Capítulo 25 –Salt Lake City

-¡Vean! –Dijo Ethan, mientras conducían por la autopista, haciéndose espacio entre todos los autos que estaban abandonados en la misma, llegando lo más cerca posible, hasta que la vía estuviera totalmente tapada -¡Ya llegamos!

Pudo notar que Liz sacó la cabeza por la ventana, haciendo que el viento dejara volar su cabello, mientras todos observaban cómo más adelante se emplazaba finalmente la ciudad en donde estaban los luciérnagas y Marlene; por fin sabrían si Joel llegó, y si fue así, cómo iban con la cura para el Cordyceps.

Había llegado el momento finalmente; todos esos meses habían dado frutos, siendo ya finales de la primavera.

-Al fin llegamos –dijo John, viendo con una sonrisa tremenda la ciudad, mientras manejaba –ya es hora de que tengas tu colgante, Ethan… vas a tener que darnos tu apellido, claro

Era curioso; no había necesitado decir su apellido en tanto tiempo, debido a que encontrarse con más de un Ethan era raro, aunque eso aplicaba para cualquier nombre a esas alturas, con la poca cantidad de gente que había, pero a su vez decirle le recordaba de inmediato a sus padres; habían hecho bien en protegerlo, porque gracias a ellos estaba llegando a Salt Lake City, y estaba agradecido por eso.

-Lawson –respondió finalmente

Sintió entonces algo en su pecho, que estallaba dentro de él: su nombre: ese chiquillo que tuvo que pasar por veinte años de dolor, buscando la felicidad entre el dolor.

Dos décadas enteras.

-¡Ethan Lawson! –gritó con felicidad, corriendo a Liz de la ventana para él sacar la cabeza al aire -¡Mi nombre es Ethan Lawson!

Sentía el aire pegándole en la cara, mientras veía la ciudad acercarse, y pensaba nuevamente en todo: Jacksonville, Boston, Francis, el auto, Boulder: todo había acabado.

Pudo ver cómo su vista se humedecía, mientras los edificios empezaban a ocupar lo que veía: sabía que entre ellos estaba el hospital, y dentro de él ella.

-¿Y tú, Liz? –Agregó John –si quieres también te haremos un colgante propio

-Preferiría pensar si quiero o no uno –respondió ella, riendo –dame un tiempo para pensar

-El tiempo que quieras; Marlene estará feliz de ver a dos personas como ustedes con ellos; si algo necesitan los luciérnagas son personas que crean en un futuro mejor… y si han atravesado todo el país haciéndolo, pues mejor todavía

John también estaba inmensamente feliz, o al menos eso pudo notar Ethan por su tono.

-Mike –dijo Ethan con la cabeza fuera; el viento y el ruido del camión hicieron que su voz no fuera escuchada ni por John ni por Liz –esto es por ti, por nosotros, y por todos… Diane…

Entonces el camión se detuvo; los autos amontonados en la autopista hacían imposible continuar sobre el vehículo, pero estaban a sólo unas decenas de metros de la ciudad: el último tramo sería a pie.

-Lleven lo más que puedan –dijo Ethan, al ir a la parte trasera –probablemente después volvamos, pero mientras más mejor

Amontonaron sus mochilas con alimentos, municiones y armas, y ya cada uno con la espalda cargada, se miró el uno al otro en señal de complicidad: no podían creerlo. Cerraron el camión, dejándolo a un costado de la autopista por si acaso, y se prepararon para ir, cubiertos por el sol que hacía juego con el ambiente en general de lo que estaba pasando.

-Recuerdo haber pasado antes por esta ciudad –dijo John, mientras caminaban por la autopista –cuando todavía no era un luciérnaga… aquí viví con mi hermano durante un tiempo, pero tuvimos que irnos porque mientras todos vivíamos en la superficie, las tuberías se fueron llenando de infectados sin que lo supiéramos; para cuando lo supimos era demasiado tarde: los militares hicieron un operativo para limpiarlos, pero los equipos designados acabaron infectados también, a la vez que les dieron acceso a rutas hacia la superficie… aparecieron en tantos lugares a la vez, que no hubo forma de defenderse; cada persona que moría se convertía además en nuestro enemigo

-¿Algún motivo por el cual la ciudad fue reclamada por los luciérnagas?

