Vivir con las consecuencias

Nicanor Nox, Distrito 2- Ahren Noyce

La habitación está tan silenciosa que podrías oír el sonido de una aguja al caer. Pero ni siquiera eso interrumpe la aplastante calma.

Permanezco apoyado contra la pared, tan blanca que me da dolor de cabeza, mientras contemplo al chico sentado sobre la cama: de no ser por la ausencia de luz en su mirada, casi podrías decir que tiene buen aspecto, así de buenos son en el Capitolio, haciendo su magia para que una persona rota pase por un Vencedor solo algo aturdido.

No ha dicho ni una sola palabra desde que el aerodeslizador lo sacó de la Arena hace dos días y creo que en el Capitolio están empezando a perder la paciencia con su mutismo. Lo han sometido a un millón de exámenes físicos y nadie ha podido determinar el motivo por el cual no habla.

No lo conocen como yo. No entienden que ha encontrado en la Arena algo que no sabía que había perdido y que se lo han arrebatado y que, debido a eso, ha quedado irremisiblemente destruido, como un cuerpo al que le han arrancado sus articulaciones. No saben que han destruido a una persona que pudo marcar la diferencia en las cosas.

Puede que sea una ventaja para ellos.

Ahren tenía planes de hacer muchos cambios una vez se hubiera infiltrado en este loco mundo. No tengo idea de si los conserva, pero dudo que estén en su mente en este momento.

Se encuentra bien de salud, exceptuando el hecho de que solo se ha dormido gracias a la increíble dosis de tranquilizantes que le han metido en las venas.

Tampoco ha comido por su propia voluntad. Le están administrando nutrientes por vía intravenosa en este momento. Una pequeña manguera transparente conecta su brazo izquierdo con una bolsa con un líquido incoloro.

La enfermera que le han asignado se mueve nerviosa por la habitación. No sé si le incomoda mi presencia o el encontrarse frente a un chico al que matar se le da tan bien. Sea como sea se apresura a llenar el reporte de sus signos vitales en la tablilla que cuelga de la camilla y sale rápidamente de la habitación. Se despide de mí con un movimiento de cabeza.

Me despego de la pared y un crujido del hueso de mi cadera me recuerda que ya no soy nada joven.

Me siento a su lado en la cama, que se hunde bajo mi peso y hace que una punzada de dolor cobre venganza en mi cintura.

Debo haber envejecido diez años en las últimas cuarenta y ocho horas. Nunca me había conectado así con un tributo, aunque siendo francos me conecté con el chico, que contempla obstinadamente el vacío, mucho antes de que se convirtiera en una pieza en los Juegos del Hambre.

Mi mano se posa torpemente sobre uno de sus hombros y le doy un par de vigorosas palmadas. Él no rehúye del contacto, pero tampoco da muestras de saber que estoy aquí.

– Escucha, chico, en cuanto antes logres encontrar tu voz, más pronto podrás salir de los malditos compromisos que tienes por aquí y podrás volver a casa. ¿Lo entiendes?

No dice nada. Observo su rostro, esperando un asentimiento o una negación que tampoco llega.

–Ahren…- le digo sonando cansado- estoy empezando a perder los nervios. Sé que no vas a superar lo de la chica justo ahora, pero necesito saber que no te han cocido el cerebro ahí adentro. ¿De acuerdo?

Una vez más, no hay una respuesta.

Siento mi genio saliendo a relucir y entonces estoy sobre mis pies y lo tengo a él sujeto por su sencilla camiseta blanca. Golpeo su espalda contra una de las paredes y hay un murmullo de metales golpeando el suelo. Posiblemente he derribado alguna bandeja.

– ¡Escúchame!- le digo hablándole muy cerca de su oído- Tienes que componerte. Esto es lo que ellos querían. Esto fue lo que planearon al encerrarte en esa maldita caja para que la vieras morir.

