Capítulo 25 Rudo salvaje pero con cultura.

¿Han sentido esa sensación de haber vivido ya una situación en el pasado? ¿Un dejavú? Pues algo así me pasaba últimamente. Desde que había invadido la casa de Malfoy, arriesgando quebrarme el cuello al caerme de una escalera o resbalar de una cornisa, él había salido de su trinchera para volver a tomar la actitud con la que había venido de Inglaterra. Huraño y esquivo. Desde hace mucho no veía esa nariz fruncida y ese dejo de asco que sentía por todo lo que le rodeaba. Pero solo un buen observador —o una obsesa con los detalles como yo— podría percatarse que en sus ojos ya no había ese brillo de superioridad que lo caracterizaba en un inicio. Estaban apagados y en su lugar había algo inquietante, como si le dominase una gran ira que se esforzaba en contener.

Tal vez su actitud prepotente era su manera de defenderse del mundo, de mantenerlos a todos alejados. Porque siendo sinceros, él nunca se llevó de las mil maravillas con sus compañeros de clases, pero al menos en los últimos tiempos había dejado de referirse a ellos como escorias, o asquerosos muggles. Aunque no era del pensamiento de involucrarse con ellos, al menos daba la impresión de empezar a tolerarles, pero ahora había vuelto a su ostracismo.

Al regresar a la escuela, Draco tuvo que presentarse con el director para explicar su ausencia durante esos días, cosa que no lo animó demasiado. Odiaba a ese sujeto desde que le dijera que era una mala influencia para los buenos chicos de su escuela. Draco escuchó y asintió a todas las reprimendas del Director. ¿Qué excusa había utilizado? No sabría decir a ciencia cierta, pero si de algo podía estar segura es que no le había confesado nada de su madre desaparecida. Era lo suficientemente orgulloso para no decir la verdad y provocar lástima en aquellos que lo rodeaban.

Otra cosa que no ayudaba era Daniel, que se dedicaba a molestarlo cada vez que podía. Tal vez era el semblante de Draco, o el hecho de no haber obtenido aun una respuesta por parte del equipo de baloncesto, la cuestión era que Daniel se había vuelto el incordio más insoportable para Draco. No paraba de meterse con él, de lanzarle puyas para que el rubio reaccionara y lo atacara, como en el pasado hacía. La diferencia radicaba en que ahora Draco no tenía su ayuda extra con la magia, a lo que yo asumía no se sentía capaz de ganarle sin ella.

Un día, mientras Daniel hacía lo que a mi parecer se había vuelto su hobby, molestar a Draco, este se cansó y lo paró en seco.

— Mira Maldonado, sé que te gusta escuchar tu propia voz, pero ¿podrías ahorrarnos la molestia y hacer tu discurso en privado? Realmente hoy no tengo ganas de escuchar tus pataletas —exclamó Draco dejando con la boca abierta a Daniel—. Y puedes decirle a tu entrenador que no me interesa estar en un equipucho como el tuyo, me he dado cuenta del nivel que tienen, y si tú eres su referente, implica que son un asco — dando media vuelta Draco había avanzado pero Daniel le habló cuando se encontraba a solo un par de pasos.

—No creo que al entrenador le guste aceptar en el equipo gente problemática —exclamó un poco más alto para hacerse escuchar a la distancia, y también para llamar la atención de algunos que pasaban—. Me enteré que la policía te detuvo hace un par de noches. ¿Por eso no viniste estos días? ¿Estabas preso? ¿O te daba vergüenza mostrar tu cara por estos lados? Aunque no lo creo, siendo un pandillero con tatuajes, que la policía te detenga debe ser el pan de cada día. La cabra siempre tira al monte.

Draco había escuchado de espaldas a Daniel todas y cada una de las palabras que había dicho, noté como su puño se cerró y supe en ese instante que estaba deseando tener su varita con él para convertir a Daniel en algo apestoso.

— ¿Cómo te enteraste? —pregunté interviniendo antes que Malfoy lo hiciera. Ya sabía que la astucia no era mi fuerte, mi pregunta solo venía a confirmar lo que Daniel decía.

—Mi padre tiene amistades, y estas hablan entre sí. Ya sabes que este es un pueblo tranquilo y los perpetradores consiguen fama rápido, tu amiguito ya tiene su propia carpeta en la estación de policía —confesó muy ufano—. Dime, Malfoy ¿también en Inglaterra estuviste en la cárcel? ¿Tuviste que irte para que no te echaran el guante? ¡Qué pensarán tus padres de su hijo vándalo! ¿O es que sigues su ejemplo y ellos también están presos?

Draco no se quedó a escuchar más cosas y siguió su camino. Dedicándole una mirada mortal a Daniel, corrí tras Draco. Lo que faltaba, que el idiota de Daniel tocara una vena sensible y viniera a restregarle su intento de fuga. Sabía que Draco aun pensaba alguna manera de escapar de su casa, pero sin varita las posibilidades de cruzar el Atlántico se habían reducido sustancialmente. Así que su única solución era mostrarse huraño y rematar con todo lo que se le atravesaba en el camino. Incluyéndome.

