Hola!

Sé que muchas –y muchos, si es que anda rondando algún muchachito por ahí que lea la historia. Aunque lo dudo– me estarán odiando porque el día lunes 9/11 no hubo actualización. Y acá es donde viene mi explicación. Anuncié en mi página de Facebook –todos los anuncios importantes los hago ahí– que había un cambio de día en la actualización. En vez de lunes 9/11, sería martes 10/11, o sea hoy -la hora argentina marca poco más de las 2 am-. Así que... por cuestiones personales que no vienen al caso, hubo un cambio de día.

Solo eso.

Y ahora es cuando viene la peor parte (donde me cortan la cabeza y cosen mi cuerpo a la cabeza de un lobo como hicieron con Robb Stark o, en el mejor de los casos, me lanzan tomates –adoro los tomates–). NO HABRÁ ACTUALIZACIÓN ESTA SEMANA, más que esta de hoy. Y explico por qué. Fueron –y espero que sigan siendo– tan buenos, fieles y pacientes lectores que creo que se merecen una semana de tres actualizaciones. Quizás dos semanas seguidas. Es por eso que voy a tomarme dos semanas enteras para ponerme al día con la escritura –ya sé, «cuento viejo» dirán– y darles eso como regalo. Mi intención es volver mucho antes y mi Beta Reader tiene ordenes explicitas de presionarme para escribir.

Prometo hacer todo lo posible para volver antes de esas dos semanas. Lo juro por Harry Potter, y el que me conoce sabe que Harry Potter es sagrado.


XXV


Día 62. 11:35 am.

Se pasó una mano por el rostro en señal de cansancio mientras que es su oreja escuchaba a Tina hablándole sobre la reunión que tendría la semana entrante con los nuevos inversionistas. Miró la hora en su reloj pulsera y dejó escapar un suspiro cargado de molestia. Todavía le quedaba media hora más en la financiera. Los últimos días allí no habían sido los mejores para la rubia, sobre todo por culpa de su malhumor constante. Tina recibía doble dosis de «maltrato» y el cadete administrativo estuvo a poco de no terminar patas para arriba en la máquina expendedora.

De cualquier forma no estaba siendo un ogro rubio de ojos avellanas, simplemente estaba de mal humor. Solo eso. Sí, debía ser solo eso.

–Oh, casi lo olvido, señorita Quinn. Su padre pidió verla en su oficina –terminó diciendo Tina antes de cortar la llamada. Quizás tratando de evitar que su jefa le lanzara una maldición.

Cerró los ojos un instante antes de dejar su lugar detrás de su escritorio y abandonar su oficina. Le soltó un «Deja de mirarme el culo. Ya tengo quien lo haga por ti» al cadete administrativo cuando pasó por su lado y se anotó mentalmente lanzarlo por la ventana más alta del edificio la próxima vez que lo descubriera mirando alguna parte de su cuerpo. El viaje en el ascensor, a pesar del corto tiempo que duró, le pareció eterno por lo que terminó más malhumorada de lo que ya estaba. Casi que ignoró el saludo de la secretaria de su padre, pero como no era mal educada le obsequió a cambio un movimiento de cabeza al pasar por allí.

–Quinn –saludó Russel una vez que la rubia entró a su oficina. Si le sorprendió ver a un joven que no reconoció de ningún lugar, no dijo nada. Sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que su padre le dijera quién era. –Pasa, hija. Siéntate. Quiero presentarse a Tyler Collins, al nuevo traductor de la empresa. Empieza el lunes a trabajar con nosotros.

Ahí estaba. Lo sabía.

«Adiós Finn» pensó sin saber muy bien como sentirse al respecto.

Mientras correspondía al saludo de mano que el nuevo traductor de la empresa le estaba obsequiando, lo examinó de pie de cabeza con disimulo y diplomacia. Ojos verdes, mirada penetrante, mandíbula pronunciada, altura entre 1,80 y 1,90, cabello marrón, desprendiendo masculinidad por cada uno de sus poros, o quizás era su perfume quien ayudaba a eso. No estaba segura. Sea cual fuera la razón, el tipo frente a ella era un hombre hecho y derecho. De esos con los que su padre, si fuera un ambicioso manipulador, no duraría ni medio segundo en casarla.

–Tyler Collins. Mucho gusto.

Ah, sí. También tenía voz atrapante.

–El gusto es mío –murmuró con una sonrisa. No tenía nada en contra de aquel desconocido pero realmente deseaba salir de allí en busca de un poco de aire. Aun así sabía que no podía quedar como una maleducada sin remedio frente al nuevo empleado de su padre. – ¿Es de por aquí cerca?

–Un poco más despacio, Quinnie –se adelantó su padre con una media sonrisa traviesa. –No sabes si el señor Collins está soltero, de novio o casado.

Rodó los ojos al notar la poca sutileza de su padre. No había hecho la pregunta porque quería involucrarse con el nuevo traductor. Lo había hecho porque quería romper el hielo antes de que el joven escuchara por los pasillos lo «fría» que era haciéndose una imagen errada de ella. No hizo mención alguna al «Quinnie» que su padre soltó poniéndola en ridículo frente al nuevo empleado, más que nada porque no quería empezar una disputa quitándole autoridad a su padre frente a Collins.

–Lo siento –se disculpó mirando al traductor que sonrió negando con la cabeza. –Trabajar con la familia se vuelve… complicado a veces. Me disculpo si mi pregunta…

–Oh, no. Descuide –interrumpió Collins restándole importancia. –Y respondiendo a su pregunta… Soy de Boston. Viví e hice mi carrera allí, pero se presentó esta oportunidad y no quise desaprovecharla.

