Mil, mil disculpas a todos ustedes por mi imperdonable retraso.
Sé que fue mucho tiempo, pero al fin terminé el capítulo, admito que esta vez tuve algunos problemas ¡Lo escribí tres veces! Y así puedo seguir dando explicaciones; lo importante es que al fin cumplí. Una vez les había dicho que ya estaba por terminar este fanfic, y lo sostengo, ya estamos al final del trayecto, muchas gracias por haberme acompañado tan lejos, no sé si falta uno o dos números más, eso lo decidirá el mismo fic, pero una cosa es segura; estamos cerca del final.
Muchas gracias por sus bellos reviews, muchas gracias a todos, espero que este capítulo sea de su agrado y…que comience la función. Besos.
Capítulo 25.
Splinter y los muchachos se retiraron de la habitación de Leo, con la falsa esperanza de que este despertaría más tarde y cenaría con ellos, digo falsa, pues al parecer el joven dormiría toda la noche. En completo silencio, roedor y tortugas dejaron la habitación y se quedaron de pie un momento en el pasillo, meditando; iban a comenzar a charlar sobre lo ocurrido y los planes para con el terapeuta, cuando se percataron que las luces de toda la casa, aunque de manera lenta, comenzaban a encenderse y apagarse en diversos tiempos.
¿Acaso esto va a pasar cada vez que Leo se quede dormido? — preguntó molesto el guerrero de rojo a su familia para abrir conversación.
Eso parece. — respondía el menor del grupo devorando el emparedado que preparó su maestro para el primogénito. — Al menos hasta que Leo controle sus poderes. — esto sonaba infantil para las tortugas mayores.
Mickey, ya te dije que no me gusta que los llames "Súper poderes" es tonto. — opinó el científico del clan ante la mirada curiosa del grupo. — ¡No lo son! no hay ningún documento que los reconozca como tal, y me refiero a algo serio, y hasta que no pueda darle el nombre correcto, no creo que te debas referir así al fenómeno. — exponía su idea el joven de bandana morada, hasta que.
Donatello. — le llamó la atención su padre. — No creo que sea bueno para ti que sigas esforzándote en darle un nombre a todo, además de que te refieras como "Fenómeno" a lo que hace tu hermano. —
Maestro Splinter, no crea que estoy faltándole al respeto a Leo ni nada parecido, solo me refiero a la acción, no a él; quiero dar una respuesta a todo lo que está ocurriendo, no me gusta dejarlo todo etiquetado como "Paranormal o sobrenatural" dejarlo así me parece una holgazanería por parte de la comunidad científica. — su padre trató de ser flexible.
Si te hace feliz el seguir investigando al respecto, está bien, continua, pero no molestes a tu hermano. — el ninja tecnológico le miró suplicante. — Leonardo no es tan tolerante en estos momentos como lo era antes, así que no lo incomodes ¿De acuerdo? — esto no le gustó al chico.
De acuerdo, pero eso me lo hará más difícil. —
Y esto también va para ustedes. — señaló el roedor a sus otros dos hijos.
¡¿Nosotros?! —
¡¿Por qué?! — la respuesta fue la misma.
No quiero que lo inquieten ¿De acuerdo? — esta pregunta fue en un serio tono de advertencia.
¡De acuerdo! — respondieron los tres al unísono.
Bien, ahora. Donatello. —
¿Sí, sensei? —
Comunícame por favor con tu amigo el Dr. Park, quiero empezar lo antes posible con el asunto de la terapia. —
De acuerdo. —el ninja rojo le miró inquieto.
¿Entonces va en serio? —
¡Por supuesto que va en serio! Y quiero que todos hablen con él, por su propio bien. — los muchachos guardaron silencio. — Ahora iré a mi habitación; necesito hablar con el Daimyo. — los chicos se vieron sorprendidos. — Seguramente han tratado de comunicarse con nosotros al no haberles invitado esta navidad a pasarla con nosotros. —
Es cierto. — se sorprendió Rafael.
Ya los había olvidado. — comentaba el menor de todos.
Cuando esté lista la cena; avísenme por favor. —
¡Hai, sensei! —
Esa tarde como bien lo habían pronosticado, Leonardo no despertó, por lo que la familia se dio a la tarea de contactar tanto con los amigos inter-dimensionales como con el psicólogo para ponerse de acuerdo con las terapias. El resto de la noche para desgracia de nuestros amigos estuvo llena de cosas raras; además de las luces, los aparatos comenzaron a encenderse y los muebles empezaron a moverse sin control alguno.
A la mañana siguiente, un poco más temprano de lo acostumbrado. Rafael salió de su cuarto rumbo a la cocina; claramente se le veía cansado, pero no por la falta de sueño, sino por la constante y escandalosa actividad nocturna de los aparatos eléctricos, esta vez no importó que desconectaran las televisiones y computadoras, estas igual se encendían solas y empezaban a proyectar diversos tipos de programas.
Con paso lento y mientras se ataba la bandana, el ninja rojo salió de su habitación rumbo al primer piso. Apenas se hubo alejado un par de pasos de su puerta, cuando la del cuarto de Donatello se abrió por completo; el guerrero escarlata se detuvo para esperar que este saliera a su encuentro, pero nadie apareció, al contrario, en la entrada no había nadie y por sí sola la puerta con calma se cerró otra vez.
Esto es una locura. — exclamó Rafa para luego seguir su camino. Al llegar a la cocina, su compañero de bandana morada ya se encontraba frente a su adorada cafetera tratando de hacerla funcionar, pues a cada rato se encendía y apagaba sin terminar de prepararle su apreciado café.
Anda pequeña… — rogaba el genio agachado al mismo nivel del aparato. — Dame aunque sea una taza. — el mayor lo miró exasperado. — Aunque sea una chiquitita. —
No funcionará. — le dijo a modo de saludo matutino el de rojo. — No hasta que despierte Leo. — Don se giró a verlo de pie frente al refri abierto.
Pero con la medicación que le di, tardará una hora más en despertar. — se lamentaba el chico.
Y ¿Por qué no pones la tetera a calentar? — preguntó Miguel Ángel al entrar a la cocina con Klunk recostado sobre su cabeza. — Como hacías antes de tener la cafetera. — el genio le vio derrotado.
Porque no se me ocurrió. — dicho esto se fue al frente de la estufa. — Tengo la cabeza en todos lados menos aquí. — se excusó.
¿En qué estás pensando? — pidió saber Rafa.
En cómo voy a hacer para que Leo vuelva a trabajar conmigo. —
¿Trabajar contigo o permitir que lo estudies? — preguntó molesto el menor mientras dejaba al gatito sobre la mesa.
¿Hay algún problema con eso? —
¡¿Qué no es obvio?! No me gusta que lo veas como a un bicho raro con el que puedas experimentar. — esto molestó al joven genio.
¡Yo no quiero experimentar con él! Yo solo, quiero, aprender más de su nueva condición. — aclaró.
Pues si en verdad quieres "Aprender". — continuaba el pequeño de naranja bajando los sartenes que iba a utilizar. — Abre tú mente y acepta que hay más que solo ciencia. — por la cara que puso el de morado, era obvio que no pensaba igual.
Magia es el nombre que le dan a la ciencia aún desconocida. Además; no tiene nada de malo que quiera darle una explicación razonable a cada una de estas actividades, de esa manera comprenderemos mejor el cómo se originan. — finalizó. Ambos hermanos le miraron con perspicacia.
¡Aahh! Entiendo, eso significa. — dijo el ninja escarlata. — Que al comprender mejor el cómo se hacen ¿Podrás repetirlas? —
¿Qué? —
¡Sí! — continuó. — Si consigues comprender el cómo hace Leo todas estas cosas, podrías hacerlas tú mismo o podría hacerlo cualquiera ¿No es así? —
Sí, no, bueno, no necesariamente, digo, es lógico que al saber el cómo se hacen todo este tipo de cosas se puedan repetir. — lo pensó un momento. — Pero lo que realmente me importa, es el poder eliminar ese halo de misterio que la gente le da a este tipo de actividades. — ninguno de sus hermanos le creyó. — ¡Es la verdad! —
Para mí que quieres hacer lo mismo que Leo. — dijo el de rojo de manera suspicaz.
Es pura envidia. — le siguió el menor para molestar a Donny.
¡Claro que no! — de pronto les interrumpió el sonido de la tetera anunciando que el agua estaba lista. — Yo solo quiero dar respuestas, como buen científico. — se defiende el joven genio al tiempo que se sirve una taza de agua caliente.
¿Respuestas para quién? — pregunta el menor del grupo recibiendo del segundo al mando el canasto con huevos.
Aquí nadie está haciendo preguntas. — le sigue el de rojo en perfecta sincronía con el pequeño.
¡En serio! — les enfrenta el hermano de en medio. — Cuando se ponen los dos de acuerdo, no hay quién los tolere. — ambos acusados solo pudieron reír culpables del cargo.
Mientras los jóvenes guerreros discutían en la cocina; Leonardo lentamente comenzaba a despertar en su habitación. Al principio no tenía idea de dónde estaba ni de lo que había pasado, en realidad creía que era un día como cualquier otro, poco a poco fue desperezándose, trató de mirar a su alrededor para poder ubicarse, pero lo que vio al frente de su rostro lo dejó boquiabierto. Como si se encontrara en una nave espacial, la cual tuviera dañado el sistema de gravedad, Leo vio flotar sobre su cabeza, una de las libretas que le habían comprado para ejercitar la escritura.
Al principio el joven quelonio le miró extrañado y sin comprender exactamente el por qué se encontraba ahí, en especial porque esta no se quedó fija en su lugar, la libreta siguió flotando lentamente en otra dirección al tiempo que varios de sus crayones y lápices de colores se posaban frente a sus ojos.
¿Pero qué está pasando aquí? — se preguntaba mentalmente al tiempo que buscaba apoyarse con sus manos sobre el colchón de la cama, pero este no estaba. — ¿Qué? — miró hacia abajo. Él también estaba flotando. — ¡¿Qué demonios?! — gritó para luego caer sobre su cama; al igual que el resto de sus cosas cayeron por toda la habitación.
Todo ocurrió en solo unos cuantos segundos; Leo se descubrió ¡Flotando! Flotando a unos diez o veinte centímetros sobre su cama ¿Cómo era eso posible? ¡¿Estaba volando?! ¿En verdad? ¿Al igual que todas sus pertenencias? ¡¿Pero cómo?! Se preguntaba todo lo anterior a gran velocidad, ya sentado sobre el colchón y con sus ropas de cama cubriendo todo su cuerpo. El guerrero de ropas blancas quiso gritar de asombro, pero se cubrió la boca para ahogarlo en su garganta.
¡Buenos días! — le saludó su abuelo con una sonrisa, luego de verlo fuera de las colchas. — ¿Cómo amaneciste? — el chico le miró algo asustado.
¡¿Qué pasó?! ¡¿Qué fue todo eso?! —
Al parecer tu energía sale de control cuando duermes tenso. — Leo le miró desconcertado. — Al menos eso es lo que pienso. —
¡¿Dormir tenso?! ¡ ¿Esto ocurrió por dormir tenso?! ¡¿Por qué habría dormido tenso si hasta ahora todo…?! — al fin recordó. — No, no puede ser… ¡NO PUEDE SER! — se levantó de inmediato. — ¡¿Me quedé dormido?! ¡¿Me quedé dormido?! —
Tranquilo hijo. — le pedía el abuelo al ver que las luces intensificaron su parpadear. — No hiciste nada malo. — le aseguraba su espíritu acompañante mientras el niño corría al baño a lavarse la cara y a buscar una bandana limpia. — No tienes porqué ponerte así. —
¡¿Cómo no me voy a poner así?! ¡Si me quedé dormido en plena clase! ¡Eso es terrible! —
No te quedaste dormido en plena clase. — le aclaraba su abuelo de pie a su lado dentro del baño, mirándolo asearse.- Te "desmayaste" en plena clase, eso es muy diferente; por lo que te trajeron a la cama a descansar. —
Quizás aún pueda llegar al final de la clase. — comentaba optimista el muchacho cuándo…
Eso será imposible. — explicaba el maestro, aunque el niño seguía ocupado en su aseo personal. — La clase terminó ayer. — esto último paralizó al quelonio.
¡¿Ya es otro día?! — luego se asomó al cuarto para ver la ventana, la cual no notó que estuviera iluminada. — ¡ ¿Por qué no me despertaron de inmediato?! — preguntó a través de la toalla con la que secó su rostro.
Porque tenías que descansar. — continuaba explicando el espíritu. — ¡Es lógico!- Leo no estaba de acuerdo con su abuelo.
