Los personajes de esta historia no me pertenecen. La historia es completamente mía.
Gracias chicas, por ser tan pacientes.
Sistercullen.
Capítulo beteado por Jocelynne Ulloa, FFAD.
www . facebook groups / betasffaddiction/
BÁRBARO.
Capitulo 25.
—Estas tan húmeda…tan mojada. No puedo esperar para estar dentro de ti.
Edward se había posicionado encima de ella, con las manos a ambos lados de la mata de cabello color chocolate que lo había embrujado. Llevó la nariz a un mechón de aquellos cabellos y suspiró enfebrecido, apartando los dedos correosos de la entrepierna de ella. Lubricados por aquel néctar pesado y dulce como el almíbar de los Dioses. Se llevó aquellas dos falanges hacia su nariz y cerró los ojos al aspirar aquel olor a hembra que lo hacía perderse en el placer….hasta casi rozar el dolor.
Los ojos de ella estaban vidriosos, sin duda por la calentura que colisionaba en su cuerpo. El deseo y el anhelo que aquel espécimen maravilloso de hombre la hiciera suya, la habían tentado desde siempre, pero ahora con aquel cuerpo formidable pendido de ella, no hacia otra cosa que anhelar que la empalara con aquella fuerte y poderosa arma de combate que lo asistía engalanando el centro de sus caderas.
—Hazlo Edward….por favor...—. Suplicó en un susurro demoledor.
El hombre no lo pensó ni un segundo y cegado por el dibujo de aquel coño ardiente, brillante e hinchado, se ayudó de su mano para empujar toda su lanza con inseguridad dentro de aquel canal de dicha.
Notó como ella se tensaba. Como agarraba las pieles que los abrigaban y fruncía el ceño, pero aún y así le sonrió, instándole de nuevo a proseguir con aquella marcha interminable de placer. Ella era malditamente estrecha y correosa.
Gruñó como un animal al tenerla clavada por la mitad y enfurecido por aquel placer sin dimensiones hincó la estaca de carne de manera brutal dentro del estrecho canal de ella, haciendo que su amada emitirá un gritito de dolor que lo paralizó unos instantes, pero ya era tarde…era tarde para aquel baile de caderas. Su cuerpo omitía las órdenes de su cerebro y sus manos agarraban con tibieza los pezones tirando de ellos con frenesí. Arremetió mas duramente al sentir como el placer lo embargaba sin piedad, buscando la boca de ella en un beso de lenguas ardientes, feroces y, jodido y enterrado se perdió en un orgasmo tan bestial como él mismo, arremetiendo con más y más fuerza dentro de su hembra perfecta, llena de gozo.
¿Llena de gozo?
Edward miró el rostro de su amada y se maldijo mil veces por ser tan animal. Ella tenía dos sendas lágrimas ladeadas que viajaban hasta el nacimiento de su cabello a la altura de los oídos.
Ella le sonrió y se limpió aquel rastro mortificador, embrujándolo de nuevo. La amaba… la amaba tanto que aquello lo estaba consumiendo.
.
.
.
El hombre carraspeó unos instantes, antes de hablar, pues el grito que había emitido al vaciarse dentro de ella había sido tan fuerte, como para que todos los habitantes de la fortaleza lo hubiesen escuchado. Aquella explosión había sido tan electrizante que no sentía la punta de los dedos de los pies.
Miró el rostro de su amada y con la punta de los dedos rozó todo el contorno de éste en un gesto de lo más tierno.
— ¿Sufriste por mi invasión?—. Preguntó con la voz ronca, plena de deseo continuo y ardiente.
Ella cerró los ojos y se mordió el labio inferior, mojándolo, haciéndolo brillante y comestible.
—Fue solo un instante, pero lo suficiente como para equivalerlo a un puñal que se clava en lo más hondo de mí, desgarrándome.
Él negó atormentado y se separó su cuerpo cubierto en sudor del de ella.
—Lo siento. Lo último que hubiese deseado es dañarte.
Bella notó como él sufría y recogió con ambas manos su cuello arrastrándolo hacia la mitad de su pecho desnudo.
—Me has desflorado, Edward. Es dolor y placer. Si te sirve de consuelo, oír como susurrabas mi nombre y como gemías, me ha gustado.
—Pero no has estallado de placer. Me siento como un rufián.
