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Valquiria de la Noche
"Se pierde fuerza cuando se compadece"
"Carta de la generalísima Winter Snow a su servicial compañero de viajes:
Correspondo a tu interés por mi porvenir por medio de estas sencillas palabras, que espero satisfagan tu peculiar interés. Primero que nada he de aclarar que me encuentro perfectamente, el camino parece largo, pero soportable, y aunque así no lo fuera no podría obrar de otra manera. Cada brisa que con su refrescante beso estival me llega desde las montañas nevadas, hace de mí una pony cuya memoria se ve en similar afinidad con la de los elefantes, ya que una y mil veces recreo en mi mente aquellos momentos en que, en circunstancias muy diferentes, me encontré disfrutando de estos hermosos detalles de la naturaleza. Así mismo, el sonido de los grillos bajo el cielo enjoyado apacigua mi temperamento y rejuvenece mi espíritu marchito por las penurias, las espinosas verdades y la batalla. Los rayos del sol me son benevolentes por la mañana, me reconforta recibirlos recostada sobre el césped, llenando mis pulmones del delicioso aroma de las flores. Cuando entro en contacto con la naturaleza siento que rozo la divinidad, así mismo, cuando mi alma se ve consumida por la pasión y el anhelo de congratulación. Quizá sea un juicio apresurado, pero los rostros de algunos ponies simplemente no mienten, y es que en mi opinión los ciudadanos de Canterlot han recelado de este encuentro con lo grandioso. Siento mucho desdén por la debilidad que hoy eclipsa la voluntad pony, pero al mismo tiempo ya no tengo la certeza de la que antes gozaba, para entregar todo de mí y cambiar eso. Lo que hoy guía mis pasos es en gran medida el saber que no puedo hacer otra cosa distinta.
Geisterritter ha sido un compañero de viajes bastante eficiente, pero su compañía no me es del todo amena, ya que no poder ver sus ojos me inquieta profundamente. El reflejo de su alma me sigue siendo un misterio, pero creo que poco a poco puedo desentrañar su tejido más sensible. Esto último no lo tomes literalmente, lo digo en un sentido puramente espiritual, por decirlo de alguna manera. Mis deseos son que te recuperes pronto, aún tenemos asuntos pendientes.
Atentamente. Generalísima Winter Snow de Equestria."
Cuando los ojos de Galvorn leyeron la última silaba de la carta, la dejo con delicadeza a la izquierda de la cama de hospital en la que todavía reposaba. Entonces la volvió a levantar hasta su rostro y la olfateo con un poco de pudor. No olía a absolutamente nada, salvo papel y tinta, pero aun así lo hacía pensar en su origen e imaginaba los paisajes que Winter Snow disfruto sin su compañía. Era una hermosa carta, nada pretenciosa y lograba transmitir con exactitud lo que ella sentía en el momento de escribirla; incluso la forma de la letra resultaba encantadora, un estilo que reflejaba la antigüedad, disciplina y belleza de su tiempo. Winter Snow invadía su pensamiento con la fuerza con que las olas del mar golpean las costas, y eso le preocupaba mucho. Cuanto más divagaba sobre los misterios de la pegaso, cuanto más pensaba en su papel en la historia de los ponies, más sentía que un torbellino de emociones le absorbía. A su mente llegaba el brillo de las estrellas, los cálidos atardeceres y el florecimiento de las rosas en primavera. Recordaba entonces el bello rostro de Winter, su extraña y dorada melena y sus sensuales flancos. ¡Oh, cuanto quería pensar que solo era fascinación!
Al cabo de unos minutos de haber leído la carta tocan a la puerta de la habitación, al instante entra Fírima portando unas alforjas aparentemente llenas y, sobre su lomo, petunias recién cortadas.
—Qué bueno que te encuentras despierto, Galvorn, odiaría interrumpir tu sueño —le dijo la pony terrestre, sonriendo con amabilidad para acto seguido depositar las flores en un recipiente con agua que se encontraba junto a la ventana—. ¿Cómo te sientes hoy?
—No puedo quejarme, pero supongo que podría estar mejor. Después de todo sigo aquí ¿no? —respondió el corcel, observando con detenimiento las alforjas de su hermana—. ¿Qué es lo que traes ahí?
En el rostro de Fírima se dibujó una amplia y arrogante sonrisa, digna de una orgullosa ganadora.
—Mil quinientos bits —respondió con fingido desinterés.
—¡Mil quinientos bits! —repitió sorprendido Galvorn—. ¿Cómo es posible? ¿De dónde los sacaste?
—Que tu no puedas ejercer lo que mejor sabes hacer, no significa que yo deje de hacer lo mío —respondió la yegua, para al instante añadir—. Cuando quiero vender joyas preciosas de gran valor, mi primer destino es Canterlot. Creo que antes ya te lo había mencionado, pero aquí es donde mejor aprecian las gemas preciosas extrañas.
—A veces creo que tu talento especial es mucho más lucrativo que el mío —comento el semental, aun con expresión estupefacta.
—¿Eso de ahí es correspondencia? —pregunto Fírima señalando la carta y el sobre abierto junto a su hermano—. ¿Quién la envía?
—Adivina adivinador… ¿Quién es? Winter Snow.
—Oh, ya veo —dijo lánguidamente la pony terrestre—. ¿Se encuentra bien?
Galvorn sonrió y respiro con profundidad.
—Estoy seguro que estará muy bien.
—Me es extraño tenerle un poco de simpatía —confeso Fírima—. Junto con las princesas, quizá seamos quienes estamos más al tanto de toda su maldad. Allá donde este, puede que sea mucho mejor que encuentre su fin.
Galvorn guardo silencio, como quien no sabe que responder frente a una premisa desconcertante. Sus labios estaban secos como arcilla recién salida del horno, así que se los relamió mientras pensaba con detenimiento que destino sería mejor para Winter Snow.
—La muerte le sentaría bien —concluyo—. Pero, sería un regalo que repudiaría hasta que no quede más alternativa. He de admitir que me entristecería, ya que una pony semejante difícilmente se volvería a cruzar en mi camino.
—Tus palabras me sorprenden, Galvorn. Como dije, somos los únicos, junto con las princesas, que estamos al tanto de toda la maldad de ese fantasma del pasado de la historia de Equestria. Cada vez que me siento agradecida con ella por salvarte, creo que estoy cometiendo un acto inmoral, algo de lo que avergonzarme. No quisiera sentir esto nunca más, y tú dices que te apenarías por su muerte… ¡Que desfachatez!
—Yo no ignoro lo que hizo, lo tengo presente todo el tiempo. Pero, para serte sincero, me importa muy poco cuando lo examino. Puede que eso me convierta en un mal pony, pero la verdad cualquier ser vivo junto a ella se ve como el más puro y bondadoso de los seres. Eso hace que mi falta de empatía por ponies de hace mil años, decrezca.
Fírima suspiro con pesadez, y se acercó al borde de la cama de su hermano.
—¿Puedo leer la carta? —pregunto la pony, con curiosidad.
—Por supuesto —contesto el corcel, acercándole la delgada hoja de papel—. Por cierto, quiero hablar con Tuis al salir de aquí.
—¡¿Qué?! —exclamo Fírima con disgusto—. ¿Por qué? ¿Para qué? No tiene sentido, no iras.
—Por supuesto que lo haré —dijo Galvorn con firmeza, mostrando una expresión convencida—. Yo tengo cosas que decirle, y estoy seguro que él también a mí. Creo que es muy necesario que lo haga.
—No lo he visto ni una sola vez por aquí ¿Tu si?
—Probablemente se sienta como un animal rastrero en estos momentos, así que no vendrá. El solo contacto con mi mirada le debe ser muy difícil de aguantar, así que tendré que ser yo quien vaya hasta Tuis.
