25

CAMBIO

-¡General Díaz! ¡Señora! ¡Por amor de Dios vuelvan inmediatamente!

-¡Al demonio con volver, Zaragoza, no me había divertido tanto en mucho tiempo! –exclamó María, espoleando a su caballo mientras, al frente de los soldados, corría detrás de su presa improvisada. Francis iba a toda velocidad tratando de esconderse tras las laderas próximas al fuerte, junto con una buena cantidad de soldados de infantería franceses que muy pronto se vieron acorralados por la caballería mexicana, rodeándoles como si fueran reses desbocadas.

-Yo que ustedes me iba rindiendo, señores… -comentó con burla el general Díaz, mientras Francis intentaba materialmente desaparecer entre su tropa. María se incorporó apoyando los pies en los estribos y le sonrió a su asustado rival.

-Con que… -dijo. –no puedo pelear, ¿verdad? No puedo ganarte porque eres más fuerte, listo y mejor organizado que yo, ¿verdad? ¿Y qué dices ahora, franchute?

El aludido no contestó, se limitaba a tirarse de los cabellos (que en la refriega se habían salido de su bien elaborado lazo) y a gimotear con un pañuelo rosa metido en la boca. Del otro lado, los chillidos de rabia del líder militar de Francis, conde de Loresenz, apenas y resaltaban entre los bramidos llenos de júbilo del ejército mexicano; María no se resistió a echarle un vistazo al enemigo, el conde pateaba el suelo lodoso con toda rabia manchando su impecable uniforme, y desde que lo había visto la mexicana no dejaba de pensar en el espantoso parecido que guardaba con el galo.

-¡Díaz! –ordenó. El general se acercó inclinando en saludo la cabeza. –Llévese a estos hombres como prisioneros al fuerte y que se encarguen de cuidarlos, yo tengo que ir a hacer otra cosa.

-Como guste, señora.

María sacó una cuerda de la alforja de su caballo y se inclinó sobre Francis, atándole las manos y mirándolo con sorna. El francés, mitad sorprendido y mitad molesto, no quitaba los ojos de la larga falda blanca mal cosida que usaba su enemiga en vez del pantalón militar.

-Dijiste que no podía ganarte… -susurró María inclinándose para hablarle de frente. –Pensaste que por ser mujer no iba a poder, pero ay… te equivocaste, queridito…

Francis sonrió y murmuró de manera hiriente:

-Seguro en 1948 no te veías tan ufana, mon cherie…

El rostro de María se crispó, pero casi de inmediato recuperó la compostura, volviendo a los lomos de su caballo y tirando de la cuerda para forzar a Francis a caminar tras ella. A su paso por el campo de batalla hasta el fuerte escuchó los alegres vítores de los soldados que aplaudían y silbaban a su paso, mientras algunos hacían gestos burlones dirigidos al francés. La avanzada del autodenominado ejército más poderoso del mundo acababa de caer en tierras de una salvaje, una victoria que resonaría en el mundo por siempre…

Si tan solo hubiera ella sabido lo que ocurriría un año más tarde…

-Al menos no estás aquí para mirarme. –suspiró entristecida mientras frotaba contra una piedra grande de río las ropas de los militares que se habían apostado en un pueblo cercano a la capital. Aquél verano de 1863 una nueva avanzada, mucho mayor y más cruel que la primera, había llegado de repente y no tuvo dificultades en vencer a su ejército. De sus generales aquél feliz cinco de mayo sólo le quedaba el iracundo Díaz, que había echado a andar en un remedo de cacería dispuesto a correr al invasor con sus propias manos, pero por el momento ella y su gente estaba sometida a los franceses. Zaragoza había muerto unos meses después de su victoria, su deceso la entristeció más de lo que le hubieran dolido en el pasado otros de sus generales, aquél hombre joven y enérgico siempre la había tratado como si fuera una hermana muy querida y revoltosa.

Los juncos más próximos al río empezaron a moverse de manera sospechosa. Pensando que cierto rubio estaría oculto tras estos, María tomó la jícara con que enjuagaba la ropa y lanzó su contenido en dirección a éstos; un chillido doble precedió a la estampida de un muchacho de cabellos rizados y castaños junto a una mujer igualmente joven que se acomodaba las trenzas a toda prisa.