Su tía le había castigado quitándole la motocicleta. La hermosa escena que vi en navidad con una muy cariñosa señora Malfoy, se transformó en una versión seria y malhumorada. No había estado presente esa noche, ya que Susan prácticamente me arrastró a casa, pero en días posteriores pude notar que el ambiente era tenso. Draco apenas hablaba. Su tía mantenía el ceño fruncido y Susan intentaba inútilmente de alegrar el ambiente.

Uno de sus intentos lo expuso un día a la hora del recreo, mientras estábamos tirados en la grama bajo un árbol. Eric, como siempre, paciente, escuchaba la perorata de su novia sin chistar. Sabía desde un principio que era mejor dejarla explayarse en sus locas ideas y luego introducir su punto de vista. Susan lo escuchaba, pero odiaba que le interrumpieran cuando estaba armando sus planes.

— Se acerca San Valentín y con la comisión estamos armando un carnaval para ese día. —Expuso felizmente mientras buscaba en su bolsa sus anotaciones, tenía esa mirada frenética, lo que implicaba que su mente estaba maquinando cosas que tal vez no me agradarían—. Comida, juegos… será divertido—. Sacando por fin de su bolsa una carpeta con hojas agregó— pero necesito manos que me ayuden.

¡Aja! allí estaba el gato encerrado. Ya sabía yo que algo se traía entre manos, hablando tan alegremente del asunto ¡Intentaba vendernos la idea y que la aceptáramos de buen agrado! Enderecé mi espalda nomás escucharla.

—Verán, hay juegos que necesitan un encargado. La comida está cubierta, la maestra del salón de manualidades dice que sus chicas se encargarán. Pero como mencionaba, necesito alguien que me ayude con algunos juegos.

Susan daba tantas vueltas que empecé a temer que la idea que pululaba por su mente no tuviera buena pinta; en su afán por hacer salir a Draco de su letargo, ella era capaz de todo.

—Entre uno de esos juegos está la venta de besos —soltó rápidamente en un intento que no entendiéramos. Pero entendimos—. Pensé que sería buena idea que se vendieran besos, ya sabes cómo es la gente…

—No me interesa besar chicas tan ansiosas que deban comprarlos para conseguirlos —expresó Draco, interrumpiendo el discurso de Susan.

— Pues no estaba pensando en ti, primito, si no en Diana —exclamó Susan mirando a su primo con los ojos medio cerrados y dirigiéndose a mí añadió — ¿Qué me dices? ¿Me ayudarás vendiendo besos?

— ¡Tu negocio fracasaría con ella al frente! — Exclamó Draco antes de que yo pudiera decir algo, Eric arqueó las cejas pero continuó con su mutismo —. Nadie querría besar a Diana, mucho menos pagar por hacerlo.

—Al que nadie querría besar es a ti, Draco, media escuela te tiene miedo, y la otra mitad no quiere ni cruzarse en tu camino —escupió Susan viendo mordazmente a Draco. Eric se removió en su lugar.

— ¿Miedo? ¡Pero si es ella la que anda repartiendo derechazos! Es a ella a la que deberían temer —exclamó Draco señalándome acusadoramente con un dedo y haciendo un gesto de lo más teatral. Yo lo fulminé con la mirada.

— No me parece la mejor idea, Susan —intervine antes que Draco siguiera enumerando mis cualidades bélicas — No soy tan popular. Draco tiene razón, nadie compraría un beso mío.

— Pues yo no diría eso, Diana —intervino Eric con una sonrisilla de disculpa —. Se me ocurren varios nombres de chicos que pagarían muy bien por darte un beso.

Si hubieran tomado una fotografía en ese instante se podría demostrar que el rostro de Draco y el mío reflejaban la misma perplejidad. Boqueé un momento, pero antes de poder decir algo Draco explotó en carcajadas.

— ¡No hace falta que intentes ser amable con Diana, Eric! ¡Ella es consciente que no tiene el atractivo visual necesario para tentar a nadie! —exclamó entre risas. Ninguno de los presentes le acompañó. — Sigue mi consejo Susan. No metas a Diana en esto, será un completo fracaso.

— ¡Cuenta conmigo, Susan! —Exclamé, más por llevarle la contraria a Draco que por tener motivación por vender besos.

Estaba que no me calentaba el sol, y por las expresiones de Susan y Eric pude deducir que los comentarios hirientes de Draco les habían molestado en la misma medida. Me levanté dedicándole una mirada poco amistosa a Draco y me fui rumbo a la escuela. A lo lejos escuché como él se defendía de las acusaciones de Susan.

— ¡Eres un bruto! ¿Cómo se te ocurre decir eso?

— ¿Qué? ¿Ahora es penado decir la verdad? ¿Para qué engañarla? Ella no es…

Pero lo que "no era" no logré escucharlo, mis pasos largos me habían alejado rápidamente del lugar y de la tentación de torcerle el rostro por estúpido. Era una idiota por dejar que sus palabras me afectaran tanto. Después de todo, el que lo había dicho no era más que el egocéntrico—narcisista de Draco Malfoy.

