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Guerra


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XXV

«But we'll never fall if we stand for something

We stand for something.»

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20 de Noviembre de 1977

—Me extraña que esos cuatro todavía no hayan tomado represalias contra Slytherin —comentó Sally distraída mientras mordisqueaba una pluma y echaba una ojeada por encima del hombro a la esquina derecha del salón, atrás, donde James y los demás se reían sin disimulo.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Lily sin despegar el ojo de sus apuntes. La pelirroja y Kerry-Anne eran las únicas que conseguían vencer la cadencia soporífera del Profesor Binns y tomar notas decentes. Jane solía decir que era el súper poder más grande de su amiga. Mary simplemente afirmaba que parte de la naturaleza de Lily era ponerle atención a lo que fuese que estuviese explicando el profesor.

Sally chasqueó la lengua

—Por la derrota del partido —aseguró, dejando claro que pensaba que era evidente.

—Pero si fue contra Ravenclaw... —se sorprendió Kerry-Anne en voz baja, junto a Lily, estirando el cuello para llegar a ver al resto de sus amigas.

—Ajá —convino la chica sin dejar de morder su pluma ya parcialmente destrozada. —Pero para ellos, el mal humor es sinónimo de pelea con Slytherin.

Los alborotadores del fondo eligieron ese momento para hacer explotar una sonora pedorreta que ocasionó la risa de casi todo el aula, junto con el ceño fruncido de Lily. Binns continuó impertérrito con su perorata, ajeno a la atención totalmente desviada de su clase. Kerry-Anne, la más cercana a la pelirroja, fue la única que se dio cuenta que aunque Lily se había girado para mirarlos con mala cara, sonreía.

—No es un concepto demasiado errado —apuntó desde el otro extremo Jane, que se había despertado con la última gracia de sus compañeros. Sally soltó la pluma y le hizo una mueca.

—Jane, vamos —le pidió, intentando controlar su genio. —Ya vimos cómo te fue la última vez con Rosier.

Kerry-Anne las observó, temerosa de una nueva riña, pero Jane solo rodó los ojos y le golpeó el brazo a su amiga.

—Cállate —ordenó con una sonrisa. Sally hizo un gesto de dolor y se sobó el punto de impacto, llena de reproche. —Estoy rompiéndome el culo para vencerlos en el próximo partido, ya verán.

—¿Por qué todo pasa por el Quidditch? —preguntó Lily regresando su atención a la conversación al notar que Sally iba a replicarle a Jane. —De verdad no lo entiendo.

—Yo tampoco —susurró Kerry-Anne muy bajito, con una sonrisa.

Sally y Jane intercambiaron una mirada cómplice y resignada.

—Eso es porque son unas amargadas —dijo Jane sin inmutarse, descansando la cabeza en la palma y señalándolas acusadoramente con la otra mano.

—Muchas gracias —farfulló Kerry-Anne enrojeciendo, enfadada. Lily chasqueó los dedos, con expresión serena pero seria.

—Ya, callen y presten atención.

—No tiene sentido —fingió lamentarse Sally, echando la silla hacia atrás para sostenerse con las patas traseras, en equilibrio. Jane cabeceó.

—Nunca entenderé esta mierda.

—Jane, tu tiempo con nuestros muy educados compañeros de Gryffindor te dejó la boca más sucia que el fondo del caldero de mi abuela —se rió Sally ante la nariz fruncida de Kerry-Anne, que intentaba no perder el hilo de la clase y escuchar lo que cuchicheaban sus amigas.

—Lo siento —se disculpó Jane, sin una pizca de sinceridad. —Es la costumbre. Todavía no me quito la mala leche por el partido del otro día.

—¿Y por eso tienes que maldecir? —susurró Kerry-Anne mirándola mal, mientras Sally seguía rinéndose.

—Sip.

—Presten atención, vamos —volvió a intervenir la pelirroja, demostrando que no se perdía detalle a pesar de tener la cara muy cerca del pergamino con sus apuntes. —No permitiré que Annie les preste sus notas.

Sally se horrorizó y perdió el equilibrio, ocasionando un trastabilleo muy ruidoso que captó la atención de Sirius Black al fondo y aumentó las risas a su costa. Roja, la muchacha consiguió enderezar su silla y volver a su sitio entera mientras Jane gritaba

—¿Por qué? ¡Siempre lo hace!

—Justamente por eso —respondió Lily con tranquilidad. —Tienen que preparar con seriedad sus EXTASIS.

Jane resopló y se cruzó de brazos.

—Con seriedad está mirándote el capitán, y no creo que sea por los exámenes —dijo, venenosa y directa como un dardo, logrando que Lily detuviese el ritmo de su pluma por un momento. Sally, repuesta, giró el cuello para corroborar las palabras de su amiga. El barullo había captado la atención de James que miraba sonriendo la espalda de Lily. ¿Esperaría que la pelirroja volteara?

—Déjala en paz —la defendió Kerry-Anne en voz baja, mirando de soslayo a sus compañeros Gryffindor.

—No te metas, Annie —la previno Sally con una sonrisa, oliendo la tormenta.

—Dime, ¿qué pasa entre James y tu? —atacó Jane, inclinándose hacia adelante para hacer más confidencial la conversación. Sally, entretenida, la imitó y colocó su cara muy cerca de la de su amiga, en plan cotilleo.

—¿Entre James y yo? —preguntó Lily, volviendo a sus notas. No las miraba, y parecía esforzarse lo suyo por permanecer impasible.

—No te hagas la tonta, Lily, no te queda —canturreó la guardiana de Gryffindor, picándola con su dedo índice. La pelirroja terminó por desconcentrarse y espantarla con un ademán, resignada a perder el hilo de la clase. No estaba segura si conseguiría mantener su mueca impertérrita e internamente, maldecía al idiota de James y a los demás por ser tan evidente.

—No me hago la tonta —contradijo en voz baja, recolocándose el cabello en su sitio. —Solo me sorprende. No sé a qué se refieren.

—Pues a eso —soltó Jane, chasqueando la lengua. Echó una última mirada hacia el sitio donde se encontraban James y los demás, que terminaron por captar su atención. El capitán la saludó con la mano y una mueca burlona y, rodando los ojos, la joven regresó a lo suyo. Lily había procurado ignorar el intercambio. —No sé cómo ocurrió pero de pronto pareces llevarte de maravilla con ellos.

La joven se mordió la cara interna de la mejilla.

—No es cierto.

No podía decirles a sus amigas que por extrañas —y peligrosísimas— razones, resultaba que estaba destinada a compartir su futuro con esos cuatro y en ese camino, que ligaba inexorablemente sus vidas, estaba aprendiendo a confiar en ellos.

—Sí lo es Lily —apuntó Sally, muy divertida con toda la situación, ajena a las reflexiones de la pelirroja.

—¿Ves? —se impacientó Jane, golpeando con la palma la mesa y ocasionando que Sally, la más cercana, diera un cómico salto en su sitio. —Hasta Annie está de nuestro lado. Vamos, desembucha, pelirroja.

La aludida sonrió, acorralada.

—No sé que pretendes que te diga —suspiró con tranquilidad, acomodando sus pergaminos. —James y yo somos Premios Anuales. Es lógico, ¿no?

—Claro —intervino Kerry-Anne, conciliadora. —Además, ahora que paró con esos jueguitos infantiles, es mucho más agradable.

—¿Te refieres a esas impetuosas declaraciones de amor? —preguntó Sally conteniendo la risa. —No estoy de acuerdo. Eran maravillosas.

—Todo un espectáculo.

—Vamos, no sean así —volvió a intervenir Kerry-Anne, para apaciguar los ánimos. —Era algo tonto. Y muy...

—¿Vergonzoso? —ayudó Lily torciendo el gesto al recordar cómo James había intentado salir con ella con ese porte increíblemente arrogante que le provocaba ganas de hechizarlo por un mes.

—Para ustedes, que son unas mojigatas —se carcajeó Jane, sincera. Kerry-Anne bajó la mirada a la par que sus mejillas se teñían de rojo, mientras Lily le daba un codazo a su amiga, sin tomárselo en serio. —Ya quisiera yo que un guapo como James me persiguiera por todo el castillo.

—El punto es que no lo hace más —intervino Sally que parecía repentinamente molesta. —Porque era idiota.

—Basta de hablar de James —ordenó Lily, que había retomado el ritmo de la clase. —Aún quedan quince minutos.

—De esta clase infernal.

—Vamos, al menos dejen a Lily copiar en paz.

—Sí —aceptó Jane con una sonrisa pícara, cómplice con Sally que se había vuelto a relajar, balanceándose hacia atrás. —No queremos que Lily se ponga celosa porque hablamos de su capitán, ¿verdad?

