Creciendo Juntos
El reencuentro
Cuando Freddie Benson bajó del avión, no podía dejar de sentirse nervioso. Él había cometido un error grave, la había dejado y por sus celos y dolor, ella había sufrido. Carolina lo seguía temerosa, ella también había cometido un error, muy distinta a la culpa que Freddie sentía, pero seguía siendo un error. Recogieron su equipaje y buscaron un taxi que los llevara hacia Brushwell plaza.
Durante el trayecto, ninguno de los dos medio palabra, tampoco hacía falta. Ya se había dicho todo en el avión, un viaje largo en verdad, aproximadamente veinticuatro horas. Allí, el castaño expreso su miedo a ser rechazado, no solamente por Sam sino por su madre, sin querer le había hecho daño a más personas de la que deseaba. Carolina vivió en carne propia su dolor, sabía que su intención nunca fue desaparecer, pero para sanar debía hacerlo.
-Hay un accidente a pocas cuadras de aquí, el paso a la avenida es imposible –dijo el chofer de pronto. –Pueden esperar aquí en el coche o caminar, le recomiendo lo último ya que llegarían a su destino más rápido –Freddie suspiró y sin decir palabra alguna, abrió la puerta del taxi y salió.
-¿Recuerdas como llegar a tu casa? –preguntó Carolina con nerviosismo.
-Me fui para olvidar, Caro, no para perder mi memoria –ese comentario le causo gracia a su amiga. –Solo tenemos que caminar un par de cuadras y cortar camino en el parque…
Y así hicieron, mientras caminaban, Freddie tenía la mente en su pasado. Esas calles que recorría con sus amigas cuando era joven, las tiendas de comida rápida que Sam le obligaba a visitar y lo más importante, el parque donde solía pasar todas las tardes con ella. Cuando el camino de cemento terminó e inició uno de piedras, su mente viajo a su última visita.
Sam estaba acostado bajo su árbol, tenía los ojos cerrados y su cabeza se movía de un lado al otro. Lo normal cuando escuchaba música. Él había sonreído antes de acercársele, estaba emocionado y nervioso al mismo tiempo. Sus cartas de aceptación o rechazo habían llegado al fin.
Carolina lo observaba caminar, su mirada estaba perdida y en sus labios había una sonrisa. Ya nada quedaba de ese chico que conoció hace cinco años. Había ganado algo de forma puesto que trataba de olvidar todo por medio del ejercicio, así sacaba todo el estrés y ocupaba su mente en algo. Su forma de actuar también había cambiado, ya no se le veía triste hasta ahora, que recibió esa noticia tormentosa. Ella dudaba que pudiera recuperarse rápido de ese episodio.
-Mami… -ella se giró ante el gritó angustiado de esa niña. – ¿Dónde estás?
-Freddie… -gritó Carolina al verlo alejarse, esté se giró sin comprender. –Vamos a ayudarla…
El aludido suspiró y se acercó a la pequeña.
-¿Estás perdida, pequeña? -dijo con una sonrisa en sus labios. Al principio pensó que era la niña más hermosa que había visto, su cabello castaño y ojos azules le recordaban a alguien que había visto, pero no sabía a quién.
-Si... -se limitó a responder la niña con voz entrecortada.
-Busquemos a tu mami, ¿Cual es su nombre? -preguntó él interesado.
-Mami... -dijo con una sonrisa en sus labios que fue correspondida por él.
Al castaño le parecía adorable, la tomó entre sus brazos y una sensación extraña recorrió su cuerpo. Él comenzó a imitar los gritos de la niña haciéndola reír, después de un rato Freddie dejó de buscar y tomó asiento con la niña en sus brazos. Era una nena muy conversadora, a su parecer, muy inteligente para la edad que aparentaba.
-… y mi abuelita corrió atrás de mi tía… y me dijo que eso no se hacía –la niña reía mientras le contaba todas esas cosas al castaño, que le fue imposible no reír.
-Pero tu abuelita tiene razón, es malo pegarle a las personas porque te quiten la comida –dijo Freddie, la nena se cruzó de brazos y dijo.
-Yo amo el jamón… -él no sabía porque esa actitud era tan parecida a Sam. -¿Y tú mamá? –Preguntó la niña con inocencia.
-Pues, debe estar en su casa. Voy a visitarla –respondió el castaño ensanchando su sonrisa.
-¿Y la quieres?
