(*) Editado el 2 de noviembre de 2015
25. Follar no va de amor
«Everytime we lie awake, after every hit we take. Every feeling that I get but I haven't missed you yet. Every room-mate kept awake by every silent scream we make. All the feelings that I get but I still don't miss you yet.
Only when I stop to think about it.
I hate everything about you. Why do I love you?».
I hate everything about you, Three Days Grace
Los primeros en salir habían sido Crabbe y Goyle. El segundo había cogido de los hombros al primero en señal de camaradería mientras decía «esta noche vamos a triunfar, tío». Crabbe gruñó y se deshizo del abrazo con un gesto seco y un «no seas marica» que descolocó a Goyle. No tenía del todo claro qué pretendía con esa actitud. Suponía que no quería ser descubierto pero, aun así, el hecho de alejar al objeto de sus esperpénticas fantasías no parecía el mejor modo de conseguir follárselo. O lo que quisiera hacer con él, algo en lo que prefería no pensar demasiado.
Nunca fui homofóbico. Llegó un punto, cuando rondaba los dieciséis años, en el que el sexo de los demás me resultó tan indiferente como el resto de las cosas. Empecé entonces a creer en eso que me diría Zabini más adelante: «da igual con quién te acuestes, Theodore, si cierras los ojos y te concentras en la sensación, te correrás igual. Follar no va de amor, va de dominar a otro. Sea el que sea». Sin embargo, visualizar a Goyle sodomizando a Crabbe —suponía que esa sería la distribución— me ponía la piel de gallina. Me excitan las cosas frágiles, las que tienen aspecto de romperse si tiras demasiado de ellas. Podía encontrar esa delicadeza en la utopía en la que vivía Lisa, en los complejos de Greengrass o en la delgada y menuda figura de Parkinson. Incluso Zabini la tenía situada en la goma con la que se ataba la careta de bufón.
Crabbe y Goyle eran demasiado grandes y brutales como para considerarlos frágiles. Y demasiado simples.
Después de ellos, tras repetir unas doscientas veces que «la noche iba a ser una mierda», salió Draco Malfoy con su túnica de gala negra. Zabini bromeó con el hecho, diciendo que mi pésimo sentido de la moda había afectado al policromatismo del rubio.
—En realidad va así para no hacerle caso a Parkinson —respondí. Estaba tirado en la cama mientras el moreno se abrochaba los zapatos.
Aún no me había puesto la túnica de gala encima de los pantalones y la camisa. Ni siquiera me había peinado. Malfoy insistió mientras se engominaba el pelo en que debería hacer lo mismo si tenía intención, al menos, de ver a mi pareja de baile. Me recordó a todos esos espejos que repetían que me cortara el flequillo.
—¿Por todo eso de que debían combinar? —Asentí—. En cierto modo tiene sentido, Pansy llevará un vestido rosa y me cuesta imaginar cómo le sentaría ese color a la virilidad de nuestro amigo.
—Tiene más que ver con que ya se siente patético por haberle pedido ir al baile y no quiere ceder más. —Ante las cejas arqueadas de mi interlocutor añadí—: No me lo ha dicho, pero es obvio. Por mucho que dé el coñazo con sus «voy con ella para joder a Zabini pero pienso ignorarla durante toda la noche».
El chico se arregló los puños de la túnica y dijo con aire fingidamente distraído:
—Pansy no iba a ir conmigo de todas formas.
—Tu falta de confianza en ti mismo es patética. E inesperada.
Sonrió de medio lado, divertido.
—¿De qué hablas? No iba a ir conmigo porque planeamos lo que sucedió. Le dije que si cuando le pidiera ir con ella al baile aceptaba, aparecería Malfoy para intervenir. Era un hecho que no pensaba ir solo mientras yo fuera acompañado. Puede que aquel rumor que alguien infinitamente atractivo extendió por la sala común tuviera algo que ver con sus infructuosos intentos de conseguir pareja.
—¿Qué rumor?
—Mononucleosis. Muy contagiosa en determinadas circunstancias y efectiva para mis propósitos. Lo de las ladillas me parecía demasiado rebuscado. Aunque tengo entendido que la hermana pequeña de Daphne se estuvo paseando a su alrededor por si a él le daba por invitarla. Puede que no supiera en qué consistía la desagradable enfermedad ficticia.
Rodé los ojos.
—De todos modos Malfoy no iba a ir con una niña de doce años. Aunque creo que tampoco se lo pidió a ninguna otra. —Me encogí de hombros cuando Zabini me miró interrogante. El patrón de conducta del rubio no me resultaba especialmente complicado—. Estaría esperando a que se lo pidieran a él. En su egocéntrica cabeza no entra que los demás no se desvivan por su atención. Lo cual nos lleva al asunto de no querer ceder más: fue él el que tuvo que ir hasta Parkinson y no al revés, como siempre. Lo cual es probable que derive en que ella acabe esta noche llorando. —Sonreí, pasándome los brazos tras la cabeza.
Zabini se aproximó hasta mi cama y apoyó el hombro contra el dosel.
—¿Te refieres a que la ignorará? —No parecía dudar del hecho con la pregunta, sino más bien pedir mi opinión. Lo estudié, atento a los cambios que pudieran producirse en su expresión, y no encontré nada de interés. Parecía calmado y burlón, como siempre—. ¿Por qué crees que quiere ir con ella hasta el Gran Comedor y luego pasar?
—¿Pasar? —Solté una risa floja y fría—. Irá más allá, estoy convencido de que intentará ligar con otra delante de Parkinson. Es muy sencillo —expliqué, ya que él seguía expectante—: Va con ella porque sabe que ella quiere ir con él. Se lo exigió porque la idea de que la persona que siempre lo idolatra fuera con otro le resultaba inconcebible. Sin embargo, tendrá que demostrarle después que él nunca quiso que fueran juntos.
El moreno soltó un suspiro entre la sonrisa y negó con la cabeza.
—Como siempre que interfieren los sentimientos, no entiendes nada. Te empeñas en analizar con lógica cosas que son de por sí ilógicas. —Mientras me decía eso, rebuscaba algo dentro de su túnica. Sacó una cajita plateada de unos quince centímetros de largo y jugueteó con ella entre los dedos—. Es posible que lo que piensas sea cierto, pero es la piel que engloba algo mucho más caótico y complicado.
Lo miré con altanería, ofendido porque me creyera incapaz de comprender algo. Aunque en el fondo últimamente había sentido que tenía razón. Había un sinfín de cosas que se me escapaban, cosas absurdas: como las acciones de Lisa o de Greengrass, que no parecían responder a ningún razonamiento coherente. Y las mías, que trataba de explicar por activa y por pasiva sin ningún resultado, motivo por el cual me desesperaba y me cabreaba cada vez más.
—Entonces —intervine, tratando de ocultar mi molestia—, ¿insinúas que Malfoy no ignorará a Parkinson esta noche?
Zabini se sentó en el borde de mi cama, con la caja aún en las manos. Seguí con los ojos el camino que hizo su comisura al ascender por su mejilla. Parecía que le costara hacer ese recorrido, como si fuera un trayecto cada vez más empinado.
—Oh, seguro que lo hará. Pero aunque su razonamiento se base en el «Pansy no me gusta» estará motivado por otra cosa. Algo que él no quiere ver y que no entra en tus análisis matemáticos de la psicología humana.
Arqueé una ceja.
—Estás diciendo que a Malfoy le gusta Parkinson.
Seguía incrédulo, estaba convencido de que la actitud del Slytherin era la respuesta natural a una forma de ser. Algo analizable y predecible, como los movimientos lineales de una torre sobre un tablero de ajedrez. Todo se basaba en la causa y el efecto.
Zabini chasqueó la lengua con apatía.
—En absoluto. Estoy diciendo que él trata de convencer al mundo de que no le gusta y que intenta actuar como tal. Estoy diciendo que eso es lo único en lo que te fijas tú, lo que analizas para comprender su comportamiento. Y, sobre todo, estoy dándote a entender que tienes la misma capacidad que el calamar gigante para darte cuenta de los sentimientos de las personas. Hasta Gregory, tío obtuso donde los haya, lo pillaría antes que tú.
—Eso es ridículo —increpé, menos convencido de lo que me gustaría—. ¿Qué tienes en esa caja?
Ladeó la cabeza hacia mí y me miró con esos ojos que hacían promesas que más valía que no se cumplieran. Zabini era como aquel niño cabrón que le revelaba al resto de críos que Santa Claus no existe, pero en vez de hacer como Malfoy, que lo gritaba a viva voz para joder, enredaba hasta lograr que fueran esos chicos los que le suplicaran una verdad que no querían saber.
—Un secreto. —Acarició el susurro con la lengua mientras se recostaba en la cama, dejando las piernas colgadas, y apoyando su cabeza sobre mis muslos—. ¿Lo quieres?
¿Quieres que te diga lo que no quieres saber?
—¿Quiero pagarlo? —respondí, divertido.
—Oh, esa no es la pregunta. Por supuesto que no quieres pagarlo. —Levantó un poco más la caja plateada. La tenue luz de la habitación brilló sobre su cubierta, tentándome—. La pregunta es: ¿vas a hacerlo? Ya sabes el precio. Un secreto vale un secreto.
La curiosidad no fue la que mató al gato. El gato sigue vivo, encerrado en una mazmorra y rodeado de serpientes que guardan con celo todos los enigmas que ha desvelado.
Me incorporé, provocando que él tuviera que levantarse también, y nos sentamos con las piernas cruzadas el uno frente al otro, evaluándonos.
—¿Qué quieres a cambio?
Él hizo un gesto con la mano, como si no fuera nada importante.
—Nimiedades, ya lo sabes. Quiero la respuesta a dos preguntas.
Era un trato peligroso. Lo que había en esa caja podía ser una estupidez, pero algo me decía que merecería la pena. Zabini no negociaría de ese modo de no ser así; no porque no quisiera engañarme, sino porque eso supondría que no volvería a dejarme estafar por él en el futuro.
Me encogí de hombros en señal de aceptación. Al fin y al cabo para eso estaban los secretos, ¿no?, para vendérselos al mejor postor. Ya le había contado lo de mi madre y la única cosa de la que no estaba dispuesto a hablarle era lo sucedido a principios de ese curso con el Monstruo.
—¿Cuáles son las preguntas?
—Mira que eres desconfiado, me ofendes —se burló—. Ya te lo he dicho, son chorradas. Sobre Daphne y Lisa.
Fruncí la boca, sopesando mis posibilidades. Era más ridículo de lo que pensaba, sí, pero no serían respuestas fáciles de conceder. No porque me costara hablar de ello, sino porque no estaba seguro de saber la contestación.
La caja seguía brillando, así que mi aburrimiento decidió por mí:
—Trato hecho. —Extendí la mano en su dirección—. Dámela.
—Vas a necesitar la varita —me advirtió cuando la examiné con cuidado.
Al abrirla, su secreto me hizo arquear una ceja. Mi adolescencia tiró de mis labios para arriba y mis quince años me instaron a ponerme uno de aquellos cigarros en la boca y observar mi reflejo en la límpida superficie de la caja.
El corazón me retumbaba en el pecho, emocionado ante la imagen. Empecé a fumar porque me pareció divertido, la máxima expresión de una madurez que no tenía. Seguí haciéndolo años después porque fui consciente de que era dañino y, por encima de todo, trágico: inhalar un veneno que te iba pudriendo por dentro sin que te dieras cuenta, un veneno que te llamaba a gritos cuando te planteabas dejarlo de lado.
—Le sienta muy bien a tu depresiva personalidad —comentó Zabini.
—¿Cómo los has conseguido? —Estaba seguro de que aquella pitillera era de plata. No parecía probable que el moreno hubiera comprado diez cigarros y se la hubieran regalado para que los llevara más cómodamente.
—Estaban abandonados en la sala común, pidiéndome que los cogiera con sus vocecillas tristes. —Soltó una risita ante mi mueca recelosa—. Es cierto. Abandonados en el bolsillo de la túnica de una de sexto. Esa una de sexto estaba sentada al lado de su túnica, pero le hacía muy poco caso. Qué zorra.
Olí uno de los cigarrillos y pude identificar su contenido. Sabía que había muchos tipos de plantas posibles para destrozarse los pulmones, además de métodos para hacerlo. Había visto a alumnos en la sala común fumando en torno a una cachimba tabaco mezclado con alcohol o con esquejes de Tentácula Venenosa; había visto a miembros estirados del Ministerio pegados a pipas talladas con mimo, como si eso escondiera la bochornosa adicción a las raíces de Belladona que hacía que las llevaran colgadas de los labios; y luego estaban los que preferían los cigarrillos, liados a mano con ese fino papel amarillento. Era más trabajoso y artesanal, pero sentaba considerablemente mejor siendo joven: más individual y transportable que una cachimba, menos sobrio y aburrido que una pipa.
El problema era obtener el material. Algunos de ellos, como los capullos de Lazo del Diablo de los cigarrillos que tenía entre mis manos, eran ilegales y solo podían conseguirse en las oscuras calles del Callejón Knockturn, o bien cultivarse por cuenta propia. Deduje que en Hogwarts se obtendrían de los Invernaderos superiores y caí en la cuenta de que quizá era eso lo que intercambiaban los Slytherin con los Hufflepuff.
—Hay que prenderlo para que funcione, Theodore. Y quizá sea mejor usar una varita y no el poder de tu mente para conseguirlo —me apremió Zabini. Lo miré de refilón y comprobé que también parecía ansioso y emocionado—. ¿Quieres que lo haga yo?
Alcé ambas cejas.
—Oh, sí. Ilumíname.
Se puso el cigarro entre los labios y sacó la varita. En teoría tenía que ser simple: un sencillo encantamiento de fuego. Sin embargo tendría que ser muy flojo o de lo contrario la llamarada podría abrasarle la cara. Dudó unos segundos, pero finalmente se encogió de hombros y murmuró:
—Igual se me chamuscan las cejas. Bueno, tampoco es como si las necesitara.
Lamentablemente consiguió que le saliera bien. Una pena, habría sido muy cómico ver su cabeza en llamas. Chupó un poco el filtro y una nube de humo muy oscuro se le escapó entre la sonrisa. Olía de manera extraña, una mezcla entre el acre y el éter, con una sutil base floral.
—No te lo has tragado —censuré cuando le dio otra calada.
—¿El cigarro? Ya, prefiero fumármelo antes que comérmelo. Llámame rarito.
Puse los ojos en blanco.
—El humo. —Me miró dubitativo, así que se lo expliqué—: Cuando le des una calada, inspira como si fueras a coger mucho aire y luego suéltalo cuando espires. Como si respiraras.
Me hizo caso y observé con atención cada una de sus reacciones. Había visto las caras de muchas personas que fumaban. Algunas parecían relajadas, otras ansiosas y otras idas. Dependía de la sustancia, o eso suponía yo. Quería saber antes de arriesgarme yo mismo qué provocaría el Lazo del Diablo en los pulmones.
Tos. Zabini se puso a toser como un loco y a punto estuvo de tirar el cigarro en pleno ataque. Se lo arrebaté de entre las manos por miedo a que incendiara la cama con él y miré despectivo cómo seguía ahogándose. Tenía que haber hecho algo mal, pensé. Nadie tosía cuando fumaba.
Le di yo una calada. Una demasiado larga para alguien que no lo ha hecho nunca antes. Fue espantoso, evidentemente. Me pregunté, con lágrimas en los ojos y a punto de tener arcadas por el arranque de tos, por qué la gente seguía fumando si la primera vez a todos nos pasaba eso. A nadie podía gustarle notar cómo los pulmones se inundaban con ese humo tóxico, cómo este parecía sustituir al oxígeno y llenarlo a uno por dentro, desde el pecho hasta la cabeza.
Y cuando minutos después —más calmados pero aún paladeando el asqueroso sabor que nos había dejado el humo en la lengua— nos miramos y sonreímos, asintiendo con la cabeza dispuestos a volverlo a intentar, lo supe. Era como el alcohol, fuerte y abrasivo, algo que seguíamos bebiendo y forzándonos para que nos gustara. Porque era lo que hacían otros, porque nos sentíamos superiores con una copa en la mano, porque nos hacía olvidar las cosas que cuando estábamos sobrios nos martilleaban en la cabeza, porque nos daba pie a hacer las que nos costaba incluso reconocer que deseábamos.
Porque queríamos follarnos al mundo y vomitar y exhalar sobre él todo lo que no nos interesaba.
Ahora pienso ¿qué más daba? No tendríamos que habernos preocupado —aunque nunca lo hiciéramos— por las drogas y el alcohol. No íbamos a morir de cáncer, cirrosis o alguna otra enfermedad destinada a los que pensaban pasar de los treinta años. Eso requería más tiempo del que nos habían concedido.
Estoy convencido de que todos vamos a morir esta noche, de un modo u otro.
Es una de las cosas buenas de la guerra: borra el pasado y el futuro; te libera de todo su peso.
—Me da vueltas la cabeza —murmuró Zabini entre risitas, tiempo después.
Le habíamos pillado el truco a eso de fumar. O, al menos, habíamos dejado de tener arcadas y los arranques de tos eran más soportables. Claro que seguía siendo asqueroso.
—A mí me pesa el cuerpo.
Hizo una mueca de desagrado cuando se pasó la lengua por los labios. Tiró el cigarro en un vaso con agua que había sobre la mesilla y apretó mucho los párpados antes de volver a abrirlos y mirarme. Tenía las pupilas dilatadas y daba la impresión de que le costaba enfocarme casi tanto como me costaba a mí enfocarlo a él.
—Pero no se me ha olvidado nuestro trato. ¿Preparado para responder a mis preguntas?
—No.
—Perfecto. —Se frotó las manos, listo para la diversión—. Empezamos por la fácil. ¿Qué sientes por Lisa?
Solo tuve que pensarlo unos segundos.
—Nada, en realidad.
—¿Cómo te atreves a mentirme? —se ofendió de broma. Por su manera de mirarme supe que intuía que había más.
Y lo había. No era yo el que sentía algo por Lisa Turpin, era el Monstruo. ¿Cómo explicarle eso a Zabini? Quizá si mi cerebro y mis pulmones no estuvieran llenos de ese humo venenoso se me hubiera ocurrido un modo de salir de la situación. Quizá habría insistido en que no había nada. Pero en ese momento me daba igual; mi habitual reserva estaba tan entumecida como mis músculos.
—Es como tú y tu máscara. Más o menos. —Me froté el pelo de la nuca, cabreado. En realidad no tenía nada que ver—. Tú eres lo que hay debajo de ella, yo soy lo que ves aquí. —No le mentí porque en ese momento creí que esa enorme falacia era un hecho—. A mí Lisa me la suda. Es más, me cabrea. Pero cuando estoy con ella mi… máscara quiere joderla.
Zabini frunció el ceño, muy concentrado. También sorprendido porque hubiera accedido a explicarle cómo me sentía. Mi confesión tenía mucho más valor que aquellos cigarrillos, pero además de estar embotado a causa de ellos noté que me ayudaba poner todo aquel caos en palabras. Sacarlo fuera para que resultara más sencillo analizarlo.
—¿Joderla como tirártela?
—No. Bueno, no me importaría. Pero no, joderla como hacer que sufra.
—¿Y joderla le hace sentir bien a tu máscara o a ti? —Se estaba esforzando por comprenderlo y me descubrí agradeciéndoselo en silencio. No sonreía, tampoco bromeaba. Se había quitado la careta en deferencia a la conversación y me enseñaba como pago por mi sinceridad un poco de él mismo.
Malfoy me demostró su amistad a puñetazos. Zabini me la compró con secretos.
—A mi máscara, supongo. —Al fin y al cabo era el Monstruo el que me susurraba al oído que me acercara a ella, que la besara, que le dijera que el mundo era un lugar espantoso. Era Él el que se removía complacido cuando Lisa lloraba, ansiaba o me abría su alma para que la ensuciara.
Zabini, de piernas cruzadas frente a mí, apoyó los codos sobre sus muslos y las mejillas sobre sus palmas.
—Ya veo. ¿Y qué pasa con Daphne?
Greengrass. Greengrass era mucho más complicada. ¿Era yo el que quería estar con ella por propia voluntad, el que decidía qué hacer o qué no hacer?
—No lo sé —me sinceré, dejando caer la frente sobre la mano, abatido.
—¿Estás con ella por ti o por tu máscara? —me ayudó.
—Por mí.
—¿Y tu máscara qué opina de eso?
—No estoy seguro. —No lo había planteado de esa manera nunca. El Monstruo no solía salir de las profundidades de mi cama cuando estaba con ella, de hecho a veces parecía como si no existiera—. Supongo que nada. No tengo máscara cuando estoy con ella. —Lo miré entre el flequillo y vi cómo su sonrisa se abría paso. Lo había entendido mal, seguramente lo estuviera aplicando a su propia situación. Especifiqué—: Con Greengrass la máscara se funde en mi cara.
—¿Cómo? —Parecía descolocado—. Según lo que has dicho antes de Turpin, entiendo que tu careta es… fea. Fea que te cagas. No te gusta, ¿no? —Negué con la cabeza—. ¿Y dices que con Daphne la careta de los horrores forma parte de ti?
Me incorporé, sorprendido, y asentí despacio. Eso era. Era exactamente de esa manera. Cuando estaba con Greengrass, no es que el Monstruo se callara y desapareciera, es que no importaba que existiera.
—Pero ¿no has dicho que eres tú el que quiere estar con ella? —Exhaló aire lentamente, sopesando las posibilidades que eso ofrecía—. Está claro que a Daphne quieres joderla en el sentido más divertido de la palabra, vale, pero ¿también te gusta eso de que sufra?
—Sí, también. A veces.
Algo intentaba conectar en mi cabeza. Dos piezas que no podían unirse aún porque todavía faltaba algo. Pero casi podía distinguir la forma de esas dos piezas.
—Quizá te gusta que sufra porque la máscara se funde. —Se mordió el labio inferior unos segundos y dijo después—: Vale, pongámoslo así: a tu máscara le pone cachonda putear a los demás. —Arqueé una ceja. Tenía sentido, de momento. Aunque no tuviera nada que ver con la excitación sexual—. ¿Es lo mismo para ti joder a Lisa que a Daphne?
—No. Con Lisa es solo eso. Es más desagradable. Más fuerte.
Dio una palmada en el aire, animado.
—Exacto. Porque con ella solo está la máscara. Pero con Daphne además estás tú. La máscara se funde contigo, así que aparece eso de intentar que la vida le vaya mal, pero más débil, porque esa idea de destrozarla pasa de ella a ti a través de… como de un filtro. —Se besó las palmas de las manos y se las puso en las mejillas—. Soy un genio. Esto debería sumar puntos para la nota final de alguna asignatura.
—¿Un filtro? —pregunté, más para mí mismo que para él.
—Sí, sí. —Posó un dedo sobre sus labios—. Vale, mira: piensa en ti y en tu máscara como en dos personas diferentes. —Sonreí ante la comparación. No necesitaba imaginar demasiado, para mí era exactamente de esa forma—. Cuando estás con la Ravenclaw, está solo el… ¿Cómo llamas a tu máscara?
Ensanché aún más la sonrisa y, por la cara que puso Zabini, supe que el resultado del gesto no era agradable.
—Monstruo.
—Vaya, qué nombre más bonito. Bien, ¿por dónde iba? Ah, sí. Con Lisa, solo está el señor Monstruo. Tú no. Así que todo lo que hace y dice es más fuerte porque lo hace directamente él. Cuando estás con Daphne, estáis los dos. Pero eres tú el que habla con ella, señor Monstruo se limita a susurrarte algunas respuestas al oído. —No pude evitarlo y solté una carcajada. No era estrictamente así, ya que los susurros aparecían cuando querían, pero comprendía la metáfora—. Tío, que esto es serio —me regañó, riéndose también pero animado porque tuviera sentido—. Lo que te ha dicho al oído se lo sueltas tú a Daphne, pero ha pasado del señor Monstruo a ti. ¡El filtro! Por eso es más débil.
Y ahí estaban las dos piezas, perfectamente delineadas. Aún faltaba lo que las unía, saber qué era el Monstruo y qué relación tenía conmigo, pero haber aclarado lo anterior me relajó. Me apoyé contra el cabecero, satisfecho, mientras Zabini se ponía en pie y hablaba de sus múltiples parejas para el Baile y todas las posibilidades que su elección le ofrecería.
Cuando se despidió, dispuesto a irse, se me ocurrió preguntarle una cosa.
—¿Cómo se llama tu máscara?
Me miró de soslayo, como si fuera obvio.
—Blaise Zabini.
—¿Y lo que hay debajo?
Vi cómo la piel de sus mejillas se arrugaba y supe que estaba sonriendo.
—Gilipollas —murmuró antes de salir por la puerta.
Unas horas después aún seguía en esa habitación.
Me había puesto la túnica y me la había quitado infinidad de veces. Me levantaba de la cama, abría el baúl, me la pasaba por la cabeza, caminaba hacia la puerta y, justo antes de tocar el pomo, me la arrancaba de un tirón y volvía al principio.
Quería ir. Bajaría, Lisa me estaría esperando, me pasearía con ella por delante de Greengrass para demostrarle que no me importaba lo que hiciera y regresaría al dormitorio. Regresaría y, estando tumbado, me daría cuenta de que sí que me importaba lo que hiciera la Slytherin. Entonces me cabrearía ella y conmigo mismo, y la noche sería aún más patética de lo que hubiera sido si directamente me quedara encerrado.
Pero si lo hacía, si no acudía, ella habría ganado.
Abrochándome por enésima vez la túnica, de pie en frente de mi cama, me dije:
—¿No ha ganado de todas formas al obligarme a hacer algo que no quiero? Nunca quise ir. Solo quiero que ella no quiera que vaya, y hacerlo. —Apreté los puños hasta que los nudillos perdieron el poco color que tenían y escupí con la mandíbula tensa—: Esto es ridículo. Todo es jodidamente ridículo.
Con un grito frustrado, me saqué la prenda y la tiré a un lado. Seguí gruñendo, con esa algarabía de emociones quemándome por dentro, y le di una patada con todas mis fuerzas a la mesilla, que se tambaleó peligrosamente.
Me dejé caer en el suelo, apoyando la espalda sobre los cajones, y traté de respirar hondo para aliviar el temblor que me recorría los nervios. Agarré de un borde la túnica y me la quedé mirando sin verla.
Imaginé a Greengrass, que ya no era Greengrass, sino Daphne. Su apellido, su familia, no importaban. Era su nombre el que escondía toda su putrefacción, el que iba unido a todo lo que brillaba en sus ojos verdes. Era Daphne lo que me abrasaba y me encolerizaba, lo que quería lejos y cerca. Era el nombre que le di a mi enfermedad.
La imaginé bailando con su novio, ridículamente perfecta, mirándome aunque no estuviera en el Gran Comedor. Sonriéndome. Como si supiera todo lo que sentía mejor que yo mismo. Porque así era. Ella siempre sabía.
Cogí otro de los cigarros y lo dejé colgado entre mis labios mientras acariciaba la varita. Apunté con ella a la túnica y pronuncié el hechizo. Fue con una esquina de la tela ardiendo con la que encendí el pitillo y deseé que el fuego lo abrasara todo. Esa noche. Esa humillación.
