Disclaimer: Ninguno de los personajes de Fullmetal Alchemist me pertenecen.
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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Como todos los días, he aquí el capítulo de hoy y, como siempre: ¡Gracias! Sinceramente, a todos los lectores. Muchísimas gracias, y especialmente a: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa, Lucia991, inowe, Darkrukia4, Rukia Kurosaki-chan, fandita-eromena, Andyhaikufma, Guest, Hoshiisima, Alexandra-Ayanami, Rinsita-chan, laura-eli89, HaruD'Elric, Natsumi Anko, mariana garcia, Dulce Locurilla, LaertesDiMarcini, Eli Lawliet, GiEricka y imarbu18, por sus siempre tan bonitos reviews. Espero que este capítulo les guste y perdonen la brevedad y la monotonía de mi nota de autor, si así la percibieron. No quiero aburrirlos con mi bla, bla sin sentido =). ¡Nos vemos y besitos!
Crisis de la mediana edad
XXV
"Complicándolo aún más"
Despertó con el doloroso palpitar de su nuca y el punzante dolor en su abdomen ampliamente acrecentado. Parpadeando, aún sin moverse ni cambiar de posición, intentó ajustarse al cambio de luz en el ambiente. Cuando había cerrado los ojos, la habitación había estado iluminada por la luz natural del sol. Ahora, sin embargo, estaba todo en la penumbra, incluida ella, y no parecía haber indicios de que se hubiera levantado en algún momento para cerrar las cortinas. De hecho, éstas permanecían perfectamente abiertas, como lo habían hecho desde el inicio; solo que el color del firmamento había cambiado plenamente, habiendo adquirido un denso y profundo negro, en lugar del vibrante celeste que había poseído más tempranamente. ¿Cuánto había dormido? Se preguntó, resintiendo otra aguda puntada en su bajo abdomen y reaccionando con su mano alzándose hasta la zona en cuestión. No obstante, algo cálido y con pelaje se interpuso en su camino. Bajando la mirada, notó que Black Hayate dormía apaciblemente con la cabeza y patas delanteras sobre su regazo, respirando rítmicamente. Al sentirla moverse, no obstante, abrió los ojos y alzó la cabeza en su dirección.
Riza sonrió suavemente —Lamento haberte despertado —y pasó su mano por el pelaje del perro—. Pero me temo que realmente necesito levantarme.
Poniéndose de pie, y estirándose antes de saltar del sofá, se bajó del mismo. Permitiéndole a su ama sentarse derecha. Cuando lo hizo, sin embargo, resintió el movimiento. La puntada regresando aún con más fuerza. Eso era, sin contar el súbito dolor de cabeza que sentía, mayoritariamente concentrado en la nuca. Y su cuerpo realmente se sentía pesado, como si todo lo que deseara o realmente pudiera hacer fuera continuar durmiendo. Pero ya había dormido demasiado, y realmente necesitaba levantarse y ponerse a trabajar. Después de todo, había dejado las cosas a medio hacer –y ciertamente no era algo que le complaciera, en absoluto- y además quería llamar a la oficina para cerciorarse de que todo estuviera en orden antes de irse a dormir. Aún cuando el deseo de hacer esto último resultara ampliamente tentador. Algo que, por supuesto, no era habitual en ella. Exceptuando dos singularidades; el exceso de desgaste por el trabajo, y la llegada de su período, que parecía derribarla por tierra cada vez que arribaba. Pero solo durante el día previo y primer día. Luego los síntomas tendían a aminorar, relativamente.
Poniéndose de pie se sacudió la falda, acomodándosela también, antes de caminar hasta su cuarto donde verificó la hora en su reloj despertador de agujas. Cuyas manecillas marcaban, para su sorpresa; 7:30. ¿Acaso había dormido tanto? ¿Desde las diez AM hasta las 7:30 PM, salteando inclusive el almuerzo y todo? Espiró, realmente había estado cansada. Si debía admitirlo, llevaba días de esa forma. Y si sumaba sus sospechas, entonces todo tenía sentido. Después de todo, Riza habitualmente no dormía por tantas horas seguidas y ciertamente no dormía algo así como una siesta tampoco, no cuando la mayor parte de los días los pasaba en el cuartel general. Y aún cuando no lo hacía, prefería hacer uso máximo de su tiempo a perderlo completamente intentando conciliar un sueño que de todas maneras no llegaba. Y, de hacerlo, no venía solo. Por esa razón, estaba casi completamente segura de que no estaba embarazada. No obstante, prefería cerciorarse antes de llamar a su superior e informarle la noticia. Además, ella misma quería cerciorarse y quedarse finalmente tranquila al respecto. Llevaba demasiados días en estado de tensión por todo el asunto.