Targoviste
Distrito cárcel
En los adentros de la imponente fortaleza Cremesi reinaba la angustia, al menos para sus prisioneros, que incomodos en sus pequeñas celdas se encontraban privados de hasta lo más básico. Eran largos los pasillos de piedra labrada que conformaban las mazmorras, donde de manera burlesca los guardias humillaban tanto física como psicológicamente a los soldados diurnos de Equestria. Cada indefinido periodo de tiempo sacaban a uno o más ponies de sus celdas, para someterlos a interrogatorios donde eran víctimas de crueles sub-oficiales, que no tenían ningún freno cuando se trataba de métodos poco ortodoxos. Y aunque todos sufrían terribles maltratos, las yeguas tenían un trato especial por su condición de hembra, y ya sea que colaboraran o no con las casi imposibles preguntas de sus interrogadores, el resultado era la profanación de su rasgo más sagrado; lo único que podían hacer en tal caso, como militares, era no darle el placer al enemigo de verlas llorar y suplicar. No obstante, en las frías y angustiosas noches, más de algún pony suplicaba a los astros por su liberación, rogando que Celestia y Luna escucharan donde quiera que estén, sus penas. No obstante, las deidades no serían las que extenderían su casco en ayuda en esta ocasión.
Frente a los barrotes de una de las celdas un guardia nocturno pegaso arrojo desperdicios, traídos en un balde desde las letrinas del patio de entrenamiento. Por si esto no fuese suficientemente asqueroso para los prisioneros, algunos simplemente no podían evitar el vómito, convirtiendo ese pequeño espacio en un revoltijo burbujeante de porquería y olores indeseables.
—¿Les gusta? Pues esto será su cena —afirmo el militar nocturno, en una actitud pedante—. Siéntanse agradecidos, cubiertos de nuestra mierda se ven mucho mejor, con algo de suerte ya no se verán como nauseabundos diurnos equestres.
—¡¿Cómo se atreven a tratarnos de esta manera?! —grito indignado un coronel pony de pelaje azul y melena celeste, abriéndose paso entre sus camaradas—. Esto va contra la ponidad, ¿Dónde está el respeto por los acuerdos de Trottingham?
—Lo siento, pero al parecer olvidaron invitarnos, ya que hasta donde sé, nuestro Conde no se ha rebajado a firmar ese acuerdo internacional. Aun así, él es tan magnánimo que aun así fue a Trottingham, dejando plasmado en la carne de los diurnos sus intenciones. Así que, aquí no son más que perros, y quizá ni siquiera eso… ¡Gusanos es lo que son!
Otro guardia nocturno, este con una expresión que transmitía sensatez, se acercó a su compañero arrebatándole el balde con brusquedad usando su magia.
—Puedes llegar a ser muy imbécil —le dijo el soldado unicornio—. Sabes perfectamente que nuestro turno no termina hasta dentro de varias horas, ahora tendremos que soportar esta peste lo que resta de tiempo.
—Un sacrificio insignificante, además, con o sin nuestra guardia es imposible que escapen.
—¿Quieres apostarlo? —dijo una desafiante voz de ultratumba, provocando que ambos nocturnos se sobresaltaran.
El unicornio observo al resto de sus compañeros guardias, ninguno de ellos estaba lo suficientemente cerca como para considerar que se trataba de alguno. Pero ante ser la única opción posible, el pegaso estallo en cólera acusando a cada uno de los seis guardias ahí presentes de querer jugarle una broma. Sin embargo, esto que pudo durar hasta el hartazgo se vio eclipsado por la tenebrosa sombra del pegaso que parecía levantarse del suelo, para acto seguido despojarlo de su cabeza, en un movimiento de guadaña tan limpio y rápido que casi paso desapercibido. Entonces, frente a los guardias se manifestó el caballero fantasma de la princesa Luna, quien con la velocidad de un guepardo arrojo una lanza de luz que atravesó a dos soldados nocturnos, clavándolos en la pared. Detrás de él los seis guardias restantes se prepararon para atacarle, salvo uno al que se le ordeno tocar la campana de alarma en la planta superior.
—Me encargaré de ustedes en un instante —afirmo Geisterritter, cuyo cuerpo comenzó a difuminarse hasta transformarse en un punto negro en el suelo—. Pero primero…
Con completa facilidad el unicornio enmascarado esquivo a cada uno de los ahí presentes, hasta emerger una vez más desde el suelo como una sombra, atrapando a aquel pony nocturno al que le habían ordenado tocar la campana de alerta. Sin ningún miramiento el caballero fantasma le derritió la cara usando su magia, para acto seguido arrojar su cuerpo sin vida a sus compañeros, quienes más furiosos que antes se lanzaron al ataque tratando de embestir al intruso con sus sables. Geisterritter se tele-transporto detrás de uno de ellos y lo corto por la mitad usando su guadaña, para acto seguido disparar un rayo lunar desde su cuerno, que termino carbonizando a uno de los ponies nocturnos que intento embestirlo. Ante tal demostración de habilidad para matar en los prisioneros se avivo la esperanza de libertad, llevándolos a aclamar al misterioso pony.
—¡¿Quién eres?! —pregunto un unicornio nocturno, quien disparo un rayo eléctrico que fue a parar a una barrera de magia que su oponente invoco. Entonces su cuerno fue atrapado por una garra blanca que lo rompió por la mitad, provocando que este se retorciera de dolor en el piso con sus cascos delanteros en la cabeza.
—Soy todo lo que ustedes proclaman ser, pero no son.
Los dos soldados restantes se abalanzaron al mismo tiempo contra Geisterritter, pero fueron golpeados por dos columnas de piedra que emergieron desde el suelo, para acto seguido ser interceptados por dos esferas luminosas que reventaron sus cuerpos como si estos estuviesen hechos de papel. Lo único que podía detener al caballero fantasma ahora, era un agonizante pony que no podía mantenerse erguido. Sin perder tiempo el enmascarado salvador prosiguió a liberar a los ponies diurnos de sus jaulas, obteniendo el agradecimiento de cada uno de ellos. Al ver la luna plateada en su armadura negra, de inmediato los soldados intuyeron que estaban frente a un servidor de la noche, así que aprovecharon de agradecer a las princesas lanzando una plegaria a las divinidades.
—Yo no soy nada, la princesa Luna lo es todo —dijo Geisterritter a una pony que se inclinó ante él, prometiéndole eterno agradecimiento.
Un grupo de sementales rodeo al unicornio moribundo que aún estaba con vida, dispuestos a darle la muerte más horrible en represalia por todo lo que habían sufrido ahí. Sin embargo, el caballero fantasma los detuvo en seco, envolviendo al nocturno con su magia para protegerlo de los iracundos diurnos.
—Tenemos que hacer justicia por nuestros hermanos torturados y muertos —alego el coronel pegaso, parándose frente al unicornio enmascarado con firmeza tanto en su postura como en sus palabras—. Tienes mi gratitud y la de todos, pero no sabes cuán grande ha sido el anhelo que ha germinado en estos muros por el momento de dar riendas sueltas a nuestros deseos de venganza. Los cuales, están más que justificados.
—Yo no digo que su sed de justicia no tenga razón de ser. Pero antes de entregárselos, tengo unas preguntas que hacerle, esta misma noche nos marchamos de Targoviste, pero para que eso sea una realidad la recopilación de información es fundamental —se justificó el caballero fantasma apaciguando la situación.
—Está bien —dijo con resignación el pegaso—. ¿Cuál es el nombre de nuestro salvador?
—Soy Geisterritter, fiel siervo de la princesa Luna ¿A quién me estoy dirigiendo?
—Coronel East Wind, para servirte —se presentó se manera solemne el pegaso—. Supongo que tienes un plan.
—Oh, claro que lo tengo. Sin embargo, ustedes no son los únicos que sacare de Targoviste esta noche.
Tal afirmación despertó la curiosidad de muchos ponies ahí presentes.
—¿Hay más prisioneros? —infirió East Wind.
—Claro que sí, esta fortaleza tiene otros pisos inferiores que hay que tomar —aclaro Geisterritter, para luego añadir—. Pero me refería a mi compañera.
