¡Qué cantidad de comentarios de gente nueva! :D ¡Qué ilusión!
Las veteranas que seguís ahí capítulo a capítulo también tenéis todo mi cariño ehh, no os vayáis a pensar ;)
HainesHouse: xDDDD sé que te dejé con el alma en vilo, con las ganas de esa escenita entre los dos, bueeno, ya llegará más adelante ;) no desesperes. Jo me mataste con tus sospechas de lo de Jackson... como al final sea verdad que cambia el final te juro que os pongo un altar a los dos! XDD pero por si acaso yo voy mentalizándome profilacticamente para intentar soportar esa escena, aunque creo que se me rompera el corazón igual U_U Espero que te guste este capítulo :)
I-am-not-man: A mi me pasaba igual xDDD Me gusta el yaoi, pero sinceramente creo que a Thorin le pega más estar con una mujer. Yo tampoco quería una mujer enana xDD ¿cómo se le ocurrió la idea? Pues no quería que la chica fuera más alta que él, así que pensé "vamos a mezclar razas para compensar alturas" y voilá! XD raza de los hombres + raza de los medianos = altura perfecta xDDDD
No tranqui, no era el presagio del final de la historia, no soy tan cruel, además creo que aún quedan unos cuantos capítulos por delante hasta que decida concluirla ^^
daya20: muchísimas gracias! :D Me alegro mucho de que te siga gustando tanto. *o* Sí, Legolas y Thranduil son muy majos, tengo muchas ganas de verlos en la peli! Yo sí que me habría muerto de verwenza con la nota xDDDD menuda pillada... Chan chan, ya se van acercando a la parte de la montaña :O tengo muchas ganas de escribir esa parte!
mishu86: yujuu! ^^ De nada, muchas gracias a ti por leerlo. Espero que este capítulo también te guste.
LoriKusadashi: *o* Muchas gracias por todos tus cumplidos y bienvenida a la historia. Si, pobrecillos, les he dejado con las ganas xD. Espero que te guste este nuevo capítulo y que no te haya hecho hecho sufrir mucho con la espera.
Erinia Aelia: Guau O_o, como ya te dije por privado, te aseguro que es un gran honor para mí que te hayas creado una cuenta gracias a esta historia me hace mucha ilusión que te pegaras hasta las 5 de la mañana sin poder despegarte de la pantalla, aunque lo siento por tu sueño jejeje. Y te agradezco la pedazo de crítica constructiva que me has dejado, me encanta conocer la opinión y los consejos de todos los que me leéis. Yo confieso que tampoco me había leído el libro antes de ver la película eh xD
Respecto a lo de las canciones, soy consciente de que abuso un poco de ellas, tal vez sea influencia de que me encantan los musicales y siempre me imagino la vida con una banda sonora detrás. Pero entiendo que a veces se hace un poco pesado o que algunas canciones las meto un poco con calzador, así que intentaré controlarle con eso :)
Me alegra oír que haya conseguido caracterizar bien a Thorin. Me parece un personaje entrañable pero algo complejo de manejar. No quiero hacerle demasiado frío ni demasiado blando, tiene una personalidad dura porque ha sobrevivido a muchas desgracias, pero en el fondo tiene su corazoncito. A Thranduil me costaba un poco imaginármelo sólo por las descripciones del libro, pero creo que poco a poco le he cogido el punto al personaje. Siento haberlo descrito tan capullo xDDD aunque como dices, yo creo que también es un personaje atrayente. :) Tengo ganas de verlo en las películas.
Yo también habría deseado tener mas película para basarme xD porque el trabajo de Jackson y de todo su equipo es impresionante. Pero bueno, tendré que estrujar un poco más mi imaginación y ya está, además así puedo adaptar la historia a mi voluntad jejeje.
¡Me encantaría leer la historia de tu personaje! :) ¡Qué maja! Ayudando a Thorin y a Iriel a que se queden juntos ^^
Odio a G.R.R Martin XDD asi que tranquila, no tengo ninguna intención de seguir sus pasos, no me gusta que se carguen a mis personajes favoritos de las historias, y menos de forma tan ruin, si mueren, al menos que sea un poco honorablemente y con justificación...
En fin, espero que el resto de la historia te acabe gustando tanto como lo que ya has leído ;)
Lynlia: Sí, el final del capítulo ha sido un poco locura y masacre. A continuación veremos cómo se las apañan.
Bueno, después de los parrafones de respuesta a los comentarios, aquí os dejo el siguiente capítulo. Siento haberme retrasado un poco esta semana.
¡Espero que os guste y que comentéis todo lo que se os ocurra!
*~~~~* CAPÍTULO 25: UN CAMBIO DE PLANES *~~~~*
El sol apareció tímidamente en el horizonte, titubeando con los primeros rayos del alba. Tras una violenta noche de tormenta, la calma parecía abrirse paso en aquel nuevo día, dejando atrás los amargos estragos que la noche había dibujado.