Esa vez, no fue el codazo de la pelirroja sino el tintero completo el que cayó sobre la guardiana de Gryffindor que se reía a más no poder frente a la cara de de su amiga, coreada por Sally que volvía a caerse hacia atrás sobre su silla.

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01 de Diciembre de 1977

Las lechuzas continuaron llegando sin orden ni concierto. Alice no podía especificar un día, o un horario en particular para que el animal se posase en su cama pero aparecía allí a intervalos de tiempo indefinidos. Tampoco podía terminar de entender el mensaje que intentaba transmitir aquel crío —se negaba a pensar en él por su nombre, porque creía que así se convertiría en algo real y, por Merlín, ni siquiera quería recordar que se había acostado con él— o cual era su puta finalidad.

Por lo pronto, lo que estaba consiguiendo era crisparle los nervios.

Seguía juntando pergaminos con parcas palabras —o ninguna, como era el caso de la última lechuza—, dirigidas a «Alice, de Londres», y estúpidas baratijas o dulces pequeños que confinaba a lo más oscuro del cajón para no verlos.

Sin embargo, por más que los escondiera, la estela de su presencia la perseguía, recordándole una y otra vez el terrible y vergonzoso error que había cometido al desnudarse borracha frente a un desconocido.

Por qué, Merlín, por qué.

Estaba segura, segurísima, que a Dorcas jamás le hubiese pasado. Acostumbrada a lidiar con acosadores diversos, la muchacha tenía las palabras justas, el gesto preciso para quitárselos de encima cuando le venía en gana. Ella mandaba. Ella siempre mandaba.

En cambio, Alice ni siquiera se había armado de valor para responderle. La lechuza —porque era siempre la misma, esa de hermoso pelaje gris— tampoco parecía querer una contestación porque abría las alas nada más verla y asegurarse que tuviese el pergamino en la mano. Estaba exagerando las cosas y lo sabía, pero no podía evitar ponerse nerviosa.

Y seguía repercutiendo en su nuevo trabajo y, por supuesto, en la Academia.

Continuaba haciendo papelones esporádicos en las lecciones de Sigilo y Rastreo y todavía no había conseguido desarmar ni una vez a Dearborn en sus prácticas de los martes —Dorcas lo había conseguido hacía varias semanas, y Frank el día anterior—. Se sentía frustrada, inútil y de mal humor.

Los ojos suspicaces de Frank la perseguían cuando creía que ella no estaba mirándolo y eso solo le dejaba un regusto amargo peor en la boca.

Así que Dorcas había tomado las riendas de la situación aquella tarde y la había arrastrado por el brazo, sin preguntarle si le apetecía, hacia el callejón Diagón, una vez terminada la jornada en la Academia.

—Dor, tengo trabajo —se había quejado Alice por lo bajo, sabiendo que era inútil. La muchacha se había despedido de los otros dos con resolución y a Alice no le apetecía lo que fuese que su amiga tuviese en mente.

—No hasta dentro de dos horas. Venga, vamos a quitarte esa cara de apio que traes.

La aludida suspiró y se dejó hacer. Estaba nevando y no tenía sentido discutir con Dorcas cuando podía permitirle arrastrarla hasta algún sitio caldeado.

La respiración se le atragantó, congelándose a medio camino cuando su amiga entró en el bar que habían frecuentado un par de veces y, por supuesto, ella había evitado desde su encontronazo con BJ.

Mierda.

Si había tenido alguna esperanza de quitarse los fantasmas de la cabeza, Dorcas se la había borrado de un plumazo.

Incómoda, entró al abarrotado lugar que seguía pobremente iluminado y con un fuerte olor a aceite quemado. Aunque el sol recién se empezaba a ocultar, una multitud de magos de todos los aspectos ya se arrebujaban sobre las mesitas redondas y enclenques, tomando una copa antes de partir a casa.

Los instrumentos tocaban una melodía que apenas se oía, sobre la tarima de siempre.

—Dor… —suspiró Alice, mordiéndose la cara interna de la mejilla.

—No empieces a quejarte y busca una mesa —le ordenó la joven con un rápido movimiento con la mano para callarla. —Iré por unas bebidas.

Alice se resignó y, arrastrando los pies, consiguió hacerse sitio luego de un par de empujones. No consiguió más que una silla, por lo que terminó encantando una con su propia varita. Resoplando por lo bajo y descansando la barbilla sobre la palma pudo ver perfectamente como Dorcas se abría paso con los brazos extendidos sosteniendo dos botellas, la sonrisa brillante eludiendo los piropos que cosechaba con su andar.

—Aquí tienes —dijo, tendiéndole la bebida y sentándose luego de hacerle una seña nada educada a un borracho que le gritaba obscenidades. —Salud.

Chocaron las botellas con diferentes grados de entusiasmo y Alice desvió la mirada mientras jugaba con la bebida. Había divisado el punto donde se había encontrado con BJ por primera vez.

—Al, ¿puedes decirme que mierda te pasa? —soltó Dorcas sin rodeos una vez que vació la mitad de su cerveza, depositándola con estruendo sobre la superficie de la mesa. —Ya me tienes cansada con toda esa depresión. Dime, ¿es por tu madre?

La muchacha dejó la botella y se volvió lentamente para quedar colgada de la mirada sincera de Dorcas. Estaba genuinamente preocupada por ella.

Y Alice sintió el aleteo de su corazón furioso en el pecho, pidiendo a gritos compartir con su mejor —con su única— amiga todos los negros pensamientos de su cabeza. Lo quiso hacer de veras. Podía experimentar el reflujo amargo subiéndole desde el estómago hasta la entrada de su garganta, pulsando por salir, por compartir la enorme estupidez que había hecho y que no podía superar sola.

Pero solo una palabra salió de la punta de su lengua.

—Sí.

—Oh, Al.

Dorcas alcanzó su mano y la tomó con fuerza antes de farfullar una retahíla de consuelos que Alice escuchó a medias, avergonzada.

No podía enfrentar a Dorcas. En realidad, no era algo nuevo: pocas veces había podido hacerlo a lo largo de sus muchos años de amistad. Alice no sabía cómo reaccionar ante situaciones que no podía resolver de la manera en que suponía que Dorcas lo haría, porque su amiga, con el tiempo, se había convertido en su modelo de comportamiento. Ese anhelo a ser como ella y la vergüenza de no conseguirlo jamás.

Porque Alice no era Dorcas, por mucho que quisiese. Y Alice no quería oír el regaño que le echaría Dorcas encima si supiese que no sabía ponerse firme con un chico, que por otro lado, apenas conocía.

Después de todo, su ánimo funesto no estaba para mantenerse estoico ante la clarificación de un nuevo error de su parte. Eso ya lo hacía Dearborn sin esfuerzo alguno. Era suficiente.

Resolvería su problema, dejaría de pensar en ese idiota, y conseguiría la aprobación de Dorcas. Y luego, buscaría la forma de borrar la desidia de su jefe y demostrarle a todos —a Dor, a Frank, a su madre, a ella misma— que podía convertirse en Auror.

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30 de Noviembre de 1977

—No es que quiera meterme en tu vida, ¿sabes? —escuchó Sirius desde la cama de al lado mientras se deslizaba fuera de los edredones y se ponía los pantalones de una sola subida, con el tintineo de la hebilla del cinturón de fondo.

—Ya lo estás haciendo, Cuernos —replicó el, asomando la cabeza despeinada para ver la sonrisa sincera de su amigo, que había descorrido las cortinas con cuidado para no hacer —más— ruido. James manoteó los anteojos resignado y se los puso, para que los contornos de su amigo no se desdibujaran.

—¿Puedo preguntarte algo? —intentó el muchacho de nuevo, hincando el codo sobre el colchón. Sirius resopló aunque no perdió el buen humor.

—Y ya lo estás haciendo —respondió, pasándose la camiseta por la cabeza y despeinándose un poco más. —Otra vez.

James lo dejó estar, relajado, asegurándose de que las respiraciones que acompañaban el ambiente no variasen su tono.

—¿Puedo saber a dónde demonios estás yendo? Son… —y tuvo que incorporarse un poco para llegar a ver el reloj mágico que Remus conservaba siempre sobre su mesita de noche. —Las dos de la madrugada.

—Excelente horario para hacer ejercicio.

Con desparpajo, Sirius levantó un brazo y acercó el rostro a su axila para olisquearse y encogerse de hombros cuando no se sintió muy conforme con el resultado.

—¿Huele a perro mentiroso? —se burló James desde su sitio, inclinándose hacia su amigo con las cejas levantadas. Sirius lo ignoró y con sigilo inusitado se acercó hasta la cama de Remus, exactamente frente a la suya y con un hechizo no verbal hizo que el Mapa saliese despedido de debajo del elástico del lecho. Lo atajó en el aire y se volvió hacia James con una mueca sugerente.