Las brisa soplaba desde el oeste haciendo flamear las banderas de las torres del castillo Poenari, que imponentemente abría sus enormes puertas de roble a una joven pegaso y a un anciano unicornio barbudo que llevaba consigo una carreta. Ambos nocturnos como eran, recibieron amables saludos de los guardias que los veían llegar, así mismo, los dos soldados unicornios que los escoltaban a dentro del lugar se mostraban bastante condescendientes, no apuraban su paso, e incluso se ofrecieron para acarrear la carreta del viejo semental, pero este se negó con la misma cortesía con la que se lo habían ofrecido, sin embargo de todos modos tuvo que dejar su carreta bajo la vigilancia de dos sirvientes. La recepción del castillo consistía en una gran sala tapizada en tonalidades opacas pero con detalles hermosos, ahí sobresalía una larga y enorme escalera alfombrada que daba a los pisos superiores, así mismo se podía distinguir un colosal candelabro de piedras preciosas y pinturas que retrataban la belleza de Nightmare Moon. Uno de los militares que escoltaban a los dos civiles se acercó a la escalera, donde otros dos soldados pegaso hacían guardia. Ahí, solicito una audiencia con el Conde para que este impartiera su poder de juez, ante una problemática. Y si bien el gran señor de la ciudad adoraba impartir justicia cada vez que podía, aquellos guardias de la escalera creían un poco inoportuno que se le molestara en esta ocasión con tales minucias. Aun así, uno de ellos subió a la planta más alta, regresando cerca de veinte minutos después. El Conde estaba disponible.
—Incluso en momentos tan ajetreados como este, nuestro Conde Mefistófeles atiende las controversias de sus ciudadanos —comento el pegaso, sonriendo con orgullo.
—Lo sé —le dijo el unicornio, haciendo señas a su compañero para que avanzara con los civiles y pudieran subir las escaleras juntos—. Lo del vizconde Veruno fue una verdadera tragedia, pero aun así nuestro querido Conde sigue adelante. Tenemos que seguir su ejemplo, y levantarnos con la misma fuerza noche tras noche.
—Cuentas veces sea necesario…—ñadió el otro pegaso.
Entonces se abrió el paso, pudiendo subir los civiles al segundo piso por el pasillo oeste del castillo. Ahí, una larga fila de bustos de Mefistófeles los observaron caminar, y cada cierta cantidad de metros se cruzaban con alguna puerta o una bella pintura digna de admiración que lograba captar la atención de los civiles; algunos de los cuadros eran encantadores paisajes, mientras que otros eran retratos de mártires de la revolución nocturna. Al final de dicho pasillo se encontraron con un cuarto rectangular donde había un par de puertas, y en uno de los extremos se podía distinguir otra escalera, pero está mucho más angosta y sin alfombra sobre su superficie. Al subirla se extendían a la vista otros dos pasillos, ahí un guardia los saludo y les dijo que el Conde ya los estaba esperando en su despacho con vista al jardín. Rapidamente se dirigieron por el pasillo de la derecha, el cual se diferenciaba de los demás por tener más plantas en lugar de bustos. Por la ventana se podía observar un zeppelin de guerra sobrevolar cerca, pero no podían quedarse a admirar su majestuosidad con el Conde Mefistófeles esperando por ellos. Al cabo de tres minutos llegaron a una puerta doble vigilada por otros dos guardias, quienes tras haber saludado correspondientemente, abrieron las puertas dejando pasar a los civiles y a sus camaradas. Una espaciosa habitación se revelo, ahí, un gran número de maseteros contenían plantas sumamente exóticas, llamativas y altas, las cuales tenían la suficiente ventilación gracias a un balcón que ocupaba todo lo que hubiera sido la pared frente a la puerta, pero que no es.
En el centro del cuarto se encontraba un señorial trono gótico junto a un tocadiscos que se encontraba sobre un mueble antiguo, donde además reposaban unos pergaminos y una colección de discos. "Meistersinger Von Nürnberg" de Wagner deleitaba los sentidos de los presentes.
—Nada está por sobre la verdad, porque esta es suprema, pura y justa —dijo el Conde Mefistófeles, quien se hizo notar de entre su voluminosa flora. La máscara de hueso cubriendo la mitad de su rostro era un elemento imposible de separar de su nombre, así mismo como la elegancia que transmitía su vestir, en esta ocasión una camisa blanca con pañuelo y chaleco de tonalidades rojas, usando una teatral capa negra encima. Su melena negra peinada perfectamente hacia atrás también era un rasgo característico.
—He aquí los principales actores de la controversia, mi Conde —señalo uno de los guardias unicornio, inclinándose mientras este procedía a sentarse en su magnífico trono gótico.
—He de admitir que esto me toma un poco de improviso, así que por favor, sea breve soldado.
El corcel asintió y se aclaró la voz.
—Esto ocurrió en la avenida Mercid, este buen vendedor de antigüedades viajero llamado Chaffee, acusa a Cocoa Cookie de haber sido agredido y posteriormente amenazado de muerte. Tanto el demandante como la demandada han colaborado sin oponer ningún tipo de resistencia, viniendo aquí por su voluntad.
—Estimado Chaffee ¿Tienes algo que añadir a la explicación de mi soldado? —pregunto Mefistófeles con mucha tranquilidad, con la mirada clavada en Cocoa Cookie.
—Sí, ciertamente tengo algo que decir —afirmo con enojo el comerciante—. Lo de la agresión y la amenaza es cierto, tal y como previamente he declarado al guardia. No obstante, hay algo que solo puedo declarar aquí, ahora y frente a usted, gran señor de Targoviste.
Tales palabras despertaron la curiosidad del refinado unicornio.
—Habla sin temor.
—Lo que no he dicho es el contenido de la amenaza. Estas son las palabras exactas que me dijo tras agredirme en uno de los callejones de Mercid: "Si no me ayudas a llegar donde el Conde Mefistófeles, te juro que no habrá pedazo de tierra en el que no te buscare para hacerte pasar los más despiadados tormentos." —Tras tal declaración tanto Mefistófeles como los guardias se sobresaltaron y miraron a la pegaso, quien no se inmuto ante tales palabras ni tampoco por transformarse en el centro de atención—. Esa es la verdad mi Conde, no hay otra. Ella quería esto, nosotros aquí, estar frente a usted ahora mismo ¡Pregúntele! ¡Realice la pregunta y vera que es cierto!
—No será necesario —afirmo Cocoa Cookie —. Todo lo que ha dicho este buen anciano es verdad. En sus labios secos no hay ni una sola pizca de mentira, de la que reprocharle, no obstante, no puedo decir lo mismo de mí. Soy una mentirosa, contadora de embustes y engaños, pero con una sola gran verdad que he resguardado de muchos ponies, para hacérsela saber a usted, mi conde.
—Esto es… poco usual —comento el guardia unicornio.
—Y muy poco ortodoxo —añadió Mefistófeles, levantándose de su trono para caminar hacia la pegaso, cuyos ojos eran como dos bloques de hielo que nada temen—. Imagino que estas consiente, que robar y malgastar el tiempo de la guardia fantasma con triquiñuelas es completamente contraproducente si lo que quieres es conservar la vida.
—Estoy consciente de ello, y así mismo, sé que la información que tengo es tan jugosa que hará que mi vida se quede en esta tierra, hasta que Nightmare Moon me llame a su lado, más allá de las estrellas.
El Conde bufo.
—Apostar la vida en una suposición me parece digno de quien no la valora. ¿No le temes a la muerte?
—Ni si quiera un poco —respondió de manera gallarda Cocoa Cookie para al instante añadir—. Pero es mucho mejor si no me muero.
—Lo dices como si fuera algo simple, cuando de la muerte no hay regreso —declaro Mefistófeles—. Aquí, quebrantando la ley frente a mí, es imperdonable y desmesuradamente estúpido hasta para el más inepto de los criminales.
—No cuando se tiene lo que yo tengo —afirmo ella con seguridad—. Cuando uno acaba de construir su casa advierte que, mientas la construía, ha aprendido, sin darse cuenta, algo que tendría que haber sabido absolutamente antes de comenzar a construir. El eterno y molesto "¡demasiado tarde!" eso busco evitarle.
—¿Insinúas que voy mal encaminado?
