Algunos personajes pertenecen a M.S. La historia es mía... y todo lo demás que tengo que decir, No plagios, SaveCreative... etc etc etc.
Capítulo beteado por Melina Aragón, Beta de Élite Fanfiction (www. facebook groups / elite. fanfiction)
I dream of rain
I wake in pain
I dream of love as time runs through my hand
I dram of fire
And in the flames
Her shadows play in the shape of a man's desire
And as she turns
This fire burns
Desert rose —Sting
DE VICTORIA Y DERROTA
—Mi amor —lo llamó con saña, mientras observaba distraída la lluvia que golpeaba contra la ventana de su habitación en la mansión Swan—. ¿Por qué dejaste a su sobrina viva? Te dije que la mataras… debías hacerlo. Tomaríamos a Ethan y nos iríamos.
—No encuentro diversión en manchar las vestiduras de mi auto —respondió cínico él—. En cuanto al niño, Victoria, no es lo que vinimos a hacer. Querías el dinero, lo tienes. ¿Para qué coño un niño?
—Es tu hijo, James. —La oración salió de su boca fúnebre y fría—. Cuando lo tuve entre mis brazos, yo… yo supe que era tuyo, supe que era él. Algo pasó… y dentro de mí algo lo reconoce.
Victoria de ojos honestamente brillantes y algo sorprendida resopló tragando el nudo que mantenía por lengua.
—Ethan Swan es el bebé que te llevaste hace años.
—¿Me llevé? —replicó mordaz. —Yo no me llevé nada, tú no quisiste verlo, ni siquiera le amamantaste las pocas semanas que lo tuvimos. ¡No lo querías! ¿Ahora, qué carajo quieres de ese mocoso?
¡Qué más, Victoria, qué más!, pensaba él. ¿Cuánto más de mí quieres? Ethan no.
Victoria tenía la muy interesante capacidad de ser amigable, frágil y mostrarse como una necesitada mujer desprotegida, y James tenía una fijación por ella; el cabello y los ojos hipnóticos, la boca carnosa, las caderas redondas, su cuello pétreo, toda ella era una llama que debía ser observada, caprichosa, envidiosa, egoísta de la atención del mundo.
—¡Es mi hijo! —replicó ella girándose contra él, gritando con sus ojos abiertos.
No sabes lo que es eso.
Lars guardó silencio, conocía la mirada que le traspasaba desde el lado opuesto de la habitación. La encontraba en su pasado, su chica de cabello pelirrojo, hecha de sufrimiento y dolor, la niña desorientada que sacó de la lluvia, el gatito mojado que buscaba alivio y calor en su cuerpo. Era una mujer que soportaría todo gracias a lo que vivió, era su mujer.
Sin embargo Amelia era su creación. La más hermosa de todas, a la única que deseaba. Y su hermano, era su único vástago, lo único bueno de él. Lars decidió entonces un lado en esa guerra. Era justo por ello que cuando Victoria se cansó de jugar con la pequeña prima de Bella, James había llamado a un hospital cercano.
Él no abandonaría el lado de Victoria, disfrutaría cada momento y haría que su caída se diera a costa de todo. Aceptar al pequeño monstruo de cabellos revoltosos cómo su hijo, era un capricho más. En la guerra todo era un arma, Victoria pasaría sobre su cadáver antes de tocar un cabello de Ethan Swan.
James enredó sus dedos en la pequeña mata de cabello que tenía, acarició su mejilla y besó su frente, Victoria se abrazó a él, escondió su cabeza en el cuello fuerte y preocupado de su amante.
—Es mío, James, lo sé.
Él dejó al niño en los brazos de Alexander que había prometido no develar su origen. Observó la dinámica de abuelo—nieto. ¡No podía ser! Victoria no podía saber nada… Su voz atormentada le recorría cual escalofrío.
—Victoria, cariño, eso es imposible. Te he dicho que el bebé que tuviste lo dejé en un hospital. —James apartó su vista de ella, que sonreía delirante. Tomó un respiro imperceptible y continuó—. El niño que tuvimos se fue, lo adoptaron hace años. Deja al hermano de Isabella en paz, ese niño no está mezclado en tu venganza.
Desconcertada y sintiéndose traicionada se alejó, negó repetidamente con la cabeza, sacudiendo su peinado prolijo. Decidida tomó su cartera, cogió unos cientos de libras y se los entregó a James. Por ahora, luego del incidente con Tanya era mucho mejor que desapareciera del radar.
¿Por qué su amante, su protector, la dejaba de lado? ¿Por qué ese hombre se negaba a ver la verdad? ¿No le entusiasmaba la idea de recuperar a su bebé?
James resopló impotente. No quería hacerlo, alejarse cuando más temía por su hijo y por Amelia, mas era necesario ocultarse de Victoria, esperar a su llamado y, mientras tanto, trabajar a sus espaldas, contra ella. Aceptó el dinero y desapareció en la densa niebla de mitad de la tarde, con su usual gabardina de cuero negro y semblante de rufián. Corriendo como rata, tramando como ella, jugando sucio, comportándose como caníbal contra su igual.
Victoria lo dejó marchar desde la puerta trasera de la mansión. Cuando regresó a su habitación, la pequeña cabellera rubia que le tenía intrigada y a ratos divertida la esperaba allí.
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—¿Qué tipo de serpiente es? —Su voz curiosa despertó ese extraño tintineo en el medio de su pecho, la comisura de su boca se elevó y los ojos oscuros de maldad se coloreaban en armonía.