En la ciudad, una pequeña habitación, llena de gente que iba y venía, cesaba su actividad. Había sido una intensa noche de trabajo, las velas de los candiles se habían derretido dejando huella de los interminables minutos que habían transcurrido bajo su llama. Los que habían estado atendiendo a los heridos salieron fuera de la habitación, cansados, dejando que varias mujeres les relevaran para encargarse de las curas y los cuidados. Thorin se acercó a ellos nada más verles aparecer, suplicando con la mirada una respuesta sincera. El más anciano le invitó a que le acompañara a otra habitación más cómoda, mientras se servía una infusión de hierbas que endulzó ligeramente el ambiente con su aroma y pareció calentar la sala con su vapor.
Kíli acudió rápidamente a aquella habitación, también había pasado toda la noche en vela, junto a Balin, preguntándose lo que ocurría al otro lado de las paredes. Su rostro mostraba unas profundas ojeras surcadas por los restos de lágrimas que el joven enano había derramado por su hermano, preguntándose si volvería a ver su sonrisa, sus rubias trenzas, su ceño fruncido cuando le llevaba la contraria, su brillo en los ojos cada vez que llevaban a cabo alguna de sus travesuras cuando los demás no les prestaban atención. No sabía que sería de él si el joven enano le abandonaba. ¿Cómo lo soportaría? ¿Cómo podría seguir respirando si perdía su otra mitad?
Al otro lado de la puerta, Bilbo escuchaba a hurtadillas, no se atrevió a entrar allí porque no se creía capaz de encajar una mala noticia y todavía menos si veía los destrozados rostros de los enanos al escucharla. Se quedó allí, temblando, esperando la información que anhelaba a la par que temía. Con el corazón en un puño, sintiendo que la sangre se le congelaba en la garganta, igual que todos los demás, escuchó lo que el anciano les explicaba.
- Veamos, el joven enano ha tenido bastante suerte. Recibió un fuerte golpe en la cabeza que le hizo perder el sentido, pero eso fue todo, no parece tener hemorragias internas ni ninguna secuela, no obstante le vigilaremos de cerca durante las primeras horas, por si acaso.
Kíli sintió varias lágrimas resbalando por su mejilla, el peso que le oprimía el pecho pareció deshacerse de golpe.
- Los cortes de su piel no eran graves. Hemos suturado los más profundos para acelerar la cicatrización, pero ninguno comprometía ninguna estructura vital. Se recuperará pronto.
El joven príncipe fue a abrazar a su tío y hundió la cabeza en su pecho. Thorin le apretó con fuerza contra él, intentando frenar sus propias lágrimas. Sin embargo, al ver sollozar a su sobrino, decidió olvidar su fachada de guerrero y dejar de poner resistencia a sus sentimientos. Las lágrimas brotaron silenciosas a través de sus ojos azules, estrechó a Kíli con cariño entre sus brazos, como a un hijo, pues era así como siempre los había querido. Sus lazos de sangre y su amor por ellos les unían como si realmente lo fueran, y es que si algo le hubiera pasado a Fíli, Thorin lo habría sentido como si le hubieran arrancado una parte de su ser. Allí se quedaron unos instantes en silencio, dándose alivio y consuelo el uno al otro, tras aquella noche interminable que les había hecho sufrir tanto. El anciano se calentó las manos con la infusión y su líquido le reconfortó la garganta. Sonreía por su trabajo bien hecho, por ver la alegría en los rostros de aquellos enanos, su profesión le concedía aquella recompensa de vez en cuando.
Sin embargo, a pesar de la sensación de felicidad que le envolvía tras escuchar la noticia, otro oscuro miedo pesaba en el corazón del rey enano, uno que le quemaba por dentro haciéndole sentir como si se ahogara en un mar de fuego. Su cuerpo se volvió rígido al volver a pensar en ello, Kíli vio cómo los músculos de su tío se tensaban bajo su cuerpo. Sintió cómo su garganta luchaba por emitir sonido, como si algo le impidiera hablar. Finalmente su nuez se contrajo tragando saliva y escuchó su voz profunda.
- ¿Y… y la mujer?
Nada más pronunciar la pregunta que llevaba atormentándolo desde que la vio aparecer por la plaza, cubierta de sangre, pálida, con el rostro contraído por el dolor, tan diferente de su deslumbrante y cotidiano gesto, su inocente sonrisa y el brillo de sus ojos; Kíli sintió los latidos del corazón de su tío como nunca antes los había sentido, golpeando su pecho violentamente, intentando abrirse paso como un grito de batalla. A él también se le congeló la sangre en el pecho, su mente se había concentrado en su hermano, pero su compañera también había resultado gravemente herida. Se separó de los brazos de su tío y miró al anciano.