—Targoviste quiere la victoria, ¿Pero, tendrá su merecido lugar en las páginas de la historia? ¡Oh, cuantos habrán extendido sus cascos y esperanzas a los cielos, rogando por el triunfo, cuando la divinidad muchas veces es indiferente al resultado de la batalla. ¡La suerte es para los débiles!, el arte de la guerra es para los fuertes. Si he de morir, al menos me iré con una clara imagen del futuro ¡El conde Mefistófeles deseando con todo su corazón haberme escuchado cuando me presente frente a él, buscando únicamente su beneficio y satisfacción!
Mefistófeles guardo silencio, tratando de discernir qué hacer. Cuando tomo una decisión, en su rostro se dibujó una expresión de hartazgo.
—Quiero estar a solas con Cocoa Cookie, llévense al honorable anciano al pasillo —ordeno el Conde a sus guardias—. Y esperen a que salga, antes de regresar a sus obligaciones.
El soldado hizo el saludo militar y guío al viejo pony a la salida, para acto seguido cerrar las puertas detrás de él.
—Tiene que matar a ese anciano —dijo a manera de advertencia Cocoa Cookie.
—¿Por qué?
—Ordene que revisen su carreta y sabrá de lo que hablo. Créame, que se sorprenderá.
El unicornio nocturno, muy tranquilamente, se acercó a la puerta del cuarto para luego ordenar a sus guardias que se encontraba en el pasillo que inspeccionaran la carreta del viejo semental. Ante tal injustificada sospecha el anciano no pudo sino reclamar, pero tuvo que callar cuando al imponente mirada del Conde se posó sobre él, como un halcón sobre su presa. Al cabo de cinco minutos se revelo que, en la carreta del comerciante, había algunos mapas de Targoviste con relevancia militar, así como pergaminos con sellos equestres y un globo desinflado de la princesa Celestia. El comerciante fue puesto bajo arresto mientras se examinaba con detenimiento el contenido de los documentos, así, como mientras se confirmaba su autenticidad. Cuando Mefistófeles dejo ese asunto en cascos capaces y brutales, volvió a aquello que era foco de su interés, es decir, la supuesta valiosa información de Cocoa Cookie.
—¿Cómo lo sabías? —pregunto el unicornio.
–No escogí a ese anciano por casualidad. Entregándolo a las autoridades, sabía que usted prestaría sus oídos a lo que tenía que decir. La traición puede significar el éxito o la aniquilación en la guerra, véame como un jardinero que saca la mala hierba de su preciado jardín.
—Tienes mi atención, valora de que hayas llegado tan lejos a pesar de haber infringido la ley.
La pegaso bufo, levantando su casco derecho expresando ingenuidad.
—¿En serio quiere hablar aquí? Mire bien este lugar, mi Conde. Todas estas plantas y el balcón que da al jardín… ¡A veces hay oídos donde los objetos proyectan su sombra!
Mefistófeles se llevó su casco derecho al mentón, pensativo al respecto.
—Espero que valga la pena —dichas estas palabras, el Conde se acercó una vez más a la puerta—. Sígueme.
La pegaso asintió y se puso en marcha, pero antes de salir susurro para sí misma: "Meistersinger Von Nürnberg".
Los guardias que vigilaban la puerta recibieron algunas instrucciones de Mefistófeles, casi de manera confidencial, ya que se aseguró de dar especificaciones en un tono de voz bajo y antes que la pony alada cruzara el umbral. Estos aceptaron la tarea sin chistar, marchándose uno de ellos a galope rápido, mientras que el otro se quedaba ahí. El teatral unicornio enmascarado dijo a Cocoa Cookie que siguiera a su subordinado, y que él se encontraría con ella de nuevo en solo unos minutos más. La pegaso asintió, y fue guiada por un soldado de la guardia fantasma hasta los pisos superiores del castillo, hasta llegar a unas escaleras de piedra labrada y gris que daban a una torre. Al final de las dichas escaleras había una puerta de madera negra y picaportes de oro, sobre su superficie se podía apreciar una luna creciente, blanca como la cal. El militar nocturno abrió la puerta, dejando pasar a la pegaso primero. El lugar no era muy atractivo, tanto las paredes como el techo estaban recubiertos de una capa de cemento muy gruesa, la única iluminación disponible venía de una lámpara de aceite en una esquina, así mismo, de la luz del astro nocturno que lograba entrar a través de un pequeño balcón de puertas corredizas de bambú. El cuarto no estaba deshabitado, de hecho, dentro había tres guardias que limpiaban y colocaban algunas cosas provenientes de un par de robustos baúles.
Uno de los guardias se acercó a un tocadiscos que se encontraba al lado de una mesa con flores azules, lo activo con mucho cuidado y luego ordeno a los suyos retirarse. Entonces, se escuchó el sonido de unos cascos acercándose con rapidez por el pasillo, y la oscuridad que llevaban consigo se apodero de la habitación, así mismo, como la melodiosa música que comenzó a emitir el artefacto con bocinas. "Der Freischütz" de Von Weber.
—A veces se descuida la estética, yo lo considero un error —dijo Mefistófeles cruzando el umbral, para acto seguido cerrar la puerta tras de sí—. Aquí, no hay quien pueda escuchar ni una sola palabra además de nosotros, un pequeño bunker en las alturas del castillo, el cual rara vez visito pero que vi menester agraciarlo un poco.
—Por los sentidos obtenemos información de este mundo mutable. Por medio de ellos hierve el caldero de nuestra imaginación, y así como podemos deleitarnos también podemos repudiar. Agradezco que prestara este entorno más apetecible, para lo que nos involucra.
"¿Crees poder asesinarlo sola? No podrás tener tu espada cerca, no te lo permitirán."
El Conde sonrío complacido. Cuando se está en presencia de determinados ponies, el carácter, gestos y palabras empleadas juegan un papel importante, ya que dejan al descubierto algunos de los aspectos más a considerar, como por ejemplo, el intelecto. Solo un pony inteligente, lograría expresarse con la propiedad que amerita una situación de considerable calibre, así mismo, cuidaría mucho sus palabras, ya que se puede hablar mucho o muy poco, pero hablar lo preciso para que las cosas fluyan adecuadamente, es un verdadero arte. El unicornio estaba casi convencido, de que frente a él tenía a una yegua perspicaz, que sabría cuál es el valor de una información como para poner su vida en juego. De ahí que Mefistófeles ablando el gesto, y sonrió ampliamente mostrando sus afilados colmillos, mientras se adelantaba a la pegaso para posicionarse frente al balcón, dándole la espalda a su invitada. Ante tal acción ella abrió los ojos de manera exorbitante, mientras apretaba los dientes.
—Te escucho —dijo el conde, contemplando la majestuosidad de la luna en el cielo.
Si golpeo su cabeza con la suficiente fuerza, se la puedo arrancar de un golpe. Y si ejerzo mucha presión sobre su cuello, adquirirá la forma de una fruta aplastada.
Cocoa Cookie se acercó a paso muy sereno hacía su anfitrión, el ruido de sus cascos solo era omitido por el sonido de la música. A los pocos segundos Mefistófeles ya se encontraba a solo un metro de ella, estaba tan cerca que incluso podía olfatear su perfume.
—Lo que sea que viniste a decirme, es ahora el momento para revelarlo —añadió el Conde, un poco impaciente.
—Seré directa —dijo Cocoa Cookie levantando su casco izquierdo, mientras se elevaba unos cuantos centímetros del suelo usando sus alas—. Y también breve, ya que lo que voy a decirle no amerita más que eso.
Su cabeza o la mía.
El acto que sucedió a continuación gozo de tal fugacidad, que quizá ni el más profesional de los fotógrafos hubiera podido capturar el momento. El estruendo de un relámpago, una luz blanca y un grito ensordecedor fueron los principales protagonistas por un instante. El Conde Mefistófeles estaba en el suelo, había sido empujado algunos metros con mucha brusquedad, se percató de que le dolía mucho la cabeza, ya que se había golpeado contra un baúl. Cuando giro la vista hacia atrás, vio a su querida hechicera Myrrina sometiendo a Cocoa Cookie contra una de las paredes de la habitación. La Sea pony le estaba quitando el aire con su báculo a la pegaso, mientras esta intentaba liberarse, con golpes que daban a parar con un escudo mágico invisible que cubría el cuerpo de la maga.