Aliviada, finalmente, tomó el teléfono. No sin antes detenerse un segundo previo a discar el número del cuartel general; mano en su abdomen. Espiró, larga y tendidamente. E introdujo el dedo índice en el primer orificio del disco, girándolo. Y luego en el siguiente. Y el siguiente. Habiendo retenido el número de memoria. Antes de que comenzara a sonar —Hola, éste es el cuartel general de Central.
Mantuvo el auricular contra su oído firmemente —Por favor, comuníqueme con el general de brigada Roy Mustang —voz formal.
—No tenemos permiso para comunicarla directamente desde una línea externa —informó calmamente la muchacha, acorde al protocolo.
Riza asintió, exhalando —Soy la teniente primera Riza Hawkeye.
—Dígame su código, por favor.
—Oliver, Sugar, Isaac, siete, uno, siete cuatro —recitó, de memoria.
La voz de la muchacha se volvió a oír —El código ha sido verificado. Aguarde un instante, por favor —y entonces la voz al otro lado de la línea desapareció, reemplazada por un ligero "bip" eventual que confirmaba que estaba siendo transferida a la línea de la oficina del general de brigada.
Luego de unos segundos, la voz se su superior se oyó al otro lado de la línea —Aquí Roy Mustang al habla.
Negó con la cabeza —¿No debería decir "general de brigada", señor?
—Ah, teniente Hawkeye. Pensé que estaba en su día libre. ¿Acaso sucedió algo?
Espiró —No, general. Nada. Solo llamaba para verificar cómo se encontraba todo en la oficina.
—¿Acaso no me cree capaz de llevar mi propia oficina, teniente? —inquirió, fingiendo sentirse ofendido.
—No, general, sé que es perfectamente capaz de hacerlo. Solo no tiene muchos deseos de hacerlo, la mayor parte del tiempo —retrucó, con mordacidad.
—Me ofende, teniente, somos perfectamente capaces de arreglarnos sin usted —aseguró. Y desde allí pudo oír la sonrisa arrogante a través de la línea—. Como dije, tómese todos los días que considere necesario para arreglar sus cosas.
—Eso no será necesario, general —afirmó—. Podré volver mañana mismo a trabajar.
Una pausa —¿Eso quiere decir que ya logró solucionar todo, teniente?
Riza comprendió que estaba usando indirectas para que el resto de sus subordinados no comprendieran. Además, debían ser cuidadosos, él estaba usando una línea de la milicia —Así es, señor. Lo he hecho.
—¿Tuvo algún inconveniente?
Espiró con calma, aliviada —No, señor. Todo en orden —confirmando lo que su superior y ella tanto ansiaban oír desde hacía días. Después de todo, era una carga menos con la que llevar. Y ahora podrían continuar trabajando como siempre en la restauración de Ishbal y en el ascenso de él hacia la cima, como llevaban haciendo desde hacía mucho tiempo. Sin distracciones ni contratiempos con los que lidiar. Sin nada que pudiera interferir en los objetivos de ambos. El de él de convertirse en Fuhrer. Y el de ella de protegerlo.
—Es bueno oírlo, ¿no es así? —lo oyó inquirir, conteniendo un aliento de alivio. Podía oírlo, aún cuando su superior estaba disimulándolo correctamente, que estaba aliviado.
—Así es, general. Lo es —afirmó, con una calma curvatura de los labios—. Y espero que esté realizando su trabajo correctamente.
—Me ofende, teniente. Como dije, soy absolutamente capaz de arreglármelas sin mi valiosa asistente. Aunque admito que hace mi vida más fácil —añadió, deslizando el cumplido hacia su eficiencia al final de sus palabras.
Riza negó con la cabeza. Claramente estaba haciendo exactamente lo opuesto. De lo contrario no se habría visto necesitado de elogiarla. Estaba intentando ablandarla para cuando descubriera que todo era un desastre y que así había sido, durante su ausencia —Elogiarme no lo librará de hacer su trabajo atrasado, general.
—Resiento eso, teniente. No usaría un recurso tan bajo —aseguró, con voz de autosuficiencia. Ahora sumamente más relajado, como se había mostrado con ella siempre, y desde que Hawkeye tenía memoria.
—No, general. Estoy segura que no —dijo, sarcásticamente.
—¿Está insinuando, teniente, que trato de librarme de mis responsabilidades con lisonjeo?
La voz de Havoc, al fondo, se oyó —Oy, jefe. Sabes que Hawkeye tiene razón...
Lo oyó cubrir el auricular, pero pobremente, dado que Riza aún podía oírlos —Cierra la boca y regresa a trabajar o la teniente nos asesinará a todos mañana, cuando regrese.
—¡¿Eeehhh?! ¿Regresa mañana? Maldición. Y yo que hoy me había conseguido una cita... Breda, toma éstos míos.
—¡¿Qué?! No. Tengo mi propio trabajo que hacer.
