~ Capítulo 14: Ardiente destrucción

Había un terrible aire de tensión en la sala del trono hyruliano... Muchos de los los presentes se hallaban muy nerviosos, terriblemente estresados. Acababa de suceder algo terrible, algo inesperado, y lo peor era que nadie afuera de las paredes del castillo, se había enterado de lo ocurrido.

Resultaba que, por un lado, estaban los soldados hyrulianos con capas rojas, de rodillas en la sala con las manos atadas, algunos de ellos sangrando, y todos con espadas amenazando rebanarles el cuello. Por el otro, estaban las guerreras gerudo y hyrulianos con capas azules, amenazando a los prisioneros con sus armas.

Y justo a mitad de la sala, observados por todos, estaban dos personas, los dos más poderosos militares de Hyrule: el general de Doncella Azul, Derdim, blandiendo su alabarda dorada con los bordes manchados en sangre, su gabardina negra hondeando con cada paso que daba; y arrodillado frente a él estaba el general Viscen, el lado derecho de su cara cubierto de sangre por una rajada en su frente, y el rostro enrojecido más de la cuenta ante una notable lucha contra el dolor, pues tenía un muñón que sangraba horriblemente en su brazo derecho... su mano derecha, con todo y lanza, reposaba varios metros a un lado de él.

- Ha dado tremenda pelea, general Viscen - Dijo Derdim acercándose a él paso a paso con aire arrogante -. Pero Doncella Azul se encargará de cuidar el trono por ahora.

- ¿Por... por qué? - Dijo Viscen, casi pujando para no demostrar dolor -. ¡¿Por qué nos traicionan?!

- Para un Hyrule mejor, general - Respondió Derdim agachándose frente al otro hombre -. No espero que lo entienda, general, pues su lealtad a la reina se basa meramente en... La realidad es que no sé por qué todos ustedes son leales a una reina tan débil. Y salvo unos cuantos, todos ustedes son un ejército de incompetentes, la capital estará mejor con militares calificados para... supervisarla.

- ¡Traidor! - Decía Viscen furioso, temblando cada vez que salía un nuevo chisguete de su extremidad cortada -. ¡Siempre estuviste del lado de las gerudo!

- Y fue usted tan ciego, general Viscen, que no lo vio antes, y dejó entrar a mis soldados de Doncella Azul como refuerzos, después de que mi hermano solicitó tropas para su futil misión en el desierto - Derdim no quitaba la mirada de los ojos de Vicen, ni cambiaba su tono de voz: era tan tranquilo que provocaba odio -. ¿Pero por qué somos nosotros los malos? Solamente buscamos un mundo justo para todos, empezando por las razas de Hyrule. Y cuando nuestro país se vuelva una fuerza significante en el mundo, viajaremos a otras tierras, para unificar a las razas de otros lados... Hemos oído que, en el otro lado, también hay mucha discriminación...

- ¡Solamente son un par de idiotas con sed de poder, y nada más! - Bramó Viscen, empezando a palidecer por la hemorragia.

- Veo que se le acaba el tiempo, general... Deberá decidir - Derdim extendió la mano hacia su homónimo, no ofreciéndola para asistirle, sino para demandarle algo: -. Deme las dos piedras chismosas, y lo ayudo a vivir para pelear otro día... O se muere por sus heridas, y robo las piedras de su cadáver de todas formas.

- ¡Pelearé hasta el final! - Rugió el guardián del trono, recuperando fuerzas súbitamente. Se levantó con suma velocidad y extendió su única mano hacia el cuello de Derdim, pero este último logró, sorpresivamente, devolver a Viscen al suelo con un golpe de su puño al estómago. Era increíble ver al corpulento y poderosísimo Viscen totalmente derrotado por Derdim, un hombre más delgado y bajo, y menos influyente en la milicia.

- Si no me las dará usted, quizás deba acudir a otras medidas - Derdim hizo una seña con su mano, pidiendo a uno de sus hombres que se acercara, con uno de sus compatriotas prisioneros a cuestas -. A la de tres, mi muchacho matará al suyo, general. Así lo haré hasta que obtenga lo que tengo. Uno... dos...

- ¡Detente, está bien! - Dijo Viscen apresuradamente, de espaldas en el suelo. Se llevó la mano al interior de su vestimenta, y se arrancó del cuello las dos rocas que cargaba con dos trozos de cuero, a modo de pendientes. Extendió su mano y las entregó al soldado más cercano, quien a su vez las tendió a su comandante, el de la ciudad costera.

- Gracias, general - Dijo Derdim con tranquilidad -. Hombres, lleven al general Viscen por asistencia médica, y luego enciérrenlo. Aguarde por mis órdenes ahí, general - Le pidió mirándolo a los ojos, y cuando sus hombres lo ponían en pie, el joven militar se dio media vuelta -. El resto, encarcelen a los otros - Luego cerró sus ojos y, con tono resignado y hasta triste, ordenó: -, pero no duden en matar a quien se oponga.

Derdim no echó a andar para retirarse, sino que sacó una pizca de polvos dorados, del interior de una bolsa de cuero que colgaba de su cinturón. Soltó los polvos, y, a sus pies, se dibujó un símbolo circular muy extraño, cuya luz dorada le envolvió. Derdim desapareció de la sala del trono hyruliano, a la vez que se hacía oír un rugido furioso de Viscen, y se escuchaban los primeros alaridos de una oposición que sería frenada...

- Lamentamos mucho que hayan sucedido tantas cosas durante nuestra estancia - Se disculpó Mist al estrechar la mano de Micaiah -. Vinimos a Daein, y trajimos los problemas con nostros.

- Mist, ustedes los mercenarios nos han ayudado tanto - La tranquilizó Micaiah, tomando con sus dos manos la de la comandante.

- De hecho, nos ayudaron a resolver ese gran problema que teníamos - Añadió Sothe sonriente, cosa rara en él -. Todos ustedes, y Link también, su llegada fue lo que necesitábamos.

- Como en todo, siempre hay sacrificios - Dijo Tauroneo -. Pero todo fue por un bien mayor.

- Nos alegra haber sido de utilidad - Dijo Link rascándose la nuca -. Y con los polvos, estamos más cerca de detener a la bruja Kotake, gracias por su ayuda.

- Buena suerte a todos - Dijo Pelleas con serenidad, agitando la mano.

La despedida tuvo lugar al día siguiente del catastrófico torneo, en la plaza donde los mercenarios habían visto a Micaiah a su llegada a Marado. Misteriosamente, el clima había mejorado mucho, y no había nevado para nada ese día. Sin embargo, para Mist, las despedidas eran como los días nublados que habían tenido últimamente: se sentía triste por las cosas, aunque sabía que el día siguiente llegaría, posiblemente mejor que el anterior.

