Buenas! He intentado actualizar rápido porque lo dejé en un momento de cabrona total xD
franchiulla: No, no ha acabado ahí :D Soy mala pero tampoco tanto
MaraB3: ¿Verdad que faltan emoticonos?! Siempre lo pienso! Que mi recurso de caras con letras es limitado xD Y sí, Cora es siempre una bitch de cuidado, en realidad así mola más jajajajaja Y para que veas que soy maja y no cruel, lo soy (mentiraaaaa) he actualizado pronto :) Y así que eres una malagueña salerosa! Ahora me he pegado la song de malagueña que versiona Olivia Ruiz :')
begobeni12 : Me gusta como expresas los problemas de Regina, más claro imposible jajajaja Joer estoy por pedirte ya consejo siempre te recuerda a cosas! Vaya vida más show tienes, seguro que aburrirte no te aburrías X'D Aunque... espero que no todo fuera malo ^^ y yo creo que la frase final sí que se arregla, más o menos
aquarius7: Juro que ese no puedo decir lo mismo no es tan cruel! XD Espero que este capi mejore el bajón del anterior, pero esque ya tocaba un capítulo bien de Regina con un "buen" (espero que fuera bueno xDDD) motivo de todo
Gloes : Menos mal que ya he respondido preguntas! Me daba miedo que no o que no se entendiese xD Y sí, ya veo que a Emma la tienes en un pedestal, yo también la verdad jajajaja y la respuesta sigue, no cunda el pánico!
Y ya sí, como siempre, allá va el capítulo :D
Capítulo 24
―No puedo decirte lo mismo ―por fin habla, sin dejar de mirarla.
―¿Qué? ―prefería el silencio a ese rechazo. Dolía menos. Aunque sospechaba que ella no lo sentía, aunque quería convencerse de que sí lo sentía, duele.
Pero Regina no ha terminado de hablar, no quería decir eso, así que sigue:
―¿Tengo derecho? ―se muerde el labio y Emma la mira sin comprender nada. Entonces suelta eso que lleva rato en su cabeza, dando mil vueltas, atascado en su garganta:― Estoy con Robin, estoy casada, no voy a dejar de estarlo, no porque no quiera si no porque no puedo, estoy metida hasta el cuello en esta farsa. Casi ni recuerdo quién soy de verdad. Odio mi vida, la detesto. Mi vida es una mentira y siento que eres lo único verdadero... y es jodidamente raro, ¿por qué cuanto llevas en mi vida? ¿Dos meses? ¿Dos meses juntas y ya siento que me conoces más que nadie? Y aún así te escondo y sigo casada. ¿De veras crees que tengo derecho a decirte que tú también me gustas, que empiezo a quererte? ¿Tengo ese derecho, Emma? Creo que no. Siento que me das tanto y que yo merezco tan poco. ―Los ojos se le llenan de lágrimas―. ¿Puedo decirte que me gustas como nunca antes me ha gustado nadie? ¿Puedo?
Emma se queda mirándola casi sin creerse esas palabras. Le duelen, le duele el dolor que arrastran pese a lo bellas que son. Le duele sobretodo lo que implican, pero decide aparcarlo, guardarlo en lo más profundo de su ser, como lleva haciendo desde el primer día. No quiere perderla, no quiere dejarla escapar, por ella está dispuesta a aguantarlo todo... Antes de darse cuenta termina por sentarse encima suyo. Las piernas a cada lado de sus caderas. La mira a los ojos fijamente mientras la morena le devuelve la mirada, tímida, dolida, decepcionada consigo misma. Y a la vez sorprendida al sentir a Emma encima suyo colocando con cuidado sus cálidas manos en su nuca.
Entonces ella seca esas dos lágrimas que quieren profanar su rostro. Las seca con sus labios para justo después besarla. Un beso en el que trata de transmitir todo lo que siente. Tanto el amor como el miedo. Un beso en el que intenta ser sincera, en el que intenta demostrarle que nada importa más allá de ellas. Un beso que sabe a sal y dolor pero también a amor. Porque Emma no quiere que nada más importe.
―Dilo ―susurra apoyando su frente en la suya.
―¿Que me gustas? No puedo, Emma. No te merezco.
Una sonrisa triste y un beso dulce, un roce, un beso que parece un suspiro, una caricia a sus labios.
―Claro que puedes decírmelo. Creo que acabas de hacerlo de la forma más preciosa en la que se puede decir, teniendo en cuenta la situación supongo. ―Envuelve su rostro con cuidado para obligarla a fijar sus ojos en los suyos―. Mira, no sé qué te pasa hoy, no tengo ni idea, la verdad... Pero sea lo que sea... Pasará.
―No pasará, Emma.