-Sabiendo que habían infectados, los muchachos pudieron expulsarlos de las zonas importantes, como lo es el hospital; probablemente hayan zonas por ahí en donde todavía hayan infectados, pero no están al alcance de las zonas seguras, además sirven como perros guardianes

-Frío… pero efectivo –comentó Ethan

-Mira –indicó Liz –un punto de control… abandonado

-Sí –le respondió John –vestigios del pasado de la ciudad

Entraron a un edificio, con unas zonas verdes, como una plaza interior, viendo lo desolado del lugar, notando realmente el efecto del pasar de los años.

-Podemos acortar camino por acá… oh –dijo John, inspeccionando el lugar, deteniéndose

-¿Qué pasa? –preguntó Ethan

-Hay una escalera posicionada… probablemente la dejó uno de los chicos

Era una pared alta, y había una escalera de metal posicionada ahí, de tal forma que era imposible que no fuera sino algo reciente.

-Eso es buena señal –dijo Ethan –al menos sabemos con certeza que siguen acá, y que no se han ido a ninguna parte

Y uno a uno, la subieron para seguir las instrucciones de John, indicando por dónde podían llegar más rápido al hospital, sintiendo la brisa tenue refrescarlos del sol, dando paso a paso a su destino.

-Ok, John –dijo Liz, mientras caminaban entre paredes –quiero también mi colgante

-¿Tu apellido?

-Elizabeth Hug –dijo ella orgullosa

-¿En serio? –Preguntó de inmediato de forma entusiasta Ethan -¿por qué no lo habías dicho jamás?

-¿Eh? –Respondió ella, confundida -¿cuál es el lío? Además tú tampoco habías dicho el tuyo

-Te viene ese apellido

-¿A qué viene eso? –preguntó Liz, entre molesta y graciosa

-A nada –le dijo Ethan, dando una carcajada

-Una de las primeras cosas que le diré a Marlene después de entregarles sus colgantes será que nunca se atreva a separarlos –comentó John, viéndolos con una sonrisa

Entonces fue Liz quien se detuvo, mientras tanto John como Ethan estaban viéndola a ella, notando cómo había parado.

-Mira… -dijo ella, con su voz temblorosa –ji… ji… ¡jirafas de verdad!

Entonces ambos vieron hacia afuera, en esa habitación a la cual le faltaba toda la pared exterior, dando un gran panorama de la ciudad, en donde se podían ver varias jirafas rondando por la ciudad, en áreas verdes.

-No sabía que teníamos de éstas –comentó John, sin pestañear ni desviar su vista del paisaje

Los tres se quedaron viéndolas fijamente por un momento: incluso en ese mundo se podían encontrar ese tipo de imágenes todavía, como flores entre toda la maleza, abriéndose paso para poder ser vistas y apreciadas.

-Vaya lugar que tienen –dijo Ethan, a modo de broma –ya veo por qué son mejores que los militares

Los tres se rieron calmadamente, para luego continuar la marcha, viéndose obligados a detenerse nuevamente cuando, tras llegar a la terraza del edificio, vieron todavía más animales, caminando pacíficamente entre la ciudad, comiendo de los árboles en paz, sin hacerle daño a nadie.

-Míralas –dijo John –el Cordyceps se tomó el mundo, pero ellas viven apaciblemente, sin luchar entre ellas, ni matarse… sólo comen, beben y disfrutan el día a día, sin hacerse daño… ¿qué distinto sería el mundo si fuéramos todos como ellas? Al menos ahora ellas tampoco tendrán que temer a nada

-No me molestaría que me creciera un poco el cuello si puedo estar así todos los días –respondió Ethan

Entonces partieron hacia una puerta que daba a una escalera hacia abajo, pero al abrirla notaron que alguien faltaba: Ethan se volteó y vio a Liz todavía en la baranda, apreciando a las jirafas mientras caminaban y miraban hacia todos lados, probablemente obligadas por sus instintos a ver si habían leones en las cercanías.

-Ya no habrán más leones –susurró Ethan a sí mismo, mientras se aproximaba a Liz

-¿No te lo dije? –dijo Liz, sin voltearse para verlo, manteniendo su vista en las jirafas –en momentos así recuerdo esa frase… lo…

-Lo mejor está por venir –completó Ethan -… vamos, Liz…

-¡Sí! –respondió Liz, para voltearse rápidamente y caminar hacia la puerta, dándole una sonrisa a Ethan antes de pasarlo e ir a la escalera

Ethan sólo la vio mientras entraba por la puerta, y dejó ir una sonrisa para sí mismo, una de paz, de paz consigo mismo.

-Ya es hora –se dijo, para empezar a caminar –ya es hora, Diane

Por primera vez en mucho tiempo no caminaba en una ciudad sin tener su mano lista para tomar su pistola; por primera vez podía decir que podía relajarse completamente, y sólo caminar: no lo había pensado, pero era rarísimo eso: tan solo caminar, y nada más.