Mist, Link, Auru, Cremia, Zul (quien había decidido viajar con ellos en representación de los laguz), y el resto de los mercenarios, tenían en sus manos pequeñas bolsitas de cuero, mismas que contenían los polvos de aparición que los llevarían a Crimea.

- ¿Pero cómo los uso? - Inquirió Link confundido al abrir la bolsa y ver los polvos dorados -. Sé que tengo que arrojarlos al suelo y pensar en el lugar al que quiero ir... pero es que nunca he estado en Crimea...

- Yo tampoco - Saltó Zul.

- ¡Yo menos! - Dijo Cremia.

- Tengo la misma duda, me temo - Declaró Auru.

- Tómense de uno de nosotros - Dijo Mist, extendiendo su mano hacia la de Link, haciendo que este se sobresaltara y la mirara desconcertado -. Y suelten sus polvos al mismo tiempo que la otra persona.

Auru se tomó del hombro de Oscar, y Cremia se apresuró a tomar la mano de Rolf, quien no pudo hacer mucho para evitarlo. Mist, tímidamente, echó una mirada furtiva a Boyd: él también estaba mirando, pero cuando sus ojos encontraron los de su comandante, miró para otro lado, para luego tomar el hombro de Zul.

Mist soltó el pellizco de polvos que había tomado, y estos cayeron lentamente al piso, como la nieve; Link y el resto la imitaron de inmediato. Al aterrizar, los polvos formaron una runa circular a los pies de todos, llamando la atención de los curiosos.

Frente a ellos, los rostros de la bella Micaiah, el del serio Sothe, el del sereno Pelleas y el del severo Tauroneo, se desvanecieron en un parpadeo. Justo antes de que su visión fuera imposibilitada por la intensa luz, Link pudo vislumbrar a Boyd no muy lejos de él, mirándole con todo menos con amabilidad. De cierta manera se sentía culpable por querer a Mist, la única persona que podía ver ahora que ambos se encontraban envueltos en un torrente de luz dorada. Link no la miró, y poco interés sintió por el tornado dorado que le rodeaba... No podía sacarse a Boyd de la cabeza.

Y no tuvo mucho tiempo de pensar en ello, pues el joven hombre de pelo verde fue la primera cosa que vio cuando las luces terminaron. De inmediato, guiado por esa misma culpabilidad, Link soltó la mano de Mist, y sólo volteó a verla brevemente para brindarle una sonrisa, antes de posar los ojos en el suelo y evitando los de Mist y los del tercero en discordia.

No pudo hacerlo por mucho más tiempo...

- Pero... ¿pero qué ha ocurrido aquí? - Dijo Titania horrorizada, arrastrando a Link fuera de sus pensamientos.

No se había dado cuenta de ello... crepitar del fuego... gritos... cascos de caballos. Alzó al fin la mirada, y vio, primero, un castillo blanco. Era caso tan alto como el de la capital de Hyrule, y también blanco, pero en vez de ser coronado por color azul, lo era por negro. Pero el castillo estaba bien, el problema estaba situado a unos cinco kilómetros de él: una ciudad de una extensión similar a la capital de Hyrule, pero que no estaba protegida por murallas. En pleno campo, y sin tal protección, era fácil que les pasara por encima una fuerza armada como la que veían, de unas dos mil unidades cuando menos, sin contar las bestias voladoras que rondaban en círculos. Lo preocupante era que no había solamente bestias, sino que unidades montadas también cargaban contra cualquier ser, civil o militar, que veían poniendo oposición.

- No puede ser... ¿Kotake está aquí? - Saltó Auru con asombro.

- Es probable, dado que puede moverse por el mundo a voluntad, con facilidad - Repuso Oscar pensativo, manteniendo la calma.

- ¿Qué debemos hacer? - Inquirió Link intranquilo. Mist le respondió de una manera que sorpendió a más de uno.

- Si están atacando la ciudad de Melior, es probable que pronto se lancen contra el castillo - Dijo con sorpresiva calma -. Si el general Renning está consciente de ello, estará en el castillo planeando un contraataque... No creo que se hayan esperado esto, es demasiada destrucción.

- De todas formas, dudo que Kotake, o quien sea, planee tomar el castillo con esa cantidad de unidades - Añadió la subcomandante -. Crimea tiene más, y mejores, en la guardia real. Debe haber algo más por venir, esa bruja no es tonta...

- Pero no lo entiendo... ¿qué la traería aquí? - Dijo Link preocupado.

- No hay tiempo para pensar en tonterías, ¡andando, saltamontes! - Bramó Shinon, siendo el primero en echar a correr hacia la ciudad.

Hazaña nada fácil... Alguna vez, Link había escuchado a Oscar hablar de los polvos de aparición, y que si bien él no había tenido contacto con ellos jamás, hasta entonces, sabía bien de sus efectos secundarios: agotamiento casi total. Y así había sido, Link hacía un enorme esfuerzo por mantenerse andando, y viendo cómo Cremia sufría de lo mismo, tuvo que pedirles que se refugiaran en una mancha boscosa cercana. Así, Link, Zul y los mercenarios continuaron la marcha.

En definitiva, no era así como esperaba conocer a Crimea. Mist le había hablado de amplios campos y cielos azules, todo enmarcado por un bello marco de altas cordilleras y verdes bosques, con espejops de agua por aquí y por allá. Y Link sabía que así debía ser, pero los gritos, el cielo oscurecido por el humo y el verde siendo extinguido por el fuego, hacían difícil imaginar tal cosa.

Meterse en esos pensamientos le ayudó a llegar a la ciudad sin pensar mucho en el cansancio. A un lado de él oyó un aullido, y Zul pasó como un borrón azul a su derecha, hundiendo las fauces en el primer caballo enemigo que vio. Deteniéndose a recuperar aire por un par de segundos, Link vio al cadáver ensangrentado que cayó al césped, y se quedó helado: debajo de la mancha carmín, notó la cresta real de Hyrule... Hyrule... ¿Hyrule estaba atacando Crimea?

No, no era Hyrule, o no del todo... Tiñiéndose de rojo por el torrente de sangre que fluía desde las brutales heridas, había una capa colgando del cuello del cadáver. Y dicha capa era de color azul.

- ¡Mist! - Llamó Link, antes de lanzarse al ataque.

La muchacha se detuvo en seco, girando sobre sí misma, causando que Boyd la imitara, pues la seguía de cerca. Link no se desconcentró por ese hecho, y dio su mensaje.

