Teatro de Marionetas
— ¡Oh ladrón! ¿Quién eres? ¿Por qué insistes en enamorarme? Soy tu enemiga, por favor, deja de hacer que mi corazón lata con tanta fuerza — decía un joven de castaña cabellera cambiando su voz por el de una mujer mientras movía en una de sus manos una marioneta vestida de caperucita roja.
— ¡Oh señora! ¿Cómo pretendéis que me olvide de vos? ¿Cómo vivir sin vuestra sonrisa, sin vuestros ojos, sin vuestros besos…? Si lo hiciera moriría, pero si vos me lo pedís fijando vuestra mirada en la mía me lo ordenáis no podré desobedecer — habló de nuevo cambiando de nuevo su voz, moviendo la marioneta vestida de lobo — Aunque seamos diferentes no puedo vivir sin ti.
— Ni yo sin ti — reveló caperucita acercándose a la otra marioneta y fundiéndose en un beso.
— Kaito, ¿otra vez? — cuestionó una voz a sus espaldas, ni más ni menos que su mujer, Aoko, que tenía las manos en la cintura.
— Solo estoy practicando — aseguró el mago retirando la vista.
— No mientas, te encanta hacerlo. Tú y tus fantasías — suspiró llevándose la mano a las sienes.
— Si me las cumplieras sería más fácil — remarcó quitándose las marionetas y guardándolas.
— Sigo sin entender como es que te pone el cuento de caperucita — manifestó sentándose en el sofá — Lo peor es que no es la única.
— Mira el lado bueno. El de policía ladrón no nos hace falta fingirlo — sonrió perversamente.
— ¡Así que es adrede el que me abordes cuando llego! — exclamó levantándose de un salto.
— Sí, pero no me haces ni caso. Bueno ni en ese momento ni en ninguno — comentó por lo bajo.
— Kaito, te recuerdo que lo hacemos tres veces a la semana. Y con una o ninguna yo tendría bastante — le recordó con una ceja alzada.
— Pues menos mal que solo llevamos dos años…
— ¿Qué quieres decir con eso? — interrogó la castaña de brazos cruzados.
— Que si ya se ha acabado la magia con dos años casados imagínate cuando llevemos diez — suspiró cerrando los ojos — Ya no me mimas, no me abrazas, no me besas, no hacemos nada nuevo ni…
Unos labios chocaron de pronto con los suyos y Aoko se sentó en sus piernas, rodeando su cadera con sus piernas y su cuello con los brazos.
— No es que se haya acabado. Es que prefiero reservarla — le susurró guiñándole un ojo — ¿Tienes ganas de magia?
— S-Sí…— afirmó asintiendo a la vez.
La joven sonrió y volvió a besarle. Ese sería un día largo. Mientras, en la mesa otras dos marionetas, una vestida de blanco y otra vestida con uniforme marinero se mantenían juntas, porque esa era su mayor fantasía ya cumplida.
