CAPÍTULO 25:

Epílogo

Haymitch observaba el objeto negro sin saber bien qué hacer. Llevaba allí sentado, a oscuras en su salón, más horas de las que podía contar.

Vamos, suena, vamos…

La casa estaba en un silencio tan absoluto que Haymitch sentía que se había fundido con la nada. Los demás ocupantes temporales habían decidido sabiamente darle tiempo y espacio.

Leyó por enésima vez la nota que Effie había dejado.

Nos vemos pronto.

¿Era una promesa? ¿Lo típico que se decía cuando en realidad querías deshacerte de alguien? ¿Era una venganza por la carta que le dejó hacía seis años? El cerebro de Haymitch estaba a punto de explotar.

Descolgó el teléfono y marcó el número de Effie en un arrebato. Esperó, en parte con esperanza, en parte con angustia, a que alguien respondiera. Esperó. Y esperó. Y esperó. Al final, colgó y se dejó caer sobre el sofá, con el brazo encima de los ojos.

Según cómo lo veía, tenía dos alternativas: sentarse en la mesa de la cocina y empezar a beber como si no hubiera un mañana o levantarse y ver si aún llegaba a tiempo a coger el tren que iba al Capitolio.

¿Por qué demonios seguía pensando?

Se levantó de un salto y salió de su casa a grandes zancadas. Una voz lo llamó, pero él la ignoró. No tenía tiempo para minucias. Hizo todo el camino hasta la estación corriendo, por lo que cuando llegó, no le quedaba ni una pizca de oxígeno en los pulmones. Haymitch, ya no eres un chaval, tienes cincuenta años.

Aún tuvo que esperar su buena media hora antes de que llegara el tren. Todos sus pensamientos se centraban en ese tren que no llegaba, porque pensar en cuando llegara al Capitolio lo asustaba de una forma que no sabía si sería capaz de soportar.

Cuando el tren llegó, Haymitch se situó delante de una de las puertas. Se quedó mirando el interior del tren: blanco e impoluto. De repente, sus piernas no reaccionaban. Se sentía como atrapado bajo el agua. Le costaba pensar. Lentamente, consiguió levantar una mano y cogerse de la barandilla. El metal estaba asombrosamente caliente. Puso un pie en el primer escalón. Entonces, como un resorte, escuchó una voz que lo hizo reaccionar. Miró hacia su derecha.

—¿Haymitch? —Effie, con su pelo rubio perfectamente peinado y sus tacones altísimos, lo miraba perpleja unos metros más allá—. ¿Te vas?

—Yo… —Haymitch parpadeó. Todo aquello parecía tan surrealista que era incapaz de reaccionar—. En realidad… Iba al Capitolio.

—¡Papá! —Haymitch se agachó y abrió los brazos para recibir a su niña—. ¿Venías a buscarnos? —preguntó la niña con esperanza. Soltó una risita—. No hace falta que vengas, nos mudamos aquí. —Se giró hacia su madre—. ¿A que sí, mamá?

Haymitch miró a Effie, que había enrojecido notablemente. Se incorporó, aún sujetando a su hija en brazos. Los dos adultos se acercaron con cautela.

—¿Es cierto? —preguntó Haymitch. Necesitaba saberlo. La esperanza plantó una pequeña semilla en su interior.

—He pensado que, ahora que técnicamente soy rica, podría tomarme unas vacaciones más largas… —Miró a su hija—. Y a Lizzy no le importa ir al colegio aquí durante una temporada, ¿a que no, cariño?

La niña negó con la cabeza. Lucía una sonrisa más brillante que el sol en su rostro.

Haymitch parpadeó varias veces. Dejó a Lizzy en el suelo con cuidado.

—Dame un momento, cariño —le dijo. La niña lo miró con curiosidad, pero no dijo nada.

Entonces, Haymitch cogió a Effie por el rostro con las dos manos y la besó. Cuando los labios de ella parecieron responder al beso, Haymitch sintió que podía respirar por primera vez en mucho tiempo. Effie pasó los brazos por detrás del cuello de él y pegaron aún más sus cuerpos.

Haymitch se hubiera quedado una eternidad así, ellos dos solos, besándose, si no fuera porque había una personita de seis años mirándolos con los ojos como platos, pero con una sonrisa de satisfacción. Effie carraspeó, avergonzada.

—Había pensado en comprar alguna casa vacía que haya en la ciudad…

Haymitch soltó una carcajada.

—Preciosa, tengo una casa enorme y demasiadas habitaciones vacías.

Effie sonrió de lado.

—¿Qué pasa, el polvo aún no ha aprendido a hablar? —repuso en tono mordaz.

—Te ofrezco mi casa, ¿y así me lo pagas? —Miró a su hija—. ¿Tú qué opinas, la dejamos aquí sola y nos vamos a casa?

Lizzy frunció el ceño.

—Los otros adultos que se quieren no se hablan así.

Haymitch sonrió y miró a Effie, que también sonreía.

—Es que su amor no es tan especial como el nuestro.

· · ·

Los años pasaron.

Haymitch y Effie se casaron. Tuvieron una boda por todo lo alto en el Capitolio. Effie tuvo que insistir durante tres días hasta que Haymitch accedió (aunque, en realidad, solo se hacía de rogar). No obstante, también celebraron una ceremonia íntima en el 12, con las personas que más les importaban.

Effie seguía dirigiendo la empresa que su padre le había dejado en herencia (e incluso hizo crecer los beneficios), pero ser la jefa le permitía una mayor libertad de movimiento. Solía pasar una semana al mes en la capital, y a veces su marido e hija la acompañaban.

Sin embargo, tuvo que parar de hacer tantos viajes durante un tiempo.

Justo cuando pensaban que ya nada podía alterar su tranquilidad, Effie quedó embarazada a los cuarenta años. Un diecisiete de julio, Julian y Vera Abernathy abrieron por primera vez los ojos al mundo. Su hermana mayor se mantuvo ocupada durante los siguientes diez años, haciendo de niñera de sus hermanos mellizos y de los hijos de Peeta y Katniss, que nacieron cuatro y seis años después de la boda de estos.

Por supuesto, Effie y Haymitch no tuvieron un matrimonio tranquilo. Sus peleas eran bastante famosas entre los habitantes del Distrito, e incluso la comidilla de unas cuantas portadas de revistas capitolinas. Aun así, ni una sola vez vacilaron respecto a lo que sentían uno hacia el otro.

Sí, eran muy distintos, pero, al final, supieron hacer encajar las piezas del caótico puzle que era su amor.

FIN