CAPÍTULO 25 - SHELA

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- Mamá - dijo Quinn mientras la ayudaba a pelar unas patatas en la cocina.

Le había pedido a Santana que se quedara arriba, en la habitación, mientras ella bajaba a ayudar a su madre a preparar la comida, para poder hablar con ella a solas sobre lo que había sucedido un rato antes, en la clínica veterinaria.

A Santana le divertía el hecho de que su madre la hubiera pillado besándose con Rachel, pero a Quinn no le hacía ni pizca de gracia, porque vale, había resultado ser un poco gay, pero seguía siendo su madre, y le incomodaba muchísimo la idea de que la hubiera pillado en pleno momento.

Bueno, momento o momentazo, porque todo había empezado como un casto beso, para afianzar el hecho de que había aceptado ser su novia. Pero como siempre le pasaba con Rachel, las cosas se le fueron de las manos y acabó liándose con ella con tanta intensidad y tantas ganas que se olvidó de dónde estaban y de las consecuencias que podría tener hacer eso en un sitio tan a la vista, donde su madre podría aparecer en cualquier momento. Y ya fue suerte que no las pillara nadie más; Lima era una ciudad muy pequeña y a los rumores les crecen las patas.

Su madre estaba sacando la carne de una calabaza para el guiso que estaba preparando y probablemente tenía pocas ganas de hablar del tema, porque murmuró un "sí, cariño" y siguió concentrada en lo que estaba haciendo.

- Mamá - insistió Quinn y esperó unos segundos hasta que su madre no tuvo más remedio que levantar la cabeza y mirarla.

- ¿Qué? - le preguntó casi en un suspiro.

Quinn tenía la boca seca y el corazón le latía más deprisa de lo normal. Quería su atención, pero ahora que la tenía comenzó a temblarle la voz.

- Yo ... lo que has visto antes... - hacía mucho calor en esa cocina - Rachel es mi novia. Yo... ¿recuerdas que me dijiste que tenía que tomar una decisión? - Quinn estaba pasando serios apuros para explicarse con propiedad. - Eso es lo que he decidido.

Su madre la miraba con la expresión imperturbable y Quinn no lograba adivinar lo que estaba pensando.

- Quinn, yo... - Sus facciones se ablandaron y soltó el cuchillo de la calabaza para apretar la mano de su hija - te quiero mucho. Siempre.

Quinn abrió la boca confundida; pues en lugar de la esperada reprimenda le decía que la quería.

- Yo también te quiero, mamá - le respondió un poco sobrecogida, por el valor de sus palabras y por la sorpresa.

Su madre se mordió el labio dubitativa, ese era un gesto que Quinn había heredado de ella.

- Tu padre y yo vamos a divorciarnos.

Quinn se quedó pasmada por la noticia, eso sí que no se lo esperaba.

- ¿Papá y tú... cómo? - No acababa de entenderlo.

- Hace mucho tiempo que no estamos bien y yo... yo nunca le he querido.

Judy había meditado mucho sobre la forma en la que debía explicarle a sus hijas lo que estaba pasando y cómo se sentía al respecto. Le dio mil vueltas y decidió que lo más correcto era decir la verdad.

- Creo que ya sabes cómo me siento- tragó saliva - lo he reprimido durante demasiado tiempo y ya no puedo hacerlo más.

Quinn estaba completamente paralizada en medio de la cocina, mirándola como si tuviera la cabeza verde y le hubieran crecido antenas y dientes de lagarto.

- Quinn ...

- Pero... no lo entiendo ¿ahora? ¿Por qué ahora? ...

Quinn comenzó a respirar aceleradamente y a ponerse muy roja. Tiró el cuchillo con el que estaba pelando las patatas y salió corriendo de la cocina.

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Rachel había regresado a su casa para comer y después comenzó a ensayar los temas que tenía que prepararse para la próxima representación que harían en el coro del instituto, pero le estaba costando mucho trabajo concentrarse. Tanto que había llegado a desafinar. Ella, Rachel Berry.

Podría haber muerto, literalmente, de la vergüenza por la pillada de la madre de Quinn. Los minutos que pasó con ella a solas, mientras Quinn fue a buscar a Santana, se le hicieron tan largos que más que minutos le parecieron horas.