Antes no era así. — decía el niño tirando la toalla al piso y tomando una bandana limpia. — Antes no era así. — repetía. — Cuando llegaba a desmayarme en clase, simplemente me despertaban y me dejaban reposar unos minutos para después seguir con la lección; eso debieron hacer ayer, ahora ¿con qué cara me presento ante todos? No terminé de presentar mi material. — continuaba ya afuera de su habitación. — Seguro Splinter me gritará. —
Nadie te va a gritar nada. — decía el espíritu al chico mientras le seguía por la escalera rumbo al dojo. — Nadie en esta casa te reclamará por desmayarte en clase ¡Sería absurdo! — era inútil.
Seguro está enfadado conmigo. — Leo seguía avanzando por las escaleras sin escuchar a su abuelo. Su voz y su apresurado andar anunció a la familia en la cocina que había despertado. Estos se extrañaron, pues hasta ahora las luces y demás actividades paraban cuando el despertaba.
¡Qué raro! — exclamó Rafael al ver que toda la actividad paranormal continuaba. — Leo ya despertó y todo sigue igual. —
Eso significa. — comentó el tercer quelonio mirando rumbo a la puerta. — Que algo lo ha alterado. —
¿Pero qué? —
Chicos. — les llamó el menor desde el umbral de la cocina. — Leo va al dojo. — luego de dirigirse la mirada, los dos mayores se reunieron con el más pequeño bajo el umbral, observando al líder del grupo caminar rumbo al cuarto de entrenamiento.
Leo. — este de inmediato miró a Don. — ¿A dónde vas? — el susodicho detuvo su apresurada carrera para responder a su hermano.
Ahm, ahh… ¿Al dojo? — los tres menores le miraron intrigados. — A buscar al…maestro Splinter. —
¿Para qué? — cuestionó el de rojo.
Para, terminar de presentar mi… y para disculparme por... — se vio confundido.
Es muy temprano para ir a clase Leo, apenas vamos a desayunar. — las palabras del pequeño ninja parecían no llegar a oídos del mayor.
Pero yo…no terminé de presentar mi material todavía. — les explicaba claramente aturdido. — Se supone que debo terminar. —
Si es necesario te lo pedirán más tarde, ahora vamos a comer algo. — el joven líder no se movió de su lugar, estaba indeciso por lo que debía hacer, no sabía si seguir a sus hermanos o buscar a su maestro en su habitación; al verlo tan perturbado, Mickey se acercó a él.
Vamos Leo, a desayunar. — el chico de blanco no se movió.
Debería ir a ver a Splinter. — pensaba firmemente, aunque todo a su alrededor le decía lo contrario, que no tenía necesidad de ir a dar explicaciones. — Yo... —
Vamos a la cocina. — insistía Mickey a Leo, al tiempo que le tomaba de las manos. — Debes tener hambre.- y sin que este se opusiera, lo condujo hasta su silla a la cabeza del pequeño comedor.
Al parecer había reaccionado de manera exagerada; pensaba Leonardo sentado a la mesa mientras los demás preparaban el desayuno. Estaba seguro de que debía correr ante su padre para rendirle explicaciones como antes, como cuando había "hecho algo malo" ¿Por qué seguía pensando así? Se preguntaba cansado, al parecer ya no era necesario mantener las viejas "costumbres" le decía la empatía ¿Qué hacer? ¿Rendirse ante lo obvio o mantenerse alerta ante cualquier cambio de humor? No tenía idea de cómo proceder, pues no quería caer en ninguna trampa.
Leo. — le llamó el menor con un vaso de jugo de naranja servido para él. — ¿Estás bien? —
No lo sé. — alcanzó a decir tomando lo ofrecido. — ¿Qué pasó ayer? —
Se te bajó la glucosa. — le explicaba Donny al tiempo que aprovechaba para volver a tomar la medida. — Estando inconsciente te llevamos a tú recámara y te quedaste dormido. — Don se percató con asombro, que el pequeño glucómetro estaba parpadeando. — Leo… — el mayor le miró. — Los aparatos. — señaló el genio para que este dejara de hacer lo que sea que estaba haciendo.
¡Ah! Lo siento. — aseguró para luego buscar relajarse con la respiración. Luego de varios minutos, ya más calmado y ya que todo a su alrededor se hubo tranquilizado, preguntó. — ¿Por qué no me despertaron de inmediato? —
No era necesario. — respondió el joven galeno volviendo a sacar la medida de la glucosa.
Y no creo que hubieras podido. — señaló Rafa.
Saben que cada vez que eso pasaba, al despertar podía continuar con la clase. — los hermanos afirmaron esto. Hace un par de años Leonardo llegó a desmayarse en clase más de una vez, la explicación era siempre la misma, la alimentación por culpa de su nueva dieta o la más lógica y que casi nunca tomaban en cuenta…el estrés. Ahora que lo pensaban mejor, se arrepentían de no prestar más atención.
Pero ya no eres el mismo de antes. — este comentario les ganó a los menores, una mirada molesta del mayor de los cuatro.
Ni nosotros… — le retó el segundo también con la mirada. — Somos los mismos. — finalizó.
¡Sí! — intervino el menor entre ambos combatientes, para evitar una pelea. — Ahora somos mejores. — el pequeño árbitro consiguió que ambos guerreros volvieran a sus respectivas actividades, Leo sentado frente a la mesa comenzando a tomar su jugo de naranja y Rafa tostando pan junto a la estufa. Después de unos minutos Splinter llegó a la cocina.
¡Buenos días hijos! —
¡Buenos días sensei! —
¿Qué hay? — respondieron tres, el mayor seguía guardando silencio.
Buenos días Leonardo. — repitió el saludo para que Leo le contestara. — ¿Cómo te sientes hoy? — por respuesta el joven solo movió la cabeza de manera afirmativa y por fin dijo.
Yo…lamento lo de ayer. — lejos de lo que esperaba recibir el niño, su padre le sonrió.
Por el contrario; soy yo el que debe disculparse contigo, lamento mucho lo que te ocurrió, debí escuchar las advertencias que me hizo tu hermano. — el niño le miraba pasmado. — Te hice daño al no cuidar de tu condición, no se volverá a repetir. — Leonardo no supo qué decir, por lo que solo pudo guardar silencio.
El niño de blanco estaba asombrado, no podía creer lo que estaba pasando; la empatía le decía que todo estaba cambiado para bien, que estaban hablando con sinceridad, que ya no había nada más de qué preocuparse, pero las voces de su cerebro se negaban a ser ignoradas, insistían en molestarlo y llenarle la cabeza con absurdas inquietudes. Estaba cansado.
He hablado con el Dr. Park toda la tarde de ayer. — inició la conversación Splinter ya sentado a la mesa. — Ha sido muy interesante. — sus hijos apenas si querían prestarle atención. — Nos hemos puesto de acuerdo con las citas para cada uno de nosotros. — solo él celebró esto último, el mayor del grupo estaba ocupado en sus propias reflexiones y los menores no sabían ni qué decir, solo Klunk dejó de tomar leche y le miró. — ¿No les parece bueno? —
Supongo. — inició Mickey con poca emoción para después devorar una tostada con mantequilla y mermelada.
¿Entonces es en serio? — pidió saber de nuevo Rafael. — ¿Vamos todos a hablar con un loquero? — esto sacó de su ensimismamiento al líder del grupo.
¿Loquero? — preguntó el ninja blanco sin que lo escucharan.
No es un loquero Rafael…digamos que es…un amigo con quien tratar nuestros problemas. —
¿De qué están hablando? — susurró Leo a su abuelo para que le pusiera al tanto, pero como en otras ocasiones, quienes contestaron fueron otros.
Ayer el maestro Splinter dijo que debíamos hablar con un terapeuta. — le respondió Donny pensando que le preguntaba a él en secreto. — Para que pudiéramos sobre llevar nuestros problemas. —
¿De qué problemas hablan? — Leo preguntó a todos en la mesa. — ¿Ustedes tienen problemas? —
No que yo sepa. —
¡Rafael! — le llamó la atención el maestro. — Todos en esta casa tenemos algo de qué hablar con el Dr. Park. — por fin, la atención de los cuatro guerreros estaba sobre el roedor. — No solo con lo ocurrido en la casa embrujada, ya desde mucho tiempo atrás hemos estado viviendo entre problemas emocionales; estoy seguro que todo lo que hice, toda esa mala actitud les ha causado alguna complicación sentimental, es de eso de lo que quiero que hablen con él. — era demasiado claro como para ponerle un pero, pero…
¿Es necesario? — preguntó el mayor de los chicos.
Así lo creo. — le respondió su padre. — Ayer he estado hablando con él y ha sido muy estimulante, en verdad que me gustaría que le dieran una oportunidad. — Leonardo guardó silencio.
Y… — habló Mickey derrotado. — ¿A qué hora nos toca? —
En la tarde, después de la clase, la cual creo que será muy especial. — todos le miraron interesados, pero el roedor no dijo nada más. — Comamos. —
Al terminar el desayuno y luego de volver a revisar la glucosa del paciente; el clan Hamato se dio a la tarea de terminar los pequeños detalles que faltaban en la casa; debían terminar de instalar algunas repisas en diversas habitaciones, la puerta extra en el cuarto del sótano para ir al exterior necesitaba una buena cerradura; la madera pedida por Yoshi para el mueble de su nieto ya estaba cortada y lista para ser instalada; además de llenar el techo del cuarto de Leo de estrellas.
Todos trabajaban en sus respectivas recámaras, cada uno preocupado por el asunto del terapeuta, les incomodaba la idea de exponer sus intimidades ante un completo extraño ¿Cómo les podría ayudar? Se preguntaba cada uno en silencio; yo estoy bien, quizás los otros lo necesiten, se decían a sí mismos. Rafael era el más renuente de todos, seguido muy de cerca por Leo.
El ninja rojo se encontraba ocupado dentro de su habitación, decidiendo cuál de sus prendas en el suelo necesitaba ir a la lavadora y cuál no, cuando se encontró de frente con su regalo de navidad. La vela de los deseos. Casi la había olvidado, a pesar de que siempre cuidaba que estuviera encendida; el impetuoso guerrero se perdió un momento en el brillo de la pequeña flama, preguntándose si los deseos de los demás ya se habrían cumplido, pues cuando había entrado en las habitaciones de sus hermanos menores y padre, pudo notar que sus velas estaban apagadas.
¿Se habrán rendido con la vela o ya se habrán cumplido sus deseos? — quizás debía preguntarles más tarde, meditaba.
La clase de ninjutsu llegó. Los hermanos Hamato poco a poco fueron reuniéndose en el dojo. El primero en llegar como siempre fue Leonardo, tomando su lugar al principio de la fila, este seguía meditando sobre lo ocurrido el día anterior y si debía aprovechar la clase para enmendar su falta. Luego le siguió Rafael, quien no se extrañó al ver al primogénito de primero, comenzando a hacer estiramiento; lo contrario significaría que seguía enfermo. Pronto llegaron Donatello y Miguel Ángel discutiendo sobre las labores domésticas.
¡Pero acabo de salir de la lavandería! — exclamaba a modo de súplica el menor. — Y son dos cestos llenos los que quieres que lave ¡No es justo! —
Yo no tengo la culpa Miguelón, tú me diste esos cupones y ahora debes cumplir. — le decía al tiempo que le volvía a entregar uno de los vales que regaló en navidad. — Y quiero todas mis prendas de laboratorio bien limpiecitas ¿Eh? —
De acuerdo. — respondió resignado el de naranja, arrebatando el ticket a Donny.
Eso me recuerda. — Rafael llamó la atención del menor, al tiempo que sacaba otro vale de lavandería. — Toma. —
¡ ¿Queee?! —
Y cuidadito con echarme a perder las prendas de cama ¿Eh? No quiero que exageres con el jabón en mis sábanas. — el ninja de naranja casi se pone a llorar, pero dio pelea.
No exageraría con el jabón si no fuera necesario. — insinuó divertido para luego esquivar un coscorrón del segundo con la risita burlona del tercero de fondo. — ¡Auch! — pero no le funcionó. — Y… — continuó ignorando lo anterior y sobándose la cabeza. — ¿Ya se acabaron las sorpresas? — preguntó Mickey sacando a Leo de sus pensamientos. — ¿No hay más cupones que deba atender? —
¿Eh? Ah…no, no gracias, yo me encargo de mis propias cosas. — esto llamó la atención de sus hermanos.
¡Uuyuyuyyy! — los menores comenzaron a rodear al mayor muy sonrientes.
¿Qué, qué sucede? —
¿Por qué quieres encargarte personalmente intrépido? — preguntó de manera mordaz el atrevido quelonio. — ¿Hay algo que quieras ocultar? —
No… — Leo lo pensó con cuidado. — ¿Qué habría de querer ocultar? — la respuesta sonó tan natural, que disipó cualquier intento de broma por parte de los tres.
¿Qué? ¿Qué sucede? —
Bueno pues, tú sabes… — intentaba explicarle Donatello sorprendido de la situación. — Las típicas manchas, masculinas adolescentes por… ¿Acaso tú nunca has…? — Leo comprendió de qué se trataba y le dio la espalda con las mejillas rojas para no tocar más el tema. Para romper el incómodo silencio el menor dijo al segundo.
