Capítulo XXV
.
Bill y yo manteníamos la mirada puesta, cada uno en su plato de espaguetis. Mi tenedor daba vueltas en torno a los largos cordones de pasta, mezclándolos con el tomate y el queso. Junto a nosotros en la mesa, se encontraban Tom, Annie y mi madre. Un pequeño suspiro involuntario se me escapó, de tan sumergida que estaba en mis pensamientos.
—¿Qué pasa Kissa? ¿Los espaguetis no están de tu gusto?—preguntó mi madre y yo la miré, como si me hubiese preguntado la respuesta a una ecuación.
—¿Qué?—pregunté yo, el silencio en la mesa fue instantáneo.
—¿Qué si están bien tus espaguetis?—insistió mi madre.
Pestañeé comprendiendo la simpleza de la pregunta y, por tanto, mi absurda actitud.
—Oh, sí, sí… están muy bien mamá…—le sonreí. Observé el rostro expectante de los demás en la mesa y comí.
—Me encanta el espagueti—escuché decir a Tom, mi madre le sonrió y miró a Bill.
—¿Te gusta a ti?—le preguntó.
—Muchísimo, gracias… —le sonrió Bill, de ese modo tan suyo, que casi suspiro nuevamente, observándolo.
¿Era sólo yo, o me parecía que la escena rayaba en lo azucarado?
Por un momento dejé la conversación tan melosa que estaban llevando, y me sumergí nuevamente en el recuerdo de hacía menos de una hora atrás. El recuerdo de las manos de Bill calentando mi piel, sus besos arrancándome suspiros. El deseo, siempre a flor de piel, brotando de mí, como la hierba en un campo fértil.
Bill jugueteaba con sus dedos, sobre uno de mis pezones, mientras yo jadeaba contra su boca, recorriendo con la lengua, los aros que había en su labio.
—¿Estás bien?—me preguntó, una vez más. Ya había perdido la cuenta, de la cantidad de veces que lo había hecho, desde que había cerrado la puerta.
—Sí…—respondí algo fastidiada ya. Sabía que se preocupaba, pero ahora mismo lo único que me preocupaba a mí, era sentirlo dentro de mí. En este momento, me parecía que aquello sería lo único, capaz de calmarme.
Metí mi mano dentro de su pantalón, sin rodeos, y lo escuché sorber el aire casi con dolor, cuando mis dedos alcanzaron su sexo palpitante. Lo acaricié desvergonzadamente y él apretó mi pezón entre sus dedos causándome un inquietante dolor.
—¿Kissa?—escuché la voz de mi madre, al otro lado de la puerta.
No lo podía creer.
Bill resopló y yo lo acompañé.
—No lo puedo creer… —murmuré
Bill se removió y yo retiré mi mano, de dentro de su pantalón.
Desde ese momento, hasta ahora, había pasado poco más de una hora y yo sentía que aún tenía la piel encendida y la caricia rebelde de Bill en mi pecho. Y la cercanía que ahora manteníamos, sentados en la mesa, uno junto al otro, no me ayudaba en nada. Quería tocarlo. Quería que me tocara, sentir sus manos bajo la falda que ahora vestía. Mi deseo en este momento, era tan fuerte, que hasta me parecía sentir sus dedos removiendo la tela.
Creo que contuve a duras penas un gemido, cuando comprendí que realmente me estaba tocando, solapado por la mesa. Reprimí, con igual dificultad, el mirarlo, para no poner en evidencia lo que sucedía.
—¿Cómo te has sentido sin la bota?—me preguntó entonces mi madre, fijando sus ojos en mí, como si me dijera; sé lo que está pasando. Pero claro, eso era algo que sentíamos las hijas, tuviésemos la edad que tuviésemos, delante de la mirada de una madre, cuando había algo que ocultar.
—Creo que muy bien… —respondió Annie por mí, riendo con cierta malicia que le conocía.
La ignoré.
—Bien… —intenté que mi voz no temblara, ya que a pesar de que mi madre me hablaba, los dedos de Bill acariciaban mi muslo de forma ascendente.
—¿Te dio alguna recomendación él médico?—continuó preguntando mi madre. Yo apreté la mano de Bill, con la mía, para que se detuviera y me permitiera concentrarme.
—Sólo la rehabilitación…—contesté.
Mi madre asintió y volvió a su plato.
—¿A qué hora son tus sesiones?—me preguntó entonces Tom. Sus ojos vivaces me observaban detenidamente. ¿Sabía lo que hacía Bill?
