Capítulo 25
Título: Ojos cafés (1ª Parte)
Personajes principales: Bellatrix, Andrómeda y Narcissa Black, hombre de ojos cafés no identificados.
Advertencias: hablemos un poco de las hermanas Black... y terminemos con un individuo que hace tiempo esperaba aparecerse
Palabras: 1400 aprox
Resumen: Un hombre demacrado ha penetrado los muros de Hogwarts con un solo propósito.
Notas de la autora: Sí, sé que no he actualizado en... ¿Cuanto? ¿Una semana? ¿Dos semanas? xD así que en compensación, hoy vengo con una tanda de varios caps seguidos... ¡No olviden dejar comentarios! (aunque no los merezca...)
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1967
-Señorita Black, pase a mi despacho por favor.
Últimamente, a todos los profesores les había dado con entrevistarla para saber qué es lo qué quería ser cuando grande, cómo le iba en los estudios, dónde pensaba trabajar, etc. La verdad, es que era una escena muy estúpida ya que obviamente no les diría "Bueno, estoy pensando en convertirme en una Mortífaga y alistarme junto al Señor Tenebroso". Además, Slughorn no la dejaba en paz y ella temía volver e descontrolarse.
-Señorita, la estoy esperando.
-Ya voy, profesor.
¿Cuántas reuniones le esperaban aún? Ni siquiera había llegado a mitades del curso y ya estaba totalmente agotada. ¿Es que no tenían nada mejor que hacer que molestarla? Por que ella sí tenía cosas que hacer. No solo tenía que estudiar para los ÉXTASIS, sino que también tenía que terminar de una maldita vez la famosa poción que llevaba fabricando… ¿Cuánto? ¿Dos, tres años? Sí, tres años. Pero su perseverancia por fin rendía frutos, ya que había identificado se pequeño error: las estrellas. ¿Cómo no lo pensó antes? La poción sobre la cual hablaba el libro se había preparado hace miles de años, en un solsticio de verano bastante especial debido a gran cantidad de alineaciones planetarias y estelares, además de un eclipce lunar total.
Y ahora, por fin todo volvía a darse, los ciclos habían vuelto al inicio y en menos de seis meses tendría la ocasión única para volver a fabricarlo. Sin duda, sería su gran salida del colegio. Se graduaría y destruiría a montones de asquerosos muggles. El terror que sembraría la haría digna del Señor Tenebroso, y quedaría registrada cómo una leyenda mil veces peor que la cámara secreta. ¿Qué podía ser mejor?
-Bellatrix Black, si no vienes en este instante Slytherin perderá puntos por su culpa.
Bueno, por el momento debía concentrarse en aparentar normalidad.
Cuando Black salió de la sala común, Drómeda se permitió por primera vez en mucho tiempo relajarse. De seguro el profesor Slughorn la mantendría entretenida un rato, y ella ansiaba desde hace tiempo un momento a solas, ya que entre los estudios para los TIMOs y el constante estrés de evitar a su hermana no lograba concentrarse en lo realmente importante: aquél chico rubio.
¿De dónde lo conocía? Estaba segura de haberlo visto hace ya mucho tiempo, pero no se explicaba de dónde. Los Black jamás invitarían a un Hufflepuff Sangre Sucia, por lo que era imposible que lo haya conocido en alguna fiesta familiar, y no es que ella saliese mucho de la Mansión Black antes de entrar a Hogwarts.
Aún recordaba vagamente la primera vez que lo vio; fue en la ceremonia de selección, cuando la llamaron…
-Black, Andrómeda -Prnunció la profesora McGonagall
Una delgada chiquilla toda mojada dio un paso temeroso hacia el taburete, para luego dar otro y otro y otro más. Finalmente, se encontró sentada, y la profesora ya había tomado el sombrero seleccionador cuando los ojos cafés vieron por un instante una cabellera rubia en la mesa amarilla, antes de que su visión quedara reducida a oscuridad.
-Valla valla, una Black bastante especial -le susurró el sombrero- ¿Dónde te pondré? Slytherin ha sido la casa de todos tus ancestros y sin duda posees una habilidad e inteligencia que afilarás en poco tiempo. Sin embargo, pareces no muy convencida de este camino.
La imagen de la mesa verde apareció en su mente, y tuvo que admitir que no se sentía atraída por aquellos magos malhumorados, egoístas, engreídos, despectivos y altaneros. Luego, apareció la mesa amarilla, con aquel chico regordete. Si no hubiese sido por la expresión de odio que presentaba, casi se habría arriesgado a ser desheredada por entrar a otra casa. Sin duda, aquella sensación de conocer al muchacho era increíblemente cautivadora. Pero el rechazo que se había producido, aquella mirada de odio, le había dejado en claro que no quería tener nada que ver con los tejones.
