Nota: La historia le pertenece a la escritora española Josephine Lys, solo adapte la historia para los personajes de Candy Candy que le pertenecen a pertenecen a la escritora Kyoko Mizuki, la dibujante Yumiko Igarashi y Toei Animation. también aparecen algunos de los personajes originales de la historia.

Capítulo 24

candy estaba nerviosa y no por ir en un coche en plena madrugada por Londres, sino por la persona a quien iba a ver. Se había escabullido por la puerta de atrás del local de Madame Vale cuando le dijo que ya no necesitaba sus servicios por esa noche. Había tomado un coche y le había dicho que quería ir a casa del Duque de Grandchester. Había esperado que el cochero supiera ir sin tener que explicárselo y así había sido, aunque la mirada de escepticismo y la sonrisa torcida que había dejado entrever dos dientes podridos le decían que creía que estaba loca de atar. La verdad es que no lo culpaba. Con su atuendo, todavía disfrazada como lo estaba en la casa, el hombre pensaría que era una lunática, porque si no, ¿cómo se explicaba que quisiera ir a casa de un duque una mujer como aquella?

Cuando llegaron, Candy le pagó al cochero, que no esperó ni dos segundos antes de abandonar el lugar. Candy miró la fachada de aquella hermosa casa. Era impresionante. Varios escalones la separaban de la puerta de color negro con una aldaba de bronce. La fachada blanca con dos columnas a los lados la hacía elegante y majestuosa. Algunas ventanas iluminadas en el piso inferior le sugerían que parte de la familia aún no se había retirado. Las manos le sudaban cuando llamó a la puerta. Unos pasos rápidos se escucharon al otro lado antes de que le abrieran y la cara algo asombrada de un mayordomo apareciera detrás de la puerta.

—¿Que desea? —le preguntó con claro desdén.

—Deseo ver a lord Grandchester Baker.

—No hay nada que podamos hacer por usted, y ahora si es tan amable de marcharse... —le dijo mientras intentaba cerrar la puerta de nuevo.

—Espere —dijo Candy introduciendo su cuerpo por la apertura de la puerta, con lo que el mayordomo cayó hacia atrás.

—Esto es inaudito —dijo el mayordomo totalmente enojado, mientras se levantaba y se acercaba a Candy para sacarla de allí. Estaba claro que aquel hombre no tenía intención de informar a nadie de su llegada. Estaba convencido de que era una vagabunda y Candy no estaba dispuesta a que la echaran sin antes hacer lo que se había propuesto. Sacó el estilete de su vestido y apuntó con él al mayordomo. El pobre se puso pálido, y tartamudeó en un intento por aplacarla.

—No me voy a ir de aquí hasta que llame a lord Grandchester Baker, a no ser que quiera que me ponga nerviosa.

—C... claro, s... señora.

—¿Candy?

—¿Pero qué demonios...?

Candy abrió los ojos al ver a su tía Maria. ¿Qué hacía allí? ¿Y quién era ese hombre que había maldecido al verla?

—Por Dios, Candy, deja de apuntar al pobre Darrows con ese cuchillo si no quieres que se nos muera del susto —dijo Pauna saliendo detrás de ese hombre. Adiós a su intención de pasar inadvertida. Su tía la había descubierto debajo del disfraz y ahora no podía hacer nada por negarlo. Guardó el estilete antes de disculparse con el azorado mayordomo, que parecía a punto de desmayarse.

—Hemos estado buscándote por todas partes —le dijo su tía mientras la abrazaba—. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué te fuiste?

—Sí, jovencita, eso estuvo francamente mal. Debías haber confiado en nosotros —le dijo Pauna.

—No tuve más remedio. Pero... ¿cómo es que estás aquí? —le preguntó a su tía.

—Creo que sería mejor que le diéramos tiempo para refrescarse y cambiarse antes de obtener respuestas —dijo el hombre imponente que no hacía más que mirarla fijamente, de una manera extraña.

—Sí, creo que eso será lo mejor.

—Desde luego —dijo una voz masculina a sus espaldas. Era una voz que ella conocía demasiado bien y que hizo que las piernas le temblaran. Sus ojos fríos y duros la miraban con furia.

