No puedo esperar para sentir tu amor dentro de mí ahora
Tomaremos un trago o dos e iremos a tu casa
Quiero coger tu amor lento
Atrapa mi corazón, ve a nadar
Siento tus labios aplastar
Era miércoles, Yuri, Sala y un montón de chicos de último año ya estaban a punto de terminar sus vidas como estudiantes de preparatoria. La graduación sería la próxima semana y estando a solo unas horas de terminar la última jornada escolar, Yuri Plisetsky fue llamado por una de las inspectoras mientras Sala y él leían revistas del horóscopo, los astros y todas esas mierdas que creen los adolescentes.
—¿Qué hiciste ahora? — le preguntó su amiga mientras el rubio se paraba de su asiento en el salón semi vacío donde ociaban.
—¿Por qué siempre que me llaman tengo que necesariamente haber hecho algo malo?
—Con todas sus cosas, joven — la inspectora interrumpió la réplica de la chica.
El rubio asintió. La verdad le valía mierda por lo que lo estuvieran llamando, de todos modos ya no podrían expulsarlo a solo unos días de egresar.
—Me avisas luego en qué te metiste.
—¡Que no he hecho nada!— chilló con el ceño fruncido.
Salió del lugar con la mujer de mediana edad caminando un metro por delante de él y, al entrar a la oficina de la rectora, tuvo el asunto claro.
—Señor Plisetsky — saludó la anciana (a la opinión de Yuri). El muchacho solo asintió.
Se le veía bien risueña y el ruso arrugó la nariz, puesto que la razón estaba sentado frente a ella: Otabek Altin, quien lo miraba con estoicismo.
Vieja anciana y más encima verde.
—Bien, todo listo señor Altin.
—Gracias — musitó el otro poniéndose de pie — vamos Yuri.
Salieron de la oficina más rápido de lo que el Plisetsky esperó, pero no le desagradó. Lo que sí le desagradó un poco (aparte de los ojitos que le hacía la mujer a su tutor) fue que Otabek lo tomara por sorpresa, y es que Yuri lo había estado ignorando por varios días de forma olímpica. En fin, eso ya había terminado.
—¿Por qué viniste? — cuestionó algo nervioso, Otabek no le estaba dirigiendo la palabra. No le respondió.
En el estacionamiento el mayor le abrió la puerta del coche, pero tampoco dijo nada.
Yuri se empezó a inquietar, tenía en cuenta que el enojo silencioso era uno de los más peligrosos, por eso mismo no hizo más preguntas.
Recorrieron algunas calles y pararon en un restaurante del centro. Solo entonces, Otabek le habló:
—No has comido, ¿cierto?
—Mhh, no...
—Entonces vamos.
Quitó las llaves del vehículo y se metió la billetera en el pantalón. Yuri lo miraba atento, hasta cuando bajó del carro y se percató que él no lo imitaba. El kazajo se asomó por la ventana y aunque el vidrio aplacaba un poco su voz, le leyó los labios.
—¿Vas a bajar o no?
Se había quedado pegado como tonto.
Dejó su bolso en el asiento trasero y solo se llevó con él el móvil.
Altin saludó con familiaridad al que al parecer era el propietario del lugar y, mientras al parecer hablaban de negocios, Yuri se dedicó a echar un vistazo al lugar que Otabek lo había llevado.
Parecía un lugar agradable, las paredes de un cálido beige le daban luz al lugar y una que otra esquina estaba decorada con cuadros de dibujos originales hechos a mano. Las mesas cuadriculares estaban adornadas con pequeños maceteros de la misma forma y pequeñas flores que le daban un aire tierno. Tras la barra, donde se encontraba la caja registradora y dos máquinas de café para servir al gusto del cliente, se encontraba una repisa de vidrio con varias botellas de vino, copas colgando y una ventana donde los pedidos pasaban de la cocina a manos del mesero que los dirigía a la mesa correspondiente.