La sonrisa en el rostro del anciano se había borrado. Sus arrugas mostraron un semblante preocupado, que intentaba hallar la mejor forma de empezar a hablar.
- La situación de la mujer es algo más delicada. – Decidió empezar con las buenas noticias. – Las heridas de su cuerpo no eran graves, la mayoría eran superficiales, aunque las hojas que penetraron su piel eran algo hoscas, por lo que hemos desbridado los bordes, por precaución, limpiando cualquier noxa que pudiera provocarle una infección. Todas las heridas han sido suturadas con éxito. Sin embargo… no son las heridas lo que más nos preocupa.
- ¿Y entonces? – preguntó Thorin.
- Le inyectaron algún tipo de veneno que no conocemos muy bien. Esa sustancia dañina se diseminó rápidamente por su cuerpo, sin que tuviéramos forma de extraerla. – Ambos enanos se miraron con preocupación. – Le hemos administrado todos los antídotos que conocemos, con la esperanza de que alguno haga efecto. Ahora mismo… sólo podemos esperar que su propio cuerpo sea quien venza al veneno.
Al escuchar aquella información, Thorin dio media vuelta inmediatamente, en dirección a la puerta. La abrió de golpe, casi golpeando a Bilbo que seguía escuchando tras ella. A grandes zancadas atravesó el pasillo y abrió bruscamente la habitación donde descansaban los heridos, asustando a las mujeres que les cuidaban allí por la impetuosa y abrupta intromisión. Vio el cuerpo de su sobrino descansando tranquilamente a un lado, con las heridas vendadas. En el otro lado de la habitación se encontraba Iriel sobre una cama de madera. Las mujeres habían limpiado su cuerpo de la tierra y la sangre seca de la batalla. Sus brazos, sus piernas y su pecho estaban cubiertos con vendas blancas, en algunas se transparentaba algo de la sangre que apenas brotaba ya. Habían apartado sus ropas de cuero para curarla y la habían vestido con un camisón sin costuras, para no apretar los cortes, de color azul celeste, a juego con sus ojos, que ahora se encontraban cerrados. Tenía un pañuelo mojado sobre la frente, su rostro y su cuello perlados por el sudor de la fiebre. Respiraba rápidamente, con los labios entreabiertos mientras su pecho subía y bajaba atropelladamente. Una de sus manos descansaba sobre el colchón y la otra estaba doblada sobre su vientre. Thorin se agachó a su lado y tomó la mano que descansaba sobre su cuerpo, al hacerlo, sintió que el cuerpo de la chica estaba temblando. La llamó suavemente pero la chica no respondió. En su lugar escuchó una voz a su espalda.
- La hemos sedado – dijo el anciano, que había seguido al enano tan rápido como había podido. – Le administramos un mórfico para evitar que sufra y para que su cuerpo derive toda su energía hacia sus funciones vitales. Estamos intentando controlar la fiebre con paños fríos y ciertos remedios medicinales. La chica necesita descansar. – Dijo señalando la puerta para que el enano abandonara la sala.
Thorin volvió a mirarla, sin soltarle la mano.
- ¿Cuánto tiempo?- preguntó sin rodeos - ¿Cuándo sabremos si su cuerpo puede vencer al veneno?
El anciano se detuvo unos segundos para meditar la respuesta.
- Las primeras horas son críticas, si el veneno no acaba con su vida en las primeros dos días, tendrá una oportunidad – comenzó a mesarse la barba – sólo en ese caso sabremos que su organismo es más fuerte que el tóxico y comenzará a recuperarse.
Thorin cerró los ojos. A pesar del dolor que oprimía su pecho al conocer la noticia y al observarla en aquel cruel estado, una tenue sensación de seguridad emergió despacio en medio de la agonía, como una corazonada de esperanza. Había subestimado a aquella mujer en demasiadas ocasiones. Día tras día, ella le había demostrado todo lo que era capaz de hacer, todos los obstáculos que podía de superar, todas las habilidades que escondía bajo su inofensiva apariencia.
No, no podía estar equivocado. Esto sólo era una prueba más, una que superaría con éxito, sin lugar a dudas. O al menos eso fue lo que se obligó a creer, lo que necesitaba pensar para no volverse loco en aquel momento. ¿Por qué su vida era tan injusta? ¿Por qué los dioses se empeñaban en arrebatarle una y otra vez todo lo que de verdad amaba? Se negaba a creer que fuera a perder de nuevo, delante de sus narices, en la más absoluta impotencia, lo que ocupaba sus pensamientos y su corazón. Agarró la temblorosa y débil mano de la chica con sus poderosas manos, intentando transmitirle su fortaleza y anunció:
- En ese caso permaneceré aquí durante ese tiempo.