–Hace bien –intervino Russel.

Quinn en su lugar sonrió con educación. No le apetecía hablar mucho, solamente estaba siendo educada mientras que en su interior luchaba contra las ganas de mirar la hora en su reloj pulsera. Al parecer su padre notó tal cosa porque antes de que pudiera formular su próxima pregunta, le indicó que podía volver a su oficina. Se despidió del señor Collins con un apretón de manos y una sonrisa que era más formal que sincera. Esquivó a Tina cuando salió del ascensor en su piso y se encerró nuevamente en su oficina pero no para seguir con el papeleo, sino para tomar a Olaf entre sus manos y jugar con él.

Necesitaba ese momento a solas con su hijo de peluche.

Tiro la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro. Le era inevitable no pensar en Rachel. Lo hacía antes de estar con ella. Lo hizo cuando estuvo con ella y ahora que ya no estaban juntas lo seguía haciendo. La morena se había convertido tan gradualmente en una parte de ella que cuando quiso quitarla de su interior ya era demasiado tarde. No había forma de arrancarla sin destrozar cada parte de ella. Y esas últimas dos semanas, casi tres, habían sido prueba suficiente de eso.

¿La echaba de menos? No, respondió su racionalidad. Sí, respondió su inconsciencia. ¿Deseaba verla de nuevo? No, respondió su orgullo. Sí, respondió su desesperación. ¿Moría por besarla de nuevo, así sea una última vez? Si, respondió su corazón. Y sí, respondió también su mente. Y si bien la había visto tres días atrás después de dos semanas sin saber nada de ella, ese encuentro le supo a poco pero al mismo tiempo fue suficiente. A veces se descubría sonriendo divertida al recordar ese «Mirar… Yo… Quinn… Morocha» que soltó la morena –¿Acaso estaba celosa?–, y también sonreía como la idiota enamorada que era cuando el «Es lindo verte de nuevo» dicho por Rachel le daba de lleno en su interior sin tiempo a detenerse o reprimir ese pensamiento.

A pesar de lo que su orgullo le gritaba que sintiera, no estaba molesta con la morena. Ni tampoco resentida. Si no había buscado el contacto con la joven durante esas dos semanas era porque, como siempre, había puesto a Rachel por encima de todo. Sabía que la morena estaba pasando por un momento particularmente complicado, así que simplemente le dio su espacio. No quería que Rachel se sintiera agobiada o presionada por ella cuando en lo único que tenía que pensar era en Shelby y en cómo debían relacionarse a partir de ese momento.

La única relación que Rachel se podía permitir. Y lo tenía en claro.

–Señorita Quinn –escuchó por el teléfono IP sacándola de sus pensamientos.

–Dime, Tina.

–Su padre ordenó, estrictamente, que almuerce con el señor Collins y que luego se tome la tarde libre para enseñarle la ciudad.

– ¿Qué? –preguntó sin entender absolutamente nada.

–El señor Collins es nuevo en la ciudad. No estaría mal que le enseñara la ciudad como buena anfitriona que es. Palabras textuales de su padre –aclaró Tina. –Subirá a buscarla en cualquier momento, ¿Quiere que lo haga pasar en cuanto esté aquí o…?

–No, que espere afuera, Tina –interrumpió cortando la llamada.

No entendía porque su padre ponía tanto empeño en que pasara tiempo con el nuevo traductor, o porqué se tomaba esas molestia. Con Hudson no había hecho nada de eso. Es más, lo único que había hecho con Finn había sido regalarle un «Espero que haga un buen trabajo» junto con un fuerte apretón de manos. ¿Por qué Collins era diferente? En su opinión, tenía aspecto engreído y parecía demasiado seguro de sí mismo. Esperaba equivocarse. Por otro lado, a pesar de que le gustaba almorzar a solas con sus pensamientos, no estaba de ánimo para desobedecer a su padre y ganarse una bronca más tarde. Así que para cuando Collins la fue a buscar –diez minutos más tarde–, su oficina estaba en perfecto orden, al igual que su traje sastre y sus zapatos, y ella ya estaba lista para abandonar la financiera.

–No es de hablar mucho –comentó Collins desde el asiento de copiloto una vez que la rubia emprendió el camino hacia el restaurante. –O a lo mejor no soy de su agrado.

–Ni una cosa ni la otra. Hablo cuando tengo que hablar… –respondió sonriendo con frialdad sin quitar la mirada del camino. –Y no intercambié con usted las palabras suficientes como para saber si es de mi agrado o no. Aunque si tengo que ser sincera lo encuentro seguro de sí mismo, casi rayando la arrogancia. Y también me pregunto por qué mi padre quiere que le muestre la ciudad.

–Oh, eso no será necesario –afirmó el traductor con una media sonrisa. –Conozco lo que tengo que conocer de la ciudad. Aunque agradezco la amabilidad de su padre.

No dijo nada después de eso y su acompañante tampoco agregó algo que pudiera generar conversación. Así que simplemente se limitó a conducir con el pensamiento de que quizás, si no tenía que mostrarle la ciudad a Collins, se podría ir temprano a casa y pasar tiempo con Beth. Durante esas semanas su hija había sido de gran apoyo para ella. Aunque se ganó una reprimenda después de saber que le había dado a Rachel su diario/libro/manual, como llamó la morena a sus escritos.

¡Dios! ¡Rachel lo había visto!