—Yuri, ordena de inmediato para no perder tiempo— la voz de Otabek lo distrajo de sus observaciones.
Uno de los meseros, en la misma barra, le pasó la carta. Pidió algo rápido, un poco de carne, papas, ensalada y un jugo natural de piña. Otabek no pidió nada y en cuanto terminó su conversación con el otro hombre, hizo una seña con la cabeza a Yuri para que lo siguiera.
—¿No nos vamos a sentar? — preguntó curioso de ver que iban por un pasillo lejos de las mesas.
—Pedí un lugar apartado.
Omg. Estaba jodido, muy jodido.
Yuri pasó saliva, más nervioso que antes y eso que había logrado calmarse un poco cuando entraron al lugar.
Cosas sexuales pasaron por su cabeza, pero rápido se desvió al enfado del mayor. Seguramente lo llevaba a parte para regañarlo sin que la poca gente de ahí los mirara o los escuchara.
Demonios, en qué se había metido. Era en ese momento en el que se arrepentía de haber estado rehuyendo de Otabek todos esos días, en el fondo sabía que no iba a poder huir por siempre de la mirada de hielo de Altin.
¿Qué podía hacer ahora?
Llegaron a un lugar con varias habitaciones y entraron a la que en la puerta tenía el número 4.
El lugar era espacioso, la mesa de color caoba y en el centro tenía dos cajitas clavadas con tapas de vidrio transparente, dentro habían adornos como conchitas de mar y algunas flores disecadas. Las paredes eran de color crema, más claro que el de las paredes principales, había una planta en una esquina y una ventana grande daba a la calle.
Yuri se sentó muy derecho en la silla y, cuando terminó de inspeccionar el lugar con sus grandes ojos verdes, miró a Otabek frente a él... se encontró con ese par de chocolates mirándolo de forma intensa e indescriptible. Se sintió cohibido.
Si Yuri en ese momento pudiera convertirse en un meme, definitivamente sería el gran maestro Oogway (pero con un cabello rubio fabuloso, obvio) diciendo "mi momento ha llegado".
—¿Por qué fuiste a retirarme de clases? —fue lo más ocurrente (en cuanto a tema de conversación se le ocurrió)— pudiste haberme avisa-...
—Me tienes bloqueado en tus redes sociales desde poco después de que me avisaran que le esguinzaste el hombro a otro alumno.
Uf. Al hombre le gustaba directo.
Yuri se mordió el labio y movió la cabeza en algo que parecía un asentimiento.
—¿Por qué estás sonriendo?
—¿Eh? ¿Qué? no lo hago...
Sin darse cuenta, por supuesto, estaba medio sonriendo.
Y para sus adentros sintió: muy bien, al menos una noticia buena aquel día.
—No es algo gracioso, Yuri Plisetsky — ah, no, su nombre y apellido... — ¿crees que el maquillaje te cubre perfectamente las heridas en la cara? déjame decirte que no lo hace, ¿qué hubiera pasado si...?
La puerta se abrió con delicadeza y una chica con una bandeja redonda y plateada traía la orden del rubio.
—Con permiso.
Yuri esperó a que la muchacha dejara todo frente a él. Ella les preguntó si deseaban algo más y ambos negaron, tras dejar dicho que si necesitaban algo más solo avisaran, se fue cerrando la puerta.
Yuri miró su plato, pero el suspiro de Otabek llamó más su atención.
—¿Ni siquiera me vas a decir por qué se pusieron a pelear? tuve que pagar la consulta completa en la clínica al chico.
—Ahora se irá hacia el lado cuando tenga que masturbarse con la izquierda. Y se lo merece.
Soberbio. Fue el primer adjetivo que cruzó por la mente de Otabek en cuanto Yuri terminó de decir eso y tomó el tenedor para pinchar un trozo de papa cocida. Iba a regañarlo por malhablado cuando volvió a hablar.
—Me molestaron y me defendí.