Algo se enciende en sus ojos en ese momento. Y por primera vez desde que salió, me parece estar viéndolo a él realmente.

Sus ojos se llenan de lágrimas pero no llega a derramar ninguna. Cuando por fin habla, su voz suena ronca. Tal vez por haber guardado silencio por tanto tiempo. Tal vez por haber gritado tanto en los últimos minutos de los Juegos:

–Pero yo no la vi morir.

Lo miro por un momento, sin comprender. Y en el momento en que caigo en razón sobre lo que me dice, mis manos lo sueltan. Él se resbala contra la pared, incapaz de mantenerse en pie por sí solo y el verlo así, desprotegido y destrozado, me recuerda que es tan solo un chico.

Nadie llega a chequearnos. Saben que soy incapaz de herirlo realmente. Y en cualquier caso la pequeña luz en la esquina de la habitación me hace saber que estamos siendo grabados. No dejarían a su Vencedor sin supervisión ni por un segundo.

–No realmente- continúa él con voz plana, no creo que me esté hablando, creo que está probando el sonido de las palabras dichas en voz alta para ver si eso tiene algún efecto en lo que siente en este momento- Simplemente ella estaba ahí en un momento y al siguiente no.

–Ahren…

–Creo que si cierro los ojos y guardo silencio por el tiempo suficiente, tal vez pueda despertar en la Cornucopia de nuevo y entonces no se habrá acabado.

–Quieres… ¿quieres volver a los Juegos?

–…porque nada ahí adentro puede ser tan horrible como esto. Nada.

Vuelve a guardar silencio después de esa declaración. Y no hay nada que yo pueda decir que pueda ayudarle a sentirse mejor.

Cuatro días después de sacar a Ahren de la Arena, el Capitolio decide que no puede hacer esperar más a su gente para tener el primer vistazo de su nuevo Vencedor.

La mañana es un ir y venir de especialistas en belleza que hacen lo que pueden para esconder las marcas del sufrimiento del chico. Tapan las ojeras, le ponen color en las mejillas, embadurnan su rostro con polvos de colores y peinan su cabello de diferentes formas hasta que encuentran una que lo hace parecer saludable de verdad.

Él se deja hacer, ignorando las preguntas que los especialistas en belleza le dirigen y manteniéndose muy quieto mientras trabajan sobre su cuerpo. Y ellos le dejan, se limitan a arreglarlo por fuera, pues no pueden hacer nada con su mutismo voluntario o con la falta de brillo de sus ojos.

La noche del resumen de los Juegos es un fracaso épico.

Ahren se limita a levantarse, caminar y sentarse cuando tiene que hacerlo, pero no responde a los intentos de Caesar de entablar una conversación. El único momento en el que parece despertar un poco del letargo en que se ha sumido es cuando Zamarat Larkeen aparece en la pantalla. Puedes verlo en sus ojos y en su postura corporal, pero ni siquiera eso basta para que Caesar consiga sacar algo de él.

El resumen dura tres horas, debe ser difícil presentar días enteros en tan poco tiempo. La relación entre Ahren y la chica y las alianzas más emocionalmente fuertes, se roban la mayor parte del tiempo. Los chicos de Cypress y Olive, la chica de Mags con Charlotte… Resulta duro ver una vez más todas esas muertes.

Cuando llega la escena en que los tres chicos viajan en la barca hacia el encuentro con la otra profesional, la cámara cierra la toma y presenta solo sus rostros. Entonces Ahren se levanta de su asiento y todos retienen su aliento. Él permanece quieto por un momento y entonces empieza a caminar. Nadie intenta detenerlo, es la primera vez que hace algo, lo que sea, desde que empezó la transmisión y su audiencia lo observa, silenciosa, mientras él da un paso tras otro hasta colocarse frente a la pantalla.