—No… tranquilo…
Bella se revolvió, de debajo de él nerviosa y Edward le dio su espacio apartándose. Los ojos del hombre se deslizaron hacia sus piernas y sorprendido vio el reguero de sangre que viajaba, que se esparcía por las pieles del jergón.
Como acto reflejo se miró su pene aun hinchado de agonía, viendo los restos de la sangre por la invasión de aquel enorme músculo que pendía del centro de sus caderas.
—Sangras…—. Susurró, horrorizado.
Se apartó completamente de ella y la miró con hondo pesar.
Bella se irguió levemente y negó con la cabeza.
—Es normal Edward, es normal que pase esto.
—No… ¿te he dañado?
Ella frunció el ceño y caminó hacia él sin importarle su desnudez.
—Edward, ¿tú no sabías que las mujeres sangran cuando son penetradas por primera vez?
Él sintió como los colores inundaban su rostro y apartó aquella mirada chocolate, curiosa y en ese instante hasta divertida.
—No.
— ¿Eras virgen?—, preguntó Bella entre divertida y fascinada.
Edward se llevó una mano al cabello y bufó, girándose hacia la pared y mascullando mil indecencias.
—Edward, dime por favor. ¿Eras virgen?
Bella caminó hacia él, haciendo más incómoda su cercanía al hombre que trataba por todos los medios de sofocar rubor. Ella agarró una de sus manos y se la llevó hacia sus labios llenos y rojos como el coral.
—Me haría muy feliz que así fuera—. Susurró ella cerrando los ojos al tener la carne del hombre cerca de su boca. —Extremadamente feliz.
Él dejó escapar el aire caliente de entre sus dientes y cerró con su cuerpo la distancia que los separaba.
—Yo…Bella…
Ella negó con la cabeza sonriente, mordiendo su labio y cerrando los ojos.
—Una sola palabra, Edward y estaré en el cielo.
—O en el infierno—. Terminó él, besando su frente y apartando el cabello de su rostro. —Domino a mis hombres y a mis enemigos Bella, pero nunca he podido dominar lo que he sentido por ti. Me has hecho débil como un niño y como un niño era cuando te he tomado.
Bella miró aquellos ojos verdes, moteados de puntos dorados y se perdió en ellos, sabiendo que todo aquello que le decía, moviendo los labios, aquellos labios de pecado que ella quería besar de nuevo, era la aplastante realidad. No es que lo hubiese notado, ya que ella sabía tan poco como él.
Pero la duda ante su sangrado, había sido tan dulce, tan tierna, que había comenzado a dudar.
—Todo este cuerpo, tus brazos musculosos—. Ella delimitó con uno de sus dedos el bíceps atrapando con sus dientes su labio inferior, muerta de deseo de nuevo. —El gesto duro de tu rostro, cuando te enfureces… es todo una fachada. No es el verdadero Edward. ¿Cuánta mentira hay en ti Edward, cuanta verdad?
Edward la miró con el ceño fruncido, intensamente, haciendo un mohín con sus labios. Quería besarla, tenerla de nuevo debajo de su cuerpo y esta vez haría todo lo posible por arrancarle gemidos tan profundos y guturales como los que ella le había propiciado a él, pero aquella pregunta era mucho más incómoda que el hecho de ser ella la primera mujer en la que había yacido entero y duro. Aquello era meterse dentro de su cabeza y en su cabeza se bastaba él. No podía mostrarse tan vulnerable de cara a la mujer que amaba. Ella debía de verlo como un coloso, como un Dios y no como en realidad se sentía consigo mismo; insignificante e iluso.
—Tendrás que adivinarlo, bruja—. Sonrió de lado, haciendo que los muslos de Bella se sintieran más pegajosos si cabía. —Ahora ven, amada. Voy a asearte yo mismo.
La elevó sujetándola por los muslos llevándosela a las caderas y ella rodeó con sus brazos el amplio cuello, pegando la cabeza en el fuerte y atlético pecho de él.
— ¿Dónde me llevas Edward?—Preguntó perdida en la piel del hombre, caliente y oscura.
— ¿Recuerdas los baños de Meadow?— Mencionar la fortaleza de sus parientes más allegados hizo que a Edward se le formara un nudo en la garganta.
—Si—. Susurró ella, buscando su mirada, que se disponía al frente, ahora dura y fría.
—Mandé hacer algo parecido—. La miró con intensidad. —Será la primera vez que lo pise con una hembra en mi regazo. Mi hembra—. La miró orgulloso y sintió como se le hinchaba el pecho de emoción.