Yuri frunció el ceño al recordar el trato de mierda con el que algunos se sentían con el derecho de tratarlo por ser gay.
Otabek no tenía que saber la historia completo. En teoría, ese era el resumen de lo que había pasado, ¿no? Sin embargo, el mayor fijó la mirada aún más en Yuri.
—No me convences, Plisetsky.
—No es nada — soltó el tenedor y lo miró — ya no quiero recordarlo, es en serio, no es nada. Te juro que no volverá a pasar. Y en cuanto a las llamadas, ya no te evitaré... y te desbloquearé de mis redes. Lo siento por causarte problemas.
Estrecharon miradas. La fría y calculadora de Otabek parecía querer ceder ante esos pedazos de esmeraldas que lo calaban hasta el alma.
—¿Estamos bien? — preguntó con un tono de voz tan inocente que Altin sintió que era vencido.
Otabek volvió a suspirar y cerró los ojos, masajeando y negando levemente. Se había vuelto un débil ante Yuri. Le faltaba mano dura.
—Bien — masculló.
Yuri sonrió ampliamente. Había evitado un regaño.
—Estaremos bien cuando vengas aquí para recibir tu regaño.
Yuri dejó de sonreír. Se había equivocado.
—¿Qué?
Se había quedado casi de piedra, ¿Con qué lo iba a castigar Beka? ¿Le quitaría su celular? ¿Acaso le quitaría los permisos para salir? ¿Le cortaría el internet? aún así, ¿Para qué demonios quería que se acercara?
—Acércate.
No era una petición, era más una orden.
Y no es que le tuviera miedo. Había dejado de temer a Otabek hace mucho tiempo. Solo quería evitar los líos con él.
Mordió lo que había en la punta del tenedor y se puso de pie algo nervioso, la expresión calmada de Beka era inusual. Quedó de pie a su lado y entonces un presentimiento de lo que iba a ocurrir alteró su pulso.
—Estamos en un lugar público — dijo con un hilo de voz, porque de todos modos, era ese mismo hecho el que ahora alborotaba sus hormonas de adolescente con las más sucias fantasías.
—Desabrocha tus pantalones — volvió a ordenar mientras con paciencia se separaba un poco de la mesa y se cruzaba de brazos, esos brazos.
—... hay una ventana... — volvió a decir, sin embargo, sus manos hacían lo que se le había dicho.
—Tiene vista de un solo lado, la gente fuera no puede ver hacia dentro.
Otabek tomó la mano de Yuri y este sintió su tacto quemar. Mierda. Podría morir.
Primero su rodilla entre las piernas de Otabek, luego la otra sobre su muslo. Pero no duró mucho en esa posición, porque en seguida el mayor se volteó un poco y con sus fuertes manos lo acomodó de manera que Yuri quedara con sus codos apoyados en su lado de la mesa y su trasero hacia el contrario. Altin repasó (casi provocándolo) la pretina del pantalón con sus dedos. Subió un poco la tela de la sudadera del menor y lamió la piel dispuesta, siempre blanca, la mordió ligeramente y el tono varió a un rosa suave.
—¿Q-Qué vas a hacer? — Yuri preguntó observando de reojo la ventana donde personas paseaban.
No obtuvo respuesta. Se asomó por sobre su hombro y recibió una sonrisa socarrona por parte de Otabek, esas sonrisas ladeadas que lo enloquecían. Esas sonrisas que o podían significar molestia... o que estaba a punto de cometer algo que disfrutaba.
—¿Por qué me haces preocupar, babe?
Cruzó su mano por el vientre de Yuri y terminó por bajar el pantalón y la ropa interior de Yuri. El menor dio un pequeño salto por lo repentino, con una semi erección y su trasero totalmente alzado y expuesto.
—Dije que lo sentía — suspiró cuando la mano de Otabek acarició sus nalgas casi con devoción.
Si tan solo supiera que la caricia sería la corta bienvenida a su castigo...