—Supongo que otra noche le tocarás los huevos a Remus para saber por qué mierda tiene siempre el mapa.

—Me ofendes.

—Eres una puta nenaza —se rió Sirius, aunque no parecía enojado. El mal humor crónico solía dirigirse a personas ajenas al círculo de sus tres amigos. —Cotilla.

—Desembucha, pulgoso —lo retó James en cambio, sin perder su sonrisa afable. —No creerás que no me di cuenta, no soy tan idiota —Sirius elevó una ceja, dispuesto a replicar, pero James no se lo permitió, haciendo un ademán para callarlo. —Puede que haya tardado alguna noche, pero no soy Pete, puedo distinguir los sonidos a mi alrededor aunque esté dormido. Y estoy seguro que Remus no tardará en darse cuenta. Tiene el sueño pesado solamente cerca de la luna llena.

El aludido suspiró y se dejó caer por un momento en su cama deshecha, con las rodillas separadas y la cabeza hacia atrás.

—Te lo explicaré en cuanto sepa, ¿vale? —dijo, reacio. —Ni siquiera yo estoy seguro de lo que hago. Pero… podría estar bien.

—¿Estar bien?

—No me toques los huevos, Cuernos —espetó el muchacho con una sonrisa ladeada, poniéndose de pie de un salto y tomando su varita y el mapa. Se pasó la capa por los hombros antes de añadir —para eso está Remus ya, gracias.

—Que no te oiga decir eso.

Lumos.

—Sirius —lo llamó James forzando la voz para que siguiese sonando baja pero él pudiese oírlo. El aludido gruñó, dando a entender que lo escuchaba, con un pie fuera de la habitación. —Que no te atrapen, ¿de acuerdo? No quiero que Lily nos vuelva a regañar.

—Lo que digas, calzonazos.

—Yo también te quiero.

Sirius salió pitando, atravesando la Sala Común en penumbras, con el débil chisporroteo del los últimos vestigios de fuego muriendo en la chimenea. Los elfos todavía no habían pasado a limpiar, por lo que el desorden de la estancia era evidente. Esquivó los sillones desparramados y algunos envoltorios de brujas fritas y le guiñó el ojo a la Señora Gorda que mutó en un instante su mueca de fastidio al ser despertada por una sonrisa coqueta, mientras se toqueteaba el pelo desordenado por el sueño.

Como un espectro, cruzó en el más absoluto sigilo el castillo dormido con el mapa abierto en la mano izquierda para asegurarse de que nadie se cruzase en su camino. Hogwarts de noche era toda una experiencia, mucho más llena de adrenalina, mucho más repleta de espíritu. Un poco más parecida al mismo Sirius.

Llegó en menos de un cuarto de hora a la Torre, luego de dar un rodeo para evitar a la gata de Filch. Desencantó el Mapa antes de guardárselo en el bolsillo y entrar, colocándose con cuidado su sonrisa más sardónica.

—Hola.

La figura menuda de Marlenne ya estaba allí, recortada sobre la ventana sin cristales, ubicada prudentemente a un palmo del vacío. La joven no respondió ni se giró para mirarlo y Sirius no le dio importancia, empezando a habituarse.

No estaba seguro en qué momento se había establecido esa costumbre, pero si podía definir los motivos que lo impulsaban a seguir encontrándose con esa esquiva Ravenclaw que sin embargo, continuaba frecuentando la Torre.

Sí, Marlenne lo intrigaba, en parte, pero en realidad lo que le había dicho hacía unas pocas semanas era cierto.

No confiaba en ella.

Sirius estaba seguro de que podría ofrecer sin vacilar su vida por sus amigos, y no necesitaba ni siquiera preguntarlo para saber que ellos pensaban de la misma manera del resto. La prueba de fuego había sido el control de su animagia y cada luna llena, sellaban ese pacto de sangre y magia correteando sin rumbo por el Bosque Prohibido y las afueras de Hogsmeade. Él, un desconfiado natural, al que solo lo guiaba su instinto, había demostrado ser el primero en saltar a defender a James, a proteger a Peter o a acompañar a Remus. No había reflexionado demasiado sobre ello, pero ese sentimiento se había extendido con una naturalidad inusitada hacia Lily. Sirius consideraba a la pelirroja una tocapelotas, al mismísimo nivel de Remus, pero a su vez, creía poder depositar su esquiva confianza con los ojos cerrados.

Habían sobrado las oportunidades para demostrar que Lily, a pesar de ser un grano en el culo con esa miradita de superioridad y su moral repartida a diestra y siniestra, era una persona de confianza. Le gustaban la clase de personas como la pelirroja, tan transparentes que daba pena. Ni siquiera tenía que pensar qué hubiese pasado, por ejemplo, si esa Navidad, hacía casi un año, Lily no hubiese levantando la varita —luego de cagarla, sí— en contra de los Slytherin en Cokeworth y los había guiado para escapar de ellos.

Sin embargo, con Marlenne no ocurría lo mismo. Sirius estaba seguro —y su instinto no solía fallar— en que la silenciosa Ravenclaw tenía un mar de secretos en su interior, que protegía con esa mueca apática y ese misterio casi violento.

Si el muchacho podía describirse como energía pura, entonces, Marlenne era la ausencia total de vigor. Eran opuestos por completo. Se repelían.

Además, era algo personal con ella. A Sirius le molestaban las personas que ocultaban cosas y en especial, le daba grima que a la muchacha apenas se le pudiesen adivinar los ojos detrás de todo ese flequillo descontrolado. Una cuestión de principios.

Marlenne, entonces, no se había girado al oír la voz de Sirius, permaneció inmóvil. El muchacho se encogió mentalmente de hombros y encendió un cigarro con parsimonia, exhalando despacio el humo grisáceo.

Lo que más curiosidad le daba era saber por qué, a pesar de saber que él la perseguiría hasta la Torre como había hecho ya en varias ocasiones, Mar continuaba acudiendo. ¿Qué la impulsaba a soportarlo, cuando era evidente que no congeniaban?

—Tu conversación siempre es estimulante, ¿sabes? —la picó, alcanzando la pared de piedra e inclinándose para sostenerse sobre su costado. Desde ahí, la figura silente de Marlenne estaba a pocos metros. Podía delinearle el perfil. Sirius aguardó a que el dardo hiciera efecto, pero la muchacha no se inmutó. Suponía que tenía la mirada fija en el firmamento, abierto y más negro que nunca. —Vas a hacerme creer que no te agrada mi compañía. Eso te convertiría en la primera persona en la tierra. —El joven dio otra calada, reflexionando. —Bueno, la segunda. Mi madre se ha ganado ese puesto a pulso.

El silencio empezó a pitarle en los oídos a Sirius, mientras se impacientaba. Si bien habían compartido algunas noches extrañas, a la larga, Marlenne terminaba respondiéndole. Le parecía que sus palabras, en el refugio aislado de la Torre, eran un poco más sinceras. Cuando Mar conseguía esbozarlas.

Que no estaba siendo el caso.

—Oye —gruñó, enfadado, luego de otra exhalación. —Mírame.

La joven seguía allí, a la altura de sus ojos, vuelta hacia el vacío. Si Sirius no se concentraba, ni siquiera podía percibir el sonido de su respiración.

—Vamos, no soy una puta gárgola —espetó, perdiendo la paciencia y tirando la colilla al suelo, fumada a medias, para pisarla con la punta del pie. Enderezó el cuello y se echó el cabello hacia atrás, decidiendo ser sincero. —¿Por qué sigues viniendo aquí?

Era la pregunta que le había estado rondando la cabeza los últimos quince días. Esa maldita Ravenclaw se había convertido en el centro de todas sus cavilaciones. Y todo por no ser un poco más como Lily, más amable, más directa, más real. Menos Marlenne.

Sirius gruñó una vez más y se adelantó un paso a la par que ladraba.

—Mar.

No obtuvo respuesta.

—Marlenne.

El silencio pareció quebrarse como un cristal desgajándose en mil pedazos.

Sirius no era una persona paciente. O racional.

—Mierda —de un solo movimiento, el muchacho eliminó la poca distancia que mantenía con la Ravenclaw y de un rápido manotazo le tomó el brazo derecho para obligarla a voltearse hacia él.

—¿Estás...?

No.

Marlenne no estaba llorando. Pero su mueca era todavía más desgarradora.

Pasaría mucho tiempo antes de que Sirius aprendiese que Mar no lloraba. Nunca. Las lágrimas rodando cuesta abajo por sus mejillas bien podían significar el fin de los tiempos tal y como se conocían y, para ello, todavía faltaban años y Sirius no confiaba en la adivinación. Sin embargo, la expresión vacía de Mar quedaría grabada en su retina mucho más de lo que hubiese esperado.

