Esta historia fue escrita y subida a Fanfiction entre febrero del 2012 y agosto del 2013, con otro nombre de usuario. Obra registrada en Safe Creative el 6 de julio del 2013, código 1307065389071. -OBRA EN EDICIÓN 2017-
Capítulo 25
…Tambaleante me encamino hacia la escalera de piedra. Su mirada me reclama, me posee. Es como si todo el infierno en el cual anduve durante años tuviese sentido. Como si este fuego que avanza con ímpetu dependiera de sus ojos.
No hemos dejado de mirarnos ni un segundo, estamos tan cerca… No hay palabras, el silencio es demoledor.
Muevo el puño, donde la carta reposa. Las letras queman mi mano.
— ¿Qué-qué significa esto? —Mi garganta reseca me impide hablar con claridad.
Está dos peldaños más abajo que yo, queda a mi altura.
—Es una propuesta. —Su voz, su voz supo a gloria—. Bella, yo…
—Shh. —Lo silencio con mi dedo índice. Entonces toco su rostro, reposando mi mano en su mandíbula. Él cierra los ojos, aliviado; como si mi caricia fuese un bálsamo para su tormento.
Toma mi mano, donde tengo su carta. La abro para dejarla en el bolsillo de su abrigo. Le miro otro segundo. Sus ojos, ensombrecidos por los años, cargados de tanto amor y cierta oscuridad, me llaman.
Sonríe tenuemente. Me alejo dos pasos hacia la puerta, donde hay un intercomunicador. Digito, para comunicarme con mi despacho.
— ¿Sí, señorita?
—Seth, desaloja el lugar en cinco minutos, no quiero nadie cerca.
—Entendido.
—Ni un minuto más. —Corto.
Doy media vuelta. Él no se ha movido ni un centímetro. Me observa. Hay expectación en el aire, cierta tensión…
Siento como todo se mueve. Las personas que trabajan para mí desaparecen. Los hombres en el vehículo, soldados, también se van. Uno de ellos llama a Edward. Es rubio, de cabello bastante claro, parece tener canas.
Edward solo asiente a una señal que él hace, para finalmente marchar.
Vuelvo a las escaleras.
— ¿Qué pretendes? —Su voz es dulce y toca un lugar desconocido en mí. ¿Ternura, quizás?
—Te estoy secuestrando. —Sonrío con malicia. Él quiere hablar, lo sé, pero no se lo permito. Cuando veo que no queda nadie a nuestro alrededor, retrocedo y me detengo en el umbral de la puerta.
De espaldas a él abro mi blusa y, mirándolo de soslayo, me la quito y la dejo caer. Edward gruñe al notar que no llevo puesto brasier. Comienzo a avanzar, siento que él se mueve. Me doy vuelta para observar cuando se lleva mi blusa de satén a la cara y cierra los ojos.
Llego hacia el fondo del corredor, donde están las escaleras. Él me alcanza, siento su aliento cosquillear en mi nuca, el calor de su cuerpo en mi piel. Sus manos enguantadas con cuero reposan en mis hombros. La energía es mucha y me arrastra en su torbellino abrumador. Toco sus manos que descansan en mis hombros. Comienza a descender una tenue caricia hasta llegar a mis pechos. Ahí, quito sus guantes y me alejo para quedar frente a él.
Dejo un brazo apoyado en el barandal de la escalera.
—Bella… —él insiste—. Ha pasado mucho…
— ¿Han pasado diez años, Edward, y quieres hablar? —No alcanza a responderme, puesto que yo me acerco a él—. Desnúdate.
Entonces subo rápidamente los escalones. Desde arriba lo reto.
—Vamos, ¡te quiero completamente desnudo, cariño!
Su abrigo está en el suelo. Comienza a desabrocharse la camisa mientras sube. Yo asciendo otro nivel, cuando él me encuentra tiene el torso desnudo.
Su boca se encuentra finalmente con la mía y, en ese momento, el universo se reduce solo a nosotros; haciéndose tan pequeño, que allí, en ese contacto, su boca y la mía toman contacto con el último soplo de vida para aventarse contra él.
Enredo mis manos a su espalda, en su cabello. El fuego se dilata por cada espacio de mi cuerpo.
—Oh, mi amor —pronuncia jadeante entre besos. Al oírlo siento que algo es arrancado de mi pecho, es un dolor, un dolor placentero.
—Estás muy vestido, Cullen. Recuerdo haberte pedido que te desnudaras.
—Eso tiene solución —sugiere con voz excitada.