-Delfina… -le recriminó María con suavidad. La aludida se detuvo mirando avergonzada a la mexicana.

-Perdóneme, señora. Ya sé que no debo…

-No me molesta que… confraternices, pero para eso están las partes más agrestes del campo, ¿quieres? –la sirvienta asintió. –Órale, vete al campamento y ve ayudando con la comida.

-Como ordene, señora. –musitó antes de echar a correr por el mismo claro que se perdió su amante. María giró los ojos sonriendo divertida, si acaso Ignacio o Porfirio hubieran estado presentes otro gallo le cantaría a Delfina. Le había sorprendido mucho verla llegar el día después de la batalla, vestida con ropas provincianas y dispuesta a ayudarla con el campamento, y algo en su nuevo comportamiento le hacía sospechar que Lázaro se había ido de la lengua con ella, como deseaba hacerlo desde hacía tiempo. Por cierto que de su buen charro lo último que supo fue que había ido rumbo al norte en busca de Agnes. Y al pensar en la norteamericana sintió una punzada de nostalgia. Llevaba ya dos años sin saber nada de Alfred.

Cargando con el cesto de ropa limpia subió la pequeña colina para ir a colgarla, pero un tumulto le interrumpió y echó a andar hacia el campamento. El ejército francés, felizmente sentado en una mesa improvisada, gritaba y agitaba las manos en un constante gruñido que sonaba como el croar de sapos en celo mientras a unos pasos las mujeres les respondían en su florida jerga, con la cocinera asignada agitando peligrosamente cerca de la cara del general una cuchara de madera. María echó a andar a zancadas hasta la multitud, exclamando:

-¡A ver ustedes!¡¿Se puede saber qué está pasando?!

El general era bastante zalamero cuando le convenía, y no dudó en intentarlo con María pese a que su enfado era evidente.

-¡Madame, mis hombres y yo estaos hartos! ¡Hartos, le digo, de comer todos los días lo mismo!

-No comen lo mismo diario, ayer comieron chilaquiles, anteayer comieron enfrijoladas…

-¡Eso digo yo, siempre son esas horribles tortillas y esos repugnantes frijoles! Pedimos… non, exigimos que se nos sirvan platillos distintos.

-Mire, -gruñó María tratando de no perder la paciencia. –mi gente le sirve lo mejor que puede con lo que tenemos, si no podemos ofrecerles nada mejor es porque estamos muy limitados, y la mera verdad es muy cansado para nosotros tener que darle a su ejército todo lo que tenemos y tener luego que mordisquear las sobras, ¿me entiende? Así que si no le parece, ¿porqué no se larga de vuelta a París para que coma crepitas con quesito y vino, eh?

-Esto, madame, es una afrenta a mi persona y al ejército de Francia. –espetó el general poniéndose de pie.

-Y su presencia es una afrenta a mi persona y al pueblo mexicano. –replicó María. Hubo varios murmullos emocionados mientras hombre y mujer se echaban ojos asesinos, y algunas manos pasaron monedas debajo de la mesa apostando por el ganador del pleito. El furioso general parecía estar conteniendo las ganas de darle una bofetada a quien le parecía una chiquilla terca, pero antes de decidirse y con la mano a medio camino apareció corriendo un muchachito pequeño y rubio.

-Mon General! Mon General! –gritaba. –Mon General…

-Quoi, quoi? –respondió hastiado. El chiquillo le habló en voz baja en rápido francés y éste asintió. –Je entedez… Madame, -añadió mirando a María. –monsieur Bonnefoy quiere hablar con usted.

María arrugó la nariz, pero no le quedó remedio que seguir al muchachito por el campo. Francis pasaba aquéllos días encerrado en su tienda, un lugar bastante cómodo en comparación con el resto del campamento, con un catre bien arreglado y lleno de cojines de plumas, un escritorio y una mesita para té; la bandera francesa ondeaba sobre la tienda y, posado en el asta, pitaba la palomita blanca que siempre seguía a Francis.