Sálvame.

Pero, ¿de qué? ¿de quién?

Un débil rayo de luna se hizo espacio en ese momento entre tanta negrura, apenas una muesca delgada en el firmamento, que bañó despacio el perfil de Mar. Sirius la observó como la recordaría en sus noches de más desesperado encierro. Con los labios finos hacia arriba, como si se los hubiese cosido a pura fuerza de voluntad para intentar sonreír, la nariz fruncida y la mirada parcialmente escondida por los rizos castaños. La mirada que encontraba al fin sus ojos. Que denunciaba todo el pesar del mundo, que violentaba esa sonrisa abierta de un cuchillazo de pulso tembloroso practicada en la más absoluta soledad. La mirada que lo desafiaba a hundirse en su infierno.

E intoxicarse en él.

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18 de Diciembre de 1977

A su pesar, Alice no podía dejar de temblar como las hojas que luchaban contra la violencia del viento desatado sobre su cabeza.

Habían sido unos días apabullantes. Se presentaban proyectadas sobre sus párpados cerrados fuertemente como una sucesión amorfa de luces y sonidos, en una vorágine frenética de acontecimientos que no había podido detener.

Todo había comenzado un martes de prácticas, por supuesto. Esa misma mañana había recibido otra lechuza que la había mal predispuesto a pesar de su férrea decisión de poner todo su empeño y, naturalmente, había tenido un pequeño error que le había valido cinco minutos de insultos velados por parte de Dearborn. Alice se sentía frustrada, avergonzada y sobre todo furiosa consigo misma por continuar fallando.

Estaba acostumbrada a que las cosas no saliesen como ella quería, pero odiaba que sus amigos fuesen los malditos testigos de ello. Alice podía ver sin ningún problema la vena palpitante en el cuello de Frank, lo que la hacía sentirse todavía más inútil a los fines prácticos del grupo. Dearborn lo tenía entre ceja y ceja, y hasta parecía querer azuzarlo para que estallase. Las cuotas de orgullo de Dorcas tampoco ayudaban mucho a la situación.

La cosa era que ese martes se había sentido más estancada que nunca: apenas podía mantenerse económicamente, estaba en dependencia constante de sus amigos —como si todavía tuviese el cabello largo y la imposibilidad de mirar a alguien a los ojos, como cuando tenía catorce años—, y el entrenamiento para convertirse en Auror estaba minando los pocos bastiones de confianza que le quedaban. Si suponía que la Academia le haría mostrar lo mejor de sí, la presión estaba haciéndola tambalear hacia el vacío. Empezaba a encontrar la forma definida de sus límites.

La noticia había llegado al final de la jornada, cuando Dearborn los llamó a su despacho. Benji le había dedicado una larga mirada que Alice no se había molestado en descifrar. El cuerpo se le había paralizado en un súbito oleaje de terror: su jefe ya no la quería seguir soportando en el Escuadrón. Era su fin.

Dearborn estaba inclinado de costado en su pequeño cubículo abarrotado de ficheros, con un cigarro en los labios que se consumía con lentitud y El Profeta abierto en ambas manos.

El silencio se escurrió, resbaladizo. Ninguno deseaba enfrentarse a la expresión huraña y mal educada de su jefe. Estaban cansados, sucios y la pierna de Dorcas le latía con fiereza producto del golpazo que se había dado esquivando una maldición demasiado certera. Querían irse a casa.

Dearborn finalmente se dio por aludido y gruñó, quitándose con brusquedad el cigarro de la boca y enterrándolo en el cenicero antes de girar su posición hasta tenerlos de frente.

—Empaquen sus cosas —masculló, aún con la atención fija en El Profeta, pasando enérgicamente la página.

—¿Perdón?

—¿Estás sorda, Meadowes, o los golpes te impiden entender? —comentó, ácido, el hombre, elevando por fin los ojos hacia sus subordinados. —Nos vamos.

Esta vez, Dorcas tuvo la decencia de mantenerse callada, intercambiando una incrédula mirada con sus amigos. Frank abrió la boca, pero Dearborn lo atajó, poniéndose de pie y cerrando el periódico sobre el escritorio.

—En tres días —explicó, aunque parecía reticente a dar detalles. —Seremos grupo de refuerzo. El Departamento no tiene suficiente gente para enfrentar esto.

—¿A qué se refiere con esto?

Dearborn sonrió a Frank por sobre su barba rala, castaña, y la mueca le aterrorizó a Alice. Por alguna razón, su jefe conseguía ponerle los pelos de punta.

—A esto.

Giró El Profeta para que pudiesen leer con claridad la portada.

—No es cierto —soltó Dorcas, anonadada, tapándose la boca con la mano.

—Me encantaría que no dudases de la credibilidad de nuestra información, pero, lamentablemente, lo es. Nos apareceremos en Glasgow desde aquí en tres días. Necesito que chequeen sus varitas abajo y que empaquen al menos un botiquín de primeros auxilios. Les enviaré por lechuza las pociones que no deben faltar. ¿Saben hacer un hechizo de extensión indetectable?

—Sí —afirmó Benji, manteniendo la serenidad que empezaba a flaquear en el resto.

—Bien. Háganlo. No se molesten en venir mañana. Esto es un desastre y no tendré tiempo para ustedes.

Dearborn guardó silencio y sus subordinados no atinaron siquiera a respirar. El Auror gruñó una vez más.

—¿A qué esperan? Salgan de mi vista.

No lo necesitaron escuchar dos veces para salir pitando de allí, las cabezas al borde del punto de ebullición.

Y tres días después, estaban en Escocia. Alice había tenido que discutir con el viejo del bar para que le permitiese tomarse esas jornadas, a lo que el hombre se había negado en redondo, con el gesto hosco tan característico y los insultos al Partido Laborista. Su mujer había tenido que salir en su defensa cuando Alice se inventó una historia de su padre enfermo al que tenía que ir a cuidar en Glasgow, y luego de perjurar que regresaría a los pocos días, había podido empacar las cosas con el alivio de saber que su trabajo seguiría allí cuando regresase.

Si era que regresaba.

Mientras la joven se removía por centésima vez en su sitio, con los párpados fuertemente cerrados, repasaba una y otra vez las instrucciones que Dearborn les había dado para permanecer con vida. El vacío en el estómago parecía feliz de hacerse notar cada pocos segundos, haciéndola temblar al compás del viento frenético que podía oír pero no sentir.

Habían llegado junto con el grupo de Zeller y compañía, que efectuaban su primera misión en solitario. Eso significaba que respondían a Dearborn a fines prácticos, pero casi como iguales. No subordinados. Dorcas había torcido el gesto cuando se había enterado de ello, y había mantenido la mala cara durante todo el viaje, sin dejar de echar miraditas sin disimulo a la joven mujer que se había sentado entre Russell y Benji, chasqueando la lengua disgustada.

Habían salido de Glasgow en un enorme trasto muggle que el Departamento les había preparado, luego de aparecerse en una de sus oficinas escocesas. Tenían que salir de la ciudad aprisa, porque el foco del problema se hallaba en las Tierras Altas, más al norte.

A pesar de su nerviosismo e incomodidad por la reacia atmósfera a su alrededor, Alice había disfrutado del viaje. El trasto se movía a los tumbos por las carreteras muggles dejando atrás la gran ciudad para internarse cada vez más en paisajes agrestes y montañosos. De reojo, distraída por el cielo nublado y el aspecto inhóspito de la tierra que se abría a su alrededor, escuchaba la discusión de Frank, Stevens y Dearborn acerca de la efectividad de haberse aparecido en Glasgow, cuando podrían haberlo hecho en Stirling, y de allí tomar la ruta más directa hacia las montañas.

—No pretendan mucha coherencia del Ministerio —resoplaba su jefe, con sus clásicos ademanes bruscos. Stevens, más simpático, había sonreído un poco a los subordinados.

—Son cuestiones burocráticas —había explicado a Frank que lo escuchaba con atención. Alice se había quedado prendada por un momento de la delgada línea de expresión que se le hacía en la frente ante su mueca reconcentrada. —De cualquier manera llegaremos a tiempo.

Los muggles ya lo habían notado, por supuesto. De hecho, todo el operativo del Departamento había sido activado cuando un furioso empleado del Departamento de Seguridad Mágica le había echado en cara un periódico muggle a Alastor Moody, el jefe del Escuadrón, que tenía como noticia principal los inauditos destrozos en Escocia. La escalada de eventos inexplicables había comenzado en Fort Willam, pero se había hecho noticia cuando cruzó las Tierras Altas para llegar a Stirling y luego, a Glasgow. Los muggles solo se enteraban si las cosas afectaban a un número considerable de personas, había pensado Alice mientras hojeaba sus periódicos en su descanso en el bar, y de cualquier manera, el revuelo en Inglaterra no había sido demasiado grande. Escocia quedaba demasiado al norte y las Tierras Altas siempre habían sido objeto de rumores absurdos para atraer turistas.