Había leído todos sus pensamientos plasmado en papel a lo largo de esos días y, si bien planeaba regalárselo a la morena el día de su cumpleaños, no era algo que quisiera que leyera todavía. Hasta que ese día llegara, se suponía que ese diario/libro/manual era personal e íntimo. Algo que solo ella sabía que existía. ¡Era una sorpresa! Pero ahora, habían dos personas más que sabían de su existencia, y una de ellas era la «musa inspiradora» de todas esas palabras. Cuando regresó sus pensamientos a la realidad, se encontraba a pocas cuadras del Spotlight Diner. Desde que había almorzado con Santana en aquel lugar semanas atrás, se había vuelto su lugar habitual a la hora del almuerzo.

–No conocía este sitio –comentó Collins una vez que abandonaron el Mercedes de la rubia. Dejó de mirar hacia arriba el nombre del restaurante y miró a Quinn que se encogió de hombros. – ¿Almorzaremos aquí?

–Si le gusta el estilo retro y que canten a su alrededor como si estuviera en una película de Disney, entonces sí. Almorzaremos aquí –respondió señalando al interior. – ¿Aun quiere almorzar aquí?

–Amo los musicales – se emocionó Collins sorprendiéndola. – Y Disney es la fábrica de los musicales. Lo que no me gusta es que me trate de usted. A riesgo de equivocarme, diría que tenemos casi la misma edad, así que… ¿Podríamos tutearnos?

Estuvo a punto se soltarle un «No lo creo. Apenas te conozco» pero no quería quedar como una maleducada así que asintió a modo de respuesta antes de que Dani, la camarera tatuada y preferida de Santana, se acercara a ella llevándola a su mesa de siempre. Le sorprendió que Collins mirase todo su alrededor como si se tratara de un niño en una juguetería, pero le sorprendió muchísimo más que el traductor preguntara «¿Cuándo empiezan a cantar?». Para su suerte, su teléfono comenzó a sonar rescatándola de ese momento.

–Santana, ¿Qué pasa? –fue su saludo después de haberse disculpado con Collins antes de atender la llamada. –Estoy…

–No soy Santana, soy Brittany –interrumpieron haciéndole fruncir el entrecejo. No por la interrupción, sino por el tono que la rubia alta había empleado. –Estamos en el hospital. Santana… Ella…

–Mándame la dirección por mensaje –pidió mientras se ponía de pie. –Voy para allá –cortó la llamada sin esperar respuesta por parte de la novia de amiga y se dirigió al tipo frente a ella antes de agregar: –Lo siento, pero tengo que irme. Mi mejor amiga esta en hospital y…

–Descuida. No me expliques nada –señaló Collins con una media sonrisa que captó su atención. Sacudió la cabeza alejando esa imagen de su mente. –Nos veremos el lunes en la financiera. Espero que no sea grave lo de tu amiga.

–Gracias.

Una vez que estuvo en el interior de su Mercedes condujo con prisa hacia la dirección que Brittany le había mandado. Todo su interior se había bloqueado por completo al saber que su mejor amiga estaba en el hospital. Era como su mecanismo de defensa, no podía evitarlo. No era buena lidiando con ese tipo de situaciones así que era normal que todo en ella se bloqueara. Casi atropelló a alguien cuando llegó al lugar y se estacionó como pudo. No tenía tiempo de estacionar correctamente, así que estaba completamente segura que se ganaría una multa por ocupar dos lugares en vez de uno. Preguntó por Santana en la recepción y casi que se vio tentada de ahocar, con su propio chicle masticable, a la idiota que estaba allí. ¿Tan complicado era mascar con la boca cerrada?

Llegó al tercer piso, tal y como la idiota de la recepción le había indicado, y comenzó a buscar la habitación de su amiga. La encontró casi al final del pasillo y se preguntó que hacía Beth allí también. Se suponía que tenía que estar con Puckerman o, en su defecto, en el colegio. Arrugó la nariz al escuchar el «Oh, mierda. Cayó la policía» que su hija dejó escapar en cuanto la vio. Brittany también se giró para mirarla. Rachel, en su lugar…

Rachel.

Rachel estaba allí. Y estaba hablando con una morena alta y flaca que iba vestida como médico. Por eso no había notado su presencia. Apretando el puño alrededor de su portafolios, ignoró la punzada de celos que sintió –básicamente, porque era algo imposible. Ella no sentía celos por nada ni por nadie– y se concentró en prestar atención a su hija.

– ¡Mamá! –exclamó Beth recibiendo un abrazo por parte de su madre.

–Hola, hija. Buenos tardes al resto –saludó con su mejor pose de ejecutiva temeraria. Solo por cortesía y educación le ofreció su mano a la flaca alta que estaba con Rachel. –Quinn Fabray, mucho gusto. ¿Es el médico a cargo de Santana Lopez?

–Oh. No, no –respondió la morena con una sonrisa que causó que las comisuras de sus ojos se arrugaran. «Idiota» pensó la rubia. –Soy médico, sí, pero soy médico pediatra. Doctora Roxont, mucho gusto. Quien está a cargo de la señorita Lopez y el señor Puckerman, es el doctor Pratt. Él…

–Disculpe, ¿Dijo «el señor Puckerman»? –preguntó apretando los dientes. La doctora frente a ella asintió con el entrecejo ligeramente fruncido. –Ok, ¿Alguien podría explicarme que es lo que está pasando?

–Hmm… Sí. Yo.

Se preguntó a donde había ido a parar su dignidad en cuanto su corazón latió desbocado al escuchar la voz de Rachel. Sintió el deseo de abrazarla, levantarla del suelo y hacerla girar en el aire como había querido hacer desde hacía unos días. Pero al mismo tiempo también deseó que se la tragase la tierra. Era la primera vez que se veían desde el encuentro en el exterior del TAO –donde la morena le dijo que había leído su diario/libro/manual– y no sabía cómo enfrentarse a la joven después de eso. Aunque tenía que admitir que Rachel seguía igual de hermosa que en ese entonces a pesar de la falta de maquillaje. ¿Era así todo el tiempo o al despertar se tomaba una pastilla para estar perfecta a lo largo del día?

