Capítulo XXV: Más fuerte de lo que crees

Dean y Emma observaban horrorizados el punto por donde el segundo wendigo había arrastrado a Sam bosque adentro. Ambos corrían en esa dirección pero sus piernas eran demasiado lentas para alcanzar a aquel monstruo. Con las respiraciones agitadas y los pulmones ardiendo por el esfuerzo, Dean y Emma, llegaron hasta un claro. Frente a ellos una pequeña cueva se encontraba excavada sobre la piedra calcárea de lo que parecía un antigua mina abandonada.

-Ahí. -dijo Dean señalando con la vista la entrada de la cueva. -Debe ser su escondite.

Los dos cazadores se acercaron hasta el acceso para poder observar cómo en las paredes se amontonaban rastros de sangre. El mayor de los Winchester comprobó con su mano algunos de ellos hasta dar con uno que parecía ser fresco.

-Definitivamente es aquí. Sam debe estar herido. -habló limpiándose la mano en su pantalón. -Entenderé si quieres esperar fuera.

-No. -contestó rotundamente Emma. -Voy contigo.

-Está bien pero mantente pegada a mí. -accedió Dean dándole indicaciones. -No sabemos de dónde nos puede salir ese hijo de puta. -Emma se limitó a asentir mientras seguía los pasos de su amigo al interior de aquella lúgubre cueva.

En cuanto pusieron sus pies dentro de la galería el fuerte hedor a putrefacción les golpeó.

-Joder, es asqueroso. -maldijo el chico arrugando la nariz. -Ten cuidado por donde pisas. -añadió señalando con la linterna que portaba el suelo. En él, los huesos humanos se acumulaban y crujían al partirse bajo las pisadas de los dos cazadores.

Emma pudo sentir como las nauseas se apoderaban de ella, el olor en aquel lugar era insoportable y la incertidumbre por saber cómo se encontraba Sam tampoco ayudaba a hacerle sentirse mejor. Se apoyó levemente contra la pared de piedra e intentó calmarse al mismo tiempo que Dean reparaba en ella.

-¿Estás bien? -preguntó preocupado.

-Sí, es sólo... todo este olor. -contestó la chica haciendo gestos con su mano.

-¿Quieres salir?

-No, puedo soportarlo. -le sonrío levemente Emma. -Encontraremos a Sam, ¿verdad? -necesitaba algo de esperanza a la que aferrarse y Dean lo notó en sus ojos.

-Por supuesto. -asintió Dean. -Estará bien, no te preocupes, esto no es nada para él. -dijo tratándole de animarla. -Además, los wendigo almacenan a su víctimas antes de... bueno, ya sabes, de comérselas.

-Lo sé pero, ¿no es extraño que dos wendigos convivan juntos? -preguntó Emma. Los wendigos eran criaturas solitarias, y si aquellos eran una excepción tal vez también lo fueran para alimentarse, tal vez llegarán demasiado tarde para rescatar a Sam... -¿Y si hay más de ellos? -añadió la chica con el pánico reflejado en su voz.

-A mí a estas alturas ya nada me parece extraño... -trató de quitarle hierro al asunto Dean. Aun así, en su interior se encontraba realmente preocupado por su hermano. Emma tenía razón, este tipo de criaturas no solía vivir en grupo. Sin saber cómo, la historia que les había contado Sam cruzó su mente. Un excursionista experto se había perdido junto a su mujer y otros compañeros, estos últimos fueron encontrados a pedazos pero él y su mujer no... Dean tardó poco en atar cabos, el excursionista y su mujer eran aquellos dos seres. Se había encargado de uno y ahora debía hacer lo mismo con el otro. -Tranquila, sólo queda uno más. -respondió convencido. -Vamos, sigamos avanzando.

Emma le siguió a través de los túneles, aquel lugar era un auténtico laberinto de galerías estrechas, donde el olor a putrefacción se mezclaba con el de humedad. La chica hubiera jurado que daban vueltas en círculos hasta que llegaron a una especie de sala donde la luz natural del día se colaba a través de una apertura circular en el techo, similar a la entrada de un pozo. Con un rápido vistazo, Dean y Emma, examinaron el lugar para darse cuenta de que ahí era donde los wendigos almacenaban a sus víctimas.

