LOS PERSONAJES PERTENECEN A LA QUERIDA STEPHENIE MEYER.

LA HISTORIA ORIGINAL PERTENECE A S.B YO SOLO LA ADAPTO PARA DIVERTIRME.


"Contar nuestros secretos mas profundos,

nos permite volver a empezar."

Anónimo.


Capítulo 24

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— ¿Cree que podría ser un jugador de fútbol profesional, señor Cullen?

—Te dije que me llamaras Edward.

—Ya lo sé, pero suena extraño.

—Llámame Edward. Has hecho una buena jugada, Daniel. Y contestando a tu pregunta, sí, creo que te puedes hacer profesional si lo deseas suficientemente.

—Eso es lo que mi mamá también dice. Dice que puedo hacer todo lo que quiera si lo deseo suficientemente.

Desde el vestíbulo donde escuchaba sin ser vista, Bella sonrió.

—Una mujer lista, tu madre.

—Ah, ¿viste su fotografía en el periódico?

—Ya lo creo. Eso sí que fue un buen artículo. Deberías de estar orgulloso de ella.

—Lo estoy.

El entusiasmo de Daniel fue disminuyendo poco a poco.

—Pero todavía no me deja ir en bicicleta hasta el lugar de la construcción.

—Tendrá sus razones.

—Son estúpidas.

—No para una madre que se preocupa por su hijo.

Mientras escuchaba la conversación que se desarrollaba al tiempo que la partida de ajedrez, Bella pensaba que tal vez no había sido mala idea invitar a Edward a cenar. Rosse había continuado insistiendo en invitar a Edward a cenar, así que ella se lo había preguntado esa misma tarde. Había hecho que sonara espontáneo y casual.

— ¿Por qué no te acercas a cenar esta noche? Daniel ha estado esperando a jugar contigo al ajedrez.

Él había dudado unos segundos antes de aceptar.

—De acuerdo. Estaré allí en cuanto me haya puesto un poco decente.

—Bien, te veré después.

Su actitud había sido sencilla y agradable, evitando que él pudiera dar un significado especial a la invitación.

La cena había discurrido alegremente. Le habían tratado como a un viejo amigo de la familia. Mientras hacían bromas y se tomaban el pelo, era difícil creer que sólo unas pocas semanas atrás su boca había explorado la suya con pasión, que su mano había acariciado su pecho, que su cuerpo se había frotado contra el de ella debido a una excitación sexual.

Bella no habría imaginado jamás que muchos días después recordaría con tanta claridad ese abrazo o que los recuerdos le indujeran a las mismas ambivalentes y extrañas sensaciones que le habían producido el beso.

— ¿Qué es lo que estás haciendo aquí fuera en el pasillo?

Ella se sobresaltó cuando Rosse se acercó por detrás y la pescó escuchando.

—Estaban en una conversación seria de hombres y no quería interrumpirlos —le dijo, susurrando.

Rosse le lanzó una mirada de entendimiento y la acompañó hacia la sala de estar, donde el tablero de ajedrez había sido dispuesto sobre la mesa del café.

—Hay más licor de melocotón, Edward. Cuando quieras más, sírvete tú mismo.

—Gracias. Rosse, pero no. La cena estaba deliciosa.

—Gracias.

—Mamá, Edward me ha dicho que quizás esta próxima temporada podamos ir él y yo a Clemson a ver un partido de fútbol.

—Ya veremos.

Daniel se estaba preparando para pedirle un compromiso más firme, cuando de pronto sonó el timbre de la puerta.

—Yo iré.

Se puso de pie rápidamente.

—Uno de mis amigos me va a traer el nuevo recambio de Nintendo. Edward, si quieres te puedo enseñar a jugar.

Edward torció la boca, y luego sonrió abiertamente.

—No saber jugar al Pequeño Ícaro me hace sentir viejo y estúpido.

—No tanto como a mí —le dijo Bella con una suave sonrisa—. Todavía no he desarrollado la habilidad de llevar el Joy Stick.

En sus ojos apareció un destello de travesura.

—He oído decir que todo necesita su práctica.

Bella agradeció el grito de Daniel desde la puerta principal.

— ¡Mamá! Es esa mujer otra vez.

Bella se levantó de la silla y se dirigió hacia el vestíbulo, caminando lentamente, cuando Daniel dio paso a Ángela en la sala de estar.

—Ya había venido otra vez a buscarte —dijo Daniel.

Ángela se quedó un momento mirando a Edward antes de encontrar los ojos de Bella.

—Quizás hubiera tenido que llamar antes, pero... ¿puedo verte un minuto?

Bella había dejado las cosas claras durante su última conversación. No quería repetir la escena, sobre todo delante de Rosse, Daniel y su invitado.

—Vayamos a la galería.

Cuando se hubieron apartado de la puerta principal, Bella se enfrentó a Ángela.

—Deberías haber llamado. Te habría dicho que no perdieras el tiempo viniendo de nuevo.

Ángela prescindió de cualquier simulación de educación.

—No te hagas la interesante conmigo, Bella. Vi el reportaje que te hicieron en el dominical del pasado fin de semana. Ahora eres un pez gordo. Por lo que ese tal Garrison ha escrito tan extensamente sobre ti, debes de creerte que eres la mejor cosa que jamás nos ha pasado en este condado. Pero ni unos caballos salvajes me hubieran podido arrastrar hasta aquí si no fueras mi última esperanza.

— ¿Para qué?

—Paul. Ha empeorado. Su estado es crítico. Si no se encuentra en los próximos días un donante de riñón, lo voy a perder.