El anciano abrió los ojos con intensidad, intentando contradecirle, pero antes de que pudiera articular palabra, el enano volvió a responder, con una voz firme y autoritaria.
- No pienso dejarla sola mientras lucha contra la oscuridad.
La firmeza de su voz y su mirada fueron suficientes para que nadie en aquella habitación fuera capaz de replicarle. El anciano asintió con la cabeza y se marchó. Una de las mujeres, conmovida por aquellas palabras, acercó una silla de madera junto a la cabecera de la cama, para que el enano pudiera descansar en ella. Allí se acomodó el bravo guerrero, sin moverse, sin apartar la mirada de su rostro, mientras los minutos pasaban lentamente como gotas de agua.
En la inmensidad del bosque, en un lugar profundo y tenebroso donde la luz del día no se atrevía a penetrar, se encontraba un aterrador orco de cabellos rojizos. Tenía la piel pálida y los ojos azules inyectados en sangre. Varias cicatrices surcaban su rostro, protegido parcialmente por los restos de una armadura quebrada y atroz. Sostenía una feroz maza de tres puntas que asemejaban a la columna y las costillas de alguna bestia inhumana. Olfateaba el ambiente, en busca de sangre y malas noticias. Escuchó los pasos de sus seguidores e infló sus pulmones para absorber ese hedor de muerte que siempre portaban y que le resultaba tan placentero. Dos orcos flacuchos, cubiertos de sudor y mugre, aparecieron ante él, sin aliento. El orco pelirrojo les miró impasible, esperando una respuesta que le satisficiera.
- Amo Bolgo, cumplimos con el plan previsto, tal y como nos ordenó.
- ¿Y bien? – Dijo mirando a sus alrededores con un gesto de superioridad - ¿Dónde están sus cadáveres?
Los orcos dieron un paso atrás, temiendo la reacción de su líder.
- No los tenemos Señor, los elfos… - Bolgo rugió al escuchar esa palabra, sus súbditos rápidamente se encogieron y se apresuraron a contestar - ¡Nos atacaron por sorpresa, mataron a la mayoría de la legión, pero aun así conseguimos acabar con la indeseable escoria de los enanos! La mujer cayó en la emboscada, los trasgos la envenenaron – dijo uno riendo malévolamente – a estas horas ya estará muerta, igual que el joven enano.
Bolgo sonrió mostrando sus pérfidos y retorcidos colmillos.
- Excelente, estoy seguro de que mi padre os recompensará por lo que habéis hecho.
La pareja de orcos dejó de temblar y respiraron aliviados, se acercaron al gran orco y entonces, con un movimiento fugaz y letal, les atravesó el pecho con las espinas de su maza, manchando la hierba con su sangre infecta. Los orcos le miraron implorantes, ahogándose con la sangre negra que emergía burbujeante de sus gargantas, exhalando su último aliento.
- Lamentablemente, yo no soy él. – Concluyó con una mirada fría y cruel, apartando los cadáveres con el pie, y dando media vuelta, desapareció entre las sombras y la espesura.
Horas más tarde, Fíli se despertó, asustado, creyendo que todavía estaba rodeado de enemigos, huyendo en el bosque. La brusquedad de sus movimientos hizo que alguno de los puntos saltara, tiñendo las vendas de rojo y el enano gimió de dolor. Entonces se percató de que en realidad se encontraba en una confortable sala de enfermería, rodeado de enseres medicinales e instrumentos de curanderos. Un punzante dolor le taladraba la cabeza, se pasó la mano por allí y notó una costra seca que se había formado en la zona, bajo su pelo. Se levantó y se percató de que no estaba solo. Su tío se encontraba junto al cuerpo de la muchacha, que permanecía sin sentido, con el sonido de su agitada respiración cómo único signo de vida. Fíli corrió hacia la cama donde descansaba y se arrodilló ante ella, examinando su cuerpo. Thorin le miró con resignación, entonces decidió levantarse y salir a hablar con su sobrino. Necesitaba caminar un rato para estirar los músculos que se habían entumecido por su inmovilidad, además quería conocer con detalle todo lo que había sucedido en la emboscada y aquel no era un lugar adecuado para conversar. Apoyó su mano sobre el hombro de su sobrino y asintió con la cabeza para indicarle que iban a salir dar un paseo. Fue el único momento que se permitió dejar sola a la chica, asegurándose de que un par de enfermeras se hacían cargo de ella durante su ausencia.
