Hola a todos :) Hoy vengo con la primera parte del siguiente capítulo, que sí, lo he dividido en dos para no tardar tanto entre publicación y publicación, y también porque de otra forma iba a quedar muy largo. En cualquier caso, ¡espero que lo disfrutéis!

J: ¡Muchas gracias! Espero que no haya sido larga la espera esta vez. Espero que lo disfrutes ^^


XVII. Lazos

Parte I

«Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.

Nescio: sed fieri sentio et excrucior.»

Catulo

(Odio y amo. Por qué hago esto, podrías preguntarte.

Lo ignoro, pero así me siento y me torturo.)

Después de dedicarle varios pensamientos, Misa había salido hacia el apartamento de Light pese a que este le había dicho que no tenía tiempo para que se vieran aquella tarde. Bueno, no era un problema. Ella no pensaba distraerle ni molestarle, solo quería estar con él y demostrarle que se podía alzar a su lado. A diferencia de lo que muchos pensaban, Misa no era tonta, aunque podía fingir serlo sin problemas y, sin duda, desde hacía mucho había tomado la vía de la ignorancia con respecto al amor de Light. Porque tal vez él no la amara ahora, pero ella lograría que llegara a hacerlo… algún día. Tal vez. La sangre le hervía cada vez que pensaba en la misteriosa chica con la que Light había tenido una aventura, mas descartaba aquel sentimiento enseguida; al fin y al cabo, a la hora de la verdad Light la había escogido a ella.

Misa llegó al apartamento y entró por el portal sin la necesidad de llamar al timbre, saludando a la par a una amable anciana que le había sostenido la puerta al verla dirigirse al interior. Ryuk la seguía en silencio, invisible a los ojos del mundo. Eran las siete y media de la tarde cuando pisó el rellano en el que vivía Light y tocó el timbre. No hubo respuesta de inmediato, ni tampoco cuando Misa llamó una segunda, tercera y hasta una cuarta vez.

Pensó entonces que era muy raro. Light había dicho que estaría en casa. ¿Por qué no contestaba? Con una sensación de malagüero, Misa le pidió a Ryuk que echara un vistazo dentro —aprovechando que podía atravesar paredes y todo eso—. Este lo hizo tras un instante de duda y Misa aguantó la respiración sin saber qué iba a encontrarse. Nunca se hubiera imaginado la verdad. Cuando Ryuk salió y dijo en un tono socarrón que parecía que a Light le había petado la patata, Misa sintió que el mundo se hundía bajo sus pies y la oscuridad la engullía. Llamó a una ambulancia de inmediato y con la ayuda de unos vecinos consiguieron derribar la puerta del apartamento de Light. Este se hallaba yacente, inmóvil en el suelo, pálido y con regueros de sudor deslizándose por su rostro.

En lo único en lo que Misa pudo caer antes de que llegara la ambulancia, fue en esconderse las hojas del cuaderno de muerte. Porque, aunque a ella no le importaba lo más mínimo su misión de purificar el mundo en aquel momento, con la vida de Light peligrando, sabía que este se enfadaría de no ser ella cuidadosa… si es que se recuperaba.

El trayecto hacia el hospital, con la sirena sonando como un graznido fatal y con la imagen de Light tumbado mientras le aplicaban el electro, le parecería más tarde una experiencia extracorporal, perteneciente a otra persona, como si el mundo de lágrimas que había derramado no fuera suyo y el pecho no se le hubiera congestionado de miedo.

Misa alzó la mirada al distinguir unos pasos raudos dirigirse en su dirección desde el fondo del corredor que llevaba a la sala de espera de urgencias, donde ella se encontraba. No tuvo duda de sus identidades incluso antes de que las personas dieran la vuelta al recodo.

—Sr. Yagami…

Su voz emergió temblorosa cuando el hombre, seguido de los demás miembros del cuartel excepto Mogi, llegó a su altura.

—¡Misa! Light… ¿¡Cómo está mi hijo!? —gritó, sacudiéndola bruscamente por los hombros.

En otra situación acaso le habría causado dolor la fuerza empleada por el padre de Light en su descompostura, pero Misa no se encontraba mucho mejor. Poco o nada podía camuflar el dolor que sentía por el estado de Light.

—Es… —empezó, pero no pudo continuar; en cambio, dirigió una mirada a la sala de urgencias, donde la luz roja permanecía encendida—. N-no han dicho nada aún.