-¿Por qué no te gusta Hufflepuff? Tu corazón no está hecho del mismo material que tu hermana, y la lealtad que tu presentas se basa en el amor, y no en el ansia de poder… ¿Estás segura? ¿No te arrepentirás? Bien, entonces supongo que perteneces a SLYTHERIN -finalizó el sombrero, antes de ser levantado por la profesora; dejando libre a la chica.
Drómeda corrió a la mesa verde, para darse cuenta al instante que había cometido el error más grande de su vida.
Volviendo a la realidad, la serpiente volvió a reprocharse mentalmente por la estúpida decisión que había tomado. Si tan solo hubiese escuchado su verdadero deseo, hubiese dejado de lado aquella mirada de odio y habría sido muy feliz… bueno, feliz dentro de Hogwarts siempre y cuando que ningún Slygherin merodease cerca, pero ya que de todas formas el pertenecer a la casa verde no le proporcionaba inmunidad y su querida hermana se encargaba de hacerle la vida imposible dentro y fuera del castillo, probablemente ahora podría vivir con algo menos de estrés junto a Te… no, no debía pensar así. Black era lo suficientemente hábil como para leerle la mente y denunciarla a sus padres.
Pero su hermana no estaba aquí… ¿Cierto? Así que daba lo mismo si se ponía a pensar en él o no. La verdad, es que nunca supo en qué momento se fue rompiendo aquella hostilidad que existía entre ambos, pero lo cierto es que un buen día se encontraron hablando de lo más bien hasta que ella calló en la cuenta que no conocía su nombre.
-Theodoro Tonks -le había dicho.
-Un placer, Theodoro
-Llámame Ted, todo el mundo lo hace
Y ese había sido el inicio de una amistad que sólo podía vivir a escondidas. Todos los días, Drómeda vivía con el temor a que alguien la descubriese y todo acabara, y todos los días se iba convenciendo cada vez más que si aquel chico que le llevaba dos cursos de ventaja no tendría el valor para sobrevivir en el oscuro mundo al que pertenecía.
También se había enterado del por qué de la inicial rivalidad, y era el simple hecho de que él, Ted, fuese un Sangre Sucia del mismo curso que su adorada hermana, y por lo tanto estaba bien enterado de cómo eran los Blacks.
-¡Drómeda! -el grito de Cissy la sacó de su ensimismamiento- ¿Has visto a Bel… Black?
La muchacha simplemente negó con la cabeza, tanto para su hermana como para si misma. ¿Cómo era que Cissy, la pequeña e inocente Cissy, había caído en las garras de Black? ¡Como odiaba ahora el apellido! Solo quería casarse para perderlo, pero estaba destinada a adquirir el mismo que su hermana. ¿Acaso nunca podría escapar de Bellatrix?
Al ver que su hermana no tenía idea, Cissy siguió su rombo teniendo cuidado en mantenerse derecha, con la frente en alto y una mueca de disgusto. Todo lo que sabía, todo lo que la hacía sentir orgullosa, lo había adquirido de su hermana, y estaba dispuesta a todo por ella. ¿Por qué Drómeda no podía ser igual a ella? ¿Por qué ambas hermanas debían pelearse? Ella siempre se había llevado igual de bien tanto con Bella cómo con Drómeda, pero las dos eran simplemente incompatibles.
¿Y dónde se había metido Bella? Se suponía que le tenía que entregar un informe con todo lo que había averiguado sobre esos Mortífagos y ese tal Señor Tenebroso, pero su hermana estaba desaparecida del map…
-¡No te saldrás con la tuya!
El grito que resonó por las piedras le advirtió que ya había ubicado a su objetivo, y se apresuró a llegar al origen del sonido. Cuando llegó, se paralizó ante la escena que presenciaba.
Black se encontraba desparramada contra el piso, con su majestuosa túnica hecha trizas y el pelo totalmente enredado. De sus labios, colgaba un hilo de sangre y sus brazos estaban rojos de tantas marcas de rasguños. Se encontraba furiosa, gritando como una posesa toda sarta de maldiciones, mientras que a sus pies estaba su varita partida a la mitad.
Parado entre las sombras, se veía un hombre alto, delgado y demacrado; de ropas gastadas y ojos sin vida. El pelo café le llegaba a los hombros y se le pegaba al cráneo de lo sucio que estaba, y su boca emitía una risa seca, hueca y despiadada. Su postura era sin fuerza, como si fuese un muñeco sin vida, y entre sus manos aferraba un libro de tapa deshecha y páginas amarillentas, muchas de las cuales estaban rotas o arrugadas. Entre las sombras que lo envolvían, centellaban muy de vez en cuando unos ojos cafés.
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