Salieron de la casa, en cuyo recibidor encontraron a Kíli, que se abalanzó sobre su hermano nada más verlo, provocando que casi volvieran a abrirse sus heridas. Thorin le regañó con la mirada, aunque suavizó el gesto al verle abrazando a su hermano con verdadero alivio. Se adelantó para salir de la ciudad y sus sobrinos le siguieron. Atravesaron las puertas bajo la mirada de todos, entre cuchicheos y caras de preocupación que especulaban sobre lo que había ocurrido, algunos con acierto y otros inventando rumores. Así se retiraron a las afueras para poder hablar tranquilos. El viento mecía los cabellos de los herederos de Durin, intentando apartar la preocupante situación que pesaba sobre ellos. Thorin le pidió a su sobrino todos los detalles acerca del ataque. Fíli relató la emboscada lo mejor que pudo, aunque su relato se detenía en el momento en el que perdió el sentido. Estaba seguro de que estaba vivo gracias a la maestría de Iriel, que le defendió de los ataques sin ceder ni un paso a pesar de las heridas, del cansancio y de la supremacía del enemigo. Se lamentaba de que ella se encontrara en tan precaria situación por su culpa, por haber tenido que quedarse junto a su cuerpo para protegerle. Dio un puñetazo contra una roca, derramando lágrimas de frustración. Thorin detuvo su brazo para evitar que volviera a destrozarse los nudillos, negando con la cabeza, haciéndole entender que no era culpa suya.
Los tres permanecieron allí en silencio. Sobraban las palabras. El rostro de Thorin era incapaz de ocultar lo que sentía, lo preocupado que estaba, lo que le dolía saber que en aquellos instantes ella se encontraba al borde de un resbaladizo acantilado, entre la vida y la muerte. Kíli y Fíli se miraron. Ellos también sentían un profundo cariño por su compañera y estaban muy contentos de que hubiera sido precisamente ella la única capaz de penetrar en el gélido corazón de su tío. Él había estado a su lado desde que nacieron, lo sabían todo de él, sabían que su coraza de guerrero sólo era un escudo que se había obligado a crear para afrontar sus responsabilidades, para protegerse de los que le hacían daño. Conocían los verdaderos sentimientos de Thorin, siempre los había mimado y protegido como un padre, les había enseñado todo lo que sabía, había jugado con ellos, les había renegado en sus diabluras, les había consolado en sus problemas y en sus noches de pesadilla, les había enseñado a luchar y a comportarse como honorables enanos que harían sentirse orgulloso al mismísimo Durin. Se sentaron a su lado y cada uno apoyó su mano sobre su hombro.
- Saldrá de esta, estamos seguros. – Dijo Fíli mostrando una media sonrisa.
- Ha llegado hasta aquí gracias a sus propios méritos, puede superar algo como esto. – Añadió Kíli.
Thorin suspiró, cruzó los brazos y agarró las manos de sus sobrinos que descansaban sobre sus hombros, apretándolas con fuerza. Cerró los ojos y sintió un par de lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas. Agachó la cabeza para que sus cabellos cubrieran su rostro.
- Está comenzando a llover…
Sus sobrinos observaron el radiante sol que iluminaba el cielo y las gotas que mojaban el suelo bajo los pies de su tío, a causa de las lágrimas.
- Tienes razón. – Asintieron.
Permanecieron allí al menos media hora, hasta que Thorin secó sus lágrimas y decidió que ya era hora de volver. Cuando estaban a punto de entrar en la ciudad, se toparon con dos elfos, una mujer de cabello cobrizo y un elfo rubio. Los cinco se detuvieron en seco al encontrarse con el otro grupo. Tauriel intentó romper el hielo sonriendo al reconocer al enano rubio.
- Nos alegra ver que ya te has recuperado de tus heridas.
La suave voz de la elfa hizo que Fíli recordara fragmentos de un sueño. Recordaba esa voz, ese aroma, el trote de los caballos alejándose del bosque, breves palabras de una conversación. A pesar de encontrarse inconsciente, había percibido lejanamente parte de lo que sucedía a su alrededor. Aquellos dos elfos les habían salvado la vida.
- ¡Vosotros! Vosotros abatisteis a los orcos y nos sacasteis de allí, ¿verdad?
Tauriel asintió. Légolas les miró sin inmutarse, sin mostrar ninguna emoción en su imperturbable rostro que escudriñaba sus reacciones, a la defensiva.
Thorin se quedó mirándoles, sorprendido por lo que su sobrino acababa de decir. ¿Los elfos habían acudido al rescate? En ese momento el rey enano hizo algo que asombró a los presentes, pues ninguno esperaba este gesto viniendo de él. Thorin agachó la cabeza ante ellos.
- Os agradezco profundamente que los salvarais de aquel peligro. – E inclinándose aún más, añadió. – Soy Thorin Escudo de Roble, hijo de Thráin, hijo de Thrór, a vuestro servicio.
Légolas cruzó los brazos y le devolvió el saludo cortésmente aunque con frialdad, presentándose también, consciente de la reacción que provocaría su ascendencia.
- Légolas Hoja Verde, hijo de Thranduil.