Bella bajó su mirada hacia las baldosas pintadas del porche.

—Lo siento, Ángela, pero no te puedo ayudar.

— ¡Me tienes que ayudar! Daniel es la única esperanza que tiene.

—Tú no sabes eso. —Bella mantuvo su voz baja pero con un tono de rabia—. No acepto que pongas sobre los hombros de mi hijo la responsabilidad de la vida de Paul.

—No en los suyos sino en los tuyos. ¿Cómo puedes dejar morir a un hombre sin hacer nada para ayudarle?

—No cualquier hombre, Ángela. Un hombre que me violó. Si Paul estuviera envuelto en llamas, yo le tiraría agua, pero tú me estas pidiendo mucho más que eso. Ni siquiera permitiría que Daniel pasara por las necesarias pruebas. —Sacudió la cabeza con firmeza—. No. De ninguna manera.

— ¿Incluso si Paul es el padre de Daniel?

— ¡Shh! Te puede oír. Baja la voz.

— ¿Qué es lo que vas a decir a tu hijo cuando quiera saber sobre su padre? ¿Le vas a decir que dejaste morir a su padre porque te querías vengar?

—Cállate, por el amor de Dios.

—Por ti misma, querrás decir, ¿no? No quieres que Daniel sepa que eres tan buena como un asesino. ¿Crees que te querrá si alguna vez descubre que dejaste morir a su padre sin levantar siquiera una mano para ayudarle?

— ¿Qué significa todo este griterío?

Bella se giró. Edward las estaba mirando desde la puerta metálica.

— ¿Dónde está Daniel? —preguntó ella llena de miedo al pensar que él también hubiera podido oír las palabras recriminatorias de Ángela.

—Rosse se lo ha llevado arriba.

Él cruzó la puerta metálica y se acercó a las dos mujeres en la galería.

— ¿Qué sucede?

—Yo he venido para rogar por la vida de mi marido —le dijo Ángela—. Bella le puede salvar si quiere.

—Esto no es verdad, Ángela. No sabes nada seguro.

—En este preciso momento, Paul está en la unidad de cuidados intensivos —explicó Ángela a Edward—. Él se morirá a menos de que Bella permita que su hijo le done un riñon. Ella lo rechaza porque no quiere que el chico conozca quién es su padre.

Los ojos de Edward se dirigieron hacia Bella. Eran inquisitivos y penetrantes. Ella sacudió la cabeza, silenciosamente.

—Bueno —dijo él mirando fijamente a Ángela—. Ya has dicho lo que querías decir. Adiós.

Amargamente, Ángela levantó la vista hacia él. Su expresión continuaba imperturbable.

—Si tu hijo descubre algo de esto —dijo dirigiéndose a Bella— nunca te lo perdonará. Espero que te acabe odiando.

Abandonó la galería, llegó precipitadamente hasta la acera y se metió en el coche. Justo cuando ella empezaba a serenarse, Daniel cruzó precipitadamente la puerta, con Rosse siguiéndole los talones.

—Mamá, ¿por qué gritabais tanto?

—Nada, Daniel. Eso no es asunto tuyo —le contestó ella, evitando la dura mirada que Edward había fijado en ella.

—Es la segunda vez que esta mujer viene aquí; debe de ser un asunto importante. Dime qué es lo que quiere de ti.

—Es un asunto particular, Daniel.

—Me lo puedes decir.

—No, no puedo. ¡Y no quiero discutir más sobre este asunto! Así que déjalo correr.

Le avergonzó delante de su héroe, Edward, el tono elevado y aleccionador de su voz.

— ¡Tú nunca me dices nada! —le gritó—. Me tratas como a un niño tonto.

Se metió rápidamente dentro de la casa y corrió escaleras arriba. Rosse estaba preparada para intervenir, pero se contuvo prudentemente.

—Estaré en mi habitación, si me necesitas.

Cuando hubo entrado, Edward se dirigió a Bella — ¿Quieres que hable con Daniel?

Ella se giró abruptamente, dirigiéndole una mirada feroz y canalizando su ira hacia él porque era una vía de escape.

—No, gracias —dijo en tono crispado—. Creo que por esta noche ya has tenido bastante espectáculo. Te pido que olvides todo lo que has oído aquí.

Él la cogió por los hombros y tiró de ella hacia él.

—Lo siento.

Después la dejó ir tan rápidamente como la había tomado, y le dijo por encima de su hombro —Sabes dónde puedes encontrarme si quieres que haga algo por Daniel. Buenas noches.

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Él no necesitaba esta mierda.

Edward estaba de pésimo humor mientras conducía su destartalada furgoneta. Al llegar al remolque apagó el motor. Al parecer, Loner estaba en otra excursión canina. No había acudido a darle la bienvenida. Edward pensó que daba igual mientras pasaba al interior del remolque. No era una buena compañía, ni siquiera para el perro. En el interior, el remolque estaba tan caliente y humeante como una olla a presión. Puso en marcha el aire acondicionado y se quedó delante de la salida de aire frío, al mismo tiempo que se quitaba la camiseta y se desabrochaba los téjanos. Apoyó sus antebrazos en la pared, encima del aire acondicionado, e hizo descansar su frente sobre ellos. El aire sopló por su piel sudorosa y agitó velozmente el vello de su torso.

Le resultaba imposible entender a Bella. Cada vez que pensaba que ya la había entendido, era arrojado hacia otro lado, como esta noche. Nunca hubiera podido imaginar que iba a presentarse una mujer en casa de Bella, después de cenar, reclamando al hijo de Bella para su enfermo marido.