El rostro de Zamarat Larkeen llena la toma en el momento en que lo obliga a prometer que dará todo de sí a partir de ahora. Él respira profundamente y por un momento creo que se echará a llorar… No lo hace. Apoya la mano con los dedos separados a la altura del cuello de la chica, donde tiene una delgada cicatriz blanquecina. Un montón de gente en la audiencia empieza a sollozar.

Ahren vuelve a su asiento cuando empiezan las muertes. Veo al chico del Tres caer, luego a la chica del Cuatro y sé que cuando llega la muerte de Zamarat todos, igual que yo, dejan de respirar por un momento.

Una vez más no conseguimos ver nada. No hay explicación para la forma en que ella murió. Simplemente la corriente la arrastra, la pantalla pasa a negro y suena el cañón.

Por último transmiten la escena en que Ahren liquida al chico del Seis. Es impresionante ver el cambio en las facciones de ambos. Uno pasando de la desesperación al pánico, del pánico a la ira asesina y, finalmente, un momento después de que lo anuncian como nuestro nuevo Vencedor, a la nada absoluta.

Despego mis ojos de la transmisión, esperando ver algún atisbo de emoción en la cara de Ahren, pero no encuentro nada. Tiene los ojos fijos en sus manos, colocadas sobre su regazo.

La celebración acaba y Caesar le agradece a Ahren. La gente aplaude y vitorea, se escuchan algunos gimoteos de quienes siguen llorando por la reacción de él y entonces nada.

Nos permiten retirarnos. Entro con él al ascensor, solo nosotros. En el momento en que las puertas se cierran, él me toma del brazo.

–Quiero despedirme de ella. De su cuerpo. Quiero hacerlo.

Sweet Pie, la escolta del distrito Dos, trae puesto de nuevo su traje rojo fresa, el mismo que usó en la Cosecha. Me parece curioso que con lo fastidiosos que suelen ser los capitolinos en materia de ropa, ella se permita usar un mismo atuendo en una misma edición de los Juegos, pero parece genuinamente afectada por el estado anímico de Ahren, así que asumo que no está prestando demasiada atención a lo que pasa con su ropa.

Tiene el maquillaje corrido, dos líneas rosas, de su delineador de ojos, le cruzan las mejillas en vertical, dándole un aspecto tétrico, como si hubiese llorado lágrimas de sangre.

Viene de un lugar que, comparado con el Dos, parece sacado de los sueños de una niña de seis años. Tiene un nombre casi tan empalagoso con el de ella: "Candyfloss Square".

Lo imagino todo rosa, basta con mirarla a ella para imaginarlo así, pero ahora no tengo ni la energía ni las ganas para ponerle mucha atención al pensamiento.

Sweet Pie tiene la mano en el aire, a dos centímetros del brazo de Ahren, pero sin tocarlo.

– Cielo ¿estás seguro de que quieres hacer esto?- pregunta ella mientras saca un pañuelo de un brillante color rosado de uno de los bolsillos de su traje y se suena ruidosamente la nariz.

Ahren la ignora por completo mientras se mete en el ascensor con rumbo a la morgue. Sweet Pie digita el código que le ha proporcionado la organización y presiona un botón con una gran S negra. "Sótano", supongo.

Aquí todo es tan moderno que no se siente ni siquiera una sacudida cuando la gran caja de metal se pone en marcha.

Los tres permanecemos callados en nuestro decenso, hasta que las puertas se abren y nos dejan frente a un amplio pasillo que culmina con unas puertas dobles.

He estado aquí antes, es el punto de salida de los cadáveres que los mentores tenemos que llevar hasta nuestros distritos para su sepultura. Todos los años me toca firmar la salida de al menos uno de ellos.

Ahren no duda en salir del ascensor, seguido por Sweet Pie y luego por mí. Ella intercambia palabras rápidamente con uno de los Agentes de Paz que actúa como centinelas en la entrada. Yo mientras tanto observo a Ahren. Su rostro carece de expresión excepto por la dura línea de su mandíbula. Aprieta los dientes cuando se siente tenso.