La mexicana entró de mala gana a la tienda y vio a Francis hablando con otros dos hombres vestidos de negro; apenas verla, una sonrisa divertida cruzó los labios del francés.

-¡Mon cherie, bienvenue! –saludó agitando una mano. María lo miró mientras lo asesinaba en su imaginación. –Si vous plait, mon cherie… estos caballeros vinieron a hablar conmigo y contigo también, te tienen grandes noticias, ¿no es así, monsieurs?

Los dos hombres se dieron media vuelta encarando a la mexicana, que abrió sorprendida los ojos al reconocerlos.

-¿S… Señor Miramón? Pero… creí que estaba en el exilio…

-Qué gusto me da verla, señora. –saludó el aludido tomando la mano de María para besarla. Tras él un individuo más achaparrado y de cabeza redonda hizo lo mismo, y Francis, del otro lado, parecía estar pasando el mejor día de su vida. –Me sorprende verla con esas ropas tan andrajosas…

-Digamos que no puedo andar con seda si trabajo de criada. –gruñó dolida mirando de reojo al francés. Además de una falda de percal deslucida y estampada con florecillas deslucidas y de su blusa de manta no llevaba sino un rebozo tejido, y el pelo recogido en dos largas trenzas.

-Pues no se preocupe más por eso, podrá volver a la capital y vestirse de seda y joyas como le corresponde. –repuso Miramón hinchado de orgullo. –Todo está listo para su regreso.

-¿Partir a la capital, cuándo?

-Hoy mismo de ser posible, el camino es breve pero tiene que estar presente para que pasado mañana pueda recibir a su superior.

-¿Qué, Juárez va a volver? –la idea se le antojaba extraña y al ver la expresión en los rostros de los dos hombres entendió que dijo una tontería.

-Oh, señora, no. No, verá… tiene usted un nuevo superior, mucho más, eh, digno de su nueva condición.

-¿Cuál nueva condición, Miramón?

-Usted… -dijo el aludido, hinchando aún más su pecho. –será un imperio de nuevo.

-¡¿QUÉ?! –exclamó tan alto que el pequeño Pierre afuera saltó del asta y se puso a dar vueltas pitando enloquecido. –No… ¡no, no, no!

-Pero señora… -musitó Mejía, desconcertado por la reacción tan negativa de su nación.

-¡Nada de peros! ¡Ustedes dos nomás abren la boca y meten la pata! ¡¿De dónde sacaron que yo quiero ser un imperio?! Y para empezar, ¿quién va a ser el emperador? ¿Usted, Miramón?

-No soy tan digno, señora. La noble casa de Habsburgo…

-¡Pudo haber sido la noble casa de José Cuervo y yo seguiría sin querer! ¿Porqué hacen cosas a mis espaldas, eh? ¿Creen que porque soy… soy…? –apretó los puños mientras respiraba hondo dos veces hasta tranquilizarse. -¿Piensan que porque soy una mujer no tengo derecho de enterarme primero de lo que van a hacer?

-Para nada, señora, es una… No, de verdad, es solo que nos ha parecido conveniente que, dada su situación…

-¡Mi situación la propiciaron ustedes por tercos y aferrados! ¡Por idiotas y por convenencieros!

-Sólo he buscado su bien, señora, y usted lo sabe.

-¡Entonces déjense de sueños guajiros y hagan a Juárez volver!

-¿Porqué le tiene fe a ese hombre pero a nosotros no? –protestó Miramón algo dolido. -¡He pasado toda mi vida deseando ayudarla, he luchado con toda mi fuerza para darle estabilidad y justo gobierno! ¿Juárez? ¡Juárez es un traidor, mírelo escondido y rogándole a los estadounidenses! ¡No olvide lo que ellos le hicieron, señor, y lo que me hicieron a mí!

Claro que lo recordaba, pero mirar a ese ex general tan alterado no hizo sino sumirla más en la angustia. Parecía que su destino sería siempre el mismo, y que nada ni nadie la iba a rescatar de esa espiral que la devoraba. Negando despacio, María echó a andar despacio fuera de la tienda con la cabeza agachada, seguida por la mirada desorientada de los dos metiches.

