Capítulo 25


El día después de su secuestro, Stiles fue «invitado» a la casa Hale por Talia… si es que Derek entrando por su ventana, dándole un susto de muerte en el proceso, para llevarlo a la casa sin preguntar podía considerarse una invitación. Hablaron mucho durante el trayecto en auto, pero fue, más que nada, una plática ligera llena de más preguntas sobre hombres lobo y otras criaturas mitológicas.

—Entonces, ¿no hay dragones? —preguntó Stiles mientras Derek estacionaba el auto frente a la casa.

—Nope… bueno, no que yo sepa, a decir verdad. No soy un experto —respondió Derek antes de salir del auto. Stiles lo siguió hasta que llegaron a la puerta; el hombre lobo entró, pero el chico se quedó parado en el umbral, guardando silencio por primera vez desde que salieron de su habitación.

—Está bien, Stiles, no corres peligro aquí.

—No estoy asustado, hombre, es sólo que… —de hecho, estaba asustado, aterrorizado, en realidad. Había al menos diez carros afuera y probablemente había más alrededor de la casa; desde la puerta ya podía percibir la presencia de gente en la casa. Eran hombres lobo. Había un montón de hombres lobo en esa casa y él era sólo un montón de huesos frágiles envueltos en sesenta kilos de carne. Suspiró, reuniendo todo el coraje que fue capaz de encontrar—. Como sea, vamos —dijo, entrando a la guarida del lobo... literalmente.

Derek llevó al adolescente al cuarto de pánico, que había sido convertido en una oficina estratégica o algo por el estilo: con tantos hombres lobo en la casa, los Alfas necesitaban un lugar privado dónde discutir sus siguientes pasos: no podían dejar que alguien los escuchara en caso de que Ennis tuviera un infiltrado entre sus filas.

Talia y Deucalion ya se encontraban ahí, junto a Deaton y Peter. Todos estaban de pie frente a una mesa con un mapa de Beacon Hills abierto sobre ella.

—Señor Stilinski, ¿cómo se siente? Sé que es demasiado para asimilar, sobre todo después de los… desafortunados eventos de ayer —dijo Talia.

—Estoy… bien, supongo.

—Bien. Necesito que te quedes aquí ésta noche: quiero que le envíes un mensaje a tu padre informándoselo. Dile que te quedarás en casa de un amigo —continuó ella, usando un tono de voz que no dejaba cabida a argumentos.

— ¿Qué? —preguntaron Derek y Stiles al mismo tiempo.

—Mamá, ¿qué está pasando? Dijiste que sólo debías hacerle algunas preguntas.

—Ha habido un cambio de planes. Los prisioneros por fin hablaron: nos iremos al caer el sol.

—Pero…

—La decisión ya fue tomada, Derek —agregó Deucalion—. Stiles permanecerá aquí con los niños y humanos, con algunos guardias para protegerlos mientras el resto de nosotros se encarga de Ennis y su manada. No podemos esperar y arriesgarnos a que abandonen su campamento.


Stiles ya no estaba aterrorizado: estaba demasiado molesto para eso. No sólo tendría que quedarse en una casa con extraños para una pijamada mientras Derek tenía que ir a pelear contra un ejército de hombres lobo, sino que también acababa de enterarse de que su padre había sabido sobre la existencia de los hombres lobo por AÑOS. Y nunca, nunca le dijo a Stiles. Se sentía traicionado. La señora Hale le habló de la noche en que su padre le disparó a Peter y de cómo trabajó con él en algunos casos que requerían conocimiento de lo sobrenatural. Fue lo último que le dijo antes de decirle que podía retirarse. Iba a tener una larga plática con el sheriff cuando todo esto terminara.

Derek le mostró a Stiles la sala de estar, donde encontraron a Paige sentada en el sofá, a Nathan arrodillado frente a la mesa de centro, dibujando, y a Fred, ocupando una de las sillas, con su hija de ocho meses de edad, Nina, en sus brazos. Ella y Peter estaban casados ahora: fue una boda relámpago, pero eso no significaba que no la hubieran planeado desde antes de que Fred quedara embarazada. Derek le presentó a todos —y viceversa— antes de invitarlo a sentarse en el sofá junto a Paige.