El sonido de la primera nalgada rebotó en el aire y desapareció tan pronto como llegó. Yuri soltó un gritito y se tapó de inmediato la boca, recordando que estaban en un lugar público y que, aunque estuvieran en un lugar apartado, las paredes no eran a prueba de sonido.
—Beka — gimoteó antes de recibir otra nalgada. Se sentía caliente, pero excitante. Hasta el sonido le parecía erótico. — Mmh, ¡ngh!
—¿Qué pasa cariño? — preguntó suavemente Otabek, acercándose a su oído mientras cesaba el golpe un momento y volvía a acariciar la zona dañada que se teñía suavemente de un rosa exquisito. Besó su cuello y Yuri suspiró, apenas giró el rostro (con algo de dificultad por la posición) y lo besó. Pero fue un beso corto — creo que te he estado consintiendo demasiado — le dijo simplemente antes de volver a pegar su mano a esa piel tan tersa que ahora se calentaba con su tacto bruto.
Yuri logró resistir unas seis nalgadas más antes de armar una frase coherente en su cabeza, y digo "aguantar" no porque le doliera, o bueno, sí, un poco, pero es que la excitación y la situación en sí lo estaban calentando mucho y así simplemente no podía.
Una sonrisa se formó en los finos labios del Plisetsky y se hundió un poco entre sus propios brazos antes de soltar una risa corta pero audible. Otabek volvió a llevar su atención al pequeño entre sus brazos, apretando el trasero del ruso y rozando su entrada, haciéndolo gemir.
—¿Sigues riéndote? parece que no ha sido suficiente castigo.
—Es que, ah, est-tás siendo muy salvaje y... oh, Dios, no hagas eso... — Otabek seguía apretando una de sus nalgas, pasando a llevar su entrada a propósito— y antes parecías muy tierno mientras le cantabas Den' Rozhdeniya a tus hermanas...
La sonrisa de Otabek se borró de a poco y por lo que el rubio logró divisar desde su incómoda posición, supo que el mayor estaba algo avergonzado. La sonrisa promiscua y graciosa de Yuri pareció razón suficiente para seguir con el regaño.
— ¡Daddy!
Volvió a ocultar su rostro entre sus brazos, apretando sus ojos, porque ahora mismo Otabek sí estaba tocando su entrada, manoseándola con toda la intención de desesperarlo. Casi se cae del regazo y se resbala de la mesa cuando sintió la otra mano del kazajo tomar su erección.
—No, no, no, no, está bien, está bien, soy bueno, ¡seré bueno! ¡B-Beka! — chilló tan bajo como pudo.
—No debes espiar conversaciones ajenas, Yuri. Vamos a educarte bien.
Otabek, una de esas noches tras el trabajo, fue a dejar a Yuri a su hogar.
Yuri se lo quedó mirando en vez de bajarse y el kazajo le devolvió la mirada curioso.
—Tienes ojeras — avisó como si Altin no supiera.
—Es el trabajo, no he estado durmiendo por arreglar unas cosas.
—¿Quieres que vaya a hacerte dormir a tu cama? te hornearé galletas y te daré leche caliente — preguntó con esa mirada traviesa que le hacía gracia a Otabek más que incitarlo.
—Bájate del auto luego, por favor — sin embargo, en su voz se hallaba cierto tono de gracia.
Yuri sonrió y no le hizo caso. Tomó su bolso y jugueteó con sus manos antes de decidirse a decir:
—El lunes es mi graduación, ¿no lo has olvidado, cierto?
Ah, ahí estaba. Eso era por lo que Yuri permanecía allí. Creía que Otabek había olvidado su promesa.
El mayor sonrió y, como pocas veces, le tomó el rostro y lo besó. Lo besó lento, sin prisas, sin mayores intenciones. Solo un beso, un beso porque tenía ganas de besarlo y ya. Le gustaba cuando Yuri sonreía en medio de los besos, mordió su labio y lo succionó despacio antes de soltarlo y probarlo por segunda, tercera, cuarta vez. Cuando se separó le hizo saber:
—No, Yura, no lo he olvidado.
