Los libros de Harry Potter no me pertenecen, son de J.K Rowling y de quienes sean sus derechos. Escribo esto por puro gusto personal, y para alegrar a otros fans, y no quiero ni busco nada a cambio. Gracias.

Advertencia: Esta historia contiene yaoi, es decir, amor entre hombres. Así como tortura, non-con, m-preg, canibalismo, criaturas sobrenaturales, drama, y escenas de índole sexual. Temática muy dura, queda advertido.

Sumario: De la muerte de Harry Potter, se alzó el esqueleto de un imperio. La caída de los gobiernos muggles, trajo su carne. La sangre, el hambre, y el sufrimiento de millones, crearon un alma negra y cenagosa para la malformada carcasa. Ahora, tras una década de existencia, Draco Malfoy, espía de la orden del fénix, sacrificará su cuerpo, su corazón, y su alma, para demolerlo. (Harry y Draco acromántulas)

Y ahora…

Bienvenidos a:

TELA DE ARAÑA

Capítulo 25- Lazo de tres cabos

-Teddy…- extendió la mano para consolarlo.

-¡NO! – se apartó como lo haría un animal acorralado.- ¡Yo deje entrar a los mortífagos! ¡Yo delaté a Draco! ¡Yo engañé a papa para que me contara cosas del círculo interno que no debería haber sabido!- Las lágrimas se desbordaron por sus ojos, espesas como sangre, y empararon sus mejillas, mientras hipaba violentamente, intentando contenerlas.- ¡Yo… yo…!- y esta vez se vino completamente abajo, cubriéndose el rostro con las manos- …Yo… utilicé tu cara para hacerlo. –Rompió en sollozos violentos que hacían temblar todo su cuerpo, hundiéndose finalmente en los brazos abiertos de su padrino. Sus últimas palabras fueron un murmullo apenas discernible. –… Yo hice que mataran a mama…-


(Teddy)

Fue como si toda la culpabilidad y la pena que había estado reprimiendo escaparan de repente en un torrente arrollador.

Teddy se derrumbó contra el pecho de Sirius, enterró la cara en la túnica que olía a cosas un poco marchitas, perro y jabón, y rompió en sollozos desgarradores que se fracturaban a cachos en murmullos histéricos de cosas que había hecho.

Era como si la culpa se estuviera desangrando por sus ojos y su lengua, en una hemorragia sofocante.

Teddy nunca se había sentido tan pequeño, ni tan acongojado, como en ese momento. Y solo podía pensar en la cara desencajada de su madre, cuando la luz verde de las maldiciones y los reflejos naranjas de las llamas, se habían posado en su piel, repitiéndose y repitiéndose en su cabeza, detrás de sus ojos, en sus mismos huesos; Imágenes cada vez más distorsionadas y monstruosas, degradándose como una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia, que quemaban como ácido. El peso del remordimiento sumando gramos cada vez que rememoraba la escena, aumentando la carga descomunal que lo iba aplastando poco a poco.

Fuera de su cabeza, Sirius estrechaba fuerte su cuerpo, acariciando sus cabellos empapados de sudor. Y Teddy fue consciente de que le estaba contando cosas que su padrino no quería oír..., pero el hombre mayor le escuchó a pesar de ello, porque era Sirius, y porque le quería a pesar de todo.

Teddy no estaba seguro ya, de que pudiera hacer algo que rompiera el cariño de su padrino. Y saber que había traicionado a alguien que le quería tantísimo, no tardó en hacerse su propio tipo de dolor. Se sentía podrido por dentro, sucio, lleno de insectos susurrantes de mentiras, y gusanos resbaladizos de rencor…

No podía pensar, no lograba moverse, mientras la culpabilidad se le engullía entre sus sollozos cada vez más violentos.

La respiración se le hizo histérica, y empezó a notar que se atragantaba con su propia saliva, incapaz de tragar.

Una mano grande y paternal se posó sobre la curva de su espalda, con suaves palmaditas, ayudándole a recuperar el aliento poco a poco.

Cerró los ojos y los puños, atrapando la túnica de su padrino como si temiera que al soltarlo pudiera desaparecer y abandonarle.

oOo

(Sirius)

Sirius había sido inmunizado al dolor ajeno años atrás.

Una década en prisión, la pérdida de su ahijado, y la larga guerra que vino tras ella, habían fatigado su capacidad de empatizar hasta hacerla casi inservible. Aunque una tenaz raíz de sensibilidad se negaba a morir, agarrándose fuertemente a esas pocas personas a las que quería.

Seguramente por la rareza de momentos en los que de verdad pudiera sufrir viendo la agonía de otro, y por lo querido de los que actualmente conseguían ese efecto, las pocas ocasiones en las que actualmente sucedía, la sensación era intensa. Casi como mecer la mismas heridas que el otro. No era agradable. Pero habitualmente sabía qué hacer para aliviarles; Con Remus, era compañía y horas de recordar momentos juveniles largo tiempo pasados. Con Draco, era caro alcohol y relajadas noches de jugar al ajedrez mágico. Con Hermione, el último libro que hubiera logrado rapiñar de su misión más reciente. Con Minerva, calmadas tardes junto al fuego.