Terry se acercó a ella lentamente hasta quedar a un metro de distancia.

—He venido a hablar con vos —le dijo Candy intentando que su voz sonara clara y sin ningún tipo de emoción.

—Y vas a hacerlo, de eso que no te quepa duda.

Candy sintió que se enfadaba por momentos, ese hombre arrogante...

Ambos se quedaron mirándose en un silencio casi insoportable.

—Te quiero aquí abajo antes de un cuarto de hora.

—Vendré cuando haya acabado de cambiarme.

Una risa proveniente del hombre desconocido hizo que Candy lo mirara.

—Tómate el tiempo que haga falta —dijo Christopher.

Candy no lo había visto hasta ese momento.

—Gracias —le dijo con una sonrisa.

Pauna acompañó a Candy y a su tía al piso de arriba. Aquella noche iba a ser muy larga. Nunca pensó que las cosas saldrían así. Iba a avisar a Terry y después pensaba marcharse, jamás imaginó que toda la familia estaría levantada para darle la bienvenida.

Annie salía de su habitación cuando vio a las tres mujeres por el pasillo.

—¿Pero quién es? —Annie se quedó paralizada. Esos grandes ojos verdes solo podían pertenecer a una persona y esa era Candy. Corrió hacia ella y la abrazó hasta dejarla casi sin respiración.

—Me tenías muy preocupada, y estoy francamente enfadada contigo. ¿Cómo pudiste dejarnos con tan solo una nota como despedida?

Annie fruncía el ceño, pero su sonrisa desmentía su enojo.

Las cuatro entraron en la habitación mientras la acosaban a preguntas. Las había echado mucho de menos, y allí, con todas las preguntas y reprimendas de las que estaba siendo objeto, solo podía pensar en una cosa: que la querían, que se preocupaban por ella. Eso la emocionó en lo más profundo.

—¿Dónde has estado? —le preguntó Pauna por cuarta vez.

—En un burdel —contestó Candy como si nada.

Eso hizo que todas se pararan en seco. A Annie se le cayeron las toallas que había tomado para el baño de Candy, su tía Maria había estado a punto de caerse de la silla en la que iba a sentarse y Pauna se había aferrado al dosel de la cama como si las piernas hubiesen decidido no sostenerla. Tres pares de ojos tan abiertos que temía que se salieran de sus órbitas la miraban sin pestañear.

—Candice White —le dijo su tía que parecía haber recuperado la voz—, espero que eso haya sido una broma.

—No tía, no es una broma. Pero no es lo que están pensando, así que tranquilícense.

—¿Que nos tranquilicemos? Nos dices que has estado en un burdel durante una semana al menos y ¿quieres que nos tranquilicemos? Annie, ve a buscar las sales.

—Esperen que les explique, pero antes por favor si no les importa me gustaría hablar un momento con mi tía.

—Querida, lo sabemos todo —dijo Pauna alzando la ceja izquierda.

Maria asintió con la cabeza.

—No sabía nada de ti, ni dónde estabas, ni si estabas bien..., así que tuve que tomar una decisión.

Candy miró a aquellas tres mujeres que expresaban en el rostro toda su preocupación.

—Está bien, lo comprendo, además siempre quise deciros la verdad —le dijo Candy a Pauna y Annie que la miraban atentamente—, pero no podía y eso me estaba martirizando por dentro. Lo siento. Siento haberos mentido, pero...

—No tienes que decir nada más —dijo Pauna con aire resuelto—. Entendemos perfectamente lo que hiciste y por qué, aunque no voy a negar que nos duele un poco que no confiaras en nosotros. No sabías si conocíamos a lord White o si teníamos alguna relación con él. Así que basta de disculpas y remordimientos. Lo importante es que estás aquí, con nosotros, y que estás bien, y ahora date ese baño, porque después tendrás que contestar a todas las preguntas que esos hombres que esperan ahí abajo están impacientes por hacerte.

—Ahora que hablas de ellos. ¿Quién era ese hombre imponente que estaba con vosotras?

Pauna miró disimuladamente a Maria y ambas parecieron llegar a un acuerdo.