Ethan no se sobresaltó cuando encontró la mirada que ella clavó en su pequeña espalda minutos antes. No era un niño que se asustara de manera fácil. Él era valiente. Emmett, su tío, era el que gritaba en las películas de terror, Ethan no tenía miedo de nada. Él era cinta azul en karate y el más veloz en sus prácticas de fútbol.
—Una pitón —contestó falsamente fría y aburrida.
La serpiente de un metro y cincuenta centímetros, de colores amarillo y hueso, dientes afilados y lengua bífida, no causaban el mínimo sentimiento de terror para Ethan, que por el contrario, aprovechaba cada oportunidad que tenía para escurrirse a las habitaciones de esa mujer.
Bella decía que debía mantenerse alejado, pero… Bella no contaba con la serpiente.
¿Qué podría pasar? Ethan creía que absolutamente nada. Era una pequeña serpiente, él sólo la observaría desde su caja de cristal. Bajo ese pensamiento, siempre que podía, se encontraba embelesado y con su cara de rasgos finos pegada a la prisión del reptil.
—¿Es venenosa?
Ella pareció sopesar su respuesta antes de contestar. Ethan la miró directamente y Victoria se sintió descubierta, desnuda… incapaz de mancillarle.
Ethan observó la sonrisa divertida de Victoria, ¿por qué les desagradaría? A él le parecía que era una chica bastante… amable. Le gustaban sus ojos y la sonrisa roja que le dedicaba esplendida, como si fuese hecha sólo para él.
—No. Pero sigue siendo igual de peligrosa, no te acerques ni la molestes, Ethan.
Él asintió sonriente, y volvió a pegar su cara al cristal. La serpiente no se movía ni un sólo centímetro. Ethan quería verla cazar, quería tocarla… quería tenerla entre sus manos, cómo había visto que Victoria o James hacían.
Recostada en el muro, Victoria disimuló una pequeña risa, podía adivinar los deseos de su hijo. Era igual al padre, curioso, pero nunca pediría nada, era ella quién debía ser adivina de su pensamiento. Silente se acercó a él, quitó la compuerta de seguridad de su serpiente Laos, y la sacó con cuidado. El reptil se enredaba a su cuello y se deslizaba por sus brazos, siseando en tono bajo, lenta y majestuosa.
—Isabella está por llegar. —Vicky permitió al niño tomarla con las manos, extasiado y emocionado de sentir la piel humectada y escamosa del animal—. ¿Tú quieres mucho a tu hermana, no es así?
—Sí, es mi hermana. Eso hacemos —contestó, provocando la risa natural, pocas veces vista de ella.
Él también sonrió, con sus labios delgados y rosas, iguales a los de James, finos y suaves. Victoria claramente complacida observó los enormes ojos grises de Ethan Swan, eran tan iguales a los de su madre, tan transparentes, tan simples… le llamaban desde su niñez. Era él, debía ser él.
—Laos es capaz de estrangularte y hacer que cada pequeño hueso de tu cuerpo frágil se vuelva polvo. —Intentó asustarlo mientras alzaba la serpiente sobre su cabeza.
—Los huesos no se hacen polvo —replicó sencillamente—. Bella dice que por eso debo comer mis vegetales e ir al entrenamiento.
—Laos hará eso si te acercas demasiado. No lo hagas, quieres. Sería una lástima porque me agradas.
—Tú también me agradas, Victoria —dijo el pequeño Swan.
Los ojos azules de ella, oscuros de deseo y centellantes de felicidad se apartaron del angelical rostro del niño. Negó imperceptiblemente, retiró a su mascota regresándola a su nicho y siguió charlando con su pequeño visitante.
—¿Qué te parece si esperamos a tu hermana en el piso inferior? No creo que le guste que estés aquí.
Ethan parecía meditárselo seriamente. ¿Qué tendría de malo? ¿Bella se enojaría, regresaría ya de su trabajo con Edward? Miró el reloj de su muñeca, lo había tomado del closet de Edward que felizmente se lo había obsequiado. Sabía leer las manecillas a la perfección. Las seis menos diez… Bella aún se tardaría un poco más. No quería ver a su hermana molesta pero… Victoria era interesante y pocas veces hablaba con él. La mujer le sonrió caprichosa y anhelante de que quisiera quedarse junto a ella.
—Puedes venir aquí cuando quieras —le dijo dulcemente al oído—. Será nuestro secreto, corazón.
…
Llegar a la casa Swan no era su parte favorita del día, usualmente era Edward quién recogía a Ethan. El abuelo huía por todo Londres escondiéndose de ella, rechazaba contestar las llamadas, no leía los recados de la oficina, única y exclusivamente se dedicaba a cuidar de su pequeño nieto, Ethan, las tardes que volvía del club.
Por su parte, Edward y Bella anhelaban su casa, su espacio; volver de visitar a Tanya en el hospital, lidiar con un corporativo que se reestructuraba y preparaba para una auditoria, era agotante. Mas Bella era una fiel defensora de mantener a su hermano lo más lejos que pudiera de esos lugares, por lo que se había resignado a la posición de su abuelo, esperaría a ser llamada ante él, esperaría sus explicaciones y le daría espacio.
—Iré por Ethan —dijo ella en voz baja—. Debe estar en la biblioteca. Espera aquí.
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—Tienes unos bellos ojos, Ethan. —Bella escuchó la sardónica voz e inmediatamente una oleada de frío cruzó su nuca—. Dime ¿Los ojos de tu abuela eran de ese mismo color?
—No —contestó inmediatamente su hermano.