Sin embargo, el Escuadrón de Aurores no opinaba lo mismo.

Por eso Alastor Moody había puesto en movimiento casi la totalidad del Escuadrón, desplazándolos hasta las escarpadas montañas escocesas, para combatir lo que suponían, eran gigantes despertando de su letargo de siglos.

Cuando el trasto se hubo internado por completo en terreno inhóspito y cada vez más elevado, pincelado por espejos de agua que reflejaban el cielo plomizo que no había cesado su amenaza de lluvia, Dearborn había sacado su varita e impulsado el vehículo para llegar al campamento donde los Aurores habían puesto su base, al pie del mismísimo Ben Nevis, en tiempo récord.

Y así Alice y los demás se habían enterado de las últimas noticias que sí, confirmaban que los gigantes habían bajado de su confinamiento en las Tierras Altas para azuzar los principales núcleos urbanos que tuviesen a su alcance. Dorcas se había quedado con la boca abierta al ver al legendario Ojoloco Moody impartir órdenes a diestra y siniestra, enfadado con el mundo, y Benji había tenido que golpearle con el codo de manera disimulada para hacerla reaccionar. Alice había intercambiado una mirada divertida con Frank, sabedores de que la muchacha moriría por presentarse a la leyenda del Ministerio, esperando que los reconociese como miembros de la Orden.

Sin embargo, hasta la noche, ellos cuatro, más o menos supervisados por Zeller y Russell poco habían hecho más que matar el tiempo practicando duelos, bastante más lejos del resto del campamento.

Esa noche, se habían dividido en grupos para dormir al raso. Moody, en su obcecada paranoia, había prohibido la utilización de más magia de la necesaria, ya que los gigantes se sentían irremediablemente atraídos por ella, a la vez que amenazados, y el viejo Auror todavía no tenía conocimiento suficiente de la situación que los había arrojado a atacar —cuando, luego de la histórica pacificación de 1603, se habían confinado a las Tierras Altas sin volver a mantener altercados con humanos, ya fuesen muggles o magos—.

Era por eso que Alice repasaba los hechos de los últimos días en el silencio apabullante de la naturaleza, amenazada por la sombra espectral que se proyectaba sobre el campamento del pico más alto del Reino Unido. Temblaba con los ojos cerrados, aterrada, azuzada por la naturaleza en su expresión más pura, y se preguntaba qué sentiría al ver un gigante si solo de pensar en la enormidad del Ben Nevis a su izquierda, ya se veía a sí misma pequeña, diminuta. Insignificante.

En su fuero más interno, Alice esperaba que todo fuese un gigantesco malentendido y que, con un poco de persuasión por parte de los magos más calificados del Ministerio, los gigantes regresaran a las montañas de la misma forma en la que habían bajado y ellos podrían regresar de una pieza a Inglaterra. El débil hechizo térmico que habían conjurado Stevens y Frank para protegerse de la temperatura que ya había descendido por debajo de las cifras positivas —porque Moody se había negado en redondo a erigir carpas mágicas, aduciendo que sería igual a firmar la defunción de todo el Escuadrón— apenas los cubría, y Alice nunca se había visto tan indefensa como esa noche, al raso, vulnerable al mundo entero.

Sin embargo, los rumores que se esparcían por lo bajo eran tan aterradores que no podían más que ser verdad: los mortífagos estaban detrás de eso.

Los mortífagos habían convencido a los gigantes de escapar de su refugio eterno en las montañas. Alice no se atrevía a respirar si su mente la traicionaba y se imaginaba qué pasaría si eso fuese cierto.

Dorcas se había negado en redondo a tumbarse junto a Benji, por lo que Alice se había ubicado para alejarlos, a un lado del rubio y al otro de su amiga. Sin embargo la muchacha, con una sonrisa muda, en un arrebato estúpido e infantil, se las había ingeniado para que Frank quedase al otro lado de su amiga. La presencia de Frank frente al viento inclemente y al miedo de lo desconocido crecía conforme pasaban los minutos y Alice no conseguía conciliar el sueño. Aunque estaba de lado, dándole la espalda al muchacho y los ojos cerrados —con la varita entre las piernas, sin dejar de temblar—, era tan consciente de que Frank estaba allí, a menos de un palmo de su cuerpo, que el corazón aminoraba la marcha cada pocos segundos para reanudarla con desesperación, errático.

Distorsionado por la ventisca que no aminoraba su fuerza, la joven escuchó a lo lejos ruidos de tumulto. Con todos los sentidos alerta, abrió los ojos de golpe, aguzando el oído para indicarle a su corazón que ya era tiempo de dejar de latir con tanta fiereza. Tuvo que aguardar unos instantes hasta acostumbrarse a la oscuridad y que sus ojos pudiesen delinear el contorno fantasmal de las montañas rodeándola, inofensivas. Solo que en ese momento, para Alice, las Tierras Altas se habían transformado en la guarida de todos sus temores.

Tenía que sobreponerse al temblor que sacudía su cuerpo y demostrarse que podía con ello. Que sería un Auror. Que sería la mejor.

Alarmada por un chasquido desconocido —no podía discernir se trataba de su imaginación exaltada o producto del miedo más visceral— volteó sin reflexionar para escrutar la oscuridad, los dedos rozando la varita.

Se encontró de golpe con los ojos abiertos de Frank, tan oscuros como la noche misma, clavados sobre ella. Como si estuviese esperándola.

Alice parpadeó. Sintió la sangre bullir y deslizarse con premura hasta su rostro para encenderlo de líquido espeso, hirviendo. Frank no se había movido un ápice, pero la seguía mirando con esos ojos abrumadores, que le borraron de un plumazo toda la impotencia y las pesadillas demasiado definidas. Todo a su alrededor desapareció. Frente a ella quedaba solo la mirada de Frank, de labios apretados y sentimiento tan sincero que Alice pudo ver cómo se reflejaba en esos pozos negros su amor más profundo y también, el más negado.

Estaban cerca, a menos de un palmo de distancia. Si la joven estiraba el cuello, podría rozar la nariz de Frank que continuaba impertérrito, con sus ojos fijos en ella. Si estiraba el brazo, podía tocarle el cabello negro azotado por el viento. Si despegaba los labios resecos, podía hacerle llegar sus palabras.

Bésame.

Alice le mantuvo la mirada, con ese pensamiento inundándola por completo. Bañada de calidez en la noche más fría de su vida.

Bésame. Bésame. Bésame.

Pero su anhelo no le llegó, y tiempo más tarde, Alice se daría cuenta que aquel habría sido su punto de inflexión. Su punto de no retorno.

Frank no se movió, taladrándola con intensidad. Podría haber jurado que el joven sabía lo que ella estaba pensando y sin embargo, Alice dejó morir el «bésame» en el momento exacto en el que las pisadas se distinguieron del soplido frenético de las montañas, evidenciando la sombra de un hombre fornido con la varita en alto.

—¡Muévanse! —rugió Dearborn, frenético. Su voz le llegó a Alice a través de un velo que la desorientaba. De pronto, no entendía por qué estaba allí, tumbada en la tierra fría e inhóspita de Escocia, vulnerable a la naturaleza, cuando Frank no la había besado. Frank la había mirado de esa manera, y no la había besado.

No la había besado.

Dorcas se rebulló y se puso de pie de un salto, con el cabello castaño esparcido en todas direcciones.

—¡Los gigantes bajaron! —explicó Dearborn haciendo señas para que lo siguieran. Dorcas no perdió el tiempo y, sin prestar atención a Alice que se había puesto de pie por inercia, se encimó con todo el cuerpo sobre Benji para despertarlo aprisa—. Atacaron el campamento. Tenemos que defendernos, ¡corran! Apúntenles a los ojos.

Frank finalmente había reaccionado y la determinación volvía a brillar en sus ojos, encendiendo un Lumos y dañándole los ojos al resto, que parpadearon, molestos.

Dearborn hizo una última seña y sus cuatro subordinados, pálidos y decididos le siguieron los pasos, saliendo del refugio del hechizo térmico y bajando la ladera empinada sobre la que se habían tumbado para descansar. De pie sobre la elevación, pudieron ver el desastre y Dearborn los dejó visualizar el caos por solo una fracción de segundo.

Eran más de cinco gigantes los que habían desatado su furia cargando contra el campamento de aurores con saña.