Ella había mencionado a Paul. El fin de semana se había publicado en el periódico local la noticia de que el sheriff de Palmetto, Paul Libits, estaba en el hospital de Savannah a la espera de recibir un trasplante de riñón. A menos de que fuera una increíble coincidencia y Palmetto tuviese dos hombres llamados Paul esperando un donante de riñón, Paul Libits era el padre de Daniel. Era evidente que Daniel no lo sabía y Bella trataba de ocultárselo.

¿Sabía Bella algo de la enfermedad, antes de regresar?

¿Estaba exhibiendo a Daniel como una zanahoria delante de un enfermo en estado crítico? Si Libits era el padre de Daniel, ¿qué papel representaban en todo esto los Bierbs?

La esposa de Libits también odiaba a Bella, pero no por lo que cabía esperar. Normalmente la esposa querría negar que su marido fuera padre de un hijo ilegítimo.

La experiencia le había enseñado que nada era normal en todo lo que concernía a Bella Swan.

Evidentemente, ella necesitaba ayuda. Pero cuando él se la había ofrecido, ella se había enfundado en una gélida armadura y la había rechazado terminantemente. ¿Qué imbécil rechazaría una oferta de ayuda cuando la necesitaba tan desesperadamente?

Edward se pasó la mano por el pelo.

—Cristo.

Él reconoció la estupidez de Bella porque él también había sido culpable de lo mismo. En el funeral de Stephanie y de Charlie, había sido muy rudo con los señores Newberry y con todos sus amigos. Había desdeñado todas las sinceras muestras de dolor y había rechazado los ofrecimientos de ayuda porque el estar con gente que Stephanie había conocido y amado era demasiado doloroso para él. Los había rechazado pensando que podría encontrar sosiego en la soledad.

Sólo después de aceptar este trabajo había conectado de nuevo con los Newberry. Les había escrito una carta pidiéndoles perdón por los siete años de silencio y comunicándoles dónde se encontraba. Había sido capaz de escribir el nombre de Stephanie sin que su corazón se sintiera rasgado por una hoja de afeitar. Los Newberry le habían contestado, expresándole su alegría por saber algo de él, e invitándole abiertamente a que fuera a visitarlos a Atlanta. Ahora era capaz de recordar a Stephanie viva, cariñosa y alegre, en vez de imaginarla muerta en la cama, con su hijo en los brazos. A pesar de sus obstinados intentos de doblegarse a su sufrimiento, se había curado.

Ajustó el termostato en la unidad de la ventana y fue a su habitación. Se quitó las botas, se sacó los téjanos y los calzoncillos y se tumbó desnudo entre las sábanas de su cama. Cruzó las manos debajo de la cabeza y contempló el techo. Tal y como le había pasado a él siete años atrás, Bella era reticente a aceptar ayuda porque su problema era algo insufrible.

—Pero ¿qué?

Edward no se dio cuenta de que había hablado en voz alta hasta que oyó el sonido de su propia voz.

¿Qué?

¿Por qué tanto miedo a la hora de confiar su sexualidad a otros? Hasta que conoció a Bella, había creído que «frígida» era una palabra para describir a tímidas solteronas. Las ingenuas en las películas de clase B eran llamadas frígidas antes de que la palabra se incorporara al lenguaje culto masculino. Era el antónimo de «ninfomaníaco», una palabra de numerosas aplicaciones pero sin una verdadera definición. Por desgracia describía perfectamente a Bella Swan, que se aterrorizaba cuando la tocaba un hombre.

¿Es que Paul Libits le había robado a Bella el derecho de disfrutar de la sexualidad? Si era así, Edward odiaba a ese tipo que no había visto. Bella era una mujer inteligente y bella, pero tenía un terrible secreto encerrado en lo más profundo de su mente. Continuaría persiguiéndola hasta que alguien la exorcizara.

«No pienses en eso. Sólo trabajas para ella —se dijo—. Tú no eres ni el que ella ha escogido ni su amante, ni siquiera su futuro amante.»

Pero Edward se mantuvo despierto durante horas pensando en cómo podría abrir el corazón de Bella y desterrar sus miedos.

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El cuerpo dormido en la cama de la UCI era una esfinge humana conservada con vida por máquinas construidas para prolongar un aliento que no valía la pena alargar.

Bella miró a su antiguo compañero de clase, su violador. Paul no había sido nunca guapo, pero ahora parecía penosamente feo. Los huesos de su alargada cara estaban grotescamente pronunciados y las mejillas hundidas. Su palidez contrastaba con su cabello rojo. Siempre había sido un atleta robusto y fuerte. Ahora tenían que suministrarle oxígeno por los orificios nasales. La tecnología médica estaba llevando a cabo funciones que su cuerpo no podía hacer.

Mientras sus signos vitales eran electrónicamente controlados y analizados, mientras luchaba por su vida, las dos enfermeras que le atendían se quejaban del calor que hacía fuera y comentaban la película sobre la Guerra Civil que tenía por protagonista a Mel Gibson y que se estaba rodando en una localidad cercana.

—Sólo dos o tres minutos, señora Swan —dijo una de ellas cuando se marchaba.

—Sí. Gracias.

Había estado luchando subconscientemente con la decisión durante toda la noche, porque el conocimiento de que iba a trasladarse hasta Savannah y ver a Paul la había despertado esa mañana. Lo cierto es que no había cambiado de opinión respecto a que Daniel fuera examinado como un donante de riñon. Simplemente sintió la necesidad de ir y ver a Paul, en la que probablemente sería la última vez.

Había encontrado el camino hacia la UCI.

Afortunadamente Ángela no estaba allí para poder contradecir su afirmación de que era un pariente que había venido desde Nueva York para despedirse de su primo Paul.