Con Teddy, Rose y Hugo, siempre había un juguete, una historia, un chiste, que poder sacar de alguna parte de su desecado sentido del humor.

Con todos ellos siempre estaban las palabras, y la cercanía física de alguien querido, para competir con el último sufrimiento brindado por la guerra. Pero ahora, ninguno de sus métodos podía hacer ninguna diferencia para Teddy.

Ni los chistes, ni los juguetes, ni la compañía, conseguirían aliviar el peso de la culpa, opresivo y terrible. Una carga que Teddy nunca habría tenido que llevar.

Solo hubiera hecho falta que Sirius se hubiera dado cuenta, (tendría que haberse dado cuenta), una sola vez, de que algo sucedía, y nada de lo que había llevado a esto, hubiera tenido tiempo de fructificar. Y sin embargo, no lo había sabido ver hasta el momento culmen, cuando ya no había nada que poder hacer.

Tarde para Teddy, como lo había sido para Harry.

Sintió los anillos escamosos de la serpiente del autodesprecio, enroscarse en torno a los ventrículos de su corazón, y descansar sobre sus pulmones. El dolor de Teddy hizo eco en sus propias carnes, junto al mucho más antiguo eco del de Harry.

La única diferencia, era que Teddy aún estaba vivo, para que Sirius pudiera contemplar cómo se iba desmoronando a partículas, hasta morir. Una muerte del alma, no tan evidente, pero igual de dañina que la del cuerpo. Tan fácil de ver en la tensión de la anatomía infantil... En sus cejas de pelusa aún fina de niño, fruncidas en un gesto a medio camino entre la tristeza y el dolor. Sobre sus labios apretados en una línea discontinua y blanca, llena de aprensión. Y esculpido en las mejillas pálidas y las pestañas húmedas, que subrayaban el sufrimiento como rotulador.

Entre sus brazos, Teddy no era más que un infante, que apenas había empezado a alcanzar la adolescencia, incapaz de enfrentarse a un dolor tan intenso. Puede que la mereciera, puede que no, pero si no se levantaba el peso, acabaría aplastado por él.

Y Sirius le quería demasiado para permitirlo.

Por eso, estaba dispuesto a aceptar el fardo en su lugar. Pero primero tenía que saber, necesitaba saber, cómo había podido llegar a esto.

-¿Teddy? –

Teddy cerró los ojos con más fuerza.

Sirius dejó que sus dedos volvieran a acariciar el pelo sudoroso, tranquilizadoramente. Pero cuando habló, lo hizo con voz firme, para que su ahijado tuviera algo sólido a lo que agarrarse, y pudiera obedecer sin hacer un esfuerzo mayor del que era capaz de alcanzar en este estado.

-Teddy, sé que estás despierto. Abre los ojos y mírame.

Las pestañas grises temblaron y se estremecieron, el aliento se convirtió en un sonido acongojado y los músculos se agitaron bajo al piel, antes de que, finalmente, los párpados se entreabrieran, dejando asomar los irises claros como espuma.

-…tío Sirius…- La mirada de Teddy se le agarró a los ojos, con la desesperación de quien no sabe qué hacer, ni qué creer. Sirius sacó la varita de su bolsillo.

- Legilimens.-

Penetrar la mente de Teddy, fue igual que traspasar un film de papel de seda. No había ninguna resistencia que impidiera la entrada. Las barreras que separaban los pensamientos íntimos del resto de la consciencia, estaban hechas de poco más que pulpa de cartón y pegamento, y llegar a los más profundo, fue extremadamente sencillo.

Dentro. Lo primero que sintió fue el roce del agua. Fría, dolorosa. Aquí la culpa llovía en forma de aguacero. Después, pudo ver, mirar. Bajo el azote de la tempestad, el interior era como un fuerte echo de cajas y pedacitos de cosas, que solo tenían valor para los ojos de un niño; Retazos de telas de colores, papeles brillantes, piezas de latón, plumas de pájaro…que se hundían en el barro. Empapados, blandos, e insustanciales.

Contemplar los recuerdos, era tan sencillo como hundir los dedos en el cartón mojado que llenaba las paredes.

Vio cómo, con los días y los meses, había ido debilitando las barreras de Hogwarts, borrando poco a poco, las protecciones grabadas en los muros. Contempló el esfuerzo de aprender a adoptar su forma, e imitar sus gestos. El autoenseñado arte del engaño y el silencio. La sombra de la traición que nadie ve, detrás de la máscara del niño.

Buscó los motivos que habían llevado a Teddy, solo un muchacho, a poner tanto esfuerzo en una farsa tan compleja. Encontró la necesidad de salir del hogar en que siempre había vivido, y el deseo de conocer mundo. El leve resentimiento del joven que no tiene permitido ver nada más, que los pasillos de un castillo anciano, por mucha magia y maravillas que este contuviera. Pero no el odio, la ira ciega, la inteligente crueldad, que debería haber, de ser él el ejecutor.

Dio marcha atrás, trazando el principio de todo ello.

Y pronto empezó a ver el patrón.