- ¡Doncella Azul está atacando Crimea! - Gritó el joven hyruliano con ambas manos rodeando sus labios, para extender el alcance de su voz -. ¡No duden en detenerlos!

Mist asintió y se lanzó a la pelea, corriendo valientemente por la calle, entre los escasos caballeros aliados, los enemigos, las bestias, y los civiles que corrían despavoridos. Recuperándose, Link corrió a unírsele, cortando en dos a un soldado de Doncella Azul que se le puso en el camino. El muchacho rubio pudo afirmar que el alarido de muerte de su compatriota, fue más desgarrador y doloroso para su corazón, que para el soldado mismo. De cierta manera, lo sabía... Titania y Auru se habían portado extraños en presencia de Derdim, e incluso lo siguieron haciendo después. Sabía que los dos tenían sus sospechas, y pensó que Viscen las tendría. Sentía, en algún lado, que tendría que pelear con sus compatriotas, tarde o temprano. Pero jamás se espero que cada tajo que diera con la espada, le desgarraría por dentro con el mismo o aún mayor dolor.

Peleaba inconscientemente, bloqueando en su mente cada vez que cortaba en dos a un soldado de su nación. Pero estos ya casi habían sido todos asesinados, y el resto eran bestias, ya fueran lizalfos, stalfos, caballeros de armadura similares a Gomess, hombres-águila, o alguna que otra gerudo perdida en esas filas tan siniestras, en esa alianza tan impredecible... ¿Derdim y Kotake?

No supo cómo, pero Link terminó haciendo buena dupla en la lucha con una chica bastante linda, de larga cabellera lacia y verdosa, vestida en armadura azul y blandiendo lanza y escudo. Acompañándole estaban dos hechiceras: una rubia de vestimenta rosa, y una de cabello lila y ropa a juego. También había una chica rechoncha con pesada armadura anaranjada, una ágil mujer también rubia, haciendo piruetas y atacando con cuchillos, un gran gato azul y dos gatas de igual tamaño, pero anaranjadas, y un tigre gris, todos los anteriores revueltos con los mercenarios y una pequeña banda de soldados crimeanos.

- ¡La ayuda viene en camino, chicos, sigan peleando! - Gritó la hechicera rubia para dar ánimos a sus compañeros, para luego reducir a cenizas a cinco bestias con una llamarada.

- ¡Oigan, todos! - Llamó Mist al llegar, acompañada de Link, Zul y los mercenarios.

- ¡Los Mercenarios Greil! - Dijo con alivio la muchacha de armadura anaranjada, distrayéndose totalmente de la batalla y siendo embestida por el cadáver de un hombre-águila por consecuencia.

- ¡Se tardaron bastante, jovencita! - Reprimió la bruja rubia a la comandante mercenaria, a la vez que salvaba a la chica de anaranjado de la muerte a manos de una pareja de stalfos.

- ¿Dónde está Ike? - Inquirió la chica de armadura azul.

- ¡No hay tiempo para eso, abrámonos paso hasta el castillo! - Respondió Mist con desesperación, para luego hincarse y curar a un soldado herido.

Estaban todos inmersos en la lucha, cuando el aire se llenó de relinchos. A Link le pareció raro que dicho sonido no le llegara nada más por tierra, sino también por el cielo: alzó la mirada y vio a veinte caballos blancos alados, pegasos, provenientes del castillo y volando en formación de flecha antes de caer en picada y deshacer la formación para batirse con las unidades enemigas del cielo.

Llegó una segunda ola de relinchos, y Link vio llegar por el norte de la ciudad, a una cuadrilla de caballeros montados, comandados por un escandaloso hombre vestido en armadura roja y con un casco cornado, peleando con la misma fuerza que tenía su voz. Los atacantes por tierra fueron aniquilados en ese sector.

- ¡NO TEMAN, CIUDADANOS, PUES YA ESTÁ AQUÍ EL GRAN Y HONORABLE KIERAN, TERCERO EN COMANDO DE LA GUARDIA REAL CRIMEANA! - Bramó con extraña alegría el hombre de rojo, intercalando para atacar la espada en su mano izquierda, y el hacha en su mano derecha.

- ¡Ahora es nuestra oportunidad! - Dio Mist la orden para avanzar hacia el norte, en dirección al castillo.

- ¡Continúen, yo me quedo aquí! - Dijo Oscar desde atrás, domando a un caballo espantado y montándolo a continuación.

- ¿Qué piensas hacer? - Llamó Rolf, frenándose en seco.

- Mis compañeros están aquí, debo ayudarlos - Dicho eso, Oscar tiró de las riendas para dar vuelta, y colocarse a un lado del caballero de rojo -. Hola, Kieran.

- ¡¿PERO CÓMO TE ATREVES A MOSTRAR TU CARA AQUÍ, COBARDE TRAIDOR?! - Bramó con sorpresa Kieran, casi cayéndose de su montura.

El resto, menos Zul, continuaron la carrera como pudieron hacia las puertas del castillo, las cuales no parecieron tan lejanas entre tanta lucha que tuvieron que hacer en el camino. Mist y Titania se acercaron a la pared de diez guardias, se reportaron como los Mercenarios Greil con el líder, y se les permitió el paso.

No se podía apreciar la belleza de los jardínes del castillo, que consistían de verde cesped, múltiples caminos empedrados, y una gran fuente en el medio, antes de la estructura principal en el fondo. No se podía apreciar, pues había soldados, tanto montados como no, formando filas y bloques que se preparaban para continuar la lucha. Por ello, las ocho personas que corrían entre sus filas, vestidos en coloridos atuendos, con motivo de ver a la reina y a lord Renning, resaltaban en el mar de militares.

Link perdió la cuenta de las escaleras y escalinatas que tuvo que subir antes y después de entrar a la parte principal del castillo: dio vuelta en no supo cuántos pasillos, y subió hasta el segundo nivel, donde un soldado accedió a guiarlos a la sala del trono. Se movieron apresuradamente por el pasillo hasta llegar a una gran puerta de roble, y solamente la voz de Mist arrancó a Link de su confusión.

- Link, dado que Auru no está aquí, sería buena idea que entraras con nosotras - Le dijo.

Vio a Mist y a Titania mirándole con urgencia, y entonces cayó en cuenta de que la razón por la que Auru le había acompañado hasta Crimea era, además de visitar otras partes del mundo, hacer las labores diplomáticas para las cuales todos habían acordado, unánimemente, que Link no estaba calificado. Y tener a un montón de soldados hyrulianos como responsables por vidas crimeanas, no ayudaba a la causa.