-Mucho…
Carolina, que estaba sentada en la otra banca, miraba la escena enternecida. Ella estaba segura que, si Sam le permitía ver a su hija, su relación sería así. Dejó escapar un suspiró y se giró solo un poco, entonces vio a su hermana, su preocupación no cabía en su rostro.
-Em… -chilló Carolina con emoción.
-Oh por Dios, es imposible –gritó sorprendida antes de correr y abrazarla. –Mírate, estás hermosa…
-Tú también… Dios te extrañé… -murmuró con una sonrisa en los labios.
-Ayúdame, estoy buscando una…
-Alba… -ambas se giraron. Carolina abrió sus ojos sorprendida y se giró para observar a Freddie embelesado aun con la niña. –Oh por Dios, Em, no puede ser… no consigo a mi bebé… -era ella, esa mujer era Sam. Se giró bruscamente y sopeso las posibilidades de, que esa niña, sea la hija de Freddie.
-Mami… -chilló la niña rompiendo el hechizo que tenía sobre Freddie.
-Mi vida… -la tomó entre sus brazos y la abrazó con fuerza. –No vuelvas a asustar a mami así… muchas gracias, señor, yo…
Sam soltó a la niña de golpe, sus ojos estaban abiertos por la sorpresa y su cuerpo comenzó a temblar a causa de los nervios. Freddie no estaba en mejor condiciones, su respiración se había agitado un poco y sus ojos no se apartaban de la niña que trataba de llamar la atención de su madre. Cerró y abrió sus ojos con rapidez antes de fijar su mirada en la de ella.
-¿Sam? –Sus labios dolían a la sola mención de su nombre.
-¿Freddie? –La pregunta estaba demás, sin embargo, necesitaban asegurarse.
Em, que observaba todo sorprendida, no podía creer que su mensaje funcionara. Estaba segura que Freddie no le iba a creer, pero se equivoco. Se acercó rápido a Sam que comenzó a respirar con dificultad y la obligó a tomar asiento, en uno de los banquillos. La rubia cubrió su rostro en sus manos y suspiró.
Cuando despertó esa mañana, supo que algo iba a sucederle, pero jamás pensó que era Freddie quien aparecería de nuevo en su vida; mucho menos que iba a conseguir a su hija.
-Creo que lo mejor es hablar en el apartamento, comenzamos a llamar la atención de las personas… -susurró Sam nada convencida. –Vamos, mi vida, mamá te preparará una rica cena. Sígueme…
El trayecto hacia Brushwell plaza fue silencioso, lo único que rompía ese ambiente tenso, era Alba con sus risas y ocurrencias con Freddie. Él a pesar de sentirse nervioso y algo shockeado, no le importaba, esa niña le había robado su corazón antes de saber que era suya. Jugueteó con la pequeña hasta el momento que subieron por el ascensor. Caro y Emily se abrazaban, estaban llenas de felicidad y no era para menos, cinco años era el tiempo sin verse; Freddie acariciaba los rizos de su hija mientras su mirada estaba fija en la nada y Sam, pues ella estaba muerta de nervios.
-Dámela, por favor… -el castaño hizo lo que le pidió y la vio alejarse. Por más que quisiera seguirla, sus piernas no respondían.
Carolina se acercó a él y le abrazo, tenía que darle fuerzas para lo que iba a enfrentarse. Escucharon pasos provenientes del pasillo y todo sucedió rápido. Freddie se quejó antes de caer al suelo, un hombre de aspecto malhumorado le había golpeado.
-Solo tú tienes las agallas de volver, maldito cobarde –Carolina ahogó un grito y corrió para ayudarle. –No te metas, niñita, este problema no es tu asunto.
El castaño se levantó aturdido, pero antes de poder defenderse, él volvió a pegarle.
-Dios… Spencer, deja de golpearme –gritó molesto, no entendía porque le pegaba.
-Das asco, Benson, no entiendo que haces aquí. ¿Acaso quieres atormentarla? ¿No te bastó con dejarla sola para que pudieran violarla? –La respiración de Freddie se cortó mientras se levantaba.
-Yo no sabía… si yo… -intentó decir.
-Deja las escusas, me das asco… -bramó Spencer con ira. –No entiendo como pude considerarte como un hijo…
Esas palabras fueron más fuertes para Freddie, de lo que Spencer puede imaginar. Él se dejó caer en el suelo y tomó de nuevo su cabello entre sus manos con fuerza.
-Tienes razón… es mi culpa…
-Levántate, sé un hombre y enfrenta a tu madre –como autómata, Freddie hizo lo que su antiguo amigo le ordenó.