–Fuimos a la pista de patinaje de Holly y April, mis jefas –empezó diciendo Rachel trayéndola de nuevo a la realidad. Se desilusionó un poco cuando descubrió que la morena no la miraba. Obviamente, no iba a admitirlo, mucho menos a decírselo así que simplemente levantó una ceja fingiendo que nada de eso le importaba. –Estábamos patinando cuando Brody…

Eso sí le importaba.

«Oh, oh»

– ¿Brody? ¿Brody Weston? –interrumpió tensando la mandíbula. – ¿Tu Brody Weston?

–No es mi Brody Weston –aclaró Rachel con énfasis. –Ya no más. Así que no lo digas en ese tono.

– ¿Qué tono?

–Uno cargado de celos. Creí que tenías claro que, a pesar de ser una idiota arrogante con tendencias bipolares, eres la única que me importa.

Tendría que haberse molestado con la morena por haberla llamado «idiota arrogante» pero no podía hacerlo cuando en la misma oración había dejado en claro que le importaba. ¿Qué haría Rachel si se acercaba y la besaba? ¿La golpearía o correspondería el beso? No estaba segura y no quería arriesgarse a intentarlo tampoco. Así que hizo lo que mejor sabía hacer, fulminar a las personas con la mirada. En este caso, Rachel. Aunque si pudiera, se fulminaría a ella misma con su mirada porque no saber que decir frente a lo último que dijo la morena.

– ¿No dices nada? –la provocó Rachel con una sonrisa desquiciante. Beth, Brittany y la flaca alta movían sus cabezas de un lado al otro mirándolas alternativamente a las dos. – Oh, por Dios. ¿Quinn Fabray se quedó sin palabras?

–Sí, es algo que suele pasar cuando tengo a la morena bajita de piernas largas que me vuelve loca enfrente de mi –replicó una vez que se recompuso. Fue su turno de sonreír con arrogancia y orgullo al notar el silencio de Rachel. – ¿Qué? ¿No dices nada? Oh, por Dios. ¿Rachel Berry se quedó sin palabras?

–Ok, creo que voy a irme –intervino la doctora Roxont retrocediendo lentamente. Como si no quisiera llamar la atención de ninguna de las dos por temor a que le lanzaran una maldición o algo similar.

–Extrañaba esto –comentó Beth mirando a Brittany que sonrió. –Bien, ahora que todo parece volver a la normalidad y ustedes vuelven a dirigirse la palabra, o más bien a coquetearse, ¿Les parece bien que volvamos al tema de la tía San? Porque la tía Britt está nerviosa y no quiero que vuelva a perderse de nuevo.

– ¿Se perdió? –preguntó Quinn mirando a Rachel.

–Sí, siempre se pierde en los hospitales –respondió la morena con una mueca que le restó importancia al asunto. –Como decía antes de que la señora Fabray me interrumpiera…

–Primero, no soy señora –interrumpió la rubia con un dedo en alto. –Segundo, no te interrumpí.

Odiaba que Rachel la tratara de «señora». Tenía treinta y un años pero no por eso era señora. Ni siquiera estaba casada, y no pensaba estarlo. No por el momento. Quizás más adelante. Sacudió la cabeza concentrándose en la morena que tenía enfrente y que disfrutaba sacarla de quicio. Disimuló como pudo la repentina sonrisa que quiso escapar de sus labios al recordar los primeros días junto a Rachel. Cuando todavía no eran nada pero para ella, la morena lo era todo. Aun sin ser consciente de que así era.

–Sí, lo hiciste… y lo acabas de hacer hora de nuevo –señaló Rachel cruzándose de brazos recordándole porqué discutían.

–No. Bueno, sí. Pero solo para aclararte que ni soy señora ni te interrumpí.

–Pero si lo hiciste.

–Claro que no.

–Claro que sí.

–Que no, Rachel.

–Te estoy diciendo que sí lo hiciste, Quinn.

– ¿Van a besarse ya o qué? –intervino Santana saliendo de una de las habitación. –Ni siquiera en mi lecho de muerte dejan de buscarse las narices ustedes dos. Estoy a un paso del coma…

–Que exagerada –murmuraron todas al unísono.

–Exagerada mi culo –espetó la latina con el entrecejo fruncido. –Quiero irme de este lugar. Así que, en vez de estar peleando de boca para afuera y desnudándose con la mente, ¿Por qué no van a buscar a un médico que me dé de alta? Quiero irme a casa.

–Dile a Rachel que vaya a buscar a su doctorcita –murmuró Quinn.

–Y dale con los celos –escupió la morena poniendo los ojos en blanco. –Te recuerdo que la doctora Roxont es médico pediatra. Santana a veces es infantil pero no llega a ser un niño. Y también te recuerdo que la doctora huyó porque la asustaste.

–Yo no la asusté –negó la rubia.

–Claro que lo hiciste.

–Que no.

–Que sí.

–Que…

– ¡Basta! –gritó Puckerman desde el final del pasillo.

No le gustó nada que su amigo estuviera en silla de ruedas con una venda en la cabeza y un ojo morado. En realidad no le gustó nada todo ese asunto desde que escuchó el nombre de Brody Weston salir de la boca de Rachel. De repente, la idea de que el niño maravilla se hubiera acercado a la morena a lo largo de esos días no le gustó para nada llenándole de una molestia que no podía controlar. Por otro lado sabía que si eso había pasado, no tenía derecho a reclamos. Dejó de tenerlo desde el momento en el cual supo la verdad del origen de Rachel. Por lo tanto, no podía ir como una idiota celosa a reclamar lo que no era suyo.