¿Sabes Rafa? Tú también deberías encargarte de tus propias manchas… —
¡¿Qué?! — el de morado no dijo nada pues seguía meditando lo anterior, por lo que Mickey agregó.
Y tú también Don. —
¡Oye! Yo no… — ahora eran Rafa y Migue quienes reían contra Don, cuando.
Buenas tardes mis hijos. — interrumpió Splinter saludando al entrar al dojo y acabando así con la pelea doméstica.
¡Buenos tardes sensei! — respondieron sus alumnos luego de formar fila e inclinarse ante él.
Bien, hoy quiero que hablemos de historia. — los muchachos le miraron extrañados. — Hablaremos de la historia del clan y sobre el significado de cada kata, el uso de cada movimiento y el cómo fue creada cada una, entre otras cosas. Tomen asiento. — ordenó.
¡Hai, sensei! —
Los muchachos tomaron asiento frente a su maestro para iniciar la lección, la cual comenzó de manera variada; con preguntas de menor a mayor dificultad. Splinter preguntaba el significado del nombre de "X" kata; el año en que fue creada, por quién y en qué se inspiró para crear dicho ejercicio; el cómo se debe utilizar "X" movimiento y la historia de cada arma. El significado de ciertos poemas, el año del nacimiento de tal miembro del clan Hamato y también sobre el significado de varios Kanjis.
Los tres menores se vieron en problemas en lo que respecta a la historia del clan, pues no estaban tan obligados a estudiarla como su joven líder. Sobre el tema de las katas y sus movimientos, era de esperarse que también tuvieran problemas; eso ya lo habían dejado muy claro en la clase anterior.
Leonardo por su parte no tuvo ninguna dificultad, pues su vida había estado girando en torno a la historia del clan y su legado desde pequeño; no tenía nada más y por ello respondía cada una de las preguntas con gran fluidez, todo iba bien hasta que llegaron, a los Kanjis, pues ya no podía visualizarlos en su mente, ya no podía decir de qué manera debía empezar a trazarlo en papel y mucho menos el significado de los más elaborados. Esto fue demasiado frustrante para el joven guerrero.
¡Excelente Leonardo! — le felicitaba su padre con entusiasmo. — ¡Has estado excelente! — el joven líder no estaba de acuerdo.
No pude con ninguno de los Kanjis. — decía molesto el chico con un par de luces parpadeando dentro de la habitación a sus espaldas. — No estuve excelente. —
¡Claro que lo estuviste! — exclamaba el menor con una enorme sonrisa en el rostro, luego de salir de su asombro para con las luces.
¡Estuviste mejor que nosotros! — agregó el guerrero de morado tratando de no prestar atención a los objetos que vibraban a su alrededor.
Eso no es raro. — finalizó el de rojo. — ¡Eso es lo raro! — dijo señalando los focos de la casa que seguían encendiendo y apagando como locos. Leo se vio apenado.
Ustedes tres tuvieron problemas con la clase. — les hablaba el roedor a los tres menores, quienes esperaron un fuerte regaño por su descuido, pero no llegó. — Ahora que sabemos cuáles son sus fallas podremos resolverlas con las clases y el material extra que les daré sobre las katas y sobre el clan. — los antes mencionados no sabían si reír o llorar por la carga de trabajo que se les venía encima. — Y sobre lo ocurrido con los Kanjis. — esto iba a su primogénito. — Fue algo que no pudiste evitar. — el joven se vio avergonzado. —
¡Ya lo tenías dominado! — se reclamó a sí mismo el guerrero blanco, al tiempo que se escuchaba el encender de varios aparatos eléctricos. — ¡Era perfecto! — finalizó ignorando lo anterior.
Con el tiempo lograras recuperar lo perdido. — agregó Splinter a la vez que le tomaba de los hombros para tranquilizarle. — No tienes de qué preocuparte, estoy muy orgulloso de ti. — el niño apenas si levantó la vista para verle. — Me has demostrado que has sabido valorar todo lo que te enseñé. A pesar de los motivos que te llevaron a trabajar exhaustivamente; sé en el fondo de mi corazón, que gran parte de lo que realmente te motivaba, era el amor a tu familia, a tu clan. — la atención de los cuatro guerreros se posó sobre el viejo maestro. — Me alegra mucho ver que el legado de mi maestro Yoshi está en buenas manos; estoy muy honrado de haber sido tú maestro, Leonardo. — esto extrañó a sus hijos.
¿Haber sido? — se escuchó de los menores.
¿Maestro Splinter? — preguntó el mayor.
Ya no más. Mi función como tú mentor ha terminado. — los cuatro estaban boquiabiertos. — Ya no tengo nada más qué enseñarte sobre ninjutsu; cada kata, cada movimiento, cada hecho en la historia familiar, todo lo conoces a la perfección. No sabes lo feliz que me has hecho. —
Pero… —
¿Eso significa…? — preguntó el de morado.
Felicidades Leonardo. — finalizó el roedor. — Ahora eres un maestro ninja. — la expresión de sorpresa en los cuatro era enorme.
No. — exclamó primero Don.
¿Es en serio? — le siguió Rafael.
¡Felicidades Leo! — gritó y abrazó con fuerza el menor de los quelonios a su joven líder, el cual seguía helado ante la noticia. — ¡Felicidades! — le plantó un beso en la mejilla, sin lograr que este saliera de su asombro.
No es… verdad. — decía el mayor de los cuatro.
¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! — repetía Rafa con alegría y sorpresa a la vez.
¡ ¿Ya eres un maestro ninja?! — le siguió Don con las manos en la cabeza por la admiración. — ¡ ¿Y tan joven?! —
Es increíble intrépido ¡Felicidades! — el primogénito seguía pasmado.
No, no puede ser…cierto. — susurraba en voz baja el recién graduado sin poder creer lo que había escuchado. — No es cierto. —
¡Muchas felicidades hermano! — gritó Donatello al tiempo que le abrazaba también. — ¡Te lo mereces! — se escuchó un ruido raro dentro del dojo.
¿Cómo puedo yo…? — la familia prestó atención a su alrededor. Con la nueva noticia, se habían olvidado que las luces parpadeaban y las cosas temblaban en sus lugares, ahora también los muebles fuera del dojo parecían salir de sus lugares, rechinando sus patas contra el piso al hacerlo. Tratando de ignorar lo anterior, la charla continuó.
¡Debemos celebrarlo! — comenzó Rafael. — Reunamos al grupo. —
¡Sí! —
¡No! — todos miraron al primogénito.
¿Leonardo? — le llamó su padre, a la vez que la actividad paranormal aumentaba. — ¿Qué sucede? ¿No te hace feliz tu nombramiento? — el chico se veía nervioso y asustado.
¡¿Cómo puedo ser un maestro, sí fallé en todo lo que me pusiste?! — el clan completo le vio sin comprender lo que decía. — ¡¿Cómo puedo obtener el título si ya no soy el mismo guerrero que fui?! — ahora eran las armas grandes las que amenazaban con salir de su lugar.
Leo, cálmate. — pedía el menor al ver el posible peligro, pero este no le escuchó.
¡¿Cómo puedo ser ya un maestro ninja?! Si no pude completar la clase anterior. —
Leo. — susurró triste Don.
No pude con los entrenamientos en la granja de Casey, casi nos matan en la última misión contra Shredder. — la familia le veía con aflicción. — ¡Y ni siquiera pude mantener segura nuestra antigua guarida! ¡ ¿Cómo todo eso pudo hacerme maestro ninja?! — finalizó con lágrimas corriendo por sus mejillas. — ¡ ¿Te estás burlando de mí?! —
Leonardo. — le llamó Splinter de pie frente a este, intentando traerlo a su regazo para tranquilizarle. — Hijo mío cálmate. — comenzó a secarle el rostro. — Jamás me burlaría de ti ¡Jamás! — el niño no quería escucharle. — Nada en ti ha cambiado, sigues siendo el mismo guerrero fuerte y dedicado que he criado desde pequeño. —
Pero… — balbuceaba hecho un mar de llanto. — Ya no, soy, tan fuerte como antes, ya no estoy en condiciones…de hacer algo bien por… esta familia. —
Eso no es verdad, tu salud ahora es diferente, pero eso no te resta crédito por lo que has aprendido todos estos años. Y sobre lo ocurrido en la misión, la granja y la guarida; eso fue culpa mía. — los cuatro quelonios miraron con atención al roedor. — Si yo hubiera sido un mejor padre, no habrías padecido tanto. — estas palabras apenas lograron tranquilizar un poco al joven maestro.
Pero no creo… merecer ser un maestro ninja…no así. — se trataba de explicar el primogénito ante el clan. — Yo… tenía una visión muy diferente de cómo iba a ser todo cuando me nombraran. — la familia escuchaba con curiosidad. — Esto no es… como creí que sería. —
Y exactamente. — pidió saber el segundo al mando. — ¿Cómo querías que fuera? —
Como era antes. — confesaba apenado el líder. — Más fuerte y con total control de mi persona. — apenas dijo esto, todos, incluido Leo observaron con gran sorpresa, que varias armas de metal y madera, además de algunos cuadros y velas, flotaban a su alrededor en todo el dojo.
Esto es… — inició Donatello sin dejar de ver las piezas que se desplazaban por el aíre.
Increíble. — susurró el menor luego de empujar con su dedo un nunchaku suspendido frente a él y que este no cayera al suelo.
Esto es nuevo. — dijo Rafael con un hilo de voz, debido a la sorpresa.
Esto, yo no… — no supo explicarse el mayor.
Tranquilízate. — le pidió su padre. — Ser fuerte es enfrentar tus miedos. — retomó el tema. — No resistir sin quejarse. — el niño lo pensó un momento. — Y hasta dónde yo sé, siempre has enfrentado todos tus temores. — estas palabras lograron sacarle una pequeña sonrisa al guerrero blanco y con esto, todo alrededor cayó haciendo un gran escándalo. — Leo se vio muy avergonzado.
Yo… lo siento. —
No tienes por qué disculparte. —
¡Es cierto! —
Y sobre el tema del auto control. — intervino Donny. — Creo que pronto lo tendrás dominado. —
Estoy de acuerdo. — agregó Rafa. — Siempre fuiste firme en todo lo que te proponías…no como Mickey. —
¡Es cierto! — se descaró el menor. — Hasta ahora yo llevo el record de acabar con un galón de helado en menos de media hora y tú siempre evitaste la tentación. — ninguno de nuestros amigos le festejó esto.
No creo que sea un buen ejemplo. — finalizó el tema el de rojo.
Así que. — volvió a tomar la palabra el roedor. — Retomando el tema principal y dejando las dudas para después. — dijo frente a su primogénito. — Muchas felicidades Leonardo Hamato; eres ahora ya, un maestro ninja. — la fiesta volvió a encenderse al ver que Leonardo esta vez aceptó.
¡Felicidades! — nuevamente las lágrimas bañaron el rostro del primogénito, pero esta vez, de alegría.
Yo…no lo puedo creer. —
Estoy muy orgulloso de ti. — le abrazó su padre.
Muchas gracias maestro Splinter. — respondió el niño en su regazo.
Ahora solo soy tu padre. — le corrigió el anciano con voz quebrada; para después permitir que sus otros alumnos, abrazaran al nuevo maestro del clan Hamato.
¡Esto debemos celebrarlo! — exclamó Mickey listo para la fiesta.
¡Llamemos al resto de la familia! — le seguía Don igual de animado.
¡Sí!- les acompañó Rafa. — Tenemos que ponernos de acuerdo para comprar la comida y el pastel ¡Y también las cervezas! —
¡Rafael! — le llamó la atención su padre. — Nada de cervezas. —
¡Aww! —
Pero lo de la fiesta está permitido ¿Qué dices hijo? — preguntó el anciano al niño de blanco.
Yo…no lo sé. — la familia le miró con asombro.
¡¿Cómo que no lo sabes?! — reclamó el segundo. — Es una fiesta ¿Qué hay que saber? — los otros menores le dieron la razón.
Es que yo…no me siento listo para hacer una fiesta. — claramente el joven seguía algo incómodo con lo ocurrido en toda la casa.
Antes que nada. — le pidió su abuelo. — Debes tranquilizarte. — el chico obedeció respirando lento y profundamente varias veces.
Pero Leo… — le llamó su hermano, obviamente ignorando la conversación anterior. — ¿Por qué no quieres hacer una fiesta? Lo mereces. —
¡Sí! — le siguió Mickey. — Eres un maestro ninja, eso no pasa muy seguido. —
No en mucho tiempo por lo menos. — opinó Don molestando un poco a sus dos compañeros de clase. — Así que debemos celebrarlo. — finalizó ignorándolos.