Alice se permitió un último temblor antes de quitarse de encima la maldita sensación de los ojos de Frank sobre ella y empuñó la varita con firmeza. Ya no había tiempo de dudar.

Dearborn echó a correr hacia el centro del desastre y girando apenas la cabeza, gritó

—Si se sienten en peligro de muerte, desaparézcanse. Vuelvan a Inglaterra. ¡Es una orden!

La noche recién empezaba.

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16 de Diciembre de 1977

—No es por nada, pero creo que voy a querer una compensación por esto.

Sirius fumaba en el suelo, con una pierna estirada y la otra recogida a modo de apoyo para el codo que iba y venía al compás de sus caladas. En algún punto, después de la noche en la que Mar lo había mirado largamente y, deshaciéndose de su agarre con una sacudida rápida, había desaparecido hacia la Torre Ravenclaw sin emitir sonido, habían conseguido quebrar el silencio denso que se cernía sobre sus noches.

Mar había continuado frecuentando la Torre de Astronomía a intervalos esporádicos, sin sorprenderse de la presencia de Sirius. Éste pensaba que la chica se había acostumbrado, y empezaban a hablar, aunque para ello tuviese que utilizar todo su repertorio de comentarios sarcásticos, burlas y dobles sentidos. Tenía que tener mucho cuidado con la dosis de cada una, porque aún no conseguía tomarle el ritmo a la chica, al contrario de lo que le había ocurrido con Lily.

—¿Disculpa?

Mar seguía en la ventana, observando cómo los gruesos copos de nieve se derretían antes de llegar a la barrera conjurada para evitar que la Torre se convirtiese en un refrigerador. El cambio sutil que Sirius podía observar era que en ese momento la muchacha estaba con el cuerpo girado hacia él, con la espalda sobre el marco de la ventana y el cuello ladeado hacia el firmamento.

Cuando pronunció la pregunta, volvió la cabeza para mirarlo de frente. Toda una novedad.

—Sí, según yo, parece evidente que me convertí en tu confidente de altas horas de la noche —comentó, atento a sus expresiones, mientras fingía distraerse con una larga calada. Mar solo hizo ese gesto que a Sirius se le hacía tan gracioso, donde suponía que estaba levantando ambas cejas. Era imposible saberlo a causa del espeso flequillo que le regaba la frente.

—No sé qué te haría pensar semejante estupidez —declaró la muchacha en voz baja, regresando a su ardua actividad contemplativa. Sirius no se dejó vencer, por supuesto.

—Pues, estás aquí, ¿no?

Mar suspiró.

—¿Qué quieres?

—Un beso estaría bien —se mofó, sonriendo con descaro mientras arrojaba lejos la colilla ya inservible.

—¿Un qué? —la joven no parecía haberse incomodado, más bien era como si jamás se hubiese planteado semejante idea. Francamente, él tampoco.

—No, tienes razón —se retractó de inmediato. —A ver si consigues quitarme el alma o algo.

El rostro de Marlenne regresó a su inexpresividad natural.

—Eres un imbécil.

La joven se mordió la lengua para no comentar nada más. Estaba segura que ese idiota la llamaba Inferi, y no Dementor, y había estado a punto de corregirlo. Si su compañía la volvía una idiota irredenta, tendría que replantearse su programa de las madrugadas.

—Y tu una dulzura —escuchó que sonreía el joven, sin inmutarse. Le molestaba mucho su sonrisa. Mostraba mucho los dientes y era demasiado artificial para considerarse verdadera. Emanaba sarcasmo y ganas de joder, era como la esencia completa de Sirius reflejada en un solo gesto. El muchacho, ajeno a sus pensamientos, prosiguió. —Veamos… —dudó, frotándose el mentón, pensativo. —Bueno, puedes decirme quién mierda era ese, tu novio, tu hermano, o quién demonios sea.

Marlenne resopló y se apartó los rizos que le quedaron enganchados en las pestañas.

—No todos ocultamos a un hermano con el que nos llevamos fatal, ¿sabes? —replicó con acidez. Sirius no había desistido de su empeño en saber quién era Chris, pero había espaciado un poco sus ataques.

—No, tienes que ser terriblemente guapo como yo —le aseguró. —Entonces, no es tu hermano.

—No —La joven hizo una pausa y las palabras salieron solas, con una fluidez inusitada. —Tengo una hermana.

Sirius levantó la mirada, luciendo genuinamente sorprendido.

—¿En serio?

—Sí.

—Vaya.

Mar esperó a que el muchacho dijese algo más, pero Sirius se limitó a encender otro cigarro con la varita y llenar sus pulmones de tóxico.

—¿Qué? —se impacientó. El Gryffindor exhaló el humo por la nariz.

—No me lo imagino. Olvídalo —sacudió la cabeza con presteza y agregó —¿Me lo dirás o…?

—Su nombre es Chris.

Un silencio cortante obligó a Sirius a volver a prestarle atención a la figura inmóvil de Mar, que había regresado a fijar su vista en el exterior. Parecía arrepentida.

—¿Es en serio? —soltó, incrédulo. —¿Quiero resolver el misterio del año y eso es todo lo que obtengo? ¿Su puto nombre?

Mar se mordió los labios, arrancándose la primera y delgada capa de piel. Era evidente que la presión estaba haciendo mella sobre sí, de otra forma no podría explicar su arrebato. Si no terminaba de sentirse cómoda con Sirius —era engreído, petulante, un grano en el culo—, al menos, había conseguido no querer desaparecer a un hueco profundo en la tierra cuando estaba con él. Era toda una novedad, porque no había conseguido algo similar a un ambiente agradable en Hogwarts que no incluyese a Lily o a Mary.

La superficialidad de Sirius la había calado. Quizá había sido su manía por descubrir lo absurdo lo que la había impulsado a hablar, pensando que así podría despejar su mente al menos por un momento. Sin embargo, no podía olvidar que se trataba de Sirius Black.

—No entiendo por qué quieres saber tanto sobre mi —masculló después de un largo silencio en el que Sirius se obcecó en no llenar.

El joven no respondió de inmediato, fumando con movimientos pesados.

—Llámalo curiosidad.

Mar resopló y torció el gesto.

—Puedo llamarte grano en el culo.

La risa de Sirius llenó la Torre, amplificada por el silencio mortecino de la noche. El joven se echó el pelo hacia atrás y se inclinó hacia adelante sobre su pierna levantada.

—¿Ves que en realidad eres afilada? —la instó, con los restos de cigarro entre los dedos. —Las palabras sirven Mar, utilízalas.

—No quiero ser un bocazas como tú —replicó ella, ofendida. Sirius se encogió de hombros.

—Tiene su beneficio. Pero no te desvíes, vamos —tiró la última colilla y concentró todos sus sentidos en la joven Ravenclaw. —Dime quién es.

A pesar de su reticencia, Mar consideró que sería más sencillo responder que salirse por la tangente.

—Un vecino.

—Ajá —convino. —Y te gusta.

—No.

La negación sonó tan categórica que Sirius le creyó. Se rascó la mejilla mientras formulaba la siguiente pregunta, recreando aquel encuentro en Halloween.

—¿Por qué estaba tan enojado en Hogsmeade?

—No tiene importancia.

—Y yo que creí que empezábamos a romper el hielo —sonrió el muchacho, levantando las manos abiertas como si demostrara su inocencia. Supo que no podría presionarla más y lo dejó estar, sorprendido de empezar a tomarle los tiempos a la esquiva Ravenclaw. Sabía que, con un trabajo fino, conseguiría sondear esa personalidad tan hermética y oscura que tenía. —Vale. Lo dejaremos para después —se puso de pie, sacudiéndose los pantalones y se acercó resuelto. —¿De qué quieres hablar?

—¿Hay alguna forma de permanecer en silencio? —el tono de sorpresa en realidad, se debió más a que Sirius saltó para encaramarse en la misma ventana que ella, a un palmo de distancia.

—¿Conmigo aquí? —se jactó, mientras se acomodaba. —No.

Mar lo observó imitar su posición, con las piernas recogidas, casi tocándose la punta de los pies —sus zapatos habían quedado olvidados en algún punto de la Torre—, la espalda apoyada contra el marco y la cabeza ladeada. Controló el impulso de salir de allí a toda prisa, y en cambio, decidió invertir los roles.

—Vale, entonces me toca a mí.

—¿Qué?

—Hacerte sentir incómodo —explicó, como si fuese evidente. Sirius enarcó una ceja y sonrió, desafiante. —¿Qué ocurrió entre tú y tu hermano?

—Pues no soportaba que fuese más guapo que yo y tuve que partirle la cara —afirmó aprisa, como si ya hubiese respondido eso cientos de veces. Marlenne resopló y a Sirius le hizo gracia cómo volaban por una fracción de segundo los rizos de su frente antes de regresar despeinados a su sitio.