Estaba contenta de haber venido. El odio requería mucha energía. Algunas veces su odio hacia los tres hombres que habían causado la muerte de Jacob era tan intenso que la dejaba exhausta. A partir de ahora tendría más energía, porque era muy duro odiar al hombre que estaba en la cama.

De pronto él se agitó y abrió los ojos. Le costó un poco enfocar a Bella, y más aún reconocer con quién estaba. Cuando lo hizo, sus labios secos y pálidos se separaron, y pronunció su nombre incrédulamente.

—Hola, Paul.

—Jesús. ¿Estoy muerto?

Bella meneó la cabeza.

Él intentó humedecer sus labios, pero su lengua estaba pastosa.

—Ángela me dijo que habías vuelto.

—Ha pasado mucho tiempo.

Él la miró por un momento.

—Por lo que yo puedo ver, estás estupenda, Bella. Exactamente igual.

—Gracias.

Se produjo una pausa violenta. Finalmente Paul dijo:

—Ángela me ha dicho que tienes un hijo.

—Así es.

—Un adolescente.

—Va a cumplir quince años.

Él cerró los párpados con fuerza e hizo una mueca como si le hiciera daño. Cuando volvió a abrir los ojos no tuvo problema alguno para enfocar la cara que tenía encima de él.

— ¿Es mío?

— ¿Cómo quieres que lo sepa Paul, cuando fuisteis tres los que me violasteis?

Él se quejó como un hombre que estuviera pasando por un tormento espiritual.

—Es mío —dijo ella, recalcándolo—. No quiero saber quién fue su padre.

—No te puedo culpar, supongo. Sólo me hubiera gustado saberlo antes de morir.

—Eso no va a pasar si vives otros cincuenta años.

Él soltó una risa triste y asmática.

—No creo que ése sea el caso.

—Señora Swan, tiene que marcharse.

Bella hizo un gesto de asentimiento a la enfermera.

—Adiós, Paul —le dijo en voz baja.

— ¿Bella?

Intentó detenerla, levantando un contusionado brazo lleno de agujas.

—Ángela tenía esta absurda idea. Te iba a pedir que tu hijo me donara su riñón.

—Me ha venido a ver dos veces.

De nuevo parecía sufrir.

—Le dije que no lo hiciera. Prefiero morir antes que mezclar a ese chico. Si él es mi hijo no le pondría en una terrible experiencia como ésa. No dejes que te convenza. No dejes que moleste al chico.

Su vehemencia le sorprendió. Las lágrimas que llenaban sus ojos eran incongruentes con su cara viril. Tragó convulsivamente varias veces.

—Si él es mi hijo no quiero que nunca sepa..., que nunca sepa lo que te hice. —Unas lágrimas rodaron por sus flacas mejillas—. Deseo con todas mis fuerzas deshacer lo que hice, pero no puedo. Todo lo que puedo decir es que lo siento, Bella.

—No es tan sencillo, Paul.

—No espero que me perdones. Ni siquiera quiero tu compasión. Sólo quiero que sepas que nuestras vidas nunca fueron lo mismo después de aquella noche. Mi padre sabía que había hecho mal y nunca lo superó. Nunca hablamos de ello, pero lo sé. Caius fue castigado, tan cierto como que hay Dios. El tren incluso la emprendió por ti contra Iván y Riley.

— ¿Contra Riley?

—Se ha quedado estéril. No puede tener niños. Muy pocos lo saben. Ni siquiera Ángela.

Se tomó un momento para recobrar aliento y fuerzas.

—Lo que quiero decirte, Bella, es que todos hemos sufrido por ello.

—Quizás hayáis sufrido, pero Jacob murió.

Él asintió con remordimiento.

—Sí, también tengo que morir con eso en mi conciencia.

Parpadeó y le cayeron más lágrimas de los ojos.

—Nunca planeé hacerte tanto daño como te hice, Bella. Siento enormemente todo lo que te hice.

Intercambiaron una larga mirada, que se rompió cuando Ángela irrumpió en la UCI. Parecía sofocada y sin aliento. Se paró en seco cuando vio a Bella al lado de su marido.

—Si has venido a relamerte, te vas a quedar con las ganas —dijo desafiante—. Paul tiene un donante.

Corrió a ponerse al otro lado de la cama de Paul y levantó su pálida mano hasta su pecho, meciéndola.

—Un joven de veinte años ha tenido un accidente de moto esta mañana antes del amanecer.

Le sonrió a través de lágrimas de alegría.

—Las partes pueden coincidir bastante bien, así que tu doctor ha dado el visto bueno. Dentro de poco te prepararán para quirófano. Oh, Paul —susurró inclinándose para posar un beso en su frente.

Parecía demasiado conmocionado por las noticias para hablar.

Ángela se irguió y se quedó mirando a Bella.

—Después de todo, no necesitaremos a tu hijo. —Sus pequeños ojos brillaron maliciosamente—. Estoy muy contenta. Nunca tendré que darte las gracias por haber salvado la vida de mi marido.

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Edward se quedó despierto media noche intentando encontrar sentido a los pocos hechos que conocía. Cuando finalmente se fue a dormir, sus sueños fueron perturbadores y decididamente eróticos. Al amanecer había decidido que podía retrasar sus quehaceres del domingo y, conducir en cambio, hasta Savannah. Perseguía más que un simple cambio de escenario. Iba a la búsqueda de información. Si no la podía obtener por Bella, quizá la podría conseguir a través de Ángela. Técnicamente, la vida personal de Bella no era asunto suyo. Si continuaba insistiendo, ella estaba en su perfecto derecho de despedirle. Pero había llegado al punto en que deseaba experimentar esa posibilidad. Tanto si le gustaba como si no, estaba involucrado con Bella, aunque fuera una relación unilateral.