Es mi hermano, lord Adley —le dijo finalmente Pauna—. Ha venido a pasar una temporada con nosotros.

¿Era el padre de Meredith, no?

—Así es —dijo Annie con una chispa de tristeza en los ojos.

—Ese tal conde de Ashford parecía bastante enfadado contigo —le dijo su tía alzando una ceja.

Candy enrojeció. Su tía la conocía demasiado bien y, aunque intentase contarle una mentira, sería imposible.

—Imagino que estará enfadado por el modo en que desaparecí —dijo intentando no mirar directamente a ninguna.

El agua ya estaba en la bañera, caliente y apetecible, y Candy no quería seguir hablando de ese tema. Sabía que tendría que enfrentarse a él cuando bajara y lo que menos necesitaba en ese momento era descubrir ante todas que estaba locamente enamorada de él.

—Pues a mí me pereció que su estado se debía a algo más que a tu modo de desaparecer —dijo su tía marcando las últimas palabras con cierta ironía.

—No sé a qué te refieres —le dijo Candy mientras se quitaba las ropas del disfraz que la hacían parecer una mujer con rollos.

—Tu tía quiere decir que está claro que Terry siente algo por ti y que no cree que no sepas de qué te está hablando.

Candy las miró intentando expresar sorpresa.

—Oh, deja ya esa cara que a mí no me engañas —dijo Pauna poniendo los brazos enjarra.

—Y a mí tampoco, Candy, tus ojos no pueden disimularlo. Estas enamorada de ese hombre, ¿verdad?

Candy miró a Annie, que intentaba disimular su risa.

—Yo ni siquiera he hablado —le dijo riendo por lo bajo al ver como Candy fruncía el cejo.

Candy se rindió ante la fuerza que constituían esas tres mujeres.

—La verdad es que no importa lo que yo sienta.

—Oh, querida, claro que importa.

—No, Pauna, no importa porque ambas sabemos cómo es Terry.

—Yo sí sé cómo es, pero creo que tú no. ¿Sabes por qué tiene esa actitud ante las mujeres y el compromiso?

Candy negó con la cabeza pensando en que no sabía si quería que se lo dijera.

—Cuando era un muchacho se enamoró de una mujer mayor y con bastante influencia. Ella jugó con él: hizo una apuesta a sus espaldas. Tenía varios amantes y Terry no lo sabía. Todos apostaron cuánto tardaría en enterarse Terry de que era el centro de un juego, de un entretenimiento para esa bruja y sus amigos. A Terry no le llevó mucho tiempo descubrirlo, no solo lo de los amantes, sino también lo de la apuesta, y planeó algo que esa arpía no esperaba. Se presentó en su casa y reclamó las ganancias de la apuesta. Dijo que había colocado su dinero, a través de un agente, a la posición que daba por ganadores a quienes sostenían que sería Terry mismo quien la dejaría. En ese instante, le comunicó que la abandonaba para siempre. Y reclamó su dinero. Esa mujer se sintió tan humillada que fue a hablar con el padre de Terry. Le contó una serie de mentiras dañinas y maliciosas. Le dijo que su hijo había hecho una apuesta sobre ella con sus amigos y que una vez que la sedujo la había humillado ante todos. El Duque de Grandchester, en vez de preguntar a Terry, creyó a esa mujer y le dio la espalda a su hijo. Terry quedó tan dolido por ello que decidió marcharse. Ellos dos nunca se habían llevado muy bien porque Terry siempre fue rebelde, no quería seguir el camino que su padre le había dictado, pero aquello fue lo que los separó definitivamente.

Candy pudo imaginar lo que debió de sufrir Terry. Era solo un muchacho y descubrió no solo que la mujer de la que se había enamorado había jugado con él, sino que como consecuencia de sus mentiras había perdido la estima y el respeto de su padre. Para alguien como Terry, el hecho de que su padre creyera a aquella mujer antes que a él tuvo que suponer la peor de las traiciones. Era normal que fuera cauto y desconfiado, además sabía que esos años que había pasado fuera del país no habían hecho sino reforzar con creces esas cualidades. Por lo que había escuchado de Pauna y de todos los que lo conocían, el muchacho que se marchó no se parecía en nada al hombre que regresó diez años después.