Un silencio incómodo se cernió en la habitación hasta que Paige le preguntó:

—Entonces, Stiles, ¿terminaste los deberes que dejé para el lunes?

Tanto Derek como él la miraron como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—No… he estado algo ocupado, con lo del secuestro y eso.


Talia temía perder a su manada. Derek lo vio en sus ojos cuando le habló del incendio. Antes de eso, ella había tenido la fortaleza de una roca: nada podía asustarla, ni siquiera los ataques de los cazadores. Ella había creído que su manada era fuerte, que podía soportar cualquier cosa… pero había estado equivocada. En otro universo, su manada murió. Quemados vivos en su hogar sin previo aviso. Fueron destruidos por una sola mujer.

Después de que Derek le dijera lo que pudo haber pasado, pasó toda la noche viendo a Nathan dormir: su dulce niño pequeño quien corrió el riesgo de jamás nacer, y juró que nunca dejaría que alguien lo lastimara. Su manada sobreviviría pero, para eso, debía ser más fuerte. Tenían que pelear para proteger lo que les pertenecía.


Los lobos comenzaron a marcharse. El sol estaba desapareciendo lentamente y, con él, más hombres y más mujeres abandonaban la casa. Era parte del plan: salir en grupos pequeños y reagruparse en un sitio no muy lejano al campamento enemigo.

Derek estaba en el último grupo que se iría. Estaba junto a Peter, Laura y cinco miembros de la manada de Deucalion. Dieciséis personas permanecerían en la casa: los humanos —Stiles, Paige, Fred, la esposa de Jared, Sabrina, y la esposa de Tom, April— y los niños —Nathan, Nina, las gemelas de diez años de Jared, Alice y Juliet, el hijo de dos años de Tom, Sam y una muy molesta Cora, que gritó por horas hasta que le repitieron que no tenía la edad suficiente para ir a pelear— junto a los cinco lobos que debían protegerlos.

Derek había estado ocupado por horas, preparándose para el ataque, rogándole a su madre que lo reconsiderara y planeara más reuniones. La última vez que vio a Stiles, el chico estaba navegando por la información de cinco libros simultáneamente. Tenía el aspecto de un niño en una dulcería cuando Derek le dijo que tenían libros sobre hombres lobo. Sin que fuera sorpresa, Stiles seguía en el mismo sitio donde lo dejó horas antes, pero con más libros a su alrededor. La habitación solía ser la de Peter, hasta que se marchó y la convirtieron en una pequeña oficina-biblioteca que su tío solía usar cuando estaba de visita en la casa. Stiles estaba sentado en el suelo, rodeado de libros, con un cuaderno de notas en su rodilla derecha.

— ¿Encontraste algo interesante? —le preguntó Derek, burlón.

Por primera vez, Stiles no se sobresaltó, apenas reaccionó ante su presencia, manteniendo la nariz hundida en un ejemplar viejo con cubierta de cuero.

—Oh, hey, Derek —murmuró, distraído.

—Nos iremos pronto… sólo quería asegurarme de que estuvieras bien.

Stiles levantó la mirada repentinamente. Miró al lobo en silencio un rato.

—Estoy bien, no te preocupes —dijo rápidamente, volviendo a bajar la mirada.

—Okay… debería… irm…

—Por favor, no te vayas —susurró Stiles.

—Tengo que —dijo Derek con determinación. Tenía que ir con su manada: ese era su lugar.

Stiles seguía mirando hacia abajo, contemplando el libro sin leerlo. Derek tomó la apresurada decisión de arrodillarse frente a él, sujetar su mentón para obligarlo a mirar hacia arriba y finalmente unir sus labios en un beso terso. Detuvo el beso casi de inmediato, levantándose y alejándose del chico de quince años como si lo hubiera quemado.

—Volveré antes de que te des cuenta —le dijo Derek. No esperó una respuesta y salió de la habitación.

Stiles se quedó paralizado un momento, llevando una mano a sus labios. Quería sonreír, estar feliz porque su primer beso fue con Derek, pero todo en lo que podía pensar era « ¿y si también fue el último?».


PÁGINA DE FACEBOOK: PruePhantomhive.

CANAL DE YOUTUBE: Prudence Hummel.