Sin embargo, pasar vergüenza era la menor de sus preocupaciones. Llevaba varias horas pegada al móvil esperando alguna señal por parte de Quinn, pero esta no llegaba.

Tenía miedo de que sus padres la castigaran hasta el final de los tiempos, lo cual no era nada descabellado, porque los Fabray eran conocidos por ser muy conservadores y fieles devotos de la Iglesia. Y si no se encargaban sus padres, la propia Quinn se bastaba ella solita para llenarse la cabeza de temores y tirar por tierra todo lo que habían avanzado.

Había sido una cuestión de pura mala suerte. Justo cuando todo parecía perfecto y Quinn había decidido avanzar, las pilló su madre y no sabía si Quinn sería capaz de superar eso.

Decidió llamar a Santana, que quizás sabría cómo estaban las cosas, porque estaba viviendo en casa de Quinn. Incluso cabía la posibilidad de que estuviera con ella. Pero el móvil de Santana estaba fuera de cobertura y no se atrevía a llamar al fijo de la casa.

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Había escuchado como Quinn subía corriendo por las escaleras, a pesar de que la puerta de la habitación estaba cerrada . Entró pegando un portazo y se tiró sobre la cama hecha un ovillo, dándole la espalda.

Santana nunca había visto a Quinn de aquella manera y al principio no supo qué hacer. Se acercó a la cama y se sentó a su lado un poco insegura, pero Quinn, en lugar de apartarse enrabietada como hacía siempre que se sentía vulnerable, se había vuelto hacia ella, la había abrazado por la cintura y se había pasado la última media hora llorando sobre su falda.

- ¿Tan mal se lo ha tomado? - le preguntó con suavidad cuando Quinn comenzó a calmarse.

Parecía más tranquila, pero seguía abrazada a ella como si fuera a perder el equilibrio si la soltaba, y verla tan triste le resultaba descorazonador.

Judy se había mostrado comprensiva ante la situación de Santana; con su salida del armario y sus problemas en casa y eso había supuesto una grata, aunque chocante sorpresa. Que aceptara eso mismo de su propia hija quizás era demasiado pedir para alguien como ella.

- Mis padres se van a divorciar - le anunció Quinn con la voz ronca por el reciente llanto.

Santana no pudo reprimir la expresión de sorpresa que acudió a su rostro.

Quinn se incorporó y se sentó junto a ella en el borde de la cama. Tenía la cara congestionada.

- Ni te vas a creer las razones - le dijo con voz cínica y una sonrisa sardónica - mi madre también es lesbiana y ha decidido abrazar su sexualidad de una vez por todas.

Se hizo un momento de auténtico silencio en la habitación. Quinn miraba a Santana esperando su reacción y Santana miraba a Quinn con el retrato de la confusión dibujado en el rostro. Su capacidad intelectual, aunque de media bastante elevada, apenas si le daba para procesar idea de tamañas dimensiones.

- ¿Que tu madre qué? - atinó a decir finalmente, optando por la solución más sencilla; definitivamente no había escuchado bien.

- Es lesbiana - le repitió Quinn suspirando.

- ¿Tu madre? - insistió Santana una vez más, porque aquello era tan fuerte que necesitaba una confirmación reiterada para acabar de creérselo.

Quinn asintió con la cabeza, con un gesto a medio camino entre el disgusto y el tedio.

A Santana aún no le había dado tiempo a cerrar la boca cuando llamaron suavemente a la puerta y Judy entró sin esperar a que la invitaran a pasar.

Se sentó en la silla del escritorio de Quinn, justo enfrente de las dos chicas.

No había que ser demasiado perspicaz para adivinar que Santana estaba ya al tanto de la situación. Bastaba con verle la cara, mirándola con absoluta incredulidad. Y esa era la reacción de la chica lesbiana que lo estaba pasando mal por haber salido del armario ¿Qué actitud tomaría el resto de la gente?

- Quinn - dijo mirando a su hija, que tenía los ojos hinchados y la mirada dolida - ¿No lo entiendes... que ya no puedo más?

- ¿Por qué ahora? - le increpó Quinn - ¿Es por mi culpa?

Santana no sabía qué hacer. Quinn le había agarrado de la mano cuando Judy entró en la habitación y se la apretaba como si le fuera la vida en ello. Y a Judy no parecía molestarle su presencia, si lo hiciera le habría pedido un momento de intimidad para hablar con su hija. Era como si tuviera carta blanca para quedarse, pero, a la vez, era una situación tan delicada, un momento tan íntimo, que se sentía como una intrusa por estar siendo testigo.