Llegó al hospital en el mismo momento en que Bella salía de la UCI. Cuando lo vio en el pasillo, ella demostró su disgusto.

— ¿Qué es lo que haces aquí?

Su cara se veía pálida bajo la luz fluorescente que tenían encima de sus cabezas. Había sombras violetas debajo de sus ojos que acentuaban su tamaño y vibrante color. Se había puesto una falda de algodón corta lavada a la piedra, una camisa de lino blanca, un cinturón de cuero rojo y sandalias rojas. Estaba muy bonita.

—Te podría hacer la misma pregunta —dijo él—. Después de lo que oí ayer noche, me imaginé que éste sería el último lugar en el que te encontraría hoy.

—Tengo una razón para estar aquí. Tú no tienes ninguna.

—Considérame un paseante curioso.

Al darse cuenta de la incesante actividad que rodeaba la UCI, Edward miró por encima del hombro de Bella. De repente el pasillo se llenó de personal médico, todos corriendo de un lado para otro.

— ¿Qué es lo que pasa?

—Paul tiene un donante. —Se le hizo un nudo en la garganta.

—No será...

—No, no es Daniel. Es la víctima de un accidente.

Ella miró hacia atrás, hacia la UCI, y entonces se giró y se dirigió hacia la salida. Edward la siguió.

— ¿Es Paul Libits el padre de Daniel?

Sin vacilar, mantuvo su enérgica zancada.

—No lo sé.

— ¡Por el amor de Dios! —Se paró irritado delante de ella para impedirle el paso—. ¿Lo es o no?

— ¿Por qué te metes en mi vida privada? Tu morbosa fascinación por ella me pone realmente nerviosa.

— ¿Qué es la señora Libits para ti?

Muy enfadada, retuvo su respiración por un momento antes de dejarla ir con un signo de resignación.

—Ángela era mi mejor amiga.

— ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo dejaste de ser su amiga? ¿Cuándo te dejó Paul embarazada? ¿Estaban entonces ya casados?

— ¡Por supuesto que no! ¿Cómo puedes...? —Apretó los labios para no decir algo más.

Él le podría haber preguntado aquello que realmente la hubiese puesto rabiosa. Era el momento de dar marcha atrás y detenerse. La cogió por el brazo y la condujo hacia la salida.

—Si fueras honesta conmigo —le dijo cambiando el tono de voz— no tendría que fisgonear.

—Esto no es de tu incumbencia.

—Yo pienso que sí.

— ¿Por qué?

De nuevo se detuvo delante de ella. Había mucho que preguntar. Él la aproximó a la pared más cercana y le susurró furioso:

—Porque quiero saber por qué te quedas helada cada vez que te toco. ¡Maldita sea, Bella! Has hecho que yo deseara tocarte, pero no puedo soportar que me mires como si fueras un sacrificio humano y yo tuviese las manos llenas de sangre fresca.

—No quiero oír nada de esto.

—Puede que no lo quieras oír, pero así es cómo es, y tú lo sabes bien, maldita sea. Por la manera en que te he besado, puedes suponer que quiero acostarme contigo.

—No. No digas nada más.

—Bella.

—Toma nota de esto —dijo ella con énfasis—. Nunca podrá haber nada íntimo entre nosotros.

— ¿Por qué me firmas los cheques?

La rabia golpeó brevemente en sus desolados ojos azules.

—Por esto también. Pero sobre todo por cosas que no conoces.

— ¿Qué cosas, Bella? Eso es lo que estoy intentando averiguar. ¿Dime qué cosas?

Ella sacudió la cabeza. Por primera vez, su obstinación apareció impenetrable.

Maldiciendo en voz baja, Edward la dejó pasar para que le precediera hacia la salida.

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Bella llegó a las afueras de Palmetto a media tarde. Vio por el retrovisor que Edward todavía la seguía. Él no había dejado que más de un coche se interpusiese en su camino desde Savannah. Cogió la salida de la derecha, después de ella. La tortuosa carretera comarcal estaba bordeada en ambos lados por densos bosques. Conducía a un lugar sin salida con una abandonada casa de campo. El letrero «En venta» llevaba tanto tiempo allí que casi quedaba completamente tapado por la alta hierba que crecía a su alrededor. Los elementos habían descolorido las letras. La casa era impresionante desde un punto de vista arquitectónico a pesar de su estado. La pintura se estaba descascarillando en las columnas corintias. Los porticones de las ventanas se habían perdido o habían desaparecido. Una parte del techo había sido arrancada durante el último huracán y yacía en el suelo.

En los alrededores aún quedaban robles que habían escapado al daño. Desde sus ramas colgaba musgo trepador sin vida en el húmedo ambiente, a no ser que se moviera gracias a una brisa costera. Los pájaros gorjeaban por encima de los estáticos pinos y bebían en una fuente de piedra cubierta de líquenes. Los crespones de mirto estaban tan cargados de collarines de fucsias florecidas que las ramas se balanceaban como las cabezas de las antiguas doncellas durmientes.

Bella salió de su Cherokee.

—Bonito sitio —señaló Edward mientras se apeaba de la furgoneta.

—A que es precioso... Estoy pensando en comprarlo.