.
.
.
El recinto de piedra caliza, era una cueva hecha a base de cincel y maza, Bella estaba segura de eso. La obertura, hizo que Edward tuviese que agazaparse. Estaba revestida de pequeños cristales de sal que parecían densas piedras preciosas en forma de lágrima. El agua manaba de forma natural de varios puntos del rocaje y al fondo se podía ver un frondoso árbol en el que entre sus ramas, se podía apreciar el breve resquicio de un sol que apenas se filtraba por las rendijas de la piedra.
Él la dejó en el suelo de grava fina y ella caminó hacia el pequeño lago que formaba las diversas vertientes de agua, se agachó dejando su trasero bien expuesto y Edward gruñó.
—Es cristalina—. Susurró ella, llevando el pocillo que había formado con su mano a la boca. —Y fina. Esta agua se puede ingerir, Edward.
—Sí, se puede—. El aliento caliente de él se sintió en su cuello y se giró para encararlo.
— ¿Qué ocurre?
—Eres demasiado hermosa, demasiado excitante para tu propia seguridad, Bella. Te deseo, pero me debato en el sufrimiento de no lastimarte.
Ella sonrió y acarició con las palmas de sus manos el rostro, con claros indicios de la incipiente barba.
—No lo harás. Estoy segura.
Él la observó largamente y buscó su boca con la suya propia, enroscando la lengua y apretando su cuerpo en torno al de ella pequeño y ahora caliente. Le llevó unos segundos retomar la idea de lo que lo había hecho llevarla hasta allí y separó su boca de la de ella con un gemido inconsciente.
—Ven—. Caminó dos pasos hacia el agua y le tomó la mano para que ella lo siguiera.
—No, Edward. Está fría—. Negó Bella con la cabeza.
Él sonrió de aquella manera suya tan provocativa, dando un tirón a su brazo, llevándola hasta él y abrazándola para que no tuviese escapatoria. Quería frotarla con sus manos y quitar todos los rastros de aquella sangre, para que olvidara el dolor de aquella primera vez de ambos.
Ella rió y, poco a poco fueron adentrándose en el interior de las aguas.
Edward se hincó de rodillas y comenzó a masajear los muslos de ella, dejando a Bella confundida y presa de una vergüenza que la incomodaba.
—No—. Comenzó a decir. —No hace falta, Edward.
Él la miró desde aquella perspectiva perfecta, con la curva de sus pechos incitándolo de nuevo con aquel triángulo castaño, casi a la misma altura que su boca. Cerró los ojos fuertemente y deseó hundir los labios en aquella hendidura que comenzaba a llenarse de los mismos jugos que lo habían acogido mientras la embestía. Era el néctar de la pasión que lo envolvía volviéndolo una bestia. Negó un par de veces y buscó algo en lo que pensar que no fuera en fundirse de nuevo en ella o clavar la lengua en aquella llaguita que lo llamaba con desesperación.
—Déjame que te aseé, Bella—. Enfatizó con la voz ronca.
Ella vibró con una emoción nueva que la hizo estremecerse. La manos rudas de Edward, pero suaves al mismo tiempo como terciopelo caliente, arrastraban de su cuerpo todo símbolo de la virginidad perdida, él se centró en sus piernas y poco a poco fue subiendo rozando su vello púbico, enardeciéndola queriendo o sin querer. Pero que todos los Dioses la castigasen. Lo deseaba…deseaba que aquellos dedos que le rozaban el centro se sumergieran dentro de ella e imitaran el mismo movimiento que aquel músculo fiero y poderoso que se había ajustado con algo de incomodidad hasta el fondo en ella.
Edward carraspeó. Era insoportable el hedor a hembra en celo.
—Déjame hacer algo—. Jadeó con la voz enronquecida por el anhelo de tenerla.
Ella miró aquella cabeza de cabello cobrizo hundirse en el triangulo de sus rizos y suspiró sonoramente mientras que él sacaba la lengua de entre sus dientes y le propinaba un buen lametón al clítoris ardiente que ya había salido de su capullito. Excitado y contrito.
Lo besó como haría con los labios de ella. Absorbiendo y lamiendo, pero el hambre se convirtió en un fuego voraz que comenzó a quemarlo. Oír como ella gemía, como contoneaba sus caderas dándole más acceso. Lo tenía al borde de la extenuación. Raspó con los dientes aquella almendrita perfecta y por instinto, arremetió lentamente con uno de sus dedos dentro de la hendidura resbaladiza y caliente de ella.