-Oh, mon cherie siempre se pone intensa. –dijo Francis que había estado gozando de la discusión. –Yo digo que lo que le falta es un poco de amour y comprensión… que yo podría darle…

-Buena idea. –saltó Miramón. –Vaya y convénzala entonces.

-Ah, pero yo… no me refería…

-Adelante, señor Bonnefoy, seguro que entre naciones se entienden mejor. –algo en las palabras del mexicano le hizo temer a Francis que le estaba dando una orden implícita y pese a su desagrado no le quedó otra opción que salir en busca de María. La encontró no muy lejos, apoyada contra un grueso árbol y mirando nostálgica el campo, pensando… En esos últimos años su vida se había vuelto un revuelo mayor del que hubiera imaginado jamás, tantas luchas e intrigas, tantos deseos y sueños partidos por la mitad, y ella seguía ahí en el limbo, sin que nadie la ayudara como necesitaba. Todos hablaban de hacer lo que era mejor, pero ninguno le había preguntado nunca qué era lo que quería.

-Hmm… ¿cherie? –susurró Francis quedándose a prudente distancia de la mexicana. Ésta le miró indiferente, sin contestar. –Mira… entiendo que es difícil cambiar de gobierno, de sistema… es duro, muy duro en verdad pero eso no significa que el cambio sea malo. Es, como decirlo, emocionante, imagínate, ma belle, no te tomará más de un año o dos ser reconocida, tal y como siempre quisiste, ¿non? El Imperio de Mexique… suena maravilloso, ¿no crees?

María apenas y se dignó a parpadear. Francis comenzaba a rendirse cuando la escuchó decir serenamente:

-Avísales a los señores que en media hora estaré lista.

-Oui, cherie. Hmm… ¿cherie? ¿Sabes cuál es la casa de los Habsburgo?

-Lo sé. A mi padre también se los impusieron una vez pero no recuerdo nada de ellos… ¿cómo son?

Francis se encogió de hombros y siguió caminando, dejando a María en un mar de confusión.

Media hora después, o poco más, María avanzaba por el campamento cargando con sus pocas pertenencias y con el rebozo sobre la cabeza; Delfina asomó la cabeza detrás de un arbusto, y con ella el soldado francés con el que la mexicana siempre se la encontraba y gritó:

-¡Señora! ¿A dónde va?

-Me voy a la capital. –explicó llanamente.

-¡Hasta luego, señora!

-Sí… adiós, Delfina. ¡Ah! ¡Jean Pierre! –el aludido, que seguía al lado de Delfina, se puso de pie. –Me la cuidas porque donde me entere que no…

-O… Oui, madame…

-Así me gusta. –y dicho esto continuó hasta el camino donde ya la esperaban dos coches. Miramón extendió una mano para ayudarla a subir en el de mayor tamaño.

-Le agradezco que entrara en razón, señora. Mejía irá atrás en el coche del equipaje.

-¡Pero…! –comenzó a protestar el hombrecillo, pero la mirada encendida del ex general lo hizo enmudecer, visiblemente ofendido. María subió al coche y se quedó en silencio, decidida a no abrir la boca hasta llegar a la capital donde quién sabe qué tirano engreído iba a estar esperándola.

Su vuelta le significó, primero, no poder echar un vistazo a su casa porque fue inmediatamente trasladada al Palacio Nacional, donde habría de aguardar la llegada del emperador, y segundo, que se encontró ya un ajuar completo de la última moda europea esperándola en su habitación asignada.

-Los mejores diseños, directos de París. –explicó Miramón, enseñando orgulloso los delicados accesorios y los zapatos llenos de lazos. –Tiene nuevos botines, mucho más bonitos que esos viejos que siempre llevaba, y mire, un par de abanicos, y éstos zarcillos de diamante, un regalo maravilloso de la nobleza belga…

-No entiendo porqué compraron tanta chuchería, mis cosas estaban bien.