―Mientras estés conmigo sí ―y Regina, incapaz de huir de su mirada, la mira y termina perdiéndose en ese mar que son sus ojos, casi que ve que esas palabras son ciertas y asiente con una sonrisa tímida―. Vamos. Tengo que hacerte el tour por mi morada.
Le da un beso en la mejilla antes de salir de encima suyo y bajar del coche. En cuanto Regina también sale no puede evitar soltar una exclamación de asombro al ver la inmensa casa y el patio delantero.
―Dios... no exagerabas.
―Nunca exagero ―la morena alza las cejas irónica―. ¿Cuándo lo he hecho? ―la sonrisa que dibujan sus carnosos labios la hacen resoplar―. Mejor no respondas.
―Y esta es mi habitación. Ya lo has visto todo―. Lo proclama orgullosa mientras se tira en su inmensa cama tras la visita guiada de media hora.
―Ya te lo he dicho todo el rato, es una pasada.
―Lo sé, vivo aquí.
Regina se ríe mientras opta por tumbarse a su lado en la cama. Sólo tumbarse. Sólo arrimarse a ella. Sólo notar su calor. Es todo lo que necesita. Emma la atrae hacia sí y la envuelve con sus brazos mientras le da un beso en la cabeza. Regina cierra los ojos disfrutando de ello, disfrutando con ella. Siente que no se la merece, que es demasiado buena, ella que es tan poca cosa no se merece tanto amor. No se merece lo mucho que ella se preocupa, lo mucho que hace para animarla, no se merece la facilidad con la que parece borrar el dolor sin casi esforzarse. Pero ahí está Emma, casi como una salvadora, casi como un espíritu protector.
―¿Por qué hemos venido aquí? ―susurra mientras se acerca más a ella.
―Se te caía la casa encima y...
―¿Qué? Dilo.
―Y necesitaba verte por una vez en un sitio mío, en un sitio que no fuera de él.
Se incorpora y la mira con rabia, rabia hacia su propia persona. Susurra sintiéndose culpable:
―Lo siento...
―Ey... Está bien. ―Emma la atrae de nuevo hacia sí y le sonríe radiante―. Estás aquí. Nada importa.
―Sí. Cuando estoy contigo en realidad me olvido del resto.
―Es mi superpoder.
―Me gusta.
―Te gusto toda yo, asúmelo.
Sonríe. Una sonrisa tierna que estremece a la rubia. Entonces acerca sus labios a los suyos y dice rozándolos a cada palabra que pronuncia:
―Lo tengo muy asumido, Señorita Swan.
Porque si ella cree que tiene el derecho a decírselo no piensa callarse. Porque ya se ha callado toda la vida y porque Emma sólo le pidió sinceridad y sobretodo porque sienta bien decir un me gustas o un te quiero con el corazón.
―Pues podrías decirlo más veces.
Suelta una carcajada al ver el gesto coqueto de la rubia que de repente se gira y la deja a ella debajo para tumbarse sobre ella. Retiene sus manos a cada lazo de su cabeza. Regina no puedo más que sonreír al ver el gesto triunfal de Emma, al sentir su cabello rubio cayendo sobre su rostro, al sentir su cuerpo sobre el suyo.
Va a besarla pero en el último segundo la rubia se aparta sonriendo con picardía y alzando las cejas. Gruñe con rabia, gruñe porque detesta que le niegue sus labios y Emma se derrite ante ello y termina por lanzarse a su cuello, ese que desde que la vio esta mañana no podía dejar de mirar, porque en su cuello le veía a él, en esa marca que ayer no tenía. Casi que le lanza un mordisco suave para tratar de borrarle y ese mordisco hace que Regina gima levemente antes de decir:
―Me gustas, Emma.
―Y tú a mí.
Entonces finalmente besa sus labios. Un beso lento. Tan lento que parece que el mundo se ha detenido también, o quizá es que verdaderamente el mundo se ha detenido en ese beso. No les importa. Simplemente se besan. Se recrean en los labios de la otra, esos labios que casi parecen suyos, esos labios que encajan tan bien, que sabe tan bien, que no logran explicarse como han vivido tanto sin ellos.
Regina casi lamenta no disponer de sus manos, esas que Emma aún retiene, porque ahora mismo le encantaría que se perdieran en el cuerpo de la rubia. Y casi parece que Emma le lee la mente porque le libera una de sus manos y justo cuando Regina intenta hundirla en su cabello nota los labios de Emma sonriendo contra los suyos antes de inmovilizarla de nuevo, esta vez con una sola mano.
La morena corta el beso y la mira con el ceño fruncido antes de morder levemente su labio casi como castigo por privarle de su tacto. Un mordisco y luego su lengua trata de calmar el mínimo dolor que haya podido causar, que viendo como ve que la rubia se estremece, sabe que es inexistente.
―Me gustaría contar con mis manos, Señorita Swan.