—Si…Edward…si…
La miró con los ojos vidriosos.
Él hinchado de rodillas, chupando toda su humedad.
La realidad era que ella era su ama y él era un mero siervo a su merced.
—Me fallan las rodillas—. Jadeó ella, perdida en un mar de sensaciones a flor de piel. —Sujétame, Edward… me fallan.
No pudo terminar con la frase.
El orgasmo fue bestial, arremetió en ella como fuego líquido abrasando la punta de sus pies y subiendo hasta sus muslos, abdomen y pecho. Reventando ahí, colisionando, creyendo que iba a morir de tanto placer. El maldito Bárbaro no dejaba de amamantar aquello que sobresalía de su centro, haciéndola tan liviana como una pluma.
Edward sintió como el cuerpo de ella se deshilachaba y la recogió antes de que éste cayera al fondo de las aguas. La apresó junto a él, rodeándola con sus brazos. Sonriente y con un sentimiento de triunfo bestial.
.
.
.
La llevó de nuevo en brazos hasta su habitación, todavía viciado con el excitante aroma de sus sexos. La dejó con premura en el suelo y con admiración, vio como ella pretendía agarrar un trozo de piel de conejo para cubrirse.
—No te cubras con esa piel, donde vamos necesitaremos otro tipo de ropas—. La boca de Edward buscó el hombro de ella y lo lamió lentamente, agarrándole un pecho en el proceso.
— ¿Vamos al lago, quizás?
Él negó con la cabeza, agarrándola por la cintura.
—Estoy preocupado por Fury.
Bella sonrió con ternura al ver el rostro apesadumbrado de él. Rodeó con sus manos el rostro del hombre y lo llevó hacia el suyo, enterrando su lengua dentro de la boca de él haciendo que el hombre grande y fuerte gimiera como un niño ante aquel contacto.
—Te devoraré toda la noche, querida. No me tientes más de lo que ya lo haces.
Bella rió nerviosa y se separó de él unos centímetros.
— ¿Te tiento?
Él puso los ojos en blanco y agarró sus posaderas con ansia, mientras que conducía su cabeza hasta la altura de los pezones hinchados de ella.
—Sí. Mucho—. Masculló raspando con sus dientes una de las crestas enardecidas de ella. —Me siento más salvaje que nunca entre tu cuerpo.
—Hum—. Bella se mordió el labio inferior, mientras que sentía como su Bárbaro descendía por el estómago y soplaba el triangulo de sus rizos con su aliento caliente. Los dedos de él como plumas, separaron aquella área intima de su cuerpo, sintiendo una ardiente lamida en su clítoris machacado de placer.
—Mierda, Bella.
Edward se tiró al piso de rodillas de nuevo. Le encantaba tenerla en aquella perspectiva, hundiendo su boca dentro de aquella raja húmeda, caliente y viciosa del más suculento sabor, agarrando una de las rodillas de Bella y moviéndola para darle un mayor acceso.
—Se siente tan bien…—, susurró ella al sentir la caricia húmeda de su lengua vagando con profundidad dentro de su sexo. —Nunca pensé… que esto podría ser así.
Él la miró con aquellos ojos verdes brillantes y arremetió más duro en aquella dulce carne palpitante y ella gimió lo bastante alto como para que él se irguiera de nuevo y la alzase de las caderas para empalarse profundamente de nuevo en el cuerpo caliente de ella.
— ¡Edward!
— ¡Sí!..¡Oh!, Bella… follaremos toda la noche, todas las noches…todas las horas.
En pie, con ella en sus caderas, arremetía con aquella vara dura dentro de ella, perdiéndose en el puño caliente de su humedad, haciéndole apretar los dientes. Si ella lo dejaba iba a estar toda la maldita noche engullido por aquella carne. Tomándola sin descanso, haciendo de aquellas estrellas y de aquella luna, un sueño perfecto.
Continuará….
Bueno, gracias a todas, como ya he dicho anteriormente y por supuesto a mi amiga y hermana y beta, Jo. Confidente y amiga….
Besos lindas, os amo. ¿Qué haría yo sin vosotras?
Pues nada, porque… ¿Dónde plasmaría yo mis sueños?
Gracias lindas, por todo.