Impávida pese a su falta de entusiasmo, Bella se dirigió hacia la casa y encaminó con cuidado sus pasos hacia los escalones de la galería, que rodeaban la casa por tres sitios. Sus pisadas sonaban a hueco mientras caminaba a lo largo de la casa, mirando por las ventanas. Las que todavía conservaban los cristales estaban inexorablemente salpicadas de sal. La playa se hallaba a tan sólo cuatrocientos metros.

—No lo dirás en serio... —observó Edward siguiéndola hasta la galería.

—Ya lo creo.

— ¿No es un poco grande para ustedes tres?

—No es para nosotros. La quiero comprar para la GSS.

Edward lanzó una carcajada.

—Primero una singular granja y ahora una abandonada Tara. Espero que George Stein no te haya dado carta blanca con el talonario de cheques de la compañía.

Sin sentirse ofendida, dejó la barandilla y se aventuró hacia la parte este de la casa, donde una vez había habido un antiguo jardín de flores. Los caminos de pisoteadas conchas estaban ahora ahogados por hierbas, y en los parterres que en otro tiempo habían tenido plantas con flores, ahora crecían hierbas silvestres.

En el extremo más alejado del jardín había otro roble vivo. Un columpio colgaba de una de sus ramas. Las cuerdas que lo sujetaban al árbol eran de un grosor mayor que sus muñecas. Los nudos debajo de la tabla eran más grandes que sus rodillas. Se sentó con cautela en el columpio y se impulsó con el tacón de su sandalia.

Inclinó su cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó que el moteado sol se derramara por su cara. Respiró profundamente el aire sofocante que desprendía una densa fragancia a miel y gardenias.

—Ya habías estado aquí, ¿no?

Ella abrió sus ojos. Edward estaba de pie con las manos metidas en los bolsillos traseros, observándola. Sus ojos color de avellana tenían un tono más verde de lo habitual, reflejando las ramas del árbol.

—Muchas veces. No estaba bromeando cuando te he dicho que la quería comprar. Me gustaría que esto fuera el patio de recreo de la compañía, un servicio de alojamiento con desayuno.

—Yo pensaba que estabas buscando propiedades para hacer un anexo.

—Esto será una adición. Piensa lo estupendo que sería recibir aquí a clientes y ejecutivos de alto nivel. El agente inmobiliario me facilitó un plano del terreno y se lo he enviado a Hank.

Edward había conocido a Hank en Nueva York. Habían hablado sobre la fábrica textil.

—Le dije que me gustaría que la casa fuera modernizada pero sin perder la gracia y encanto del sureste. Si conseguimos los mercados extranjeros que esperamos, podríamos traer aquí a sus viajantes para las comidas oficiales. Tal vez les podríamos traer incluso con calesas de caballos, y servirles julepes de menta en la galería. Les encantaría.

La rodeó y se puso detrás de ella, colocando sus manos por encima, en la cuerda, y empezó a empujar el columpio, no muy fuerte, pero sí lo suficiente como para que su cabello ondeara al viento.

— ¿Ya le has contado todas estas ideas a George?

—Aún no. Quiero que primero Hank haga algunos bocetos en acuarela.

—Tú y Hank parecéis muy compenetrados.

—Somos amigos desde la universidad.

—Hmm.

Ignoró el tono especulativo de su voz.

—También le he pedido a Hank que diseñe una casa de playa con un mirador, donde podríamos celebrar las fiestas de la compañía, y organizar picnics y recepciones. Podríamos alquilarla a otra gente cuando no la necesitáramos. Eso aliviaría los costes de mantenimiento.

—A George le gustará eso. Y quizá mientras tuvieras a todos esos ejecutivos extranjeros sentados en la galería y tomándose una copita de menta, algunos negritos podrían cantar canciones espirituales desde los cuartos de esclavos.

Posó el pie en el suelo antes de que el columpio se parara. Tenía que girar la cabeza hacia atrás si quería mirarle a los ojos. La coronilla de su cabeza le estaba tocando casi su estómago.

—Me estás utilizando.

Él no se movió, aunque la conversación hubiera sido mucho más fácil si hubiera soltado las cuerdas y se hubiera colocado delante de ella.

—Es verdad.

—Gracias por admitirlo, por lo menos.

—Supongo que me dejé llevar. ¿Crees que estoy loca?

—Creo que eres... misteriosa —admitió después de una pausa para poder encontrar la palabra adecuada—. De hecho me tienes totalmente confundido.

Su voz era demasiado intensa para que resultara confortable. Ella trató de asimilar lo que le había dicho y desviar la conversación hacia él.

—Tú también tienes un carácter bastante misterioso.

Sus labios se extendieron por encima de su sonrisa.

— ¿Yo?

—Sí, tú. Para ser un soltero que vive solo, no es que salgas mucho.

—Eso no tiene nada de misterioso. Mi exigente jefe no me deja mucho tiempo para divertirme.

—Tú no ves a otras mujeres.

Él arqueó las cejas.

— ¿Es que me estás siguiendo?

—Juraría que eres un hombre que a menudo necesitas la compañía de mujeres.

—Quieres decir, sexo.

—Sí, sexo —repitió ella con inquietud.

De repente la tranquila tarde se había detenido. Incluso los insectos habían dejado su monótono zumbido. El aire era bochornoso. Bella se dio cuenta de que la ropa se le pegaba a la piel. Su cabello caía pesada y cálidamente en su nuca. Un sol color de mantequilla empezó a descender dejando escapar su calor a través de resplandecientes rayos. Era como si estuviera en una perfumada sauna, con la única diferencia de que no estaban desnudos.

Era muy consciente de lo cerca que se encontraba Edward, de lo cerca que sus hombros estaban de sus caderas. Unos pocos centímetros separaban sus manos de la cuerda. Su fragancia se mezclaba con otras, pero ella la podía distinguir.