Emily intentó acercársele, revisar sus heridas y curarlas, pero Spencer no se lo permitió. La tomó del brazo con brusquedad y la empujó hasta el apartamento de los Benson. Cuando le dijo a su hermana que Freddie debía enterarse de una verdad y tomar una decisión, no pensó que esa decisión lo llevaría a eso. Cuando entraron, Sam hablaba con Marissa que tenía un mohín en sus labios.
Marissa fijó su mirada en Freddie que caminaba con la cabeza gacha, se acercó a él aparentemente emocionada. ¡Zaz! El rostro del castaño estaba lleno de todo, menos de sorpresa. Tal vez pensaba, muy adentro, que eso se lo merecía.
-Debería darte vergüenza, desaparecer todos estos años y ni una llamada –bramó Marissa con voz entrecortada. –No sabes lo preocupada que estuve por ti y vienes a desaparecer…
-Sam, vete a tu habitación, nosotros solucionaremos esto… -espetó Spencer con ira.
-¿Qué? ¿Estás demente? Aquí no hay nada que arreglar… -intentó decir la rubia, pero él no se lo permitió.
-¿Cómo puedes decir que no lo hay? Este infeliz te dejó allí en manos de otro hombre, eso no es amar… eso no es un hombre –gritó Spencer de vuelta.
En ese momento, Sam se molesto a tal punto que nunca imaginó ser capaz de hacer lo que se proponía en ese momento. Empujó a Spencer con todas sus fuerzas y este la miró sorprendido.
-No tienes derecho a meterte en mi vida, Shay… -espetó con ira, su voz temblaba por la emoción-, porque este hombre, no tenía idea de lo que me estaba pasando –gritó entrecortadamente, ella podía sentir las lágrimas correr en su rostro. Se abrazó así misma por lo que iba a decir. –Cuando Freddie salió a comprar la cena… cinco minutos después llegó Víctor, nunca me sentí tan aterrada en toda mi vida, como esa noche…
Freddie tenía la mirada perdida mientras escuchaba, no parecía poseer ninguna emoción.
-Él me dijo que de nada serviría gritar o pedir ayuda… que sino fingía que me gustaba, Freddie moriría, entonces lo hice. Fingí placer y mentí, dije que él era un estúpido por creerme, por pensar que era mi primera vez –Sam se dejó caer en el mueble y suspiró. –Yo lo ahuyente para salvarlo y no me arrepiento de eso –dijo mirando fijamente a Spencer, que estaba horrorizado ante esa verdad oculta. –Así que te pido, dejes tranquilo a Freddie… Carly…
La aludida saltó sorprendida: -Dime…
-Me quedaré en tu casa, Freddie tiene muchas cosas que hablar con Marissa…
-Sé que es mi hija… -susurró Freddie con voz ronca, interrumpiéndole. Sam se giró sorprendida y sintió su cuerpo temblar. –Me enteré ayer en la tarde, poco más de las dos… -informó pensando que era importante esa parte del relato.
Al ver que nadie habló, se levantó y caminó hasta la cocina.
-Sé que tenemos muchas cosas que hablar, también sé que este no es el momento para eso… no te obligaré a nada y entenderé que no me quieras ver… pero, permíteme estar en su vida –eso último salió con un leve temblor en su voz. –Hablaremos mañana…
La rubia quiso correr y abrazarlo, pero no confiaba en su reacción. Tenía tanto miedo de ser tocada, cada vez que eso sucedía de forma accidental, gritaba como loca y se largaba a llorar. Mordió sus labios antes de desaparecer por el pasillo. Minutos más tarde, la rubia apareció con su hija en brazos, se despidió de Marissa, antes de desaparecer por la puerta hacia el otro lado del pasillo.
Spencer y Carly la siguieron, mientras que Emily no sabía qué hacer.
-Querida, tú si te puedes quedar… entiendo las razones de Sam, pero tú puedes hacerlo y tu hermana también –la aludida suspiro de alivio y tomó el brazo de su hermana, para luego encerrarse en su cuarto.
El silencio reino en el lugar, ninguno de los dos se dirigía la palabra. Más que molestia, era porque no tenían nada que decir, lo último que escucharon los había dejado sorprendidos. Aunque él ya tenía conocimientos de ese momento, jamás pensó escucharlo de la rubia. Se dejó caer nuevamente en el suelo, su respiración era agitada y no tenía idea de lo que iba a hacer.