Ahora no quiero hablar de eso, yo… necesito pensarlo. — pedía el joven maestro para finalizar el tema y poder al fin tranquilizarse por completo.
Bien, como quieras. — aceptó Rafa en nombre del grupo. — Pero no creas que esto se quedará así ¿Eh? — Leo sonrió a su segundo con timidez.
Está bien. —
De acuerdo. — intervino Splinter. — Ahora recojan todo y vayamos a comer, más tarde tendrán su plática con el Dr. Park, no lo olviden. — esto no gustó a los guerreros, pero nada podían hacer por evitarlo.
¡Está bien, sensei! — empezaron los cuatro a levantar las cosas.
¡Leonardo! —
¡Hai sensei! Digo padre. —
Ahora eres un maestro, no tienes que hacer lo mismo. —
¡Pero él lo tiró todo! — reclamó Rafael.
Él ahora necesita tranquilizarse, ustedes recojan todo por favor; gracias. — el roedor se retiró dejando solos a los cuatro hermanos, tres de los cuales miraban fijamente al mayor. Este solo sonrió apenado.
Me miran como cuando me nombraron líder. — murmuró más para sí. — Creo que ya estamos volviendo a la normalidad. —
Ya que la casa estuvo limpia, todos fueron a comer, a pesar de la terrible amenaza que se presentaba ante ellos en forma de sesión con el doctor Park, la comida fue amena. Los cuatro estaban nerviosos, en Leo se notaba más porque la televisión no paraba de cambiar de canal; a pesar de que Splinter no paraba de decirles que no sería tan malo, que de entrada no iban a tratar nada tan crucial, los chicos no paraban de fantasear con lo que pasaría en la consulta.
La hora de hacer la llamada llegó y Splinter fue el primero en hablar con el terapeuta para ponerse de acuerdo con respecto a sus hijos. Los muchachos le miraban inquietos preguntándose ¿Quién sería el primero en ir al teléfono? Lógicamente los menores pensaban que debía ser Leonardo, era el primogénito y quien más lo necesitaba, este por su parte esperaba que lo anterior no se cumpliera y que su padre preguntara quién deseaba pasar primero.
Y bien... — sí preguntaría. — ¿Quién va ir primero? — los chicos se miraron un momento, tres menores apuntaron al mayor, pero este dijo que no y les amenazó con la mirada, así se formó otro grupo de tres, que ahora ponía atención sobre el joven genio, el cual se negó rotundamente moviendo la cabeza de un lado a otro con energía, una vez más se formó otro grupo de tres, pero antes de proponer al de rojo; Rafael levantó su puño en señal de advertencia, por lo que el ganador fue…
¡Mickey! —
¡¿Queee?! —
De acuerdo, pasa Miguel Ángel. — el pequeño no tuvo más remedio y avanzó hasta dónde estaba el teléfono, murmurando un "traidores" entre las risitas de los otros.
En vista de que la cocina se iba a convertir en la sala de terapia, el resto de la familia dejó solo al pequeño. Al principio este se comportó retraído, serio, cuidadoso con respecto a los temas sobre su persona y entorno, pero después de unos 20 minutos, ya estaba más relajado y conversador. Hablaron sobre sus pasatiempos, su relación familiar y sus planes a futuro. Al terminar, el doctor le pidió trajera a otro de sus hermanos.
¡¿Quién sigue?! — llamó el de naranja desde el umbral de la cocina. Sus hermanos en la sala se miraron nuevamente, pero esta vez fueron dos contra uno.
¡Demonios! — exclamó Donatello, quien se levantó para ir a la cocina y permitir que Migue tomara su lugar en la sala. Pronto el más pequeño fue interrogado.
Arrastrando los pies, el joven genio llegó y tomó el auricular. Como el primero, Don se comportó de manera fría, pero tranquila; analizando cada una de las preguntas que el doctor le formulaba. Igual que con Mickey, a los veinte minutos, Donny ya estaba más relajado y conversaba sobre ciencia.
Al salir de la cocina en busca del tercer paciente, Rafael y Leonardo se miraron uno al otro, dispuestos a luchar por ser el último; pero el guerrero escarlata nada pudo hacer contra el espíritu de su abuelo, quien decidió que este sería el siguiente al tirarlo del sofá dónde estaba sentado. Asombrado y molesto por lo anterior, el segundo al mando llegó ante el teléfono y comenzó con su sesión. Como los otros, este estaba renuente a abrirse ante el médico, respondía de manera rápida y cortante a todas sus preguntas, buscaba de varias maneras terminar con todo los más pronto posible, pero de alguna manera el doctor se las arregló para conectarse con Rafa; pues luego este se vio más relajado y su tono de voz sonaba más natural.
El turno del primogénito llegó y esta vez nada pudo evitarlo. A pesar de saber por las experiencias de sus hermanos, lo que tratarían en la sesión, Leo no pudo evitar estar nervioso; con ansiedad iba frotándose las manos y procurando respirar profundamente para evitar cualquier locura paranormal, cuando se sintió menos alterado, tomó la bocina y preguntó.
¿Hola? — saludó un poco intimidado.
¡Hola! — le respondieron con ánimo. — ¿Cómo has estado? —
Pues, bien. — empezó la terapia.
¿Sabes por qué estamos hablando hoy? —
Mmm, ¿Por qué mi padre quiso que lo hiciéramos? — Leo escuchó una risa amable en el auricular.
¿Sabes? Tus hermanos me dijeron lo mismo. — esto hizo sonreír al tímido quelonio. — En realidad me refiero a saber lo que tú necesitas en este momento, cómo te sientes, qué te preocupa y por qué. Yo te puedo ayudar a hacerle frente a tus inquietudes. —
¿Y cómo? —
Con diversas herramientas que te pueden ayudar a relajarte, trabajaríamos en aquellas experiencias que te estén causando problemas, comprenderíamos mejor las conductas que te estén afectando y si es posible controlarlas o en el mejor de los casos, eliminarlas. — el chico de blanco parecía interesado.
¿Y cómo…? — preguntaba dubitativo el chico. — ¿Podría hacer todo eso? —
Primero debemos ubicar cada uno de tus problemas para solucionarlos. — el niño prestaba atención. — Pero siempre que tú quieras que se acaben, porque la terapia no es magia ¿Sabes? Si no quieres que suceda no sucederá ¿Te gustaría que lo intentáramos? — el chico lo pensó mucho.
Eso creo. —
No tienes nada que perder al intentarlo, excepto muchas aflicciones. —
Me gustaría perder… todas mis angustias. —
Perfecto. Comencemos a conocernos ¿Cuál es tú nombre completo? — y así continuaron por varios minutos.
Al final de la sesión, Splinter volvió a tomar la bocina del teléfono para saber de sus hijos. Obviamente el doctor no le revelaría nada personal sobre estos, pero como padre si tenía el derecho a saber sobre cómo se manejarían las sesiones con cada uno de ellos. Al parecer los tres más jóvenes tendrían entre ocho o quince consultas, quizás hasta menos; pues fuera de los resentimientos hacía su padre, Rafa, Don y Mickey se podían manejar de manera normal y funcional de acuerdo a sus respectivas edades.
El caso de Leonardo era diferente, al sufrir de depresión, de baja autoestima, ansiedad y automutilación, este tendría más sesiones que sus hermanos, de catorce y dieciocho consultas como mínimo, pues su caso era el más severo; el roedor se vio afectado ante la noticia.
Pero… — preguntó el anciano al médico. — ¿Podrá llevar una vida normal, verdad? ¿Podrá recuperarse? —
Le seré honesto, esto lleva tiempo y gran parte del proceso depende del mismo paciente, si trabaja en los ejercicios que le daré, sí él mismo pone de su parte, podrá llevar una vida normal. — respondía. — La ventaja es que ya está tomando medicamentos y la misma familia se está atendiendo; esto es un gran apoyo para él, pues a pesar de que aún le asaltan sus miedos, no se queda enfrascado en ellos todo el tiempo. —
Así es, pero ¿Cuándo podrá dejar los medicamentos? —
Es muy pronto para hablar de eso, debido a sus múltiples problemas, quizás sea necesario que los siga tomando al menos un poco más de un año; pero el tiempo exacto como ya le dije, depende del mismo paciente. — esto entristeció a Splinter. — Lo importante es que vamos por un buen camino. —
Supongo, le agradezco que pueda atendernos por teléfono. —
Es un placer para mí, ¿sabe? No son los primeros que atiendo por teléfono, muchos de los que sufren experiencias paranormales prefieren el anonimato. —
Y no los culpo. — agregó Splinter, logrando con este comentario que ambos adultos rieran un poco.
Muy cierto; bien, sabe dónde localizarme si necesitan algo, no importa la hora. —
Muchas gracias Park-san, hasta mañana. —
Hasta mañana señor Hamato, buenas noches. —
Buenas noches. — el maestro colgó el teléfono, y se quedó pensando un momento en todo lo anterior; pidiendo a sus ancestros por el bienestar de sus hijos, en especial del primero.
Ese día terminó con una enorme pizza para la cena a modo de agasajo; al menos en lo que se ponían de acuerdo con el verdadero festejo. Luego de levantar su rebanada de pizza al aire y brindar con ellas en familia por el nuevo maestro ninja, la conversación dio inicio alrededor de las futuras terapias de los chicos; del cómo se sintieron cada uno con la primera sesión y también sobre lo que haría el nuevo sensei sin la obligación de presentarse a clases con el resto del grupo.
Y ahora ¿Qué harás por las tardes? — preguntó el segundo para luego dar un enorme mordisco a su rebanada con pepperoni y champiñones. — Ya no tienes la obligación de ir como nosotros. — continuó hablando con la boca llena.
¡Eso es cierto! — corearon los dos menores igual de llenos.
No lo sé. — respondió el primogénito jugando con el queso de su comida. — Se supone que no sería maestro hasta que no tuviera alumnos. — la atención se desvió rumbo a Splinter en busca de una explicación.
En realidad nunca fue necesario. — su respuesta creó muchas más preguntas en los niños y antes de que comenzaran a hacerlas, Splinter agregó. — En aquellos tiempos (no hace falta decir cuáles) te habría exigido muchas otras cosas más para poder darte el título, como por ejemplo; pedirte alumnos, o mandarte a vivir por tu cuenta en otra tierra, o te habría enviado a buscar otro maestro a Japón. — esto impactó a los chicos.
¿Y cuál de todas le habría pedido hacer? — pidió curioso Don.
Todas. —
¡ ¿Queeee?! — gritaron los cuatro hermanos.
¡¿Me habría tenido que ir del país?! —
Admito ahora que veo hacía atrás, que estaba muy equivocado. — aceptó apenado.
Equivocado no sería precisamente la palabra que yo habría usado. —
¡Rafa! — le llamó la atención Leo.
Por extraño que parezca, estoy de acuerdo con Rafael. — los chicos estaban fascinados.
Me impresiona, sensei. — todos prestaron atención a Mickey. — Ha cambiado mucho su forma de pensar y sin necesidad del terapeuta o las pastillas de Leo. —
¡Mickey! — le llamaron la atención Don y Leo. Lejos de ofenderse, el maestro rió ante el comentario.
Bueno, Miguel Ángel, después de haber sido golpeado varias veces en el rostro por la cruda realidad de mis errores, lo mejor que podía hacer era corregirlos. —
Es cierto. — le apoyó Rafael. — Y volviendo al principio… ¿Qué piensas hacer ahora que eres sensei? — las miradas de nuevo se posaron sobre el primogénito, el cual comía una papa frita.
Pues…no lo sé, supongo que seguiré practicando. —
Si gustas podrías ayudarme con tus hermanos. — ofreció Splinter sirviéndose otra rebanada de pizza con piña.
¡ ¿Eh?! — exclamaron sorprendidos los muchachos.
Y también con Abril. — agregó, pero el nuevo maestro no se vio muy convencido.
Tendría que pensarlo. — los menores prestaban atención en silencio.
Como gustes, no es obligación; y por cierto ¿Qué tal estuvo su primera sesión? — los muchachos lo pensaron un momento.
No estuvo mal. —
Nah. —
Creí que sería peor. —
Bien. — respondieron del mayor al menor.
Bueno. — continuó Splinter. — Tengan un poco de paciencia, a la larga esto será por su bien. —
De acuerdo. —
Ya que. —
Está bien. —
Bueno. — volvieron a responder.
El final de la noche llegó para la familia Hamato, hijos y padre se preparaban para dormir. Splinter no paraba de ir de un lado a otro encaminando a sus retoños a la cama; pidiendo a Rafael que ya acabara su llamada celular con Jones, dando la segunda advertencia a Donatello para que saliera de su laboratorio, advirtiendo a Miguel Ángel de lo que sufriría si no apagaba el video juego en 15 minutos y verificando que Leonardo ya estuviera medicado.
Leonardo. — le llamó su padre desde el umbral de su recámara.
