Capítulo 25
- Están furiosos, Camille. Te dije que lo estarían.
- Oh, bueno, tampoco será tan terrible, ¿no?
- Es que nadie entiende por qué finalmente no compramos la propiedad en Boston. Los Andrew la adquirieron y ahora toda la prensa comenta que tuvimos miedo porque William Andrew haría personalmente la transacción.
- ¿Y tú qué opinas, Gustav? – le preguntó la joven distraídamente.
- ¡Es que no entiendo tu estrategia, Camille!
- ¿De casualidad no has leído los diarios últimamente?
- Camille, no estoy para bromas. La reunión con el consejo empieza en una hora y sabes que tengo que explicarles por qué no quisiste comprar la propiedad después de todo el esfuerzo que pusimos en las negociaciones iniciales.
- Gustav, en serio: relájate. ¿Te he fallado alguna vez?
- No, pero…
- No, pero nada. Presta mucha atención a lo que voy a explicarte, porque quiero que el consejo comprenda de una vez que no deben cuestionar mis decisiones.
- Si ellos te vieran seguro que…
- Pero no van a verme, Gustav. Ya lo hemos hablado antes. No quiero ver a nadie. Tú haces un trabajo perfecto, Gustav. Mi padre confió en ti y tú sabes que cuando cumplí la mayoría de edad podrías haber dejado de ser mi representante. Pero no puedo… – bajó la voz – por favor, perdóname, pero de verdad no puedo…
- Está bien, está bien. Si no fuera porque mi familia te adora y yo te adoro, ya sabes que hace mucho habría dejado de apoyarte en tus locuras.
- No son locuras, Gustav.
- Como quieras. Entonces, ¿qué debo decirle al consejo?
Dos horas después, Gustav Clermont terminaba de explicar al consejo por qué madeimoselle había hecho lo que para todos era una locura. Todos miraban a Gustav atónitos.
- Monsieur Clermont, ¿está usted realmente seguro de lo que está diciendo? – preguntó por fin uno de los integrantes del consejo.
- Absolutamente, Monsieur Delors. Madeimoselle piensa que de esta manera el impacto será aún mayor.
- ¿Pero cómo sabe que los dueños están interesados en vender la propiedad?
- Madeimoselle se enteró hace tres semanas de los planes municipales. La información apareció en pequeñas notas en todos los diarios, en sus carpetas hay algunos recortes – todos abrieron sus carpetas y, en efecto, ahí estaba la información – En cuanto supo que esa parte de la carretera pasaría tan cerca de estos edificios de departamentos, imaginó que sus habitantes no estarían muy felices con la idea de vivir cerca de un lugar tan ruidoso y que pronto comenzarían a abandonar sus departamentos. Sabiendo que los edificios se devaluarían, madeimoselle dedujo que sería relativamente sencillo convencer a los dueños de que vendieran, sobre todo si llegaba con una propuesta tan conveniente. Hace diez días la firmaron, antes de que se concretara la compra de los Andrew…
- … y justo antes de que el valor de todas las propiedades del sector subiera – completó monsieur Delors, maravillado.
- Así es. Pero lo mejor de todo no es sólo el precio.
- ¿Hay más? –preguntó otro miembro del consejo.
- En efecto. La nueva carretera tiene una particularidad: lleva directamente a la estación de trenes. Bastará sólo hacer un corto camino desde la carretera hasta el edificio…
- No puedo creerlo – comentó Delors – Por eso quiere que aparte de las oficinas construyamos…
- El centro de convenciones y el hotel cinco estrellas – completó Gustav – Serán el complemento perfecto para amortizar nuestra inversión. Tendremos nuestras oficinas y con una inversión fuerte en publicidad, calidad y la tradicional oferta de alta cocina francesa de nuestros hoteles, cada vez que el conglomerado Andrew atraiga inversionistas importantes…
- Terminarán alojados en nuestro hotel…– comentó monsieur Girad.
- … porque será el hotel más cercano a la estación de trenes, a las oficinas de los Andrew y al centro de la ciudad – concluyó Delors.
- ¿Y todo esto bajo las narices de los Andrew y ninguno se dio cuenta?
- Tal vez porque sólo se concentraron en asegurarse de comprar la propiedad y en saber qué había en las cercanías. Como este edificio es mucho más viejo que el otro y, sobre todo, dado que sólo hay lotes baldíos en la parte posterior del edificio en cuestión, supongo que ninguno tuvo la visión de madeimoselle Lefevre – contestó Gustav.
- Ni tampoco su audacia…
- En efecto, monsieur Girard. Madeimoselle piensa que el principal error de los Andrew fue querer ganar a toda costa en el corto plazo, porque necesitaban un golpe anímico. La inversión que ella ha planificado requerirá al menos tres años de espera, pero a la larga, creo que todos entendemos que el grupo ganador no serán los Andrew…
- Desde luego que no – sentenció alegre Girad – ¡Será Lefevre! ¡Y todo en el espacio que ocupan los tres edificios que están justo al frente de lo que serán las nuevas oficinas del grupo Andrew en Boston! ¿No es maravilloso?
- Es música para mis oídos – comentó con una amplia sonrisa otro de los integrantes del consejo – Sólo me queda una duda, Gustav. Conociendo a madeimoselle, debió ofrecer algo más que una buena suma de dinero a los dueños de los edificios, sobre todo para garantizar su silencio durante esos diez días. ¿Qué fue lo que ofreció esta vez?