-Sus cosas ya estaban algo ajadas, y presentarla así al emperador sería de lo más erróneo. –el ex general siguió presumiendo, sacando cajas de distintos tamaños. –Ropa interior también parisiense, le ajustará perfecto con sus nuevas prendas… fondos de seda y algodón, un bonete, un sombrero… ¡Oh, casi lo olvido! Este es también un regalo.

-¿Y de parte de quién? –preguntó María hastiada, abriendo a discreción la caja de ropa íntima.

-De mi parte. –replicó Miramón, tomando una caja de gran tamaño y descubriendo su contenido. María se acercó tomando el género entre sus manos y extendiéndolo hasta caer al suelo, sorprendida. Era un vestido largo, de color blanco con faldilla transparente, mangas anchas y adornadas con un delicado encaje azul bordado, al igual que la larga hombrera del mismo tono marino y con una rosa de terciopelo prendida del pecho.

-… Va… ya…

-Lo vi en una casa de modas en París. –explicó algo azorado. –Disculpe el atrevimiento pero me pareció adecuado para su… presentación. ¿Le… agrada, señora?

-Es… es muy bonito… -balbuceó acariciando la suave faldilla. –Hacía mucho que no tenía un vestido así… Gracias.

-Me alegra que le guste. Mañana mismo llegará el emperador y habrá una gran recepción, disfrútela, señora.

-¿No va a estar usted aquí?

-No, me temo que aún no tengo suficientes méritos con Su Alteza. –se lamentó el ex general. María sabía lo ambicioso que era desde niño y comprendió su decepción. –Con permiso, señora.

Al día siguiente, luego de un silencioso baño, María se probó el vestido nuevo y se extrañó al verse así, no acostumbraba usar prendas tan caras ni tan minuciosas, pero admitió al verse al espejo que le gustaba, y que se veía bonita. Olvidándose por un rato de sus tribulaciones se hizo una sola trenza y luego de haberse arreglado esperó, impaciente, a que el eco de la calle le anunciara la llegada de su forzado superior. No tardó mucho cuando los vítores exagerados le hicieron asomarse por la ventana y ver pasar, primero, a un pequeño grupo militar francés, con el odioso Francis a la cabeza agitando solemne la mano, y tras ellos, bajando de un carruaje, aparecieron dos personas que atrajeron su atención. La mujer, de rostro redondo e infantil y vestida con colores tenues iba tomada de la mano de un hombre, más alto de barba rubia bien arreglada y que vestía con un traje más bien sencillo; ambos saludaban amistosos a la multitud antes de avanzar por el camino donde llovían flores junto a los gritos de los conservadores que no cabían en sí del gozo.

María se vio forzada a bajar para recibirlos apenas cruzaron el umbral del palacio, y desde el final de la escalera, medio oculta, escuchó a la mujer decir:

-Qué bonito lugar, ojalá pudiera salir para ver un poco más.

-Hoy no, mi querida, tal vez mañana. Ahora mismo debo terminar con el papeleo, esos caballeros no me informaron del todo… esperaba, no lo sé, ver más personas en las calles.

-¿Estás decepcionado, Maximiliano?

-Para nada, es natural que…

El grupo que lo aguardaba dentro apareció de pronto, saludando con efusivas y ridículas caravanas a la pareja, y por fin uno de ellos soltó un discurso de bienvenida en el que María se pasó haciendo muecas de burla.

-Su Majestad Imperial, es momento de que tome ya la corona de México, si me permite escoltarlo…

-Quisiera estar seguro de que todo marcha como debe. –le interrumpió el recién llegado educadamente. –He visto cosas extrañas a mi llegada, y he sentido incluso un poco de hostilidad. ¿Está usted completamente seguro de que, como me escribieron, el pueblo desea que sea su soberano?

Hubo un breve momento de inquietud entre la cuadrilla, pero el que había hablado miró por el rabillo del ojo a la mexicana todavía apostada contra la escalera y, sonriendo ladino, replicó:

-¿Porqué no le pregunta usted mismo? –inquirió, estirando una mano en dirección a las escaleras. La pareja, junto con la cuadrilla conservadora, se volvió y miraron a la nación que, descubierta en su falta, tuvo que fingir serenidad y seguridad que no tenía. Resignada, bajó las escaleras recogiendo el largo de su vestido. –Su Majestad Imperial, le presento a su apoderada, la señora María Fernández, nuestra querida México.