Minutos que se ausentaban, motivos que no existían, sueños demasiado reales, o no lo bastante insustanciales; señales como muescas de un hechizo de memoria reiterativamente utilizado, y el susurro del control de una maldición particular. Memorias, todas ellas, que empezaban y acababan en el mismo lugar; El borde de las barreras, que separaban los campos de Hogwarts, del territorio mortífago. Mil encuentros de Teddy, y una figura borrada concienzudamente de sus recuerdos.

Alguien lo había estado manipulando, y quien fuera, no había contado al señor tenebroso la verdad. Porque este creía que quien había sido su contacto, y la mente maestra del plan que le había brindado la victoria, había sido él, Sirius. No un niño de once años. No uno de sus seguidores. Él.

¿Por qué?

Hasta que no cogiera al responsable, no podía saberlo. Pero si continuaba con la farsa, quizás el cabrón acabaría por revelarse.

-Um…- Teddy gimoteó entre sus brazos.

Sirius le miró, todavía desorientado tras la intrusión, pálido y dolorido. Acongojado por la culpa que poco a poco comenzaba a mordisquear de nuevo su tuétano.

En ese instante, decidió que su ahijado no iba a sufrir, por algo que no había sido responsabilidad suya.

Cuidadosamente, apoyó la punta de la varita en su pálida sien.

-Oblibiate.-

oOo

(Lucius)

No había transcurrido una hora de la fiesta, insulsa y opaca, cuando un siervo se había acercado a su asiento a la cabeza de la larga mesa del banquete, para susurrar en su oído una petición llegada de las mazmorras, que solicitaba su juicio en asignar destino a un prisionero recién traído.

El chico no había sabido darle más información que esa. Pero el hecho de que alguien le hubiera buscado, aceptando el riesgo de abocar su ira, que molestarle podía atraer, decía mucho sobre la importancia del cautivo… o la estupidez de sus captores.

Sin embargo, el Lord rubio no se interesó por eso, sino porque ambas opciones le ofrecían una excusa válida para retirarse.

Unas palabras más tarde, el señor tenebroso le concedía permiso para marchar.

oOo

La prisión bajo la mole del castillo negro, era una maraña de corredores que se extendían a modo de raíces podridas por el subsuelo de la ciudad. E igual que los apéndices vegetales, estos pasillos también contenían nutrientes. Aquellos nutrientes necesarios para el mantenimiento del régimen:

En su interior, como huevas adheridas a las paredes de los túneles, se acunaban las celdillas donde se preparaban las nuevas ornadas de esclavos, que levantarían las obras titánicas del estado, y atenderían a la élite viciada del sistema. También aquí estaban las despensas, marginalmente más limpias y mejor construidas, que las mazmorras de los esclavos, en cuyo interior se encerraba a las criaturas mágicas que rara vez conseguían capturar. Sus pieles, huesos, músculos, sangre y órganos, ralos y cubiertos de huecos, donde habían sido arrancados para la elaboración de pociones, varitas, y otros valiosos bienes.

Y también allí, entre celdas y mazmorras, estaban las salas... cuyas estancias apestaban a miedo, orín, y plasma; cosas muertas en estado de putrefacción, bilis y descomposición. Cuartillos con diversas utilidades, y herramientas acorde a ellas, pero de englobarlos en una única etiqueta, la más adecuada habría sido la de salas de tortura.

El hedor pungente que salía de ellas llenaba todo el complejo. Convertía el aire en una cocción espesa y difícil de respirar. Permeaba todo cuanto entraba en el mugriento entramado, adhiriéndose a las fosas nasales igual que una repugnante y fétida babosa.

Una vez dentro de las catacumbas, era casi imposible ignorar el hedor. Quienes trabajaban allí, aprendían rápido que, si uno no contaba con un estómago resistente, prestarle atención, solo lo agudizaba hasta alcanzar las náuseas, llegar a las arcadas, para acabar desbordándose en vómito.

No muchos aceptaban el trabajo de carcelero, pocos duraban lo bastante para acostumbrarse al olor, y menos eran los que mantenían una fachada tan compuesta como la que exhibía Lord Malfoy, aquellas ocasiones en las que se veía obligado a bajar hasta allí.

Como ahora.

Con facilidad nacida de la práctica, Lucius permitió que la emanación pasara por sus pulmones, bastamente ignorada, toda su atención centrada, no en lo que le había traído aquí, sino en el estado de su esposa.

Cuanto antes terminara, antes podría regresar junto a ella.

Por eso, mientras se abría paso por el laberinto de la prisión subterránea, lo único en su mente, era la cada vez más corta lista de pociones y conjuros capaces de aliviar su dolor.

Captando su atención, hasta hacerle apenas consciente de la luz tenue de las antorchas mágicamente encendidas, de las confusas sombras bamboleantes sobre las húmedas paredes de piedra gris, las puertas oxidadas de madera deslucida, y los aullidos entrelazados de lamentos, que emanaban de las míseras celdas a ambos lados del corredor.

Con su mente tan ausente, no fue extraño que no captara el otro, mucho más débil, aroma, oculto debajo del hedor habitual, hasta que se hizo totalmente imposible de ignorar. Cuando ya estaba ante la entrada del calabozo al que había sido convocado, junto al guardia que lo guardaba, y a solo un minuto del encuentro.