- Andando, pues - Asintió Link con nerviosismo, recordando también que la reina Elincia tampoco estaba en sus cinco sentidos, al parecer por un hechizo de Kotake.

Los soldados abrieron las puertas apresudaramente, cediendo el paso a Mist, Titania y Link, quienes caminaron con velocidad para ubicarse frente al trono, donde se hincaron, prácticamente ignorando a los otros presentes con la urgencia. Sorprendentemente, la reina Elincia se puso de pie, y respondió al saludo con una inclinación de su cabeza.

Aunque era mayor que Link, su belleza era jovial, haciéndola lucir de una edad similar a la de Mist o la del hyruliano. Había plena bondad en sus ojos cafés, grandes y dulces, que resaltaban entre la piel blanca, la cabellera verde, y el vestido anaranjado.

- Al... Alteza - Musitaron Titania y Mist ante la sorpresa de ver a su reina de pie, totalmente recuperada al parecer.

- Amigas mías - Hablando con tono amable, Elincia comenzó a descender la escalinata que conducía a su trono -. Agradezco mucho todo su apoyo. Como verán, ya me he recuperado de la condición en la que me encontraba hace unos meses. Lamento todo el desorden que les he causado durante esa desagradable etapa.

- No hay necesidad de disculparse, Alteza - Declaró Mist -. Solamente seguíamos sus órdenes.

- Mi nombre es Elincia, y soy reina de Crimea - Dijo entonces la joven dama, dirigiéndose al visitante -. ¿Puede decirme su nombre, joven caballero?

- Link... Soy Link, de Hyrule - Respondió exitosamente a la primera pregunta.

- Bienvenido, Link - Le dijo Elincia con amabilidad. Pero el hyruliano, sin embargo, miró al fin a los otros presentes, quienes le miraban con suspicacia. El primero era un hombre alto y galante, de cabellera verde, pulcro bigote a juego, y armadura negra. Luego estaba una mujer guapa, de larga cabellera azul, esbelta figura envuelta en blanco, espada a un costado, y botas de alto tacón. A su lado, sosteniendo un pergamino en el puño cerrado, y mirando a Link con más duda que los otros dos, estaba un atractivo hombre de corto cabello del mismo color, vistiendo armadura de azul más oscuro.

- Hyruliano, te tenemos una pregunta - Dio un paso adelante el último hombre, casi dejando de lado todas las formalidades.

- ¡Geoffrey! - Saltó la mujer de cabellera azul.

- Nos encantaría que nos dijeras qué significa esto - Geoffrey le tendió el pergamino a Link, para que lo leyera.

Para evitar crear un conflicto innecesario, Link no dijo nada y tomó el pedazo de pergamino, para luego perderse en las letras escritas en él. Saltó a la vista, en primer lugar, la cresta hyruliana en el encabezado del escrito. Y conforme fue leyendo, el joven se inquietó más:

"Mi nombre es Derdim, y soy el actual general de las fuerzas armadas del reino de Hyrule.

La presente es una declaración de guerra. Mis fuerzas y yo hemos desembarcado en el puerto llamado Toha, y mientras usted se encuentra leyendo estas palabras, nosotros marchamos en dirección a Crimea. Mis aliados y yo hemos tenido la cortesía de advertirle sobre nuestro ataque, pues preferimos una lucha justa. Tengan cuidado, sin embargo, pues tenemos varios ases ocultos entre nuestras filas.

Espero sinceramente que las defensas de Melior se encuentren preparadas para el momento de mi llegada. Se aproxima el momento en que la destrucción arderá, y ustedes serán una de las principales causas.

Atentamente,

Derdim, comandante en jefe de las fuerzas armadas hyrulianas"

Link estaba bastante confundido... ¿Derdim, general de todas las fuerzas armadas del país? ¿Qué había de Viscen? ¿Estaba Derdim usando ese título para dar pie a una mala relación entre Hyrule y Crimea, o... estaría Viscen muerto?

- Sabemos que cuentan con una poderosa bruja entre sus filas, hyruliano - Condenó Geoffrey sin cuidado alguno -. Sabemos que ella ha estado invocando a monstruos todo este tiempo, y lo hizo antes de que Derdim llegara a atacar Melior. Ha sido un ataque cobarde, y...

- ¡Suficiente, Geoffrey! - Dijeron al unísono Elincia y el hombre de pelo verde que tanto se parecía a ella.

- Debe haber una explicación - Dijo la mujer de pelo azul -. Esto no coincide con la información enviada por Bastian y Volke. Link, ¿podrías contarnos qué ha ocurrido en Hyrule?

- Honestamente, tampoco tengo mucha idea - Respondió Link dudoso -. Hasta donde yo sabía, Derdim comandaba la milicia de tan solo una ciudad de Hyrule, Doncella Azul. Pero se hace llamar comandante en jefe...

- ¿Y por qué Hyrule atacaría a Crimea? - Cuestionó el hombre de bigote con serenidad.

- No lo sé, podrían tomar como pretexto el supuesto atentado de los Mercenarios Greil contra Zelda, pero ya sabemos que la bruja Kotake estaba detrás de todo - Explicó el rubio.

- Kotake siempre quiso crear conflicto entre ambas naciones - Intervino Titania -. Si nuestras suposiciones son correctas, y Derdim de verdad se alió con Kotake... Usaría a nuestro amigo de Hyrule para que armara un ataque a Crimea, en nombre de Hyrule entero.

- Pero sigo sin entenderlo - Declaró Mist -. Hasta ahora, todo lo que ha hecho Kotake... No le veo el sentido. Capturar a la reina Zelda, cubrir buena parte del mundo de un invierno eterno, empujarnos a la isla de Midoro, devastar Crimea... ¿para qué?

- Antes, cuando aún estábamos en Marado, intenté comunicarme con Viscen, pero no hubo respuesta - Añadió Link -. Y el problema no es la distancia, pues Auru sí pudo hablarle antes. Algo anda muy mal... Pero eso no importa ahora, debemos detener a esos monstruos ahora, y si Derdim está aquí, en Crimea, tenemos que capturarlo también. Le garantizo, Alteza - Se dirigió a Elincia -, que Hyrule asistirá a Crimea, pues tenemos un enemigo en común. O por lo menos yo les ayudaré, pues soy el único hyruliano aquí capaz de pelear...

- De acuerdo, joven guerrero - Dijo el galante caballero de armadura negra, Renning, ya más blando -. Si Derdim está en Crimea, y de verdad marchó a Melior anoche, no estará lejos del campo de batalla. Una vez que sir Kieran asegure la ciudad, podremos reagurparnos y contraatacar, para ir en su búsqueda...

