tenía? En tanto Whale viviese, la vida de Emma, y la suya propia, estarían en peligro.
Balanceándose sobre los talones, Regina se contempló las manos. Eran manos fuertes con dedos largos y competentes.
Manos que habían matado antes. Manos que podrían matar de nuevo.
Miró por la ventana. Era media tarde. La tormenta había pasado y el sol brillaba con fuerza.
—Emma —murmuró—. Perdóname.
Inquieta por la necesidad de verla, de abrazarla, vagó a través de la casa. Nunca antes le había ésta parecido tan vacía. Nunca antes se había sentido tan sola. Habiéndola conocido, habiendo saboreado su amor, ¿cómo había pensado alguna vez que podría vivir sin ella? Ella le había ofrecido su amor. Incluso después de saber lo que era, ella le había entregado su amor, la había aceptado en lo más profundo de su ser. Ella había salvado su vida, restaurado su esperanza, su razón para vivir. ¿Y qué había hecho? Le había ofrecido dejarla quedarse con ella si abandonaba toda esperanza de tener hijos, si se sometía a una operación que ella encontraba repulsiva.
Emma la había amado con todo su corazón, no pidiendo nada a cambio. Todavía la amaba, lo suficiente como para abandonarla porque pensaba que le estaba causando dolor.
—Oh, Emma, Natayah...
¿Cómo la compensaría alguna vez por ello? ¿Le permitiría ella siquiera intentarlo?
—Emma...
Regina. Regina...
Su voz, llamando su nombre una y otra vez.
Miró por la ventana, miró la letal luz del sol mantenida a raya por una capa de pesado paño. Y en su mente, oyó su voz otra vez, baja y teñida de desesperación.
¡Regina!
Emma se encogió de miedo en el ático, escuchando las voces debajo de ella. La inercia que la había mantenido en sus garras la noche anterior voló mientras la adrenalina era bombeada a través de sus venas. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida como para quedarse ahí? ¿Por qué no había cogido el coche y conducido hasta algún motel anoche? Reconoció la voz de August, pero no la del hombre a quien llamó Neal. Ellos estaban ahí, en la casa, buscándola. Podía oírles vagando de habitación en habitación, abriendo puertas, mirando dentro de los armarios.
Fragmentos de su conversación se filtraban hasta el piso superior.
—... no está aquí.
—Tendremos que esperar...
—Whale podría estar equivocado...
Emma presionó la oreja contra el suelo, esforzándose para oír más. Y entonces las voces estuvieron directamente debajo de ella, y ella podía oír todo lo que ellos decían.
—Whale dijo que esperásemos, así que esperaremos. Podríamos también ponernos cómodos —la voz de August—. ¿Tienes hambre?
—Sí, no me importaría comer algo.
—¿Por qué no nos pides una pizza? Yo llamaré a Whale con mi teléfono móvil y le diré que estamos aquí.
El sonido de sus pasos alejándose.
Emma dejó escapar la respiración que había estado conteniendo, sólo vagamente consciente de que había estado repitiendo el nombre de Regina en su mente una y otra vez, aferrándose a ella, encontrando esperanza y fortaleza en el nombre de la mujer que amaba.
Se sentó, apoyando la espalda contra la pared, y aspiró numerosas veces. Tenía que salir de allí, esa misma noche, antes de que la descubriesen en el ático.
Cerró los ojos y sintió el escozor de las lágrimas agolpándose tras los párpados. Tenía que llegar a la casa de Wendy, tenía que hablar con Gail, asegurarse de que Nana y su hermana estaban bien. Arreglarían el encontrarse en alguna parte... ¿y luego qué? ¿Pasar el resto de sus vidas ocultándose, huyendo?
—Oh, Regina —susurró—. ¿Qué voy a hacer?
Emma estaba en problemas. El pensamiento le arañaba la mente, sin descanso, sin piedad. Ella estaba en dificultades, y era todo por su culpa.
Merodeó por la casa, tan inquieta como león enjaulado, mientras aguardaba a que el sol se pusiese. Aprisionada por las debilidades de su cuerpo. Atormentado por visiones de Emma siendo capturada, torturada. A causa de ella.
Y entonces oyó su grito, y todo pensamiento racional voló de su mente.
¡La habían encontrado! Emma contuvo la respiración mientras la trampilla se abría de par en par.
—Estoy seguro de que oí algo aquí arriba —dijo August.