A tan corta distancia, ni siquiera su propia auto infligida ignorancia de los olores nauseabundos del lugar, ni la monstruosidad de madera vieja, seca y dura, como láminas de tasajo, que hacía de puerta, podían esperar esconderlo más tiempo.

La captación súbita causó un estremecimiento violento entre la primera capa de su piel y la segunda, entre la dermis humana y la quitina; Una impresión bioquímica racial, de reconocimiento, que escaló su temperatura varios grados, en lo que hubiera podido llamarse una fiebre instantánea, si hubiera sido remotamente humano.

Se quedó totalmente quieto.

El cubil de tensión; ese lugar enterrado en lo más hondo de su mente, siempre presente dentro de sus vísceras, desde aquella noche hacía ya una década, chocó contra el olor y se rompió, abriéndose como un una cáscara. Una sensación, ya casi, después de tanto tiempo, desconocida, de dolor, se liberó de dentro y se derramó por sus músculos como mantequilla demasiado caliente. Al tiempo que el aroma que había inundado sus fosas nasales, trepaba hasta sus terminaciones nerviosas y subía a sus neuronas, encendiendo las que se ocupaban de señales como la confianza, familiaridad, y finalmente, el sentimiento ácido de la traición, y el dolor helado del abandono. Despertando, con eficacia brutal, los recuerdos que con tanta dificultad se había esforzado en sepultar.

Todo su organismo, de golpe, despierto, cuando no lo había estado durante lo que había parecido una eternidad; captando el mundo a través de un fino paño de insensibilidad, reaccionó con una intensidad catastrófica, que la máscara de calma helada que siempre portaba en público, no podía sustentar.

Todo el aire dejó sus pulmones, de repente vacíos.

Su mano derecha se posó, ausente, en la superficie escabrosa de la puerta, buscando un punto de apoyo que evitara que se doblara por la mitad. Los finos y aristocráticos labios, se fruncieron en una mueca desagradable, y los dedos de su mano izquierda se curvaron en un puño, para ocultar el deseo filoso de desgarrar.

-¿Señor? ¿Se encuentra bien?- El centinela, demasiado joven para el trabajo de carcelero, y demasiado inexperto para saber cómo actuar, se adelantó para ofrecerle ayuda. Adentrando su presencia pecosa en el espacio del depredador.

La cercanía de un mago, de un humano, en su estado, resonó como una anotación discordante en todo su organismo. El reflejo de protegerse y atacar, curvándose en su estómago como una serpiente ácida.

Pero Lucius no había vivido tanto tiempo con el secreto, cometiendo errores tan estúpidos, como cambiar en un lugar donde podía ser descubierto.

Frenar el instinto de abalanzarse, dejó un dolor sordo en sus encías, y una sensación ardiente en sus músculos, que agravaron la agitación que ya estaba atropellando sus nervios.

-Retirate. -La voz que surgió de la pálida garganta, tenía la cualidad iridiscente del cristal roto, dura, inflexible, y cortante.

-Sí…sí, señor.

El muchacho se apartó, regresando a su puesto, nervioso e inquieto, como uno de esos pequeños perros que no saben de qué tienen miedo exactamente, y que tienen el instinto de supervivencia de un gusano.

Lucius tomó aire deliberadamente, forzándose a encontrar una calma que se sentía más como una imposición, que como nada que deseara realmente. Curvando los dedos de la mano que tenía en la puerta, para sentir mejor el tacto, áspero y seco, la dureza de la superficie, la temperatura casi templada… las cualidades que la componían, como distracción ante la intensidad dolorosa de lo que solo quería olvidar.

Cuando, súbitamente, otro olor, mucho más tenue, se abrió paso por sus neuronas y a través del impacto del primer reconocimiento, para clavarse, profundamente, en sus entrañas; El aroma acrido, casi metálico, de la sangre.

La sangre de un miembro de su nido.

El instinto protector brotó inesperadamente, como lava de un volcán. Ardiente y destructivo. Le estremeció de los huesos a la dermis, en una convulsión que no llegó a ser visible para el guardia, únicamente por que Lord Malfoy poseía un control tan férreo. La única señal externa del tsunami, fue su respiración, que se atascó en un jadeo áspero por unos segundos.

Después, su mano abandonó la madera, con lenta deliberación.

Y toda debilidad expiró de su semblante, al arroparse, el viuda, en el instinto más básico de su especie; el de proteger a su familia.

El aroma al otro lado de la puerta, y dentro de sus pulmones, golpeteando en el interior de sus costillas como un segundo corazón, había empezado a verter por sus venas una letanía continua de: ayuda, ayuda, ayuda… Y sin embargo, el instinto de ofrecerla, no había eliminado el dolor todavía no curado del abandono. Solo lo había relegado a un segundo plano… por ahora.

Así que, cuando un segundo más tarde, posó las yemas de los dedos, gradualmente, en el picaporte, fue un movimiento más instintivo, que voluntario, pero sirvió para precipitarle adelante como la primera piedra de una avalancha.

Con una palabra, la magna masa de madera y hierro giró sobre sus goznes, permitiéndole la entrada a la celda.