Pero la explicación de Renning fue interrumpida abruptamente cuando, inesperada y escandalosamente, un sangrante y agotado soldado empujó las puertas para acceder a la sala del trono.

- Por los dioses... ¡Lord Renning, señor! - Se cuadró, apenas, y se desplomó de rodillas después de inclinarse -. ¡Es horrible, mi reina, debemos actuar cuanto antes!

- ¿Qué es lo que sucede? - Inquirió la mujer de cabello azul, Lucia, con urgencia.

- ¡Es horrible, dama Lucia! - Escupió sangre y continuó -. ¡Deshizo el fuerte Pinell en pedazos, y a todas las aldeas cercanas desde Toha! ¡Y viene hacia acá!

- ¿Qué es lo que viene hacia acá? - Cuestionó Geoffrey.

- Es una bestia... una bestia metálica, como un toro, pero más grande que uno de verdad, y casi tan veloz - Relató el herido soldado -. Pero nada... nada con que podamos atacarla, es capaz de detenerla... Y puede derribar casas con sólo embestirlas...

- ¿Qué hacemos ahora, lord Renning? - Inquirió Mist.

Salvo las pesadas inhalaciones del recién llegado, quien prontamente fue curado por Mist, no hubo mayor ruido dentro de la sala, pues todos los presentes se hallaban pensativos. A Link se le ocurrió fabricar flechas explosivas, pero en Tellius no conocían la pólvora. Y si no había lanza, espada o hacha que pudiera dañar a esa criatura metálica...

- Geoffrey, ordena a todos los jinetes que se reagrupen, necesitaremos todos los caballos y pegasos a nuestra disposición - Instruyó Renning -. Y traigan a todos los hechiceros disponibles, además de los arqueros más capaces que se ofrezcan.

- Encuentre a Shinon, sir Geoffrey - Pidió Mist.

- Que los civiles se resguarden en el castillo, y envía un pelotón a mantener segura la ciudad - Siguió diciendo -. El resto de nuestros soldados, que se resguraden aquí también... No hay nada que puedan hacer contra algo tan fuerte y veloz. Mientras tanto, Lucia, ordena que se preparen las catapultas - Lucia asintió y desapareció tras las enormes puertas, seguida por Geoffrey -. Comandante Mist, Titania... ¿asumo que puedo contar con ustedes?

- A su servicio, lord Renning - Respondió Mist con solemnidad.

- Señor, puede contar conmigo también - Saltó Link -. Soy un buen jinete, puedo pelear bastante bien.

- Eso me han dicho - Respondió Renning sonriente -. Vayan todos a las caballerizas a reunirse con los demás jinetes. Y aguarden mis instrucciones.

- Y yo pelearé también - Añadió Elincia, adelantándose hacia la puerta -. Iré a prepararme. Lord Renning, yo guiaré a las unidades por aire, quiero que usted haga lo propio por tierra.

- Usted es la reina... sus deseos son órdenes - Dijo el otro con cierta resignación, pues no podía hacer nada para evitar que su sobrina se lanzara a la batalla.

- Andando, Link - Dijo Mist, saliendo por la puerta detrás de los dos nobles crimeanos, para que el rubio y Titania le siguieran.

Otra vez inconscientemente, Link siguió a Mist por los pasillos, con la voz de Renning dando instrucciones en el fondo. Se le había ocurrido una idea, pero estaba dudoso de llevarla a cabo, pues no sabía cómo. Se veía el dorso de la mano izquierda, preguntándose cómo había logrado antes desencadenar el poder de la Trifuerza... lo había hecho en Marado en la pelea contra Dardan... Más tiempo atrás, incluso lo había hecho en contra de Oscar... Pero no sabía cómo utilizar ese poder voluntariamente. Link sabía que podía lanzarse contra la criatura metálica, pero no sabía si ese poder surgiría en ese momento para asistirlo, a pesar de tener plena seguridad de que, si así sucedía, podría detener el ataque del gran toro de metal.

Y mientras caminaban por los corredores y descendían escaleras, para salir al jardín y encaminarse a las caballerizas, Mist miraba de reojo a Link, quien con ese rostro tan pensativo, se miraba la mano una y otra vez. Mist creía saber en qué pensaba él, pero cómo aliviar esa inseguridad en sus ojos, era otra cosa.

Llegaron, al fin, a una pequeña edificación de roca con techo de madera, en la que se movían cientos de personas y caballos. A primera vista parecía un desorden, pero en realidad estaba muy organizado todo, pues cada quien sabía en dónde estaban sus cosas y cuál era su caballo. Sin decir nada, Titania se encaminó a tomar las riendas de uno, lo trajo hacia sí, se subió a la silla, y le tendió la mano a Shinon, quien iba llegando.

- Link - Dijo Mist súbitamente, alzando su voz sobre la de Geoffrey, que daba instrucciones, y la de Kieran, quien seguía vociferando contra Oscar.

- Ten cuidado - Pidió Link con preocupación, perdiéndose en los ojos azules de la muchacha.

- Gracias - Respondió ella sonriente y luego, tras darle un golpecito en el pecho con el dedo, dijo juguetonamente: -. Aunque tú eres el que nunca ha estado en una pelea así - Volvió a enseriarse, y dijo -. Tú ten cuidado.

Los dos se quedaron mirando, inquietos, con ganas de hacer lo mismo, pero sin atreverse a hacerlo. Pero tuvieron que acceder al incontenible deseo, ignorando el hecho de que pudieran verles... A sabiendas de que esa pelea no iba a ser cualquier cosa, se abrazaron con desesperada fuerza, y se dieron el más profundo beso que se habían dado hasta entonces. Muy probablemente terminarían separados en el campo de batalla, incapaces de protegerse el uno al otro, así que se desmostraron cuanto se querían con ese beso, acariciándose los dos pares de labios con cariño pero fiereza.

Se separaron, pero Mist no dejó de rodear el cuello de Link con sus brazos, y lo miró fijamente a los ojos, esos ojos como de una noble pero fiera bestia, como de un elegante lobo.

- Link... Lo que sea que estás planeando hacer... Sé que puedes lograrlo. Creemos en ti - Terminó con una sonrisa, y un tierno y suave beso para luego separarse de él, y buscar un caballo.

Al caballo de Mist se acercó la bruja rubia que Link había visto antes en la batalla, una bruja que se hacía llamar Callil. Conversaron unos segundos antes de que la comandante mercenaria le tendiera la mano para subir. Finalmente, Mist guió al caballo a las filas que se formaban en el exterior de las caballerizas.