Las manos gruesas de Soichiro trepidaron con la fragilidad de una hoja sobre sus hombros antes de liberar el agarre. Con los ojos enrojecidos del llanto, vio cómo su suegro se tambaleaba hacia atrás; su rostro descompuesto con desolación e incredulidad. Matsuda y Aizawa lo sostuvieron por detrás, ambos lucían semblantes circunspectos. Vagamente, Misa percibió que Ryuuzaki y Watari también habían venido, y que el primero estaba aún más pálido de lo normal —si es que eso era posible—.

—¿Pero qué es lo que ha pasado, Misa? —preguntó Aizawa una vez hubo ayudado a sentarse a su compañero— ¿Estabas tú con él cuando pasó, verdad? Nos dijo que había quedado contigo…

Matsuda, que se había sentado junto a Soichiro y mantenía una mano en su hombro en señal de apoyo, también la observó. Tras limpiarse las lágrimas, Misa sacudió la cabeza.

—Habíamos estado juntos, p-pero yo ya me había ido —improvisó a sabiendas de que no era buena idea descubrir la mentira de Light en cuanto a sus planes—. A medio camino me di cuenta que se me había olvidado la cartera en el piso de Light, así que volví a buscarla… Pero Light no contestaba al timbre y me pareció muy raro, así que pedí ayuda a los vecinos para abrir la puerta y entonces fue cuando lo encontré d-desmayado. —Le tembló el labio al hablar y se obligó a tragarse el sollozo que pugnó por salir a flote—. ¡Enseguida llamé a una ambulancia! Le estuvieron aplicando electro por el camino.

Matsuda y Aizawa asintieron. De fondo, oyó a Ryuk decir algo entre dientes, pero no le hizo caso. Estaba furiosa con el Shinigami porque este no le había querido decir si Light se iba a recuperar; él podía saberlo, saber la gente que moría cada día…

Después de un momento de tenso silencio, funesto y ondulante, que se extendió por las blancas y desoladas paredes de aquella zona del hospital, solo con la compañía de una muy anciana mujer recluida en una esquina, Soichiro pareció recobrar un poco la compostura y se pasó una mano por cara y frente, limpiándose el sudor.

—Tengo que avisar a mi mujer.

Sacó el móvil del bolsillo de su abrigo. No se dijo nada más en un largo periodo de tiempo.

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Era un día triste para la familia Yagami. Hacía ya un tiempo indeterminado que el resto de la familia había llegado al hospital, incluso Sascha se hallaba allí, si bien visiblemente menos alterado que los demás, sí taciturno. Sachiko y Sayu se habían echado a llorar en sus brazos nada más verlo y, mientras las apretaba con fuerza, Soichiro creyó que a él mismo le podía dar otro paro cardíaco de la impotencia, la desesperación y la culpabilidad que le embargaban.

Aún no tenían noticia del estado en el que se encontraba Light. La espera parecía más eterna que el mismo flujo del tiempo. Hiroaki y Aizawa habían ido a por unas bebidas hacía un rato a la máquina expendedora de la planta baja, pero habían vuelto ya.

Soichiro no había llorado, pero llevaba todas esas lágrimas por dentro, lágrimas que podrían perfectamente ser ácido por la forma en la que le estaban corroyendo el alma.

—Es culpa mía —murmuró de repente, rompiendo el silencio y provocando que varios pares de ojos le miraran—. Es culpa mía que Ligt este así, si yo no hubiera sido tan duro… —sus palabras murieron cuando sintió la presión de la mano de su mujer contra la suya.

Si hubiese sabido ser un buen padre…

Pero junto al tácito apoyo de su mujer, fue Matsuda el que habló.

—No diga eso, jefe. No es su culpa de ninguna forma.

Si hubiera sabido comprender sus problemas… Ser confiable para él.

Para sorpresa de todos, Sayu arrancó a llorar.

—Es mía… es mía… y-yo lo presioné, yo… —ahogó un sollozó entre sus manos, encogida sobre sí misma y derramando un desconsuelo crudo.

—Sayu, hija…

Quiso levantarse e ir hacia ella, que estaba sentada al lado de Sascha. Pero Matsuda se levantó primero como movido por un resorte y, por alguna extraña razón, con una intención transparente de consolarla. Antes de que llegara, sin embargo, el brazo de Sascha había envuelto a su prima y la había recostado contra su pecho firmemente. El llanto de Sayu incrementó en angustia como reacción al contacto humano, como si este quisiera aferrarse a ese consuelo que Sascha trataba de brindarle. Sascha, cuya expresión permanecía imperturbable como la de un querubín; una pequeña arruga en el entrecejo y la vaga y oscura caída de sus ojos la única pista de su aflicción.

Si a alguien le sorprendió el gesto altruista de Sascha, nadie manifestó dicha sorpresa.