El resto de las clases lo pasé en silencio. Seguía molesta con él y tenerlo en el asiento de la par no era de ayuda. Él intentó llamar mi atención en repetidas ocasiones, pero estaba decidida a ignorarlo. Ese día tomé el autobús a sabiendas que él jamás se subiría en un artefacto lleno de gente. Que se fuera solo a casa.

Al día siguiente pensaba hablar con Susan para declinar su propuesta, dado que durante la noche no pude dormir pensando en eso. Era estúpido dejarme llevar por el hígado y no por el cerebro, el cual, parecía tomarse vacaciones cada vez que me enojaba. Aceptar la propuesta sin pensarlo no era de gente lista. Aunque de cierta manera quería demostrarle a Draco que, en contra de lo que él pensaba, sí podía resultar atractiva para otros chicos. Pero cierta parte de mi cerebro, esa que normalmente me suelta las verdades crudamente, estaba de acuerdo con él. Odiaba esa parte.

No supe en qué momento había tomado la decisión, pero al final, ya no hablé con Susan. Tenía un debate interior, pero si de algo podría estar segura es que quería demostrarle cuan equivocado estaba, le demostraría que sí tenía atractivo visual, aunque me perturbaba que él pensara lo contrario...

Momento.

¿De cuándo acá me perturba la opinión que tenga él de mí?

Seguí caminando con un nido por cerebro. Ese día no fue muy productivo académicamente hablando.

El hecho de verme sentada en mi pupitre y que no le hubiera esperado en la esquina de la calle, donde nuestros caminos se cruzan, para venir a la escuela, pareció servirle para darse cuenta que sí me había ofendido. Se sentó silenciosamente detrás de mí y no dijo nada, sentía su mirada clavada en mi nuca, pero no hice intento para facilitarle la tarea, le oí aclararse la garganta y remover sus cosas, yo seguí en lo mío. El profesor llegó puntual y su oportunidad de aclarar algo se desvaneció. Aunque parecía la estudiante más aplicada de la clase —con la espalda recta y la vista clavada en la pizarra— no recuerdo casi nada de lo que el maestro explicó, tendría que repasar en casa o ese trimestre perdería el curso. Al finalizar la clase, guardé rápidamente mis cosas para dirigirme a la siguiente cátedra. Cuando estaba a punto de colgarme la mochila en el hombro, intervino. Sujetó la correa de la bolsa y no permitió que la moviera.

—De acuerdo, entiendo que estés molesta, pero han pasado dos días desde entonces ¿es que no piensas perdonarme? —preguntó con voz franca. Si esa era su manera de pedir disculpas, tendría que cambiarla, porque no funcionaba.

—No —fue mi respuesta, intentando apartar su mano jaloné un poco la correa de la mochila. Él la apretó un poco más. Entrecerró los ojos mordiéndose la lengua para no soltar alguna de sus clásicas frases zalameras.

—Eres infantil ¿lo sabes? No fue para tanto —exclamó al fin, envolviendo en su muñeca la correa de la bolsa, un claro mensaje de que no la soltaría hasta aclarar las cosas.

—No me importa —contesté abandonando el intento de zafar la correa, dejé caer la mochila en el escritorio, la abrí, tomé el libro de la siguiente clase y la bolsa de lapiceros, dejándole la mochila con el resto de cosas enroscada en su mano. No quería estar en su presencia, ya luego regresaría por la bolsa o en su defecto Susan me la pasaría.

— ¿En serio piensas participar en ese carnaval vendiendo besos? —preguntó cuándo yo ya estaba a un par de pasos de distancia, dispuesta a abandonar el salón. Su pregunta me sorprendió, pero no quise abandonar mi actitud ofendida.

—Así es, aunque no es algo que te importe, de cualquier manera —contesté agriamente, apretando el libro contra mi pecho. No supe interpretar su mirada.

— ¿No piensas que perjudicarás a Susan cuando vea que nadie acude a tu cubículo? —preguntó en son de broma. Entrecerré los ojos queriendo matarlo, pero decidí mejor dejarlo solo con sus pensamientos, por lo que di otro paso en dirección a la puerta. Entonces él volvió a hablar — Ya en serio, ¿vas a participar?

Volteé a verlo, notando el cambio en su voz. Su rostro estaba serio, sin ese dejo de burla que esperaba reflejaran sus ojos. Levantó mi mochila por la correa y se aproximó. Cuando estaba a un paso de distancia me tendió la bolsa sin dejar de observarme. Tenía que elevar la mirada, para poder observarle el rostro. La tomé por el extremo contrario a donde él la agarraba, intentando no tocarlo. Pero él no la soltó, en vez de eso volvió a preguntar.

— ¿Vas a participar?

— ¿Realmente te importa si lo hago? —pregunté cayendo en cuenta de lo alto que era. En vez de contestar mi pregunta, exclamó.