—Sí… Solo que no me gusta que desobedezcan mis órdenes.
— ¿Qué me harás, mujer perversa? —Arrastra un gemido en la última palabra.
—Te azotaría, pero no es mi estilo… —Él gruñe, yo me río.
Besándonos, vamos avanzando por el corredor. Se caen cosas, jarrones, cuadros. Hasta que, entrelazados, llegamos a una puerta, la que se abre por nuestra presión. Es una de las tantas habitaciones… Chocamos contra un mueble. Una risa estúpida se me escapa al momento de caer.
Profiero un jadeo mientras él besa mi cuello. Edward me toma de la cintura, levantando una pierna para dejarla alrededor de su cadera. No ha dejado de besarme, sus manos recorren mis hombros, mis brazos, con premura. Su boca se arrastra por mi cuello, dejando una suave, pero intensa caricia. ¡Ah! Su boca va devorando lo último de mi cordura. No estoy en mí, llego a los bordes de la nada, donde su cuerpo me aprisiona. Su calor me inunda… Sus caricias interminables.
Mis brazos alrededor de su cuello… Mis dedos crispados en su espalda, rasgando la piel. Baja mi falda, al mismo tiempo que yo intento deshacerme de su pantalón. Las respiraciones se agitan, tira mis labios, lo muerdo. Vuelve a mi rostro, dejando un reguero de besos por mi mandíbula, lamiendo el lóbulo de mi oreja. Movimientos serpenteantes por los recovecos.
Desciende sus labios a mis pechos, besa mis pezones con urgencia. Tiro su cabello, gruñe, arrastro mis manos a lo largo de su espalda.
Me muevo incómoda, hay algo que me molesta en la espalda.
— ¿Qué ocurre? —Me levanto para tirar un cenicero, que seguramente cayó cuando empujamos el mueble de la entrada. Edward se levanta y me apega a él.
Me hundo en el colchón, sintiendo su peso sobre mí. Una sensación placentera me invade. Sé que es su calor, su piel la que me toca. Años intentando sentirlo en otra piel, buscándolo en otros, vanamente.
Me separo un poco. Tomo su mandíbula, acunándola entre mis manos. Le observo con detención.
Él me devuelve el escrutinio con el ceño levemente fruncido. Quiere hablar, pero con mis pulgares acaricio sus labios, silenciándole. Me dejo inundar por el abismo de sus ojos, oscuros, perversos, pero sin ningún rastro de culpa. Su mirada había cambiado, pero no el amor que alguna vez vi en ellos. Este se había intensificado, es lo que hace que su mirada sea más profunda, marcándola con siniestra pasión.
Por un segundo siento ganas de llorar, no sé con exactitud el motivo. ¿Cuán atada estaba yo a él y ni siquiera lo sabía?
Aprieto mis manos en su rostro, rozando mi nariz con la suya, susurrando entre sus labios:
—Te he echado de menos.
Sentí cuando una sonrisa tiraba de su cara.
—Yo también, nena. No sabes cuánto… —responde. Lo beso nuevamente. El beso es lento, pero guarda las ansías, el deseo y el frenesí, que vendrán después.
Estamos desnudos, no lo digo por la ropa, sino, por nuestros sentimientos. Es una desnudez desolada y exquisita, pero también intimidante.
Sus gemas acarician mis pechos, descendiendo por mi abdomen, mi cadera, llegando al borde de las bragas, quitándolas de un tirón. Enredo mis piernas a su cadera. Nuestros respiros se funden en el mínimo resquicio que nos separa. Sé que el infierno me devora. Quiero arrastrarlo conmigo, lo necesito. Acaricio su espalda, su culo, incitándole a que me penetre.
—Te necesito tanto… —Él acusa, besándome con pasión, embistiéndome al mismo tiempo. Lo rodeo, aprisionándolo. Su cuerpo, su cuerpo en mí. Mi corazón late rápidamente, mi respiración se vuelve errática. Edward muerde mi oreja, mi cuello, mientras mueve las caderas a un ritmo constante. Entierro mis dedos en su espalda, beso su cuello, lamiendo su mandíbula.
¡Bendito infierno! él está aquí conmigo, consumiéndose. Mi alma entregada a un amor que revivía de entre los muertos, que al final se revela oscuro.
El ritmo de las caricias, los besos, las embestidas, todo aumenta. El fuego viene a doblegarme. Sus palabras cobran vida, ardiendo en lo más profundo. Su amor, nuestro amor, viene para aniquilarnos, hacernos pequeños, insignificantes, pero absolutamente poderosos.