—He estado sintiendo tu putrefacta magia por noches enteras, pero nunca estabas lo suficientemente cerca para encontrar tu localización exacta —dijo Myrrina, haciendo más presión sobre el cuello de la pony alada—. Finalmente te atrape, pony con la magia de Nightmare Moon. Tus artimañas no funcionaran conmigo.
—¿¡Qué demonios significa esto?! —exclamo Mefistófeles furioso.
—Probablemente se trata de una mercenaria, intentaba propinarte un golpe por la espalda. La rara magia que su cuerpo transmite me permitió localizarla a tiempo, ella es…—dijo Myrrina y guardo silencio unos segundos, observando con detenimiento a la pegaso, mientras esta seguía propinándole golpes desesperadamente—. Oh quizá no es…
Repentinamente la Sea pony libero a la agredida yegua, para acto seguido hacer aparecer una esfera de cristal transparente y hacerla flotar frente a la intrusa. Al instante dicha esfera comenzó a brillar y comenzó a absorber como una aspiradora la magia más cercana, en este caso, la que cubría a la pony que aun recuperaba el aliento. Para sorpresa de Mefistófeles y Myrrina, aquella pegaso comenzó a cambiar de color, mientras que su melena y ojos se volvían dorados como el oro, su pelaje adoptaba una tonalidad blanca como la nieve. Cuando la esfera termino de absorber perdió su transparencia, volviéndose negra para luego desaparecer en un haz de luz. Entonces, la pegaso, ahora diurna, levanto la mirada a aquellos nocturnos que la miraban casi expectantes.
—Los voy a hundir… —dijo la pony diurna de manera amenazante, recobrando la compostura—. En nombre de Celestia, eterna monarca del día, yo me auto-proclamo su ejecutora.
—Una asquerosa pony diurna en mi castillo… ¡Otra vez! —dijo Mefistófeles, encolerizado, invocando un hechizo de fuego negro que no dudo en arrojar a quien lo había engañado, manifestándose una enorme bola de fuego desde su cuerno.
La pony alada se sacó su capa negra para usarla como señuelo, y así evitar las llamas. No obstante, sus ropas se vieron de todos modos alcanzadas, obligándola a deshacerse de ellas y dejando al descubierto su armadura dorada cuidadosamente oculta debajo de estas. La apariencia de la intrusa dejo a Myrrina petrificada por un momento, ya que era un muy mal augurio para cualquier enemigo de Equestria.
—Winter Snow… —murmuro la hechicera reconociéndola—. ¿Qué significa esto? ¿Es alguna señal?
Mefistófeles esta vez hizo uso de múltiples rayos oscuros, sin embargo, la pegaso uso varios objetos como escudo con el fin de protegerse y esquivar los ataques mágicos.
—¡¿Quién eres tú? ¿Por qué vistes de esa forma? —exigió saber Myrrina, en un tono de voz tan fuerte que hizo que Mefistófeles se detuviera para verla.
—Deberías saber quién soy. Tu señor fue bastante directo al decirlo antes, cuando su voz se escuchó en toda Canterlot —dijo de manera sarcástica la pegaso—. La máxima exponente de la maldad diurna. Soy la denominada pony de hierro, aquella que han decidido despreciar los historiógrafos y el mismo pueblo al que juro defender ¡Soy la Generalísima Winter Snow de Equestria, el terror y azote de los enemigos de las princesas Celestia y Luna!
—Así que esas pérfidas princesas intentan combatir mi teatral movimiento con un semejante que signifique mi opuesto natural —conjeturo Mefistófeles y luego agrego—. Esta señal de desesperación me es encantadora, amerita algo que rompa aún más sus esperanzas. Quizá enviarte por partes en la correspondencia.
—No estoy tan segura de eso, Mefistófeles —admitió Myrrina—. Si las princesas de Equestria buscaran un opuesto natural a ti, no lo harían entre los personajes más odiados de su historia. Además, la energía que transmite su espíritu es muy peculiar.
—Otra vez con lo mismo —dijo Mefistófeles con fastidio—. Se más específica por favor.
—Nuestro entorno nos marca, deja firma sin que nos demos cuenta, y a veces es muy difícil verlo a simple vista. Esta pony carga con muchos muertos, miles de ellos, no me cabe ninguna duda. Esto hace de su presencia espiritual algo monstruosamente espeluznante.
—No es nada nuevo lo que me dices, Myrrina, recuerda a nuestra última visitante —le increpo Mefistófeles.
—La impureza de esa yegua se manifestaba en gran medida por cosas que se hizo a sí misma, que por actos cometidos a otros —replico la Sea pony, casi ofendida—. La existencia de esa pegaso es una amenaza latente para nosotros, capturarla sería un error, hay que eliminarla. Una pony con tanta capacidad para hacer daño, no puede estar del lado de Equestria.
—No pensaras que habla con la verdad, cuando se auto-proclama como lo hizo —inquirió el conde—. Es una tontería por donde lo mires.
Winter Snow bufo, para acto seguido alejarse un poco del baúl que había usado para cubrirse.
—No eres el primero que duda, y posiblemente tampoco el ultimo. Abre tu mente a esta circunstancia y toma el peso de mis palabras —dicho esto la pegaso se aclaró la voz—. Estoy sorprendida, extremadamente asombrada de todo lo que has hecho. Yo deje atrás a una Equestria fuerte, invencible e imparable en el cumplimiento de sus objetivos, y en los fines de sus líderes. Y ahora, no puedo sino sentir repulsión por lo que ahora es el gran reino equino, que se ve intimidado por ti. ¡Oh, cuan débiles son tus adversarios, señor de Targoviste! No son distintos a las ratas, tendrán que vivir de ahora en adelante en las alcantarillas, para eludir la cruel sentencia que has dejado caer sobre ellos. Los tiempos actuales son lamentables, los diurnos se están yendo por el precipicio hacia su fin.
—Te das cuenta que tú también eres una diurna, ¿cierto? —comento con ironía Mefistófeles.
—¡Así es! —exclamo Winter con una expresión agridulce—. Yo te doy la razón en tu juicio, al menos, en una gran parte. Pero, por mucho tiempo han sido cenizas lo que has tenido en frente, ¿Qué más puedes esperar de ello? ¡Yo soy una pony diurna que aún no ha sido contaminada por la debilidad con que los tiempos modernos fecunda hoy en día a la ponidad! En mis cascos, está el renacer de Equestria, como el glorioso y orgulloso fénix que alguna vez fue. Todo pueblo necesita, según sus objetivos, fuerzas y necesidades un cierto conocimiento del pasado. Yo les puedo hacer recordar lo que eran.
—Más razones para borrar tu existencia —dijo con malicia el Conde.
—¡Aquí estoy yo! —exclamo Winter Snow, plantándose frente a Mefistófeles de manera desafiante—. Un duelo, tu y yo, vénceme y auto-proclámate como el asesino de Winter Snow, la más grande militar de la historia de Equestria. Mancha mi nombre con la deshonra de la derrota ¡Reclama mi cuerpo como trofeo si así es tu designio! Pero, triunfa donde mi talento florece con mayor esplendor ¡La batalla!, tan solo las fuertes personalidades pueden soportar la historia; los débiles son barridos completamente por ella.
Los ojos de Mefistófeles y los de ella se miraron con intensidad, haciendo un contraste delicioso. Entonces el semblante del unicornio cambio a una sonrisa, y la situación se volvió más incómoda y extraña de lo que ya era.
—Myrrina, hazme el favor de exterminar a esta intrusa.
—¿Qué estás diciendo? —le pregunto Winter Snow consternada—. ¿Dónde está tu sentido de liderazgo? ¡Tienes que enfrentarme, no les puedes pedir a los demás que galopen hacia la muerte, si no estás dispuesto a hacerlo tú también!