Así que aquél era el emperador, pensó María mientras tendía una mano al aludido que la saludó con calidez.

-Querida señora. –le dijo solemne. –Es una gran felicidad para mí conocerla finalmente. Permítame que me presente, soy el archiduque Maximiliano, de la casa de Habsburgo, a su completo servicio.

-Ah… mucho gusto, y… qué gusto conocerlo también. –replicó forzando una sonrisa.

-Y ésta es mi querida esposa, Carlota. –agregó, tomando la mano de su mujer que apenas ver a María le trató como si fuera su pequeña favorita.

-Qué jovencita tan bonita. –repuso mientras le saludaba. –Y qué vestido tan magnífico, de verdad te queda muy bien.

-Gracias, señora. –contestó María, azorada por el comportamiento de los extranjeros. A primera vista, no le parecían tan monstruosos como se temía. La cuadrilla conservadora volvió a llamar su atención y echaron a andar al salón principal para la declaración oficial.

Durante la recepción, las familias más influyentes se reunieron en el palacio disfrutando de una gran cena y mirando emocionados al emperador, mientras las damas comentaban entre susurros sus críticas, buenas o malas, de la emperatriz. María, sentada a un lado de ellos dos, se sentía cada vez más enferma; la pareja se comportaba con educación, amabilidad y gusto, y parecían encantados con todo lo que les rodeaba y especialmente con ella, no era la actitud que tenía en su mente de lo que era un emperador, ni siquiera Iturbide le había parecido tan cortés. Al mismo tiempo se preguntaba qué pasaría si, por obra de un milagro, Juárez conseguía volver, porque en pocas horas le habían empezado a caer bien.

-¿Señora, está usted bien? –preguntó de repente el emperador. María había estado mirando congelada su postre por más de dos minutos.

-¿Ah, qué? Sí… estoy bien, yo… necesito tomar aire. Discúlpenme. –se puso de pie rápidamente y echó a andar fuera del salón, llegando hasta uno de los altos ventanales del pasillo y mirando el anochecer, presa de la angustia. No podía ceder, ella fue muy clara con sus palabras, no quería nada de emperadores ni imperios ni tonterías retrógradas, pero tampoco deseaba causarle males a esa pareja amistosa que, hasta ahora, se habían comportado con amabilidad hacia ella.

-¿Señora? –se volvió. El emperador estaba ahí. –Disculpe, pero me pareció que no se sentía del todo bien.

-No, la verdad no. –admitió. –Su Majestad…

-Está bien si me trata con un poco de informalidad, señora.

-Hmm… ¿don Max? –el aludido asintió. –Bueno. Verá usted, tal vez le parezca chocante en este momento pero debe saber… yo… no estaba de acuerdo en que usted viniera, en realidad ni siquiera supe de su llegada hasta hace un par de días y entenderá que me encuentre algo… aturdida, pues, por todo esto. ¿Me entiende, don Max? No quiero ser grosera, sé que hizo un viaje muy largo pero… pero es mejor hablarle con la puritita verdad, y… las cosas son así.

-Lo sospeché. –dijo finalmente el monarca.

-¿Perdón, qué?

-Que lo sospeché. Todos esos papeleos, esos juramentos extraños… nada de lo que me contaron me pareció real a mi llegada, ni siquiera su amable saludo. –agregó tranquilamente, haciendo que María se sintiera avergonzada. –No he venido aquí a avasallar, señora, ni tampoco a imponer cosas ridículas. Su pueblo es un pueblo pobre, pero con algo de ayuda puede levantarse y convertirse en un país digno, que es al fin y al cabo lo que deseamos todos, ¿o no? Le aseguro que haré todo lo que esté en mis manos para ayudarla, señora, si usted me lo permite, claro.