– ¿Qué te pasó? –pregunto acercándose a su amigo que rodó los ojos.

«Es el dia de los profesionales atractivos» pensó viendo al médico que acompañaba a Puckerman empujando la silla de ruedas.

Rubio, sonrisa de dientes blanquísimos, ojos azules, hoyuelos en las mejillas y expresión de niño travieso. Sí, si no estuviera estúpidamente enamorada de Rachel seguramente ese médico sería su chico ideal. Definitivamente así sería.

–Buenas tardes, soy el doctor Pratt –saludó el médico perfecto con una sonrisa que acentuó mucho más los hoyuelos en su mejillas. –Soy el médico a cargo del señor Puckerman y la señorita escapista aquí presente, Santana Lopez. El señor presenta una lesión cerrada en el cráneo por lo tanto una aspirina y un buen descanso sería suficiente.

– ¿Por qué la silla de rueda entonces? –preguntó Quinn.

–Oh, eso… Hmm…

–Quería hacer una entrada triunfal y ver como reaccionaban frente a la posibilidad de verme en silla de ruedas –respondió Puckerman con una sonrisa traviesa.

–No te golpeo en la cabeza solo porque ya has tenido demasiados golpes por hoy –afirmó la rubia con una mirada amenazante haciéndole ver a su amigo que no le gustó para nada la broma del abogado. – ¿Y la señorita Lopez que es lo que tiene, doctor Pratt?

–Absolutamente nada de qué preocuparse –aseguró el médico. –Solamente un esguince en la muñeca. Por lo tanto nada de actividad forzosa con esa mano, ¿Ok? –puso los ojos en blanco en cuanto la latina soltó un «No» al borde del llanto. –Tranquila, nada que un buen descanso no pueda reparar, así que deje descansar esa muñeca y se recuperara antes de lo previsto. Ya puede irse, escapista –terminó diciendo mirando a Santana que puso los ojos en blanco. –Solo, como sugerencia, trate no meterse en más problemas, ¿Puede ser?

–No le prometo nada, doctor –fue la respuesta de la latina haciendo reír al médico que se despidió de todos con un «Buenas tardes». –Ok, ya estoy en perfectas condiciones, ¿Podemos irnos a casa?

–Perfecto. Tú, levántate de esa silla, Noah –soltó Quinn cargada de molestia. –Y tú, Santana, mete tu estúpido trasero en mi automóvil. Ya hablaremos los tres en casa.

No dijo nada más. Tomó a Beth de la mano y a Brittany también –cosa de la que se dio cuenta minutos después– y salió del hospital seguida de Santana y Puckerman que estaba siendo empujado por Rachel, ya que el abogado no se había levantado de la silla de ruedas. Estaba molesta con sus amigos, siempre lo estaba cuando los dos idiotas pensaban que ponerse en peligro era algo genial. Y si bien no sabía con exactitud lo que pasaba, ver a Santana y Puckerman saliendo de un hospital era todo lo que necesitaba para alterarse.

– ¿Estarás mucho tiempo molesta con nosotros, mami Quinn? –preguntó el abogado una vez que llegaron al departamento de Santana. –Solamente estábamos jugando con el tonto de Weston y una cosa llevo a la otra y…

–Y ustedes terminaron en el hospital mientras que él seguramente estará un puticlub rodeado de putas, ¿Notan la diferencia entre una cosa y la otra? –escupió fulminando a sus amigos con la mirada. –No quiero escucharlos por el resto de la tarde. A su dormitorio. Me da lo mismo si solamente hay una habitación. ¿Son muy buenos compartiendo peleas y sala de hospital? Bueno, serán más buenos aun cuando compartan cama y descanso. A descansar. ¡Ya!

Veía la imagen de sus amigos entrando al departamento de la latina siguiendo sus órdenes completamente surrealista, pero no podía evitar ponerse autoritaria cuando estaba nerviosa al borde del colapso. Santana y Puckerman siempre habían logrado ponerla de esa forma cuando hacían alguna estupidez que los ponía en peligro, por lo tanto ponerse en el papel de «mami Quinn», como la llamaba el padre de su hija, era completamente inevitable. A pesar de ser adultos y responsables de sus propios actos, ella seguía preocupándose por sus amigos como si se trataran de unos niños. Y por eso estaba nerviosa. Por esa razón necesitaba perderlos de vista unos minutos para que ella pudiera tranquilizarse y no comenzar a los gritos.

–Sabes que ellos no tienen la culpa, ¿No? –preguntó Rachel acercándose a ella una vez que estuvo en la cocina preparando algo para comer. –Brody se puso en plan idiota, más que de costumbre, empezó a culpar a Puck de un golpe en la nariz o no sé qué y luego preguntó por ti. La frase textual fue: «¿Dónde está la puta ricachona a la que le comes la billetera ahora?». No lo aguanté y me lancé sobre él. Empecé a pegarle en el pecho pero Santana me detuvo. Creo que forcejear conmigo fue lo que le provocó el esguince. Y Puckerman… Bueno, Puckerman saltó en defensa tuya también…

Pero ella ya no escuchaba nada. De hecho dejó de escuchar desde que la morena había dicho que se lanzó sobre su ex novio para defenderla. Eso era más de lo que podía pedir. Sobre todo después de que no se había portado de la mejor de las maneras con Rachel. Tenía en claro que no había sabido manejarse muy bien respecto al tema de Shelby, y era plenamente consciente de que, si bien no le correspondía a ella decirle a la morena quien era su madre, por lo menos le podría haber empujado en el camino hacia eso en vez de quedarse callada.