—No me contestes con otra pregunta, Diana —pocas veces lo había visto tan serio. No había ni burla, ni sorna, ni siquiera su característico brillo de superioridad. Sus ojos estaban sin más expresión que la duda.

—Sí, lo haré —contesté. Empezaba a ponerme nerviosa su cercanía. Pero antes que pudiera parpadear siquiera, él soltó la mochila y emprendió su camino hacia la puerta, colgándose su propia bolsa en el hombro.

Estupefacta por su actitud, me tomó unos segundos más reaccionar y caminar tras él, después de todo, compartíamos horario. Pero ese día, no era el día de Diana, ya que al querer alcanzar a Draco, David me interceptó.

—Hola Diana ¿cómo estás? —preguntó cruzándose en mi camino e impidiendo que pudiera darle alcance.

— Bien, algo apurada, si me disculpas… —barboteé intentando pasarle de lado, él se movió un poco hacia la izquierda, que era donde planeaba pasar, bloqueándome el camino.

—No te quitaré mucho tiempo, solo quería decirte que me enteré del festival, espero verte allí—. El tono de su voz me puso en alerta. Desviando mi mirada de la espalda de Draco, la dirigí a David, que me observaba con una sonrisilla en el rostro—. Me comentaron que ayudarás a Susan en uno de los juegos. ¿Quién lo hubiera pensado? Pero es bueno saber que se te permiten algunas libertades —comentó hablando con altanería.

No supe descifrar lo que quiso decir, pero lo que sí pude descifrar fue la alarma que se encendió en mi cerebro. David sabía que vendería besos y me estaba diciendo que él iría a comprarlos ¡Demonios! Pero ¿a qué se refirió con lo de libertades? ¿Y por qué el idiota de Draco se comportó tan seriamente? Mi cabeza explotaría un día de estos.

— ¿Me disculpas, David? llego tarde a la siguiente clase —anuncié apartándolo con una mano. Si estaba decepcionado porque no mostré emoción alguna por saber que él quería besarme, pues era su problema. Personalmente tenía algunos muchos mayores en mente, por ejemplo uno rubio y con la mirada más fría que jamás había visto, sentado en la silla contigua.

Nunca había sentido un silencio tan pesado. No entendía como lograba intercambiar los papeles tan fácilmente, era yo quien estaba ofendida y molesta con él, pero ahora parecía que había sido yo quien le había ofendido. El silencio entre los dos era estresante. No me dirigió la palabra más que para pedirme prestado un borrador. Y yo, tan cobarde como siempre, no me atreví a enfrentarlo. ¿Qué era lo que le había molestado tanto?

Nos dirigimos en silencio hacia los casilleros cuando sonó el timbre de salida. Abrí el mío más por reflejo que por estar prestando atención a lo que hacía. Tomé los libros que necesitaría para repasar y acomodaba algunos que no usaría ese día cuando por fin habló.

— ¿Hoy me acompañarás a casa o me dejarás tirado como ayer tomando el autobús? —su voz era ronca, aún estaba serio, aunque parecía más molesto con él mismo que conmigo.

Me pregunté mil veces por qué le costaba tanto ser normal y decir "¿Me disculpas? No quise ofenderte". Pero no, él nunca podía pedir disculpas directamente, siempre tenía que usar acertijos para decir las cosas.

—Vamos a casa —le dije sin responder su pregunta. El camino fue silencioso. Y por primera vez en mucho tiempo, cada uno tomó la ruta hacia su casa sin visitar la del otro.

Sentí mi casa muy silenciosa cuando entré ese día. Dejé la mochila en el suelo y me recosté en el sillón. Había sido un día muy extraño. Realmente no quería pensar, ya que si lo hacía, llegaría a conclusiones que tal vez no me gustarían en absoluto.

Mi madre llegó al cabo de unas horas, tal vez notó mi estado de ánimo, o tal vez solamente era yo que no estaba a la defensiva, pero por una vez disfrutamos de una tranquila cena, hablamos cosas banales y no discutimos para nada. No le comenté lo del carnaval, sabía que era un motivo para que pusiera el grito en el cielo, así que preferí decir únicamente que se harían actividades en la escuela ese día y que posiblemente llegaría tarde. Subí a mi habitación aun siendo esa extrañeza.

Escuché el bip de mi teléfono sonar, y rápidamente desparramé el contenido de mi bolsa sobre la cama. La lucecita roja indicaba que había un mensaje recibido. Para mi decepción, solo era un mensaje promocional con ofertas del día de los enamorados, ya sabes, esos infernales mensajes que le hacen sentir a uno más patético por tener la tentación de enviarlos. "Envía pareja al 222 y encuentra a tu alma gemela" Bueno, no había caído tan bajo para enviar un mensajito de este estilo.