Link encontró otro caballo, un corcel negro de tamaño promedio, pero que lucía lo suficientemente fuerte y veloz para lo que tenía pensado hacer. El hyruliano tomó las riendas y estaba dispuesto a enfilarse cuando, entre la multitud de armaduras blancas, vislumbró una cabellera verde. Realmente no se sentía con ganas de acercarse a Boyd, pero parecía que el joven y musculoso hombre iba también en busca de alguien que lo llevara. Después de todo, Boyd era un guerrero también muy fuerte, Link pensó que llevarlo consigo podría ser una buena idea.

- Boyd - Llamó Link con timidez.

Los ojos de ambos se encontraron, los de Link culposos y los de Boyd, serios. Tenía que quitarse Link ese pensamiento de la cabeza, porque no estaba haciendo nada mal... y porque ese no era momento de darle vueltas al asunto.

- Sube - Le acercó a Boyd el caballo y le tendió la mano derecha. Y el otro la tomó, impulsándose para quedar montado en la silla, detrás de Link.

- Espero que de verdad seas buen jinete - Dijo Boyd con tono más tranquilo, aunque denotando seriedad aún.

- Soy el mejor de Hyrule, ¿recuerdas? - Se defendió el rubio.

- Pensé que esa chica, Marin, era la mejor - Contestó el otro, ahora con algo de sorna.

- Cállate - Dijo Link, ya más tranquilo al escuchar a Boyd dispuesto a bromear.

Con un grito, Link ordenó a su caballo que trotara hacia el exterior de la caballeriza, donde ya se había formado un bloque de unos cien jinetes, una mezcla de lanceros, halabarderos, espadachines, arqueros, y hasta magos. También alcanzó a vislumbrar entre las filas, sorpresivamente, a cuatro personas muy raras: un alto hombre de vestimenta café y lacia cabellera gris, dos mujeres esbeltas y muy parecidas, ambas pelirrojas, y un hombre delgado y no muy alto, con una extraña banda anaranjada con solapas a ambos lados, rodeando su cabeza de pelo azul. Link vio las colas de los cuatro moviéndose de lado a lado, y supo entonces que eran laguz.

En el mismo jardín, al otro lado, se había formado un bloque de cincuenta jinetes de pegasos, encabezados por la misma reina Elincia, quien ahora vestía ropajes amarillos y blancos, armadura a juego, y transparente capa de claro azul. Portaba, además, una elegante y brillante espada en su mano derecha, que coronaba el marco de majestuosidad que formaba con su magnífico pegaso de un cuerno.

Finalmente, entre los dos bloques de caballería terrestre y aérea, se reunieron Renning, su sobrina, y Geoffrey, este último sopló una trompeta para llamar la atención de los soldados.

- ¡Valientes hermanos y hermanas de Crimea! - Llamó Elincia con potente voz, provocando los vítores de su gente -. Inesperadamente, la batalla se ha cernido sobre nosotros. Son tiempos difíciles, sin duda, pues aún nos estamos poniendo de pie como país. ¡Pero siempre hemos prevalecido ante cualquier reto, y eso es lo que ocurrirá también esta vez! ¡Peleen por Crimea!

- ¡Por Crimea! - Rugieron todas las voces a la vez, y Link se sintió tan inspirado y tan lleno de coraje, que se unió al grito de batalla, desenvainando y alzando su espada al mismo tiempo que Elincia.

Con perfecta coordinación, los pegasos alzaron el vuelo para luego virar hacia el este (dirección del recién destruído fuerte Pinnel), acción que imitó la caballería liderada por Renning, que salió por la gran puerta y se dirigió a la misma dirección. Al acercarse a la salida, Link vio primero a Oscar y a Kieran, que se quedaron atrás para guiar a la pequeña fuerza de caballería que serviría como refuerzo; y luego vio al cuarteto de laguz, quienes maullaron (el tigre rugió), y tras ser envueltos en luz, adoptaron sus formas animales. Al salir, también vislumbró al lobo Zul trotando para unirse a la caballería, separándose del pelotón que aseguraría la ciudad.

En el tramo que recorrieron sin oposición, todos se preguntaban cuántos soldados podría haber traído Derdim desde Hyrule, y cuántos monstruos le acompañarían. También, aunque no habían escuchado las instrucciones de Renning, Link y Mist sabían que debían proteger a los magos, pues eran la apuesta del general para detener al toro mecánico, a pesar de que Link tenía su propio plan.

Apenas habían terminado de ascender por una loma, cuando los vieron: por los cielos, al menos treinta hombres-águila. Por tierra, una mezcla de jinetes hyrulianos a caballo, y bulblins montando poderosos jabalíes. Nadie vislumbró, sin embargo, un gran toro de metal corriendo a gran velocidad, ni la alabarda dorada de Derdim.

Link cubriría el flanco izquierdo, mientras Boyd haría lo propio en el derecho: el rubio dio un giro a su espada y, con un grito, hundió la espada en la garganta de un bulblin, mientras Boyd enviaba a volar a un jinete con todo y caballo.

Era una carnicería, y resultaba difícil no mancharse de sangre o no salir herido. También, por todos lados, llovían pegasos con sus jientes, u hombres-águila muertos. Además, por varios lados, aparecían de la nada relámpagos, llamaradas, y fuertes oleadas de viento que, a veces, terminaban creando navajas invisibles que inhabilitaban a los enemigos. No obstante, esa batalla fue corta... extrañamente corta.

- Usar esos polvos para venir aquí, fue mala idea - Dijo Boyd de repente, cuando el ataque cesó -. No creo poder aguantar por mucho, estoy agotado.

- Aguanta, Boyd - Dijo Titania a un lado de él, frenando a su lado derecho -. El toro ese aún no ha aparecido.

Detrás de ellos, descendieron las jinetes de pegaso, la mayoría intactas. Y luego, se reunieron todos con Renning y Geoffrey. Sorprendentemente, habían tenido muy pocas bajas.

- ¿Tenemos suficientes hechiceros? - Inquirió Renning, mirando hacia el este.

- Eso creo, general Renning - Dijo Callil, tomada de los hombros de Mist -. Pero bastará con que mi querida Mist logre acercarme lo suficiente, y freiré a esa cosa en un santiamén.

- Es bueno escucharlo, porque aquí viene ya - Dijo Geoffrey con seriedad, mirando también hacia el este.

Link también veía lo mismo: no se vislumbraba al toro de metal, pero sí sus estragos: erráticamente, como en un zigzag, algo se movía entre los árboles de un lunar boscoso, pues árboles iban cayendo por donde pasaba. Más preocupante aún era que, unos cien metros atrás de la bestia metálica, venía otra fuerza de hombres-águila, bulblins y jabalíes, más grande que la anterior, lanzándose a la carga.