-Asegúrate de que no seamos molestados. – Ordenó al guardia sin girarse.

-¡Si, señor!

Entró.

La puerta se cerró a su espalda.

oOo

El ambiente fétido de la celda se afianzó a su alrededor, como una caricia pegajosa. Estanco, sin ventanas, solo las argollas ancladas a la pared, y las cadenas aseguradas al suelo. El cuarto era poco más que piedra helada, cubierta por una costra de suciedad infecta, bajo la presencia agonizante de unas pocas antorchas ya casi consumidas.

-Lord Malfoy.- Un hombre grueso se adelantó obsequiosamente para saludarle, desde donde había estado mirando algo tirado en el suelo, junto a otro mortífago que parecía ser su compañero.

Los dos hombres eran distintos, pero muy similares, como copias de dos artistas de la misma obra. Donde uno era curvas fofas y miembros cortos, el otro era ángulos y miembros espigados, pero sus rostros tenían la misma cruda crueldad marcada, y el mismo gesto de superioridad estúpida, que a menudo ocultaba un comportamiento bestial.

Fáciles de predecir, fáciles de despachar.

Lucius aceptó el saludo con gracia, evitando en todo momento mirar al preso arrojado en el suelo, a riesgo de que la visión levantara una reacción que todavía no había decidido que vertiente iba a tomar.

-¿He de suponer que vosotros capturasteis a la criatura?- Inquirió con calma frígida.

El hombre gordinflón asintió, inmensamente satisfecho.

-Si, por supuesto, nosotros solos.-Se enchió como un pavo en navidad.- Nos alegramos de que haya podido venir personalmente. Tuvimos que insistir mucho para que el chambelán le llevara nuestro aviso, pero mereció la pena. Está aquí después de todo. –Sonrió mostrando dos filas de dientes cuadrados y amarillentos- No querríamos que este descubrimiento llegara a oídos de nadie antes que a los vuestros.-Claramente porque mortífagos de tan bajo nivel, no podían esperar ser escuchados por el señor oscuro.

Lucius sintió un agradecimiento momentáneo por su suerte, una caricia de gratitud hacia el destino, por haber sido el primero en ser informado.

El hombre siguió hablando, terriblemente obsequioso e insistente, inconsciente de que Lucius ya no le escuchaba.

-¿Solos has dicho?- Interrumpió la diatriba, atrapando al hombrecillo en sus pupilas gélidas.

El mortífago tragó saliva nerviosamente, como una alimaña bajo la mirada de un depredador, recuperándose con una tos fingida que confirmó las sospechas del aristócrata.

-Sí, sí, nosotros. Hubo más gente envuelta, claro, pero no sobrevivieron.- Miró al bulto ensangrentado, tumbado en el suelo.- Es un bicho muy duro.

Estos dos estaban vivos para enorgullecerse, solo porque habían sido lo bastante cobardes para esperar a que la criatura estuviera ya en el suelo, e incapacitada, antes de adelantarse para hacerse con el premio. Lucius podía verlo en el sudor de su piel grasa, y el tic neurótico de sus dedos. No le sorprendería descubrir que habían matado a aquellos magos, ya agotados, que si habían participado activamente en la captura.

-¿Alguien más, aparte de vosotros, sabe lo que habéis apresado?- Inquirió.

El otro mortífago, delgado como un cadáver silencioso hasta ese momento, que no se había movido de su sitio junto a la criatura, habló por fin, para responder a la mirada dudosa lanzada por su compañero.

-No, Lord Malfoy, nadie. Lo trajimos envuelto en esa manta, para que ninguno lo viera antes que vos.- Señaló el tejido ensangrentado y craquelado de suciedad que Lucius no había notado, abandonado como estaba entre las sombras del fondo de la celda.

"Que excelente idea." – El sarcasmo burbujeó por el pensamiento, igual que la efervescencia tóxica de una poción fuliginosa.

Se habían tomado muchas molestias para que nadie les robara el premio. Y si hubiera sido cualquier otra criatura, de cualquier otra especie igual de rara, Lucius habría ignorado la repugnancia que le causaban para notificar el hallazgo a su señor, con el conocimiento de que este estaría inmensamente satisfecho. Lo bastante para bañar en riqueza a los dos hombres que lo habían traído, y gozar de buen humor por al menos unos días. Pero en este caso, los dos mortífagos habían cometido un error al buscarle a él como mensajero, y otro mucho más grave, al ser tan avariciosos para ocultar la noticia. Deslices que terminaron de cristalizar la decisión, que ya había sabido, acabaría por tomar.

Lucius extrajo con calma la varita de su bolsillo. Lenta y deliberadamente.

- Habéis hecho un buen trabajo.

El mortífago rechoncho se enchió aún más si era posible, ignorando el tono que debería haber sido su primera y única advertencia.

Nunca vio llegar la maldición.

-¡JOHAN!- Gritó el otro, buscando torpemente su propia varita. Lento, terriblemente lento.

Un segundo flash verde iluminó la celda, y el cuerpo escuálido se derrumbó en el suelo como un saco de huesos reseco, a solo unos metros del rollizo.