- No es tu culpa, Quinn - se apresuró a decirle Judy - Si es culpa de alguien será mía, que he esperado demasiado para hacer algo que debí hacer hace mucho tiempo.

Pero no me arrepiento - dijo echándose adelante, poniendo las manos sobre las rodillas de Quinn y mirándola a los ojos - estar con tu padre me regaló a mis niñas - sonrió y a Quinn le temblaron las comisuras de la boca intentando reprimir un gesto de ternura. Hasta para eso era Quinn cabezota.

- ¿Y papá lo sabe? - le preguntó con la voz afectada - Que te gustan las mujeres...

Judy tragó saliva.

- Sí - dijo agachando la cabeza - se lo he dicho, pero él ya lo sabía.

Quinn arqueó las cejas extrañada y Santana giró levemente la cabeza en un gesto de confusión.

- Tu padre fue quien averiguó... - hizo una pausa. Le temblaba la voz - lo que estaba pasando con Martha y se lo contó a mis padres. Ellos me forzaron a romper con ella.

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Quinn estaba en estado de shock. Santana también lo estaba porque lo que habían averiguado sobre la madre de Quinn era excepcionalmente fuerte.

Cuando Judy se marchó y las dejó otra vez a solas en la habitación, parecía que las paredes se habían estrechado y el cuarto era mucho más pequeño. Además, Quinn se había puesto pálida como un cadáver y Santana decidió que tenían que salir inmediatamente de allí, para que les diera el aire.

A pesar del frio se fueron a la heladería de la Gran Avenida, porque ponían los granizados favoritos de Quinn y Santana estimó que Quinn necesitaba algo realmente bueno después de la impactante noticia. O noticias, porque lo del divorcio era fuerte, lo de que su madre, que había estado liada con la de Brittany en su juventud y planeara salir del armario, no se quedaba atrás, pero lo de que su padre lo había sabido durante todo el tiempo... ni en las telenovelas que se tragaba su abuelita los domingos por la tarde te encontrabas con un argumento tan enrevesado.

Y así fue como, bebiéndose una granizada en silencio, cada una sumida en sus propias reflexiones, se las encontraron Brittany y Rachel cuando pasaron a buscarlas.

Santana había avisado a Brittany con un mensaje de texto desde el móvil de Quinn. Y Brittany, justo en ese momento se encontraba hablando con Rachel por el messenger, así que la invitó a ir con ellas.

- Habéis tardado una eternidad - les reprochó Santana cuando entraron en la heladería.

- Es porque Rachel no sabe conducir - le respondió Brittany mientras se sentaba a su lado y le rodeaba la cabeza con los brazos para darle un sonoro beso debajo de la oreja.

Rachel iba a protestar, porque sabía conducir perfectamente, sólo estaba un poco oxidada porque no solía coger el coche para casi nada. Pero el único sitio libre estaba al lado de Quinn y eso la distrajo completamente.

Se sintió un poco insegura. No sabía si ahora que eran novias el protocolo le exigía besarla, aunque fuera debajo de la oreja como había hecho Brittany con Santana y aún cuando no tenía claro si Quinn estaba lo suficientemente receptiva como para aceptar una muestra de cariño en público.

Quinn no hizo el amago de besarla y, ni siquiera estaba segura de que hubiera reparado en que acababan de llegar.

Pidieron un helado y Santana comenzó a narrarles todo lo que había sucedido en la casa de Quinn; la historia de Judy y Martha, lo de Russel, lo del divorcio... y a Rachel le costó contener la sorpresa. Brittany, sin embargo, se comía su helado con toda la tranquilidad del mundo mientras escuchaba lo que estaba contando Santana. Rachel comprendió que ya debía estar al tanto de la trágica historia de amor que había protagonizado su madre con la de Quinn, porque bien era cierto que Brittany solía tomarse las cosas con una predisposición y una serenidad envidiables, pero ningún ser humano se tomaría algo así de bien si le cogen por sorpresa, ni siquiera Brittany. El único gesto de sorpresa lo tuvo cuando escuchó lo de Russel.

- Qué fuerte, ¿no? - dijo chupando la cucharilla.