Al oír aquel nombre Thorin se levantó rápidamente, recobrando su postura erguida, mirando desafiante a aquel elfo rubio, con una mirada gélida en la que ya no quedaba ni pizca del agradecimiento que les había confesado. Ahora que lo observaba con detenimiento sí que fue capaz de ver las facciones que los asemejaban. Sus ojos celestes, su níveo rostro, su estilizada nariz, su cabello liso y brillante como el sol. Ambos se mantuvieron la mirada, analizándose el uno al otro, esperando quién de los dos atacaría primero. Thorin frunció el ceño y pronunció con desprecio.
- Así que tú eres su hijo.
- Veo que conocéis a mi padre.
- Créeme que desearía no conocerlo.
- ¿Por eso decidisteis encerrarle en sus propias mazmorras? – Gruñó el elfo, que ya había callado la ofensa durante bastante tiempo. Dio un paso hacia el enano, desafiándole desde su gran altura, exigía una explicación - ¿Después de recibiros como a sus invitados?
- ¿Invitados? – Rugió Thorin irritado, dando otro paso más hacia él, sin dejarse intimidar por la diferencia de tamaño - ¿Esa es la patética sarta de mentiras que os han contado? ¡Él nos encerró primero!
- ¿Y por qué iba a hacer eso mi padre?
- ¡Por la misma razón por la que nos dio la espalda cuando se topó con el dragón delante de sus narices! ¡Porque siempre ha sido una sucia rata cobarde!
- No fue la cobardía la razón por la que no se adentró en la montaña. Fue su ilustre sabiduría. – Dijo Légolas agarrando al enano por las solapas de la camisa, tras unos tensos instantes de batalla de miradas, en los cuales Thorin traspasó al elfo con la mirada más gélida que fue capaz de expresar. Al sentirse atacado, dio un golpe brusco para liberarse de aquel insolente acercamiento, no iba a permitir que nadie le tratara de aquella forma y menos un elfo. El resto de los presentes intentaron inmiscuirse en aquella disputa, separándolos, pues aquella discusión se había acalorado demasiado.
- ¿Sabiduría? – Escupió – No me hagas reír. En mi pueblo a eso lo llamamos traición. Mi abuelo estableció una alianza con él para que ambos pueblos acudieran si el otro se encontraba en peligro, pero él no lo hizo.
Thorin hervía de rabia. Sus sobrinos le miraron preocupados, pues veían un enfrentamiento inminente. Fíli intentó intervenir, al fin y al cabo le habían salvado la vida. Al ver que aquella conversación no iba a llegar a ningún lugar, Thorin dejó al elfo a un lado y se alejó hacia la enfermería. Ya había escuchado bastante y no estaba de humor para aquel juego. Sin embargo, Légolas no había dado por concluida la conversación. Thorin oyó la voz del elfo a su espalda y detuvo su avance.
- No hubo traición alguna. Él acudió a la llamada en cuanto supo que todos estabais en peligro. Convocó a sus mejores soldados para ir a vuestro rescate. Pero cuando llegó, los que habíais sobrevivido ya estabais atravesando las puertas y los que habían quedado atrás, ya habían abandonado este mundo. ¡Él fue allí para rescatar vuestras vidas, no vuestro estúpido oro ni vuestros orgullosos salones! ¿Quieres saber por qué dio media vuelta? Porque te vio saliendo de entre los escombros, sano y salvo. Eso era lo único que le había llevado hasta aquella masacre, la misión de rescatar a tu linaje. Así pues, si aquella tarea ya estaba resuelta, no le quedaba más que hacer allí, salvo llorar a los muertos.
Tras escuchar el final de su alegato, Thorin volvió a iniciar la marcha sin ni siquiera girarse para mirarle ni replicarle nada más. Caminó apretando los puños, rememorando las palabras del elfo. No creía ni una palabra de todo aquello, de sus supuestas buenas intenciones. Thranduil no les ofreció cobijo en sus dominios, no les brindó ayuda para curar a los heridos, no les ayudó a establecer un nuevo hogar, no apareció a las puertas de Moria para defenderles de la invasión de los orcos. No eran más que vanas palabras que intentaban justificar su abandono, Thranduil no había hecho por ellos nada en absoluto. Nunca iba a cambiar de opinión respecto a aquel día y por supuesto, nunca perdonaría al Rey Elfo.