¿Sí? — preguntó dejando de lado la toalla con la que se secaba.
¿Ya te dio tú hermano la medicación? —
Aún no. —
Le avisaré. — se retiró. A los pocos segundos se escuchó que llamaban al tercer hijo desde el segundo piso.
Parece ocupado. — comentó Yoshi a su nieto recargado en la ventana, con Madeleine al otro lado del cristal.
Pobre, vaya que es pesado llevarlos a la cama. — lo decía por experiencia. — Quizás debería ayudarle. —
¡Claro que no! — exclamó Mad.
No es necesario, a pesar de todo te aseguro que lo está disfrutando. — Leo sonrió con esto último; luego de dejar la toalla en el baño, comenzó a untarse la crema que le compró Migue. Su abuelo lo notó muy pensativo.
¿En qué está pensando, maestro Leonardo? — el mayor le sonrió preocupado.
En lo que será de mí ahora que ya no soy un alumno. — respondió aplicándose crema en el rostro frente al espejo. — Me pregunto si debería hacer algo de lo que dijo el maes…padre. — se corrigió. — Si debería buscar mis propios discípulos o si debería viajar para mejorar. — su abuelo se negó rotundamente.
En primer lugar, no necesitas tener alumnos, el título de maestro significa que tienes un profundo conocimiento en la materia, no solo que impartes dicho arte. — explicaba el espíritu. — Y tampoco necesitas viajar para perfeccionarte, eso lo puedes hacer en tú propia ciudad, en tu propia casa. —
Pero ¿Cómo? — preguntó para después comenzar a ungir uno de sus brazos. — Aquí ya no hay nadie más que pueda enseñarme. —
¿Estás seguro? — le cuestionó sonriente el espíritu.
Pues… — Leo le vio extrañado.
No te olvides de mí. —
¿De ti? Pero creí, que ya sabía todo lo que habías dejado. —
Sabes todo lo que Splinter aprendió de mí y el clan Hamato, no lo que aprendí cuando me uní a los Utroms. — los ojos del niño se abrieron a todo lo que daban.
¿Estás diciendo que puedes enseñarme las técnicas que utilizaban los guardianes? — con las manos llenas de crema, Leo corrió hasta donde se encontraba de pie su abuelo. — ¡¿Artes marciales extraterrestres?! — el espíritu rió divertido.
No son artes marciales extraterrestres. — le corrigió con una sonrisa. — Son técnicas de diversas escuelas antiguas japonesas; recuerda que los Utroms estuvieron en este planeta desde hace siglos, y por ello pudieron recopilar mucho material, mucho del cual se cree perdido por diversos conflictos históricos. — el ninja blanco estaba maravillado.
¡Increíble! ¡Vamos ahora mismo! El dojo está solo y nadie nos molestará. — antes de que saliera corriendo, Yoshi lo frenó.
¡Espera, espera! Tu padre habló de poner horarios para las clases y entrenamientos; nosotros haremos lo mismo. —
Pero… —
Nada de peros, esas son las reglas ¿De acuerdo? —
De acuerdo. — una enorme sonrisa apareció en el rostro del joven maestro. — Muchas gracias maestro Yoshi. — hizo una reverencia como corresponde.
El placer es todo mío. — le correspondía el saludo. — Pero solo seré tú maestro cuando estemos en clase. — avisó. — Afuera soy tú abuelo ¿De acuerdo? — el niño le miró con una gran sonrisa en su rostro.
¡De acuerdo! — gritó contento.
¿De acuerdo con qué? — ambos, espíritu y aprendiz se giraron a ver que Don estaba entrando al cuarto con las medicinas en las manos. — ¿Qué sucede? — el niño de blanco volteó a mirar a su abuelo, quien aceptó que le dijera.
¡El abuelo me enseñará las técnicas que aprendió con los Utroms! —
¡ ¿Queeee?! ¿Es en serio? — preguntó asombrado el genio, dejando el tratamiento en el tocador.
¡Siii! — ambos se dieron las manos.
¡Felicidades! — de pronto Don sintió algo raro. — ¡¿Qué es esto?! — se miró las palmas con asco.
¡Ups! Es la crema que me compró Mickey, olvidé que la tenía. — ambos empezaron a limpiarse.
¡Ah, vaya! y…nos enseñarás esas técnicas ¿Verdad? — preguntó el tercer ninja a la vez que apreciaba la fragancia de la pomada y la untaba sobre sus brazos.
¡Claro!...cuando terminen de estudiar con su sensei. —
¡Hey! No es justo. — los tres rieron divertidos. Luego de terminar de arreglarse y de aplicar la medicación, Donatello dio las buenas noches a su hermano y se reunió con la familia en el pasillo del segundo piso, donde estaban terminando de planear la fiesta para Leo.
Ya hablé con Casey y este le dirá a los demás. — avisó Rafael.
Entonces nos veremos en casa de Vaudoux-san mañana en la tarde. — acordó Splinter con sus muchachos. — ¿Ya medicaste a Leonardo? — preguntó a Don cuando lo vio llegar.
Sí, estaba muy contento, me dijo que el abuelo Yoshi le enseñará las técnicas que aprendió con los Utroms. —
¡ ¿Queeee?! — exclamaron todos sorprendidos.
¡¿Es en serio?! — preguntó Rafael.
¡¿Es posible?! — le siguió Mickey.
Eso me dijo. —
No lo puedo creer. — susurraba Splinter impresionado.
Sensei ¿Usted sabía eso? ¿De los guardianes y los Utroms? —
No, bueno, sabía que había ido a trabajar con ellos, incluso llegó a obtener el grado de primer guardián, pero no sé nada más. — todos guardaron silencio un momento. — Habrá que preguntarle más al respecto. — dijo meditabundo. — Vayan a dormir. —
¡Está bien! — dijeron los chicos.
Buenas noches hijos, no se entretengan demasiado. —
¡Sí! ¡Buenas noches! — ya que el maestro se había retirado por las escaleras y antes de que los menores se retiraran a sus habitaciones, Rafael preguntó.
Oigan — Don y Mickey se giraron a verlo antes de irse cada quien por su lado. — Su vela… ¿Ya se cumplió su deseo? — ambos quelonios le miraron un momento, para luego verse entre ellos. — ¿Ya se apagó? —
La mía sí. — respondió Miguel de inmediato.
La mía también. —
¿La tuya no? —
¿Tú vela sigue encendida? — Rafa no respondió.
¿Cómo fue que se cumplieron sus deseos? ¿Qué pidieron? — los menores se miraron un momento.
Te lo diré solo porque ya se cumplió. — comenzó el pequeño. — Yo pedí que Leo sonriera más y que ya no estuviera tan triste o tan nervioso. — ambos hermanos le miraron cuestionándolo. — Para mí se cumplió cuando lo vi en su primera clase de música ¡Estaba radiante! — ambos quelonios le vieron interesados.
Pero aún se pone triste y nervioso. — se quejó el mayor.
Ambos sentimientos en cantidades moderadas es normal. — resolvió el genio. — Y sí lo he visto sonreír más. —
Así es. —
¿Y tú? — preguntaron ahora al de morado.
Yo pedí que fuera más paciente y que no se frustrara por sus problemas, para que no se lastimara y hasta ahora no le he visto ninguna nueva herida. — el trio se quedó pensando en esto.
¿Crees que ya se le haya quitado la idea de cortarse a sí mismo? —
No lo creo. — respondió el tercer guerrero. — No creo que ese tipo de conductas se vayan con magia. —
Quizás no. — le apoyó el menor. — Pero se controlan, además nosotros debemos ayudar al hechizo con nuestra energía, si tienes dudas no se cumple. — finalizó siempre a favor de sus propias creencias. — Y es lo que ha pasado hasta ahora ¿Qué pediste tú? ¿Por qué no se ha cumplido? — las miradas de sus hermanos pequeños se posaron sobre el mayor, haciendo que sudara nervioso.
Ya lo dijiste antes Mickey. —
¿Eh? —
Si les cuento no se cumplirá. Buenas noches. — y se retiró rumbo a su cama con la mirada curiosa de sus compañeros siguiéndole hasta perderlo de vista.
Tramposo. — reclamó Mickey. — ¿Qué habrá pedido a la vela? —
¿Quién sabe? — finalizó Don.
La mañana siguiente comenzó de manera cotidiana, al menos a lo que últimamente se le puede tomar como habitual; sin mucha emoción, los muchachos pudieron notar que las luces de la nueva guarida volvían a parpadear de manera intermitente; Yoshi se había equivocado, al parecer también la emoción causaba que la energía del muchacho provocara dicha actividad.
Rafa llegó a la cocina y saludó como todas las mañanas a sus compañeros sin mucha emoción. Una hora después llegó Leonardo. Desde un principio y de acuerdo con algunas costumbres japonesas, el anciano maestro consideraba que al ser Leo el primogénito, este no debía tener tareas domésticas, pero el chico no le hizo caso y con el tiempo se llegó a encargar de varias cosas en la casa; ahora que ya era un maestro ninja, debía aceptar su posición y relegar algunas labores en los alumnos, por lo que no trató de ayudar con el desayuno.
¡Buenos Días, sensei! — le saludó Rafael con tono de mofa al verlo llegar. — ¿Qué tal durmió? —
¡Bien, gracias! — le siguióG el juego. — ¿Ya preparaste mi desayuno? — preguntó luego de sentarse.
¡Claro! ¿Quiere que lo mastique por usted? — varias risas sonaron a sus espaldas.
No gracias, yo puedo solo. — los menores reían divertidos.
Buenos días hijos. —
¡Buenos días sensei! —
¡Buenos días padre! —
Hoy amanecieron de buen humor, me alegra. —
¿Quieren que les ayude en…? — preguntó el mayor arrepentido, cuando le interrumpió el segundo.
¡Aayy, ya no tienes que! —
Sí. — le apoyó el menor.
Pero si insistes, puedes tomar mi lugar, yo tomaré el tuyo. — se ofreció Don haciendo reír a varios.
Por cierto. — llamó Splinter la atención de su primogénito. — Ayer Donatello nos dijo algo muy interesante. —
¿Ah, sí? — el mayor miró a su pequeño hermano, quien solo le sonrió apenado. — ¿Tan pronto? —
¿Acaso era un secreto? Porque no sabía que era un secreto. — se defendió el de morado, a la vez que le entregaba un plato con tres esponjosos hot cakes.
No, no lo era. — aseguró recibiéndolos. — Gracias. —
¿Entonces es cierto? ¿Mi maestro Yoshi te enseñará sus técnicas? —
Así es, anoche me lo dijo. —
¡Eso es emocionante! — exclamó el menor para luego meter un pan completo en su boca.
¿Y cuándo empiezan? —
Hoy en la tarde. —
Te felicito. — expresó Splinter. — Y si mi maestro lo autoriza, espero que después nos las puedas mostrar. —
Es posible. — se aventuró Leonardo.
Solo te aviso que en la tarde saldremos al cine. — anunció Rafael comenzando a cortar sus hot cakes.
E…Está bien. — respondió el mayor sin comprender del todo. — No lleguen tarde. —
No entiendes. —
¡Todos! O sea los cuatro, iremos al cine. — el ninja blanco parecía seguir sin entender. — Solo tortugas. —
¡Aaah! Pero, tengo mucho que hacer en la tarde, no puedo salir. —
Recuerda que te dije que habría horarios. — le recordó su abuelo a sus espaldas. — ¡Claro que puedes ir! — el chico no pudo objetar.
De.. acuerdo… ¿Irás con nosotros? — preguntó a su padre.
No, yo tengo otras cosas que hacer. —
Está bien… — aceptó el joven líder. — ¿Y qué vamos a ver? —
Luego del desayuno, cada uno de los muchachos empezó a realizar sus labores. Leo se dedicó a las tareas correspondientes a su nueva religión. Rafael que por fin ayudaba con las cosas del hogar, era el encargado de llenar la despensa, más de una vez pidió ayuda a Donatello para cargar con las provisiones y canjear cupones. Hablando de Don, este ya no ensuciaba en exceso con sus experimentos y trabajos de ingeniería la casa, pues ahora era él quien limpiaba todo. Y Miguel Ángel ya no tiraba sus cosas por todos lados, pues ahora sí que le costaba recogerlas, solo así pudieron darse cuenta de lo mucho que hacía Leonardo por ellos.
Por fin la hora del cine llegó. Leo habría preferido seguir con sus lecciones, pero debía obedecer y tomar las cosas con calma; envueltos con ropas comunes, con su identidad bien protegida, los cuatro hermanos subieron a la vieja camioneta y condujeron a la ciudad. Eran pocas las ocasiones en las que el primogénito salía de casa, y siempre que lo hacía veía demasiada gente en el camino; esta vez no fue la excepción. Para distraerse los muchachos iban conversando sobre las muchas películas que se habían estrenado ese mes y cuales valdría la pena ver; la principal función esa tarde, sería el "Hobbit 2".