Lentamente comenzó a romperse, sollozos lastimeros salían de sus labios, impidiendo que el aire llegara, haciéndole imposible el respirar bien. Él miró sus manos temblorosas y las apretó con fuerza, el dolor era tan fuerte, sin embargo, pensaba que se merecía todo eso.
-Hijo… -intentó llamarlo, pero al parecer eso pareció afectarlo más.
Freddie jaló sus cabellos con fuerza y comenzó a negar.
-Es mi culpa… -logró decir entre sollozos.
-Fue muy duro para ella, aun es difícil, hijo -dijo Marissa con un nudo en la garganta, nunca imaginó ver a su hijo tan afectado. -No es tu culpa...
-No sabes lo que estás diciendo, si me hubiese quedado... –intentó decir, pero el nudo en su garganta no le permitía hablar.
-Te mata -gritó Marissa. Tal vez tenía razón, si él se hubiese quedado, Víctor lo mata.
-No me importa, ¿no lo entiendes? -Gritó Freddie de vuelta. -Le fallé, le fallé... –repetía una y otra vez sin parar, él buscó levantarse sin éxito.
Freddie trataba de tomar aire, pero era cada vez más difícil. Sus manos viajaron a su pecho que dolía horrores y sus ojos nublados por el dolor y lágrimas, no le permitían ver. De pronto, no solo era su pecho el que dolía, también su cuerpo. Marissa gritó de forma ahogada y corrió hasta su baño, buscó entre sus cosas de primeros auxilios el inhalador de Freddie, jamás pensó usarlo de nuevo.
El último episodio de asma que había sufrido el castaño, fue antes de mudarse a Brushwell Plaza, el día de la supuesta muerte de su padre y de eso había pasado mucho. Lo apoyó en su regazo y comenzó a susurrarle cosas en el oído, más que nada ordenes como "Inhala" o "respira".
-Ya... tranquilo, te tengo... ya pasará -susurraba mientras él negaba una y otra vez sin dejar de llorar y buscar aire como desesperado. –Fredward Benson, escúchame bien… -sus ojos achocolatados quedaron fijos en los de su madre- respira, hijo, tienes que tranquilizarte por favor.
Marissa sintió como su hijo se relajaba lentamente, sus ojos se cerraron y su respiración comenzó a tranquilizarse. Ella paso horas acariciando el rostro de su hijo, limpiando todo rastro de lágrimas y susurrándole palabras de amor. Una madre jamás le daría la espalda a un hijo y ella no sería la primera. Beso su frente cuando lo sintió completamente relajado, era lógico que después de tantas horas llorando sucumbiera al cansancio. Ella lo cubrió con una manta y beso su frente antes de irse a su cuarto. El día de mañana sería duro para su hijo.
Por otro lado, Sam no pudo dormir en todo lo que quedó de noche. Ella pensó haberlo superado, hasta podía vivir pensando que él le odiaba, pero no. Él había vuelto y no solo eso, sabía que tenía una hija. Seguramente la odiaba por habérselo ocultado, o peor. Se levantó para preparar el desayuno de su hija y de paso, el desayuno de todos. Mientras cocinaba, Sam pensaba como iba a enfrentarse a él, de seguro tenía reclamos, a esas alturas, no le extrañaría.
Escuchó unos pasos, se imaginó que era Carly o Spencer, con él sentía mucha vergüenza por haberlo tratado como lo hizo. Se giró y lo vio caminando hacia el mesón, su rostro afligido por lo sucedido la noche anterior, la verdad es que no lo culpaba, ella también hubiese reaccionado así.
-Buenos días, Sam… ¿todo bien? –Preguntó inseguro.
-Claro que sí, nunca podré molestarme con ustedes –susurró la rubia con una sonrisa en los labios. –Son mi familia, pero cuando te digo algo, por favor hazme caso.
El mayor de los Shay asintió mientras dibujaba una sonrisa, que desapareció rápidamente.
-¿Qué piensas hacer de todo esto? –Sam suspiró ante la pregunta, no lo había pensado.
-Creo que lo mejor es que hable con Alba, ella necesita saber que él es su padre… -la rubia se encogió de hombros y prosiguió-, hacer las cosas bien.
-¿Cuándo piensas decírselo?
-Durante el desayuno, comeremos juntas y le soltaré todo… -susurró abatida.
-Te entenderá, es una niña muy inteligente –la rubia asintió ante las palabras de su amigo.