Ahora era tarde, y eso también lo tenía bien en claro.

Pero el que Rachel estuviera parada ahí, enfrente, diciéndole que había saltado en su defensa le hacía creer que no todo estaba perdido para ellas. Y quizás, con un poco de suerte, iniciar la conversación que tenían pendiente entre las dos era el primer paso hacia eso. Daba igual si Rachel volvía a su vida en calidad de novia o lo que sea que fuera durante esos últimos días. Lo que realmente deseaba era que la morena volviera a estar a su lado sin importar el título que portaba. Solo que volviera a hacerle sentir bien con su presencia. Solo eso. No pedía más.

–Lo siento –se disculpó tras haber mirado a su alrededor por encima de su hombro. Captó la mirada de confusión de Rachel por lo que tuvo que aclarar: –Hablo de todo. Si bien soy consciente de que no tenía que decirte algo que les correspondía enteramente a tus padres, creo que había formas diferentes de las cuales comportarme respecto a eso. De una forma que no salieras lastimada o yo que sé.

–De cualquier forma iba a salir lastimada –murmuró Rachel apoyándose en la mesa con los brazos cruzados. –No te niego que saber que tú sabías todo y que no me dijiste nada, fue completamente devastador y me sentí traicionada, pero… puedo llegar a entender que es algo que no te correspondía a ti decirme, y respeto eso. Es solo que…

– ¿Qué?

–Confiaba en ti, Quinn –susurró la morena mirando al suelo. –Y pensé que tú confiabas en mí lo suficiente. No te digo para que me dijeras lo que había pasado con mis padres y Shelby, sino como para hablar conmigo y decirme lo que te pasaba a ti. Eso es lo que me molesta. Que no hayas confiado en mí lo suficiente como para decirme que algo andaba mal. Y no necesitaba que me dijeras el porqué, con que me dijeras que algo no iba bien ya era suficiente para mí, ¿Entiendes?

Por supuesto que entendía. Ella hubiera pedido lo mismo a cambio y, aunque no era el momento, sintió cierta emoción al notar que Rachel buscaba crear ese lazo de confianza con ella. El deseo de buscarla cuando algo andaba mal, el abrirse por completo y revelar el porqué de su estado de ánimo con la certeza de que estaría a su lado sin importar lo que dijera. El mensaje detrás de eso estaba claro. Si lo hubiese notado antes, quizás otra seria la historia.

–Yo tampoco me comporté de la mejor manera –escuchó decir a Rachel trayéndola de nuevo a la realidad. –Estaba molesta y te eche de mi casa sin siquiera escuchar tu versión de la historia. Así que creo que estamos a mano, ¿No?

Se tomó su tiempo de responder analizando las intenciones detrás de esas últimas palabras. No encontró nada malicioso. Al contrario, Rachel parecía estar luchando consigo misma para no sonreír, aunque era evidente que estaba fallando cuando miró hacia los costados intentando ocultar tal cosa. Se vio tentada de preguntarle a la morena si esa nueva complicidad era el inicio de una nueva oportunidad para las dos pero una parte de ella le recordó que era todo demasiado pronto. Rachel estaba hablando con ella, hablando de buena manera, no tenía –ni debía– arruinar ese momento por culpa de su ansiedad. Así que, terminó sonriendo abiertamente mirando a la morena que puso los ojos en blancos.

– ¿Piensas estar mucho tiempo molesta con ellos? –preguntó la morena después de unos minutos en silencio en los cuales ayudó a la rubia a cocinar. O al menos eso intentaba hacer. –Verte recién regañándolos, fue como ver a una madre regañando a sus hijos. Divertido… pero aterrador.

–Yo no soy aterradora –negó clavando sus ojos en Rachel que realizó una adorable mueca con la nariz en desacuerdo con la rubia. –Es verdad. No lo soy. Solamente me preocupo por ellos y… Santana y Puckerman, desde que los conozco, siempre han tenido la habilidad de ponerme de los nervios. Siempre estaban metiéndose en problemas y yo tenía que salvarlos. Siempre volvían golpeados de alguna fiesta. Ni te imaginas lo realmente buena que me volví con el maquillaje tapándole los golpes a esos idiotas. Verlos en un hospital es lo máximo que mi límite puede aguantar.

Rachel le dedicó una sonrisa tierna que logró desarmarla de pies a cabeza antes de dejarle una caricia junto con un «Lo siento» al darse cuenta que nadie le había dado permiso de hacer tal cosa. Quinn fue más rápida que la morena cuando ésta quiso quitar la mano de su hombro.

–No lo hagas. No quites tu mano de mi hombro. Me hace bien –susurró respirando profundo antes de clavar sus ojos en los de Rachel. –Tengo en claro que no hay nada entre nosotras, al menos en este momento, pero más allá de lo que pasó, el tenerte cerca me hace bien. Y ya sé que estás molesta conmigo, pero espero que en algún momento podamos volver a tener una relación cordial. No hay prisas para eso. Solo quiero tenerte en mi vida sin importa en calidad de qué.

Siempre le había costado exteriorizar sus emociones pero con Rachel todo eso quedaba en la nada. La morena sin hacer nada le hacía confesar hasta el más profundo de sus sentimientos. Y si bien eso la asustaba, al mismo tiempo le hacía sentir bien porque no solo era honesta con la persona que tenía enfrente, sino que también estaba siendo honesta con ella misma.