- Esto es lo que haremos - Anunció Renning -. Todos los jinetes que lleven consigo a un mago, irán detrás del toro, y quiero que Link, Elincia, tres pegasos, el lobo, el general Ranulf y Lethe, les cubran y les asistan. El resto, pelearemos contra los monstruos que protegen al toro, cubriéndoles la retaguardia a ustedes. ¡Carguen!

Era ahora o nunca. Cuando se disponían a cabalgar en contra de la fuerza de monstruos, el gran toro emergió del bosque. Por fin pudieron verlo, una enorme máquina compuesta de pesadas placas metálicas (la que conformaba el pecho, con el emblema goron marcado), y un complejo sistema de tuercas, engranes, y hasta cables. Tenía cara, un perturbador rostro de dos saltones ojos pintados de dorado para resaltar entre el gris y negro metal, y una sonrisa un tanto maniática.

- Ese soldado debió haber visto mal - Dijo Link al comenzar a cabalgar.

- ¿Qué quieres decir? - Dijo Boyd.

- No es tan grande como un caballo... ¡Tiene el tamaño de tres sementales juntos!

- Puedo vencerlo, solamente acércame lo suficiente y...

- Toma las riendas - Dijo Link tajantemente.

- ¿Qué... qué dices? - Balbuceó Boyd.

- Y no te desvíes... aún - Instruyó Link tendiéndole las riendas, y concentrándose.

Aventajando a la fuerza que le protegía, el toro corría en línea recta hacia la caballería Crimeana, que por el momento también cabalgaba en la misma dirección. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, sin embargo, todos los jinetes dirigieron a sus caballos para desviarse hacia ambos lados de la feroz máquina, esquivándola y continuando hacia el frente. Pero por petición de Link, Boyd no hizo lo mismo.

- ¿Qué piensas hacer? ¡Nos vas a matar! - Dijo el mercenario con urgencia.

- Desvíate cuando salte - Dijo Link, colgándose de la silla del caballo para quedar de frente al toro mecánico -. Tres - Boyd se aferró a las riendas -... Dos - Estaban peligorsamente cerca -... Uno - Boyd ya dudaba que pudiera salvarse del choque.

El mercenario tiró de las riendas con todas sus fuerzas para virar hacia la izquierda, una vez que Link hubo pegado un increíble salto, humanamente imposible. Al desprenderse de la silla de montar, el triángulo en su mano izquierda había brillado, y un delicado y casi imperceptible torbellino dorado, le recorrió el cuerpo de arriba a abajo. Link aferró su espada con ambas manos y, cuando su cuerpo pasaba rozando la cabeza del toro en un vuelo casi horizontal, giró sobre si mismo para golpear el metal.

Fue en vano, el toro se había dado cuenta de ello (lo que era raro, pues era una máquina) y había acelerado el paso aún más en el momento justo: Link ni siquiera había hecho contacto. En vez de eso, fue a aterrizar precipitadamente varios metros más adelante, y aunque lo hizo con los pies, la fuerza había sido tanta que dio de bruces, rodó por el suelo, y fue frenado por su barbilla.

- ¿Qué haces, Link? ¡El enemigo ya viene, vuelve aquí! - Gritó Boyd desde atrás, cuando el toro mecánico hubo pasado velozmente por su lado.

Link alzó la cara y vio que no muy lejos de él, la pequeña fuerza de Renning y Geoffrey se batía con las bestias, y que no había suficientes pegasos para hacer frente a todos los hombres-águila, varios de los cuales se desprendían de su parvada para lanzarse contra aquellos que iban contra el toro. Este último se dirigía a la ya de por sí frágil ciudad, como le anunció Boyd a continuación.

- Maldición - Gruñó Link, limpiándose la sangre de la boca y volviendo a montar, delante de Boyd. Éste ya tenía motivos para despotricar contra Link, así que el hyliano ya se esperaba una sarta de palabras en su contra. Pero no fue así.

- Cabalga hacia esa cosa de nuevo... Si somos lo suficientemente rápidos, no se dará cuenta de que vienes - Le dijo únicamente.

Delante de ellos, en lo alto, se escuchó a Elincia soplar una trompeta, pidiendo los refuerzos que encabezarían Oscar y Kieran. La situación con el toro se había vuelto peligrosa, pues los caballos apenas podían mantenerse a su paso. Y, al parecer, los ataques mágicos no hacían mucho, pues Calill ya había lanzado un par de potentes llamaradas en su contra, que no habían hecho más que hacerlo bajar el paso ligeramente. Los dos gatos del grupo, más veloces que los caballos, lograban soltarle varios zarpazos, pero solamente el gato azul había logrado hacerle un rasguño, en una de las placas del costado.

- Mantén trotando a ese caballo, chica, lo intentaré otra vez - Escuchó Link decir a Calill cuando su caballo se emparejó con el de Mist.

Esta vez, se formó una gran bola llameante sobre la cabeza de la guapa rubia, y entre sus enguantadas manos. La hechicera lanzó la esfera contra la máquina, impactando en su retaguardia, y por fin causándole daño significativo. Link también vio una lluvia de relámpagos originándose desde el lomo de otro caballo, en el cual cabalgaba un soldado crimeano con la hechicera de cabello liláceo a la espalda. Pero eso tampoco funcionó mucho, pues el toro mecánico no había reducido su velocidad como para que los otros pudieran atacarle con comodidad: Zul y la gata anaranjada habían intentado hundirle los colmillos en las patas traseras, solo para ser arrastrados brutalmente y quedar inconscientes en el suelo, volviendo a sus formas humanoides.

Calill volvió a intentar su esfera de fuego, pero esta vez fue más débil. Después de eso, mientras Link y Boyd lograban acercarse más, Elincia descendió y alcanzó a la bestia metálica e intentó darle dos espadazos con todas sus fuerzas, pero tampoco logró más que un rasguño. Dos hechiceros más intentaron derribarla con la fuerza del viento, pero no lograron absolutamente nada.

- Esto está mal - Gruñó Boyd inquieto, mirando sobre su hombro... Había tres hombres águila y un jinete de jabalí, que se habían filtrado de la barrera de Renning, acercándose cada vez más -. ¡Mist, enemigos a la retaguardia!

Boyd habló lo suficientemente fuerte como para que una de las jinetes pegaso descendiera y asistiera a Mist y Calill en la lucha atrás. Ante la presión, Link forzó al caballo a incrementar el paso, con éxito. Ya estaban más cerca.