—Lo que quería decir —observó ella sin apenas aliento—, es que tu falta de actividad social tiene algo que ver con el hecho de haber perdido a tu mujer y a tu hijo.

Sus labios volvieron a su posición. Bajó las manos y se apartó del columpio, manteniendo sus anchas espaldas delante de ella.

— ¿Cómo supiste eso?

—Lo supe unos días después de conocerte en Los Ángeles.

—Por lo visto el comprobarlo todo forma parte de tu trabajo —le dijo él con tirantez, y girándose para darle la cara.

—La fábrica textil era vital para mí. No me podía arriesgar a seleccionar mal. Te estudié tanto como pude.

La miró con odio durante unos momentos, y luego sus hombros se fueron relajando gradualmente.

—Creo que no importa que de una u otra manera te hayas enterado.

— ¿Qué es lo que pasó? —preguntó ella suavemente.

— ¿Por qué preguntas si ya lo sabes todo?

—Sólo sé los hechos principales.

Él arrancó una ramita del árbol y se la enroscó entre los dedos.

—Estábamos viviendo en Tallahassee. Yo trabajaba para un odioso hijo de puta que me asignó un trabajo fuera de la ciudad. Sólo podía ir a casa los fines de semana. Stephanie odiaba las condiciones de trabajo y yo aún más. Pero en ese momento no podía elegir. Ella se estaba deprimiendo, así que planeamos un fin de semana especial. Llegué a casa una fría noche del viernes. Ella había preparado una gran velada para nosotros.

Su voz se hizo monótona mientras acompañaba a Bella hacia la casa y le contaba lo que había descubierto en su habitación.

—Parecía que estaban estupendamente —dijo él con voz ronca—. No había nada revuelto, no había sangre... —Hizo un gesto de negación—. Pensé que estaban durmiendo.

— ¿Qué es lo que hiciste?

Sus ojos se volvieron fríos.

—Mandé a la mierda al hombre que me había mantenido lejos de la familia.

—Bien hecho.

—Luego estuve borracho durante unos cuantos meses, me aparté de todo, incluso de la «compañía» que mencionaste antes. Cuando lo hube superado, me lo montaba con cualquier mujer que me decía «sí». Gordas, delgadas, feas, guapas, viejas o jóvenes. No me importaba, ¿sabes? —Bella movió su cabeza—. Bueno, quizá debieras ser un hombre para entender eso.

—Quizá.

—De todas formas me estuve moviendo bastante; me convertí en un tipo solitario hasta que me ofreciste este trabajo. Ésta es la primera vez en siete años que tengo algo por lo que luchar. Te debo las gracias por eso, Bella.

—No me debes nada, excepto el duro trabajo que haces por el dinero que se te paga. Hasta ahora no me has decepcionado.

Arrojó la ramita al suelo y se sacudió las manos.

—Hubiera debido estar con ellos en casa.

— ¿Para qué? ¿Para que tú también te murieras durmiendo? ¿Acaso eso habría mejorado las cosas?

—Tenía que haber comprobado el horno.

— ¿Y seguro que ella no lo hubiera puesto en marcha antes de que tú lo hubieses comprobado?

—No me lleves la contraria.

—Entonces no digas tonterías, Edward. No puedes pasarte la vida expiando la culpa por algo que no fue culpa tuya. —Lo miró un momento—. Esto que me has dicho explica muchas cosas. Sabía que el trabajo en la fábrica textil significaba mucho para ti. Pero no me imaginaba cuánto hasta ahora.

—Para mí es como una segunda oportunidad, y no la quiero echar a perder.

Se deslizó por el tronco del árbol, hasta que se quedó sentado en cuclillas.

—Así que ahora ya conoces cuáles son mis motivaciones. ¿Cuáles son las tuyas?

—Un salario fantástico. Posición y respeto en un mundo de hombres.

—Bueno, y teniendo todo esto, ¿por qué regresaste a Palmetto?

—Porque la GSS necesita a la ciudad y la ciudad necesita a la GSS. Como buen observador que eres, no se te habrá pasado por alto lo mal que está aquí la economía. Algunas de las personas que viven por aquí no tienen todavía servicios sanitarios en casa. Subsisten con cualquier cosa que pueden plantar. La fábrica va a contratar a muchas personas. Antes de que lleguemos a ser funcionales, voy a organizar clases y talleres de trabajo para enseñar cosas necesarias. Los que sean contratados recibirán una remuneración por su formación. La planta dispondrá de guardería durante todo el día para que más de una madre pueda trabajar. Habrá...

—Todo eso es una mierda, Bella.

Se quedó con la boca abierta de sorpresa.

— ¿Qué?

—Digo que todo eso no es más que una mierda, aunque suene muy bonito. Por fuera pareces empapada de altruismo —dijo poniéndose de pie—. Pero si escarbo más profundamente voy a encontrar la verdadera razón por la que quieres establecer esta fábrica aquí, que no es por compasión hacia la pobre economía de esta zona.

Estiró sus piernas entre las de ella, se agarró de las cuerdas del columpio y se plantó delante de ella, dirigiéndose hacia su cara vuelta hacia arriba.

—Tiene algo que ver con tu antigua amiga y con el sheriff con el que está casada, que quizá sea o no sea el padre de Daniel. En todo esto están liados por alguna parte los Bierbs. No hay ningún amor perdido entre tú y los peces gordos de esta ciudad.

—Se está haciendo tarde. Me tengo que ir.