- Oh, muy sencillo, monsieur Dapaul: dos de las mejores suites del hotel a cada uno de ellos, de por vida para que dispongan de ellas como gusten – aquello pareció una oferta razonable al consejo – y una selección de los veinte mejores vinos franceses.
El consejo en pleno estalló en una sonora carcajada. Madeimoselle Lefevre siempre sabía cómo dar el toque francés a sus negocios.
Al oír las alegres risas que venían del salón contiguo, la joven sonrió para sus adentros. Lo había logrado otra vez. En silencio, brindó consigo misma tomando el último sorbo de su copa de champaña. Si tan sólo tuviera el mismo valor para enfrentar sus fantasmas... pero no lo tenía. Sigilosamente, como era ya su costumbre, abandonó el lugar sin que nadie la notara. Nadie debía verla, porque ella no quería ver a nadie.
- Claro que vas a ir al matrimonio de Annie, Candy. ¿No me digas que otra vez vas a empezar con tus tonterías?
Tom era, sin duda, el vaquero más bruto del mundo. Pero también el más bueno.
- No seas malo, Tom – contestó Candy con voz triste.
- Oh, vamos, vamos. Tú no eres tan sensible, no te pongas así – dijo bromeando – lo digo en serio: es obvio que tienes que ir al matrimonio de Annie. ¡Sería como si no quisieras ir al mío!
- Es que eso sería imposible.
- ¿Ves?
- Digo que sería imposible porque nunca habrá mujer tan ciega como para casarse contigo – rió Candy de buena gana.
- Envidiosa. Hablas de pura envidia porque sabes que las chicas mueren por mí.
- ¿En serio? – preguntó Candy en tono irónico – ¿Y quiénes serían? Porque no recuerdo que hayas tenido muchas novias…
- Es porque soy selectivo…y porque no ha aparecido aún la mujer que yo quiero.
- Pues la mujer que tú quieres deberá ser ruda y con brazos musculosos, buena para ordeñar vacas y con olor a establo…
- ¡Oye! – reclamó Tom – ¡Te prohíbo que te burles de mi novia!
- ¡Pero si no existe, tonto! – reía Candy sin parar.
- Sí existe. Ya vas a ver. Soy irresistible y cuando la encuentre, no importa lo que ella piense: me va querer.
- Claro… con ese carisma tuyo y tu humildad a toda prueba, supongo que le será difícil resistirse. Desde ya la compadezco.
- Te digo que no ofendas a mi mujer. ¡Y no me cambies el tema! Claro que vas a ir a la boda de Annie y para increíble suerte tuya y mala suerte mía, irás conmigo. Además, encajas perfecto en la descripción que acaba de hacer de mi novia: eres ruda, buena para ordeñar vacas, tus brazos se han vuelto mucho más musculosos y… – se acercó para olerla – definitivamente hueles a establo. ¡Ewww!
- ¡Tom!
Una vez más, la había convencido con sus bromas cargadas de verdad. Candy llevaba ya varios meses trabajando en la granja de Tom; el poder sanador del campo la había sorprendido. Sus brazos eran más fuertes y sus mejillas habían recuperado un lindo color rosado. Su rostro estaba más bronceado por el sol y sus manos estaban algo más ásperas producto del trabajo duro. Tom no se había equivocado. Para alegría de todos, al cabo de dos meses Candy empezó a hacer sus primeros progresos. Se notaba más animada, menos distraída y sí: más positiva. Ya faltaban sólo cuatro días para el matrimonio de Annie. Era absurdo que ahora digiera que no iría. Y en todo caso, Tom no se lo permitiría.
Aunque era evidente que participar en los preparativos de una boda no sería lo mejor para que se recuperara tras una ruptura amorosa, Annie de todas maneras le había pedido a Candy que fuera su madrina de bodas. Candy, desde luego, se negó. Patty ocuparía su lugar. La fiesta sería en la mansión que los Britter tenían en Lakewood. Archie estaba alojando en la querida mansión Andrew de Lakewood, pero Candy prefirió no visitarla. Las palabras de Albert habían sido muy claras respecto a cuándo podría volver a pisar su casa. Todas sus casas. De todos sus amigos, el único al que aún no había enfrentado era justamente aquel al que más había dañado. Temía ese encuentro y sabía que en la boda se encontrarían. De sólo pensar en su última discusión se le caía la cara de vergüenza. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara? Porque tampoco podría ignorarlo completamente. ¡Ah, Dios, Dios! ¿Cómo había sido tan tonta? ¿Cómo?
Pero Tom tenía razón. No podía faltar al matrimonio de Annie. Se lo debía a su hermana y a todos sus amigos. Habían pasado ya ocho meses desde su ruptura con Terry. Su corazón aún estaba roto en mil pedazos y sabía que una boda no sería precisamente lo mejor para su ánimo, pero no podía seguir escondiéndose. El mundo seguía girando y no precisamente en torno a ella. Tenía que dejar de pensar tanto en sí misma, enfrentar sus miedos y salir adelante. Jamás podría olvidar a Terry y aún lloraba por él todas las noches… pero el mundo no se detendría a esperarla. Mientras antes enfrentara todo esto, mejor. Después de todo, lo más probable es que Albert ni siquiera querría hablar con ella.
Continuará…