-Bueno, vaya, eso es nuevo. –admitió la mexicana. –Gracias, espero que de veras lo cumpla.

-Lo haré, querida señora, le prometo que lo haré.

Mientras el emperador le cedía el paso a María para volver al comedor, entre las sombras de los pasillos, un par de ojos azules les espiaban y una risita insidiosa y molesta inundó la calma del palacio.

Si creían que la presencia del franchute iba a ser para dar amour, repito, se nota que son novatos leyendo mis fics XD las cosas se pondrán retorcidas por las viboreadas de Fran, ya verán lo que va a conseguir ;D

Notitas históricas: A pesar de la victoria contra la avanzada francesa el 5 de mayo, el 13 de junio de 1863 (un año más tarde) los franceses lograron ganar y comenzó la intervención y el nacimiento del Segundo Imperio, bajo el poder del buen Maximiliano de Habsburgo (sorry pero entre más leo de él, más me encariño). Miramón, quien fuera general del ejército conservador y presidente temporal durante la guerra de reforma, fue también uno de los niños héroes supervivientes de la guerra contra Estados Unidos, de ahí que odie tanto a los gringosos y a su heroico país XD fue exiliado a comienzos de 1860 pero volvió con la intención de unirse al gobierno de Maximiliano, cosa que… bueno, no le funcionó.

Ahora los comentarios.

Shelbunar: uuuuh por desgracia el franchute meterá toda la cizaña que pueda, ya sabes como es de ventajoso, y lo que hará será… mortal O.O

Chiara Polairix Edelstein: Jijiji Chiquito robando cámara.

Lady Raven Baskerville: Sí n.n se reconciliaron, al menos partieron a la guerra con el espíritu sereno, pero lo que se viene los pondrá muuuy mal.

Cinthia C: Siguen acá con el amor a Yue… Jajaja sí, el gringo se jodió y se seguirá jodiendo, de María… bueno, no diré que le irá bien pero tampoco del todo mal ;D Oooow todos amamos a Chiquito :3

Jessy88g: Reconciliación y argüendaje (?) y sí, Chiquito vengándose del madrazo que le metió Alfred, era lo justo.

Wind und Serebro: Y llegó el franchute cizañoso… y Chiquito maravilloso.

Ghostpen94: D: no te deshonres! Pero oow sí, lindo USMex para ti n.n

Flannya: El gringo siempre ve moros con tranchetes cuando se trata de Mari (cualquier parecido con la realidad juramos que es coincidencia). Jaaa el franchute jode mucho, pero no tanto como tu Gil ¬.¬ Gracias por la aclaración, ya me parecía que el "good day" quedaba raro pero me dio flojera de cambiarlo por el "good morning" así que me jodí solita XD

Tamat: Amour por el franchute :3 siendo bueno o malo todos lo queremos *¬*

Fan US-Mex: Pues a mi entender ese día del cobro Francia fue por cabroncete, España para saludar a su hija e Inglaterra porque quería ser popular XD Ooow GerMex, delicioso y hermoso GerMex sin censura… ¡sí, exijo GerMex por siempre sin censura porque es besho! Jajaja el franchute y sus jodederas, aunque históricamente su papel fue solo de intermediario de coacción (le yo usando términos que oigo en la escuela), el verdadero amour se escribe en un pentagrama y usando notas musicales (spoiler! XD). Jaja de hecho Chiquito está basado en perros reales (?) y aquí es inmortal y adorablemente antigringo… y anti otras cosas como verán más adelante. *O* ya vi tu comentario en el "Princezzin" gracias y lamento el drama sádico.

NymeriaDirewolf: Pos de que pensó, pensó, pero creo que le dio igual, así es el amour de raro. Jajaja, seee… sospechas XD así le ponemos. Bueno no salieron ni el papá histérico ni el pirata sexy pero ya sabemos que ellos no hicieron gran cosa durante la intervención. Waaa quiero ya leer tu fic… ¡por favorrr! T^T

Bueno, es todo por hoy y como ya dije arriba recuerden, el amour imperial se escucha en piano ;D si ustedes me entienden. ¡Adiosito!