Pero teniendo el teléfono en la mano, la tentación llegó a mí. Escribí el mensaje y busqué su destinatario. Me detuve con el dedo suspendido en la tecla de envío. No sabía si estaba cometiendo un error. Borré el mensaje y dejé caer el teléfono sobre la cama, alejándome un par de pasos de la tentación. Lo observé de lejos, parecía hacerme burla posado cómodamente sobre las sabanas. Armándome de un valor que no poseía, lo volví a tomar y volví a escribir. Sin pensarlo dos veces envié el mensaje. Crucé los dedos esperando que no hubiera señal y mi mensaje de "¿Por qué estás molesto conmigo? ¡Y no te atrevas a negarlo!" no se enviara. Pero mi suerte no es de las mejores, por lo que a los pocos segundos se vio en la pantalla el chequecito de enviado. Solo el hecho de que no cambiaría nada, evitó que me agarrara de golpes contra la pared. Esperé recibir la contestación casi inmediatamente, luego caí en cuenta que tal vez Draco no tuviera el celular con él.

Aun sin relajarme del todo, acomodé mis cosas nuevamente en la bolsa y preparé la ropa que llevaría al siguiente día. Hice toda mi rutina para dormir más lento de lo normal, esperando una respuesta que no llegaba. No teniendo más excusas, me acosté, teniendo la esperanza que mi mensaje se hubiera perdido en el limbo.

El sonido de "Highway to Hell" de AC/DC me despertó, no sabía qué hora era. Torpemente tomé el teléfono y contesté.

—Quien quiera que seas, tendrás una muerte dolorosa por despertarme a esta hora —exclamé con voz pastosa.

— Solo quiero decirte que no estoy enojado contigo. No lo estoy negando, es así, no estoy molesto contigo para nada —contestó una voz ronca del otro lado de la línea que me hizo sentarme en la cama como si hubiera tenido un resorte pegado en mi espalda.

— ¿Draco? ¿Qué demonios haces llamando a esta hora? ¿No podías esperar... —observé el reloj en la mesita de noche para comprobar la hora... ¿¡Las tres de la madrugada! — … cinco horas para decírmelo?

— No podía dormir —fue su simple respuesta. Pensé decirle que se tirara de cabeza por la ventana, que eso lo dormiría, pero también le fracturaría el cuello, así que descarté la idea.

— ¿Un mensajito de texto? —volví a preguntar dejándome caer en la almohada y cerrando los ojos como acto reflejo.

—Sabes que no me gusta ese teclado, es muy pequeño —contestó.

No sabía si era la hora, mi estado aletargado, o la simple situación, pero ambos hablábamos casi en susurros. Pasó un momento en silencio, donde temí volver a quedarme dormida, hasta que él habló nuevamente.

—No estoy molesto contigo. Es... simplemente es... no me gustaría que fueras utilizada —confesó. No entendí que quería decir, pero antes de poder mencionar ni mu, él continuó — sé que Susan está fraguando todo esto para distraerme, y no me gustaría que te vieras envuelta en esta locura que inventó mi prima.

Estaba sorprendida. ¿Draco Malfoy preocupándose por alguien más que él mismo? Tal vez fuera la hora, tal vez estaba soñando, o alucinando. Me pregunté si mi madre no habría utilizado especies vencidas en la cena, porque seguro que esto era una alucinación.

—Diana, ¿te dormiste? —preguntó un poco desconcertado por mi silencio.

—No. Es solo... no te entiendo. Estoy confundida. Es... un poco extraño escucharte hablar así— confesé intentando no decir más de la cuenta. Mi cerebro estaba apagado.

—Lo sé. Esto es nuevo para mí, por eso mi… molestia, de hoy en la tarde. No entendía que… olvídalo. Solo quería que lo supieras— se explicó. Noté el cambio en su voz, la pequeña fisura en su caparazón había vuelto a rellenarse—. Perdona si te asusté o desperté, nos vemos mañana.

Y antes que pudiera siquiera despedirme, había colgado. Me quedé observando el teléfono por un momento hasta que la luz del mismo se apagó. Morfeo me atrapó nuevamente y no pude pensar más que ese día había sido raro.

Susan parloteaba acerca del festival cada vez que podía, en las horas de receso, en las clases que compartíamos juntas, en todo momento. Draco solo permanecía en silencio, dejando que su prima armara castillos en el aire. Se había vuelto taciturno, no había mencionado para nada la llamada en la madrugada y sobre todo, ya no se burlaba de mi "poco atractivo visual". Por el contrario, le había pedido a Eric lo incluyera en alguna de las actividades que no implicaran "relacionarse con esa gente" refiriéndose a todos los habitantes de la escuela.

A veces me ponía a pensar en lo que pasaría si Eric conociese la magnitud de la situación. Que su novia era una bruja, literalmente, y el primo de esta, un mago. Que al referirse como "esos" se referían a los que no podíamos hacer magia. Esperaba que cuando ese momento llegase, él supiera comprender y no rechazara a Susan por su naturaleza. Era una buena persona y hasta el momento no lograba comprender la razón por la que toleraba todos los desplantes de Draco. Siempre sabia guardar silencio y atacar en el momento indicado, haciendo que sus observaciones fueran escuchadas y, en la mayoría de los casos, aplicadas.