El menor sonrió mostrando sus dientes e iba a decir algo, pero lo detuvo la vibración de su móvil en su bolsillo. Curioso por quién podía ser y porque eran pasadas las 3.30am, lo revisó mientras el kazajo echaba su cabeza hacia atrás y se resignaba a esperar a que Yuri se bajara por voluntad propia.
Yuri no supo qué cara puso, pero sí supo que no debió ser buena si Otabek notó de inmediato que algo pasaba.
—¿Quién es?
Otro número desconocido, con mensajes subidos de tono. Jean, obvio.
Movió rápido sus dedos y bloqueó el ¿décimo? ¿undécimo? número desconocido.
—No, nadie, publicidad.
Otabek no pareció tragarse esa excusa.
—¿Seguro?— dijo — ¿no estás ocultándome algo?
Se quedó mirando a Beka unos segundos, ¿qué quería decir con eso? empezó a inquietarse, no era posible que el kazajo supiera lo que estaba pasando, ¿o sí?
—¿N-No?
Los ojos de Otabek se pusieron más suspicaces, taladrándolo e incomodándolo.
—¿Volviste a golpear a alguien?
—¿Qué? ¡Claro que no!
—Más te vale Plisetsky.
Le acarició la mejilla con cariño y por unos segundos, ambos se envolvieron en esa caricia. Yuri cerró sus ojos y se dejó hacer.
A Yuri le gustaba sentir el tacto de Otabek en su rostro y a Otabek le gustaba la suavidad de la piel de Yuri. Era fascinante.
— Te pusiste pálido de pronto, ¿en serio no hay nada?
El ruso abrió sus ojos de a poco. Se lo quedó mirando.
Me están acosando. Me han estado siguiendo. Me envían imágenes y mensajes obscenos. Me están extorsionando. Quieren que te deje.
—No...— su cabeza negó y sintió muchas ganas de llorar de pronto que se vieron retenidas por algo mucho más fuerte que su voluntad — nada.
Miedo.
Yuri tenía miedo.
No quería hacer sufrir a Beka, no quería que le hicieran daño. Tampoco quería que su familia se viera involucrada en todo esto. Y aún así, no estaba haciendo nada para detener a Jean Jacques Leroy. El hombre seguía cavando cada vez más hondo en su miedo.
Suspiró despacio.
—Uhm, ¿Beka? — pronunció de forma dubitativa, muy lento.
Vamos, adelante, dilo.
Altin asintió, haciéndole saber que lo escuchaba, lo miraba fijamente, esperando a que prosiguiera. Su mano seguía en su mejilla, parecía entretenido acariciando ahí.
Dilo, maldita sea, dilo, por favor.
—¿Tienes algo que hacer mañana por la tarde?
Ah, tonto Yuri.
Había perdido otra oportunidad.
Otabek lo pensó, mientras un sentimiento de tristeza e ira comenzó a nacer en Yuri, sin él poder darse cuenta para detenerlo.
Yuri Plisetsky se sentía como un cobarde, y si había algo que él odiaba en el mundo: eran los cobardes. Él no era así, ¿por qué se estaba comportando tan rehuyente?
Era un idiota, estaba siendo un estúpido.
—Tengo que irme a una reunión importante. Volveré en un par de días.
La respuesta trajo a Yuri a tierra nuevamente. Altin ya no acariciaba su mejilla, extrañó su tacto, pero lo notó enseguida. El nudo de sensaciones negativas pesó en su estómago.
—¿Vas con tus jefes?
El kazajo no le despegó la mirada, asintió en un corto vaivén.
Yuri tragó saliva, frunciendo el ceño.
—¿Va a estar ella?
Se quedó callado y desvió la mirada. Fue suficiente. Eso era un sí. Obvio que la puta de Viveka estaría allí.
—Y vas a ir de todos modos... — murmuró destilando odio en cada palabra.