—Eso solo refuerza mi opinión, Pauna.

Pauna soltó un suspiro que expresaba su disconformidad.

—Estás equivocada. Sé que él siente algo por ti. Estos días no ha parado de buscarte. Ha estado furioso y preocupado, y créeme que jamás lo había visto perder los nervios de esa manera. Sin embargo, no voy a agobiarte ahora con eso. Te dejaremos sola para que te bañes y te arregles. Le diré a Darrows que te prepare algo para comer.

Candy sentía que las palabras de Pauna se repetían una y otra vez en su cabeza. "Ha estado muy preocupado, no ha parado de buscarte. Él siente algo por ti". Era demasiado peligroso creer que eso podía ser verdad, y, aunque lo deseaba con toda su alma, una parte de ella se decía que eso era solo un sueño. Además, no tenía tiempo para pensar en eso porque estaba allí por algo mucho más importante.

—Tengo que pediros un favor —dijo Candy mientras tomaba la ropa que Annie le había traído—. Necesito hablar con Terry a solas. Tengo que decirle algo muy importante, algo que le incumbe, y necesito decírselo a él primero.

Pauna y Annie se miraron frunciendo el ceño.

—¿Ocurre algo?

—Por favor, ahora no me hagan preguntas. Primero debo hablar con él.

—Está bien —le dijo Pauna—, pero no creas que no me voy a enterar de lo que sucede.

Maria soltó una carcajada antes de guiñarle un ojo a su sobrina.

—Y tú que pensabas que yo era como un sargento.

—Tía, al lado de Pauna hasta Napoleón es un santo.

—Menos mal que estoy sorda, si no, no tendría otro remedio que pegarte un buen tirón de orejas, pero me alegro demasiado de tenerte aquí como para tenértelo en cuenta. La próxima vez, jovencita, no tendrás tanta suerte.

A regañadientes, todas salieron de la habitación y dejaron a Candy con su baño y un montón de preguntas en la cabeza.

Candy se miró en el espejo. El vestido que Sarah le había dado era uno de los que había dejado cuando se marchó. Era el azul marino con mangas angostas y escote medianamente pronunciado. Se estrechaba sobre su busto más generosamente de lo que ella hubiese deseado, pero tenía que reconocer que, al lado de la ropa que había estado llevando durante los últimos días, aquello era una bendición. El cabello se lo había dejado suelto. Todavía no lo tenía seco del todo y la cabeza le dolía de tantas horquillas que había llevado para sujetarlo día y noche durante su estancia en la casa de Madame Vale. Unos golpes en la puerta le advirtieron de su presencia. Sabía que era Terry. Pauna le había dado el mensaje y, aunque no era muy ortodoxo que él entrara en aquella habitación, lo que tenía que decirle antes de bajar y encontrarse con los demás era lo suficientemente importante como para dejar de lado las convenciones sociales.

Lo sintió antes de verlo. Cuando se giró, él estaba allí. Había cerrado la puerta y la miraba como si quisiera traspasarla. La recorrió de arriba abajo con un examen tan exhaustivo que no dejaba lugar a interpretación alguna. Candy sintió que enrojecía por completo.

Lo sabía furioso y notó que no trataba de ocultarlo. No podía reprochárselo.

—Veo que Pauna te ha dicho que deseaba hablar contigo a solas.

Terry se apoyó en el dosel de la cama mientras la miraba con dureza, lo que hizo que Candy apretara la tela del vestido con la mano.

—Sí, y ha sido bastante misteriosa en cuanto a eso tan importante que debes decirme.

—Sé que estás furioso.

—¿De veras? Creo que no llegas ni a hacerte una idea.

Candy tragó saliva antes de continuar.

—No espero que me perdones, y...

—¿Y? —preguntó Terry entre dientes.

—Voy a contarte por qué he venido y me gustaría que me escucharas hasta el final antes de echarme o estrangularme o lo que tengas en mente, que por lo que veo no es nada agradable. Me marché de Cravencross porque no podía exponerme a venir a Londres siendo yo misma. Debería haber confiado en ti, pero no lo hice no porque no quisiera, sino porque no sabía cómo contarte todo lo que había ocurrido en mi vida para llevarme hasta aquel punto. Quería contártelo.