—A las diez de la mañana… —contesté, luchando con la mano de Bill que insistía en su recorrido.
—Bill estará encantado de llevarte, ¿verdad hermanito?—se burló Tom, sabiendo lo que le costaba a Bill, levantarse pronto.
—Desde luego…—sonrió él y me miró.
Yo le devolví la mirada, pero con varios grados más de calor, intentando quemarlo para que dejara de insistir con la caricia.
—¿No será un problema para ti?— le preguntó entonces mi madre. Yo liberé su mano, subiendo la mía, nuevamente a la mesa. Bill no se atrevería a seguir jugueteando, si tenía que hablar con mi madre.
Pero me equivoqué. Un calor intenso me bañó, cuando sus dedos llegaron a mi ropa intima.
—No, no será ningún problema…—contestó—me gusta acompañar a Kissa.
Al parecer, aquello de que los hombres sólo pueden hacer, una cosa a la vez, era una patraña, porque la única que se sentía unitarea, de los dos, era yo.
—¿Y no te quitamos tiempo para tu trabajo?—continuó preguntando mi madre. Los dedos de Bill, se las habían arreglado para franquear la barrera de mi ropa interior, y yo mantenía la mirada fija en los espaguetis que enrollaba con lentitud en el tenedor, esperando, sabiendo la dirección que esos dedos estaban tomando.
—No, Tom y yo nos hemos arreglado para trabajar con los demás chicos estando aquí… —el muy malvado respondía como si nada, mientras sus dedos que tenían al borde del colapso.
Contuve la respiración, cuando noté su dedo medio, justo sobre mi clítoris, presionando, para luego agitar su dedo como si se tratara de las alas de un colibrí. Por un momento pensé que me iba a licuar ahí mismo, de la excitación que sentía.
—Oh…—solté el aire con una suave, pero sugerente exclamación.
—¿Qué pasa Kissa?—preguntó mi madre, la miré y noté como se me encendía el rostro.
—Nada—respondí agitada—es… que… —miré mi plato, Bill me observaba y a pesar de verme en el apuro, no dejaba de agitar su dedo. Me arrastré con la silla hacía atrás, disimulando con el sonido de las patas contra el suelo, el ruido que hizo el elástico de mi ropa intima, cuando la mano de Bill fue arrancada de su sitio—se me ha enfriado la comida…
Me puse en pie, había intentado lo único que podía idear mi mente ahora mismo.
—¿Quieres que te lo caliente?—respondió mi madre.
—No… ya voy yo…—me giré en dirección a la cocina, apoyé ambas manos en la cubierta y resoplé.
Escuché a alguien entrar y miré. Era Bill.
—Te voy a matar…—murmuré, con una mezcla de enfado y frustración.
El se me acercó y me dio un profundo beso, tomando una de mis manos, para dirigirla a su entrepierna. Creo que cuando comprobé su propio estado, perdí los deseos de matarlo.
—Estas tan…—murmuré contra su boca, acariciando su erección.
—¿Duro?...—preguntó, y escuchar esa palabra en su boca, tan simple, pero a la vez tan cargada de un significado sexual, me condensó los huesos.
—Sí…—suspiré.
No sabía cuándo podríamos terminar con esta tortura, pero estaba segura que cuando sucediera, ambos nos calcinaríamos.
.
Tres días después, me observaba en el espejo de mi abuela, que ahora estaba en mi habitación, intentando dejar en su sitio, un intrincado peinado, que me había empeñado en hacerme con la maraña de cabello que tenía. Bill y yo habíamos decidido, después de varios sofocones sin destino, salir esta tarde y de ese modo convertir nuestra primera vez, en algo especial.
Escuché un par de golpes de nudillo en la puerta y enseguida vi a Annie aparecer.
—Vienen subiendo—me avisó. Se refería a Bill y a Tom, el segundo se había ofrecido, amablemente, a hacerle compañía a Annie. Ni Bill, ni yo cuestionábamos sus intenciones, bien sabía yo que las de mi amiga, eran de todo, menos castas.
—¡No dejes que entre aquí!—le exigí alarmada.
—Tranquila mujer, como si no te hubiese visto nunca sin arreglar—contraataco.
—Ya, pero esta vez quiero que me vea bonita…—me quejé taimada, volviendo a mirarme en el espejo.
—Por Dios Kissa… ese hombre te ve bonita hasta en tu peor día…—me regañó Annie.
La miré de reojo y una sonrisa tonta se me marcó en los labios.
—Tú sólo, no lo dejes entrar… —insistí en mi petición.