Otabek suspiró largo y pesado.
—Tampoco me gusta tener que verla — tener que tocarla — pero son mis jefes, es trabajo, son ellos los que sustentan la agencia en su mayoría. El ochenta por ciento de clientes son enviados por ellos, solo no puedo...
El corazón de Yuri se apretó, su ceño se frunció aún más. De pronto todo rastro de tranquilidad, paz y cariño que había estado rodeándolos, se oscureció.
—Sí puedes — su voz sonó dura, pero tembló, como una rabia intentando ser reprimida. Apretó los puños — sí puedes hacerlo.
—Son mis jefes, Yu-...
—¡No te estoy hablando de los viejos de tus jefes, te hablo de esa Viveka!
Estaba enojado, estaba muy enojado.
No quería que Otabek fuera, no quería que esa mujer se le acercara, odiaba que Otabek tuviera que someterse a ella, odiaba que Otabek estuviera encerrado nuevamente en un bucle como lo estuvo en su adolescencia. Lo detestaba tanto.
Ambos idiotas, siempre jodiendo, siempre molestando.
¿Por qué no podían simplemente desaparecer de la faz de la tierra y dejarlos tranquilos?
—¡No puedes simplemente dejarte pisotear por ella!
¿Por qué no podía irse a la mierda y comprender que no estaba interesado, que no quería nada con él, que amaba a Otabek, que siempre sería así? ¿Por qué volvía? ¡Él no quería su atención, la odiaba, la detestaba! se sentía inútil, muy débil, no le gustaba esa sensación, le daba impotencia, mucha, mucha impotencia.
Otabek miraba un poco sorprendido cómo Yuri cambió de un segundo a otro, a punto de una crisis de histeria. Sus ojos temblaban.
—Yura, qué-...
—¿Es que no te das cuenta? — volvió a exclamar — Ella te está usando y tú no haces nada.
Yuri no quería decirlo. Dios, en serio no quería, no quería discutir con Otabek. Sí se sentía enfadado por lo de Viveka, pero sabía que en el fondo había más razones, razones para ese enfado que no involucraban a Otabek sino que a él mismo y sus miedos interiores.
¿Qué demonios hacía allí sacando su propia frustración para con Otabek? ¿Por qué se desquitaba con él?
Intentó cerrar la boca, pero no pudo.
La frase fue gritada en la mente de Yuri. Y seguido, gritada hacia Otabek con la misma boca que minutos atrás había besado.
—¡Es como con Jean, y a ti parece no importarte!
—¡YURI!
Había sido suficiente, la paciencia de Otabek se terminó.
Beka golpeó el volante con un puño cerrado, tenía el ceño fruncido y en sus ojos se dibujaba la consternación y la confusión. No entendía por qué el rubio se había puesto así, siempre que discutían, nunca había perdido tanto los cabales como ahora.
¿Que a Otabek no le importaba? eso era una idiotez. Bien sabía Yuri que el tema con Jean era una cicatriz para Otabek. Pero su enfado lo cegó.
Yuri frunció el ceño y se mordió el labio tan fuerte que por dentro sintió el sabor metálico de la sangre. Se había desquitado con Otabek con un tema delicado para él.
Era como si su propia mente en un acto de reflejo le gritara por favor que dijera la verdad, que parara de mentirle a Otabek. Poco a poco el secreto lo estaba ahogando.
Vamos, díselo.
Pero su boca seguía sabiendo a sangre. Seguía manteniéndose cerrada.
Maldita sea, ¡dilo!
Pero sus ojos no pudieron aguantar más los afligidos de Beka. Quitó la vista.
Sin decir adiós se bajó del vehículo y sin mirar atrás caminó hacia el edificio, hacia el ascensor, hacia su piso, hacia su cuarto. Se quitó las botas y se metió con ropa y todo bajo las sábanas y mantas.
Solo ahí se permitió llorar. Sería otra noche siendo consolado en solitario por Potya.