—General, ¿ayuda?
—¿Crees que no tengo mi propio papeleo con el que lidiar, Havoc? Yo también tengo una cita.
—Maldición, Amy se enfadará otra vez...
Riza exhaló larga y tendidamente, negando la cabeza para sí, decidiendo pasar por alto y no reparar, deliberadamente, en el comentario de su superior de que tenía una cita. No era asunto suyo, ni debería serlo, y ella lo sabía perfectamente. Lo que su superior hacía en su tiempo libre era asunto suyo únicamente. Y por supuesto, debería haberlo imaginado. Que no harían nada en su ausencia —¿Teniente?
—Aquí estoy, general. Y por favor dígale al teniente Havoc que realice su propio trabajo por su cuenta. También, espero que usted termine esos documentos a tiempo, si desea marcharse a su cita. Buenas noches —y, sin decir más, ni aguardar respuesta alguna de su comandante, cortó.
Roy parpadeó, observando apartando el auricular de su oreja y observándolo perplejo —Maldición. Creo que nos oyó...
—¿Hawkeye? —inquirió, Havoc.
El moreno torció el gesto —No, Acero desde Resembool, Havoc. ¿Quién más? —malhumorado e irónico.
—Woah, ¿qué demonios jefe? No es mi culpa si Hawkeye se enfadó contigo. Deberías aprender a cubrir el auricular bien.
Espiró, volviendo a tomar asiento detrás de su escritorio y posicionando el auricular sobre la horquilla una vez más. Entrecejo fruncido —Cierra la boca, Havoc, y vuelve a trabajar o mañana todos tendremos nuestras cabezas en una estaca.
—Sí, señor —replicaron los tres, dedicándose completamente ahora a su trabajo. Aunque era difícil, considerando las cosas no relacionadas militarmente que había esparcidas en sus respectivos escritorios, como colillas de cigarrillos y migajas de un sándwich, algo de lechuga y café derramado y un tablero de shogi y otro de ajedrez. Así como piezas de la radio del sargento mayor Fuery, esparcidas por doquier.
Por otro instante, se quedó observando el teléfono. Hawkeye le había cortado. ¡Cortado!, la comunicación así como así y sin más, a su superior. Y sin siquiera previo aviso. Y no había sonado muy complacida tampoco, de hecho. No la culpaba, por supuesto, ninguno de ellos había hecho demasiado de lo que deberían haber estado haciendo en esos días. Pero él tenía una razón –más bien excusa- y esa era que había temido resultar siendo padre. Y, por ende, no había sido capaz de concentrarse en su propio trabajo, menos aún asegurarse que sus subordinados hicieran el suyo. Ahora que eso estaba solucionado –muchas gracias-, podía abocarse completamente a su papeleo. Pero parecía un poco tarde para evitar que su teniente primera se irritara con su persona. De hecho, él mismo acababa de cavar su propia tumba y saltado voluntariamente adentro. Solo faltaba que Hawkeye le echara la tierra encima y clavara una lápida que dijera: Aquí yace el general de brigada Roy Mustang: Devoto procrastinador y completamente inútil en la lluvia. Sí, eso sonaba acertado. Aunque ciertamente no lo que desearía que su tumba expresara.
Suspiró, tomando su pluma y comenzando su trabajo. Solo para notar que ésta se había quedado sin tinta. Torció el gesto, malhumorado. Se suponía que estuviera de buen humor, relajado, ahora que sabía que no habría otro Mustang en camino y que solo serían él y Madame, por un largo tiempo más. Sin embargo, estaba malhumorado y frustrado y molesto consigo mismo por haber sido un completo idiota cuando ella había estado escuchando toda la conversación. Evidentemente no había deseado que lo hiciera. Especialmente la última parte. Se suponía que no era algo que su teniente primera debiera oír. Y podía imaginar, sin lugar a dudas y poniéndose en el lugar de ella, lo que Hawkeye estaría pensando tras haberlo oído. Que era un hombre completamente inescrupuloso que había concertado una cita con otra mujer habiéndola –posiblemente- embarazado a ella. Y que claramente no tenía ningún reparo en andar esparciendo su cardumen en otros estanques habiendo dejado –posiblemente- un pececito en el suyo también. Una imagen claramente errada. Obviamente. Pero no la culpaba por pensar aquello de su persona. Él mismo deseaba golpearse la cabeza con su escritorio en aquellos instantes.