—¡Inepta! —exclamo Mefistófeles—. No me importa enfrentarte, porque no tengo nada que probar. Tu muerte no tiene propósito, aunque seas quien dices ser en verdad, no vale la pena arriesgarse por una pony que hoy en día significa tan poco.
—Adiós —dijo Myrrina, liberando de su báculo mágico una enorme descarga de energía tan veloz que fue a parar directamente al pecho de Winter Snow sin que esta lo pudiera esquivar, mandándola a volar por los aires hasta atravesar el umbral del balcón y llegar casi a la altura de las nubes.
La armadura anti-mágica había logrado salvar a la pegaso una vez más, pero en esta ocasión se dio algo nuevo. En el metal de la armadura se podían distinguir grietas y quemaduras donde el rayo había impactado, dando a entender que incluso ese extraordinario objeto tenía límites. Winter, a pesar de haber evitado la muerte, sentía como la hubieran golpeado con un mazo enorme, su cabeza daba vueltas y le costaba un poco enfocar bien el castillo. Anteriormente se había memorizado los planos del lugar trazando una ruta de escape, ahora sentía frustración al contemplar que su dedicación resulto inútil. Mefistófeles y Myrrina miraron el cielo con desdén, sobre todo la hechicera que vio cómo su poderosa magia no surtió el efecto esperado. Entonces, un escalofrío recorrió la espina dorsal de la Sea pony, producto de una especulación bastante desfavorable para ella como para Targoviste.
—Mi conde, esa pegaso no puede salir de aquí viva, Targoviste pagaría el precio de tal imprudencia en el futuro —advirtió Myrrina, concentrando la magia de su báculo una vez más.
—¿En serio consideras su muerte tan significativa? —pregunto con escepticismo el unicornio.
La Sea pony asintió con un semblante serio, a lo que Mefistófeles suspiro con fastidio.
—Esto quizá sea desmoralizante para el pueblo —comento Mefistófeles, para acto seguido hacer aparecer frente a él una radio. Levito el micrófono hasta su boca y ajusto la señal—. Teniente Coronel Danziger, ¿Se encuentra ahí?
—Mi Conde —respondió una voz ronca y masculina—. Sigo investigando las muertes en el muro y de los soldados en las alcantarillas. ¿Quiere que le de mi informe ahora?
—No será necesario, creo que ya sé quién es el responsable. Con la nueva tarea que le asignare matara dos pájaros de un tiro, tenemos una amenaza nivel "elementos de la armonía" sobrevolando el cielo cerca del Castillo Poenari. Coordine los grupos de evacuación y vuele en pedazos la amenaza en cuestión. La amenaza es una pegaso diurna de armadura dorada y responde al nombre de Winter Snow, se infiltro en la ciudad e intento asesinarme. Tiene mi autorización de emplear armamento pesado si la situación lo amerita, aunque intente que no sea menester.
—Oh, ya veo… ¡Se hará su voluntad, mi conde! —dicho estas palabras el pony corto la transmisión.
Myrrina se le quedo mirando con preocupación.
—¿Seguro que le quieres designar esto a Danziger?
—Sera mejor que no te equivoques con tus predicciones. De lo contrario, la culpa recaerá sobre ti.
Extendiendo su sombra sobre la ciudad, los zeppelines de guerra Parsifal I, II y III se aproximaron a las cercanías del castillo Poenari. Ahí, veían como desde una de las torres eran disparadas descargas de energía mágica, por parte de la hechicera Myrrina y el Conde Mefistófeles, a un objetivo que hacía uso de toda su habilidad en vuelo para esquivar los numerosos ataques y alejarse lo más posible de ahí. Uno de los tres zeppelines (Parsifal I) era comandado por un pony terrestre nocturno bastante joven, de melena negra con líneas tan azules como sus ojos, vestía una casaca azul con botones dorados y mangas rojas, con la Kepí roja de la Guardia Fantasma y una capa gris oscuro con terciopelo rojo por dentro. Se podían distinguir los tradicionales cuchillos corvos en su cinturón de cuero café oscuro, así como algunas condecoraciones por su valor posicionadas en su pecho. El semental tomo los binoculares para poder ver con más claridad la situación, y entonces una vez decidido su proceder se dirigió a los demás ponies que estaban con él en la sofisticada cabina de control del zeppelin, quienes si bien lo escuchaban no dejaban de ejercer sus labores en sus puestos de mando.
—Lo que tenemos aquí es una amenaza nivel "elementos de la armonía". Targoviste no volverá a sufrir lo que padeció durante el asalto de las tropas equestres, así que no habrá piedad —dijo Danzinger, dejando los binoculares aun lado—. ¿Cómo va la evacuación?
—Los civiles entran en los búnkeres y fortalezas con la máxima prontitud posible, hasta ahora no se han registrado disturbios —informo el jefe de comunicaciones.
—Muy bien, que Parsifal II y III se desplieguen al oeste y cuando estén en posición disparen con las ametralladoras si el objetivo intenta huir. Abran las compuertas y dejen a los escuadrones de vuelo hacer lo suyo, nosotros seguiremos en línea recta y nos pondremos en posición.
—¡A la orden, mi teniente coronel!
Los tres zeppelines abrieron sus compuertas traseras de ellas docenas de pegasos de la guardia fantasma, abrieron sus alas, desenfundaron sus cuchillos corvos y se dirigieron a la ubicación de Winter Snow. Cuando los soldados nocturnos se hallaron lo suficientemente cerca de su objetivo, Myrrina y Mefistófeles dejaron de lanzar hechizos, ya habían entretenido el tiempo suficiente a la pegaso para dejar que las fuerzas aladas de Targoviste se encargaran del problema. No era la primera vez que la proclamada generalísima de Equestria se encontraba en inferioridad numérica frente al enemigo, tal situación se había repetido antes tanto en la tierra como en el cielo, pero ahora eran ponies a los que enfrentaba y no a sus antiguos adversarios grifos. Puede que para otros ojos la diferencia entre una y otra especie sea poco relevante en la batalla, pero para los de ella representaba un gran problema, ya que todavía no se acostumbraba a enfrentar ponies. Winter Snow sabía cómo pensaban los minotauros y los grifos en batalla, conocía el arte que dominaban al momento de pelear, pero en relación a los equinos sus experiencias más enriquecedoras habían surgido en los entrenamientos dentro de los cuarteles de la guardia secreta y no en acción real. No quería contar a los ponies que elimino en la mansión de los Gant Noir, ya que ellos no eran soldados, así mismo, tampoco quería contar a los ponies nocturnos que perdieron la vida durante su infiltración, ya que tenía que admitir que su muerte se debió en gran medida al factor sorpresa. Puede que Geisterritter representara un caso válido, pero lo cierto es que la única forma que encontró para derrotarlo era sacrificándose en una maniobra suicida, muriendo los dos en el acto. Quizá aquel payaso vestido de príncipe que enfrento en el Imperio de Cristal cumplía todos los requisitos, pero fue una pelea tan fácil que ni siquiera la tomo en serio. Así, Winter considero este crucial momento como una oportunidad para perfeccionar su arte, es decir, su habilidad para matar ponies.
«¡Viva il Conde Mefistofele!» Gritaron casi al unísono los pegasos nocturnos.
—Salve la generalísima —murmuro Winter para sí misma.