—¿Los ojos de tu madre eran de ese color? —insistió ella.
—No lo sé… —volvió a decir el niño.
—Y no te importa —interrumpió Bella al filo de las escaleras—. Hora de irnos, Ethan. Al auto.
—¡Oh, mi dulce y pequeña sobrina! Tal vez tú puedes resolvernos esta duda.
—Al auto, Ethan. — Bella usó su voz de mando—. Te veré allí.
En las extremas ocasiones en que Isabella hablaba de ese modo, ocasionaba que el pequeño duendecillo caminara frente a ella, con la cara al piso y las piernas arrastrándose a un paso atemorizado; estoicamente cuadraba los hombros y sus labios rosas se volvían una línea rígida. Bella, que también tenía práctica en oponerse ante los ojos acuosos y quejidos de niños pequeños, señaló la escalera con su dedo firme.
Las dos mujeres esperaron a que Ethan estuviera lejos. Victoria contenía su sonrisita molesta al verse alejada de su más reciente interés e Isabella arremangó su vestido de gasa suelta, colocó su cabello detrás de sus orejas y miró directamente a la boca roja de su tía.
—¿Qué es lo que sabes? Habla Victoria.
Tenía un hueco acumulado en el estómago. Ethan era su hermano. Era un hermoso niño. Esa mujer era vil y cruel, no tenía ni un solo gramo de piedad o buenas intenciones. Ethan era un niño vivaz, divertido y condescendiente. Y nada lo tocaría, tendría que pasar sobre su cadáver antes de ver una sola de sus garras sobre su piel tersa.
»Él está fuera de todo esto, Victoria. Toca uno de sus cabellos, y te juro que no volverás a ver la luz del día.
—Tiene unos hermosos ojos, únicamente he dicho eso.
Isabella la miró cruzar sus brazos sobre el voluptuoso pecho, sonriendo de oreja a oreja, mostrando sus pómulos altos y orgullosos. Incitando la furia de su oponente.
—No. Tú quieres algo más, háblalo ahora, o atente a las consecuencias.
—¿Me amenazas? —Victoria descruzó sus brazos y caminó hasta ella, rodeándola y hurgándola. Oliendo el caro perfume de su piel expuesta, la lluvia y humedad de su cabello. Observando en sus manos de dedos largos la argolla de matrimonio y las uñas impolutas, buscando dónde atacar, dónde morder, qué herir—. ¿Qué esperas que te diga, Bella Swan? Estoy dispuesta a aclarar lo que quieras. ¿Averiguaste algo en los archivos de tu familia? ¿Encontraste los huecos que te faltan?
—¿Quién eres?
—La madre de Ethan. La hija de Alexander…
Bella resguardó su aliento antes de preguntar infantilmente, esperaba la sinceridad en ella. La respuesta casi burlona fue cortada por el puño cerrado de una enojada Isabella contra de Victoria.
—Encantador —murmuró con desprecio mientras limpiaba la saliva de sus labios en la chaqueta de satén amarillo y fino—. Vengo de un lugar donde aprendes a deshacerte de los muertos antes de que lo estén. Yo no te temo Isabella…
—¿Te encantaría eso, no? Recrear tu mundo. La escena del crimen… golpear, patear, rasguñar… lo que sea… ¿Qué quieres?
»¿Disfrutaste queriendo deshacerte de Tanya? ¿Dime, disfrutaste de verla desesperada mientras intentaba salir de su coche? ¿Qué sientes Victoria, encuentras placer en ello? ¿Qué quieres de mi hermano?
—Soy bastante vouyerista, lo admito.
—¡Zorra!
—No es la primera vez que lo dices, cariño. —Victoria relamió sus labios, ansiosa de hacer perder el control a Isabella—. Pierde su toque con el tiempo.
—Lo preguntaré otra vez: ¿Quién eres?
—¡Ay, Bella! Eres tan ingenua…
—Los secretos de mi familia no te pertenecen, Victoria. Alejate de él, de nosotros.
—Así que lo sabes…
—Es mi hermano, perra.
El cerebro siempre lógico de Bella se apagó. Su vista se volvió roja al tiempo que se abalanzaba sobre la pelirroja. El Sr. Swan, que subía las escaleras hasta su nieta, detuvo su cuerpo poco antes de colisionar. Sostenía la cintura de Isabella, tenía toda la fuerza contra ella, era viejo y la tempestad de Bella amenazaba con hacer correr ríos purpuras a los pies. Alexander apenas podía contenerla. Victoria nunca quitó la mirada cínica y burlona, disfrutaba de sacar a Bella de sus casillas.
—Te juro, Victoria, te aseguro que no vas a tocar ni uno sólo de sus rubios cabellitos ¿me has oído?
—¡Ese niño es mío, Isabella!
—¡Cállate! ¡Cállate Victoria, no habrás conocido de lo que soy capaz! —Alexander quiso interceder sin éxito.
—Oh, te conozco… —Se carcajeaba ella.
¡Al fin se mostraba como era! La verdadera chica, la oscura. La había encontrado. Años de búsqueda, y allí estaba… a su lado. La melena desordenada al viento, la ropa cara que contrastaba en el bajo mundo, los colores de luto, sus ojeras marcadas. Victoria había dejado de buscarla cuando James volvió a ella, pero la vida se la regresaba, era ella y no cabía duda.
—¡Te conozco, Amelia!
—¡Jesús, Isabella, contrólate! —ordenó su abuelo al oído.
—Suéltame… suéltame. —Golpeaba ella, impulsándose a la loca pelirroja muerta de risa—. Te mataré… te mataré lo juro Victoria… ¡te mataré!