Por eso no fue raro que cuando Eric le sugirió a Draco que le ayudara a montar los cubículos para los juegos y que luego de eso, podrían encargarse del orden del festival, este aceptara sin criticar demasiado. A Eric le gustaba molestarle diciendo que sería el encargado de los buscapleitos, sobre todo aquellos que quisieran propasarse con la vendedora de besos. Draco solo hacia oídos sordos y no mencionaba el tema.

Por fin el día llegó. Mil y una veces pensé que era un gran error, solo a mí se me ocurría meterme en esto, yo no era de las que andaban regalando besos a desconocidos. El timbre de la casa me sacó de mis pensamientos. Al abrirla me encontré con Susan, que apenas tuvo oportunidad se coló por el marco de la puerta; en la acera, Eric la esperaba en su jeep.

—Draco volvió a atrincherarse en su habitación, dice que no se siente bien, aunque creo que solo es una excusa para no acudir hoy ¿Podrías encargarte de esto? La última vez lo hiciste muy bien, lograste que saliera —barboteó mi amiga buscando en su bolso algo, al final sacó un conjunto de llaves que colocó en mi mano—. Esta vez tendrás la llave, así que no tendrás que escalar muros. Arrástralo si es necesario, te espero en la escuela.

Y dándome un beso en la mejilla salió corriendo sin darme oportunidad de decir nada. Observé el llavero mientras escuchaba el auto partir. Preguntándome por qué ahora Draco parecía reticente a asistir, tomé mi bolsa y emprendí el camino hacia casa de Susan. Llegué en cuestión de unos quince minutos, tiempo suficiente para pensar en los posibles argumentos que utilizaría si él se pusiera renuente a asistir.

En el patio delantero estaba parqueado el auto de Susan, cubierto para protegerlo del sol. A su lado, la Ducati, la cual seguía confiscada por la tía de Draco. Faltaban un par de días para que su castigo fuera levantado y podría volver a usarla. Entré sin anunciarme, por algo tenía las llaves. La casa estaba silenciosa, supuse que el único habitante era Draco y que estaría en su habitación. Así que me dirigí a las escaleras como acto reflejo.

La puerta de su habitación estaba entreabierta, me asomé pero verifiqué que no estaba allí, así que presté atención al sonido. Se escuchaba el movimiento de algunas cosas en el baño al final de pasillo. Caminé despacio, esta puerta también estaba entreabierta, por lo que me permitió ver a Draco parado frente al espejo, revolviendo el botiquín. Toqué la puerta para anunciarme, pegó un salto como si lo hubiera atrapado robando un banco.

— ¡Demonios Diana! ¡Casi haces que me dé un infarto! —exclamó sujetado unos frasquitos y respirando fuertemente. — ¿Qué demonios haces aquí? ¿Cómo entraste?

Sacudí las llaves que colgaban de mi mano como explicación mientras intentaba ver que sujetaba en las manos.

—Susan me las dio porque dice que no quieres asistir al festival. Me pidió que viniera a buscarte— comenté observando su aspecto.

Parecía que no había dormido muy bien. Se le veía algo desaliñado, pero recién bañado. Pantalón deportivo y camisa sin manga, andaba descalzo y sin peinar. Supuse que no era su intención salir de casa ese día. Ignorando mi comentario, volvió a sumergirse en el botiquín, leyendo etiquetas y descartando botecitos.

— ¿Qué buscas? — pregunté al observar su frustración.

— Algo para el dolor, sé que mi tía guarda unas pastillas que podrían nockear a un caballo. Me parecen la mejor opción en este momento —comentó apartándome de la puerta y caminando hacia las escaleras. Rauda, lo seguí.

Se metió en la cocina y empezó a registrar gavetas y cajones. Al final, en una alacena, dentro de otra caja que hacía las veces de botiquín, encontró lo que buscaba. Las reconocí como tranquilizantes, de esos que te duermen por horas y despiertas en calidad de zombi.

— ¿Por qué quieres tomarte esas pastillas? —pregunté alarmada, esas eran prescritas solamente bajo receta médica, ya que podían causar adicción. Ignorándome se aproximó a otro estante, sacó un vaso y se sirvió agua.

— Dos harán que no sienta nada —comentó abriendo el botecito y sacando dos píldoras. Me lancé contra él y le arrebaté las pastillas, me observó como si quisiera matarme.

— Sí, no sentirás nada, ni hoy ni nunca ¡Estas cosas no son dulces! ¡No puedes venir y tomártelas así como así, sin razón alguna! ¿Para qué quieres tomarlas? Esto no es para curar el dolor, si no para los nervios, solo te anestesiarían, luego volverías a sentirlo si es que algo te duele —exclamé casi dando gritos y esquivando el brazo largo de Draco al intentar quitarme el botecito de pastillas.

—No me interesa quitarme el dolor. Para mañana ya habrá desaparecido, solo quiero no sentir hoy —fue su grandiosa explicación.

Noté su perturbación, estaba en un estado de ansiedad frenética. Me alejé unos pasos de él en un intento de no ser atrapada. Su respiración se estaba tornando violenta, por lo que me preocupé en realidad, tal vez sí estaba enfermo. Tal vez no era un invento para no ir al festival.