–No te puedo asegurar que es lo que pasará –señaló Rachel mordiéndose el labio unos segundos. –No es fácil olvidar lo que pasó y menos en dos semanas, casi tres. Pero… No lo sé… ¿Podemos empezar de cero? ¿Yo sacándote de quicio y tú aparentando ser fría?

– ¿Yo fría? No sé de qué hablas, Berry. Soy la cosita más cálida que jamás viste – afirmó con orgullo y una ceja en alto haciendo reír a la joven frente a ella. Guardó silencio unos segundos antes de agregar completamente seria: –Ya sé que nada volverá a ser igual. Lo tengo bien en claro. Es por eso que, aunque me cuesta muchísimo y tú lo sabes, te doy a ti el control de la situación. A partir de ahora serás tú quien determine todo respecto a nosotras dos. Aunque al final me rompas el corazón.

Antes de que Rachel pudiera agregar algo a eso o replicar, Beth y Brittany entraron a la cocina en busca de algo de comida para Santana y Puckerman. Por la cara que ambas rubias traían se notaba a leguas que la latina y el abogado no estaban siendo los mejores pacientes de la historia. Quinn soltó un «Quizás deberíamos llamar a la doctorcita de Rachel» por lo bajo al ver las caras de las dos rubias.

–Y otra vez los celos –murmuró la morena poniendo los ojos en blanco pero sonriendo. – ¿Por qué mejor no vas a llevarle ese intento de comida a tus amigos que yo voy a llamar a Kurt y a Kitty para decirles que me quedo el resto de la tarde aquí?

–Hummel me odia, ¿Verdad? –preguntó Quinn aparentando indiferencia.

–En realidad…

–Mamá, la comida de la tía San –intervino Beth con un deje de molestia en la voz. –Además, ya sabes cómo es papá con hambre. Comienza con sus historias de juicios pasados. Si vuelvo a escuchar una vez más como ganó la tenencia del loro de la señora Graham, juro que lo ahogó con la almohada. Así que… hazme el favor de llenarle la boca con comida, ¿Puede ser? Rachel estará aquí cuando regreses, ¿Verdad, Rach?

–Ve a alimentar a Puckerman, Quinn –aseguró la morena con una sonrisa tonta en los labios. –Mientras hago la llamada y luego me tomare el atrevimiento de buscar una película para ver.


Día 62. 16:43 pm.

Cuando dijo que buscaría una película para ver se imaginó que tendría de diferentes géneros para elegir. Jamás pensó que Santana tendría solamente películas de acción. Ahora entendía el espíritu violento de la latina. Un espíritu que pudo ver esa misma mañana en la pista de patinaje cuando Brody apareció en escena. No sabía cómo habían llegado a eso, o porque su ex novio había ido hasta ahí a buscar problemas pero tampoco quiso investigar. No tenía tiempo de investigar porque en cuanto Brody insultó a Quinn todo en ella perdió el control. Lo único de lo que era plenamente consciente era de que quería golpear a su ex novio hasta el cansancio.

La única que se creía con el derecho de insultar a Quinn Fabray era ella, y no lo había hecho aunque la rubia se lo merecía por no haberle dicho quién era su madre. Aunque, a pesar de que una parte de ella seguía molesta y reticente, había otra que le decía que acercarse de nuevo a Quinn no le haría estallar en pedazos por los aires.

– ¿Santana no tiene otra cosa para ver que no sean películas de acción? –preguntó cuándo sintió el peso de alguien cayendo sobre el sofá donde estaba sentada. –Si tengo que ver otra más donde Liam Neeson salva a la familia, me volveré loca.

–Creo que otra cosa te vuelve loca a ti –señaló Brittany jugueteando on sus manos de manera inocente. –Quinn da miedo como mamá. Estuvo dándoles una charla a San y al chico con corte de pelo raro sobre los peligros de pelearse con las personas.

–No puede con la personalidad de reina dictadora que fue en su vida anterior, Brittany. Entiéndela –bromeó recostando su cabeza en el hombro de su amiga que dejó escapar una exclamación aguda por lo que se adelantó a aclarar: –Es broma, Britt. ¿Cómo te sientes con todo lo que pasó con Santana?

Había sido testigo de cómo el rostro, ya de por si pálido, de Brittany iba palideciendo cada vez un poco más a medida que estaban en el hospital y no tenían noticias de la latina. No había dicho nada pero podía notar el nerviosismo y la desesperación hacerse presente en la rubia alta. Lo único que pudo hacer fue acercarse a ella y abrazarla de vez en cuanto asegurándole que todo iba a estar bien. Por otro lado, se preguntaba qué haría ella estando en el lugar de su entrenadora física. ¿Cómo reaccionaría si fuera Quinn la que estuviera en el hospital por una pelea con Brody?

Podía estar enojada con la rubia y molesta pero sabía, muy en el fondo, que si Quinn hubiese estado en la misma situación que Santana ella estaría completamente sacada de quicio. Más nerviosa y preocupada que Brittany. Y no era por subestimar los sentimientos de su amiga por la latina, era simplemente porque ella era más dramática y exagerada que el resto de los mortales.

Pensar en Quinn la llevó a pensar en la charla que habían mantenido las dos en la cocina. Una charla completamente sincera en su opinión. Ella había expresado lo que deseaba y pensaba que Quinn había hecho lo mismo. Aunque debía admitir que se sintió aterrada cuando la rubia le «cedió» el control de la situación. Aterrada y conmovida. Quinn había dejado de lado su orgullo y dignidad –con todo lo que eso significaba para una mujer como la rubia–, solo para que ella pudiera ir a su ritmo, para que se sintiera cómoda y volviera a confiar.