Rachel, sin embargo, estaba flipando y mientras escuchaba a Santana narrar la historia miraba de reojo a Quinn, que mantenía la expresión imperturbable y se preguntó cuánto habría tenido que ver esa historia de un amor prohibido en su cambio de actitud; para haber pasado de una negativa rotunda a un quizás esperanzador, en lo que a su relación con ella se refería.

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Quinn tenía demasiadas cosas en la cabeza y ahora, además, tenía a Rachel sentada a su lado.

¿Debería cogerle la mano? Le apetecía hacerlo. Por debajo de la mesa, escondida de miradas ajenas, y sentir el calor de su piel apretando la suya. ¿Debía?

No sabía por qué pero sentía que lo necesitaba. Como si Rachel fuera la única persona que pudiera consolarla. Tenía la sensación de que un abrazo suyo le aliviaría de todas sus cargas y le haría sentirse mejor.

La miró de reojo. Rachel miraba a Santana, que hablaba sin parar, con el gesto fruncido y la boca ligeramente abierta.

A lo mejor, besarla en la boca también la haría sentirse bien...

- ¿Y si vamos a mi casa y vemos la película que no vimos ayer? - propuso Brittany cuando Santana acabó de narrar toda la historia.

Se habían quedado todas en silencio y Brittany no tenía ningún problema en hablar sobre el tema de sus madres, pero Quinn estaba bastante tensa y no creía que le fuera a hacer bien seguir con eso en la cabeza. Lo mejor sería hacer algo divertido para variar.

- ¿Y qué película íbamos a ver? - preguntó Rachel rebuscando en su monedero para pagar su parte de la cuenta.

- No habíamos decidido película - le respondió Santana - pero me gustaría algo de calidad. Nada de esas películas tontas para adolescentes.

- Habló la señora adulta hecha y derecha - bromeó Quinn abriendo la boca por primera vez desde que habían llegado a la heladería.

Todas, sin excepción, la miraron con una sonrisa. Rachel, además, con cara de alivio.

- ¿Qué verías tú? - le preguntó Rachel sin poder contener su entusiasmo.

- Pues normalmente no tengo preferencias, pero me apetece algo entretenido y desenfadado - le respondió Quinn con una sonrisa tímida - que el drama ya lo tengo montado en casa.

Rachel se rió por la broma y le acarició la mano por debajo de la mesa. Se sentía en una nube, gracias a la sorprendentemente buena actitud de Quinn ante todo lo que le estaba pasando y su comportamiento hacia ella.

- ¡Ya sé! - gritó Brittany logrando que la gente de las mesas de alrededor giraran la cabeza en su dirección - Vamos a ver Una rubia muy legal.

- ¡No, otra vez no! - se quejó Santana.

A Rachel le encantaba el musical de Broadway pero nunca había visto la película y aparentemente causaba sensación entre las tres animadoras. A Brittany le encantaba. Quinn se rió de Santana y dijo que no le importaría verla de nuevo y la latina volteó los ojos y murmuró una protesta sobre la infinita cantidad de veces que había tenido que tragársela.

- No te enfades, San - le dijo Brittany con voz melosa, cogiéndola de la mano mientras se dirigían hacia la salida.

- Bueno - aceptó Santana - pero luego vas a tener que compensármelo. Y ya sabes lo que quiero decir con compensármelo.

- Vale, te lo hago con la lengua - dijo Brittany alegremente.

Santana se puso roja como un tomate. Quinn se empezó a reír de ella, pero se detuvo abruptamente cuando notó la mirada de Rachel. De repente recordó que todavía tenía un trato pendiente con ella relacionado con la lengua y también se le subieron los colores.

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Las aventuras y desventuras de Elle Woods, la protagonista de la película que estaban viendo eran realmente divertidas, pero Rachel apenas podía prestar atención.

Se habían instalado en el salón de la casa de Brittany y habían ocupado el gigantesco sofá rinconero que había frente al televisor. Brittany y Santana se habían sentado en una de las alas del sofá y estaban tumbadas juntas, abrazadas mirando hacia la pantalla, riéndose y comentando todo lo que pasaba. Lord Tubbington también miraba la película desde lo alto del respaldo.

Quinn se había sentado a su lado. Bueno, quizás era Rachel la que se había sentado al lado de Quinn. O quizás estaban ahí porque no había otro sitio donde sentarse.