Abriendo el cajón, se decidió a tomar otra pluma, recordando súbitamente los papeles de Ishbal que habían arribado una semana atrás y que aún no había revisado, mucho menos, respondido. Bufó, tomando el sobre y colocándolo sobre su escritorio. Los revisaría luego, con Hawkeye. Eso es, si ella aceptaba, dado que ya había rechazado previamente la sugerencia. No que eso fuera a detenerlo, porque no lo hacía. Nada lo hacía, de hecho. De lo contrario, no habría sido capaz de alcanzar el rango de general de brigada a tan corta edad. Así como no habría sido capaz de lograr lo que había logrado hasta el momento. Ishbal y el día prometido y el hecho de que todo Amestris no se hubiera convertido en una piedra filosofal. No podía adjudicárselo todo, por supuesto. Era un humano y como tal tenía limitaciones y había demasiadas personas tras él, apoyándolo y empujándolo hacia arriba, que habían permitido todo aquello. Sin embargo, se sentía complacido de haber sido parte de todo lo que había sucedido. Bueno y malo. Dado que habían sido capaces de sobreponerse luego, tal y como había sucedido con su ceguera y la herida de Hawkeye y las piernas de Havoc. Y seguían avanzando, como siempre. Eso era lo importante.
Bufando, tomó una nueva pluma y se abocó completamente al papeleo acumulado, ahora que podía dignarse a concentrarse por más de un par de minutos. De no hacerlo, Hawkeye estaría aún menos complacida con él de lo que seguramente lo estaría en aquellos momentos, y eso era algo que no quería arriesgar. El humor de su teniente primera era una parte cuantiosamente importante a considerar, si quería avanzar de allí. Suspiró, trazando su firma descuidadamente al final del informe. ¿Quién demonios lo había mandado a hacerla enfadar justo cuando Hawkeye estaba en sus "días"? Debería haber sido más concienzudo y cuidadoso. Especialmente considerando que su teniente primera tendía a sostener por más tiempo –más del habitual, al menos- sus antipatías durante esa particular fecha del mes. Y él simplemente había ido y se le había clavado entre ceja y ceja, prácticamente declarando que necesitaba que alguien le propiciara una bala certera en la cabeza (figurativa, por supuesto) y estaba seguro de que ella estaría más que complacida de acatar. Él le había proporcionado los motivos, después de todo.
Haciendo acopio de toda su concentración y capacidad, continuó trabajando arduamente. Papel tras papel, documento tras documento, haciendo lo requerido para finalmente entregarlos él, en persona, a los superiores correspondientes. El último de éstos, sorprendido de verlo, rió —¿Qué sucede Mustang? ¿La teniente primera Hawkeye te dejó?
Espiró, fastidiado de cargar la última pila de documentos, y la dejó sobre el escritorio del hombre en cuestión —Eso me temo, mayor general. Y el papeleo ha continuado acumulándose últimamente...
—Ah, es cierto. Central ha estado muy ajetreado últimamente. Pero dime, Mustang, ¿dónde conseguiste una subordinada como Hawkeye? Y, más aún, ¿dónde puedo conseguirme una para mi? El Fuhrer sabe que podría venirme bien un respiro y un subordinado eficiente como tu teniente primera.
Roy sonrió carismáticamente —Ah, me temo que la teniente Hawkeye es única en su especie, mayor.
El hombre sonrió también —Eso temí que dijera, general de brigada —dedicó una breve mirada a los papeles—. ¿Éstos son todos?
—Así es, señor. Lo son —aseguró.
El hombre asintió —Bien. El teniente general Mauser ha estado en mi nuca fastidiándome sobre esto. Ahora podré sacármelo de la espalda.
—Es bueno haber sido de ayuda entonces, mayor —replicó, sonriendo con afabilidad y confianza en sí mismo—. Ahora, si me disculpa y no requiere más mi presencia, solicito permiso para retirarme. Tengo que atender unos asuntos.
—Déjame adivinar, ¿mujeres?
Roy se detuvo —Digamos que algo así, mayor —una sonrisa, de satisfacción, amplia y cuantiosa en los labios.
—Algún día te alcanzaran tantos problemas. Ya sabes, las reputaciones no vienen gratis —proveyó, con una sonrisa.
Asintió. El mayor general Enfield era uno de los pocos superiores que no parecían tener ningún tipo de rencor hacia él. Ya fuera por cuestiones de mujeres (es decir, que él le hubiera robado un posible interés amoroso suyo, cosa que no sucedía tan seguido como todos hacían parecer) o por el hecho de que continuaba ascendiendo a considerablemente buen ritmo y escasa edad. Y resultaba de hecho más indulgente que el resto, dándole unos días en caso de atrasarse inclusive, por lo que proveía una gran ayuda. Y, creía, un buen aliado también. No lo descartaba. Por ende, se molestaba en mantener las relaciones y conexiones positivas que sí poseía en buen estado. Algún día podría necesitarlas —Eso he oído, señor. Y me temo que puede que ya estén alcanzándome.
El hombre echó la cabeza atrás y soltó una carcajada al aire —Es difícil creerlo.
—¿Eso cree?
—¿Sabes? Cuando mi esposa se enfada conmigo le compro algo. Funciona todas y cada una de las veces —sonrió.