—Estoy ansiosa…
… …
Isabella había salido cual furia de la puerta de olmo de la entrada, detrás de ella el Sr. Swan vociferaba iracundo y meneaba los brazos sobre su cabeza. Ethan, que permanecía en la parte posterior, esperó a su hermana y abuelo, los miró detrás de un cristal que reflejaba sus ojos confundidos. Edward más suspicaz, observó las mejillas rojas de ambas personas, los ojos cansados y azules de Alexander con miles de preguntas en ellos, y los brazos de su esposa sobre su pecho, protegiéndose de caer; encendió el auto, y aguardó a que ella se subiera al automóvil sin decir palabra. Ed negó en silencio, escuchando los bufidos de Isabella.
Alexander Swan aguardó en la entrada de su inmaculada casa de paredes blancas, sin traspasar la vaya alzó el brazo despidiéndose de su nieto pequeño, y mirando la mueca torcida de Edward Cullen que asintió imperceptiblemente en su dirección. Ya tendrían tiempo de hablar.
—Esa… bruja maldita —murmuró ella—. ¡Jodido mandril con boca de pitón!
—No matarás a nadie mi amor. Control Bella —aconsejó Edward.
Sin embargo ella se mostró huraña y silenciosa el camino entero. Negaba profundamente, mordía sus dedos en señal de desesperación y Edward sabía que los relámpagos empezarían a salir de entre su cabello de un momento a otro.
—¡Jesucristo, Bella! ¿Qué harás, liarte a golpes con ella?
—¡Sí! —chilló ella mirando a su hermano por el espejo retrovisor, encogido detrás del asiento de Edward, sosteniendo las rodillas contra el pecho y con la terrible sensación de haber cometido un crimen atroz.
—No quiero que vuelvas a acercarte a esa mujer, Ethan. ¡Te lo he dicho, maldición!
—¡Swan! —Reprimió Ed—. Es suficiente.
No. No lo era. Nada era suficiente para aplacar la cólera que Victoria hacía crecer en ella. Una palabra e Isabella explotaría. No hacía falta más.
Llegaron al apartamento y Ethan corrió a su habitación a refugiarse, Isabella caminó al despacho. Edward no sabía cómo detenerla, cómo hablarle. Isabella tenía casi treinta años, ¿por qué su tía y cinco minutos eran suficiente para enfebrecer a la usualmente calmada Bella?
Caminó tras sus pasos. Le encontró tomando de uno de los finos vasos de cristal cortado, el alcohol pasaba a través de sus labios como si fuese agua. Uno, dos, tres.
¿Quién era esa mujer, y qué hacía en el cuerpo de su esposa?
Edward observó a Isabella refunfuñar en silencio y a sus ojos fijos en la nada.
¿Dónde estaba su esposa que cocinaba postres? ¿Dónde estaba la Isabella que le sorprendía con café a la mitad de la oficina? ¿Dónde estaba la mujer que no soportó más de dos meses fuera del trabajo? ¿Dónde estaba la amiga que sonriente y sorprendida saltaba sobre Jasper a contarle la mínima parte de su vida? ¿Dónde estaba la amorosa, la ecuánime, la inteligente Bella?
¿Era esta, la chica a la que Hase se jactaba de reformar? ¿Aaron había tomado a la chica linda, la había llevado a su apartamento, quitado su vestido de organza y la había follado? Era ella: Bella, huracán, Swan. Todo eso había sucedido mientras él estaba metido en las piernas de Kate.
Kate… Kate…
La última gota para dejar a un abatido Edward al final del día. Primero los problemas empresariales de todos los días, luego el e—mail de Kate desde París. Hase, Tanya, y al final Bella, Ethan y Victoria. ¿No existía un fin?
Edward siguió sus pasos, firme le quitó el vaso de las manos y besó su cien.
—¿No se supone que estamos en esto juntos?
—No me importa…
—¿No te importa? Es decir, ¿te iras Bella? ¿Después de esto… tú te irás?
—Yo…
—Cuando termines con Victoria, ¿irás con Aaron, te casarás con él y tendrán hermosos niños sonrientes? —Ed la soltó y caminó a su escritorio desde donde podría juzgarla—. Yo me quedaré solo Bella, sin ti y sin nada tuyo.
—Estoy aquí —respondió seca.
—No… no lo estas —explicó él. —Tú quieres irte.
—Basta, no quiero pensar en nada ahora mismo.
—Entonces deja que yo me ocupe de tus problemas. —Edward era bueno acorralando a las personas. Se acercaba, hacía que confiaran en él, para luego alejarse, y hacer que el otro fuese tras él—. Olvida a Aaron Hase, y dejame lidiar con Victoria.
—¿Otra vez con eso? —La voz aguda de Isabella lo traspasó. Edward caminó hasta ella, la recostó en el sofá, tomó sus manos y las aprisionó por encima de su cabeza—. Habíamos discutido esto, Ed, necesito un salto de fe, lo estoy intentado. Son mis batallas.
—Lo tuyo es mío —susurró en su barbilla, regando pequeños besos en ella—. Déjame a mí tus problemas, dame tu vida, Swan. Dame un respiro, Bella. Me matarás sin ti. ¿Por qué te cuesta entenderlo?
Isabella era su instrumento. En sus manos estaba casi segura de que la haría cantar la quinta melodía con solo el toque de sus dedos. Estimulada por él tomó su cabello, colgó sus piernas a su alrededor.