-John –dijo, cuando llegaron al primer piso, a punto de salir a la calle –gracias… es gracias a ti que estamos acá

-¿Qué dices? –Le respondió él –¿me salvaste la vida de una muerte segura, y tú eres el que me agradece? Si estamos aquí, es gracias a ti

-¡Yo creo…! -interrumpió Liz -… que todos pusimos de nuestra parte para esto

Ethan la vio fijamente.

-Yo estoy con ella –dijo entonces, inclinando su cabeza en su dirección

Pudo ver entonces que John nuevamente les sonrió, para luego indicar el camino.

Era un campamento médico abandonado: se notaba que hacía mucho tiempo había albergado a mucha gente, por la cantidad de camillas y tiendas ubicadas: cada uno sólo pudo pensar en cuántas historias se vivieron ahí; cuántas personas pasaron por ese lugar, y sentirse pequeño al darse cuenta de la historia que tenía ese lugar: las esperanzas, sueños y deseos de cientos de personas, si es que no miles.

Fue entonces que John levantó la mano derecho haciendo una seña, para luego cambiar completamente su expresión y bajarla lo más rápido posible, para inmediatamente decirle a Ethan y Liz que se escondieran de vuelta en el edificio del que provenían: éstos dos se vieron totalmente sorprendidos, y no pudieron sino acatar instantáneamente las órdenes, corriendo hacia esas murallas, refugiándose en la sombra que daban esas paredes y techos.

-¿Qué pasa? –preguntó Ethan, agitado, tras haber entrado de vuelta al edificio

-Hay un grupo ahí… un grupo grande… pero no son luciérnagas

-¿Qué? –preguntó seguidamente Liz, mirándolo agitada también

-No sé… no sé quiénes son, pero no son de los nuestros –confirmó John, asomándose por la pared

Fueran quienes fueran aquellas personas, lo cierto es que pronto empezaron a notar que se estaban acercando lentamente; los tres preocupados no pudieron sino desenfundar sus armas, preparándose para la última batalla, tratando de calmar la respiración, mientras esperaban sigilosamente detrás de las paredes la señal del tiroteo.

No era justo, no era justo que tan cerca de ellos, tuvieran que atravesar nuevamente por eso; no era justo, no después de todo por lo que ya habían pasado. ¿Acaso no había sido suficiente? ¿Acaso tenían que pasar por más? Habían sido meses de una lucha infernal por sobrevivir, y ahora que estaban a pasos no de la ciudad, sino del hospital, tenían que volver a disparar, volver a matar, volver a luchar por sobrevivir.

Ethan vio a Liz, quien estaba terriblemente asustada: acababan de pasar por uno de los pocos momentos de paz que habían tenido en mucho tiempo, sólo para caer nuevamente en los tiroteos, y nuevamente pensó: ella más que todos no merecía pasar por esa mierda de nuevo.

Si esto era lo que tenían entonces, más valía que lo que el futuro trajera fuera lo mejor.

-Liz –le dijo, tomándola por el hombro –cálmate… no salgas si es que no es necesario

Ethan la vio luchar: la vio peleando por decirle que necesitarían de ella, que sólo dos personas era un suicidio, pero también la vio pelear con el miedo, con la angustia de saber que tendría que matar de nuevo.

Recordó cuando ella le había contado de su primer asesinato en defensa propia, en la zona de cuarentena: por proteger a su padre de uno de sus pocos enemigos; recordó la amargura que expresó en los días siguientes, y recordó cómo aun tras haber superado eso, nunca se había sentido especialmente cómoda en los tiroteos que habían tenido que superar, ni siquiera tomando en cuenta de que era buena con el rifle.

Entonces fue que notaron que el grupo pasó cerca de ellos, sólo para seguir caminando: eran varias personas, a juzgar por el sonido de los pasos, quizá demasiadas para ellos tres, por lo cual agradecía que fueran quienes fueran, hubieran pasado de ellos. Pero por lo mismo, por la cercanía, separada sólo por una pared, pudo escuchar las voces de esas personas.

-Hay que seguir buscando –dijo uno –deben estar por aquí

Entonces escucharon su voz, y Ethan fue el primero en darse cuenta de quién estaba hablando.

-Luciérnagas de mierda –dijo entonces esa voz –de una u otra forma acabarán muertos igual

Esa voz era inequívocamente de él, sobre todo después de aquella larga charla, que la grabó en su memoria.

Era Nathaniel.