Con estos pensamientos llegó a la enfermería, y en cuanto entró en la habitación toda su frustración se evaporo. Allí estaba Iriel, sin ningún cambio, de nuevo luchando por continuar con vida, respirando entrecortadamente. Se acercó a ella y le tocó la frente. Ardía. Una mujer se acercó para cambiarle el paño humedecido que ya se había secado. Escurrió un nuevo pañuelo empapado sobre la cara y el cuello de la chica, intentando refrescarla de esta forma. El enano se ofreció para ayudar en la tarea. Sumergió otro pañuelo en un barreño de agua e intentó refrescar el cuerpo de la chica con él, mojando su piel de esta forma. La mujer decidió dejar la tarea al enano, que tan cariñosamente la cuidaba, y abandonó la habitación para dejarlos a solas, sabía que el enano agradecería un poco de intimidad. En todos los años de su vida en aquella ciudad, pocas veces había visto un amor tan sincero y profundo como aquel, la ternura y la preocupación con la que la miraba no podían describirse con palabras, aquel sentimiento tenía que ser presenciado. Una vez a solas, y tras refrescar su cuerpo lo mejor que pudo, Thorin volvió a sentarse a su lado y la escuchó gemir entre delirios, mientras su cuerpo temblaba. Besó su frente, entrelazó su mano con las suyas, y se acomodó a su lado, dispuesto a permanecer junto a ella toda la noche y las que hicieran falta.
La oscuridad la envolvía, una ardiente y penetrante oscuridad. Sentía deseos de gritar, pero su voz no sonaba en aquel lugar, quería quebrar las ligaduras que la aprisionaban, clavándose en su carne, pero no tenía fuerzas. Sentía un incesante dolor atravesando cada parte de su cuerpo, quemándola por dentro, como si la aplastara desde el interior. Tuvo la sensación de que algo la arrastraba hacia las profundidades, una fuerza invisible que la empujaba inexorablemente. Sintió una soga amarrándose a su cuello, impidiéndole respirar, como si tuviera que vencer el peso de una montaña para hacerlo. Quería llorar y librarse de aquel sufrimiento que no parecía tener fin, escapar de aquel infierno, pero no sabía cómo.
Finalmente Iriel se percató de que cuanto más se resistía, más agónico era su tormento. Por más que lo intentara, era incapaz de vencer aquella sensación que cada vez la arrastraba más y más hacia un oscuro pozo. Durante un instante estuvo a punto de ceder, estuvo decidida a rendirse ante aquel dolor que no cesaba, ante aquella oscuridad que la había apartado de todos los suyos. Se sentía completamente sola y tenía miedo.
En ese momento sintió una débil fuerza estrechando su mano. Tenue pero cálida. Un pequeño brillo dentro de la oscuridad, como una pequeña estrella que despierta en el firmamento tras una noche tétrica, recordando que existe esperanza en algún lugar, a pesar de la adversidad. Aquella presencia intentaba tirar de ella hacia la superficie, débil pero constantemente. En ese momento comprendió que no estaba sola.
Esa sensación cálida hizo cambiar algo en su interior, como si de pronto se hubiera despertado un huracán en él. Una vorágine de sensaciones inconexas se mezclaba en su interior, permitiéndole sentir cosas imposibles. Comenzó a escuchar los colores, pues no podía verlos, a sentir las palabras acariciando su piel, algunas más suavemente que otras. Un perfume se dibujó ante ella, uno que conocía muy bien. Era el aroma de un corazón castigado, el de una voluntad tan férrea como una montaña, el deleitante olor de unos cabellos tan negros como la oscuridad que la envolvía. Sabía que Thorin estaba allí, a su lado, aunque no pudiera verle. Eso era todo lo que necesitaba. Cogió aire con toda la profundidad de sus pulmones, a pesar de que el aire hirviendo le escocía por dentro y empezó a caminar hacia adelante y hacia arriba, intentando abrirse paso entre las tinieblas, intentando romper las ataduras siniestras que le dificultaban su escapatoria de aquel abismo. A pesar de que el ardor y el dolor no habían menguado ni un ápice, su determinación había cambiado. Sabía que había algo al otro lado de aquel sufrimiento. Caminó durante un tiempo que se le hizo interminable, hasta que finalmente, al límite de sus fuerzas, encontró una luz al final del camino.
Iriel volvió al mundo lentamente. Al recuperar la consciencia comenzó a sentir todo el dolor que recorría su deteriorado cuerpo. Sin embargo aquel dolor era diferente del de su pesadilla, aquel dolor era soportable. Le dolían todas las articulaciones, como si hubiesen golpeado todos y cada uno de sus huesos. Le escocían algunas de sus heridas. La temperatura de su cuerpo seguía siendo elevada, pero ya no quemaba como el fuego. Sintió un peso en su vientre y en su mano. Abrió los ojos lentamente, como si sus párpados pesaran. Sonrió al ver la cabeza del enano apoyada en su cuerpo, dormido, mientras su mano seguía entrelazando la suya.
Amaba a ese enano con todo su corazón, él era el motivo por el que había conseguido salir de aquella pesadilla. Con gran esfuerzo intentó levantar su brazo y acercarlo lentamente hacia la cabeza del enano, acariciando sus cabellos. Al sentir su contacto, el enano rápidamente se despertó. Una sensación indescriptible se apoderó de su pecho al verla despierta, junto a él, intentando disimular el dolor que sentía, tan frágil, tan dulce. Acercó los labios a los suyos para recibirla.