Otras opciones habrían sido el suelo o la butaca mecedora que había al lado del sofá, pero eso habría sido raro y tremendamente maleducado. Y en realidad, tampoco es que fuera su intención sentarse en ningún sitio lejos de Quinn. Se estaba demasiado bien junto a ella. Tan pegada que sus piernas se tocaban y bendita fuera la adorable y tremendamente sexy manía de Quinn de ponerse siempre faldas, porque, a pesar de las medias que ambas llevaban, aún lograba sentir contra su piel el calor de la de ella.

Fue en un momento cualquiera hacia la mitad de la película, durante un golpe de humor, que Quinn se echó hacia delante muerta de la risa y al echar de nuevo el cuerpo hacia atrás apoyó sin querer una mano sobre la pierna de Rachel.

Su cuerpo se tensó y miró atentamente su mano, sorprendida por su gesto inconsciente y siguió con la mirada la línea de su pierna, por todo su cuerpo hasta encontrarse con sus ojos.

La película dejó de ser interesante. Estando tan cerca y teniendo tantas ganas les sobraron los motivos para comenzar a besarse como si no existiera el mañana. Con tanta fuerza y tanta intensidad que Lord Tubbington salió corriendo asustado por el volumen de la respiración y el frenesí del movimiento que estaban generando sus besos.

Santana levantó la cabeza para mirarlas asombrada.

- Se van a ahogar - dijo con la cabeza ladeada.

- Sssh - la acalló Brittany - mira la película que Elle está a punto de conseguir su objetivo.

- Y no es la única - bromeó Santana y volvió a mirar hacia la pantalla muerta de la risa.

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Las primeras jornadas laborales de Judy en la clínica veterinaria estaban siendo como vivir una nueva vida.

Apenas le costó esfuerzo aprender a manejar la pequeña centralita conectada a un casco inalámbrico, que la anciana señora Otis manejaba con la soltura y la gracilidad de una jovencita.

El tema de la contabilidad le estaba costando algo más de trabajo. Había estudiado un módulo de administración y contabilidad cuando acabó el instituto, pero luego se quedó embarazada de Frannie y acabó por dejarlo.

Afortunadamente solo tenía que hacer lo más básico. Debía incluir todos los datos en un programa informático y esa información iba a pasar a una empresa contable que la clínica tenía contratada.

Además, no paraban de entrar clientes a los que había que atender, incluso el día anterior habían tenido a una excursión de un colegio cercano, interesados en conocer el funcionamiento de una clínica veterinaria. Aquel sitio era un hervidero de personas y animales que iban y venían y Judy, después de solo unos días se sentía como en casa.

Aquella semana estaba siendo increíble, no solo por el trabajo, que descubrió lo mucho que le gustaba, sino porque estaba dando los primeros pasos de su nueva vida. Una vida sin padres exigentes, ni maridos autoritarios, ni reputaciones que mantener. Por fin su vida, la que ella había elegido y en la que quizás podría llegar a ser feliz.

También estaba asustada por la magnitud del paso que acababa de dar, pero había tomado una decisión y prefería abrazar su miedo al cambio y a las habladurías de la gente, que vivir un solo día más la vida de quién había sido hasta solo una semana antes.

Lucharía y superaría cualquier miedo antes que volver a ser la misma Judy que había dejado atrás; esa mujer triste, angustiada e irremediablemente infeliz.

A lo único que aún no se acostumbraba de su nueva vida era a tener a Martha tan cerca.

Hubo un tiempo en el que fueron uña y carne. Antes incluso de darse cuenta de que lo que sentía por ella era más que amistad.

Se conocieron durante la primera semana del instituto, paradas en la larga cola de chicas que esperaban para hacer sus pruebas para entrar en el equipo de animadoras. La casualidad las puso una detrás de la otra en aquella fila y el destino hizo todo lo demás. Se miraron de arriba abajo con ojo crítico y cuando acabaron las pruebas ya eran las mejores amigas.

Las dos rubias, las dos pizpiretas, las dos decididas a comerse el mundo.

Ambas consiguieron su puesto en el equipo y cuando andaban por el pasillo la gente se apartaba para dejarlas pasar, despertando la admiración y la envidia de la mayoría de las chicas y el deseo de todos los chicos.

Eran perfectas juntas.