El intercambio entre la escolta y el soldado acaba y él desliza una tarjeta de acceso por la ranura. Las puertas se desbloquean con un pitido y Ahren entra.

El aire en la morgue huele a formol y a productos de limpieza. Se siente frío, como si estuviésemos metidos en el cubo de un refrigerador. ¿Será el frío de la muerte? Los vellos de mis brazos se levantan. Hay un médico sentado en un escritorio al fondo. Acaba de desenvolver lo que parece ser su almuerzo. Me parece enfermo el hecho de que pueda sentarse a comer tan tranquilamente mientras está rodeado de cadáveres. Pero el que tiene un título por ser el mejor asesino de mi grupo soy yo. Y también el chico que se ha parado en medio de la sala mientras observa las hileras de cajones que se alinean a los lados, en congeladores que parecen grandes archiveros.

Cada uno tiene un número y una letra. No tardamos nada en encontrar el que él busca, el primer cajón a la izquierda. 1.F. El primero es el número de su distrito, la letra corresponde a su género: femenino.

Sweet habla con el forense, quien dirige miradas nerviosas hacia Ahren, tal vez preguntándose si podría incubar alguna clase de ataque que culmine con su muerte. Sin embargo el chico se queda muy quieto.

Finalmente el hombre, con una poblada barba azul eléctrico, saca un manojo de llaves de un cajón y camina, cojeando un poco, hacia el mueble que esconde los cuerpos. Selecciona una llave y la inserta, no sin dificultad, en el llavín. Hay un suave clic cuando se desbloquea el mecanismo. Él toma el tirador de la gaveta y lo jala con suavidad, dejando el cuerpo expuesto hasta la cintura. El cadáver está envuelto en una bolsa negra con un cierre frontal. El doctor desliza la cremallera con un movimiento fluido y aparta la tela negra, dejando el rostro expuesto.

Es un cadáver listo para ir a cumplir con los actos fúnebres en los próximos dos días, de ahí que su cuerpo esté tan bien cuidado. Sus labios están cubiertos por una fina pátina de brillo y no lucen azules, a pesar de que está siendo conservado en refrigeración. Han delineado sus ojos avellanados y le han peinado los rizos rubios, que forma un halo en lo alto de su cabeza. Podría parecer dormida, pero está muerta.

Ahren emite un sonido con su garganta, se inclina hacia adelante y se coloca justo al lado del cuerpo de la chica. Pensé que se echaría a llorar sobre ella o que nos pediría que saliéramos, pero no hace ninguna de esas cosas. Observa el cuerpo con el ceño fruncido y luego pasa los dedos por sus mejillas y su barbilla. Desciende lentamente por su cuello y su expresión se vuelve primero sombría y luego, por increíble que parezca, algo aliviada.

–Adiós- es todo lo que dice antes de dirigirse hacia las puertas dobles. Podría ser un efecto de la luz, pero casi me parece ver una sonrisa en sus labios cuando sale.

Sweet suelta un sollozo y vuelve a sonarse la nariz con su pañuelo.

– ¿Y a ti que te pasa?- le pregunto de mal humor.

– ¿No lo has notado?- responde ella histérica- ¡Sigue en negación! Es como si hubiera estado viendo a una desconocida en esa cama. Ni siquiera se molestó en darle una buena despedida.

Sus palabras, aunque vacías, encienden una bombilla en mi cabeza mientras volteo la mirada hacia el cuerpo en la camilla. Las arrugas en mi rostro se marcan por la concentración.

–Concédanme un minuto, quiero despedirme yo también de la chica- les digo a la lunática que llora inconsolable y al tipo que ha vuelto la atención a su emparedado. Sweet asiente mientras se pasa el pañuelo, posiblemente lleno de fluidos distintos a sus lágrimas, por toda la cara. El hombre me mira con cara de pocos amigos pero le dedico una mirada que acaba por convencerlo, el envuelve su almuerzo de nuevo, dedicándole una mirada de anhelo y luego empieza a caminar detrás de Sweet.