—¡A la orden mi comandante!—marcó ella su frente con una posición militar y cerró la puerta al salir.
Suspiré frente a mis rizos, tan intrincados y salvajes, que aún me haría falta medio envase más de crema, para suavizarlos. Concentrada como estaba en acomodarlos, escuché una risa suave, alegre y lejana. Arrugué el ceño, quedándome muy quieta, pensando que quizás había sido algún otro sonido, que yo simplemente confundí. Apreté el bote una vez más y comencé a aplicarme de inmediato la espuma que cayó en mi mano, cuando volví a escuchar aquella risa lejana. Miré hacía la puerta de inmediato, confirmando que seguía cerrada, tal como la había dejado Annie.
No había nadie.
Me quedé un momento muy quieta, creo que incluso respiraba con cuidado de evitar cualquier sonido. Observé mi reflejo en el espejo con mucha atención, notando como el corazón había comenzado a batir con más fuerza, ante la ansiedad de una idea.
¿Y si provenía del espejo?
Pero nada pasó.
Comencé a remover nuevamente los rizos de mi cabello, al principio con lentitud, hasta recobrar el ritmo con que lo hacía antes de detenerme. Parecían estar en su sitio, más o menos. Los recogí atrás en mi cabeza, dejando libre mis orejas, en las que pondría unos aretes largos. Notaba como la ilusión por la velada, me formaba un nudo enredado, pero agradable, nudo en el estómago.
Pasé mis manos a través del vestido y lo subí, para asegurarme de que el liguero que me había puesto para la ocasión, estuviese bien asegurado en su sitio.
Resoplé intentando calmarme.
—Quizás sea demasiado—hablé en voz alta, pensando en que no estaba segura de si a Bill le gustaría algo así, pero deseaba sorprenderlo.
—Te aseguro que no lo será—escuché a Bill desde la puerta.
Lo miré de inmediato, tirando del vestido hacia abajo.
—Esto no es justo ¿eh?—le reclamé, medio en broma, medio enserio.
—Ya lo sé… —se rió, sin moverse de la puerta, como si necesitara mantener esa distancia.
—Le pedí a Annie, que no te dejara pasar—contesté, comenzando a meter en el pequeño bolso del maquillaje, todo lo que había desperdigado sobre la cama.
—Bueno… soy muy persuasivo…—lo miré, seguía sonriendo, y lo cierto es que bajo esa sonrisa, nadie podía negarle nada.
Y no sé si fue mi expresión o el simple hecho de quedarme estática mirándolo. Se veía hermoso, con su cabello arreglado, su barba que al ser una barba joven, era aún muy suave. Sus ojos observándome como si se deleitaran. Pero en un instante tuve sus labios contra los míos, dándome un beso intenso, pero que terminó tan rápido como llegó.
—Hola…—murmuró cuando me libero.
—Hola…—suspiré yo.
Nos quedamos un momento observándonos. Esta sensación de "ya, aquí y ahora", la veníamos experimentando desde hacía días, pero ambos habíamos decidido que calmaríamos a esa bestia esta noche, pero iríamos paso por paso. Así que ahora mismo, aunque me sentía impulsada a abrazarlo y besarlo hasta quitarle el aire, la ropa y todo lo que mi cuerpo pudiese arrebatarle. Ni Bill, ni yo, nos tocábamos.
—¿Estás lista? —preguntó.
No me había dado cuenta de lo agitada que estaba, hasta que escuché mi propia voz desvanecida en la respuesta.
—Sólo… —me aclaré la garganta y lo volví a intentar—sólo me falta el labial.
—Bien… —volvió a sonreír—te espero en la sala.
Asentí con un gesto, esperando que los rizos no se movieran de su sitio.
Bill salió de la habitación y cerró la puerta. Yo tomé el labial que estaba sobre la cama y me acerqué al espejo comenzando a delinearme la boca, con un tono brillante y muy suave de rosa. Detuve el movimiento de inmediato, cuando volvía a escuchar aquella risa, provenía del espejo, de eso no había duda, sólo que esta vez no venía sola, estaba acompañada por otra que me resultaba muy familiar.
—¿Bill?...
Continuará…
Muajajjajajjajjajaja…
Aquí les traigo un capítulo de día domingo, que espero que lo disfrutaran, a pesar de quedarse con ese muajajjaja, al final. Ese espejo no nos deja vivir en paz ¿eh?.
Sobre la escena de la cof*mesa, debo decir que está inspirada en un video que vi y que me resultó muy erótico.
Besitos.
Siempre en amor.
Anyara