Usualmente cerraban la puerta con pestillo, anhelando el acto de adoración. Deseaban consumir su cuerpo con el del otro, entregando todo cuanto tenían, sin medida y sin pretensiones. Desesperado o intenso. Lento y pasional, tierno y quizá algo meloso. Al final, era el cuerpo de Edward quién hacía correr un río de éxtasis por toda ella, usando sus labios, sus dedos, su lengua.
Era entonces cuando el apetito voraz de Isabella Cullen—Swan salía a la luz. Sin saber cómo llegar a él, cómo hacer que Edward sublimara su alma, cómo volverse sólida para él, no sabía cómo darle más, más de ella, todo cuanto él pedía; allí se engendraban las dudas que saltaban por toda la cama de su marido. Cuando más quería darle ella, cuanto más inmensa se volvía, a Edward Cullen, por más que intentara, no lograba sostenerla, no la detenía.
Siempre escapaba. Era Edward quién le hacía llegar al final, pero era Bella quién decidía cruzar la línea. Era ella quién iba y venía por él, con y sin él. Incitaba a su cuerpo, tomaba, exigía, derrotaba y adoraba su intimidad. Y él, sediento de Bella, fanático de su cuerpo, de su sexo, se conformaba con los momentáneos suspiros de su boca. Edward perseguía a lo largo del día el poder tocarla, besar su cuerpo, sostener la curva de su cuello entre los dedos. Permanentemente con sus músculos paralizados de éxtasis y el corazón palpitante, a que ella terminara sus orgasmos y luego lo hiciese él, quería vencerla aunque fuese en algo. Pero Swan ganaba. Siempre lo hacía.
Cada latido le desmenuzaba el alma y hacía correr electricidad a través de cada hueso. Era él quién contenía una fiebre inmensa deseosa de salir; sin embargo la fuerza de ella, la necesidad de ella, la sensación de ahogo, era quien volvía ceniza y fuego el deseo de él.
Isabella era la consumación de Edward, era su inicio y su fin, su alfa y su omega. Bella era su mundo, y para la desazón de su amante, Edward no podía asegurar lo mismo para él.
… …
Hueso y Metal
Misión: búsqueda y rescate
Isabella recogió la camisa de Edward y su ropa interior a la mitad del despacho, la pasó por sus hombros y volvió al sofá. Se encontró cómoda, desnuda y cobijada por el calor de los confortables brazos de Edward. Le daba vueltas una y otra vez a las palabras de Victoria y la carta de su abuelo. El fin era muy claro. Era Ethan el niño perdido. Perturbada confió cada detalle a Edward, quién la escuchó atentamente, un poco incrédulo y algo molesto de saber quién era James en la vida de su esposa.
—¿Estas segura? —Edward mantenía esa cara impasible, con el ceño fruncido y la voz fría—. ¿No lo confundes? ¿Dime, es acaso posible que este hombre que me describes sea el mismo que se encarga de un departamento en la compañía?
—No existe la manera en que eso suceda, Ed. Yo no me equivoco.
Edward tomó su muñeca y la besó.
—No quiero que le vuelvas a buscar, Swan. —Su orden era simple y compleja al mismo tiempo—. Podemos enviar a alguno de los agentes de seguridad en su búsqueda, pero… no te quiero cerca, no lo quiero rondando. No otro más, por favor.
—Debo ir… —contestó suavemente Isabella.
—Nada de deberes. No. No… simple y llanamente: No.
—No te acercarías ni a un kilómetro de él. Ed, confía en mí, si involucras a Hase… Aaron no tiene porqué involucrarse en nuestra familia, para empezar. —Edward la abrazó más fuerte tras su última confesión—. No encontrarán lo que no quiere ser encontrado. Tengo que ser yo… me lo debe.
—Es totalmente estúpido. Te arriesgarás a encontrarte con un maniaco sin protección. Nadie estará allí ¿lo comprendes?
—Lo conozco. —Bella esbozó una sonrisa petulante—. No sería la primera vez.
Ni la última, respondió su otra voz.
—Sé lo que tenemos que hacer, Ed. —Bella besó su quijada. Suspiró acongojada y continuó—. Quien no conoce el pasado, está condenado a repetirlo. Necesitamos saber… debo saberlo.
Edward meneó la cabeza desesperado. Si había algo que Isabella lograba en un asombroso record, que se esforzaba por traspasar a cada día más, era hacerlo contradecir sus propósitos.
—¿Por qué no me habías dicho que conocías a James? —cedió al silencio que habían dejado formar—. ¿Cuántas veces estuvo rondando los pasillos de la torre, cuántas lo vimos hablar con más de una becaria? ¿Sabes cuántas personas pusiste en peligro, Swan? ¿Si te ocurría algo, si fue él quien estuvo detrás del dichoso accidente de hace unos meses?
—Historia pasada.
—Estoy hasta la puta coronilla de tu maldito pasado. Empieza a hablar ahora mismo, Swan.
—No me ahogues, Ed. Te lo suplico, hoy no.
—Maldición, Isabella, por momentos así es cuando uno prefiere salirse por la tangente.
—¿Y eso qué significa?
—Sabes lo que quiero decir.
—No, no lo sé —aceptó derrotada.
Quiero quedarme, pensaba ella.
¿Qué es lo que esperas?, se preguntaba a sí misma, ¿Insistes en que de un día a otro, él se levante y diga —Te quiero—? Lo hizo, me ama. Edward Cullen me adora. ¿Esperas ser salvada del reclusorio en que te condenaste? ¿Qué quieres de él? ¿Qué carga le has impuesto? ¿Qué te has impuesto a ti?