Él encendió una cerilla y la sostuvo en alto sobre su cabeza, escudriñando la oscuridad.
No atreviéndose a respirar, Emmase apretó contra la pared, esperando que August no la viese en las sombras.
—¿Ves algo? —preguntó Killian.
—No. Voy a entrar.
El pánico brotó del interior de Emma mientras ella miraba a su alrededor, su mirada buscando algo, cualquier cosa, que pudiese usar como arma.
Los pasos de August sonaron muy altos en el interior del pequeño espacio. Lanzó una imprecación mientras la cerilla le quemaba los dedos, y luego encendió otra rápidamente.
Y luego él estaba ahí, mirándola de frente, sus ojos abiertos como platos por la sorpresa y la satisfacción.
Emma dudó un instante, sorprendida mientras una cara tan blanca como una sábana aparecía ante ella. Con un grito, Emma agarró un pesado candelabro de latón y se lo arrojó a la cabeza.
August apartó la cabeza con una sacudida, y el candelabro aterrizó con golpe seco sobre su hombro.
—Pequeña...
Con su mano libre, August le cruzó la cara de una bofetada. Con fuerza. Dos veces.
Emma se tambaleó, con las orejas pitándole y la mejilla palpitando.
August le arrebató el candelabro de la mano y lo arrojó en una esquina. Agarrándola por el brazo, la empujó hacia la entrada del ático.
—¡Killian!
—¿Sí?
—Ven a cogerla.
Momentos más tarde, ella estaba sentada en el sofá, con las manos bien atadas mientras August telefoneaba a Whale.
—La cogimos —dijo August. Luego asintió—. Claro. Uh huh —miró por la ventana—. No creo que esa sea una buena idea. Hay un puñado de niños jugando fuera, y un par de mujeres cotilleando. Sí. Okay. Bien, le esperaremos aquí.
August colgó el teléfono.
—¿Qué tiene que decir? —preguntó Killian.
—Dijo que no nos movamos. Viene de camino.
Killian asintió.
—¿Nos ordenas algo de comer?
—Sí. ¿Te gustan las anchoas?
—Ahora mismo podría comérmelas vivas —murmuró August. Cruzó la habitación y se detuvo en frente de Emma—. ¿Ves esto? —dijo, elevando una mano hacia el pesado vendaje en su cara—. Ella lo hizo. Y tengo la intención de hacerlapagar. Y a tí, también.
Emma tragó el nudo de miedo formándosele en la garganta mientras August levantaba la mano para golpearla de nuevo. Echó una frenética mirada hacia la ventana, consternada al ver que el sol estaba todavía brillando.
Ahogó un grito mientras August la abofeteaba otra vez, y luego otra. Saboreó sangre en su boca y supo que él le había roto el labio.
—Ey, tío, cálmate.
—¡Cállate, Killian! Esto no te concierne.
August estaba llevando su brazo hacia atrás, listo para golpearla de nuevo, cuando sonó el timbre de la puerta.
—La pizza está aquí —dijo Killian.
—Ni una palabra —dijo August, su voz espesa con amenaza—. ¿Comprendes?
Emma asintió.
La mirada de August taladró la suya durante un momento, luego él miró en dirección a su compañero.
—La tendré apuntada desde la cocina.
Emma parpadeó para librarse de las lágrimas mientras observaba a Killian caminar hacia la puerta principal. Cuando estuvo fuera de su campo de visión, se derrumbó contra el sofá con los ojos cerrados. Oyó la puerta siendo abierta, el amortiguado sonido de voces, un largo silencio y luego el sonido de pasos.
Incapaz de creer lo que sus sentidos le decían, abrió los ojos para encontrarse a Regina mirándola, con una caja de pizza balanceada en una mano y los ojos llenos de preocupación mientras estudiaba la roja hinchazón en su mejilla y la sangre manando de su labio.
¿Estás bien?
Ella asintió.
August está en la cocina.
La alerta llegó demasiado tarde. August apareció en la entrada, sonriendo mientras apuntaba con su pistola al pecho de Regina.
—¡Qué amable de tu parte traer el almuerzo! —comentó August—. ¿Qué hiciste con Killian?
Regina no dijo nada, sólo contempló a August. Y luego elevó su otra mano, revelando el arma de Killian.
—Suelta tu pistola.
August reaccionó en el parpadeo de un ojo, la pistola en su mano moviéndose de Regina a Emma mientras amartillaba el percutor.
—Tú suelta la pistola, o ella muere.
—Tú morirás primero.