La joven entrevió la figura de Sam atada a un poste de madera, el chico estaba medio inconsciente y tenía arañazos por todo el cuerpo, Emma alarmada corrió en su dirección. Dean trató de impedírselo, había resultado demasiado fácil llegar hasta allí, el wendigo estaría esperando cualquier oportunidad para atraparlos a ellos también. Antes de que el cazador pudiera advertirle, el monstruo apareció frente a Emma cayendo del techo y barrándole el paso, quedando así entre la chica y Sam. El fuerte rugido que salió por la boca del ser hizo a Emma retroceder hasta que tropezó y cayó de espaldas.

-¡Emma! -gritó Dean corriendo hacía ella para intentar socorrerla.

El wendigo, viéndole acercarse, se movió con rapidez quedando tras él. Sujetándole con fuerza por la chaqueta lo lanzó por los aires y la cabeza de Dean golpeó contra el duro suelo provocándole una leve conmoción. La visión del cazador se volvió borrosa mientras buscaba en su pantalón el arma para acabar con aquel monstruo, sus manos viajaban desesperadamente por su cuerpo tratando de encontrarla pero, está, había caído lejos de su alcance tras el impacto.

Sam iba recuperándose de su estado de inconsciencia, los fuertes estruendos de la pelea habían conseguido despertarle. Su hermano y su chica se encontraban frente a él, Emma era la única que seguía aún en pie. El wendigo se había abalanzado sobre su hermano y le propinaba un golpe tras otro. Dean apenas tenía fuerzas para seguir luchando, si el aquel monstruo le golpeaba un par de veces más perdería la conciencia y todo estaría perdido.

La chica observaba horrorizada la escena. No podía disparar, sólo le quedaba una bengala, y aunque acertará el tiro Dean se encontraba debajo del monstruo y saldría herido. Dándose cuenta de este fundamental detalle no se le ocurrió otra cosa que abalanzarse sobre la espalda del wendigo, clavando sus uñas en los ojos del monstruo. Este gritó de dolor y dejó de asestar golpes al mayor de los Winchester al mismo tiempo que se ponía en pie tratando de liberarse del peso de Emma sobre su espalda. Sam, aún maniatado, miraba impotente la escena, su hermano seguía yaciendo en el suelo mientras sangre brotaba de su vientre, los arañazos del wendigo habían hecho estragos en Dean, y Emma seguía luchando contra aquella bestia.

-¡Cuidado! -gritó con desesperación Sam mientras trataba de desatarse.

La espalda de Emma golpeó contra una de las paredes de piedra cuando el monstruo logró zafarse de ella. Tosiendo a causa del impacto desenfundó su arma y apuntó a la bestia que se preparaba para atacar, sin pestañear, apretó el gatillo y la última bengala que les quedaba se clavó en el pecho del wendigo haciendo que esté rugiera de dolor mientras empezaba a arder en llamas frente a ella. Un suspiró de alivió escapó de sus labios al mismo tiempo que se secaba el sudor de la frente.

-Impresionante. -susurró Dean tratando de incorporarse pero la herida abierta en su vientre se lo impidió. -Mierda. -maldijo llevándose la mano a la lesión.

-¡Eh! No te muevas hasta que le eche un vistazo a eso. -ordenó Emma. El aludido bufó en respuesta pero obedeció a su amiga y espero hasta que Sam fue desatado. -Estás perdiendo mucha sangre, vas a necesitar puntos. -dijo la chica volviendo a su lado mientras observaba la herida. -Sam ayúdame a levantarlo.

Los tres cazadores llegaron junto al Impala. Emma rebuscaba en el maletero el botiquín de primeros auxilios mientras Sam y Dean permanecían apoyados sobre el capó del coche esperando a ser atendidos por la chica. Esta solo tenía algunos moretones y cortes superficiales que no iban a necesitar mayor atención pero los chicos habían acabado peor parados, sobre todo el mayor de los hermanos, el cual seguía sangrando debido a los profundos arañazos que el wendigo le había provocado en el abdomen. Por su parte, Sam también tenía severos cortes en brazos y rostro pero sus heridas podían esperar a ser curadas.