La pregunta era, ¿Quería hacerlo? ¿Quería confiar nuevamente en Quinn? No estaba segura pero no perdía nada con intentarlo, ¿O sí? No iba a confiar de un dia para el otro, no se sentía segura todavía, pero tampoco iba a privarse de la posibilidad de tener una relación cordial con Quinn –si eso era todo lo que obtendrían–. Sería egoísta si hiciera eso, y completamente estúpido teniendo en cuenta que también deseaba acercarse a la rubia.

– ¿Quieres ser también mi mamá? –preguntó Brittany llamando su atención. Le bastó seguir el curso de la mirada de la rubia para saber a quién se dirigía. –Aunque ya eres la madre de Santana, por lo tanto eres mi suegra así que…

–Mi mamá no será la madre de nadie salvo la mía –intervino Beth parándose delante de Quinn completamente posesiva. – ¿Está claro?

–Entonces Rachel será mi madre –replicó Brittany con actitud infantil. Solamente le faltó sacarle la lengua a Beth para ser una niña caprichosa. –Así que si Rachel es mi madre y tu madre es tu madre, terminaremos siendo hermanas. Cómo te quedó el ojo frente a eso, ¿Eh?

–Ya tengo un hermano – señaló Beth cruzándose de brazos con una ceja en alto aparentando frialdad. –Y se llama Olaf. Olaf Fabray Berry. El primero con el nombre, Rey de los primeros hombres de hielo y heredero al trono y al DVD de Funny Girl, Señor de cincuenta estados y Protector de Central Park. Como te quedo el ojo a ti ahora, ¿Eh?

–Beth…

–No te escucho. No te escucho –comenzó a canturrear Brittany tapándose los oídos con las manos. Beth pus los ojos en blanco antes de seguirla al dormitorio de Santana.

Sonrió con arrogancia y diversión cuando vio que Quinn, frente a ella, jugueteaba con sus dedos como si estuviera nerviosa. Estaba completamente segura que el nerviosismo de la rubia se debía a que su hija había revelado otro de sus secretos. En este caso, a Olaf. Aunque para ella no era ningún secreto. Había visto a la rubia varias veces con su regalo de cumpleaños llenándola de una inmensa ternura. Sobre todo si descubría a Quinn hablando con el muñeco de nieve de la misma forma que ella lo hacía con Joey. Aun así, su lado divertido y travieso, no pensaba dejar pasar la oportunidad de poner más nerviosa aun a su ex jefa.

–Así que… ¿Olaf Fabray Berry? –preguntó sentándose nuevamente en el sofá. Palmeó el lugar libre que quedaba a su lado en una clara invitación hacia Quinn a la cual no había mirado aun. – ¿Puedo saber por qué un muñeco de nieve lleva mi apellido?

–Tú me lo regalaste en mi cumpleaños, es lógico que lleve tu apellido –fue la respuesta de la rubia dejándole entrever que obviamente no era toda la respuesta. De cualquier forma Rachel no insistió. No necesitaba saber más que eso. – ¿Te molesta?

–No. En realidad lo que me molesta, y ahora me doy cuenta, es que si mi hijo pertenece al hielo, por ende a lo frio. Así que asumo que Olaf Fabray Berry… –enfatizó en su apellido. –El primero con el nombre y el resto de los títulos, sin duda alguna es un Stark –dedujo la morena con el entrecejo fruncido llamando la atención de Quinn que la miró con una expresión confusa por lo que tuvo que aclarar: –Yo soy una Lannister. Ahí es donde está el conflicto.

–Nada que no se pueda solucionar –murmuró la rubia restándole importancia al asunto y haciendo reír a Rachel. –Lamento que sea Beth quien tenga que contarte todos mis secretos. Ya sabes, el diario/libro/manual y ahora esto acerca de Olaf.

–Si realmente quieres que tengamos una relación cordial, no dejaras que eso vuelva a pasar –afirmó borrando todo rastro de su sonrisa. –Quiero saber cosas de ti pero quiero saberlas de tu boca, no por bocas de los demás, ¿Es eso posible?

Ver el asentimiento de cabeza por parte de Quinn fue todo lo que necesitó para saber que darle esa oportunidad a la rubia no iba a ser en vano. Al menos esperaba que no lo fuera porque realmente no se sentía con ganas de volver a pasar por otra decepción, y más si Quinn era la causante de tal cosa.

Se quedaron un largo rato en silencio, de a rato incómodo y por otros no tanto, pero ninguna quería decir nada que pudiera alterar ese momento que estaban teniendo. Después de casi tres semanas volvían a compartir tiempo y espacio por más de una hora sin matarse con la mirada ni lanzarse comentarios hirientes.

–Solamente quiero aclararte una cosa –rompió el silencio mirando a Quinn que le devolvió la mirada algo confusa. –La doctora Roxont es la pediatra de Joey, solo eso. No hay nada entre ella y yo. También… –guardó silencio unos segundos antes de agregar. –Quiero que sepas que no pienso romper tu corazón como dijiste cuando estábamos en la cocina. A mí me rompieron el mío y no es una experiencia que quiero que vivan los demás. Así que, puedes estar tranquila. Aunque aún no sepa qué es lo que hay para nosotras en el futuro, siempre seré honesta contigo.

–No pretendo nada para el futuro que no sea estar así como estamos ahora –murmuró la rubia tragando saliva antes de mirar a Rachel y sonreír. –Sin importar si estamos juntas como una pareja o no. Solo… estar así.

Y ella también deseaba lo mismo.

Aunque su parte orgullosa lo negara.