Bella quería reformación. Arrasadora y tórrida. Compromiso, o no, ansiaba aunque fuese un poco, de esa cosa que amenazaba con carbonizar todo: huesos, piel, cerebro, ideas, principios, alma. La exclusividad y urgencia por él se acrecentaba a cada día. Necesitaba de Edward, como el impulso para seguir escalando una cuesta que parecía interminable. Angustiada quería pensar que en él encontraría las piezas faltantes del enorme rompecabezas que los otros apenas si pudieron echar andar.
Pero cuando le tenía enfrente, le pasaba de largo. No sabía qué hacer, cómo actuar, quién ser. Le empujaba fuera de su zona de control.
Acariciaba el pensar que allí, en ese punto, donde los dos se hacían uno, allí era dónde encontraría a la chiquilla desarmada. Adónde sería capaz de montar y desmontar su voluntad. Y eso a Isabella Marie le provocaba miedo… y mucho más aún; le avivaba pavor una cara contraria, la posibilidad en que no estaba. Parecía impensable. El inminente riesgo en el cual Edward le negaría su amor, allí dónde se quedaba sola, esperándolo, ahogándose sin él le asfixiaba de angustia.
No podía perderlo. No sabría qué hacer. Él se llevaría las piezas faltantes, eran suyas. Y quizá… sólo quizá Bella le haría llevarse otro puñado de ellas. Porque Isabella Swan estaba hecha para él. Sólo él… Edward era y seguiría siendo, la causa fundamental que le regía.
Ella ansiaba la guerra, había probado la sangre y el polvo, la muerte y el hambre. Y era él, y sólo él, su rayo de luz. Era su soleado amanecer.
—Mi vida… —intentó ella de nueva cuenta.
—No, Swan… no me chantajees, con esto no.
Bella suspiró profundamente, se acomodó mejor en sus brazos y cerró los ojos. Esperó a que él no la alejara y poco a poco… las palabras salieron de su boca.
El cómo lo conoció. Quién era ella, su tiempo de fugitiva. Jasper y sus cuidados a las heridas que se provocaba en sus encuentros.
Edward había rechinado más de una vez la mandíbula, mas Isabella se había mantenido firme afianzada a él. Y para su sorpresa, quizá encanto, Edward seguía adorando cada parte de su vida como si fuese una única y en extremo rara joya.
Cuando terminó su relato, la tomó entre sus brazos y la llevó a su habitación. Acarició su mejilla y sus cabellos por largo tiempo hasta que su respiración se volvió más regular y sus ojos se habían cerrado por completo.
…
Pasaron dos días e Isabella continuaba en estrecha vigilancia. De a ratos era divertido, ver la frustración en los gestos del rostro bello de Ed, la angustia a cada movimiento que su cuerpo tenía alrededor de la casa y la oficina. Las puertas estaban en constante cuidado, el puesto centinela de su esposo era atendido veinticuatro horas continuas.
Ethan se había sumergido en un estado de confusión que a Isabella le revolvía el estómago. Le notó distante y pensativo. El mayor temor de Isabella residía sobre el arquetipo de pensamientos y decisiones de su hermano. Temía, por sobretodo, encontrar el espíritu traicionero de Victoria, o la versión suicida de James. Le aterraba pensar en el pequeño niño de cabellos dorados, risas estruendosas y chistes sin gracia, ocultando la misma mala leche de la madre. ¿Era que la maldad, el cinismo y la podrida mente podían mamarse del pecho blando de Victoria?
El sábado por la noche apostada en el marco de la puerta de su habitación, observando a un Ethan que dormía profundamente sobre las piernas de Edward, igualmente dormido totalmente estirado y relajado; Isabella tomó su decisión.
Para su ventaja Aaron sólo la seguía a Isabella Swan en su rutina y esa noche encerrada junto a su familia, ella no era esa mujer. Caminó sigilosa a su armario, tomó sus botas altas y la ropa oscura. No besó a ninguno de los dos hombres que dormían profundamente por temor a ser descubierta y marchó.
El conocimiento era la única arma que quedaba. Su corazón batía como langosta en primavera, tuvo hambre y miedo. Por cada paso que daba, cien más se anexaban a su marcha. Tomó el autobús y quince minutos después tocó el timbre de Jasper y Alice.
Alí tomó fuerza de su aliento. Cada vez que observaba la ropa gastada y los abrigos largos, era el momento en que más odiaba su cobardía. Jasper en cambio, torció la boca de lado y le dejó pasar.
—¿Qué necesitas?
—Una coartada —explicó ella—. Y… yo necesito las llaves de tu motocicleta.
—Puedes olvidarlo, Swan, no la moto. Podrías matarla.
—No está viva, Jasper, vamos… anda, que sólo tengo un par de horas.
—Quiero la Phantom —ofreció a cambio—. ¡Y cubrirás mi guardia el siguiente fin de semana, Swan!
—¡Jasper! —indignada reprochó Alice, tirando de él hasta la puerta—. No puedes dejar que… que se vaya así… a quién sabe dónde… ¡a esta hora!
—No es nuestro asunto —tajó su amigo—. Sólo ella se comprende.
—¡Grandioso! —Escuchó la voz de Alí en la puerta de su edificio—. Creo que deberíamos juntarnos todos y hacer una convención sobre Bella Swan, al menos así podríamos unir nuestros pedazos y lograr entenderla.
… …
—¿Lo sabes, cierto? —preguntó James mientras fumaba su último cigarrillo de la cajetilla, sentado junto al Támesis en el bajo Londres.