Demasiado perfectas para ser solo amigas. Primero vinieron los abrazos y las cartas de cariño y admiración que se entregaban después de las clases, más tarde llegaron las caricias, que pasaron de la inocencia a la curiosidad y después, la intención las siguió de cerca. Y una tarde cualquiera, la habitación de Martha fue testigo de su primer beso.

Martha fue y sería siempre el amor de su vida, su otra mitad y su mejor amiga. Al menos lo fue en un rincón recóndito de su mente, donde había guardado sus sentimientos, sus recuerdos y sus deseos durante todos aquellos años, mientras se casaba con Russel y veía a sus hijas crecer, mientras aguantaba día a día en su perfecta y miserable vida inventada, fabricada con la intención de ser feliz y la certeza de que nunca lo sería.

- El material que viene del laboratorio va en el tercer armario del almacén. Tienes que revisar que el albarán venga dentro de la caja y comprobar que esté firmado por el laboratorio, que a veces los envían sin firma y después todo son problemas - le explicaba la señora Otis completamente ajena a los pensamientos de Judy.

Tomó nota de las instrucciones en la pequeña libreta donde lo estaba anotando todo. Disponía de muy poco tiempo para aprender a manejarse con el trabajo antes de que la señora Otis se fuera y le dejara al cargo de todo aquello.

Había abordado a Martha para que la cogiera para el puesto sin muchas expectativas. Lo habría entendido si le hubiera dicho que no, pero contra todo pronóstico, había cedido ante su insistencia.

Martha salió de la sala de diagnóstico acompañando a su último paciente, un perro de aguas que había metido la pata en una trampa para conejos y ahora llevaba una escayola. Le iba dando instrucciones al dueño sobre cuando y como debía administrarle los medicamentos al perro y Judy suspiró hondo; no sabía si iba a lograr acostumbrarse a tenerla así de cerca.

El cliente se acercó al mostrador para pagar la factura y Judy le atendió bajo la atenta supervisión de la señora Otis, pero su mente estaba más allá de los papeles que estaba preparando, del cliente y de la anciana señora que le estaba enseñando a manejarse en el trabajo.

Su mente estaba puesta en Martha. Llevaba unos vaqueros desgastados y camiseta sencilla debajo de la bata blanca de doctor. Pero la bata estaba abierta, mostrando como los pantalones se le pegaban al cuerpo, y la camiseta tenía un escote de esos que daban vértigo. La había mirado y le había sonreído antes de volver a desaparecer dentro de la consulta. Los 20 años que habían pasado desde la última vez que la besó no le habían robado la belleza.

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Cuando llegó la hora apenas se lo podía creer. Rachel no solía quedarse a estudiar en la biblioteca del instituto pero ahora mismo, era la única opción factible para poder pasar un rato con Quinn.

Desde que se había liado con ella en la casa de Brittany la cosa era más que definitiva. Al principio, cuando las pilló su madre, había temido que Quinn pudiera volver a jugársela y se retractara una vez más. Pero las intenciones de la rubia quedaron claras durante la película y desde entonces estaban saliendo formalmente.

Aparte de Brittany, Kurt, Zizes y Santana, nadie lo sabía en el instituto y Quinn le había rogado que, de momento, mantuvieran las cosas en secreto. A Rachel no le importaría gritar a los cuatro vientos que estaba saliendo con Quinn, pero entendía que quisiera tomárselo con calma y había aceptado actuar con discreción durante un tiempo.

Lo malo de la discreción era que entre las clases, los ensayos del coro, los entrenamientos de Quinn ,un par de exámenes que tenía programados durante la semana y la inconveniencia de no poder expresar sus sentimientos en público, no lograban coincidir para pasar un rato juntas; y salvo algunas llamadas y una colección de mensajes a cada cual más azucarado, apenas si habían tenido tiempo para dedicarse la una a la otra.

Esa era la razón por la que, por primera vez desde que asistía al McKinley se había quedado a estudiar en la biblioteca. Quinn le había pedido que la esperase hasta que acabara el entrenamiento con las animadoras para acercarla después hasta su casa.

Cuando salió de la biblioteca, Quinn ya había acabado y estaba fuera esperándola, sentada dentro del coche, en el parking que había al lado del campo de football.

- ¿Cómo ha ido todo? - le preguntó con una sonrisa cuando la vio aparecer.