— ¿En serio te sientes así de mal? Por favor, dime que no eres adicto y solo estás inventando esto para obtener tu dosis —comenté idiotamente. Me observó con cara de asesino— ¿No es un pretexto para no asistir al festival? —pregunté nuevamente haciendo una mueca de disculpa.

—Diana, a veces eres realmente estúpida. Mi vida no gira en torno a la escuela. Tú no comprendes nada de lo que aquí sucede. No sabes lo que es estar marcado y saber que no puedes hacer nada al sentir el llamado, más que retorcerte en el dolor—. Comentó sujetándose el antebrazo izquierdo—. Prefiero estar inconsciente a saber que algo ocurre, si no te molesta.

Caminó rodeando la mesa en un intento de atraparme y quitarme el valioso contenido. Yo caminé otro tanto para no dejarme atrapar. Esto parecía más el juego del gato y el ratón, donde el gato parecía muy crispado y el ratón muy necio. Respiró hondo, armándose de paciencia. Nunca lo había visto así de alterado. Excepto...

—Tu marca vuelve a arder —murmuré recordando aquella ocasión donde Susan tuvo que llevárselo ya que su brazo lo estaba matando. — ¿Por qué no le dijiste nada a Susan o a tu tía? —le reñí.

—Claro, y estarían la mar de cómodas cuidando al mortífago. ¡Dame las malditas pastillas, Diana! —gritó perdiendo los estribos, pegué tal brinco del susto, pero me recompuse y sujeté con más fuerzas el botecito. Negué con la cabeza. Sujetó una silla y supuse que se imaginaba mi cuello cuando apretó la cabecera hasta volver blancos sus nudillos.

Un momento después gruñó algo y se fue a la refrigeradora, sacó una bandeja de cubitos y los tiró sobre el lavaplatos. Golpeó con más fuerza de la necesaria la bandeja hasta que los cubitos se desprendieron, acto seguido, tomó un paño de cocina y aventó unos cuantos cubos sobre el paño, lo tomó observándome con ganas de matarme. Gruñendo cosas inteligibles se colocó el paño con hielo sobre la marca y salió de la cocina. No sabía si mi seguridad aún estaba en riesgo, por lo que dudé un poco para seguirlo. Estaba tirado sobre el sillón sujetando el paño contra su brazo y con los ojos cerrados. Me dio pena verlo allí tirado con ese dolor, pero drogarse hasta la inconsciencia no era la solución.

—Tal vez si te distrajeras un momento —sugerí, colocando las pastillas en el bolsillo trasero del pantalón y dejando un sillón como trinchera continué —estar aquí encerrado todo el día pensando solo en el dolor de tu brazo...

— ¿Qué estás insinuando? —preguntó sin voltear a verme.

—Normalmente haces eso. Te encierras en tu caparazón, no dejas que nadie más te ayude —le acusé, a pesar de saber que no era el mejor momento para hablar sobre lo que había rondado en mi cabeza los últimos tiempos. Echarle en cara que era un snob no ayudaría a rebajar su mal humor—. Ya sé lo que me dirás, que nadie te comprende, bla bla bla. Pero no eres el único ser humano en el planeta que tiene problemas.

Bufó como respuesta. Últimamente estaba de un humor de perros, cualquier cosita lo ponía a la defensiva.

—No me interesa...

—…mezclarte con muggles, ya me lo has dicho muchas veces —le interrumpí—. No piensas en más opciones y te aferras a las ya inexistentes.

Abrió los ojos por fin, había rabia en ellos. Una ira contenida que le hacía rumiar una respuesta hiriente, pero algo evitaba que la dijera. Sintiéndome más en confianza y a sabiendas que mi integridad no corría peligro, me acerqué a él y me senté a su lado, aunque no me atreví a tocarlo. Con la vista clavada en el techo habló nuevamente.

—Ya sé que soy un ser sin magia, que ya no tiene derecho en añorar lo perdido. Me lo merezco por todo lo que hice en el pasado —exclamó con una renacida furia— Sé lo que piensas: que soy un quejica, que me merezco todo esto, que debería conformarme con lo que ahora tengo ¡Pero no puedo!

— ¡Yo nunca te he dicho que te conformes o que eres un quejica! —refuté sintiéndome ofendida —Ahora, que deberías pensar en otras opciones sí es cierto. ¡Te aferras a tu pasado y no vives ni el presente ni el futuro!

Mi molestia me hizo darle un golpe en el brazo y levantarme del sillón, me crucé de brazos frente al mueble de libros.

— ¿Y tú qué sabes de conformismos? Vives tu vida sin pensar en el futuro, peleas con tu madre por estupideces pero no haces nada por arreglar la situación. ¿Qué piensas hacer con tu vida? ¿Acaso la tienes arreglada para que puedas venir y querer componer la mía?

Se había puesto de pie y me tenía arrinconada contra el estante de libros. Estaba molesta y él también. Su característica piel pálida estaba tintada de rojo.