—Eres un imbécil redomado —masculló entre dientes. —Te pregunto en serio —lo acusó, cruzándose de brazos. —Yo te respondí.

—Oh, sí, porque un nombre de mierda me aclaró muchas cosas —respondió el, imitando el tono y revolviéndose en su sitio. Estiró las piernas, incómodo en la posición y las colocó a ambos lados de Mar. La chica intentó ignorar el hecho de sentirse encerrada entre su cuerpo y se concentró en mirarlo desafiante. —Está bien —aceptó Sirius a regañadientes. —Digamos que la máxima aspiración de mi familia es lamerle el culo al Innombrable. Creo que mi madre huele sus calzones en las noches. Podemos dejar claro que yo no.

Marlenne asintió con la cabeza. Conocía las líneas generales de la historia gracias a los cotilleos de Mary.

—¿Y tu hermano piensa así?

—Reg no piensa —espetó el Gryffindor, desviando la mirada. —Si solo oliste mierda toda tu vida, crees que es agradable, ¿verdad?

Los labios de la muchacha se fruncieron, extrañada.

—Pero…

—No hay peros aquí, Mar.— la atajó Sirius de mal modo. A la joven le seguía sorprendiendo la facilidad con la que su nombre salía de sus labios, de forma rápida y aleatoria. No se acostumbraba, y eso que podía afirmar que ya había pasado más noches con él que con cualquier otra persona. —Reg no quiso escucharme. Punto final.

La chica le dio unos segundos mientras reflexionaba sus palabras. Sirius no se veía enojado por el cariz que había tomado la conversación, pero tenía el rostro contraído y había adoptado ese tono seco y oscuro que utilizaba cuando se ponía a la defensiva. Mar creía que, además, ese tono dejaba en evidencia un poco de la sinceridad que al muchacho le solía faltar.

Luego de un momento, regresó a la carga.

—¿No es demasiado duro? —inquirió en voz baja, desviando la boca hacia un costado.

—¿Qué? —Sirius enderezó el cuello y volvió su atención a ella, como si se hubiese perdido por un momento en otros derroteros.

—No hablarse.

—Nah —dijo él, haciendo gesto de desestimación con la mano. Volvía a ser el idiota de siempre. —No nos llevábamos demasiado bien antes tampoco —agregó mientras rebuscaba en los bolsillos su cajetilla. Marlenne reprimió un gesto de asco cuando el movimiento de sus piernas le rozaron los costados. ¿Es que no podía alejarse? Le ponía de los nervios que invadieran su espacio personal. No era algo particular con Sirius, sino con la presencia de la gente en general. Mary siempre la había tildado de arisca, porque rehuía de su maldita manía de mantener contacto con las personas mientras hablaba. Suspiró y lo dejó estar, buscando acostumbrarse a esa imponente mole que se cernía sobre ella. Estaba segura que ya se había fumado todos los cigarros que había traído esa noche, reflexionaba mientras lo observaba por entre los rizos oscuros del flequillo, sin emitir palabra. Resignado, Sirius se quedó quieto y formuló con curiosidad —¿Por qué lo preguntas?

Mar se revolvió a su vez e intentó encogerse para ocupar menos espacio y tomar distancia de Sirius.

—Sería insoportable para mí —admitió con absoluta franqueza. —No puedo estar lejos de Marilyn.

—¿Marilyn es tu hermana? —preguntó Sirius sin dejarle responder. —¿Y cómo haces cuando estás en Hogwarts?

La joven se mordió la punta de la lengua antes de contestar.

—Sobrevivo.

—Vale —aceptó, con una mueca extraña. —No lo entiendo, pero está bien.

Se quedaron en silencio un instante, de cara al firmamento. Y aunque la presencia de Sirius era abrumadora, Mar terminó por sentirse cómoda en aquel refugio suspendido en lo más alto del castillo, entre las piernas del Gryffindor, ajeno al tiempo del resto de sus habitantes.

—Oye, deberíamos irnos, está amaneciendo —dijo Sirius después de un rato, señalando la línea del horizonte, más allá del Bosque Prohibido, que empezaba a desteñirse. No sabía cuándo, pero había parado de nevar. Sirius flexionó las rodillas, retirándolas de los costados de la muchacha y saltó al suelo con agilidad. Se dio vuelta y le ofreció la mano para bajar, que la muchacha rechazó sin miramientos. Él se rió entre dientes.

—Mar, ¿puedo preguntarte algo más? —le pidió, sin abandonar su sonrisa. Ya sabía interpretar sus silencios como afirmaciones. —¿Por qué sigues viniendo aquí? Sabes que te buscaré, y que no hay nada que me guste más que joder.

—Ya sé —masculló, quitándose el cabello del rostro, sin mirarlo a la cara. Al parecer, el muchacho estaba empecinado en hurgar en su interior. —No puedo dormir con gente desconocida —y ella se estaba ablandando.

—¿Qué?

La Ravenclaw rodó los ojos y se explicó mejor, ocultando un poco su incomodidad girando la cabeza.

—Que no puedo dormir rodeada de personas que no conozco —murmuró. —Me asfixio.

—¿Hablas de tus compañeras? —se sorprendió Sirius, sin terminar de entenderlo. Ella asintió sin palabras. —¿Y cómo hiciste los últimos seis años?

—Me escapaba aquí o dormía en la sala común.

—Estás pirada. De verdad —constató el muchacho, perplejo. Es que esa Ravenclaw tan diferente al resto de las águilas no dejaba de sorprenderlo. Se sacudió la incredulidad y se armó de su sonrisa más petulante. —O sea que podríamos decir que prefieres mi hermosa presencia antes que estar en tu habitación.

Al formularlo de esa manera, sonaba incluso más irreal. Mar chasqueó la lengua, dándole la espalda.

—Eres el mal menor, supongo.

—No mientas —sonrió él, palmeándole el hombro con confianza. —Estoy seguro que empiezo a caerte bien.

—Sigue soñando, Sirius.

—Está bien —se rió el aludido, complaciente. La atajó por el brazo y la obligó a girarse para clavarle sus ojos en su rostro. —Tampoco puedo llevarme bien con personas a las que no puedo verle los ojos, ¿sabes? Da grima —canturreó, acercándola a él, amenazante, recorriéndola entera con esa mirada oscura y penetrante. —Como si no pudiese adivinar si me miras o quieres echarme un maleficio.

—¿Cuál es tu problema? —espetó Mar, sacudiéndose con rabia el agarre, para alejarse de él. Una vez fuera de su campo de influencia, las palabras de Sirius calaron en su mente y se dio cuenta de lo ridículo que sonaba. Casi le dieron ganas de reír.

—Acabas de confesar que no duermes por las noches, McKinnon, mi problema es mucho menor.

Pero el tono de Sirius perdió fuerza cuando Mar, presa del impulso, dio un paso acortando de nuevo la distancia entre ellos y, poniéndose rápidamente en puntillas para llegar al menos hasta la nariz del muchacho, lo observó desafiante, con los ojos muy abiertos y las ambas manos descorriéndose el flequillo, despejándole por completo la mirada. —Ah, mucho mejor.

La imagen de Mar en esa guisa quedó grabada en la retina de Sirius por un segundo más del que duró, porque enseguida la muchacha abandonó su pose desafiante y depositó los talones en el piso, pasándose la palma para volver a peinarse los rizos.

—No quiere decir que no intente hechizarte —comentó en tono neutro a la par que recogía sus zapatos. —A veces lo mereces.

—Siempre lo merezco —la corrigió Sirius, ya compuesto, armándose con su mejor sonrisa engreída. —Buenas noches, Mar.

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17 de Diciembre de 1977

—Hola Lily.

—Buenos días.

—Linda coleta.

El movimiento de la joven, que estaba ordenando algunos libros en su mochila para marcharse hacia la biblioteca al terminar la práctica se detuvo por una fracción de segundo al oír la voz casual de James. Para cuando levantó los ojos, sin embargo, el muchacho ya estaba corriendo con su varita los pupitres para hacer espacio, y Remus le sonreía en la esquina.

Regresó a lo suyo, restándole importancia. Su palma, inconsciente, se elevó hasta la parte superior de su cabeza y se pasó la mano por el cabello, asegurándose que todo estuviese en su sitio. Se había amarrado el pelo en una coleta alta porque la noche anterior se había duchado muy tarde, luego de quedarse estudiando con Kerry-Anne. Esa mañana, se había despertado con el cabello seco y ondulado, y su respuesta a la falta de tiempo para tomar otra ducha había sido amarrarlo bien sobre su coronilla.