Sus dedos presionan mi clítoris, enviando pequeñas ondas de placer por mi cuerpo.
—Vamos, mi amor, quiero tu orgasmo. Ansió oírte —dice entrecortado. El placer aumenta, la tensión. Todo se rompe en un grito, que se funde y pierde en nuestras bocas; juntas, devorándose como si fuese la primera vez. Él cae a mi lado, jadeante.
Me siento completamente irreal. Pura, de una manera que no creí existente. Como si me hubiese destruido y ahora, ahora renacía desde las llamas de un infierno que fue creado especialmente para mí. Sí, pura de esa forma que solo se siente una amada. Vuelvo a sentirme más poderosa, más inmensa. Con más ganas de destruir el mundo solo para acabar en él.
Entretanto, él dice que me ama.
Doy vuelta mi cuello y le miro; su cuerpo iluminado por las luces exteriores, que se filtran por la ventana, vuelve a tener ese aspecto de escultura de granito, parece haber adquirido la misma pureza que yo siento transitar momentáneamente. Reposo un brazo en su pecho, moviendo la palma por éste. Él toma mi mano, entrelazando sus dedos con los míos.
—Estás tan cauta —menciona con un dejo de sorpresa. Había pasado de la pasión desenfrenada a la ternura.
— ¿Esperabas que te amarrara a la cama con esposas y conectara una pinza para pezones? —bromeo.
—He escuchado de ti a lo largo de los años. —Suspira—. Efectivamente has cambiado, pero… —Hace una pausa considerable.
— ¿Y? —Le incito a seguir.
—Pareces tan serena… Debo admitir que esperaba otro trato. Que serías más esquiva, hasta un poco cruel.
—La noche es joven, cariño. —Escucho su risa.
—No, amor. Creí que me rechazarías. Dudé tres años, tardé largos tres años en tomar valor para acercarme.
¿Qué mierda?
— ¿Cómo tres años, tres años para qué? —dije dubitativa irguiéndome, apoyando el peso de mi cuerpo en mis codos.
—Para venir por ti —susurra.
Me enervo, sentándome en la cama.
— ¡Por qué mierda tardaste tanto tiempo! ¡Yo te busqué por todo el puto Estado! Tuve a medio mundo tras de ti, te dieron por muerto… —Rompo en cólera, la expectación y los nervios que trajeron su venida se transformaron en rabia.
—Tú tampoco eras alcanzable, nena. —Él trata de calmarme.
—No me culpes, ¡yo hice todo lo que estuvo a mi alcance para verte! Porque, por alguna estúpida e ilógica razón no pude, no puedo odiarte. ¡Y tú me sales con que me habías encontrado y dejaste pasar diez malditos años!
—Tú te fuiste. —Él me acusa, oigo resentimiento y amargura por primera vez.
—Era necesario. —Su acusación me duele. Ahogo un sollozo, las lágrimas no vienen al caso, no quiero hacerlo, pero toda esta situación me abruma. Con nosotros, todo había sido extraño, confuso e hiriente. No hacía falta buscar culpables, la vida es así; un dolor en el culo.
Me trago las ganas de llorar, él roza sus nudillos a mi brazo.
—A todo esto, ¿dónde mierda te escondiste? —pregunto para romper la incomodidad.
—Por aquí, por allá. Me transformé en un nómada con pinta de náufrago. —Él trata de bromear, pero se nota que le molesta, que recordar esos años es más que doloroso.
—El hombre que conocí era más valiente.
—Irónico, ¿no? Asesino tipos y temía verte. Me he vuelto voluble a ti…. Siempre lo he sido.
—Al igual que yo… —Reconozco.
Hubo otro silencio largo. Edward me abraza por la espalda, inseguro, algo, al parecer, le inquieta.
— ¿Qué te pasa?
—Quiero preguntarte algo, pero temo a la respuesta.
—Tuviste valor suficiente para venir a enfrentar a la mujer demonio. —Ironizo.
Da un respiro profundo, golpeando sus dedos en mi hombro. Lo que traduje como nerviosismo.
— ¿Algún día podrás perdonarme? —Por esto su inseguridad, la última vez que hablamos, recuerdo haberle dicho que esto jamás ocurriría. Claramente las cosas han cambiado…
—Ya lo he hecho...
— ¿Co… cómo? —Su sorpresa es mayúscula. Era evidente ¿o no?, si no, lo hubiera enviado a la mierda apenas lo vi.