No puedo creer que ya esté la segunda parte. — comentaba Leo en el asiento del pasajero, tratando de ignorar cualquier cosa sobrenatural. — Ya quiero ver al dragón. —
Se supone que el actor de Sherlock le hace la voz ¿Verdad? — le apoyó Don.
¡Sí! —
Pero también está Frozen. — interrumpió el menor. — Yo quiero ver esa. —
No. — dijo Rafa tras el volante en una calle concurrida. — Vamos a ver el Hobbit y punto. —
Pero si tenemos tiempo podríamos ver dos películas. — insistía Mickey.
Pero solo veremos una hoy. — apoyaba Donny a Rafa. — Recuerda que después vamos a casa del señor V. —
¿En serio? — preguntó Leo. — ¿Para qué? —
Es una sorpresa. — respondió Miguel. — Y aún creo que podemos ver dos. —
¡Que no! — gritaron Rafa y Don.
¡¿Por qué no?! —
Porque solo vamos a… —
¡RAFA, CUIDADO! — gritó Leo aterrado, obligando a su hermano a frenar de inmediato.
¡¿Qué sucede?! ¡ ¿Qué pasó?! —
Se cruzó un niño ¡Se cruzó un niño! — respondió Leo alterado, al tiempo que trataba de salir a buscarlo.
¡¿Estás seguro?! — se lo impidió Don. — No sentí que golpeáramos algo. —
Ni yo. — el sonar de varios cláxones a sus espaldas comenzaron a sonar furiosos.
¡Estoy seguro que lo vi! — miraba a su alrededor, pero al parecer nadie estaba alterado por lo ocurrido. — ¿O no? —
¡OYE, AVANZA! — les gritó el conductor que tenían atrás de ellos. — ¡ ¿QUÉ DIABLOS OCURRE?! —
No era un ser vivo. — le aseguró su abuelo. — Era un espíritu. —
Mira. — le señaló Madeleine afuera del auto, al otro extremo de la calle, había un niño de pie, parecía tener unos trece años y su rostro estaba bañado en sangre debido a una enorme herida en la cabeza. — Él solo revive lo sucedido una y otra vez. —
Pero yo creí que… — los tres hermanos le miraron preocupados.
¡OYE TÚ IDIOTA! — volvía a gritar el brabucón del auto trasero. — ¡MUEVETE! — Rafael no lo toleró.
¡CIERRA TÚ ESTÚPIDA BOCOTA O TE LA CIERRO! — le advirtió desde la ventana del conductor.
¡ ¿A SÍ?! ¡ ¿TÚ Y CUÁNTOS MÁS?! —
¡YO SOLO ME BASTO! — y dicho esto, el temperamental quelonio bajó del auto para aclarar cuentas con su vecino de calle.
A fin de cuentas es Nueva York. — opinó Don con ironía.
¿Te encuentras bien?— preguntó Mickey a Leo, al verlo tan afectado.
Lo siento…creí haber visto… — no terminó de explicar, pues Rafael llegaba muy satisfecho.
¡Listo! Ya le quité las ganas de seguir peleando. — los tres hermanos le miraron impactados.
¿Le pegaste? — preguntó Don mirando hacia atrás.
Sí. —
¡¿LE PEGASTE?! —
¡Sí! —
¡¿Por qué?! —
¡Porque él empezó! —
¡Ay Rafael! —
Además, él se lo buscó. — aclaró para inmediatamente después ponerse a conducir y salir de ahí.
El resto del camino el grupo estuvo en silencio. Leonardo estaba muy apenado por lo ocurrido, él claramente había visto caer a un niño frente al vehículo, jamás había pensado que este ya estuviera muerto y que se la pasara repitiendo ese trágico evento. Los tres quelonios de menos edad le miraban preocupados, Leo trabajaba en su respiración para evitar algún contratiempo a causa de su energía; para tratar de recuperar el ambiente perdido, Mickey comentó.
Llevamos buen tiempo, pero si aceleras podremos ver dos películas. —
Que no vamos a ver dos. — le siguió Rafa. — Vamos a ver el Hobbit y luego iremos a tomar algo. —
¡Pero tenemos tiempo para ver las dos! —
¡Qué no! —
Vamos a ver la que Mickey quiere. — dijo Leo dándose masaje en las sienes. — Por mi está bien. —
¡Claro que no! —
Esta salida es para ti, para celebrar tu nombramiento, no para darle gusto a Mickey. — aclaraba Donny a la vez que hizo sonreír a Leo.
Gracias chicos, pero por mi está bien; otro día iremos a ver el Hobbit. —
Pero no es necesario sacrificarnos. — alegaba Migue. — Hay tiempo para ver las dos películas; podemos ver Frozen y el Hobbit en un día, dicen que la de Disney está muy bonita ¡Y es de caricaturas! —
¡Aayy, Mickey! — se quejaron los otros dos jóvenes.
A ti te gusta todo lo que sea caricaturas, sin importar si es buena o no. — por fin llegaron a la plaza dónde estaba el cine, ahora debían buscar estacionamiento.
No es cierto. —
¡Claro que sí! — le enfrentó el de rojo comenzando a estacionar la camioneta. — Lo mismo dijiste de "Ralph el demoledor" y ya no aguantaba la mugre película. — apagó el motor.
Parece que han visto muchas películas. — agregó Leo a la conversación.
Algunas. —
Y no sé de qué se queja. — finalizó el menor abriendo la puerta. — La película estuvo muy bonita. — entre discusiones llegaron por fin a la fila de la taquilla. Como Rafa últimamente es quien maneja el dinero, fue a tomar un turno, pero antes de que lograra alejarse, el menor se le colgó al brazo para insistir en tener doble función.
Rafa. —
¡No! —
¡Oh, vamos! ¿Sí? — lloriqueaba el menor. — Podemos ver dos. —
¡Que no! — gritó y se encaminó rumbo a la fila.
¡Leo! — llamó Mickey a su héroe al ver que todo estaba perdido.
Rafa. —
Y aquí viene el intermediario. — exclamó el segundo.
Compra boletos para la película que quiere, yo no tengo problema con eso. —
¡No! la salida es para ti, no para él. —
No siempre se va a salir con la suya, Leo. — sentenció Don.
Es cierto. — le apoyó Rafa. Leo se molestó.
¡Pero si ustedes también se han salido con la suya! — les reclamaba a los dos. — Siempre los dejé y ninguno se quejó al respecto. — ambos quelonios le miraron extrañados. — Tú siempre que salías con Casey y llegabas hasta tarde. — reclamaba al de rojo. — Y tú siempre me pedías horas extra en el laboratorio o la computadora en lugar de los entrenamientos. — señalaba ahora al de morado, que como el primero, se veía apenado. — No sé por qué ahora se ponen en ese plan con él si ustedes han tenido lo suyo. — la discusión había terminado.
De acuerdo. — exclamó Rafael derrotado. — Compraré boletos para las dos. — Mickey estaba feliz.
¡VIVA! — celebraba rodeando el cuello de su líder con sus brazos. — ¡GRACIAS, LEO! — le besó en la mejilla.
De nada. — le acarició la cabeza.
¿Quieres venir a la maquina caza muñecos? — propuso el menor señalando al aparato instalado cerca de la cafetería del cine.
¿Eh? —
¡Sí! Tengo una moneda, eso nos da dos juegos ¿Vamos? —
Está bien. —
Luego de que Rafa obtuviera las entradas y de no conseguir nada en el juego por culpa de sus débiles pinzas, era hora de ir a la dulcería. La regla de oro de los hermanos Hamato con respecto al cine y cualquier otro lugar donde vendan comida chatarra es…No dejes que Mickey se acerque al mostrador o terminarás comprando todo. Así que Don y Rafa se encargarían de las compras mientras los otros dos iban a tomar sus asientos. Hacía tiempo que no iba al cine, pensaba Leo, demasiado quizás; debía admitir que era emocionante. Luego de algunos minutos, llegaron sus otros dos hermanos cargados con grandes cantidades de palomitas, refrescos, nachos y golosinas.
¡¿Acaso están locos?! — reclamó el mayor al ver los enormes vasos y tazones de comida. — Se supone que Mickey no fue para que no se trajeran toda la tienda.
Pero es lo que acostumbramos comer cuando venimos al cine. — reveló el de rojo.
Aquí está tú parte. — le entregó el de morado su charola, la cual como las otras, tenía las medidas más grandes que tenían en venta.
¡Pero esto es demasiado! — Leo pudo ver rosetas de maíz mixtas (Mitad mantequilla mitad caramelo separadas solo con un cartón), soda, nachos, algodón de azúcar, una barra de chocolate, un cono de helado y dos hot dogs.
Y te lo acabas todo. —
¡ ¿Están locos?! Moriré. —
¡Claro que no! y si te mueres podrás deambular por toda la casa sin que nadie te diga nada. — se burló el de rojo para luego llenarse la boca con palomitas.
Si eso pasa te jalaré los pies. — se defendió el de blanco sentado a su lado izquierdo.
Si haces eso te miento la madre. — los menores sentados de menor a mayor al lado izquierdo de Leonardo comenzaron a reír bajito.
Pero también es tu madre. — las risas iban en aumento.
No me importa. —
Entonces te moveré la cama. —
¿Acaso piensas convertirte en uno de esos espíritus chocarreros? —
Así es, en uno que te encienda los aparatos y te mueva las cosas en toda la casa. — con esto el de rojo sonrió triunfante.
Entonces hazlo, será como cuando estabas vivo. — ahora las carcajadas eran de los cuatro.
Por fin la función dio comienzo, la primera película sería la segunda parte del Hobbit. La cinta presentaba enormes y hermosos escenarios, los actores en sus elaborados vestuarios llevaban a los espectadores a vivir diferentes situaciones y combates; las escenas de acción eran impresionantes y las situaciones cómicas divertían a nuestros amigos. A pesar de no haber leído el libro como Leo, los demás quelonios igual se divirtieron mucho y si algo querían saber, solo se lo preguntaban. Al terminar, los cuatro hermanos tomaron lo que les sobró en sus charolas y se encaminaron a la siguiente sala.
Estuvo increíble. — opinaba Leo contento. — A pesar de los personajes que nada tienen que ver con este libro ¡La película estuvo genial! —
¡Sí! — le siguió el tercero. — Y esa elfa ¿Por qué brillaba cuando curó al enano? —
Porque se le antojó al guionista. — las risas no se hicieron esperar.
Pues no estuvo mal. — opinó el segundo, contento de ver a Leo tan satisfecho.
¡Ahora Frozen! — gritó Mickey rumbo a la sala donde la proyectaban.
¡Espéranos! —
A pesar de haberse tomado unos minutos para revisar la glucosa de Leo en el baño, nuestros amigos llegaron a sus asientos con muy buen tiempo, el primogénito ofreció a sus hermanos compartir lo que le había sobrado de golosinas, pero estos no aceptaron e igual fueron de nuevo a la dulcería por algo más. La sala estaba llena de niños y padres, los muchachos al principio se sentían algo cohibidos de estar en una función infantil, pero la llegada de más jóvenes de su edad los hizo sentir cómodos.
Desgraciadamente la primera función no fue de su total agrado, pues este era un corto de Mickey Mouse y sus amigos saliendo de paseo y siendo molestados por Pedro el malo. Rafael estaba que se sacaba los ojos con el popote del refresco. Por fin terminó y comenzó la película.
Como era de esperarse del temperamental quelonio y del impaciente científico, apenas empezaron las canciones comenzaron a quejarse; pues si no hay ciencia ficción o sangre en las películas estos no están conformes. Poco a poco fueron adentrándose en la historia y si no hubiera sido por la relación entre Kristoff y su reno, Olaf el hombre de nieve y los throlls, hubieran disfrutado por completo la cinta.
En cambio Miguel Ángel y Leonardo, ellos sí que estaban gozando la animación; los personajes principales, la trama y las canciones, ambos estaban encantados, en especial el segundo; que se sintió muy identificado con la reina Elsa, había mucho en común en sus historias y el tema que cantó la protagonista, parecía que la habían escrito para él. Estaba fascinado.
¡Aarg qué horror! — se quejaba el segundo a la salida. — Ya estaba que me volvía loco con tantas canciones. —
¿Pero qué te pasa? ¡Estuvo genial! En especial el hombre de nieve, me hizo reír mucho. — opinó Mickey con una gran sonrisa en su rostro.
A ti te gustan todas esas niñerías. — le alegaba también el de morado. — ¿No me digas que también te gustó el corto de Mickey? —
¡Claro que sí! ¿Y a ustedes? —
¡Iuck! — opinaron Rafa y Don.