Roy inclinó la cabeza, sonriendo complacidamente también —Lo tendré en cuenta, mayor. Buenas noches.
—Sí, buenas noches, Mustang.
Y, sin decir más, abandonó la oficina de su superior, habiendo culminado con el día. Lo había considerado, comprar sus favores con algo material, pero Hawkeye era demasiado inteligente para caer en un truco tan bajo como ese. Con todo, seguramente terminaría molestándose más con el por siquiera pretender comprar su afecto con algo superfluo que de todas formas no usaría porque su teniente primera era una mujer práctica y como tal prefería las cosas que pudieran servirle de algo. Era por eso que toda su joyería se extendía a sus pendientes de perlitas plateadas que usaba desde que se había unido al ejército, porque ciertamente no las había usado cuando él había estado en casa de su sensei, y básicamente nada más. Además, sabía que su teniente primera no se inclinaba demasiado a lo ostentoso tampoco, y unos pendientes caros y elaborados o cualquier otro tipo de pieza de joyería cara quedarían seguramente guardados en algún rincón del recuerdo. Además, era como decir que no la conocía, y lo hacía, por eso lo había descartado. Las flores tampoco tenían ningún lugar especial en el corazón de Hawkeye. Seguro, como a todo el mundo le gustaban pero no la entusiasmaban. Y eso era básicamente todo.
Suspiró. De todas formas no tenía sentido, él y su teniente primera no eran absolutamente nada, como ella había dejado perfectamente en claro en más de una ocasión, salvo el desahogo físico del otro en ocasionales situaciones. Y aunque ambos sabían que eso no era del todo cierto; él más que ella lo había asumido, al menos; sabía también que no sería fácil convencerla de que lo hiciera también. Hawkeye parecía determinada a mantener todo estrictamente separado y prolijamente cuidado para asegurarse de que no se convirtiera en un riesgo para él y su ambición y una relación de cualquier tipo que fuera catalogada por ella como potencialmente perjudicial estaba descartada. Fuera de discusión, si eso implicaba poner en riesgo su posición en la milicia y la de ella como su guardaespaldas y asistente. Él lo sabía también. Los riesgos de involucrarse clandestinamente con su subordinada cuando la milicia vedaba estrictamente cualquier tipo de relación entre oficiales de la misma cadena de comando. Y aunque sería accesible de solo transferirla bajo el comando de alguien más, no estaba dispuesto a resignarla a ella como su mano derecha tampoco. No cuando eso significaba que ella no podría vigilar más su espalda. Y Riza no se lo perdonaría jamás tampoco, de hacerlo.
Había arriesgado mucho, él sabía, para estar donde estaba y en la posición en que se encontraba siendo capaz de protegerlo y apoyarlo en su ambición; y sería un insulto para ella si solo la trasladara al comando de alguien más, después de que había cargado sus pequeños hombros y manchado sus manos por él una y otra vez, solo porque quería que calentara sus sábanas durante las noches. Evidentemente no se trataba solo de eso, él lo sabía, y estaba seguro de que ella lo hacía también, pero era básicamente el quid de la cuestión y estaba seguro que así sería interpretado por el resto de la milicia. Como un superior inescrupuloso e incapaz de dejar mujer sin cabeza e inclusive terminaría siendo cuestionada la ética de su teniente primera, y cómo había llegado a donde se encontraba. No, trasladarla no era aceptable y ciertamente no era una opción. Hawkeye le dispararía antes de considerarlo. ¡Demonios!, él mismo lo haría antes de hacerlo. No podía perderla. Y no podía comprometerla tampoco.
Aún así, estaba determinado a no resignarse. Sabía todas las objeciones de su teniente primera al respecto y sus resguardos y él mismo los tenía, gran parte de ellos, y no pretendía forzarla a aceptar nada que no estuviera dispuesta a llevar adelante. No si esto requería un esfuerzo extra de ella y no si terminaba convirtiéndose en una carga, en vez de lo que debería ser. Pero él creía que valía la pena intentarlo y si ella aceptaba seguirlo, él estaba más que dispuesto a tomar todas las precauciones y tomar todos los recados para mantener aquello cuidadosamente apartado del camino y desempeño en la milicia de ambos y a mantenerlo también estrictamente entre ellos. Esa era su determinación, y estaba decidido a llevar a cabo su plan esa misma noche. Le presentaría las posibilidades. La plantearía que no tomaba aquello a la ligera y que si ella aceptaba seguirlo se aseguraría de que no interviniera con su ambición ni con su camino a la cima. Mantendrían las cosas estrictamente separadas, entre vida privada y su trabajo en la milicia. Él podía hacerlo, después de todo. Y no dudaba que ella no fuera capaz de ello tampoco. De hecho, si había alguien que podía llevar algo así adelante era Hawkeye. Después de todo, era la persona más profesional y capacitada que conocía.