Emma ríe mientras con la mano libre se cuela bajo su camiseta y roza su pecho robándole el aliento.
―Y a mí me gusta tenerla a mi merced, Señorita Mills.
―Emma... ―un susurro ronco.
La rubia baja la mano hasta colocarla en su cadera y mordiéndose el labio apoya su frente en la suya. Regina no comprende que pasa, no entiende ese cambio. Pero le duele, le duele ver por primera vez hoy que no es la única jodida. A ella la situación la mata pero a Emma empieza a tocarle también. Va a decir algo, quiere decir algo, como ella siempre hace pero entonces habla:
―Si hubiera llegado antes, antes que Robin, antes que tu miedo, ¿sería distinto?
―No lo sé... ―Sí que lo sabe, habría sido lo mismo, habría tenido el mismo miedo sólo que habría sido más difícil inmolarse―. Creo que no.
―Tiene que ser muy gordo el motivo que te haga hacer todo esto. No me imagino que es lo que puede temer la Evil Queen.
Sonríe con pesar, sin dejar de mirar sus verdes ojos. Sonríe con pesar porque incluso así Emma intenta bromear. Entonces dice lo único que tiene claro ahora mismo:
―Ahora solo temo una cosa.
―¿El qué?
―Que esto termine.
Ya está. Su deseo egoísta dicho en voz alta. Se odia por decirlo, se odia por sentirlo pero la quiere por como sonríe antes eso. Como ese dolor de antes se borra de su mirada y vuelven a ser esos ojos que lo llenan todo de luz.
―No lo hará. Al menos no ahora.
―Me gusta estar aquí. En un sitio tuyo―. Un beso tierno y entonces dice―: Por cierto, estoy ocho días sola.
―¿En serio?
―Sí, ¿vendrás a casa?
―¿De veras tienes que preguntarlo?―alza las cejas divertida mientras sonríe radiante―. ¡Si encima tengo fiesta dos semanas! Serán como nuestras primeras vacaciones juntas.
Ríe. Nunca se había dado cuenta hasta ella de lo fácil que es reír.
―Suena bien.
―Regina...
―¿Sí?
―Ponte el bikini que vamos a la piscina.
Tras decir eso salta de la cama liberándola por fin y va casi corriendo hacia la puerta pero se detiene y se gira con una sonrisa traviesa.
―¿Qué? ―exclama la morena sin comprender nada.
―Lo tienes en mi bolso. El bolso en el suelo. Yo voy bajando.
―¿Emma? ¿Mi bikini? ¿Y cómo quieres que llegue? ¿Qué está pasando? ―se incorpora en la cama y la mira sin comprender nada―. ¿Qué demonios...?
Pero la rubia ya se ha ido, le llega un grito:
―¡Sigue el camino de ropa!
Cuando llega a la piscina, siguiendo el camino de ropa como ella le había dicho, de lo contrario no habría llegado, se queda contemplándola un rato. Está de espaldas, sentada en el borde de la piscina, las piernas en el agua. El cabello cayendo por su espalda. Casi le da rabia que no esté de pie para contemplarla como se merece. Suspira y acercándose le recrimina lo del bikini:
―No te había visto cogerlo.
―Soy una máquina hasta robando.
Dice justo antes de volverse. Sus ojos la recorren de abajo a arriba con la excusa de que está en el suelo pero la morena sabe que lo habría hecho igualmente. Finge que le molesta, alza las cejas en ese gesto tan suyo y que sabe que a ella le encanta, cuando la verdad es que adora ver como la mira. Le gusta. Le gusta que a pesar de todo la mire así.
―Eso no es bueno ―dice poniendo los brazos en jarra.
―Oh, créeme, lo es. ―Una sonrisa felina―. Verte así... Buff...
―¡Idiota! ―la empuja hacia el agua para no sentir su mirada recorriendola de esa forma, para no terminar tirándola al suelo, haciéndola suya.
―¿Me acabas de tirar? ―grita en cuanto sale del agua, con el cabello cubriendo su rostro―. A eso podemos jugar las dos.
Pero Regina se limita a tirarse al agua con agilidad y nadar hasta ella. En cuanto llega a su altura la arrincona contra el borde de la piscina y le retira su rubio cabello del rostro, con todo el cuidado del mundo, casi acariciando. Entonces susurra contra sus labios.
―Prefiero jugar a otra cosa.
Emma esboza una media sonrisa mientras sus piernas envuelven las caderas de Regina, acercándola más, necesitando eliminar ese agua que las separa.
―Por algo tú eres la profesora. Pero... ―con un movimiento ágil e impulsándose consigue cambiar las posiciones y Regina sin saber cómo termina contra el borde y Emma la arrincona―, me has tirado. Castigada sin mi cuerpo.
―Emma.