Rachel le sonrió de vuelta y le contó lo increíblemente tediosa y terrible que había sido la tarde sin ella y cómo había pasado las horas contando las milésimas de segundo para volver a verla.

A Quinn le hizo mucha gracia el melodrama de las palabras de Rachel y ella le dejó pensar que bromeaba, cuando lo cierto es que la tarde se le había hecho insufrible e interminable mientras esperaba a reunirse con ella.

- Tengo que recoger a mi madre del trabajo - le dijo de sopetón - tenía planeado llevarte a tu casa y después ir a por ella, pero entonces no me podría entretener; sería llevarte y dejarte a toda prisa, así que... quizás quieras venir conmigo a recogerla y luego te acercamos a tu casa.

- Me da un poco de vergüenza - le respondió Rachel que lo último que quería era reunirse con la madre de Quinn ahora que sabía que era la novia de su hija y no solo eso, sino que las había pillado en pleno festival de besos - Pero iré contigo - aceptó finalmente - sólo porque estás muy guapa - añadió con una sonrisa tímida.

Quinn enrojeció hasta la raíz del pelo.

- Tú también estás muy guapa - le dijo con la misma timidez.

A Rachel le costó contenerse para no abalanzarse hacia ella, porque lo único que quería hacer era besarla, pero habían acordado no hacerlo en sitios públicos. Y menos en el parking del instituto.

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Cuando llegaron a la clínica estaban a punto de cerrar. La señora Otis se cruzó con ellas en la puerta y les dijo adiós refunfuñando. Judy estaba detrás del mostrador intentando apagar la centralita con escaso éxito. Las saludó cuando se dio cuenta de su presencia.

- ¿Podemos ayudarte en algo? - le preguntó Quinn apoyándose contra el mostrador, mirando con atención lo que estaba haciendo su madre.

- Hola, chicas - les saludó Martha Pierce saliendo de la consulta - He escuchado que estáis deseosas de echar una mano.

Quinn le sonrió a modo de saludo.

Últimamente, por todo el tema de su madre y lo que había averiguado sobre ellas, se había sentido rara cuando se encontraba con Martha. Pero ella había mantenido la misma actitud que siempre y poco a poco empezaba a encontrarse más cómoda en su presencia.

- Te echamos una mano, pero primero tenemos que rescatar a mi madre del aparato ese - le respondió señalando a la mujer, que seguía enfrascada con la centralita.

Judy estaba completamente concentrada, mirando la pantalla del aparato, resoplando y tratando de marcar la combinación correcta de números para poder apagarlo.

Martha sonrió y se acercó hasta la centralita. Se inclinó sobre ella y en menos de cinco segundos se escuchó el pitido intermitente que emitía el aparato al apagarse. Judy soltó un suspiro de alivio, por una parte porque se había resuelto su problema pero lo que más le había agobiado fue tener a Martha pegada a ella.

- Venid conmigo - dijo Martha saliendo de detrás del mostrador.

La siguieron hasta el exterior para acceder al pequeño pabellón que había en la parte trasera del recinto de la clínica.

- ¿Qué vamos a hacer aquí? - preguntó Quinn con auténtica curiosidad.

Martha sonrió y le enseñó una bolsa llena de polvos blancos que se sacó del bolsillo de la bata. Quinn ladeó la cabeza divertida, no sabía que era aquella bolsa pero parecía una especie de droga y el halo de misterio con el que Martha las había dirigido hasta allí no ayudaba a pensar lo contrario.

Martha debió adivinar sus pensamientos porque empezó a reírse mientras abría la puerta.

- Es leche de gata en polvo - le aclaró.

Esa información la dejó aún más sorprendida que si le hubiera dicho que llevaba droga, pero justo cuando entraron en el pabellón las saludó un concierto de maullidos y comprendió que iban a alimentar a unos gatitos.

Martha se acercó a un rincón, donde había un mostrador con un hornillo y un fregadero, y puso a calentar una olla de agua. Las demás siguieron el sonido de los gatitos hasta que los encontraron metidos en una canasta. Eran tres gatitos muy pequeños, no debían tener más de una semana de nacidos.

- ¿Podéis acercarme la botella que hay dentro de la cesta? - les dijo Martha que seguía haciendo cosas junto a la hornilla.