¡El corto fue insoportable! No puedo creer que Disney en pleno siglo 21 todavía entretenga a los niños con eso ¿Y notaron cómo continua caricaturizando a los personajes de relleno? — se desahogaba el genio. — Todos deformes, enormes o con pequeñas narices y de carácter extravagante, incluso se parecían a personajes de otras películas como los empleados de Eric en la sirenita y… — le tapó la boca Mickey.
Solo tú te dedicas a analizar a los personajes en lugar de atender a la trama, el mensaje fue hermoso…Hermandad, amor ¡¿Qué más puedes pedir ante eso?! —
Quizás por ese lado te dé la razón. — opinó el de rojo.
¿En serio? — el de rojo dijo sí con la cabeza, al tiempo que tomaba algo del algodón que le sobró a Leo.
¡Hey! Eso es mío. —
¿No querías ayuda con la comida? —
Sí, pero no con el algodón. —
Entonces, si te gustó el tema de la hermandad. — volvía a tomar la palabra el menor. — Dame una moneda. — todos miraron extrañados a Migue. — Para ir al caza muñecos. —
¡ ¿Otra vez?! —
No pude ganar el osito naranja para Klunk. — comenzaba a lloriquear. — Y el perrito con la mancha en el ojo para mí. —
Pero Mickey. — le llamó el de morado. — En ese juego casi nadie gana, las pinzas están flojas adrede. —
Pero quiero intentarlo una vez más. — comenzaba el puchero.
Anda pues, vamos. —
¡Genial! — los tres menores se encaminaron rumbo a la máquina, seguidos de cerca por Leo.
Los cuatro quelonios tomaron turno cerca del juego, pues antes que ellos estaban una señora mayor y su pequeña nieta, luego de dos intentos, la abuela y la pequeña se retiraron con las manos vacías y dieron espacio a los muchachos. Migue tomó los controles y con la moneda de Rafa ya trabajando, comenzó a cazar muñecos. Las pinzas se movieron en dirección del oso naranja, Rafa y Donny no paraban de darle indicaciones, que si ya debía bajar la tenaza, que si debía agarrarlo por el torso, que esperara, pero todo fue inútil, el oso se quedó en su lugar.
¡Awww! —
Es mí turno. — Rafa tomó el siguiente y volvió de nuevo tras el oso, y como la primera vez, este se volvió a quedar en su lugar.
Deja lo intento yo. — se ofreció Donny. — Yo me entiendo con las máquinas. — el ninja morado metió una moneda y comenzó a trabajar sobre el perro que Mickey quería también; a diferencia del oso, este si se levantó con las pinzas, pero cayó apenas estás se movieron de lugar.
¡Aayy nooo! — exclamaron los cuatro. Pronto inició el último turno, pero igual que los anteriores, fue en vano.
¿Por qué no lo intentas tú Leo? —
¿Yo? —
Sí, la otra vez sacaste el dulce rojo que buscabas, supongo que esto será más fácil. — opinó el de rojo.
Pero no sé si… —
¡Oh vamos! — los menores colocaron al líder frente a los controles. Leo estaba titubeando.
¡Por favor! — insistió el menor.
Está bien. —
Quizás la canción de Elsa tenía razón, pensaba Leo frente al aparato, quizás debía ponerse a prueba, llegar al límite y romperlo, sino cómo sabría que tanto puede hacer ¿No es así? aquella vez del dulce había sido fácil, y desde entonces no había hecho nada más que frenarse cuando su energía se desataba; ahora debía concentrarse. Rafael metió la moneda y el juego comenzó, como lo hicieron sus hermanos, Leo guió la pinza sobre el oso naranja y la hizo bajar para sujetarle, ahora debía concentrarse en cerrar la garra con fuerza. Y así lo hizo.
Leo puso toda su atención en la pinza para que apretara el suave cuerpo del oso, incluso el mismo chico podía sentir como si fuera su propia mano la que lo tuviera atrapado, pues la mantenía cerrada a un costado de su cuerpo. Para sorpresa de sus hermanos, la tenaza se levantó con el juguete y comenzó a moverse rumbo a la salida, sin soltarlo en el camino. Los muchachos estaban celebrando.
¡Aquí viene! — exclamó Rafa con alegría.
¡Ya cayó! — gritó Mickey al tiempo que se agachaba por el premio.
¡Bien, Leo! —
No lo puedo creer. — Leo se miraba la mano que según él, tenía sujetado el juguete en lugar de la pinza. — Pude sentir cada fibra. —
¡Súper! Ahora el perro. —
El siguiente turno inició y fue lo mismo, la pinza se movió y Leo la colocó sobre el perro que deseaba su hermano; una vez más el joven de blanco cerraba su puño a un costado de su cuerpo, como si esta fuera la garra que capturara el premio, y una vez más funcionó. El perro con la mancha en el ojo cayó fuera de la piscina de juguetes.
¡Siiii! — celebró Mickey para luego tomar el muñeco.
¡No lo puedo creer! — se le unió Rafa.
¡¿Cómo hiciste eso?! — cuestionaba Don.
No estoy muy seguro, pero…esta vez fue más fácil. —
Entonces. — se escuchó a Rafa a la vez que mostraba una moneda y la introducía en el juego. — Saca ese dinosaurio para mí. —
Y yo quiero esa ardilla. — se les unió Don para sorpresa de Leo.
De acuerdo. —
Así pasó varios minutos cazando muñecos para sus hermanos, y para algunos espectadores que al ver lo bueno que era consiguiendo juguetes, le daban monedas y diversas peticiones. Al final consiguió el dinosaurio de Rafa, la ardilla de Don, la muñeca de trapo con ojos de botón para la nieta de la señora anterior, un oso café oscuro para un joven padre y un conejo blanco y un gato negro para él, los cuales fueron regalos de la anciana y el señor por el favor. La lección que le dejo esta cacería de muñecos a Leo fue, que mientras más usaba sus habilidades especiales, más fácil se hacía controlarlas…y le gustaba.
Después del juego fueron a comprar unos deliciosos frappucchinos de moka, y de ahí a la camioneta con rumbo al hotel Vaudoux. En el camino Leo tuvo que responder a un sinfín de preguntas por parte de sus hermanos; sobre cómo había hecho para ganar los muñecos y si podía hacer lo mismo si lo llevaban a Las Vegas, el trayecto estuvo lleno de risas. Al llegar frente al hotel de su padrino, Leo fue bien recibido por los muchos espíritus caninos del houngans, para sorpresa de los menores, el joven líder bajó y saludó con caricias a cada perro invisible.
¡Hola! ¡Que lindos! ¡Sí, yo también los quiero! — los muchachos veían como su joven líder saludaba lo que para ellos no estaba presente.
¡Vaya, por fin llegaron! — les saludó y reclamó el sacerdote desde el umbral de la puerta. — Hamato y los demás llegaron hace más de dos horas, se supone que ustedes también. —
Nos quedamos a ver dos películas. — le explicaba Rafa desde la banqueta. — Y luego compramos unas bebidas. —
También conseguimos unos muñecos. — agregó Donny.
Leo fue quien los sacó de la máquina. — reveló el menor. — ¿Trajeron a Klunk? —
Sí, está adentro colgado de las cortinas. — señaló el interior de la casa. — ¿Así que ganaste unos muñecos para tus hermanos? — interrogó el hombre de color a su niño cuando este llegó a la entrada.
¡Sí! Fue muy fácil. — se saludaron con un abrazo y el mayor depositó un beso en la frente del niño.
Luego me cuentas, pasen ya, que todos están muy hambrientos. —
¡¿Vamos a volver a comer?! — preguntó el niño de blanco.
¡Claro que sí! Adentro chicos. — los cuatro obedecieron.
¡Maestro Dabir! — Leo fue directo al profesor para saludarle.
¡Hola muchacho! — se abrazaron. — Felicidades por tu nuevo título. —
¡Gracias! ¿Sabe? Hoy escuché una hermosa canción en el cine, deberíamos verla en la siguiente clase. — esto llamó la atención de Rafael.
¡Claro muchacho! Luego me la muestras. —
Bien ¡Qué empiece la fiesta! — gritó Casey con varias botellas de soda en las manos.
¡Siiii! —
Como bien habían dicho, todos estaban ya reunidos en la casa Vaudoux; Splinter, Abril, Casey, incluso el pequeño Klunk que descansaba de lo más cómodo en el enorme sofá de la sala se hallaba listo para la fiesta. Luego de gritar un enorme "¡FELICIDADES!" y de llenar de abrazos al nuevo sensei, la familia llenó la mesa con abundantes platillos de pollo con diferentes especias y salsas, pastas con queso y un bello pastel de vainilla con relleno de frutas. Para alegría de muchos, en especial de quien pidiera el deseo, Leo comió un poco de todo sin importar que antes ya hubiera probado varias golosinas.
¡Listo! — anunció Don luego de terminar de revisar la glucosa de Leo. — Ya puedes continuar con el postre. —
No estoy seguro si podré comer postre, ya me siento muy lleno. —
Pero es tú pastel, tienes siquiera qué comer una pequeña tajada. — pidió Abril.
Una pequeña está bien. —
Y ¿Darás clases a tus hermanos o buscarás alumnos nuevos? — preguntó Casey entregándole la rebanada.
Eso aún no lo sé. — Mickey agregó.
Leo está estudiando con el abuelo Yoshi. —
¡¿En serio?! —
Sí. —
¿Y qué te está enseñando? — preguntó Abril llevándose un dedo a los labios para limpiarse el merengue del pastel.
¿No se supone que ya terminaste? — le apoyó Casey.
No, él conoce otro tipo de técnicas que el maes, que Splinter no conoce. —
¡Oh, genial! —
¡Te felicito! —
¡Gracias! —
Y cuando decidas tener alumnos. — sugería el pelinegro al muchacho. — Me avisas, yo podría ser el primero ¿Qué dices? — de inmediato los otros quelonios reclamaron.
¡¿Por qué?! — ¡No pides nada! — ¡¿Y quién diablos te crees para que te entrene mi hermano?! —
¡¿En serio preguntas?! — el grupo de jóvenes discutía y reía apartado de los mayores que los miraban satisfechos.
Se les ve muy relajados. — opinaba Dabir desde el otro lado de la mesa, degustando el pastel con una buena taza de café.
¿Ya están viendo al terapeuta? —
Sí, precisamente ayer hablaron con él. — compartía el roedor. — Obviamente no me dijo mucho sobre lo que trató con cada uno, pero sí mencionó los principales temas a discutir y el tiempo de sesión que llevará con cada uno. — esto interesó a sus amigos.
Supongo que la casa embrujada y lo ocurrido con tu "Antiguo yo" son parte de los temas a discutir. — el roedor tuvo que aceptar esto.
Así es. —
¿Y cuánto tiempo van a durar en terapia? — preguntó el profesor luego de dar otro sorbo a su bebida.
Varía. — comenzó el roedor. — Las sesiones durarán cuarenta minutos. Miguel Ángel tendrá 8 sesiones quincenales, pues de todos es el que mejor sabe expresar sus sentimientos con respecto a mi otro yo y la casona de la carretera, él rara vez se guarda algo. — ambos amigos estuvieron de acuerdo. — Donatello tendrá unas diez sesiones semanales, pues él sí tiende a guardar sus sentimientos, racionaliza todo a su alrededor y carga con demasiado peso al ser el médico de la casa. —
Parece que no siempre es bueno ser tan cerebral. —
Me parece obvio. — opinaron ambos hombres de color.
Sí, Rafael y yo tendremos unas catorce o quince sesiones semanales cada uno, pues ambos utilizamos la violencia, ya sea la física o psicológica para desahogarnos o salirnos con la nuestra; yo en lo personal deseo mantener bajo control todo lo que me rodea, todo bajo mis términos, me enfado y lastimo a los que estimo si no consigo lo que quiero; Rafael es similar, él no puede controlar su ira y descarga su frustración con sus hermanos, en especial con Leonardo, quien es el que se atreve a parársele en frente. —
¿Y Leonardo? —
Supongo que él llevará más sesiones. —
Así es. — reveló el anciano ninja. — Él tendrá al menos unas dieciocho o veinte sesiones, de ser posible, dos por semana, debido a sus problemas de ansiedad, automutilación y depresión. —
¿Aún se sigue lastimando? Yo no le he visto heridas nuevas ¿O sí? — pidió saber Lázaro preocupado.
Que yo sepa no, hasta ahora, pero me imagino que aún debe estar muy presente la idea en su cabeza. —
¿Pero crees que se siga lastimando? — insistió el profesor a su viejo amigo, pero este no sabía qué decir.
Espero que no, no lo está, no lo sé; desgraciadamente no es a mí, a quien le cuenta todo lo que le ocurre. — admitió con tristeza.