Matsuda, que por un instante pareció haberse congelado en medio del pasillo, desvió la mirada hacia el suelo.

—No es culpa de ninguno de vosotros. No es culpa de nadie. Seguro que Light se recupera, se recuperará pronto. Ha estado… parecía sometido a mucha presión últimamente.

—Él no parecía tan mal —intervino Misa, sentada a un lado de Tiana.

«No, supongo que no conoces tanto mi hijo» meditó Soichiro débilmente. «Pero, de nuevo, ¿quién soy yo para echar algo como eso en cara? Es mi hijo y yo mismo no lo conozco en absoluto. Probablemente nadie lo conozca de verdad». No era una persona fácil de conocer, ese hijo suyo. No entregaba su alma a cualquiera, ni tampoco su confianza. Pero entonces, como sacudido por un relámpago, sus ojos se clavaron en el excéntrico detective, de pie junto a Watari, su lío de cabello negro parecía una mancha de tinta sobre la nívea pared de enfrente.

—Sabía que había estado actuando muy extraño últimamente. Light, mi niño…

—Se esforzaba demasiado el muchacho —suspiró Hiroaki.

Las voces de su mujer y su cuñado eran un tenue murmullo sofocado por el chasquido de los engranajes de su mente tratando de encajar las piezas de un puzzle que parecía imposible de resolver. Vegando en ese limbo insustancial, su mirada permaneció enfocada en el escuálido detective, sus pensamientos corriendo, casi galopando.

«¿Él era tu amigo, Light? Dijiste que lo era y que lo apreciabas. Pero entonces de un día para otro os estabais peleando para luego soltaros pullas amistosas y luego, sin más, ignoraros como si no fuerais más que dos completos desconocidos. Parecía ser un lazo fuerte, el de Ryuuzaki y tú compartíais. Al menos, esa era la sensación que yo tuve». Un suspiro escapó de su boca y se llevó con él el aire que no sabía que había estado reteniendo. Ryuuzaki, L, no había dicho ni una palabra en todo el rato que llevaban allí —que no era poco—. Su postura era rígida contra la dura e impersonal pared y mantenía la cabeza gacha y la típica actitud de alguien encerrado en sí mismo. No había expresado emoción alguna, ni por medio de palabras ni por medio de su rostro, que permanecía oculto tras una velo de cabello azabache. Y, no obstante, Soichiro sabía, de algún extraño modo sabía, la gran magnitud de un dolor que era crudo y desgarrador.

El ruido de la puerta de urgencias abriéndose lo sacudió de su ensimismamiento a tiempo de levantarse junto a su mujer.

—¿Señor y señora Yagami?

—Somos nosotros. ¿Cómo está nuestro hijo?

El semblante del hombre, alto, entrado en años y vestido con el atuendo de médico, podría haber significado cualquier cosa.

—No se preocupen, su hijo está bien. —Pareció como si todos volvieran a respirar a la vez—. Ha sufrido un paro cardíaco debido a una alta dosis de estrés, según su estado hemos podido comprobar síntomas de taquicardia, seguramente a raíz de hiperventilación, y de tensión alta por el mencionado estrés. Se le han tenido que aplicar electros de camino y al llegar al hospital. Se ha descartado lipotimia por exceso de dióxido de carbono así como cualquier daño severo en el corazón. Ahora mismo se le está administrando solinitrina vía venosa para dilatar venas y arterias. —Hizo una pequeña pausa, intercalando entre mirar a los dos padres—. Lo que necesita es descansar, no tiene ningún problema del corazón que le haya conducido al infarto. Pero sobrecargarse de trabajo no es bueno, tampoco someterse a grandes choques emocionales.

—Oh, gracias a Dios, Light…

—Por supuesto, Doctor —asintió Soichiro enseguida, notando como su mujer temblaba a su lado a la par que oía a su cuñada suspirar de alivio—. ¿Hasta cuando va a quedarse en el hospital?

El profesional asintió, pensativo.

—Debería quedarse unos días para que podamos ver cómo evoluciona. Le daremos el alta en función de eso. —Soichiro estuvo conforme de ese modo, Light no tenía porqué apresurarse en volver al trabajo. El médico les dedicó una sonrisa indulgente y añadió—: Ahora vamos a trasladarlo a una habitación en la planta superior, donde podréis pasar a verlo en turnos de dos personas. Aunque todavía tardará un rato en despertar, si es que no duerme del tirón, está bajo los efectos analgésicos. Oh, y asegúrense de decirle que se tome las cosas con más calma. Es joven.