Así pues, Emma se centro en atender primero a Dean, el chico tenía la camiseta empapada en su propia sangre y la joven no tenía una visión clara de la herida.

-Quítate la camiseta. -pidió Emma concentrada en limpiar la lesión.

-¿No vas a invitarme a cenar antes? -sonrió Dean con suficiencia. Sam, a su lado e incrédulo, rodó los ojos ante el comentario. Su hermano se estaba desangrando y seguía teniendo ganas de bromear. Emma ignoró la coletilla jocosa, estaba demasiado centrada desinfectando la herida. Dean al ver que su frase no había causado gracia resopló levemente antes de obedecer a la chica.

-Sam, por favor, pásame la aguja. -dijo Emma extendiendo la mano. -Esto te dolerá. -añadió esta vez dirigiéndose a Dean. Este último hizo un gesto despreocupado ante las palabras de su amiga y Emma hundió el instrumento en la piel del cazador.

Ella sintió como él se tensaba cuando la aguja y el hilo traspasaron el corte, sabía lo que debía doler coser sin anestesia pero también sabía que Dean no iba a mostrar su dolor. Y así fue, su amigo fue aguantando cada una de sus puntadas hasta que la herida quedó completamente cerrada y Emma pegó un apósito sobre ella.

-Ya está, no debería quedarte cicatriz. -habló la joven enfermera orgullosa de su trabajo.

-Gracias, Em. -le sonrió Dean.

Las heridas de Sam no llevaron tanto tiempo y minutos más tarde, el menor de los Winchester ya se encontraba conduciendo el Chevrolet Impala de vuelta al búnker. Emma había prohibido expresamente que Dean condujera por miedo a que los puntos se saltarán, así que a regañadientes este obedeció y se encontraba semi tumbado en el asiento trasero.

-Nos has salvado ahí dentro. -habló de pronto Dean mirando a Emma.

-Sí, lo estás convirtiendo en una costumbre. -asintió Sam al volante del Impala.

-¿Dónde has aprendido a luchar así? -preguntó el mayor de los hermanos con curiosidad.

-Mi padre me obligó a dar clases de defensa personal cuando decidí mudarme a Boston para ir a la universidad. -respondió la chica recordando aquellos tiempos con melancolía. -Decía que la gran ciudad estaba llena de peligros...

-Tu padre es un hombre sabio.

-Sí... -dijo Emma soltando una risita. -Vosotros también tenéis parte de culpa, supongo que haber convivido con los Winchester también ha ayudado a mejorar mis habilidades.

-No seas modesta. Estoy seguro de que a estas alturas podrías patearnos el trasero si te lo propusieras. -soltó Sam de buen humor.

-Estoy de acuerdo, eres una gran cazadora. -asintió el mayor de los Winchester. -Y más teniendo en cuenta que eres una novata...

-Gracias chicos. -sonrío Emma ante los cumplidos.

Aquellas amables palabras de los hermanos le sirvieron para alejarse de los pensamientos que se habían amontonado en su cabeza últimamente. Desde el encuentro con Gabriel la chica no había podido parar de darle vueltas a la revelación que el arcángel les había hecho, Dios había sido el responsable de que ella estuviera en ese mundo, ¿tal vez tuviera un plan para ella? Era una locura pensar en algo así, ¿por qué iba a ser ella importante? ¿por qué Dios la elegiría? Perdía la cabeza cada vez que intentaba buscar una respuesta a alguna de esas preguntas, así que había llegado a la conclusión de que lo mejor era darse por vencida y asumir la realidad. Probablemente nunca volvería a casa, pues ello dependía de Dios y este no había aparecido en ningún momento. Se quedaría atrapada allí el resto de su vida, y aunque hace unos meses no hubiera podido soportar esa idea, ahora no le parecía algo tan horrible. Después de todo, Sam y Dean se habían convertido también en su familia.

Horas más tarde llegaban al búnker. El cansancio, resultante de la cacería y del largo viaje, había hecho mella en todos ellos, los cuales sólo tenían ganas de un merecido sueño reparador. Pero cuando bajaron las escalinatas que llevaban al gran salón y vieron al hombre de la gabardina sentado alrededor de la mesa, supieron que ese descanso tendría que esperar.

-Tenemos que hablar. -les dijo Castiel con seriedad.