Debes tener paciencia Hamato. — le sugirió el houngans. — Dale tiempo y verás que se acercará. —
Sí, lo sé. — aceptaba resignado el roedor. — Es solo que me gustaría ser el primero al que le contara todo, como antes. — luego lo pensó un segundo. —…Solo que esta vez, sí le haría caso. — los tres adultos guardaron silencio para ver a los chicos conversar y revisar los "regalos" que algunos traían para Leo por su nombramiento. — Los más jóvenes ni si quiera se molestaban en buscarme. — continuaba contando. — Si necesitaban algo lo buscaban a él. — miraba a Leo que revisaba la nueva laptop que Donatello hizo para él. — Y eso ni siquiera me importaba como ahora. —
Solo tienes que esforzarte en recuperar lo perdido. — sugería el houngans. — Ya has progresado al retomar algunas tareas. —
Es cierto. — le apoyaba el profesor. — Verás que poco a poco ellos acudirán a ti ahora que están viendo los cambios. —
Eso espero. — rogaba en silencio el viejo maestro ninja, mientras veía a sus hijos trabajar con la nueva computadora.
…y el programa de lectura te ayudará en cualquier tarea que quieras ejecutar. — explicaba el genio a su hermano.
Te puede leer cualquier cosa en la página que abras y también le puedes dictar. — apoyaba Abril a su compañero.
¿Qué te parece? —
Me parece algo complicado. — confesaba Leo apenado. — Aún la forma anterior era complicada para mí. — los presentes rieron con esto.
No te preocupes.- le decía Don. — Te ayudaré con ella, hasta que la manejes sin problema alguno. —
¡Gracias, Don! —
Y esto es de mi parte. — le extendió Abril una lapicera de piel.
¿Una pluma? —
Es una pluma de lectura. — revelaba. — La deslizas sobre lo que quieras leer y ella lo hace por ti, incluso le puedes conectar a un audífono, para que nadie escuche lo que lee ¿Te gusta? —
¡Es fantástico, gracias! — Abril estaba feliz.
¡Está genial! — expresaba el pequeño Mickey con los ojos fijos en el pequeño aparato. — ¿Me la prestas para que lea las historietas por mí? — preguntó a Leo. — Quiero ahorrarme la molestia. — no debió decir esto.
¡¿Acaso estás loco?! — le reclamó el mayor. — Yo que leía libros ahora no puedo ¡¿Y tú que puedes no quieres hacerlo?! ¡Eres un holgazán! — los presentes disfrutaban el momento, pues hacía tiempo que Leo no sermoneaba a ninguno de sus hermanos. — Solo espera a que llegamos a casa. —
¡Pero ya dije que lo siento! —
No es cierto. —
Pero ahora ya dije que lo siento. — insistió.
Bueno, es nuestro turno. — anunció Casey. — Leo, aquí está tu regalo. — le entregó un contrato.
¿Qué es esto? —
Es el primer contrato de nuestro nuevo taller, vale por una motocicleta personalizada, todo incluido. — el grupo estaba en shock.
¡¿Es en serio?! —
¡Claro que sí! —
¡¿Ya van a abrir su taller?! —
Así es. —
Y ¿Cómo se llama su nuevo taller? — preguntó Abril a su novio.
"Moto diseños Hamato Jones". —
¿Hamato Jones? —
Es por orden de importancia. —
Casey calló a su compañero con un fuerte zape en la cabezota.
¡Es por orden alfabético, cabeza de caparazón! — las risas no se hicieron esperar.
Yo te traje esto. — le entregó el menor una patineta con un gran moño blanco. — Es la primera que hago. —
¡¿La hiciste tú?! —
¡Sí! Con el equipo que me regalaste y otras cosas del taller de Donny para trabajar la madera; le dibujé varias líneas de energía y algunos como espíritus ¿Te gusta? —
¡Es muy bonita! —
¿Siempre piensas vender por internet? — preguntó Jones.
Sí, Donny me está ayudando con la página. —
¡Cielos! Parece que todos han conseguido un negocio propio. — exclamó Abril sorprendida.
Todos menos nosotros. — agregó Leo. — ¿O tú también tienes algo Don? —
No, nada. — confesó apenado el de morado. — Creo que hay muchas oportunidades en el campo del soporte técnico por teléfono, quizás debería intentarlo. — meditaba.
¿Pero qué necesidad tienes de hacer eso? — pedía saber Jones.
Es solo que me gustaría tener mi propio dinero y no esperar que todo lo que necesito salga de lo reunido para la despensa. — guardó silencio un momento. — Tendré que pensarlo. —
Genial, ahora seré solo yo quien no tenga un trabajo. —
Podrías leer la fortuna por internet. —
¡ ¿Queeeeee?! —
¡Sí! — exclamaba el más pequeño. — Podrías tener una de esas páginas sobre leer la fortuna, vender amuletos o preparar hechizos, hay muchas en la red. —
Pero todas esas son un fraude. — opinaba Rafael. — ¿Cómo pretendes que Leo se ponga a hacer eso? —
Porque él no sería un fraude, y cuando se enteren en internet que por fin hay alguien de calidad ¡Leo se llenará de clientes! — ninguno de los presentes le quiso dar la razón.
¡Ay, Mickey! —
¡¿Qué?! No estoy exagerando ¿Verdad señor V? ¡Dígales! —
Lo siento Klein moed (Pequeña alegría) pero mi muchacho no puede atender clientes hasta que termine el año. — esto no desilusionó al niño.
Pero es posible que pueda hacerlo ¿Verdad? —
¡Claro que sí! — el ninja naranja comenzó a hacer más planes.
¡Genial! Tendrás tú propia página y darás consultas, venderás diferentes artículos mágicos y necesitarás un nombre. — comenzó a pensarlo. — ¿Qué será bueno? —
Mickey. — le frenó Leo. — No creo que eso sea para mí. —
¡Leo! Tú eres el que sabe de estas cosas ¿Quién si no tú podría tener éxito en esto? — el joven aprendiz seguía sin ser convencido.
No lo sé Mickey, tendría que estar muy desesperado para recurrir a eso. —
¡Ya lo creo! — le apoyó el de rojo.
Por cierto Rafa, acerca de tu deuda. — el grupo entero se quedó pensando en lo dicho por Leo. — Sobre mi diario. —
¡Aaahh sí! ¿Quieres empezar mañana? — cerró el de rojo su puño dentro de su otra mano. — Tú solo dime. —
Estaba pensando en eso y…creo que no sería justo. —
¿Eh? —
Para ti, ahora soy un maestro, no sería justo que nos enfrentáramos. —
¿Entonces…? — pidió saber el segundo, sin comprender a dónde quería ir. — ¿No me vas a cobrar? —
¡Claro que te voy a cobrar! Pero no será como te había dicho. —
¿Entonces cómo? —
Con cosas. —
¡¿Qué?! —
Sí, me compraras varias cosas, mi cuarto está casi vacío y te encargarás de llenarlo. —
¿Pero…? — Rafa estaba boquiabierto. — ¿Con qué? —
Me comprarás cosas que me gusten, cualquier cosa que tenga que ver con Star trek o Sherlock, o eso que te gustaría tener en tú habitación, la comprarás para mí ¿Entendido? —
¡¿Y hasta cuándo haré eso?! —
Eso depende ¿Cuántas hojas leíste? —
Pues no lo sé ¿Quieres darme el diario para revisarlo? — las miradas acusadoras de todo el grupo se posaron sobre el atrevido joven. — Si no, cómo sabré cuánto he leído. — trató de excusarse.
Eso es muy fácil. — interrumpió Donny. — Podríamos hablar de porcentajes, dime ¿Llegaste a la mitad del libro o fuiste más allá? —
Pues…yo diría que apenas iba a llegar a la mitad. — esto disgustó al dueño del libro, pues aún le perturbaba el saber hasta dónde habría llegado su hermano con la lectura.
Entonces deberías pagar, si el libro digamos...— hacía cálculos Don. — Cuenta con unas cien hojas, deberás pagar unas cuarenta o cuarenta y cinco. —
Entonces ¿Debo comprar cuarenta o cuarenta y cinco regalos? ¡¿Es en serio?! —
Sí. —
Y como Leo no puede llevar el conteo, yo me encargaré de llevarte la cuenta. — se ofreció Don. — Y no te atrevas a comprar cosas de menos de un dólar ¿Eh? Toma en cuenta el valor de cada secreto. — Leo vio a Donny con eterna gratitud.
Don…gracias. — susurró.
Está bien, acepto. — dijo Rafael totalmente derrotado. — No niego que preferiría que te aprovecharas de tu rango dándome una reverenda paliza, pero…admito que esto es lo justo y que pagaré un aproximado del valor, pues lo que leí no tiene precio. — el primogénito sonrió enternecido.
Gracias. —
No tienes qué, yo fui quien se pasó esta vez. — ambos hermanos se dieron un abrazo para cerrar el trato. — Pero si quieres redondear la cifra, podrías darme el libro y… — de inmediato Leo le aplicó una llave tomándolo de la mano y llevándola con todo y brazo atrás de la espalda para controlarlo.
¡ ¿CÓMO TE ATREVES?! —
¡Aaayyayayyyy! — las carcajadas estallaron en el comedor.
¿Sabes, Hamato? — llamó el houngans a Splinter después de ver la escena. — Creo que todo se resolverá para bien. —
Sí. — agregó el profesor. — Solo sé paciente. — el roedor aceptó en silencio los consejos de sus amigos. Para luego cambiar de tema.
Y Leonardo… ¿Qué tal va en clases? — el profesor lo pensó. — ¿Ya ha aprendido algo? —
¿Qué te puedo decir? — buscó un momento las palabras adecuadas para explicarse. — No hemos conseguido que se le graben las letras ni los números. — comenzó. — Pensé que la música le ayudaría al aprender sobre tiempos y compases, pero no fue así. —
Entonces ¡¿Tampoco está aprendiendo música?! — pidió saber con preocupación el padre del chico.
¡Por el contrario! — reveló muy satisfecho. — ¡En música es un genio! —
¡¿Queee?! —
¡Tiene un oído perfecto! Puede reconocer cualquier nota musical y reproducirla en cualquier instrumento que tenga ¡Incluso con la voz! — Splinter estaba estupefacto.
¿Es en serio? —
¡Por supuesto que es en serio! No sé si ya lo tenía desde antes o fue una "buena" secuela de su problema cerebral, pero el chico no tiene problemas con las notas musicales, ya sea para identificarlas en la escala o reproducirlas. —
No lo sé… — susurró Splinter aún impresionado. — No sé si ya lo tenía o no. — declaró apenado.
No puede darle el valor a cada nota por su cuenta. — continuó explicando el pedagogo. — Pero si le dices o él escucha las veces que debe repetirse, lo hace, y con el ritmo adecuado ¡Es impresionante! — expresaba contento. — Hace poco me dijo que le gustó uno de los temas que escuchó en una de las películas que vieron, estoy seguro que si se lo pidiera, la reproduciría completa en el piano. —
¿Tienen piano? —
Eso sí lo convences de hacerlo frente a todos. — opinó Lázaro ignorando la pregunta de Splinter.
Es cierto. —
¿Tienen piano? ¿Tienen un piano aquí? —
Sí. —
No lo sabía. —
Es lógico, lo compré hace poco. —
¿Lo compró? ¿Acaso para…? —
Así es, para mi ahijado, no se iba a estancar solo en aprender guitarra ¿Verdad? — el roedor se vio sorprendido y apenado.
Claro que no, es solo que, me apena que se haya visto en…—
No fue ni una molestia ni una obligación. — aclaró el sacerdote. — La señorita O'neil dijo tener un piano del que quería deshacerse y nosotros necesitábamos uno, no había mucho que pensar al respecto. — muy cierto, pensaron sus compañeros.
Y entonces… ¿No creen que Leonardo nos interprete algo aunque se lo pidan? —
No lo creo. — opinó el profesor. — Es muy tímido. —
Y eso que es difícil retirarlo del piano cuando está aquí con nosotros; quién lo diría ¿Verdad? — bromeaba el sacerdote.
Sí…quién lo diría. — le siguió el roedor con pesadumbre.
Esa noche la pasaron en casa de Vaudoux, pues Leonardo no podía salir tan tarde. La fiesta continuó y al llegar la hora de dormir, cada uno fue a tomar su respectiva habitación. La casa estuvo llena de voces y de gente corriendo y chocando por los pasillos, era casi como si fuera navidad otra vez. Leonardo estaba contento y se notaba en su andar y en su conversación; Splinter le miraba desde lejos sin perderse ni un gesto ni una sonrisa. Debía ser paciente, le sugerían sus amigos, poco a poco se abriría ante él de nuevo, le decían, al igual que sus demás hijos, pronto volverían a acercarse a su padre, solo rogaba porque fuera pronto.
Fin del capítulo 25.
PD: Cuando escribía este capítulo, Frozen y el Hobbit 2 estaban juntas en cartelera, sé que ahora ya no están, que incluso ya pasaron los Oscares y que la primera ganó a mejor animación y canción; pero igual las dejé en la historia. Besos.