Sam comenzó a acomodar la mesa, si se quedó ese día allí, era lo mínimo que podía hacer. Mientras acomodaba todo, su mente vagaba en aquellos tiempos donde era feliz con él. Como había cambiado su vida, primero fue una "delincuente" como solían llamarle, luego cambio y comenzó a ser mejor persona y por último eso; una mujer llena de miedos y culpa, con una hija que no conocía a su padre y todo era su culpa.
Subió las escaleras para encontrar a Carly jugando con su hija. La nena reía y chillaba emocionada, la presencia de la morena en su vida había sido poca, pero cuando se hacía presente, dejaba huella en su vida.
-Es preciosa, Sam. Lamento…
-Ahora no, Carly. Prometo hablar contigo, pero hoy no… -la aludida asintió y la dejó sola con su hija. –Hola, preciosa, es hora del desayuno…
La nena gritó emocionada ante la sola presencia de su madre y del desayuno. Se sentaron y comenzaron a desayunar. La rubia detallaba cada mueca y fracciones de su hija, era muy parecida a Freddie, al menos para ella era la viva imagen.
-Mi vida, ¿te acuerdas de las fotografías que tu abuelita te enseñó? –Alba asintió mientras mordía su tocino. –Bien… ¿recuerdas al chico que estaba abrazado a ella?
-Sí… -respondió de forma graciosa.
-Él se llama Freddie y es su hijo –Sam se mordió los labios, aunque su hija tenía la edad de cinco años, era muy madura y capaz de entender muchas cosas. –Él es tu papá…
Alba dejó de comer y se quedó mirándole fijamente. De pronto, una hermosa sonrisa se extendió por toda su cara.
-¿Tengo papá? –Sam comenzó a reír, no esperaba otra cosa.
-Sí… ¿recuerdas al señor que te encontró en el parque? –Preguntó la rubia ahora más nerviosa. –Él es Freddie… tú… papá.
La niña no habló en un largo tiempo, su respiración era tranquila y parecía estar pensando en algo.
-¿Él me quiere? –La pregunta salió de sus labios inocentemente, logrando que los ojos de la rubia se llenaran de lágrimas.
-Claro que te quiere, mi hermosura. ¿Quién no podría hacerlo? –Le dijo abrazándola. –Ahora, termina de comer y te arreglaremos, para que conozcas a tu papá… -La niña asintió entusiasmada terminando de comer, eso iba a ser más fácil de lo que esperaba.
Por otro lado, Freddie observaba sin apetito su desayuno, su madre lo había perdonado, pero aun faltaba lo más difícil. Él podía escuchar el parloteo sin sentido de Carolina y Emily, y la intervención de su madre en ocasiones. Sus pensamientos lo llevaban a recordar, lo que había sucedido la noche anterior, las palabras de Sam quedarían grabadas en su memoria para siempre. Entre tanto pensar, no notó el tocar de la puerta.
-Hola… -Freddie escuchó su saludo y se giró para verla. Era hermosa, su hija era hermosa. –Me llamo Alba Puckett… -la niña se giró para ver a su madre que sonreía alentándola. –Para ti… -ella le dio una flor blanca que había arrancado del balcón.
-Gracias… Alba, es muy hermosa –susurró Freddie embelesado, desde que la conoció producía esa reacción en él. –Yo me llamo Freddie…
-Lo sé… -dijo ella sonrojándose. Mi mami dice que tú eres mi papá…
Los ojos de Freddie quedaron fijos en la rubia, ella sonreía y asentía lentamente.
-Sí, yo soy tu papá –respondió Freddie con un nudo en la garganta.
Él la tomó entre sus brazos y la abrazó, ella correspondió feliz a su abrazo y comenzó a reír. Sam dejó caer unas cuantas lágrimas antes de acercarse a Marissa, que no había parado de llorar.
-Estoy muy orgullosa de ti… -le susurró Marisa a Sam.
-Ella necesita a su padre… y creo que él la necesita en su vida –murmuró entrecortadamente. –Ella no tiene la culpa de nuestro error.
Freddie estaba sentado en el sillón, abrazaba con fuerza a su hija y le fue imposible no derramar unas cuantas lágrimas.
-¿Por qué lloras? –preguntó Alba frunciendo el ceño. -¿Estás triste?
-No, mi amor… lloró porque estoy feliz –susurró con emoción. –Feliz porque estás en mi vida.
Alba sonrió y se acomodó sobre su pecho. Freddie y Sam sabían que ese día solo era el inicio de mucho, aun faltaba algo importante y eso era su conversación. Pero solo por esta vez, ese momento parecía más importante.