—Se lo diremos —afirmó Soichiro tratando que la culpa no se reflejara en su rostro.

Se apresuraron a dar las gracias al doctor, que, tras inclinar la cabeza en un ademán cortés, encaminó sus pasos hacia la anciana cuyas manos se frotaba angustiosamente.

Al llegar a la planta superior, con su hijo ya trasladado, él y su mujer fueron los primeros en entrar. Después de haber visto la palidez de su rostro en un fugaz instante cuando lo habían sacado de la sala de Urgencias en la camilla, el nudo en su pecho se convirtió en una molestia notablemente más liviana una vez que pudo escrutar a su hijo detalladamente y en tranquilidad con sus propios ojos.

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La calidez de la mano de Watari sobre su hombro, junto a las palabras de efecto inmediatamente balsámicas del médico, por poco le habían hecho derrumbarse falto de fuerzas. Por suerte, no lo había hecho. Hubiera sido patético, casi tan patético como el hecho de que aún permaneciera en ese enfermizo hospital pese a saber que Light estaba bien, casi tan patético como el hecho de que hubiera subido a la planta del cuarto donde habían asignado a Light.

Suspiró interiormente y deseó por un instante que Watari lo arrastrara fuera de aquel lugar a la fuerza si hacía falta. ¿Qué sentido tenía, en cualquier caso?

Como reaccionando a sus pensamientos, el padre del universitario salió del cuarto unos minutos después de haber entrado solo para verse abrumado por la histeria de las dos jóvenes chicas: la novia y la hermana del paciente. «Bonito cuadro» pensó Ryuuzaki, sarcástico. Ahora que su pavor masoquista por la posibilidad de que algo le hubiera pasado a su más querido asesino en masas obsesionado con matarlo se había visto remitido, podía volver a ser un poco menos Elle y un poco más L, el detective. Sí, se encontraba de un humor crispado, no se lo iba a negar a su propia cabeza. Oteó las expresiones de los demás allí presentes, analizando lo que las posiciones de sus cuerpos hablaban. La tensión había desaparecido prácticamente por completo, si bien todavía reinaba el apocado sentimiento general del susto. Todos se habían acercado a Soichiro cuando este había salido, y Sayu, que había permanecido cerca de Sascha hasta el momento, fue la primera en entrar al cuarto, donde aún se encontraba la madre de Light. No pudo evitar advertir la mirada anhelante que Matsuda le dirigía a la joven Yagami mientras esta atravesaba la puerta. De forma inconsciente también, percibió que la penetrante mirada glacial del primo de Light no se apartaba de Misa. De Misa que…

—Ahora saldrá Sachiko y podrás entrar tú, Misa. —Oyó como Soichiro calmaba a la modelo; por alguna razón, el largo suspiro de agradecimiento que esta soltó en consecuencia le dieron a Ryuuzaki ganas de tirarla por la ventana del fondo. No lo haría, claro. Viendo a Sascha de nuevo, se encontró inclinado hacia un humor negro. Parecía que allí todo el mundo miraba a la persona equivocada.

Incómodo, cambió su peso de un pie a otro mordiéndose el pulgar y echando un vistazo de reojo a Watari, que estaba distraído con la conversación del padre de Light. «Realmente debería irme».

—No hace falta que os quedéis todos aquí ahora que sabemos que está bien. Deberíais iros a descansar, de todas formas está dormido.

Hubo algunos asentimientos a las palabras de Soichiro.

—Sí, nosotros vendremos mañana —dijo Hiroaki, refiriéndose a él y a su familia—. ¿Vais a quedaros tú y mi hermana con Light esta noche? Si es así Sayu puede venir con nosotros.

—Sí… sería lo mejor, ella necesita descansar. Aunque no sé si querrá despegarse de su hermano.

—La traeremos mañana en cuanto despierte —aseguró la tía de Light con una sonrisa amable.

El asentimiento agradecido del antaño jefe de la policía japonesa fue falto de ánimo, lento y derrotado. Las bolsas bajo los ojos que tan comunes se habían vuelto en él durante los últimos meses parecían haberse calcado sobre su piel de forma permanente. Probablemente, él era quien más necesitaba un descanso entre todos los allí presentes.

Al parecer, Ryuuzaki no era el único en compartir dicha opinión.

—No quiero entrometerme, pero creo que usted debería ir a descansar, jefe. —Todos voltearon hacia Matsuda haciendo que este se sonrojara y agitara las manos en un ademán torpe—. N-no ha estado teniendo un buen tiempo las últimas semanas, lo que menos necesita su familia ahora es que a usted también le dé un patatús.