Ambos salen por la puerta y me dejan a solas con la hija de Shappir Larkeen, a quien nadie ha visto desde que se la llevaron para interrogarla, hace ya tantos días.

Me acerco al cuerpo, que luce pequeño sobre la camilla, y estudio su rostro. La curva de los pómulos, la nariz achatada y el falso rubor en sus mejillas. Hago lo mismo que Ahren y recorro su piel con la punta de los dedos, esperando no estar faltando el respeto a la memoria de la niña. Finalmente, mi atención se detiene en su cuello. Un cuello largo y esbelto, como de cisne, con la piel blanca y nívea. Un cuello sin cicatrices.

La respiración se atora en mi garganta mientras inspecciono el resto de su cuerpo. Hay una línea de suturas en el área en que Saimon la hirió en el brazo y tiene un corte disimulado con maquillaje sobre la ceja. A los caídos no se les practica el proceso de pulido que se lleva a cabo con los Vencedores.

Mi cabeza duele cuando analizo las implicaciones.

Mis manos tiemblan cuando subo la cremallera dejando oculto el rostro de la chica Larkeen.

Y mis labios se curvan en una media sonrisa cuando salgo de la habitación.

Dulphine Seaworth- Asistente de Adamas Draganbee en Diseño de Arenas

Ahren Noyce dobla las rodillas cuando el Presidente Snow se para frente a él con la corona del Vencedor en sus manos. El aro dorado se amolda a su cabeza como si él hubiera nacido para llevarla.

No ha vuelto a ser la misma persona que se presentó como voluntario a los Juegos, hace tan solo tres semanas, pero tampoco es el despojo humano que estuvo anoche en el resumen de los Juegos. Algo sustancial ha cambiado en él en las últimas horas. Tal vez alguna clase de aceptación sobre la muerte de Zamarat Larkeen.

La gente aplaude y vitorea al Vencedor mientras, en la Sala de Control, los encargados del programa ladran órdenes a los camarógrafos.

Yo permanezco apoyada contra la pared, de espaldas al despacho de Adamas Draganbee, cuyos gritos llegan algo distorsionados a mis oídos.

Ha pasado uno por uno a todos los miembros que componen el equipo encargado de los Juegos de este año. No ha servido de nada. Nadie ha tenido explicaciones satisfactorias. Nadie ha podido entregarle lo que quiere.

Sobre su sillón, en el centro de todo, Flourite Zuley, nuestra Vigilante en Jefe, mueve su copa en círculos, haciendo que el vino tinto ondule en el fondo. Su cabello, rojo y rizado, está elegantemente peinado hacia arriba y trae puesto un sombrero de copa diminuto que la hace lucir regia. Parece muy satisfecha consigo misma a pesar de las circunstancias.

Tenemos un Vencedor que sigue atónito por su situación, una reconocida Vencedora que continúa bajo custodia, posiblemente condenada a morir por haberse atrevido a jugar con las reglas y a un tributo que el sistema registra como muerto, pero cuyo cadáver ha desaparecido por arte de magia.

– ¡Lárgate de mi vista si no quieres que te utilice como sujeto de prueba de nuestra próxima Arena!- sentencia Adamas mientras el último sujeto interrogado sale por la puerta. Su rostro es la imagen viva del pánico. - ¡Bermillon!- grita Adamas desde adentro y su siguiente víctima entra cabizbajo, preparado para una reprimenda. Cierra la puerta tras de sí, pero el acto resulta insuficiente para acallar los gritos.

La boca de Flourite, pintada de rojo, se curva en una sonrisa y se lleva una mano a la barbilla. La observo atónita mientras me pregunto si ella ha tenido algo que ver con todo esto. Nunca ha sido enteramente aceptada para el puesto y justo ahora, parece una reina sentada en un trono.

Sus ojos se encuentran con los míos y su sonrisa se vuelve más amplia.