- Nunca vuelvas a hacerme pasar por esto. – Le susurró.
Tras escuchar voces y movimiento en aquella habitación silenciosa, los médicos entraron rápidamente, casi sin dar crédito a lo que veían, ninguno de ellos creía que la chica fuera a superar el letal efecto del veneno, aunque deseaban que así fuera. Thorin se marchó para dejarles hacer su trabajo. A las puertas se encontró con Balin, que había estado todo el día reunido con el resto de la Compañía, inquieto por la situación, aunque estaba muy preocupado por la chica, el tiempo se les estaba acabando y no podían demorarse mucho más en aquella ciudad de hombres. Balin conversó con él acerca de la necesidad de su inminente partida, no sabía la fecha exacta del Día de Durin, sólo que se produciría a lo largo de aquella semana. Thorin lo sabía y ya había tomado una decisión al respecto. Ahora que sabía que la vida de Iriel se encontraba fuera de peligro, podía proseguir hacia su verdadero objetivo. Al amanecer partiría hacia la Montaña Solitaria, sin ella.
Los médicos le administraron brebajes más agresivos para bajarle la fiebre, ahora que había superado su estado crítico. Salieron a hablar con Thorin y le comunicaron que su vida no corría peligro, pero que tardaría varias semanas en recuperarse completamente, como él ya se había imaginado. La dejó descansar aquella noche y tras despedirse de ella, se fue a la posada con el resto de los enanos. Apenas había comido ni dormido el día anterior, velando por ella, necesitaba descansar al menos esa noche antes de partir hacia la montaña.
A la mañana siguiente, con los primeros rayos del sol, todos prepararon sus cosas. Thorin volvió a la enfermería para explicarle el cambio de planes a Iriel, y despedirse de ella.
Iriel era consciente de que su estado iba a retrasar la expedición y de que los enanos no tenían tiempo que perder. Le dolió tener que separarse de ellos justo en el punto crucial del viaje, pero sabía que si les acompañaba sólo se convertiría en una carga para todos, y que intentar protegerla podía provocar un mal mayor. Por eso no replicó las órdenes de Thorin, aunque le dolía en el alma tener que dejarle solo ante aquel destino que le perseguía.
En el fondo Thorin se sentía aliviado. Hacía tiempo que le torturaba la idea de que ella cayera bajo las garras del dragón. Sabía que no había forma de hacerla cambiar de opinión para que no le acompañara a aquella aventura que seguramente acabaría con sus vidas. Pero esta vez, de alguna forma, el destino le había concedido su ruego. Aquel ataque de los orcos iba a permitir que ella se librara de aquella batalla suicida. Sin embargo una parte de su interior, una parte egoísta, se sentía desdichada por tener que afrontar esta empresa sin su alegre compañía, que conseguía, aunque todavía no entendía cómo, evadirle de todo el miedo que sentía e infundirle una fuerza y una determinación que necesitaba.
Se arrodilló junto a la cama y volvió a ponerle el Anillo de las Bestias.
- Espero que puedas usar esto para hacerme saber que estás bien.
Iriel asintió con la cabeza, mientras sus labios se fundían en un pasional beso de despedida.
Cuando el enano iba a desaparecer por la puerta, Iriel lo llamó por última vez.
- Thorin… prométeme que volverás.
El enano sintió un amargo peso en el corazón. Sin atreverse a mirarla a los ojos por miedo a que sus ojos le delataran, tragó saliva y contestó dándole la espalda.
- Tengo que hacerlo, te prometí una noche especial. El heredero de Durin siempre cumple su palabra.
Y diciendo esto desapareció por la puerta. Caminó perdido entre sus pensamientos, el habitual y penetrante brillo de sus ojos se había apagado. A pesar de que deseaba con todo su ser volver a verla, había otra cosa que pesaba más que eso, una obligación de la que no podía escapar.
Recuperar el reino de Érebor.
Sabía que aunque consiguieran derrotar al dragón, era poco probable que él escapara con vida. Estaba casi convencido de que moriría por su pueblo, pero era un destino que había aceptado hacía tiempo. Sólo esperaba que Iriel fuera capaz de entenderlo.
Bilbo y el resto de los enanos fueron a la enfermería a despedirse de su compañera, intentando que no fuera una despedida triste, asegurándole que estaría invitada a la fiesta más impresionante que hubiera conocido nunca, en medio de los imponentes salones de Érebor. Iriel les deseó mucha suerte a todos y les prometió reunirse con ellos en cuanto se hubiera recuperado.
Todos partieron aquella mañana, en dirección a la Montaña Solitaria.