-Me preguntaba cuanto ibas a tardar en matarlos.- La voz que surgió del bulto echado en el suelo, era rota y exhausta, y sin embargo cargada de un sarcasmo filoso. Fuerte a pesar de todo. Y familiar… tan familiar… como el oxígeno, o la tierra bajo sus pies.

Lucius la habría reconocido aunque hubieran transcurrido siglos. Una década no era nada, no podía mellar el recuerdo de la entonación venenosa de su hermano.

El sonido despertó en él un anhelo y un rencor, casi dolorosos. Y cuando pronunció su nombre, fue en una resonancia más arrancada de su garganta, que entonada por voluntad propia.

-…Severus. – Un murmullo más que una palabra, doblemente cargado de resentimiento.

No se giró para mirarle todavía. Desgarrado por el conocimiento de que él era quien había decidido abandonar su nido, roto su familia, y destruido su hogar. Pero también con la certeza de que no lo había hecho porque hubiera dejado de amarles.

Lucius no podía prestarle su ayuda, ahora que la amenaza inmediata ya no existía, y tampoco abandonarle.

Y el esfuerzo de no tener una decisión clara, estaba haciendo pedazos su autocontrol.

Podía sentir como su epidermis se iba tornando blanca segundo a segundo.

-Draco está vivo. – Una frase… y su perfectamente construida fachada se vino abajo. Los sentimientos que había enterrado al fondo de su cráneo cuando supo que su hijo era un traidor, se vinieron de nuevo a primer plano, buscando sitio en el yo humano del que los había arrancado en un principio; El dolor de la traición, la inmensa preocupación de saber lo que le esperaba si era atrapado, el cariño, el resentimiento, y finalmente, la agónica certeza de que no podía haber sobrevivido a la entrada al bosque oscuro. El peso total de la pena del luto.

Lucius se giró, lentamente, para mirar a Severus. Mil palabras en la garganta, y nada seguro que decir. El deseo de creer una chispa luminosa en sus ojos claros.

Medio humano, medio araña, el slytherin negro era una mezcolanza de ambas cosas, con brazos largos y escuálidos como patas de insecto, y alargadas manos terminadas en garras delgadas como filos de espada.

Ahí acababa todo lo que Lucius habría llamado vagamente saludable, o reconocible.

Había sangre verde amarilla y roja, semicoagulada y pegajosa. Pedazos desconchados y líneas craqueladas, por toda la quitina negra que cubría su cuerpo desnudo abatido en el suelo. El músculo quebrado y el hueso astillado, podían adivinarse a intervalos irregulares entre el destrozo de la capa externa, en pequeños promontorios de color nácar óseo y rojo carne, donde el sólido metal de las cadenas no lo anclaba al piso. Su cabello caía en mechones sucios y desgreñados entorno a un rostro emaciado, dominado por los colmillos arácnidos cubiertos de líquido verde, que parecían dolorosamente vacíos de veneno. Los ojos negros eran pozos entre la maraña de cabello, imposibles de leer… para quien no había compartido con él, el intrincado encuentro de las arañas.

La descarga de dolor, y la honda casi callada chispa de anhelo, dentro del negro índigo, fueron para el rubio tan fáciles de ver, como dolorosas de asimilar. Como un golpe físico en el plexo solar, le dejaron sin aire, pero le dieron las palabras que quería pronunciar.

-¿Dónde está?- El amor y la esperanza, se hicieron sílabas, y se desangraron por sus labios en contra de todos los instintos de su yo humano.

- Suéltame y te llevaré con él.-

oOo

(Harry)

Durante algún tiempo vagó por las calles mugrientas.

Moviéndose como un viajero largo tiempo fuera del hogar, que intenta encontrar similitudes con sus recuerdos, en una ciudad demasiado cambiada. Contemplando las miserias de la gente, y recordando cómo había sido todo una década atrás. Las memorias de su infancia eran borrosas después de una diez años de forzada represión, más impresiones que imágenes definidas. Pero aún podía evocar, si lo intentaba, los olores del callejón Diagón, los colores vibrantes de las túnicas, la vivacidad que casi se podía respirar en sus calles.

Del espíritu de aquella comunidad, aquí no quedaba nada. Lo único que se podía aspirar en aire estanco, eran el olor hediondo del agua sucia del río, y el fétido aroma de la basura que se pudre lentamente.

Las personas parecían más muertas que vivas, míseras criaturas arrastrándose para sobrevivir.

Pensar en cazar a alguno de ellos, fuera una de aquellas muchachas de sonrisas falsas pintadas de rojo triste, o uno de los hombres de espaldas hundidas por el trabajo, le daba nauseas.

En sus intestinos, la culpabilidad, la quizás, absurda idea, de que su dolor era resultado de que él abandonara la guerra, no le permitía contemplar la idea de matar a ninguno de ellos.

No podía quitarles más, cuando era tan poco lo que tenían.

Pero su instinto y la necesidad de cuidar de su submisivo, tampoco le reconocían regresar sin alimento. No cuando había una cría creciendo en el vientre de Draco. Y no cuando esta era tan necesaria para salvar al bosque.