Un jadeo se escapa de mi garganta mientras, en la pantalla, Ahren Noyce saluda a la cámara conservando su seriedad.

No le espera nada sencillo, eso todos lo saben, pero cuando observo sus ojos claros en la gran pantalla, no parece importarle.

Me pregunto vagamente si se trata de algún tipo de estupidez o de genialidad.

Flourite levanta su copa y parece murmurar un brindis consigo misma. Con el codo, en un movimiento plenamente deliberado, tumba una botella, cuyo contenido se derrama sobre el mantel, tiñéndolo de verde mientras el aire se llena del repugnante aroma a kiwi y el suelo se cubre con la bebida alcohólica.

Me quedo muy quieta, observando el simbolismo de las cosas y preguntándome si la caída de un gigante debería considerarse un efecto directo de la situación o un simple daño colateral. Mi atención vuelve hacia atrás, donde Adamas continúa gritándole a Bermillon, intentando llegar a una explicación convincente sobre cómo es posible que ha podido extraviar el cuerpo de uno de los tributos, mientras, en la morgue, espera un cuerpo sustituto que pretende cubrir sus huellas.

Ahren Noyce observa estoico la cámara que alterna entre él y la multitud enardecida, y Flourite vuelve a llenar su copa, feliz por primera vez en semanas.

Y me doy cuenta de que, aquí y ahora, cada uno de nosotros deberá aprender a vivir con las consecuencias de nuestros actos.

FIN


Ustedes no me están viendo, pero justo ahora estoy tecleando con una mano mientras extiendo la otra hacia arriba a la espera de que algunos de ustedes, almas caritativas, decidan compadecerse de mí y chocar los cinco conmigo mientras me deleito en el hecho de que, en diez meses, he logrado ponerle punto final a este proyecto.

Parecía imposible poder elegir entre los veinticuatro chicos que ustedes me enviaron y, por supuesto, el contexto y las circunstancias personales tanto suyas como mías influyeron en el desarrollo de la historia. Justo ahora, me siento a analizar que cambios haría de volver a empezar, pero me he dado cuenta de que amo la historia tal y como está, así que diré que no me arrepiento de nada.

Un millón de gracias a cada uno de los veinticuatro papás, tanto los que aún siguen la historia y los que, en algún momento, la dejaron de lado, porque sin su ayuda no habría podido llevarla a cabo: G. Applause, Vvmq17, Darkmatter Black, Hikari Caelum, Ken Abernathy, Siri Tzi, Bellamybell, Freefall, Blurry Conrow, KittensAndCats, MarEverdeen, Alphabetta, Lauz9, Ale Santamaría, JaviValenchu, Disi22, KarWeasley, JXJ2, Gallantgrove, Soyreni, KD Tribute, Amber Swan, Lau Cullen Swan y Peetkat. Gracias por haber creído en el proyecto hace poco menos de un año y haberse tomado el tiempo de crear un tributo para colaborar con la historia.

Gracias a Zamarat, Alexandrite, Charlotte, Ahren, Raven, Fitz, Gianni, Zadlen, Laure, Ayrtron, Kiara, Saimon, Aristta, Tre, Bluedie, Clother, Catrinna, Deberg, Bernesse, Cowie, Maeva, Der, Ariadna y Skarp, piedras angulares en esta historia. Gracias por haberme dejado contar sus vivencias, sus miedos, sus esperanzas.

Finalmente, gracias a las personas que se atrevieron a leer mis ideas locas, hayan participado o no en el proyecto desde el principio, a quienes dejaron y a quienes no dejaron review, a quienes se dieron una vuelta por el blog, a quienes pincharon en el botón de mensaje privado y me dedicaron segundos de su valioso tiempo para hablar conmigo.

Gracias por la experiencia y por las muestras de buena voluntad, porque todas ellas me han ayudado a crecer como escritora.

Un abrazo,

E.