— ¡Ya sé que mi vida no es perfecta! ¡Pero al menos no ando lamentándome de lo que he perdido por todos los rincones de la casa! ¡Sigo adelante e intento hacer mi vida lo más pasajera posible! en cambio tú, solo te lamentas de tu pasado, de haber puesto en peligro a Susan, de la muerte de Juliet, del intento de asesinato... ¡Debes perdonarte a ti mismo! —le grité con las manos en puños, también estaba furiosa.

—Y según tú ¿Qué debería hacer? ¿Olvidarme de todo? ¿Olvidarme que soy un mago sin varita ni patria que le quiera? ¿Volverme un asqueroso muggle y tener un trabajo como vendedor de helados? ¿Una casa que deba pagar una hipoteca por años? ¿Un perro y una familia que me espere? ¡Eres una ilusa!

Estaba furiosa, completamente descontrolada, por lo que le pegué un golpe en el pecho, e iba a darle otro, pero me tomó de la muñeca e impidió que le golpeara. Intenté soltarme arañándole pero también me sujetó la otra mano. Me tenía sometida, me retorcí en su agarre pero solo sirvió para enfurecerlo más, me arrinconó contra la librera intentando que dejara de moverme. Me presionó contra la misma.

—Eres un imbécil, Draco. Un conformista, si tuvieras un poco más de cerebro te darías cuenta de las oportunidades que tienes, te bailan frente a los ojos y no las ves— siseé completamente inmovilizada entre la librera y él. Sentía su respiración forzada sobre mi rostro.

— ¿Oportunidades que bailan frente a mis ojos? Se te deberían ocurrir mejores cosas hirientes. Eres patética. Una simple muggle patética que no tiene futuro, no tiene familia que la quiera y por eso busca algún sustituto de compañía en esta casa. En Susan, en mí. Has caído tan bajo hasta el punto de venderte por un par de centavos ¿crees que es bien visto que andes por allí de fácil regalando besos? —preguntó destilando su veneno. Quería golpearlo, quería hacerlo sufrir por las ofensas que estaba haciendo, pero no pude moverme más de un milímetro.

— ¡Suéltame! —volví a exigir intentando darle una patada. Hizo su agarre más fuerte, azotándome un poco contra los libros, la esquina de uno se encajó dolorosamente en mi espalda. —Malfoy eres un...

Pero no pude terminar la frase, ya que me silenció con un beso cargado de furia que me hizo daño. Estaba paralizada. Malfoy estaba besándome, no de la forma normal de alguien que ansía el beso, sino de una manera dolorosa, ruda, salvaje. Retorció sus manos en mis muñecas, presionándolas contra el mismo librero. La histeria se apoderó de mi cuando sentí su frenética respiración contra mi boca. Malfoy estaba fuera de sí. Intenté inútilmente hablar, hacerle caer en cuenta de lo que hacía, pero solo sirvió para que introdujera su lengua en mi boca, iniciando una exploración prohibida. Intenté gritar. Empecé a removerme y a luchar para que se apartara de mí, pero el espacio era casi nulo entre él y la librera. Las lágrimas empezaron a salir de mis ojos sin pedir permiso. Me estaba haciendo daño, en uno de sus bruscos movimientos contra mi boca sentí como su diente desgarraba mi labio. El sabor salado y metálico pareció hacerlo entrar en razón. Se despegó de mí y dio un par de pasos hacia atrás, alejándose. Parecía perdido, alterado y sobre todo, fuera de sí. Trastrabilló hasta sostenerse en un sillón, dándome la espalda.

Estaba paralizada, respirando con fuerza, el labio me sangraba. Liberada de su agarre fui incapaz de separarme del librero. Las lágrimas recorrían mis mejillas sin que pudiera evitarlo. Un sollozo de mi parte le hizo consiente de mi presencia. Dándose la vuelta se enfrentó con la imagen de mi persona en completo estado de shock, estirando las manos en un intento de tocarme pero sin lograr hacerlo, tartamudeó.

— Diana, yo…

Escucharlo hablar fue el detonante para que actuara. Dándole un empujón me despegué de mi prisión, tomé mi bolsa y salí corriendo de esa casa.

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Bueno, espero que no me maten luego de este capítulo, Draco estaba con la frustración acumulada. Ha perdido su varita y con ella parte de su autoestima, se siente inseguro, perdido en un lugar que no encaja. Entre una y otra cosa su ira va subiendo como espuma, de alguna manera tiene que descargarla, lamentablemente Diana se le cruza en el camino en mal momento.

Punto aparte es la confusión en la mente de Draco (o Malfoy, como vuelve a llamarlo Di) no sabe realmente que pasa, intenta justificarse con argumentos tontos como que "no quiere que la utilicen" ustedes saquen sus conclusiones.

Susan intenta distraer a Draco, lo que no sabemos es cómo funciona la mente de esta bruja. Tal vez su intención no era distraerle en el festival, sino hacerle caer en cuenta ciertas cosas respecto a la vendedora de besos. Nunca subestimen a una rubia con varita.

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