La pony alada estaba desarmada, pero tenía su casco de hierro listo para usar. Lo primero que hizo fue concentrarse en uno de sus oponentes, ignorando al resto, para arrebatarle los cuchillos corvos aturdiéndolo con un cabezazo. Uno de ellos lo mantuvo en su casco derecho, mientras que el otro lo atrapo con su boca. El semental intento encarar a su usurpadora, pero esta no tardo ni cinco segundos en aprovechar que tenía los cuchillos corvos en su posesión, para cortarle la yugular y este caer muerto. Los nocturnos se movieron con rapidez, rodeando a la diurna por todos los flancos, para acto seguido hacer un movimiento aplastante y lanzarse todos al mismo tiempo, con la clara convicción de que, entre tantos, al menos uno tendría la fortuna de enterrar su cuchillo sobre la pegaso. Ante esto, Winter Snow estiro sus alas con brusquedad arrojando de entre sus plumas navajas que dieron a parar a diez nocturnos en diferentes partes de su cuerpo, aquellos que vieron sus alas lastimadas comenzaron a caer sin remedio, pero rápidamente asistidos por sus camaradas. Esto le dio la salida perfecta a Winter para esquivar el movimiento envolvente, y volver a arrojar tras de sí otra lluvia de navajas, para acto seguido enfrentar a aquellos que intentaban tomarla desprevenida. La pegaso enterró uno de sus cuchillos corvos sobre el rostro de uno de sus adversarios, para al instante patearlo contra uno de los nocturnos que venía en su auxilio. A otro semental le abrió el pecho, para luego propinarle un golpe que lo dejo sin dentadura, dejándolo caer. Nuevamente se vio sin arma, y esto tuvo consecuencia cuando dos pegasos la enfrentaron y, si bien pudo esquivar las arremetidas de uno de ellos, se vio lastimada por el otro, quien logro clavar su cuchillo corvo en su muslo izquierdo, así como cerca de su hombro derecho. Encolerizada pateo a aquel pony que mantenía ocupado su casco de hierro, para así hacer uso de su fuerza y romperle la cabeza a aquel que la había herido. Robo otros cuchillos corvos, y, a la velocidad de un rayo, evito el ataque de tres corceles para así clavar profundamente una de sus punzantes armas en el vientre de un nocturno, y arrojar la otra que tenía en la boca directamente hacía el cuello de un semental con las intenciones de propinarle una ofensiva solapada.
Desde el cielo un hábil nocturno se abalanzó sobre ella, tratando de enterrar sus cuchillos en la cabeza de la sanguinaria pegaso, pero esta logro interceptarlo a tiempo con su extremidad de hierro, haciéndolo a un lado para propinarle una patada y acto seguido un dale cabezazo que lo aturdió lo suficiente como para que su adversaria lo pudiera agarrar desde uno de sus cascos y usarlo como munición al arrojarlo con fiereza sobre uno de sus camaradas.
—¡Por Nightmare Moon! —exclamo Danziger furioso bajando sus binoculares—. Que alguien me explique, como una simple pegaso le está haciendo frente a docenas de ponies de la guardia fantasma ¡En serio, que alguien lo haga!
—¡Mi teniente coronel! —exclamo el jefe de comunicaciones—. Parsifal II y III están ya en posición y listos para disparar.
—Perfecto. Hagan señales, que nuestros ponies se alejen de inmediato de ahí. Acabaremos esto ahora.
Desde el Parsifal I numerosas luces se encendieron y apagaron a manera de transmitir un mensaje. Entonces, repentinamente todos los pegasos de la guardia fantasma se retiraron rápidamente dejando a una herida, pero victoriosa, Winter Snow. Esta última cayó en cuenta de los zeppelines de guerra, cuya trayectoria había ignorado durante todo el combate, encontrándose rodeada por tres flancos. Al intentar comparar aquellas gigantescas maquinas con los Ironcland, no pudo sino sentir tranquilidad al no ver ningún enorme cañón sobre ellas, sin embargo, el tiempo ameritaba moverse rápido, así que no perdió tiempo en ellos. Cuando se disponía a irse, para ir al punto de encuentro con Geisterritter, escucho como compuertas se abrían en los costados de los zeppelines y de ellas se asomaban alargados tubos negros.
—Ametralladoras nordenfelt cargadas y listas —informo el jefe de comunicaciones.
—¡Fuego! —ordeno Danziger.
Un potente estruendo atravesó el cielo, y numerosos y pequeños proyectiles a gran velocidad viajaron con el fin de matar. Los ojos de Winter Snow se abrieron de manera exuberante, llenos de pánico y confusión. Ella no quería quedarse ahí ¡No debía quedarse ahí!, apresuradamente emprendió vuelo lo más rápido que sus alas le permitían, pero aquellos proyectiles eran igual o más raudos que ella. Uno de ellos logro alcanzarla, atravesando la carne de su extremidad trasera derecha, significando un suplicio peor que los cuchillos corvos. Winter grito de dolor, perdió velocidad y otro de los proyectiles atravesó su ala izquierda, mientras que uno más perforo el metal que cubría su hombro derecho ¡Era insoportable!, y lo peor de todo era que aquellos pequeños sabandijas se quedaban ahí, donde tuvieron la osadía de escarbar. Sabía que solo era cuestión de tiempo para que uno dañara alguno de sus órganos vitales y le diera muerte, de ahí que se vio en la necesidad de bajar con prontitud y esconderse entre los edificios. En tierra se encontró con calles vacías, así como residencias y negocios aparentemente deshabitados, y lo único que logro conjeturar era que los ciudadanos habían evacuado. Cosa muy lógica, ella misma había autorizado un sin número de evacuaciones cuando el enemigo intentaba reconquistar algún territorio donde se había empezado a erigir un pueblo. Si no fuera porque su cuerpo se estaba desangrando, seguramente se sentiría halagada de que su presencia cause tales medidas.
—Plaza morada, plaza morada —se repetía Winter Snow, tratando de mantenerse erguida frente a la necesidad de dejarse caer.
Los zeppelines Parsifal I, II y III bajaron su altura y encendieron sus enormes reflectores a bordo, iluminando las calles de la ciudad. El teniente coronel Danziger refunfuñaba molesto en la cabina de control de su nave, mientras se decidía que hacer ahora. Por un lado podía movilizar las tropas de tierra cerca del distrito donde se escabullo la pegaso, pero al ver la efectividad con la que contrarresto a las fuerzas aladas de la guardia fantasma, no sabía si el resultado sería distinto, a pesar de estar ella herida. Así mismo, considero que el talento que la intrusa empleo para infiltrarse, también le podía servir para huir, y cubrir toda una parte de la ciudad llevaría tiempo valioso.
"Tiene mi autorización de emplear armamento pesado si la situación lo amerita"
En el rostro de Danziger se dibujó una enorme sonrisa, y sin perder ni un segundo más se dirigió a su jefe de comunicaciones.
—¿Qué tipo de distrito es ese? —pregunto Danziger, impaciente.
—Residencial, mi teniente coronel.
—¿Y esta evacuado?
—Fue de los primeros en ser evacuados, mi teniente coronel.
—¡Que preparen los cañones Armstrong!
Winter Snow usaba una de las paredes de un edificio en un callejón, como soporte para apresurar su paso. Su perforada pata trasera a penas le servía para caminar, así como también su extremidad delantera donde uno de sus enemigos le había clavado un cuchillo corvo ¡Y ni hablar de su hombro, donde el metal de su armadura no pudo protegerla! Parecía oportuno lanzarse a la seguridad de las alcantarillas, cosa que le resultaba irónico teniendo en cuenta la analogía que exhibió frente a Mefistófeles. Un basurero le obstruya el paso, intento sostenerse de este rodeándolo, para así regresar a la pared, pero la tapa estaba mal colocada y se resbalo en sus cascos, provocando que se cayera al suelo. El golpe contra el duro pavimento significo un calvario que la indujo de nuevo al grito de sufrimiento. Entonces, se arrastró e intento levantarse de nuevo usando la pared, pero antes de que pudiera conseguirlo del todo, un estruendo abominable se presentó con inquietantes vibraciones. A los pocos segundos se escuchó una explosión acompañada de un temblor, y así consecutivamente hasta que repercutió directamente en la pegaso. El edificio junto a ella fue alcanzado por varios proyectiles, provocando que miles de pedazos de concreto, vidrio y madera volaran por los aires. Winter tuvo que hacer uso de su fiera resistencia y saltar con prontitud para evitar ser aplastada, atravesando una de las ventanas del edificio vecino. Tras limpiarse los trozos de cristal roto sobre su cabeza se percató de que estaba en un baño ordinario, y que, aquello que estaba destruyendo la ciudad, continuaba haciéndolo sin dar tregua.
—¡Es su maldita ciudad! —grito Winter abriendo la puerta para entrar a la sala de estar—. ¡¿En qué demonios están pensando?!