—Cuando me alejé de ti, ése fue el primer paso. Las cicatrices ya no son una debilidad, sino una fortaleza. Aprendí a ser fuerte y lo agradezco, no hubiese podido enfrentar este cambio radical en mi vida de no ser por ti. —Puesto que Charlie tenía previsto este futuro para mí.
—Yo te hice mucho daño.
—Ya no te lamentes, no más remordimiento.
—No lo hay, solo que me cuesta creerlo.
—Ahora hombre incrédulo. —Doy media vuelta, para luego sentarme a horcajadas sobre él—. Te amarraré a la cama y te follaré.
—No puedo creer que te tenga aquí, que estés conmigo —dice con devoción.
—Yo tampoco.
—Te necesité y te necesito de muchas maneras. Ma belle, te amo.
—Basta de palabras. —Vuelvo a su boca. A esos labios que marcan mi agonía.
Puedo sentir su erección, mi sexo palpita. Lo necesito dentro de mí. Sentirlo de forma carnal, inmaterial, etérea, de todas las existentes. Sin embargo, él me tira hacia atrás, besando mi abdomen, mi sexo. Su lengua por mis labios, a la par con sus dedos, muerde levemente mi clítoris. El placer comienza a arremolinarse en mi vientre, amenazando con disiparse por mi cuerpo.
— ¡Mierda, Edward! —Entierro mis dedos en su pelo. Hunde dos dedos en mi coño, me retuerzo. Cuando estoy a punto de alcanzar el clímax él se detiene.
— ¡Maldito! —gruño. Sin embargo, Edward me penetra. Su polla en mi sexo continúa arremolinando el placer. Sus embestidas son rápidas, desesperadas.
—Oh, Bella —gime en mi oído. Mi coño se contrae, el orgasmo se aproxima. Aprieto mis manos en su culo, incitándole a aumentar el ritmo. Muerdo su oreja, lamiendo su cuello con lujuria.
— ¡Oh, mierda, mierda! —Me contorsiono, el orgasmo explota—. ¡Oh, Edward! —Me abrasa, me consume. El placer se disemina por mi sexo y por el resto de mí cuerpo. Los estertores siguen unos tras otros. Respiro con dificultad.
El universo se dilata, haciéndose humilde, para postrarse a nuestros pies. Entonces, pasamos de ser ínfimos a ser lo más grotesco e inmenso.
—Isabella —dice con lentitud, con voz oscura, teñida por el orgasmo. Se queda sobre mí, su polla aún late en mi interior. Reposa su cabeza en mi pecho, respirando entrecortadamente—. No hay nada más exquisito que escuchar tu corazón desbocado. Ni nada más excitante que tu voz cuando te corres.
—Joder, necesito un cigarrillo. —Me río, yo siempre matando los momentos.
—Creo que tengo un par en mi pantalón —menciona. No me muevo, me limito a jugar con su cabello—. ¿No los buscarás?
—No, estoy cómoda aquí. Puede ser en otro rato.
—Ahora eres más como te recuerdo.
—Y nos queda una larga noche, cariño.
—Y una casa con un sinnúmero de habitaciones.
— ¿Habitaciones? Qué poca imaginación tienes Cullen… ¡Tenemos todo el puto mundo para follar donde nos plazca!
—No me tientes, mujer perversa.
Un sonido rompe nuestro universo paralelo. Es el vibrador de mi móvil.
—Es tu móvil, yo no tengo.
—Quién mierda… —entonces lo recuerdo por primera vez en horas—. ¡Joder!
— ¿No contestarás? Puede ser importante.
— ¡Qué se joda!
Cuando suena por tercera vez me paro para atender la llamada. Enciendo la luz, busco entre la ropa esparcida por el suelo. Miro la pantalla, cinco llamadas perdidas y un mensaje de texto.
— ¿Quién era?
—Mi novio. —Hago las comillas con los dedos.
—Tienes novio —Edward dice serio.
—Hasta hace unas horas… Mierda, tendré que explicarle.
—Tú no tienes por qué hacerlo, abandónalo. Fúgate conmigo, deja a esta manga de imbéciles. Te reclamo como mía. —Su voz está teñida por los deseos más perversos.
—Ese es el punto, cariño. Yo no soy tuya, ni de nadie.
—Eso es lo que tú crees. Yo te he poseído cada maldita noche que estado alejado de ti. He hecho el amor contigo cada día en estos diez años. He mancillado tu memoria, he penetrado tu misterio. Eres mía, por esto nadie más merece tocarte.
El silencio, mi fiel compañero, me ampara al momento de recibir sus palabras. Tan suyas y tan mías a la vez.