Alza las cejas y entonces soltando una carcajada la rubia se separa y nada lejos de ella mientras grita divertida:
―No, no. Fuera. Aléjate de mí, malvada bruja.
―¡Idiota!
―¡Se está convirtiendo en costumbre llamarme así! ―Se detiene y alza los brazos indignada―. ¡No me gusta!
―A mí me encanta.
El tono con que lo dice, ese casi ronroneo hacen que la rubia se estremezca y ponga los ojos en blanco por el poco aguante que tiene. Entonces dice resignada:
―Lo sé, por eso te dejo llamarme así. En realidad soy mega seria y centrada, una jodida aburrida. Pero sé que te gusta cuando te cabreo o la lío.
―Idiota... ―una sonrisa tierna en esos labios carnosos que adora, una sonrisa tierna que casi parece destacar esa cicatriz que adora.
Nada de nuevo hasta ella, hasta sus labios, esos que devora con ganas para luego decir:
―Totalmente. ―La mira un momento antes de susurrar― Regina... ¿puedo decir algo?
―Claro.
Sigue en el agua, flotando, la una frente a la otra, a cada brazada por mantenerse a flote se rozan. Emma la mira a los ojos fijamente
―Creo que me gustan más estos momentos así que los que estamos en la cama. ―Entonces frunce el entrecejo y sonríe―. No es que los de la cama estén mal, créeme, están muy bien. Pero...
―Lo sé... ―sonríe con el corazón acelerado.
―Quiero decir que me gusta estar así. Me gusta estar contigo. Me gusta no estar haciéndolo cada dos por tres porque siento no hace falta o que no lo es todo. No sé, es algo nuevo, ¿sabes? Adoro acostarme contigo pero... hay más. Estar así, bromeando, jugando, besándonos o haciendo el idiota es como que es lo que debería ser. ¿Soy idiota por pensar eso?
Regina la contempla, ahí, ante ella, tan dulce, tan tierna... podría perderse en su mirada y le gustaría. Perderse en sus ojos y quedarse a vivir en ellos. Sus ojos su hogar y sus labios su jardín. Bajaría a ellos para escuchar esas palabras mil veces si hiciese falta porque esas palabras lo parecen todo ahora mismo.
―No. Por supuesto que no ―se le quiebra la voz por la emoción. Casi ni se reconoce. No reconoce a esta Regina que es más Regina que la de siempre.
―¿Estás llorando? ―el tono de sorpresa de Emma y como abre los ojos de par en par la hacen enrojecer.
―No... ―niega mientras hunde la cabeza un momento en el agua para ocultar esas lágrimas traicioneras, cuando sale Emma sigue mirándola anonadada―. No lloro, idiota...
―¡Regina!
―¡No estoy llorando!
―¡Y tanto que sí!
―¡Emma! ―le da un pequeño empujón para apartar su vista de sus lágrimas.
―¿Regina? ―la imita entre sorprendida y divertida.
―¡Bésame, joder!
El tono lastimero y cariñoso con que lo dice le llegan a lo más hondo. Se podría morir ahora mismo pero simplemente dice en un grito con una gran sonrisa:
―¡Vale!
Se lanza a sus brazos y terminan hundiéndose en el agua. Y ahí, sumergidas, une sus labios a los suyos. Siempre se había sentido flotar en sus besos, y ahora más que nunca ocurre. Flotan en mitad de la piscina, totalmente sumergidas, en ese mundo extraño en que el agua distorsiona cada sonido, en el que todo parece una burbuja imposible de romper. Giran en el agua sin separar sus labios, sin querer romper ese beso que lo parece todo. Sin querer romper ese beso en el que sus piernas y sus brazos se enredan en la otra. Sin querer romper ese beso que sabe a más que ningún otro.
―Espera aquí ―dice la rubia dejando la pequeña maleta, que ha hecho para los ocho días, junto a Regina.
Avanza hacia el escarabajo, aparcado frente a la entrada, dejando a Regina en la escalera.
―¿Por qué?
―Quiero el coche de los cristales tintados ―se vuelve y le sonríe con sencillez―. Así irás más segura, ¿no?
―Emma... ―se deshace ante ella. La desarma. Siempre piensa en todo, siempre en ella―. Ven.
La rubia parpadea perdida antes de avanzar hacia ella y en cuanto se planta ante ella Regina le hecha los brazos al cuello y la atrae más hacia sí para besarla. Le da uno de esos besos que siempre ha querido y nunca ha tenido a quien dar. Uno de esos besos que hacen que el resto del mundo desaparezca, de esos que erizan la piel, de esos que son capaces de dibujar sonrisas incluso horas después de haber ocurrido, uno de esos besos que son tanto que saben a poco. Uno de esos besos que quieres repetir y sonríe contra sus dulces labios al pensar que tienen todo el tiempo del mundo para repetirlo.
Continuará...