Aizawa frunció el ceño.

—Mm, Matsuda tiene razón —dijo. Luego viró su mirada hacia su antiguo jefe—. Deberías descansar al menos esta noche.

—No quiero dejar a mi mujer sola y…

Antes que que nadie más pudiera pronunciar su ofrecimiento para quedarse, Misa cazó la oportunidad al vuelo, jugueteando con los dedos mientras hablaba.

—Sr. Yagami, yo podría quedarme con la madre de Light. No me importa. Además… No quiero dejar a Light solo, ¿qué clase de novia sería?

Sascha soltó un resoplido que rozó algún punto entre el fastidio y la socarronería. Pese a ser él, Ryuuzaki no pudo dilucidar con certeza cuál de las dos emociones dominaba más en el chico; digno primo de Light, no era alguien fácil de leer de buenas a primeras.

Después de un repetitivo intercambio de palabras, al fin se decidió que sería Misa la que se quedaría con Sachiko aquella noche para hacer compañía a un inconsciente Light. Si esto le causó a Ryuuzaki un ardor doloroso en las entrañas… bueno, era algo a lo que se había acostumbrado de sobras. En momentos como aquel lo mejor era no dejar que los recuerdos de Light, del antiguo Light, salieran a flote.

Los tíos de Light y Sascha fueron los primeros en irse, pero pocos minutos transcurrieron antes de que Matsuda y Aizawa hicieran un pensamiento y con ello a Ryuuzaki se le acabara la suerte que le había permitido pasar desapercibido hasta entonces. Fue como si, de pronto, los otros fueran conscientes de su presencia y la de Watari en el hospital —todos excepto Misa, que se había sentado en silencio junto a la puerta, ajena a todo lo demás—.

—Vosotros también os vais, ¿no, Ryuuzaki? —preguntó Aizawa refiriéndose a él y a Watari—. Supongo que en unas horas tenemos que estar la oficina —murmuró para sí mismo echando un raudo vistazo a la hora.

—¿Señorito?

Sin mirar a Watari, el aludido se relamió los labios, pensativo, entretanto sentía los ojos de Matsuda clavados en su persona como si fuera la mirada crítica de un juez.

—En realidad, antes de marcharme me gustaría tener unas palabras con el Sr. Yagami si es posible.

Hubo una pequeña pausa y Soichiro le miró entonces. Realmente le miró.

—Por supuesto —asintió—. No hay problema.

Ryuuzaki ignoró hábilmente la mirada curiosa de Aizawa, así como la expresión de sorpresa en la que se había transformado el antes circunspecto semblante de Matsuda. «Ameba» pensó, mientras los dos ex-policías se alejaban por el comedor.

Con Watari fundiéndose contra la pared cual estatua, en un disciplinado ademán paciente, Ryuuzaki se alejó unos pasos de la puerta que daba a la habitación de Light seguido por el padre de este. Una quietud estática flotaba en la atmósfera, y el olor enfermizo a desinfectante, propio de los hospitales, creaba volutas invisibles de malestar. Cuando volteó para encarar al otro hombre lo hizo sin prisas, sin alterarse y sin emoción.

—Sé que esto le va a sonar extraño, pero me gustaría poder entrar a ver a su hijo… si es posible.

La entonación fue esbozada en un meticuloso batiburrillo de neutralidad y ligereza. Pero, aunque trató de aguantarle la mirada al padre de Light, se encontró desviando las cuencas oscuras antes de lo esperado. Nunca se había fijado en lo interesante que era contar las baldosas del suelo, sí.

—No necesitas pedirme permiso, claro que puedes. —Se pasó una mano por la cara y frunció el ceño, aparentemente agobiado—. Hace tiempo que me quedó claro que de alguna peculiar forma tú y mi hijo sois amigos. Es… En fin, supongo que no tendría que sorprenderme en realidad. Ambos sois extremadamente inteligentes, es razonable que…

—Light y yo no somos amigos, Señor Yagami —cortó casi sin pensar, de forma precipitada.

Soichiro parpadeó confuso entre los huecos de sus dedos antes de dejar caer la mano inerte a un costado.

—¿Es así? Mi hijo… —Se interrumpió sacudiendo la cabeza, un profundo suspiro escapó de entre sus labios antes de continuar con algo más de entereza—. Soy consciente de que no puedo presumir de ser una figura cercana para Light, la educación que mis propios padres me inculcaron fue todo lo contrario. Respeto y distanciamiento. Sin embargo, la sociedad evoluciona y puedo darme cuenta de que los valores del pasado ya no son igual de efectivos.