Cuando Winter Snow se dispuso a abrir la puerta de la casa, un proyectil impacto en la planta superior provocando que la fachada comenzara a derrumbarse. Ante esto tuvo que subir al segundo piso, entrar a una habitación que parecía pertenecer a un matrimonio y acto seguido salir por la abertura en la pared. Con sus alas pudo amortiguar bastante su caída, pero de todos modos represento un gran tormento. Al estar en una calle tan ancha fue avistada por Parsifal III, cuyos tripulantes cargaron los tres cañones Armstrong de uno de sus costados, para al instante abrir fuego sobre la calle. Una de las gigantes balas fue a parar un edificio en frente de la pegaso, mientras que las otras dos impactaron lo suficientemente cerca de ella como para mandarla a volar por los aires, siendo golpeada brutalmente por pedazos de concreto. Antes de que pudieran cargar nuevamente, Winter se volvió a esconder en uno de los callejones, con cada minuto que pasaba sentía más cerca la muerte, intento volar pero su ala lastimada no le permitía emprender vuelo con propiedad. Entonces las edificaciones que la rodeaban volvieron a ser bombardeadas, esta ver por los tres zeppelines Parsifal al mismo tiempo.
La tierra parecía estremecerse con furiosa fuerza, mientras caían tejados alrededor de Winter Snow, viéndose en la necesidad de volver a entrar a una de estas casas, esta vez a través de la ventana de una cocina, cuyo techo comenzó a caer a los pocos segundos de su entrada, obligándola a moverse rápido. Abrió una puerta, parecía llevar al sótano, entro ahí sin dudarlo, estaba muy oscuro pero no le importaba. No tardo en encontrar una pequeña ventanilla que al abrirla le permitió volver a salir a la calle, con un poco de dificultad por sus voluminosos atributos traseros. Detrás de ella la residencia se derrumbó, pedazos de tejas caían a su alrededor así que continuo en movimiento. Al parecer los zeppelines todavía no se percataban de su ubicación ya que seguían bombardeando con ahínco el mismo lugar.
—Plaza morada, plaza morada, plaza morada —se repetía Winter con insistencia, estaba tan alterada que ni siquiera noto un trozo de madera que se había enterrado en su muslo izquierdo.
Con mucha persistencia logro llegar a la plaza morada, donde dijo Geisterritter que la encontraría. El lugar era una enorme superficie de cemento completamente vacía, probablemente usada a menudo para las concentraciones de ponies y levantar alguna feria. Repentinamente frente a ella aparecieron guardias nocturnos, dos docenas para ser precisos, que se habían encargado de la evacuación de la plaza morada. Al ver a Winter reconocieron de inmediato su condición de diurna, identificándola como la responsable de todo el caos en que se ve sumergida la ciudad. Sin dudarlo desenfundaron sus cuchillos corvos.
—Avisen al teniente coronel Danziger, que el quinto décimo batallón ha dado con la intrusa, y que procederá a su ejecución —dijo el oficial nocturno a dos pegasos a su cargo, quienes abrieron sus alas y se dirigieron a los zeppelines.
—Ustedes no están a mi nivel, ni siquiera herida como estoy.
—¡Arrogante! —exclamo el oficial nocturno, dando orden de atacar.
Casi dos docenas se lanzaron a arremeter contra Winter Snow, y esta, aunque asumió una posición de combate, sabía cuánto más podían dar sus maltrechos músculos. Comenzaba a ver borroso, estaba casi sorda de uno de sus oídos, pero ella por lo menos iba a intentar dar un poco más de sí, para demostrar cuanto valía un pony guerrero del pasado de Equestria, en comparación con los ponies de ahora. Eso tenía Winter en mente, enseñar la antigua gloría del ejército equino a través de su voluntad, un deseo que se veía incentivado por la adrenalina y emoción del combate. Entonces vino el primer ataque, pero este no llego a su destino, ya que fue detenido por un escudo mágico que cubrió a la pegaso. Repentinamente la sombra de todos los soldados comenzó a comportarse de manera extraña ¡No podían mover ni un musculo! Y de la nada apareció detrás de ellos una figura fantasmal y blanca, cargando una afilada guadaña de dos hojas.
—Por un momento creí que me habías abandonado —comento Winter Snow, caminando entre los soldados que veían impotentes como su presa se les iba.
—Si la princesa Luna me lo hubiera mandado, ten por seguro que te pudres aquí —admitió Geisterriter—. El encantamiento está por terminar, así que muévete.
—¿No ves cómo estoy? —le increpo la pegaso.
El unicornio se le quedo observando unos segundos con detenimiento.
—Algo podremos hacer respecto a eso, cuando sea el momento indicado —dichas estas palabras, el encantamiento del caballero fantasma se extinguió y los nocturnos recuperaron plena facultad sobre sus cuerpos. La mitad de ellos fue interceptado por ataques mágicos, mientras que a la otra mitad Geisterritter les arrebato la vida de manera más directa, usando su guadaña. Varias cabezas rodaron por el piso, pero el siervo de Luna no se inmuto.
Repentinamente se volvió a escuchar otro estruendo, sin embargo este era diferente, no pertenecía al de un cañón o ametralladora. Era un sonido mucho más limpio y fugaz. El lugar se llenó de humo, Winter Snow yacía en el suelo varios metros lejos de donde había estado hace pocos segundos. Geisterritter estaba en su lugar, frente a él se erguía de manera majestuosa un gran escudo mágico de acero, cuya una de sus caras había sido impactado por un poderoso hechizo. Winter levanto la mirada a uno de los tejados cerca de la plaza morada, divisando a Myrrina, cuyo báculo echaba humo por la cantidad de energía concentrada en su previo ataque.
—¡Finalmente, encuentro al verdadero portador de la magia de Nightmare Moon! —exclamo Myrrina, muy alegre, para acto seguido bajar el tejado con mucha delicadeza—. Si, sin duda eres tú, el pony que con su sola presencia mágica hace estremecer mis sentidos. La diosa ha sido generosa contigo, al transmitirte su imponente presencia.
Hasta los cascos de Winter rodo la máscara de Geisterritter, con quemaduras que derritieron parte del metal. Entonces, los ojos de la generalísima se toparon con una belleza sublime y esplendorosa, que incluso en su estado actual la hizo caer en un poco de lujuria. El rostro de su introvertido acompañante dejo de ser un misterio, en un abrir y cerrar de ojos. ¡Si, sin duda era un rostro hermoso! una melena larga y tan blanca como su pelaje, unas facciones perfectas que reflejaban disciplina, rectitud y coraje. Pero, sobre todo lo anterior, quedaba en distinción su mirada, la cual gozaba de un encanto particular. Sus ojos eran turquesas y como los de una serpiente al acecho ¡Lista a atacar sin miramientos por su presa! Entonces una femenina voz tomo lugar, ni el canto de los ángeles se le podía comparar a aquella mezcla perfecta entre severidad y dulzura.
—Asquerosas ratas miserables, fruto de apareamiento incestuoso y deforme ¡Ustedes no tienen derecho a llamarse a sí mismos hijos de la noche!, si con desagrado me presento aquí, es con el fin de poner término a sus patéticas expectativas raciales —dijo la unicornio caballero fantasma—. Porque, la única hija de la noche, soy yo.
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"Se pierde fuerza cuando se compadece" —Frase sacada del "El Anticristo" de Friedrich Nietzsche.
"Cuando uno acaba de construir su casa advierte que, mientas la construía, ha aprendido, sin darse cuenta, algo que tendría que haber sabido absolutamente antes de comenzar a construir. El eterno y molesto "¡demasiado tarde!" —Frase sacada de "Más allá del bien y el mal" de Friedrich Nietzsche.
"Todo pueblo según, sus objetivos, fuerzas y necesidades un cierto conocimiento del pasado." —Frase sacada de "Sobre la utilidad de los prejuicios de la historia para la vida" de Friedrich Nietzsche.
"Tan solo las fuertes personalidades pueden soportar la historia; los débiles son barridos completamente por ella." —Frase sacada de "Sobre la utilidad de los prejuicios de la historia para la vida" de Friedrich Nietzsche.
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