Así que regresó a la oficina, ahora vacía, tomó el sobre de documentos enviados desde Ishbal y su abrigo y apagó las luces al salir, cerrando la puerta con llave tras de sí. Luego, sin más, abandonó el cuartel en dirección al apartamento de su teniente primera, solo deteniéndose para comprar unas cosas de camino. Cargando entonces la bolsa de cartón aferrada con un brazo contra su pecho y el sobre bajo el otro, recorrió el camino restante hasta alcanzar el edificio en que habitaba su subordinada. Sin detenerse mucho más, dado que no quería llamar la atención, y verificando que nadie lo hubiera seguido ni hubiera reparado en él demasiado (más de lo usual, al menos), ingresó a la edificación y recorrió el camino conocido, y a lo largo del corredor, hasta alcanzar la puerta correcta. Como pudo, balanceando las cosas en sus brazos, golpeó la puerta. Tras unos escasos segundos y unos ladridos, la puerta se abrió. Su teniente primera frunció el entrecejo.
—General, ¿qué hace aquí? —inquirió, voz severa, claramente no complacida con su proceder.
—Recordé que aún debíamos revisar el papeleo concerniente a Ishbal, teniente —sonrió, complacido—. Y traje comida Xingnense.
Espiró, haciéndose a un lado —Pase por favor, general. Alguien podría verlo y preferiría evitar especulaciones. Podemos hablar adentro.
Asintió, dando los dos pasos restantes al interior del apartamento y sintiéndola cerrar la puerta detrás de él. Con caución, Riza se acercó y le quitó la bolsa de los brazos —Deme eso, general. Lo dejaré en la mesa.
—Aquí está lo que el mayor Miles envió también, teniente. Por cierto, ¿cómo se encuentra? —inquirió, con genuina preocupación.
¿Cómo se encontraba? A parte del hecho de que le dolía la cabeza y estaba teniendo una puntada tras otra, se sentía de maravillas —Perfectamente, general. Como podrá imaginar —torció, con cuantiosa cantidad de acidez y mordacidad. Sin embargo, al ver que su respuesta excesivamente agria lo había tomado desprevenido, exhaló. Su superior no tenía la culpa de todo ello, después de todo. Y era evidente que solo había preguntado por su bienestar motivado por una preocupación legítima—. Mis disculpas, señor. Me encuentro bien —añadió, ésta vez de forma más calma y colecta.
—Si no es un buen momento... —comenzó.
—No, está bien, señor. Puedo lidiar con ello. Lo hago todos los meses, si mal no recuerda —señaló.
Sonrió arrogantemente —No lo sabría, teniente —no era como si él, como hombre, supiera qué era lo que ella debía tolerar. Y no era como si Hawkeye revelara algo más que mero estoicismo, en el cuartel general, tampoco. Y de estar en ese período del mes, ni él ni el resto de sus subordinados jamás lo habían anoticiado. Por lo que sospechaba que su teniente primera debía ser particularmente diestra disimulando su incomodidad y malestar también.
Un pequeño atisbo de sonrisa amagó a hacerse visible, pero rápidamente desapareció —No, supongo que no, señor —su expresión se tornó rígida—. Si me permite preguntar, ¿qué hace aquí?
—Pensé que había sido claro, teniente. Traje el papeleo de Ishbal y vine a hacerle compañía en su momento de malestar.
—Está siendo exagerado, general. Y me temo que no podremos hacer nada si eso es lo que pretende, por razones obvias.
—¿Qué- No... —espiró, pellizcándose el puente de la nariz—. ¿Sabe, teniente? No tengo una compulsiva necesidad de compartir mi cama con mujeres todo el tiempo. De hecho, soy perfectamente capaz de pasar mi tiempo con una sin intentar nada.
Su semblante permaneció neutral —Sin ánimos de ofender, general, parece improbable.
—¿No me cree? —bufó.
Ella contraatacó con una pregunta propia, ignorando completamente la de él. Voz mordaz —¿No tenía una cita, general? Se le hará tarde, si no se marcha. Y no querrá dejar a su cita esperando.
—Estoy en mi cita, teniente. No creerá que saldría con otra mujer con la posibilidad de haberla embarazado —exclamó, claramente ofendido por el hecho de que siquiera lo hubiera considerado. Seguro, no podía culparla dado que él mismo había cometido el error de decir aquello, para empezar. Pero aún así le ofendía que lo creyera capaz de algo de semejante naturaleza indigna.
—Ahora sabe que no lo estoy, general. Puede marcharse —aseguró, con sequedad.
—Si no me oyó, teniente, dije que no lo haré. Vine a hacerte compañía y planeo atenerme a mi plan original —aseguró, pasándola de largo y dirigiéndose a la mesa donde ella había dejado la bolsa que él había cargado hasta allí. Con cuidado, sacó las dos pequeñas cajas de cartón, los dos pares de palillos y una pequeña botella de vino tinto seco—. ¿Las copas?