Ryuuzaki lo contempló con paciente silencio, esperando porque el atormentado hombre retomara la palabra.

—Nunca fui cercano —admitió, y su voz se resquebrajó un poco—. Pero lo he estado intentado últimamente, lo he intentado… Light parecía tan… —gesticuló, frustrado— agobiado, triste e irascible. Que supe que tenía que hacer algo y tratar de acercarme a él. La situación que está viviendo no es fácil, con todo lo del caso Kira.

Un nudo comprimió el pecho de Ryuuzaki ante la mención del asesino. Soichiro levantó la mirada entonces, y sus ojos se encontraron con los del detective.

—Lo que quiero decir, Ryuuzaki, es que tal vez no he sido el padre más cariñoso que puede haber, ni el más cercano, pero aún así creo que puedo asegurar que mi hijo te tiene aprecio.

«Me tenía, quizá.»

—Y tú también a él… si me permites el descaro.

—Se lo permito.

—Pero puedo ver que algo os ha distanciado —opinó, ignorando su acotación; su tono endureciéndose—. Algo que no puedo saber si nadie me lo explica y que sospecho que tiene relación con el recientemente volátil comportamiento de Light.

Por supuesto, Soichiro quería saber. Quería saber cosas que probablemente no estaba preparado para escuchar. El fulgor vehemente rielando en sus ojos daban buena cuenta de su determinación.

—No es mi asunto como para ir contándolo —pronunció Ryuuzaki, apenas sin despegar los labios—. Puede preguntárselo a Light.

—¿Crees que no lo he intentado? ¡Light no me dirá nada! —rugió; su expresión sacudida por un sin fin de emociones, su voz, al mismo tiempo, temblando como una hoja aterida de frío—. Light no me dirá nada… —repitió en un murmullo—… porque él está acostumbrado a guardarse las cosas para sí mismo. Pero esto… esto lo está destruyendo. Puedo verlo.

Una breve pausa que se antojó eterna se extendió entre ellos. Ryuuzaki no pudo evitar sentirse un tanto sorprendido por el desfile de emociones crudas que el normalmente sereno hombre estaba dejando salir a flote. «Debe estar en su límite, también. Y para más escándalo una culpa que no le pertenece le corroe por dentro», reflexionó viéndole apretar los puños con fuerza, la cabeza gacha y los hombros caídos en una burbuja de impotencia.

Después de un momento, en el que Ryuuzaki quiso decir algo pero no supo el qué, Soichiro volvió a hablar, con sus ojos mirándole de nuevo.

—Te lo estoy suplicando, Ryuuzaki. Dime lo que sea. Lo que sepas, por mínimo que sea, está bien.

El detective abrió la boca. Inquieto, se removió. La expresión dura y desolada de un padre era más perturbadora de lo imaginable.

—Ryuuzaki.

—… Es complicado —musitó al fin.

—Eso no importa, necesito…

—No, no lo entiende —atajó Ryuuzaki alzando el tono ligeramente, pero sin abandonar del todo la neutralidad en su voz—. Es complicado y no es algo que esté en sus manos solucionar.

Pero Soichiro no se dio por vencido.

—¿Tiene que ver con el caso Kira? ¿o con esa chica que Light dijo que le gustaba? —añadió en un susurro, desviando la vista hacia atrás, donde Misa se encontraba—. ¿Tiene…?

—Todo lo que tenga que ver con su hijo tiene que ver con el caso Kira.

Los ojos de Soichiro se abrieron como si acabara de recibir una bofetada.

Pausa.

—¿Quieres decir que aún sospechas de él?

—Nunca he dejado de hacerlo. Su hijo es Kira —añadió, con una mordacidad nacida de su propio dolor y del hastío que le estaba causando la terquedad del japonés—. Solo necesito demostrarlo. En cuanto a la chica, obviamente no estaba entre las prioridades de Light. Ahora si me disculpa, debo irme.

Había sido más tajante de lo que había pretendido, pero había sido inevitable. Sus nervios estaban a flor de piel y notaba un hormigueo extraño, como tenazas de hierro, oprimiéndole las entrañas. No obstante, justo cuando iba a pasar junto a Soichiro para ir a buscar a Watari, una mano se cerró flojamente sobre su muñeca izquierda.

—Querías entrar a verlo. Avisaré a mi mujer para que salga un momento.

Ryuuzaki no hizo ademán alguno de haberlo escuchado, empero tampoco se fue.