Ella se levantó aunque ello significaba que tocaría su pecho contra el suyo. Pasó por debajo de uno de sus brazos, y casi había conseguido librarse cuando él atrapó su mano y la hizo volverse.

—No tan rápido, Bella.

—Las razones que te he dado para construir aquí la fábrica son verdaderas.

—No lo dudo.

—Entonces, ¿por qué no las aceptas, y ya está?

—Porque no cuadra. Alguien que rezuma tanta compasión por el prójimo ofrecería un riñón si lo necesitasen.

—Nadie va a tocar a Daniel para que le extirpen un riñón.

—Exacto, sobre todo si el receptor está casado con tu antigua y mejor amiga y, además, podría ser el padre de tu hijo. —Él se acercó—. ¿Es que Libits te dejó por Ángela después de dejarte embarazada y cuando aún lo querías?

—Yo lo odiaba.

—Ahora nos estamos acercando a algún sitio. ¿Por qué?

—Déjame en paz, Edward.

—No hasta que entienda de qué va todo esto.

—No tienes que entender nada.

— ¿Por qué te asustas tanto cada vez que un hombre se te acerca?

—Yo no me asusto.

— ¡Anda que no! Hace apenas unos segundos casi te desmayas cuando me tocaste con tu pecho. Y la expresión de tu cara cuando descubriste que se me ponía dura es difícil de describir.

—No me di cuenta.

—Estás mintiendo. ¿Es Paul Libits el hombre que te dejó frígida?

—No soy frígida.

— ¿No? Quizá me hayas engañado.

—O quizá es que no te encuentro atractivo

Se pasó los dedos por detrás de la nuca y por debajo de los cabellos, donde tenía la piel húmeda por el calor.

—Esta es otra mentira, Bella.

Al girar la cabeza rosó sus labios sobre los de ella.

—Me dijiste que te había gustado que te besara.

—No lo dije.

—Mentirosa.

Él tocó las comisuras de sus labios con su lengua. Fue algo estremecedor. Sus apremiantes caricias la pusieron excitada y anhelante. Colocó sus manos encima de su camisa y notó los sólidos músculos de debajo de la piel. Su tamaño y fuerza la abrumaban; le podía hacer daño. Olía y sabía masculinamente. Su hombría la seducía y repelía al mismo tiempo. Luchó contra su deseo y contra el terror que sentía.

—No hagas esto, Edward —le suplicó junto a sus labios ansiosos—. Yo no la puedo reemplazar. Ninguna mujer puede.

Él tiró rápidamente su cabeza hacia atrás.

— ¿Qué es lo que has dicho?

—No voy a ser una de esas mujeres con las que alivias la pena por tu mujer.

— ¿Es eso lo que crees? ¿Que eres sólo otra suave y húmeda pista hacia el olvido?

—Es posible, ¿no?

Él masculló un taco entre dientes.

—Mira, si eso fuera lo único que buscara, podría tener una mujer desnuda en mi cama para toda la noche.

— ¿Pero tendría también un hijo adolescente?

—Oh, yo lo podría conseguir —dijo él tensamente—. Se supone que Daniel es el repuesto del hijo que perdí.

—Ciertamente, has hecho cosas para ganártelo.

Su furia era tan palpable como su calor. Surgía a través de su cuerpo y a través del suyo. Él le dirigió una única y cruda mirada, deteniéndose en sus pechos y en la parte superior de sus muslos, antes de volverla a mirar la cara.

—No te concedes suficiente mérito, Bella. Aunque no tuvieras a Daniel, seguiría queriendo follar contigo.

Se giró y se dirigió hacia su furgoneta. Bella, furiosa por lo ocurrido, fue a su encuentro. Lo alcanzó mientras subía a la furgoneta.

—Si persistes en decirme estas cosas, no tendré más remedio que despedirte.

—Adelante —dijo él con un agresivo tirón de mandíbula.

Solamente estaba siendo brusco para asustarla, pero funcionó. La idea de que él pudiera abandonar el proyecto ahora la dejó anonadada. ¿Dónde encontraría a otro capataz general tan bueno como él? ¿Qué excusa daría a George Stein, quien no tenía más que cumplidos para Edward? Intentó otro camino.

—Todavía sigo convencida de que eres el mejor hombre para realizar este trabajo, Edward.

—Gracias.

— ¿No te das cuenta de que no sería aconsejable que fuéramos amantes, incluso..., incluso si yo pudiera?

—Nunca dije que fuera aconsejable.

—Alteraría permanentemente nuestra buena relación de trabajo. Y ninguno de los dos quiere eso, ¿no?

—No.

—La fábrica es demasiado importante para los dos. No podemos dejar que los conflictos personales interfieran en nuestro trabajo, ¿no?

—Si tú lo dices...

—Entonces, ¿ves mi punto de vista?

—Sí, lo veo.

— ¿Y tengo tu palabra de que esto no continuará?

—En absoluto.

Hasta ahora, él había evitado mirarla directamente. Cuando fijó los ojos en los de ella, ella notó su impacto como un suave golpe en el abdomen. Entonces se puso sus oscuras gafas de sol y ella no pudo seguir viendo sus ojos.


¿Que opinan de las actitudes de Ángela y Paul?

¿Y de la confesión de Edward?

(^_^)凸

Gracias por sus reviews, amo leerlas niñas!

: Gracias por tu rr, nena. no me permite responderte, pero agradezco tus palabras.

Gracias a las nuevas lectoras que se sumaron esta última semana!

Como siempre, gracias a todas aquellas personitas que me leen, dejen o no reviews, para mi es importante saber que están acompañándome.

Próxima actualización: Martes 02.

๑۩۞۩๑

#Andre!#