—Todo bien, Lily? —preguntó Remus con suspicacia, y Lily disimuló el susto que le había dado al apostarse a su lado, sumida en sus pensamientos.

—Sí, claro —afirmó la muchacha con rapidez, guardando sus cosas en la mochila que aún tenía en la falda y sacando su varita. James ya había terminado de despejar el aula e incluso había echado algunos de los encantamientos protectores que solía realizar Lily —se había obcecado en aprenderlos la semana pasada y la pelirroja se asombraba de la destreza del joven, incluso cuando Encantamientos no era su materia destacada—.

—Y Sirius y Peter? —inquirió cuando se percató del inusitado silencio a pesar de que sus compañeros ya habían llegado.

—Estarán al caer —le respondió James con una sonrisa que volvió a poner incómoda a Lily. No se acostumbraba a que James la tratase así, si apenas terminaba de asimilar que su período de enfrentamiento hubiese concluido. Lily sentía que se había perdido el momento en el que habían firmado la tregua.

—Hola.

Mar ingresó con su sigilo habitual, sin mirar a nadie.

—Buen día, Mar —correspondió Remus con su amabilidad eterna. James terminó lo suyo y se volteó hacia el resto de muy buen humor. Sus ojos se detuvieron por un instante en Lily antes de pasar a la recién llegada.

—Vaya pinta —soltó, genuinamente sorprendido. —¿Los Ravenclaw tienen fiestas hasta tarde?

—Alguien dijo fiesta?

Sirius entró bostezando de manera exagerada, con Peter a la zaga. James chocó los cinco con sus amigos y señaló a Mar, que continuaba impertérrita.

—Parece que McKinnon trasnochó —comentó, burlón. —Los rumores son ciertos entonces.

—A qué te refieres? —inquirió Peter que se frotaba el rostro para quitarse los restos de sueño.

—A que Gryffindor no es la única casa que tiene grandes festejos en su Sala Común.

—No sé por qué pensarías eso —intervino Remus, intercambiando una mirada con Lily. —Lógicamente cada casa tendrá sus razones para festejar.

—¿Estuviste de juerga anoche, McKinnon? —canturreó Sirius ignorado la pequeña polémica del resto y acercándose peligrosamente a la Ravenclaw. Mar solo levantó la vista y la clavó dote Sirius, sin respuesta alguna.

—Podría decir lo mismo de ti, Black —replicó Lily con acidez, interviniendo en favor de su amiga. —Pareces un panda.

La sonrisa de Sirius se acentuó, peligrosa y la Gryffindor enseguida entornó los ojos con desconfianza, pasándola por los presentes.

—Espera... ¿hicieron algo ilegal?

—Qué mal concepto tienes de nosotros, Lily —respondió James, fingiendo ofensa sin perder el bueno humor. —Jamás haríamos algo así.

—Sí, claro —le comentó Peter por lo bajo a Sirius, compartiendo una risa entre dientes. Remus puso los ojos en blanco y se dirigió a la pelirroja.

—No te preocupes, solo nos fuimos a dormir.

—Habla por ti —se ofendió Sirius, enarcando ambas cejas. —Yo estuve con una chica.

Su mirada revoloteó de la mueca de desagrado de Lily hasta Mar, donde se detuvo para taladrarla con su expresión sugerente. Por detrás, Peter continuaba riendo por lo bajo y James hacía esfuerzo por no sumarse a su amigo.

—¿Tu también estuviste con alguien anoche, Mar? —Sirius paladeó la pregunta con gusto y provocó la alarma de Remus que hasta el momento, intentaba ignorar las estupideces del joven.

Lily miró con sorpresa a Marlenne que no había variado su posición, parpadeando.

—No.

La carcajada de Sirius inundó el lugar y James ya no pudo aguantar más la risa entre los labios. Lily suspiró, su estupidez había batallado bien.

—Me da pena tu compañía, McKinnon —afirmó Sirius, sin abandonar esa sonrisa peligrosa. —Pensará que no lo quieres.

Mar se irguió en toda su estatura, que no era demasiada y se acercó dos pasos para enfrentar a Sirius, sorprendiendo nuevamente a su amiga y a Remus, que intercambiaron una muda interrogación que para ellos no tenía respuesta.

—Pues que piense lo que quiera.

Sirius se deshizo de su mueca trabajosamente impostada y sus comisuras se elevaron con sinceridad, aguantándole la mirada y la silenciosa provocación de la chica. Vaya con Mar, nunca terminaba de comprenderla.

—Bueno, bueno, a trabajar, ¿verdad? —llamó la atención James, que había recuperado algo de seriedad, dando dos palmadas al aire. —Sino se nos irá la mañana, por mucho que nos interese la vida privada de Marlenne.

—Que nos interesa —puntualizó Sirius. —Mucho.

—Sal de aquí, Black, y busca tu varita —lo increpó Lily, empujándolo con la palma sobre el pecho para que se alejase de Mar, presa de un impulso. El muchacho se había mantenido a un palmo de su amiga y a la pelirroja se le había antojado como un oso, enorme y amenazante, sobre un pequeño animalito indefenso. Aunque sabía que el tamaño de Mar no era vara para juzgar su fuerza, un escalofrío la había recorrido al verla a merced de Sirius.

—A trabajar.

Lily se sacó rápidamente esa sensación del cuerpo y dedicó el resto de la mañana a evitar la mirada y los gestos atentos de James que parecía empecinado en probar algo. El problema era que ella no tenía idea qué quería probar. O a quién.

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¡Hola a todoooooos!

Los Stats de Fanfiction me han confirmado que en Septiembre, he logrado mantener e incluso superar la misma cantidad de lectores que en Agosto, lo que me atrevo a suponer que significa —además de ser el número más grande de público que he tenido jamás— que todos los que me han leído han regresado a por más. Y eso me hace muy feliz.

¿Cómo han estado? Yo estuve particularmente atareada, pero conseguí traer el capítulo sin problemas. De hecho, no me trajo casi complicaciones porque tenía ya todo pensado, solo que me ha fallado el tiempo para escribirlo. El plan original era adelantar un poquito y conseguir una actualización más en Septiembre pero no lo conseguí, lo siento. Como siempre, sigo estirándome montones pero les prometo que tendrá recompensa. En el próximo volveremos por última vez a Hogwarts —y a Escocia— antes de dar el salto temporal, ojalá les guste.

Así que, ¿qué les ha parecido el capítulo? Me divertí mucho dejando caer algunas tonterías de nuestro mundo y mencionando ciudades reales y tal.

Esta vez hay un poco más de emoción que en el anterior, y mucho Sirius y Mar, lo sé. La verdad es que leí de varias personas que quedaron muy enganchadas con esta pareja y me sigue dejando a cuadros. No me malentiendan, yo ADORO a Sirius, lo amo muy fuerte, pero entiendo que objetivamente es alguien difícil de tratar y además, seamos sinceros, es un poco insoportable. O mucho. Y por otro lado, creé a Mar pensando básicamente en algo diametralmente opuesto al personaje de Sirius, que es todo pasión e impulso. Mi Mar es difícil de tratar, también, pero por apática. Por ambigua. Y quería darle a Sirius una pareja —o lo más parecido a una pareja— que fuese diferente, única: que se saliera de los canones generales de la chica tímida o la chica envalentonada que suelen leerse en los fics. Vamos, quería buscar un poco de originalidad. Pero siempre tuve en mente que no serían populares, y su interacción sería a los tumbos, pedregosa, complicadísima. Objetivamente, no están hechos el uno para el otro —y perdón si rompo algún corazón por mi sinceridad—, así que me sorprende y me hace gracia el apoyo que tienen.

Para los fans, en resumen, la mejor parte de ellos está empezando, así que de ahí su protagonismo en este capítulo y en los próximos. Pero no me he olvidado del resto, ¡lo prometo!

Nada, no tengo mucho más que decir. Como siempre, los aliento a contarme qué les está gustando de la historia y qué no, o simplemente, por qué siguen del otro lado leyendo los desvaríos de esta autora. ¡Los espero con muchas ansias, así que anímense! Por otro lado, en estos días abrí una cuenta de Twitter especial para el mundo fan, porque mi cuenta personal, además de usarla muy poco, la utilizaba para otros fines. Pueden encontrarme entonces como CeciTonks y si no tienen cuenta en FF o les da pereza enviar review, pueden hacerme llegar ahí sus comentarios, sugerencias o lo que quieran, simplemente cotillear o discutir algún tema del mundo fan. También, si es de interés, estaría subiendo algunos fragmentos, y posiblemente adelantos de los próximos capítulos, sin mencionar bobadas de todos los días. ¡Los espero!

No me queda más que decir. Nos leemos en quince días, como siempre.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.