Espiró —En el gabinete a su derecha, general. Pero me temo que está perdiendo su tiempo. Además, no puede permanecer aquí.
Él la ignoró —¿Prefieres platos o comer de la caja?
Negó con la cabeza —Ninguna, general. Preferiría que se marchara voluntariamente y me permitiera continuar haciendo lo que estaba haciendo.
—Entiendo, teniente —asintió, cerrando los gabinetes. Y por un instante, un mero instante, creyó que él accedería y se marcharía sin objetar. Sin embargo, las siguientes palabras derribaron cualquier tipo de expectativa que pudiera haber tenido por tierra—. De la caja, entonces. Menos trabajo luego.
Por supuesto. Pensó. Cualquier cosa que requiriera menos trabajo era siempre la opción más viable para su superior —General, estoy segura que "márchese, favor" no por significa "siéntase como en su casa" —torció, con mordacidad.
Él sonrió arrogantemente —Gracias, teniente. Lo haré.
Resignada, exhaló larga y tendidamente. Su superior claramente tenía un objetivo fijado y no se detendría hasta conseguirlo. Ella lo conocía demasiado bien como para creer lo contrario. Y continuar objetándole, en aquel momento, no serviría de nada. Así que le seguiría la corriente un poco, como siempre solía hacer, solo que lo haría con absoluta caución y reserva. El general de brigada podía ser manipulador cuando resultaba conveniente también —Me temo que estaba acomodando, general, y la mesa está atestada de cajas. Debería haber llamado antes de venir.
Él enarcó ambas cejas —¿Y me habría aceptado, teniente? ¿Así como así?
Negó con la cabeza. No. Lo sabía —Me temo que no, general —habría puesto una excusa, como que estaba cansada o deseaba marcharse a la cama, para evitar que él fuera a allí.
Sonrió. Nos conocemos, después de todo —Eso mismo pensé, teniente.
Riza arqueó una ceja —¿Así que decidió simplemente invitarse por su cuenta, general, e invadir mi casa a pesar de mis objeciones?
—Algo así —concedió, claramente satisfecho consigo mismo, caminando hasta la mesa de café frente al único sofá que había en el apartamento, y colocando la comida, las copas y la pequeña botella sobre la lisa superficie de ésta. Luego, sin más, se sentó y llenó ambas copas del líquido burdeo. Alzando inmediatamente luego la vista a ella—. ¿No vendrás? No puedo revisar éstos documentos por mi cuenta. Es por eso que vine. Necesito la valiosa asistencia de mi subordinada.
Riza permaneció inmóvil, de pie. Sentarse junto a él de esa forma no parecía una idea sensata. Mantener una distancia apropiada lo hacía, y no había nada de apropiado o de distancia, para empezar, en el espacio disponible para que ella tomara asiento. Espiró, resignándose. No era que dudara de su autocontrol, porque no lo hacía. Sin embargo, sí dudaba del de su superior. Aún así, tomó asiento junto a él. Con la espalda erguida y los hombros ligeramente rígidos. Roy le ofreció una de las copas, observándola con ligera curiosidad —¿Sabe, teniente? No muerdo. Al menos... puedo no hacerlo, si eso es lo que desea —añadió, tomando nota de la ligera tensión que causó en ella su comentario. Y recordando, aunque seguramente no debería, la forma en que había delineado la delicada curva de su cuello con sus dientes y luego labios. Dejando la piel a duras penas enrojecida, a su paso.
Suspiró, decidiéndose a beber el contenido de su copa para dispersarse. Lo que menos necesitaba en aquel momento era estar pensando en aquello cuando se encontraba sentado a tan peligrosa proximidad de ella. Además, tenía un objetivo, un plan al que atenerse e improvisar estaba fuera de discusión. Nada bueno había salido nunca de ello –ambos lo sabían- y no pretendía arriesgar nada por algo así. Además, sabía que solo lograría que su teniente primera retrocediera aún más, y retomara su postura de no-fraternización que había mantenido firmemente hasta poco más de dos meses atrás. Y él era un egoísta. No podía conformarse con menos cuando ya había obtenido más. Y claramente no empezaría a hacerlo ahora tampoco.
—Por favor, no diga tonterías, general —lo amonestó, tajantemente—. No habrá nada de eso.
—Exactamente lo que dije, teniente. Vine en absoluto son de paz —aseguró, tomando su caja y abriéndola, para luego deslizar los palillos al interior.