Escuchó las pisadas de la chica a su espalda, sus botas llenas de lodo se arrastraban de un lado al otro, meditando lacónicamente, acechándolo. Esperando un momento para interrumpir la fría calma que le acompañaba.
—Sí…
El murmullo de Isabella cruzó su silencio autoimpuesto.
—¿Cómo?
—Mi padre… mi padre dejó una carta para mí en su testamento —mintió ella—. El abuelo le convenció de hacerlo, mi madre tendría un bebé… y quizá Ethan… —se interrumpió, aún era extraño decirlo en voz alta—. Bueno, el bebé… el bebé nacería en Swansea… allá es sencillo mentir.
—¿Intercambiaron los bebés?
—Murió… el bebé murió —confirmó ella—. Ethan tomó ese lugar. Es mi hermano, James. Sin importar nada; él creció junto a mí, es mi mundo… Ethan es mío.
James volvió a sumergirse en la penumbra, se levantó y caminaron juntos, lanzando las piedrecillas al río.
Había pasado toda la semana apartado de la familia Swan, refugiado en el antiguo bar de su juventud, pidiendo cerveza tras cerveza. Utilizando el dinero fácil que le otorgaba su amante. Estaba sucio y demacrado. Su cabello rubio siempre brillante se encontraba grasoso, el traje azul estaba hecho jirones, sólo le sobrevivían el pantalón y la camisa. Isabella podría incluso adivinar rastros de heroína en los pinchazos de la cara anterior de sus brazos.
—¿Crees que le gusten mis tatuajes? —preguntó James observando sus brazos y manos.
Bella sonrió. Los amaría, era igual de extraño que su progenitor. Tenía su biografía dibujada sobre la piel. Su fecha de nacimiento, la fecha en que se fue del internado, Janie, Ethan. Sus andanzas, su música favorita, gráficos sin inicio ni sentido. Totalmente cubiertos en la oficina y únicamente vistos por sus amantes.
—James… agradecería que no le muestres todos.
—Cariño, yo soy un tatuaje…
—Ethan creerá que es lo más grandioso de la vida —explicó ella. —No quiero lidiar con ello ahora. Querrá tener uno y es demasiado pequeño para ello.
—Es un chico listo… igual que su padre —le dijo.
—Su padre es un aprovechado. —James la vio sobre el hombro. Ofendido por sus palabras. Bella replicó—. Lindo pero aprovechado.
—¿Saben que estás aquí, conmigo?
—No —aceptó sin miedo—. Estarán locos cuando regrese… debíamos afrontar esto, ¿no te parece?
—Creen que soy una mala influencia.
—Eres una mala influencia —confirmó Bella—. Es sólo… ellos creen que me harás daño. Después de todo, no están tan equivocados.
—No te dañaría, Amelí, lo sabes. —James abrió los ojos asustado. Sus enormes ojos de metal se desharían por ella—. Estaré allí, para ti, Amelia.
Continuaron su camino por la orilla, a paso ligero casi sin avanzar. James agradecía muchas cosas de Isabella. Agradeció conocerla y saber o engañarse, de que ella estaba allí para él. Agradeció pasar algunas madrugadas a su lado y despertar con la tibieza de su cuerpo a la mitad de sus pesadillas. Agradeció su presencia cuando requería de una alma que le acompañara en su ir y venir del inframundo, en búsqueda de la propia. Pero, quizá, sobre todas las cosas, agradeció el hecho de ser ella quién cuidó y vio crecer a su hijo. Amelia, cielo de infierno.
Sabía que Amelia era su obsesión. Y la amó, la amó cómo un loco desesperado. Pensó necesitarla más que al aire que respiraba… se odió a sí mismo por dejarla partir. Más no era suya… no en ese mundo, no en ese tiempo, no en ese espacio. No en esa vida.
James se mimetizó con un fantasma, no obstante, comió de su cocina, bebió su café, la siguió en los pasillos de la ciudad sin fin, la observó dormir, pasó el tiempo a su lado, a la distancia. Le gustaba seguirla, observarla leer, mirar sus ojos somnolientos que deambulaban en el subterráneo.
Le observó la figura eternamente oscura que respetaba sus encuentros. Era Amelia quién se despedía de él. El viento le acariciaba el rostro, amaba su cabello revuelto impidiéndole ver los ojos tormentosos, que en algunas ocasiones no podía contener. La amaba en sus momentos límite. La amó cuando la vio caminar vestida de blanco a los brazos de un hombre que no era él.
Toda ella le era adictiva. De personalidad oscura. Sentido y pasión animal. Un hambre desesperado de esperanza. Una niña linda. Y sí, malditamente más caliente que todo el puto infierno.
Sagaz. Veloz. Ferviente defensora. Era amorosa, algo dura en los bordes y, también, consentidora con su hijo. Y él, él era una rata asquerosa que no merecía siquiera poner los ojos sobre ella.
Y aun así. ¡Ella estaba allí! ¡Ella lo buscaba en el fondo! ¡Había sido él, quién poseía como loco el cuerpo de Isabella!
… una Isabella que no era Isabella.
Isabella/Amelia… ¿qué más daba? Las dos terminaban por entremezclarse hasta lo inteligible.
El tiempo se iba y ella seguía allí. En silencio junto a él, para ambos. Congelada. Esa era de parte, su regalo para él. La figura de Amelia vestida en pantalones oscuros y una gabardina pesada que ocultaba su figura, labios rojos y ojos oscuros. Esa tarde, era Amelia, su última imagen, su adiós. No había ningún jodido policía entre sus piernas. No había ningún niño rico rondando a su presa.