—Estoy dispuesto a aceptar ese riesgo —dijo August, con ojos fríos—. ¿Y tú?
—No.
—Entonces baja el arma.
Lentamente, Regina hizo lo que le decían.
—Baja la caja también.
Nuevamente, Regina hizo lo que le decían. Consciente de August siguiendo cada uno de sus movimientos, colocó la caja de pizza sobre la mesa del café, su mirada nunca dejando la cara del hombre.
Emma.
Te oigo.
¿Puedes distraerlo?
Sí.
Ahora.
Gimiendo suavemente, Emma elevó sus manos atadas a su mejilla y luego comenzó a llorar, suavemente al principio, y luego más alto.
—Cállate —gruñó August—. ¿Killian? ¿Puedes oírme?
Emma comenzó a sollozar.
—Por favor, déjame ir —lloró. Tiró del abrigo de August, forzándole a girarse hacia ella—. ¡Por favor, deja que me vaya!
—¡Quítame las manos de encima!
August trató de alejar las manos de Emma con un golpe, pero ella se aferró con fuerza.
—¡Por favor, déjame marchar! —tiró de su abrigo de nuevo.
En ese instante, Regina cayó al suelo, agarró la pistola de Killian y disparó. La bala acertó a August en el pecho y éste se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre el sofá junto a Emma. La pistola resbaló de su mano y rodó por el suelo.
Regina agarró a Emma, se tambaleó y luego la ayudó a levantarse y comenzó a andar hacia la cocina.
—No os mováis —Regina miró sobre su hombro para ver al compañero de August de pie en la entrada. Un hilillo de sangre caía desde el corte en la sien del joven. La .357 de August estaba firme en su mano—. No te muevas—. repitió Killian.
Regina maldijo por lo bajo.
—Deja que nos vayamos.
Killian meneó la cabeza.
—Te compensaré generosamente —dijo Regina. Sintió a Emma moverse tras ella y apretó su mano, instándola a permanecer en silencio—. Soy una mujer rica. Sólo dime un precio y es tuyo si nos dejas ir. Whale no tiene por qué saberlo. Puedes decirle que escapamos.
—No te creo.
—Cien mil dólares —dijo Regina, su voz acariciando las palabras—. Todo lo que tienes que hacer es dejarnos marchar.
—¿Como conseguiré el dinero?
—Ven con nosotros. Te haré un cheque.
Killian se lamió los labios. Cien mil dólares era un montón de dinero, más del que él había soñado jamás. Eso hacía que los pocos cientos de dólares que Whale le pagaba cada semana pareciesen una bagatela.
La mirada de Emma se movió de Regina a Killian y luego de vuelta hacia el primero. Ella podía sentir a Regina bamboleándose a su lado. Reforzando su agarre sobre su mano, dejó que su mente se uniese con la de ella y sintió el dolor que la dominaba.
La comprensión se abrió paso en su cerebro mientras ella miraba por la ventana. El sol estaba todavía alto. Había venido tras ella durante el día, exponiéndose a la mortífera luz solar.
Killian meneó la cabeza de nuevo.
—No. Sería un tonto por confiar en tí, y uno aún más grande si fuese a cualquier parte con vosotras dos.
—Entonces deja que Emma se vaya. Ella ya no le sirve de nada a Whale. Es mi sangre lo que él desea. Mi sangre la que necesita.
De nuevo, Killian meneó la cabeza.
—Él va a matarla —dijo Regina, su voz bordeando el pánico—. ¿Quieres su sangre sobre tu conciencia.
Por vez primera, Killian pareció inseguro.
—Mi chequera está en mi escritorio de casa. Una vez Whale me haya llevado de vuelta a su laboratorio, tú puedes ir a mi casa y cogerla. Rellena un cheque y tráemelo. Yo lo firmaré.
Emma miró a Regina, preocupada por la repentina cortedad de sus palabras. Podía sentir la debilidad aumentando dentro de ella, sabía que permanecía en pie por pura fuerza de voluntad. El remordimiento inundó su corazón. Ella nunca debería de haber venido a casa, debería de haber sabido que Whale la buscaría ahí, y que Regina vendría tras ella.
—Cien mil dólares —dijo Regina nuevamente—. Nadie lo sabrá.
Killian se lamió los labios. Sonaba tan fácil...
—Decídete —dijo Regina.