—Pero no lo hiciste.

—No. Supongo que tenía miedo de que no me creyeras. No lo sé. La verdad es que cuando llegué a vuestra casa era solo temporal. Mi tía me ha dicho que os lo ha contado todo, así que no voy a repetir otra vez la causa por la que acabé escondiéndome allí. Espero que no veas malicia en mis actos. Lo que importa es que cuando llegué a Londres ayudé a una chica en apuros y en agradecimiento me llevó a su casa. Esa casa resultó ser el local de Madame Vale.

Un gruñido parecido al rugido de un león hizo que Candy diera un paso atrás. Terry ya no estaba apoyado en el dosel de la cama sino que estaba a dos metros de ella con las piernas abiertas mirándola con una expresión que ella ni siquiera quería descifrar.

—Antes de que te dé una apoplejía, he de decirte que trabajaba allí tal y como me has visto llegar. Madame Vale me dejó ser la ayudante de las chicas. Una noche vi llegar a mi padre. Él y otro hombre llamado Lacroix, entraron en una habitación. Madame Vale los dejó allí. Era como un despacho. Yo sabía que al lado había una sala, que se utilizaba como almacén, y que comunicaba con ese despacho. Sentí curiosidad por escuchar de qué hablarían y me escondí allí.

En ese momento del relato, Candy miró a Terry y se arrepintió de haberlo hecho. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía que se haría añicos en cualquier momento.

—Lo importante es que los escuché hablar de ti y de tu socio. Mi padre le preguntó al otro hombre si ya tenía todo preparado y Lacroix le respondió que tu compañía se hundiría para siempre el viernes.

Terry estaba haciendo verdaderos esfuerzos por contenerse. Al principio, cuando Pauna le dijo que Candy quería verlo a solas, pensó que Candy iba a explicarle por qué había huido y no había confiado en él, pero lo que nunca hubiese imaginado era lo que le contó después. Había estado en un burdel expuesta a quién sabe qué peligros y después se había arriesgado de una manera intolerable para descubrir qué era lo que tramaba su padre. En ese momento tenía ganas de estrangularla por su temeridad y por hacerle pasar un auténtico calvario. La verdad era que le había dado una información valiosísima, porque Stear y él, aunque se estaban acercando, jamás hubieran descubierto la trampa antes del viernes. Quizá le había salvado la vida, pero eso no mitigaba la furia que corría por sus venas al imaginársela metida en una sala, escuchando una conversación de unos hombres que, de haberla descubierto, no hubieran tenido ningún escrúpulo.

—¿Y qué se supone que pensabas hacer después de contarme todo eso?

Candy sabía que lo que iba a decir sería la gota que colmaría el vaso, pero iba a ser sincera. No quería más mentiras entre ellos.

—Iba a marcharme. En unas semanas salía un barco hacia Venecia y esperaba ir en él.

—Vaya —dijo terry con cinismo—, ¿entonces qué se supone que fue lo que sucedió entre nosotros? Que yo recuerde hicimos el amor y tú perdiste tu virginidad.

—No hace falta ser tan grosero —estalló Candy.

—Lo siento, pero no puedo describir de otra manera lo que tú pareces tomar tan a la ligera.

—Para mí fue muy importante —dijo Candy cargada de emoción.

—¿Y por eso pensabas huir?

El tono sarcástico de su pregunta fue lo que hizo que Candy perdiera el control.

—No. Me fui porque sabía que tú no querías un compromiso y menos con una institutriz, y yo no soportaría estar cerca de ti sin...

Terry fue hacia ella y la tomó de los brazos obligándola a mirarlo.

—¿Sin...?

—¿Qué importa eso?

—Importa y mucho, Candy , me importa a mí. Me has juzgado y has llegado a una conclusión tú sola. Una conclusión que, por cierto, no me deja en muy buena posición. ¿Realmente crees eso de mí?