Judy cogió una botella de cristal, envuelta en una toalla, que había dentro de la cesta y se fue hacia donde estaba Martha.

Quinn estiró la mano y acarició con un dedo la cabeza de uno de los gatitos y miró a Rachel, que los observaba como si fueran la cosa más maravillosa del mundo. Con la misma ilusión que una niña pequeña la mañana de navidad.

- Mira, ese parece Fígaro - dijo emocionada señalando a uno de los gatitos, que era negro pero tenía la pancita y el morro blancos - es igualito que el gato de Pinocchio.

- ¡Tienes razón! - se rió Quinn - ¿Sabes que Fígaro es también el nombre del protagonista de una famosa obra de teatro?

Rachel asintió con la cabeza y se olvidó durante un instante de los gatitos para mirarla con auténtica adoración. Quinn apenas pudo evitar contener una sonrisa de satisfacción por haberla sorprendido. La verdad es que sabía lo de la obra de teatro por jugar al trivial con Santana, pero Rachel no tenía por qué enterarse de eso.

- Este que es rubito se parece a Glinda, la bruja buena del norte. - dijo Rachel, que había vuelto a dirigir su atención a los gatitos.

Martha se acercó con una botella de agua templada envuelta en una toalla y la metió en la cesta con los gatos.

Judy traía tres biberones pequeños, rellenos de leche templada que Martha había preparado, mezclando los polvos con un poco de agua.

- Así que dos gatitos tienen ya nombre - dijo Martha con una sonrisa, cogiendo dos de los biberones de las manos de Judy y entregando cada uno a una de las chicas. - Tú deberías ponerle nombre al que queda- le dijo a Judy señalando hacia la cesta - Eran cinco en total - añadió suspirando - pero los trajeron con solo unas horas de nacidos y dos no consiguieron llegar al día siguiente.

- ¿Y la madre? - Preguntó Rachel con un nudo en la garganta.

- No lo sé - le respondió Martha. Le había cambiado el tono de voz al recordar a los gatitos que no habían sobrevivido - Sospecho que los tuvo una gata doméstica y el dueño no quiso hacerse cargo de los gatitos, ni siquiera para llevarlos a una protectora o intentar buscarle nuevos dueños. Alguien los encontró recién nacidos dentro de un cubo de basura y tuvo la decencia de traerlos hasta aquí.

Eran tan pequeñitos que pensé que no sobreviviría ninguno. Pero mirad - dijo dibujando una leve sonrisa - aquí tenemos a tres campeones. ¡Y dos ya tienen nombre!

- Ponle nombre al que queda, mamá. - dijo Quinn.

- A esa gris chiquitita - le indicó Martha señalando a un gatito pequeñísimo que estaba hecho un ovillo en un rincón de la cesta. - es otra hembra.

Judy cogió a la gatita y la miró detenidamente. Tenía el pelaje gris claro, con algunas motas más oscuras en la frente y el lomo. Era la más pequeña de la camada y tenía el pelo muy suave, pero tan tieso que parecía una roquera.

- Shela - dijo sonriéndole a la pequeña roquera.

Quinn sonrió y Rachel dijo que era un nombre precioso.

Martha, frunció la frente y miró a Judy a los ojos hasta que captó su mirada. No podía ser casualidad; Shela era una canción de Aerosmith que sonó a mediados de los ochenta.

Habían escuchado esa canción cientos de veces encerradas en la habitación de Martha. La repetían en la radio una y otra vez y ella le había narrado otras tantas veces sus planes para acudir al concierto del tour Done with Mirrors a su paso por Ohio.

Irían juntas y cantarían Shela a gritos hasta quedarse afónicas.

Pero eso fue antes de que Judy decidiera que ya no quería estar más con ella y la dejara sola, con un saco de sueños rotos.

- Es un nombre muy bonito - dijo apartando la mirada intentando contener lo que estaba sintiendo.

La media hora siguiente la pasaron aprendiendo cómo alimentar a un gatito y Martha les explicó las cosas que tenían que hacer si alguna vez se encontraban con gatos o perros abandonados, para salvarles la vida.

Fue una conversación muy interesante, pero lo único que podía mirar Quinn durante todo el tiempo era a Rachel dándole el biberón a su gatito, completamente absorta viendo cómo mamaba, sonriéndole, como si fuera la cosa más increíble del mundo.