Se aferró a la mano de Emma, nutriéndose de su fortaleza. El trayecto a través de la ciudad hasta su casa había sido excruciante. Incluso dentro de la camioneta, el sol la había encontrado, quemando sus ojos, robándole las fuerzas. Pero sabía que no podía esperar a que cayese la noche, sabía que Emma estaba en peligro. De haber estado oscuro, de no haber estado sus fuerzas disminuídas, se habría arrojado contra Killian.
—Okay —dijo Killian—. Ella puede irse.
Emma meneó la cabeza.
—No, Regia, no voy a abandonarte.
—Vete, Emma.
Yo te encontraré.
¿Cómo?
Confía en mí, Emmaa. Tienes que irte ahora, antes de que él cambie de idea.
¡No quiero dejarte! No aquí. No así.
¡Emma, sal de aquí! Yo no estoy en peligro. Whale me necesita viva.
Dejarla era la última cosa que ella deseaba, pero sabía que era lo correcto. Al menos, si ella estaba libre, podría ser capaz de ayudarle. Si Whale la cogía de nuevo, lo mejor que podía esperar era ser mantenida prisionera mientras él experimentaba con ella. El peor escenario era uno que ella no podía obligarse a contemplar.
Poniéndose de puntillas, envolvió sus brazos en torno a Regina.
—Te amo —le susurró, y luego la besó.
Y, por un momento, nada más existió en todo el mundo excepto esa mujer y el amor que las envolvía.
Y luego Regina estaba alejándola de ella, urgiéndola a marcharse.
Y porque ella sabía que era la única forma de ayudarla, se marchó. Las lágrimas le nublaron la visión mientras quitaba el seguro a las puertas del VolksWagen Sedan y se deslizaba tras el volante. Puso en marcha el motor y luego se sentó ahí por un momento, contemplando la casa, temerosa de no volver a ver jamás a Regina. Parpadeando para librarse de las lágrimas, retrocedió por camino de acceso y condujo calle abajo.
Vió el coche de Whale aparcar en frente de la casa mientras ella giraba la esquina.
Regina se desplomó en el sofá tan pronto como supo que Emma estaba a salvo. El trayecto a través de la ciudad había sido una tortura; ahora, ella cerró los ojos y se rindió al dolor.
Oyó pasos y supo que Whale había llegado. Y, todavía, se quedó allí sentada, con los ojos cerrados, conservando la poca fortaleza que le quedaba mientras escuchaba a los dos hombres.
—¿Dónde está la chica? —preguntó Whale con tono brusco.
—Se escapó.
—¿Se escapó? ¿Cómo?
—La extraterrestre trató de luchar. Mató a August y luego se volvió contra mí. Forcejeamos y mientras tanto la chica escapó.
—Asegura sus manos —dijo Whale cortantemente—. Usa éstas.
Regina abrió los ojos mientras Killian esposaba sus manos juntas. No se trataba de grilletes ordinarios. Unos pocos centímetros de pesada cadena corría de una gruesa esposa de hierro a la otra.
Regina sonrió débilmente. Whale no iba a correr ningún riesgo esta vez. Pero no importaba. Emma estaba a salvo.
—Vámonos —dijo Whale.
Regina meneó la cabeza.
—El sol...
—Nos vamos —dijo Whale firmemente—. Ahora.
No tenía sentido discutir. Whale quería moverle ahora, mientras estuviese demasiado débil para causar ningún problema.
—Manténla entre nosotros —dijo Whale.
Regina parpadeó contra la luz del sol mientras abandonaban la casa. La calle, llena de niños hacía una hora, estaba desierta. Una indescriptible furgoneta de color marrón oscuro estaba aparcada junto al bordillo. Whale retrocedió por el camino de acceso, abrió la puerta e indicó a Regina con un gesto que entrase. Killian subió tras él, y Whale cerró la puerta.
Killian se inclinó más cerca a Regina.
—Más te vale que esa chequera este allí —susurró.
—Lo está.
Momentos más tarde, Whale abrió la puerta de atrás de la furgoneta y echó dentro el cuerpo de August.
—Recorrí la casa y limpié todas las huellas y rastros —informó a Killian.
—¿Qué va a hacer usted con August?
—Le dejaremos en un callejón en alguna parte. No hay nada que le conecte con nosotros.
Unos minutos más tarde, salían de la ciudad.
De vuelta a Silverdale —conjeturó Regina.
Con un suspiro, cerró los ojos y se instó a sí misma a dormir. Necesitaría todas sus fuerzas para encarar lo que estaba por venir.