Delante, Kieran y Oscar atacaron a la bestia al unísono, por ambos lados y hacia las piernas, logrando por fin que trompicara. Ante eso, los caballeros que venían detrás le atacaron de frente, intentando causar daño serio, pero no lo lograron: sorpresivamente el robot se puso de pie otra vez, enviando a volar a al menos siete caballos con sus jinetes, y volviendo a la carga hacia la ciudad.

- Esa cosa tiene conciencia - Dijo Link al ver a la máquina poniéndose de pie y defendiéndose de ataques.

- Te estoy haciendo más lento - Dijo Boyd de repente.

- ¿Qué?

- Te estoy haciendo más lento.

Sin más aviso que ese, Boyd brincó de la silla de montar hacia el césped, aterrizando hábilmente y rodando para no lastimarse. "¿En qué demonios piensa? ¡Lo van a matar si se queda solo a mitad del campo!", fue lo que pensó Link, pero estaba consciente de que había más vidas en peligro. En efecto, al aminorar la carga, su caballo se volvió un poco más veloz.

Más veloces eran los enemigos voladores, pues cada vez más escapaban de las manos de Renning para perseguir al otro grupo. Siendo perseguido por uno, Link tuvo que arreglárselas para defenderse de ellos, hasta que Elincia, el gato azul, el resto de los pegasos y las fuerzas de Kieran, les alcanzaron por el frente.

- ¡No podemos detenerlo, reina Elincia! ¡Lo sentimos! - Dijo un soldado alzando su voz -. Ni siquiera los magos han podido.

- Le haría bien a Crimea tener hombres como ese chico, Link - Dijo Elincia tras derribar a un hombre-águila -. No se ha rendido aún.

Link encabeza a una pareja de jinetes que cabalgaban junto con dos magos, cada uno, y ellos eran los únicos que habían continuado la persecución. Kieran y Oscar ya habían virado de regreso para intentarlo otra vez, y tras las palabras de Elincia, unos cuantos más se lanzaron de nuevo a la persecución, pero más de uno cayó muerto cuando se les vino encima la horda enemiga: por encima de la colina, a espaldas de Link, se podía ver a la fuerza de Renning, ya bastante reducida, retrocediendo de la posición inicial. Por primera vez, volaron rocas desde los jardínes del castillo, desde las catapultas, para asistir en la defensa contra los enemigos que ya les asediaban. Eran más de los iniciales, al parecer, pues no era posible que Renning y compañía se hubiran visto abrumados tan repentinamente.

- ¡Cúbranme, yo lo detendré! - Pidió Link a los dos jinetes que tenía más cerca. Una petición algo extraña, pues si cien hombres no habían hecho más que rasguñar a la máquina, un hombre solo no tenía muchas posibilidades. Pero tuvieron que hacerlo, por dos razones: ya estaban prácticamente dentro de la ciudad, así que era la mejor y única apuesta; y ya tenían monstruos encima.

Había llegado el momento: cayó la primera casa con el golpe del toro, y se hicieron oír los primeros gritos de terror y dolor. Se levantó una polvareda tremenda que no dejaba a Link ver bien, pero se escuchó claramente cómo caía en pedazos el segundo edificio, y el tercero, y el cuarto... Flechas volaron en dirección al toron, en vano... Pero a pesar de los escombros y el polvo, Link logró, al fin, alcanzar al robot al llegar a una calle recta, quizás la principal de la ciudad, pues iba directamente al castillo. Mientras galopaba por ahí, el toro embestía a ambos lados con la cabeza, destruyendo todo lo que tenía a su alcance.

- ¡Eres mío! - Bramó Link al estar lo suficientemente cerca. Otra vez le envolvieron hilos de luz dorada, frágiles y delgados, pero brindándole suficiente fuerza como para dañar al toro más de lo que habían logrado los laguz. Pero no había sido suficiente.

"Nos estamos acercando al castillo...", Link tenía presente el pensamiento... Tenía que darle fin, ya. Sabía que no haría el suficiente daño a tiempo, a menos de que intentara otra vez lo que había hecho en primera instancia. Era probable que volvería a fallar, pero no tenía más opción.

Aferró el borrén de la silla con la mano derecha, para colgarse del caballo por su costado izquierdo, empuñando la espada con la mano izquierda. Él sabía la técnica, la había aprendido en su viaje, un año atrás... No podía fallar...

Esta vez, logró hacerse de más poder de la Trifuerza, no supo cómo. Voló horizontalmente sobre el toro, casi adelantándosele por aire... Si lo esquivaba, todo estaría perdido, no habría otro intento. el castillo estaba a menos de ochenta metros, aminorando la distancia a cada segundo. Aferró la espada con ambas manos, dio una maroma en el aire con la hoja alzándose verticalmente sobre su cabeza, y...

Tuvo que hacer uso de enorme fuerza para rebanar el hierro limpiamente. Si hubiese sido un toro real, le hubiera cortado justo por la espina dorsal. No hubo señal de dolor, pues era una máquina muda, pero sí aminoró la marcha. Empezó a trotar erráticamente, rebotando con los muros sin destruirlos... Pero el peso de su cuerpo era demasiado y, antes de caer inerte, lanzó una última embestida contra el muro del castillo, haciendo un gran hoyo y aplastando a más de uno con los escombros.

Link aterrizó con más violencia, haciendo contacto con las manos primero, pero eso no lo frenó. Luego pegó de espaldas, pero el impulso era demasiado, de forma que todavía giró y pegó con el pecho y con la boca... Estaba seguro de haberse roto una costilla. Y aún más, fue a chocar con la espalda contra el muro de una casa en llamas, para deslizarse por él y caer de cabeza al suelo. Cabe notar que el escudo que cargaba no hizo mucho por amortiguar el golpe.

Su espada... no hallaba su espada... Su mano derecha estaba muy lastimada, así que usó la izquierda para levantarse. Todo le daba vueltas, pero pudo ver, a través de su mareo, del humo y del polvo, que las rocas de las catapultas seguían volando... La máquina había sido destruida, pero la batalla seguía... Tenía que...

Algo muy extraño sucedió de repente: el cielo se tiñó de carmesí a mitad del día, y era evidente que era algo muy extraño, pues todo sonido, hasta los cascos de los caballos en el suelo, cesó. Fue todo muy súbito: hubo un resplandor blanco que cesó enseguida, y luego algo recorrió la tierra, algo como una llamarada también carmesí, proveniente del oeste, extendiéndose por el aire a mil por hora. Pero nadie se quemó... Era solamente luz, una luz que siguió viajando hacia el este, hasta perderse de vista.

Link logró mantenerse consciente el suficiente tiempo como para presenciarlo. Cayó desmayado cinco segundos después, víctima del extremo cansancio y de las recientes heridas...