Candy quería decirle que sí, pero algo en su interior se lo impedía. Desde que lo conocía nunca había hecho nada de todas aquellas cosas de las que se lo acusaba. Quizá fuera un cínico, pero ella había visto otra faceta totalmente diferente. Había conocido a un hermano abnegado, a un tío cariñoso, a un hombre tierno y también a un hombre apasionado. ¿Iba a ser ella igual que el padre de Terry? ¿A quién iba a creer, a los demás o a lo que su corazón le decía?

—No, no creo eso de ti —le dijo con los ojos cargados de lágrimas.

Terry le rozó la mejilla con los dedos borrando las huellas de su tristeza. Cuando le alzó la cara dulcemente para que lo mirara, Candy vio tanta ternura y deseo en sus ojos que no pudo evitar llorar otra vez.

—Eres una testaruda, Candice White, una sabionda y un auténtico vendaval, y te amo por ello. Es cierto que nunca antes me había imaginado diciendo estas palabras, pero era porque no me había enamorado. Nunca había conocido la agonía de tener que vivir sin la persona que necesito más que el aire que respiro. Estos días he conocido ese sufrimiento y te digo que he tenido suficiente para toda una vida. No voy a permitir que te alejes de mí nunca más. Quiero discutir contigo, reír contigo y hacer el amor hasta que nuestros cuerpos estén exhaustos. Quiero estar dentro de ti y perderme en tu dulzura y quiero despertarme todas las mañanas contigo entre mis brazos. Y...

Candy temblaba de alegría y emoción. Jamás imaginó que pudiera amar tanto a alguien y que esa persona pudiera correspondería. Sin embargo, no estaba soñando y todas las palabras de Terry se le habían grabado a fuego en el pecho. Sintió que las piernas apenas la sostenían.

Le puso los dedos sobre los labios para que Terry callara.

—No pienso ir a ningún lado. No mientras viva —le dijo mientras le rodeaba el cuello con los brazos.

Terry sonrió y el amor que desprendían sus ojos hizo que Candy se sintiera la mujer más hermosa del mundo.

—¿Sabes? —replicó Terry—. Creo que se me ha contagiado la sordera de Pauna, porque no te he escuchado decir que me amas profundamente y que soy el hombre de tus sueños, que soy encantador, maravilloso...

Emma soltó una carcajada que hizo que Terry la mirara con intensidad. Jamás la había visto tan hermosa como en ese momento. Sintió que las manos le temblaban al abrazarla.

—Eres un sinvergüenza, un arrogante y un testarudo, pero te amo más que a mi vida.

Terry la besó. Toda la pasión se desató en un instante, mientras los dos tomaban del otro la locura que los embargaba. Terry besó su boca con maestría hasta que las rodillas de Candy se doblaron. Luego la estrechó más contra él, con un gemido ronco de satisfacción. Candy le acarició la espalda mientras percibía en tensión todos sus músculos, y deseó poder quitarle la ropa y poder sentir la piel de él sobre la suya. Terry dejó de besarla sin soltar el abrazo.

—No hay nada que desee más en este mundo que hacerte el amor en este momento, pero abajo nos están esperando, y no creo que Pauna tarde mucho en subir a buscarnos.

Candy sonrió apoyando la cabeza en su pecho. Sentía los latidos del corazón de Terry tan rápidos como los propios. Antes de bajar, Candy no pudo evitar recordar qué era lo que la había llevado allí en un principio.

—¿Qué vas a hacer con lo que te he contado? —le preguntó.

Terry vio el miedo en los ojos de Emma y maldijo a lord White entre dientes.

—No debes preocuparte. Todo se arreglará.

—No me trates como a una niña pequeña. Quiero saber qué vas a hacer. No quiero que te hagan daño.

—No me ocurrirá nada. Antes has dicho que confiabas en mí. Atraparemos a Lacroix antes de que actúe. Y después de eso tu padre no tendrá escapatoria. No volverá a hacer daño a nadie.

nota: Hola chicas! Buen inicio de semana! Espero que hayan pasado un lindo fin de semana y especialmente ayer que fue el dia del padre, hyan popdiao celebrar con sus papa, parejas etc. Ya solo faltan el ultimo capitulo y el epilogo! Dejen reviews!

Buena semana!

Besos!

Consti Granchester