— ¿Sabías que los últimos besos están malditos? Dejan una huella indeleble, porque arrancan a la otra persona y te hacen llevarla contigo. He cargado a cuestas el veneno de tu amor en mis labios. Te tengo incrustada en mi pecho, Bella. No eres de nadie más que mía.
Deslizo mis dedos por su mejilla.
—Yo también lo he sentido de esta forma.
—Porque así debe ser, amor.
Reanudo mi búsqueda, con buenos resultados. Encuentro los cigarros, encendiendo uno.
— ¡Bella! —Edward dice espantado.
— ¿Qué coño?
—Tienes un moretón en la espalda.
—Debió ser cuando entramos, el maldito cenicero.
Vuelvo a la cama, exhalo el humo y le paso el cigarro a Edward.
—Dios —susurra.
— ¿Qué ocurre ahora?
—Tienes... Dios, tantas marcas… Tu piel.
—Son heridas de batalla, niño. —Comienzo a indicarle las que tengo en las piernas, en los hombros—. Tengo una bala en la rodilla y pedazos de otra en una costilla. Mis enemigos me tocan, pero no me derrocan. Lo que no te mata te hace más fuerte.
—Pero, ¿por qué? —No entiendo su temor.
—Me gusta el peligro, estar ahí, con la adrenalina a mil por hora transitando por la sangre. No me siento una mujer débil, no tengo por qué esconderme cuando puedo ir y agarrarlos por las bolas. Son las marcas de la satisfacción de ver a mis enemigos muertos, cariño.
—Comprendo. —Él me pasa el cigarro. Fumo—. Tienes un culo perfecto —dice al tiempo que acaricia mi espalda baja. Es sólo un roce.
—Es el único lugar donde no tengo cicatrices, no dejo que nadie me toque el culo. Aunque… Podría hacer alguna excepción. —Sonrío con picardía y levanto las cejas. Él extiende la caricia por mis glúteos.
—Eres cruel, me sigues tentando.
—Tenemos mil y una noches pendientes, Cullen. —Nos quedamos un buen rato yaciendo en el colchón. Tanto que Edward se queda dormido.
Me levanto, dirigiéndome hacia la ventana, la abro y dejo que el aire nocturno se cuele. Mi piel se eriza, me abrazo. El cielo encapotado impide ver la luna, sin embargo, está claro, se nota su presencia. Observo las hectáreas donde he ido construyendo mi imperio. Los bosques que con su oscuridad protegen mi guarida, como con su sombra, han mantenido a salvo mi escondrijo. Así sentía el amor por Edward, era oscuro, estuvo oculto bajo las sombras, solo para que permaneciera. Ahora está quemándome otra vez. Dejándolo fluir, aunque me aniquilara, ya no había nada a lo cual resistirme, no es necesario. Podría fundirme con él eternamente.
Cierro la ventana, Edward está parado detrás de mí.
—Estás fría, nena. —Su mano acaricia mi mejilla.
—Hay algo con lo que he tenido que cargar durante todo este tiempo. Ya no puedo guardarlo más.
—Dímelo —murmura preocupado.
—Ahora yo temo.
—Sea lo que sea, estaré para ti, mi amor. —Él me alienta.
—Decirlo lo hará real —murmuro para mí, Edward se apega muchísimo más. Mi corazón acelera su marcha, inhalo con profundidad.
Pego mí frente a la suya, cierro los ojos y murmuro:
—Te quiero, por todas las veces que lo he callado… Incluso más. —Suspiro entre sus labios. La confesión que permaneció guardada todos estos años, la repetiría por cada vez que la sentí y no pude hacerlo—. Te amo con miseria, con crueldad. Te amo con rabia, con dolor. Te amo, por cada palabra tuya que me ha atado... Te amo, temblorosamente, débilmente. Inclusive, sumergida en este maldito infierno, te amo, con toda la oscuridad que llevo a cuestas. Te amo tanto, Edward, siento que me desgarra el alma hacerlo… y no me importa.
La metáfora oscura de su sobrenombre lo decía. Él había acabado conmigo, con mi fuerza. Solo en él mi fortaleza se disipa. Sin embargo, la fragilidad que él me confería era distinta. Una vulnerabilidad diferente a cualquier otra. Una donde pertenecer y ser pertenecido es parte de esta, pues es más que amar. Es permitirte ser amado y sentirte amado. Ese es el acto de sumisión más grande, y yo, finalmente, me doblegaba, pues jamás alguien me amaría como él.
.
.
Gracias por leer y comentar (:
