Capítulo 24: Tócame
Sasuke.
Naruto mandó todo el trabajo a la mierda por ese día. Shikamaru no reclamó, aún con su ausencia de más de casi una semana, e incluso lo alentó a hacerlo, a que se desentendiera de todo el asunto hasta que estuviera recuperado.
— Cuando salió del lugar creyó que te habían llevado con ellos. Estaba dispuesto a salir corriendo a buscarte cuando le faltó el aire — Me dijo Kiba en voz baja mientras terminaban de revisar a Naruto. Había reproche en su tono, también desconfianza. No creyó la historia de que había perseguido a un híbrido, pero tampoco intentó desmentirlo —. Tuvimos que colocarnos a su lado para obligarlo a quedarse quieto. Nunca lo vi tan asustado.
Sakura le dio instrucciones de pasar el resto del día sin alterarse. No podía decir si los efectos del cilindro tendrían consecuencias a largo plazo y lo necesitaba tranquilo hasta la revisión del día siguiente. Naruto le sonrió al despedirse, pero no dijo nada.
Nos alejamos del lugar en el automóvil de Shikamaru. Naruto conducía con la mirada perdida al frente y expresión estoica, algo que no tenía nada que ver con su actitud de siempre.
Sobre todo por la fuerza con que tomaba mi mano.
Quise decir algo, pero mi garganta parecía ser oprimida por un grillete, producto de la culpabilidad y la preocupación. Opté por corresponder su agarre e incluso acariciar con suavidad el lomo de sus dedos. Eso le sacó el fantasma de una sonrisa, pero su expresión continuó igual después de ello.
Volvimos al departamento, y aunque nuestras cosas ya estaban allí (seguramente las llevaron directo del aeropuerto), Naruto actuó como si no las hubiera visto recargadas en la puerta.
Entré después que él. Del día sólo quedaba el rastro del sol en el horizonte visible a través de la ventana. Olía a humedad y abandono. La habitación estaba en penumbra, pero Naruto no encendió la luz.
Me miraba, apenas a unos metros de distancia. El brillo azulino me sacudió entero y me quedé quieto. Como aquella vez, hace ya tanto tiempo, sus ojos me recorrieron por completo. Un escalofrío envolvió mi columna, pero no dejé de observar sus ojos aun cuando su intensidad parecía quemarme.
Había un leve rastro de lágrimas en ellos.
En silencio, se acercó a mí. Acunó mi mejilla y pasó sus labios por la comisura de los míos. Sentí su respiración golpeando mi mejilla con suavidad, su otra mano rodeando mi cintura para apegarme hacia él. No dijo nada y yo tampoco lo hice, porque su toque parecía una nueva tregua con el destino que estaba dispuesto a aceptar.
Le abracé por los costados, busqué su boca. Sus brazos se deslizaron a mi espalda y sus manos hicieron movimientos circulares al mismo ritmo con el que sus labios tomaban los míos.
Pasé mis uñas suavemente por su columna y le sentí estremecerse. Mordí su labio inferior, mi lengua se coló en su boca. Su aroma embargando mi nariz y el roce de su cuerpo contra el mío no me permitieron notar, de principio, que me empujaba suavemente rumbo a la habitación.
Soltó una risita cuando tropezamos con el sillón, pero quedó asfixiada por la intensidad con que le besaba. Tomó mi cadera para guiarnos y pronto sentí el impacto en la parte trasera de mis rodillas.
Caí sobre el colchón, lo sentí sobre mí. Sus besos entonces se volvieron distintos, más voraces incluso que en nuestro encuentro antes de llegar al distrito. Apartó mis manos de su cuerpo tomándome por las muñecas, las colocó sobre mi cabeza y volvió a mi boca como si estuviera sediento de ella.
La bruma que me envolvió hasta ese momento pareció desvanecerse. Él no dejaba de sostener mis manos y me sentí inquieto. Memorias no deseadas luchaban por abrirse paso y tuve que gritar en mi cabeza que Naruto nunca haría nada parecido. Temí apartarme y temí no hacerlo, mis manos se formaron puños.
Entonces, justo cuando empezaba a fallarme la respiración, se detuvo.
Pareció salir de un trance, porque la mirada que me dirigió era de disculpa. Besó mis pómulos y acarició mis muñecas antes de acercarlas por su cuenta a su cuerpo.
No las colocó en su pecho, una de ellas fue a su cuello, al sitio donde la placa de metal le congelaba la piel, y la otra en la parte más baja de su espalda. Se inclinó hacia mí de nuevo y sus labios rozaron mi lóbulo. Me estremecí.
— Tócame.
Aquel susurro pareció aligerarme. Sentí mi cuerpo relajarse casi de inmediato, para posteriormente ser invadido por una leve ansiedad, ese pedido mudo de mi cuerpo de hacer caso a sus palabras.
Nuestras miradas se conectaron un largo rato hasta que, como si nunca antes lo hubiera hecho, mis manos comenzaron a moverse. Sus ojos se entrecerraron, una pequeña sonrisa adornó sus labios. Sus manos entonces se deslizaron por mis brazos hasta instalarse en mis costados. Sentí su calidez contra mi piel.
— Naruto… — Sólo quería decir su nombre, y de alguna manera él lo sabía. Sonrió al tiempo que nuestros labios se unieron de nuevo en una suave caricia. Cerré mis ojos. La bruma volvió con tal fuerza que pareció instalarse en mi piel, en cada parte de mí que era mínimamente invadida por su cuerpo contra el mío.
En algún momento se enderezó, hasta quedar sentado sobre mis piernas. Me instó a hacer lo mismo y sus brazos rodearon mi espalda de inmediato, sus dedos se aferraron a mi camisay su boca bajó de mis labios hasta mi mentón, se deslizó suavemente hacia abajo hasta llegar a mi cuello.
No pasó mucho para que sintiera su lengua cerca de mi yugular, que dejaba su rastro y su calidez y que perforaba mi piel como pequeñas agujas. Mi piel ardía y quise acariciarlo también. Fue cuando me di cuenta de lo mucho que estorbaban nuestras ropas.
Pareció percatarse de lo mismo cuando quiso bajar a mi clavícula. Al ser impedido por la tela, volvió sobre sus pasos. Llegó a mi boca al mismo tiempo que sus manos tomaban mi camisa por mis costados.
— ¿Puedo…? — Casi quise gritarle que no tenía que preguntar, pero en vez de ello dejé que mi lengua recorriera su mejilla, que mis manos se encargaran de cursar el mismo camino para desabotonar su camisa.
Un botón a la vez, la prenda desapareció de mi torso tan rápido que no lo noté. Ahora su rostro bajó a mi clavícula de inmediato y sus dedos pudieron aferrarse libremente a mi espalda. Mi respiración, pesada, golpeaba contra su hombro. Le sentí encajar sus uñas.
Necesitaba tocarlo. Los dígitos de mi mano izquierda llegaron a su torso mientras la derecha continuaba su tarea. Su piel, más cálida que la mía, se erizó cuando toqué tentativamente uno de sus pectorales, luego me moví hacia su estómago.
Un jadeo me sorprendió al salir de mi boca cuando sentí sus dientes encajarse en mi cuello. Alzó la vista, divertido, y descubrí que el azul de sus ojos había desaparecido, sustituido por ese tono marrón que recordaba amablemente que él no era como los demás.
Me gustaba, me enloquecía ese color y el tacto de sus uñas, sus besos en mi cuello; sentir la piel de su torso, rozar sus pezones suavemente y ver cómo se estremecía sobre mí, tratando de no jadear mientras continuaba marcando mi cuello, succionando, presionando suavemente con su lengua.
El último botón quedó suelto y de forma brusca me deshice de su camisa. Una de mis manos abandonó su pecho para sostener su espalda, al tiempo que giraba mi cuerpo y le hacía caer sobre el colchón.
No dijo nada, pero me dedicó una media sonrisa entre besos. Mordió mi labio inferior, sentí sus piernas abrirse para atrapar las mías, que antes estuvieron apoyadas a los lados de su cuerpo. Esa cercanía, esta vez esperada, nos permitió sentir el verdadero calor del otro, lo que me causó un ligero estremecimiento a causa de la excitación y corresponder a ese tentativo roce de su entrepierna.
¿En qué momento empezó? No tenía idea. Cuando me di cuenta parecía incapaz de controlar mis movimientos. Nuestras pelvis se frotaban, las caricias se intensificaban y nuestros labios parecían desesperados por no separarse, como si fuera a ocurrir algo malo si lo hacían, como si gracias al otro se nos fuera la vida en un suspiro.
¿Qué nos detuvo aquella vez? Tal vez una respuesta era el miedo, otra la falta de experiencia, que estuvimos por perder el tren y que aquel lugar distaba mucho de ser lo suficientemente privado para ello. Ahora, parecía que esas barreras habían desaparecido, y si alguna parte de mi miedo estaba aún por allí, yo no podía verla.
Estaba perdido, entre los brazos de Naruto, en sus besos, en la calidez que emanaba su piel, que invadía la mía y la reclamaba para sí.
Los pantalones estorbaban, necesitábamos más. Me separé apenas lo suficiente para que él se encargara de desabrochar los suyos y que yo pudiera sacarlos no sin antes acariciar sus muslos con libertad, ligero descaro, sin soltar sus labios, sin dejar de aferrarme a su piel con una de mis manos.
Su lengua dentro de mi boca y el tirón de sus dedos en mi propio pantalón. El jadeo, sus uñas crecidas contra mi columna, aquella expresión en su rostro que sólo hacía que mi interior se removiera más inquieto cada vez.
Mis pantalones cayeron a un lado de la cama con un golpe sordo, mis caderas arremetieron contra él y un nuevo nivel de excitación recorrió mi cuerpo entero. La tela delgada de nuestros boxers era ahora lo único que nos impedía aquel contacto y se sentía extraño desearlo con tanta fuerza, aunque sus ojos me decían que todo estaba bien.
Sus manos sujetaron mi cadera, marcaron un ritmo cada vez más rápido. Cada roce era delicioso y pronto mi voz fue incontrolable. Los gemidos de ambos morían en la boca del contrario, en la piel que buscábamos morder, lamer, besar, incapaces ya de mantener la voz a raya, porque no había un verdadero motivo para hacerlo.
Pero fue muy pronto que ese roce se volvió insuficiente.
Su voz entrecortada murmuró algo contra mis labios. Una de sus manos bajó entre nosotros, acarició mi vientre bajo y sujetó mi miembro sobre la ropa. La sorpresa y el placer acudieron a mí al mismo tiempo, pero el segundo superó por mucho.
Gemí contra su oreja, él besó la mía en respuesta.
— Sasuke… — Sus dedos se movieron suavemente contra mi entrepierna, luego volvieron arriba, hasta el borde de mis boxers. En su mirada había una petición clara y algo parecido a una disculpa, como si creyera que aquello me atormentaba al mismo tiempo que encendía cada parte de mí.
Lo besé al tiempo que una de mis manos alcanzaba la suya. La tomé y guié sus dedos hacia abajo mientras arrastraban la tela consigo. La humedad de nuestros boxers comenzaba a ser incómoda cuando podía no haber impedimento entre nosotros.
— Sólo… — Mi cabeza trataba de hilar ideas, de formar una respuesta coherente a su petición, pero no podía —… Joder… Sólo…
Mordió mi labio, las palabras se ahogaron en mi garganta. Sentí sus manos bajar por mi trasero para apartar la prenda. Las mías trataron de hacer algo similar, aunque no podía evitar un ligero temblor en ellas debido a la expectación.
Cuando nuestros miembros finalmente se rozaron, algo hizo corto en mi cabeza. Fue como un mareo vertiginoso del que sólo escapaba por su mirada sobre la mía. Preocupada, muy excitada, una mezcla extravagante que me arrancó una sonrisa.
Le quería tanto…
Por un momento, nos detuvo la vergüenza. Yo había visto antes a muchos hombres desnudos, pero las circunstancias habían sido muy diferentes y siempre matizadas de miedo y asco. En cambio, en ese momento, aquella vista provocó algo muy distinto en mí, algo que me secó la garganta e hizo que el color subiera a mis mejillas.
Su mirada quedó fija un momento en aquella zona, con los ojos ligeramente abiertos, mas luego me sonrió, seguramente al notar mi expresión cautelosa, y sus manos se movieron a mi trasero para continuar con la fricción que enloquecía a ambos. No tuve oportunidad de pensar en nada.
Mi miembro palpitaba contra el suyo, entre nuestros cuerpos no había ya ni un mísero centímetro que nos separara. Sus besos y su calidez, el tacto de su piel y los sonidos que provenían de su boca parecieron convertirse en una neblina que nos rodeaba, que me rodeaba…
Y de pronto, todo era Naruto.
Sentí sus piernas alzarse a mis costados, presionar suavemente mis costillas. Mordía su cuello cuando sus manos viajaron a mis hombros y me aferraron a él, cuando volvió a susurrar en mi oído.
—… Quiero sentirte.
Tal vez no habría entendido el mensaje si no hubiera sido acompañado de la presión de sus muslos en mi cintura. Tal vez me habría sorprendido si mi cerebro no se hubiera apagado desde tanto tiempo antes, y probablemente habría detenido todo si para ese momento no fuera ya incapaz de contenerme más.
Me obligué a serenarme. Le miré fijamente, apartándome un poco de él pero con nuestros rostros casi juntos.
— ¿Estás seguro?
— Lo estoy — No esperó para responder. Se aferró con más fuerza a mis hombros, besó mi mejilla y enterró su rostro en mi cuello. Le sentí respirar con fuerza.
Entendí que me estaba entregando su cuerpo, su intimidad. Lo hacía sin vacilar, como si supiera de antemano que cuidaría de él, que no era un desastre de persona que apenas podía consigo mismo.
¿Cómo puedes ser así, Naruto?
Me moví un poco más, luego me separé de su rostro para enderezarme y acariciar sus muslos, desde sus glúteos hasta sus rodillas, enterrando mis uñas y bebiendo de la imagen que su cuerpo en esa postura me otorgaba.
Me enloqueces, ¿lo sabes?
— No sé cómo…
— ¿Importa? — Me interrumpió. Sus mejillas enrojecieron, los cabellos se pegaban a su frente debido al sudor — Estás empapado… Debería ser suficiente.
— No lo es — Aseguré, me acerqué a él y uní nuestros labios de nueva cuenta —, pero creo que puedo encargarme de ello.
Me observó un momento, confundido, pero al final asintió. Suspiré largamente, debatiéndome entre la excitación y el bochorno, y moví mis manos a mi miembro, sin apartar mis ojos de los suyos. Tomé un poco del líquido que escurría por él con mis dedos, y cuando decidí que era suficiente, mi mano se movió, despacio, a su entrada.
Volví a inclinarme hacia su rostro y lo besé con intensidad, al tiempo que uno de mis dedos se adentraba en él. Sentí su estremecimiento cuando aquello ocurrió, pero hizo lo posible por disimularlo y me correspondió con ímpetu, como si ahogara su vergüenza en mi boca. Yo mismo me sentía extraño, como un invasor, pero al parecer el deseo de ambos era suficiente para aplacar hasta la sensación más incómoda.
No pensé más en ello cuando coló su lengua entre mis labios. Continué mi tarea, sin prisas y pausando de vez en cuando, sabiendo mejor que él lo que pasaría si no hacía eso correctamente.
Poco después metí otro de mis dedos. Un gemido escapó de lo más profundo de su garganta. Una de sus manos se apartó de mi costado para sujetar mi miembro. Pronto encontramos un ritmo, mis dedos dentro de él y los suyos acariciando mi extensión. No encontré al Naruto de siempre en aquella acción y seguramente ni siquiera yo era el mismo, pero en algún momento eso dejó de importar.
Sólo pensaba en perderme en él.
— Nar… — Tenía que decirle que se detuviera, o de lo contrario me correría allí mismo, pero si antes mis ideas aparecían en desorden en mi cabeza, ahora todo se difuminaba para centrarme en sentir aquellas caricias en mi miembro. Abrí mis dedos dentro de él, mordí su lengua, acaricié su muslo y suspiré contra su mejilla.
Estoy atrapado.
Su voz me llegó como un susurro, repetía lo mismo que varios minutos atrás. Verlo directamente se sentía ahora como caer en un enorme pozo azul: un vértigo mínimo, irracional, que repetiría las veces necesarias con tal de estar así de nuevo. Quería tanto de él como fuera posible.
Mis dedos salieron de su interior con un sonido obsceno, su mano se separó de mi miembro. Había tanto en su mirada que sería imposible explicarlo todo, pero la expectación y el deseo hacían una deliciosa mezcla que avivó el fuego que me consumía, que quería consumirlo a él también.
Me tienes atrapado.
Alzó su cadera, sus piernas me apretaron con fuerza. Aquella invasión distó mucho de la primera. Si antes sentía el placer ascender con forma de pequeñas olas, esta vez debí sostenerme de sus piernas y cerrar los ojos al impactar con fuerza contra las rocas de la orilla.
Me consumes.
Una de sus manos se aferró a las sábanas, la otra a mi costado. Sostuve su cadera, moví la mía. Un ritmo lento al principio que me hizo olvidar mi nombre, que me hizo olvidar el suyo cuando sus gemidos llegaron a mis oídos, cuando nos envolvimos mutuamente con nuestra respiración entrecortada.
Por favor…
De un movimiento brusco subí una de sus piernas a mi hombro, para llegar lo más profundo posible, que me absorbiera por completo.
Se estremecía en mis brazos, sus ojos hacían un esfuerzo por no perderme de vista. Sus manos aferradas a mis hombros me arañaban con fuerza. Dolía y no dolía, no quería que se detuviera.
Nunca le había dado importancia a la cabecera de la cama hasta que debí sostenerme de ella. Mis caderas parecían moverse por cuenta propia y mi visión comenzaba a nublarse. El placer parecía estar en cada parte, el calor me envolvía y sentía no estar dentro de mi propia piel.
Más rápido, más fuerte, quería escucharle gemir más alto, gritar. Porque esta vez no era yo quien tenía que ocultar sus gritos, no era yo el que tenía que enterrar su rostro en el suelo mugriento y fingir no estar en mi cuerpo. No era yo quien debía aguantar sus lágrimas, ni morder mi lengua hasta hacerla sangrar para tratar de ignorar ese otro dolor.
No era yo…
Cuando entendí lo que pensaba, estaba muy cerca de terminar. El tirón en mi vientre bajo, curiosamente, vino acompañado de lágrimas.
Él también las tenía.
— ¡Lo siento! — Porque mis caderas seguían moviéndose, yo ya no podía hacer nada. Más fuerte, más… — ¡Lo siento, Naruto!
Me incliné hacia él, sus brazos me envolvieron de inmediato. Sus piernas volvieron a mis costados y escuché su respiración agitada cerca de mi oreja.
— L-lo… Lo siento… — Mi voz tembló, mi cuerpo entero lo hizo. Lo repetí muchas veces, hasta que el sonido se perdió en la bruma del orgasmo.
Todo se desdibujó, no entendía nada. Lo único que me mantenía en la realidad era su voz a la lejanía, que me respondía. Que me decía que lo sabía, que sabía que lo sentía. Que ya no lo dijera más…
Encontré sus labios.
Y me perdí.
Cuando regresé a la realidad, mi cuerpo estaba entumecido, apenas sosteniéndose lo suficiente para no recargar mi peso en él.
Mi rostro hundido en su cuello, mis brazos en sus costados.
Mis rodillas temblaban, su respiración también lo hacía. Sentí humedad entre nuestros vientres y agradecí en mi mente que él también terminara, a pesar de lo mucho que me perdí en mí mismo.
Percibí su movimiento, una de sus manos apartó mi rostro de su escondite.
Nuestras miradas se encontraron, pero la suya tenía un brillo distinto. Su rostro perlado en sudor tenía una expresión que se debatía entre la expectación y la duda. Luego de un momento, sus labios temblaron al separarse. Su otra mano se quedó a medio camino para llegar a su cuello, anticipándose al dolor.
Al dolor…
En cuanto lo entendí, uní nuestros labios. Sabía lo que quería decir, pero no necesitaba escucharlo.
— Lo sé — Dije al separarme, lo susurré contra sus labios —. Lo sé… Yo también.
OoOoOoO
Naruto.
Me despertó el olor. Tenue, casi invisible. Seguramente lo habría ignorado si su presencia no representara tantos problemas.
Se me aceleró el corazón antes de despertar completamente. Dejé de respirar a propósito, intentando escuchar…
En el balcón…
Voltee a ver a Sasuke. Mi brazo rodeaba sus hombros y una de sus manos descansaba en mi pecho. Parecía lo suficientemente agotado como para no notar su presencia, ya que su sueño no se alteró en ningún momento.
Era mejor así. Él no quería que Sasuke se diera cuenta.
Con sumo cuidado y una paciencia que no me conocía, me separé de Sasuke. Cada movimiento con la cadera para impulsarme representó un infierno que tuve que ahogar mordiéndome el labio. Si la situación fuera distinta, en ese momento acariciaría su cabello pensando en todo lo que acababa de pasar, pero para mi desgracia había algo más apremiante.
En la penumbra me coloqué mis pantalones, tratando de ignorar la molesta sensación de humedad entre mis piernas dela que me haría cargo después. El dolor tampoco ayudaba, pero conseguí caminar derecho para cuando abrí la puerta que conducía a la terraza.
Cerré con delicadeza. Lo encaré.
— Menma.
El frío viento nocturno sacudió su cabello, más largo de lo habitual. Su sonrisa se ocultaba por momentos, pero sus ojos no. Estaba recargado en el soporte del otro lado del balcón, con las piernas cruzadas de forma despreocupada, como si no lo hubiera perseguido por meses, como si no pudiera dispararle allí mismo.
Aunque, realmente, eso último no estaba muy alejado de la realidad. Me regañé en mi interior por no haber llevado un arma conmigo.
La irá bulló con fuerza en mi interior. Las memorias de nuestro último encuentro se arremolinaron en mi cabeza e hicieron que doliera. Aun si no tenía una maldita arma, mis uñas eran lo suficientemente afiladas para rasgarle el cuello.
Lo haría, podía asegurarlo. Por su culpa estuve a punto de perder a la persona más importante para mí, pero antes necesitaba saber…
— ¿Qué haces aquí? — Mi volumen de voz no debía ser mucho más alto que un susurro para no despertar a quien estaba dentro. Menma parpadeó un par de veces, como si su cabeza hubiera estado en otro lado momentos antes, y bajó su mirada a mis pantalones.
— Hasta aquí apesta al Uchiha. Realmente, no quería enterarme de esta forma que habías perdido la virginidad.
Mis uñas crecieron, sabía que mis ojos habían cambiado de color. Si le atacaba en ese momento era muy probable que las cosas no terminaran bien, pero debía dejar en claro la amenaza.
— ¿Qué es lo que viniste a buscar? Porque si no es otra cosa que conseguir un lindo y bien merecido adorno en tu cuello, no me interesa.
Cerró los ojos y movió la cabeza de un lado a otro, como decepcionado. Chasqueó la lengua un par de veces antes de observarme de nueva cuenta.
— Te has vuelto muy grosero, nii-san.
— Tú no eres nada mío — Respondí —, puedo hablarte como se me dé la gana.
— Ya me quedó claro — Contestó rodando los ojos. Separó sus manos del barandal para cruzar los brazos.
Me tomé un momento para verlo: las mismas ropas negras, las mismas botas, si acaso la sombra bajo sus ojos era más pronunciada. ¿Ya lo estaría debilitando aquel suero? Pero me obligué a no pensar en ello. Ya no importaba.
— Sin embargo, deberías agradecerme, no he venido a joderte, sino a advertirte.
Mi corazón se saltó un latido. Por un momento, el sonido de la ciudad se apagó en mis oídos.
— ¿De qué estás hablando?
— Siempre tan impaciente — Volvió a negar con la cabeza. Sabía que lo hacía para molestarme y que debía resistir por el bien de Sasuke, pero era muy difícil con tanto cinismo presente.
— Habla.
Esta vez su sonrisa se ensanchó hasta enseñar los dientes. El odio crecía dentro de mí cada segundo que pasaba sin una respuesta, cada maldito segundo que dedicó a pasear la mirada por todo el lugar, provocándome.
— Sólo quería decirte que deberías tener más cuidado con las personas que te rodean — En su voz, parecía algo muy trivial, el pronóstico del tiempo, una noticia en La Red que no ocupaba la primera página —. O, siendo más específico, con aquel en quien has depositado toda tu confianza.
Su mirada bajó de nuevo a mis pantalones. Sonrió burlonamente.
— Y que también ha depositado algo en ti.
Fui silencioso, pero él fue más rápido. Cuando llegué a su lado del balcón con mis garras en alto, él ya estaba del otro lado, subido en el barandal, a punto de saltar a la nada.
— Vigila a Sasuke, y toma esto como una advertencia amistosa. Él no quiere que el juego sea tan disparejo, ¿sabes?
Cuando abrí la boca para responderle, él ya había desaparecido. Me asomé, pero no había dejado rastro. Su aroma no tardó en difuminarse con el viento. En unos segundos, parecía que nunca estuvo allí.
Lo único que delataba su presencia era la sensación de que alguien oprimía mi pecho, de ese miedo ciego que invadió mi piel, embotó mis oídos, me dejó sin habla.
"Vigila a Sasuke"
¿Por qué?
Alguien murmuró mi nombre dentro de la habitación.
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Continuará.
Hola :D
Iba a tardar un poco más en actualizar, pero lo consideré injusto dado que el capítulo es especialmente corto. Así estaba planeado, espero haya sido de su agrado.
La siguiente actualización no tardará, estoy casi segura. Ya casi termina mi semestre, ¡esperen por mí!
¿Algún comentario místico del capítulo?