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El cuarto de hospital se encontraba sumido en una mansa oscuridad. Las sombras serpenteantes apenas eran deshilachadas por suaves franjas de luz de luna que se filtrándose a través de la ventana, creando un efecto vaporoso al deslizarse entre los pliegues de esta. Sólo había un par de sillas y una cama enjuta y sencilla. El cuerpo de Light simplemente yacía.

Tras oír en un vago chasquido el ruido de la puerta al cerrarse, Ryuuzaki recortó la distancia que lo separaba de su locura. Y de su humanidad.

Sus lunas negras lo contemplaron un segundo, el nudo de la indecisión oprimiéndole el estómago y enfriándole las venas mientras trataba de sopesar cómo actuar. En pocos segundos, echó un mirada sesgada a la silla, se frotó las manos un par de veces contra el rugoso tejido de sus tejanos y se relamió los labios siete. Finalmente, optó por tomar asiento, aunque fuera por refrenar esa incómoda sensación de gravedad anulada en su cuerpo, aunque fuera por asentar una décima parte de su alterado espíritu. Sin embargo, en cuanto se encontró dispuesto en la silla, en cuclillas y con los brazos rodeando sus piernas, echó en falta el tener algo que decidir —aunque fuera algo de tal absurdez como sentarse o no hacerlo—. Pues ahora, en ese mismo instante, su mente y su alma se vieron captadas por la presencia de un Light Yagami dormido y vulnerable, uno real, ergo resplandeciente. Y ese Light era más de lo que podía sobrellevar.

«Debería irme» pensó, no por primera vez. «No debería haber entrado».

—Lo siento, Light, pero es mejor que me vaya —murmuró a la nada, mas no se movió un milímetro.

Los párpados del universitario estaban cerrados cuáles pétalos sobre unos ojos que Ryuuzaki conocía demasiado bien y que despertaban sentimientos demasiado intensos como para continuar albergándolos. Sus largas pestañas acariciaban unos pómulos elevados y relajados bajo los tenues dedos marfiles de la luna. Ryuuzaki tragó saliva mientras su mirada trazaba de forma inconsciente las formas afiladas de aquel rostro de cincelado al oro, desde la línea de la mandíbula, pasando por la pequeña y ligeramente achatada nariz, suspirando sobre unas mejillas ahora un tanto macilentas, en las que sus sonrisas se hundían en pequeños y graciosos hoyuelos. Un escozor se extendió bajo la superficie de los ojos de Ryuuzaki al recordar una de esas sonrisas; en la lejanía, casi le pareció oír el gorjeo pleno de la risa de Light, la forma en la que le reverberaba en la garganta antes de escapar entre sus labios, la forma en la que le relucían los ojos en esos momentos… o la forma en la que estos mismos se dilataban y oscurecían nublados por una intensidad abrumadora cuando sus bocas se juntaban, cuando sus cuerpos eran uno y respiraban en el otro como si este fuera la única fuente de vida.

Soltó una exhalación temblorosa y su mano también tembló cuando se alargó en contra de su voluntad para apartar un mechón de pelo castaño de la frente del japonés.

—Creo que te has vuelto loco, Light —apenas musitó. Y con el dorso de la mano acarició tiernamente la mejilla del durmiente—. Creo que… —La voz le salió áspera y ronca—. Creo que me estoy volviendo completamente loco si aún tengo las narices de desear que las cosas fueran distintas. —Bajo la yema de sus dedos, los labios de Light eran más resecos de lo que los recordaba. «Debo controlarme. Deshacerme de esto» se ordenó a sí mismo. Empero su mente parecía ir en discordia con sus acciones, con sus palabras—. No sé si algún día sabré lo que ha pasado hoy, por lo menos, estoy bastante seguro de que no lo sabré por tu boca. ¿Estás muy estresado? —Un velo mate opacó sus ojos; por la bajo, Ryuuzaki masculló—: No puedes ni llegar a imaginarte cómo me siento yo, o hasta que punto me estás destruyendo. Y, entonces, como el muy cabrón que eres, tienes que coger y hacer algo imprevisto como esto. ¿Un ataque al corazón? No me jodas, Light.

La mordacidad de sus últimas palabras parecieron morder el silencio que siguió, envenenando el ambiente con una amargura por la cual Ryuuzaki no quería dejarse dominar.

Control.

Pero un llamamiento al control era pedir mucho en ese momento. Cuando el tiempo y la noche estaban congeladas y la respiración de Light aún existía, sosegada como el suave mecer de la arena de un desierto. Ryuuzaki se dejó caer unos centímetros más hacia delante. El corazón le palpitaba con fuerza y una oscura densidad comprimía su pecho, electrizaba su cuerpo. Sin saber cómo ni cuando, su cuerpo se había movido por voluntad propia, levantándose de la silla e inclinándose sobre la figura inconsciente de Light hasta que sus frentes prácticamente se rozaron, a apenas un mero soplo de distancia.