De ser necesario mataría a uno de ellos, pero prefirió seguir vagando por la ciudad un tiempo, con la esperanza de encontrar alguien que no sintiera lástima de cazar.

Durante lo que le parecieron horas, buscó sin encontrar nada.

El sol se fue moviendo, y empezó a caer la noche, las sombras se fueron alargando, los hombres empezaron a regresar a sus casas, las chicas y mujeres se multiplicaron como polillas ajadas bajo la luz naranja de las farolas, y los niños se fueron yendo de vuelta al seno del hogar… empezó a pensar que tendría que ser una de las mujeres, cuando finalmente, acabó encontrando lo que buscaba, en un callejón hediondo oculto entre dos decrépitos edificios grises, que parecían ir a derrumbarse uno sobre otro, como borrachos. Donde apestaba a orines y cosas peores, la luz casi no llegaba, y los sonidos de la gente en la calle, eran un murmullo lejano casi imposible de oír.

Escondido en un sitio en el que solo las ratas querrían entrar.

Donde no habría nadie que le interrumpiera.

Y nadie lo habría hecho, de no haber pasado Harry lo bastante cerca para que su araña captara el desagradablemente, penetrante olor, del terror humano.

Con pasos leves, silenciosos en el barro y la nieve, enervado por el perfume que su araña identificaba como el de una presa potencial, hambriento, y con el conocimiento de que Draco lo estaría aún más, penetró en la calleja no más ancha que sus brazos extendidos, casi invisible en la oscuridad.

A unos metros de la entrada, lo vio; Un hombre grueso, entrado en carnes y años, enfundado en una túnica de calidad decorada con la serpiente y la calavera.

El mortífago se estaba inclinando sobre alguien, una chica, tirada en el suelo embarrado, entre la nieve y la basura, como si hubiera sido empujada hasta hundirse un poco en la superficie.

La muchacha era quien emitía el opresivo hedor a miedo. Apenas una adolescente, todavía más niña que mujer, con el pelo sucio y los pies descalzos.

Su cuerpo extremadamente delgado, fruto del hambre diaria, se retorcía intentando escapar, los ojos enormes y desorbitados, como manchones en la palidez de su cara. Estaba intentando gritar, pero el hombre la aplastaba con su peso apenas permitiéndole respirar, y la golpeaba para callarla; Los sonidos que conseguía emitir, poco más que gemidos doloridos y sollozos abortados, despertaron la ira de Harry como un lengüetazo de hormigas rojas.

Era fácil, demasiado fácil, ver lo que el hombre mayor, ya en la cuarentena, estaba intentando hacerle.

Evidente en el desgarro del gastado vestido, que dejaba a ver un parche de piel demasiado pálida, y la manera en la que la joven estaba llorando, mientras el mortífago metía la mano entre sus muslos machados de barro.

La voz nasal del hombre, se levantó por encima del coro de sollozos y gemidos de dolor de la chica, con un gruñido irritado como el de un cerdo que busca comida:

-¡Estate quieta! Deberías agradecer que quiera follarte. Con el dinero que te ganes podrás comer algo. ¿Es lo que quieres no?- Repugnante.

En ese momento, al captar completamente la escena y escuchar al hombre, un desagradable murmullo de dejavú empezó a retreparse por la espalda del antiguo griffindor. Recuerdos como retazos de un film, se abrieron por su cabeza, floreciendo igual que larvas de insecto; piel pálida, hebras plateadas adheridas de sudor, lágrimas silenciosas, el temblor de un cuerpo que no puede presentar resistencia, y el sonido ahogado de los sollozos, que quedan atrapados entre los dientes apretados.

La mirada cargada de agonía y veneno, de Draco, no tenía el terror indefenso de los ojos de la chica, pero el dolor era tan parecido, que las similitudes le dieron nauseas.

En aquel momento, pudo verse claramente en el otro hombre. Y por vez primera, contempló realmente como Draco debió experimentar esos momentos… El asco, la culpabilidad, y el odio, fueron instantáneos y voraces.

Deliberada y lentamente, con la fluidez propia de la araña, aún oculto en las sombras, se quitó el abrigo y las botas, dejándolas en el suelo.

Después, empezó a cambiar, y a avanzar.

Contempló el momento exacto, en que la chica le percibió por encima del hombro de su atacante, como una película a cámara lenta. Los ojos castaños y llorosos, se abrieron de forma desmesurada, hasta verse rodeados de blanco, como las pupilas desquiciadas de un ciervo a punto de echar a correr. Pero no se movió, ni gritó. Se quedó muy quieta, mientras el monstruo, medio araña, medio humano, se acercaba. Contempló callada mientras el mortífago era arrancado de encima de ella. Y siguió en silencio mientras era atravesado por la espalda.

Harry emitió dos palabras siseantes:

-No mires.-

Pálida como un fragmento de papel, la chica movió las pupilas a la pared mugrienta. El mortífago gritó y aulló como el puerco que era, mientras Harry lo arrastraba al fondo del callejón.