Ella lo imitó. Tomando la caja delicadamente y apartando las pequeñas solapas de cartón. Liberando, así, una pequeña nube de vapor; antes de introducir la punta de sus propios palillos en la caja. Atrapando unos fideos, los llevó a sus labios cuidadosamente. Y tragó. Luego, sin más, dio un sorbo a su copa y la depositó nuevamente. Y Roy no pudo evitar notar, de forma dolorosamente placentera, la forma en que su teniente primera limpió cualquier rastro de vino de sus labios con la punta de su lengua. Ella lo observó con el entrecejo fruncido —¿Sucede algo, general? —dejando claramente asentado que el gesto había sido mera y puramente inconsciente, como era propio de su persona. De hecho, de saber que había hecho aquello, seguramente se aseguraría de no volver a repetirlo.
Roy negó con la cabeza y atiborró su boca de fideos para silenciarse —Nada —su boca aún llena de comida.
Hawkeye negó con la cabeza —Por favor, trague, general. Podría ahogarse.
Obedeció, dando un largo sorbo de vino, como si estuviera sediento, para bajar la comida —Sí, lo siento.
Suspiró —¿Sabe? Debería ser más cuidadoso.
—¿Me sermoneará, teniente?
—Solo cuando parece que lo necesita, general —retrucó, acremente—. Y me temo que tal es el caso actual.
Frunció el entrecejo —Resiento eso, teniente. Soy un hombre. Y sin embargo, me trata como un niño.
—Permítame recordarle que a veces actúa como uno, señor. Y estoy segura que a éstas alturas estoy perfectamente al tanto de que es un hombre —replicó, pinzando otros fideos y llevándolos con destreza a sus labios. Para luego bajarlos con un pequeño trago de vino. Con calma, depositó la copa sobre la mesa de café y extendió la mano para tomar el sobre de los papeles de Ishbal—. Pensé que teníamos que revisar éstos, general.
Suspiró —Eso me temo, teniente. Desgraciadamente, ya lo hemos pospuesto demasiado.
—Hable por usted, señor. Yo le ofrecí dejarle mis notas, si mal no recuerda —puntualizó, calmamente.
—El mismo día que decidió soltarme que tenía un atraso, teniente. No esperaba que pudiera funcionar apropiadamente después de eso, ¿o si?
—Permítame recordarle que no tenía intenciones de informarle eso tampoco, general. Usted insistió —aunque más bien le había ordenado que lo hiciera.
—¿Y acaso pensaba no decírmelo, teniente?
—No hasta que no tuviera algún tipo de certeza, general, de que lo estaba o no. Podría haberse ahorrado el estrés y no se habría acumulado el papeleo —señaló, con calma.
—¿Y dejarte cargar con todo sola?
La expresión de ella se suavizó, ojos caoba fijos en el interior de la caja que sostenía en su mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía lo palillos dentro de la misma —Soy perfectamente capaz de hacerlo, general. Si mal no recuerda, lo hice tras la muerte de mi padre.
Torció el gesto. Era cierto, lo había hecho. Él se había hecho cargo del funeral y el entierro, al que habían asistido únicamente ellos dos. Sin embargo, ella había lidiado con todo lo que había debido venir después, cuando él se había marchado para regresar a la milicia. Se había hecho cargo de la casa, de las pertenencias de su padre, de la investigación de toda una vida de éste –tatuada en su espalda- y de asuntos legales que ninguna persona de escasa edad como la que había tenido Riza entonces debería hacerse cargo. Cosas como testamentos y demás que claramente no eran apropiadas para que lidiara con éstas una joven de 17 años. Además, se había asegurado de terminar su educación, tal y como su padre había insistido. Y se había trasladado por su cuenta hasta la academia militar del Este para enlistarse. Y él, él simplemente se había marchado y la había dejado atrás con tan solo una tarjeta para contactarlo. Sabiendo que, seguramente, la hija de su sensei no haría tal cosa. Jamás —Sabes perfectamente que no dudo de tu capacidad de hacerlo. Sin embargo...
Pero Riza solo negó suavemente con la cabeza —No estoy embarazada, general. No tiene que pensar demasiado en ello.
—Podrías haberlo estado —objetó.
—Pero no fue tal el caso —le aseguró—. Así que por favor deje de darle vueltas al asunto y comencemos con el papeleo o me temo que no terminaremos más. Y preferiría irme a dormir, eventualmente.
Él asintió, abriendo el sobre y retrayendo del interior los documentos. Dividiendo la tanda a la mitad, entregó una de éstas a Hawkeye y él comenzó a revisar la otra. Sin embargo, el asunto no se dio por concluido en su cabeza. Había algo, algo que llevaba molestándolo desde hacía un tiempo, que rondaba continuamente su cabeza, y que había vuelto con más insistencia tras el susto de embarazo de su teniente primera. Había algo que no dejaba de molestarle. Pero no encontraba la forma de abordar el tema delicadamente y como parecía correcto. De una forma u otra, en su mente, terminaba complicándolo aún más.