—Siempre creí en la bondad de las personas —empezó en un susurro después de unos segundos de silencio—, y en la maldad. Siempre he creído en los números, la aritmética, el hilo del razonamiento deductivo que te lleva a una inequívoca respuesta y en la lógica, básicamente. También en las emociones, hasta cierto punto. Como bien has podido comprobar, también siento cosas de vez en cuando: afecto, cariño, impotencia… —Una sonrisa amarga se perfiló en su voz, pero Ryuuzaki continuó sin inmutarse. Hablando casi boca a boca, susurrando las palabras dentro de Light—. Pero nunca imaginé que más allá del bien y del mal, más allá de la lógica aplastante y de las emociones intrínsecas del ser humano, hallaría algo como esto. Algo capaz de mandar todo a tomar por saco: la moral, la lógica, la realidad e incluso cualquier otro tipo de lealtad afectiva. Algo como… —La respiración de Light le hormigueó en los labios—. Algo como lo que siento por ti.

Y tal y como había declarado, la lógica no tuvo nada que ver cuando recortó la breve distancia que los separaba y, con una ligereza fantasmal, posó sus labios sobre los del universitario. El ridículo contacto mandó ráfagas de electricidad por su entera anatomía, despertando un fuego aletargado, poniendo todo su mundo de patas arriba solo con aquel pequeño toque. Probablemente, eso es lo que hacía a sus sentimientos por Light tan ridículos e irracionales. Pero precisamente por eso, porque eran irracionales, era que no podía dejar dejar de sentirlos.

La sutil caricia se prolongó en el tiempo, estática, congelada. No hizo falta nada más. A Ryuuzaki le temblaba la mano cuando agarró una de las de Light y la guió hacia su pecho, justo donde, bajo la piel, palpitaba su corazón. Ryuuzaki tragó saliva con dificultad, aun sin despegar los labios de Light. La mano de este desprendía calor contra su pecho incluso a través de la tela de su jersey.

—Siéntelo.

Control.

Parpadeó y entreabrió los ojos. El rostro de Light permanecía sereno como el de una estatua mientras sus respiraciones se enredaban.

Control.

Ryuuzaki apoyó la mano libre en la almohada, presionando con fuerza mientras luchaba contra aquella química tan loca como arrebatadora que le impelía a estar allí, a continuar con aquella insensatez.

Besó la comisura de la boca de Light.

—Siénteme —articuló en una exhalación inaudible.

Control.

Casi desgarró el tejido de la almohada con su mano, mientras la de Light aún permanecía sostenida contra su corazón. Su presencia grabada en su alma.

Control.

—No puedo —jadeó—. No puedo, Light. ¿Qué diablos me has hecho?

0.o.o.0.O.0.o.o.0

La puerta se cerró con un casi inaudible chasquido. Tras la salida de Ryuuzaki, nadie entró en la habitación inmediatamente. El silencio era profundo y pesado, pero no tan pesado como ese algo que se alojaba en el pecho del universitario, cuyos párpados revolotearon abiertos y los ojos castaños se clavaron en la penumbra que engullía el techo.

Un suspiro tembloroso escapó de su boca y pareció quedarse atrapado en la pesadez de la atmósfera. Se sentía débil, agotado; pero no era esa la razón del repentino temblor de sus manos, tampoco ritmo frenético al que bamboleaba algo en su caja torácica. Cerró los ojos, mareado, el roce fantasmal de los labios de Elle aún persistía sobre los suyos; el aleteo de su respiración, la calidez de su mano y el sereno latido de su pecho, todo seguía ahí, en Light, imborrable.

Incluso las palabras que había pronunciado creyéndolo inconsciente.

Incluso la lágrima que inadvertidamente había derramado sobre su mejilla.

Light alargó un brazo para limpiársela. Tenía la mente confusa y los pensamientos revueltos, aparte de una dolorosa palpitación en las sienes. Necesitaba dormir, pero lo único que pudo hacer durante varios minutos fue contemplar en silencio la lágrima solitaria en su mano.


TBC...

Muchas gracias de nuevo a todos los que os tomáis el tiempo de comentar, en serio, no sabéis lo importante que es. Me ilumináis el día con cada comentario, así que wow ¡gracias! En la segunda parte veremos un poco de Light, Misa, Sayu, Matsuda, Sascha, Soichiro y Ryuuzaki, un poco de todos, vamos, así que esperadlo con ganas :3