El olor de su terror, pungente, el oxidado de la sangre, y el del sudor rancio de su piel, no tardaron en cubrir el de la chica. Pronto el único movimiento del que fueron capaces los músculos arruinados del mortífago, fueron convulsiones minúsculas, que no impidieron al viuda hundir las garras en el tórax hasta el codo, y arrancar el hígado jugoso y cubierto de una película brillante de rojo, del interior de su carcasa todavía caliente.

No podía llevarse con él al hombre entero, pero un órgano, sí, podía ser transportado con facilidad, una ofrenda, sí, podía ser obsequiada sin despertar rencor. La pieza más jugosa, y tierna, de este cabrón, se la ofrendaría a Draco como regalo.

El hombre gorjeó, ahogándose en su propia sangre.

Harry envolvió el hígado en la camisa desgarrada de su víctima, y observó mientras se moría lentamente, sintiendo por vez primera, desde que identificó lo que estaba sucediendo, una cierta satisfacción.

oOo

(Draco)

Solo, en la casa vacía de su padrino, con las náuseas ya casi olvidadas, acurrucado en el sofá junto al fuego, y hambriento. Esperando a que su pareja regresara de cazar, y trajera algo que sí pudiera comer. Y que ese algo fuera humano…

Draco ya no podía evitar pensar en cómo había cambiado. Poner una presa a sus pensamientos, y esperar que, ignorándolos lo suficiente, estos desaparecieran. Tampoco podía seguir ignorando a la araña.

Poco a poco, a medida que iba permitiendo a la araña acercarse, se fue haciendo hiperconsciente del olor del cuero añejo, y de su tacto bajo sus dedos. Del perfume de la leña, y el fuego. Del aroma del polvo y la humedad, de la casa vieja. Y del perfume del papel amarilleado y reseco por los años, que salía de todos los libros colocados prístinamente en las estanterías.

Olía a casa, hogar, a su tío… también a sangre.

Era un olor ya desvaído, pero estaba allí. Debía llevar allí años.

Era muy posible que simplemente no hubiera sido capaz de captarlo antes, cuando aún no estaba lo bastante lindante a su araña. Pero, también era igual de probable, que sí lo hubiera notado, y lo hubiera confundido con otro aroma familiar más. El de… digamos, la comida. Puede que su tío, hubiera matado allí, para alimentarse. Quizás, también le habría alimentado a él con los resultados de sus cacerías.

La idea no le dio el asco, que pensaba que debería. No se lo dio en absoluto.

Severus, estuviera muerto o no, (y era muy probable que lo estuviera) había sido su padrino, su mentor, quién había cuidado de él estos últimos años. Que fuera un monstruo o no, era irrelevante cuando lo comparabas con todo ello. Más todavía sabiendo que él mismo lo era.

Saber que su muerte era casi una certeza, sí que resultaba un conocimiento doloroso, tan doloroso como saber, que seguramente, también lo estaba todo el resto de la orden.

Aunque sabía que sería mejor así.

Ahora que no les quedaba ningún bastión seguro al que volver. ¿A dónde iban a ir de estar con vida? ¿Qué iban a hacer? ¿Cómo iban a sobrevivir los años que pudieran quedarles? ¿Y si los cogían?

La alternativa a la muerte, era la tortura, y la esclavitud. Era mejor pensar que habían muerto.

Aceptar la noción, sin embargo… sobre todo la de los niños… aún iba a doler por un tiempo, y quizás jamás dejara de hacerlo del todo.

Cerró los ojos.

"Harry…"

La memoria del hombre, la araña, y el guardián, se le subió por la espalda, acaparando su mente y liberándole de la necesidad de contemplar la pérdida. Él era el único que le quedaba, de todas las personas que... quería.

El conocimiento estaba allí, colgando de su araña y esperando para volver a ser admirado. Ya cuando creyó que el viuda negra se moría, la había tenido entre los dedos. No era sorprendente ver que seguía allí. Lo sorprendente, era ver con qué facilidad era capaz de aceptar que lo estuviera.

Aunque, guiándose por lo que sabía de su especie, eran criaturas que se emparejaban de por vida. En base a ello, no era descabellado suponer que su instinto le pedía un cierto sentimentalismo, fuera lógico, o no, sentirlo. Evitar profesar aprecio por Potter era una lucha constante, un agarrarse al odio, que lo que le había hecho, despertaba. Y era un ejercicio cada vez más doloroso y agotador, que ya no parecía tener ningún sentido.

No le quedaba nada que salvar, nada que proteger, salvo quizás…

Los dedos le resbalaron involuntariamente entre las rodillas levantadas, y el cuerpo, para posársele en el vientre.

Estaba muy cansado de luchar constantemente contra sí mismo, de tener que vigilar que su araña no se manifestara, o sus instintos se metieran en él, sin darse cuenta. De rechazar lo que le hacía sentir entero. De intentar olvidar lo que llevaba dentro.

Quizás era hora de empezar a aceptar cambios.

Observo a su araña, posada muy cerca en su mente y en su pecho. Una silueta blanca llena de calma y anhelo.

"¿Tú qué opinas?"

La araña ronroneo con satisfacción.

Sus dedos acariciaron inconscientemente, la curva casi inexistente de su vientre.

Puede que fuera el momento, de empezar a proteger a alguien más.

Puede que fuera el momento de cambiar.

oOo

Continuará