—James… —llamó ella—. ¿Qué pasó con tu hermana? ¿Por qué la mencionabas en tu historia sobre Ethan?
—No lo sé —respondió sincero—. Jane, Jannie era especial.
—¿Por qué? —volvió su curiosidad.
James sonrió ligero. Miró el fondo del río y suspiró lentamente.
—Era una niña diferente, Amelia. Era un ángel.
—He conocido pocos... dime, ¿qué le hacía especial?
—Jane fue… —El recuerdo de la niña de cabello castaño claro y ojos rasgados se coló a su memoria. Las risas de boca amplia y nariz arrugada, las manos pequeñas y el cuerpo redondo—. Jane tenía una...
—Ajá —lo alentó ella.
—No quiero decírtelo.
—Confía en mí. —La dulce voz de ella era nueva para él. James no pudo contener más su cuerpo. Se desplomó al lado de Isabella que aguardaba en una banca—. ¿Qué le hacía especial? ¿Cómo era? Debió ser linda… ¿era más pequeña que tú? ¿Por qué no está contigo?
—Vete de aquí, Amelia, vete antes de que algo te contamine —chilló él.
—Ya estoy bastante contaminada... nada de lo que me puedas decir me va a impresionar.
James bufó.
—Jane tenía Down —gritó él—. Jane tenía esos enormes ojitos que se desviaban a su nariz... tenía una sonrisa llena de vida... tenía... ¡Joder, dejame, no quiero hablar de esto!
James pateó la barda al lado suyo. Golpeó con ambos brazos y al final, sólo pudo volver al suelo. Parecía quererse batir en duelo consigo mismo.
—¿La amabas? —tanteó de nuevo ella.
—Más que a mi vida.
—¿Qué pasó con ella, James?
—Joder, Amelia, ¿Por qué coño siempre sacas lo mejor y lo peor de mí, todo al mismo jodido tiempo? —James cubrió su rostro con ambas manos, Isabella se sabía con ese súper poder, caminó lento hacia él, midiendo sus pasos, sigilosa hasta llegar a su meta.
—Ella desapareció.
—¿Así, sin más? —preguntó ella sentándose a su lado, apoyando su cabeza entre sus rodillas abrazadas a su cuerpo.
—Un día —comenzó él—. Yo tenía diez años y ella siete. Simplemente no estuvo un día. ¿Imaginas vivir con esa jodida espina en tu cabeza toda la puta vida? Trata de dimensionar eso, multiplicalo por infinito y sabrás qué coño siento yo todo el puto tiempo.
—Eras un niño...
—Jannie... ¡Tu abuelo prometió traerla de vuelta, Bella!
—Él no tiene poder sobre ello, James —tentó.
—¡Oh… claro que lo tiene! —James se sentó deprisa—. El muy maldito hijo de puta lo tiene. Pero no la traerá… no lo hará. ¿De dónde crees que le conozco? Fue él quien me sacó de las calles, fue él quien me llevó con las monjas, a ella ¡fue tu abuelo, Bella!
Jaló su cabello desesperado. Durante un tiempo pensó que era su maldición, el vivir condenado a no saber qué había pasado con aquella niña. Siendo apenas un crío, era un gruñón y buscapleitos; había sido ella, quien con sus enormes pestañas y pupilas oscuras de mirada tierna se había acercado a él. Le había seguido por todo el convento, se sentaba a su lado en el comedor, se escondía tras los abetos del bosque anexo al edificio y había esperado hasta que por fin un día, el pequeño enclenque James le había devuelto la sonrisa.
—Yo sé que no soy una opción para ti. —James tomó su rostro y mirándola directamente le aseguró—. Tu marido tampoco es una. Él no es el hombre que crees. Bella, sé todo. Este jueguito de Victoria, que está llegando al fin de mi nula paciencia. Ustedes, Ethan y tú, están encima de todo.
—¿Por qué torturaste a Tanya? —Era su última pregunta antes de irse.
—Sabes que soy una mala persona. No necesito esconder lo que soy porque lo conoces. Era una chica bella y tentadora.
—¿Me dices eso porque quieres reivindicarte o porqué quieres algo de mí?
—¿Tanya estará bien? —preguntó.
—Sí. Se recupera… algo rápido para su beneficio y el perjuicio de todos los que estamos condenados a escuchar sus pataletas. Todo lo que ella diga será verdad, te buscarán James, será un crimen más, ¿lo sabes, cierto?
—El intento de suicidio…
—Homicidio —corrigió. James encogió sus hombros restándole importancia—. Ella afirma que la dejaron en su auto hasta que desfalleció.
James se encogió de hombros negándose a confesar, Isabella lo presentía, todos tenían secretos, el más profundo dentro de ella era su deseo de destrucción; y el de él era rescatar a los inocentes.
Bella dejó huir a James esa noche, sonriendo un poco y atemorizada otro tanto. Sin embargo conocía un poco más, casi nada, pero un detalle era suficiente para que apacigüe su mente.
… …
¡Fabuloso! —protestó Ouspenski—. Iré con usted, pero que conste que es contra mi voluntad.
Todo lo que ha hecho en esta guerra es contra su voluntad.
Tatiana y Alexander.
Intento imaginarme cómo será el interior de la cabeza de esta mujer. ¿Qué pensamientos llenan las horas en que está despierta? ¿Qué sueños tiene por las noches? No tengo idea.
Katniss Everdeen.
Los juegos del Hambre.