Pero al igual que la toxicidad de la sustancia que me fumaba se abría paso en mi interior, el humo de la prenda y de todo lo que esta representaba se me colaba en la nariz. Era asqueroso.
Era el Monstruo y al mismo tiempo era yo. Era Daphne.
Se abrió la puerta y la doceava campanada se fundió con el crujido de los goznes. Sabía a quién pertenecía ese silencio aunque no mirara. Lo sabía porque todo explosionó y se volvió negro, porque el corazón comenzó a latirme de manera descontrolada y furiosa. Porque dejé de ser Theodore Nott y pasé a ser un todo que solamente ella entendía.
Se detuvo tras dar dos pasos y supe que me estaría observando de manera inexpresiva.
La miré entre el flequillo, sin decir nada y al mismo tiempo diciéndolo todo. Estaba tal y como la había imaginado: ridículamente perfecta. El vestido, el maquillaje, el peinado. Y ninguna de esas cosas importaba en lo más mínimo.
Me sentí desnudo bajo el escrutinio de aquellos ojos, consciente al fin del verdadero significado de su «yo sé quién eres, Theodore». No era solamente que entendiera que me gustaba ser más listo que los demás, que sufría cuando recordaba a mi madre, que disfrutaba aunque fingiera lo contrario cuando hacía gilipolleces con Malfoy o con Zabini.
No. Era que sabía que bajo una cama, en el fondo de mi alma y flotando entre pesadillas, había un Monstruo.
Se acercó un poco más. A ambos, a él y a mí. Después de meses sin dirigirme la palabra, ahí estaba. Como si esas semanas nunca hubieran existido. No iba a hablar de ello de manera convencional, de eso estaba seguro. No habría explicaciones o disculpas, tampoco un «te he echado de menos». Pero quizá sí cupiera un «he deseado que sufrieras tanto o más que yo».
—Te ha dolido, ¿verdad? Que desapareciera. Que dejaras de importar. Sabías que yo había seguido adelante y has acabado dándote cuenta de que tú no podías hacerlo. Te has sentido abandonado. Tú, que siempre creíste que querías estar solo. ¿Sabes, Theodore, qué es lo que te impedía avanzar?
No había rabia o mofa en su voz. Las palabras salieron en forma de arrullo helado. Me enfureció que diera la impresión de que estaba por encima de mí, de que era ella la persona fría, la que comprendía y analizaba mis reacciones en vez de ser al contrario.
Tiré la varita a un lado y en un arrebato agarré la parte de la túnica que aún seguía en llamas y la apreté con el puño. Tensé la mandíbula por el dolor y respiré hondo. Si me enfocaba en eso todo parecía más sencillo: estaba molesto por el daño. Era algo simple y lógico. Fácil. Acción, reacción.
—No lo entiendes —continuó, dando otro paso—. Tú, que siempre entiendes todo, por primera vez estás por debajo de los demás. De un montón de gente a la que consideras inferior, que comprende a la perfección que hay cosas que no hay que comprender.
¿Qué me había impedido avanzar? ¿Por qué no había ido a ese baile para seguir adelante? Daphne. Ella había ganado, yo había perdido. Acabé siendo el ratón descomponiéndose en el interior de una serpiente más letal y venenosa de lo que había imaginado.
Apagué el cigarro sobre la túnica y recosté la cabeza contra la mesilla, mirando al techo.
—Has ganado la partida de nuevo. —Las palabras salieron moribundas, apuñaladas por todo ese ardor que me carcomía. Apenas audibles, pero no por ello menos sentidas. Me notaba deshecho, como si toda esa rabia me hubiera agotado.
—Te equivocas otra vez. —Se acercó hasta llegar a mi altura y se sentó frente a mí, permitiendo que siguiera rehuyéndole mirando hacia arriba—. Ambos hemos perdido. Sé que estar juntos es lo peor que podríamos hacernos a nosotros mismos. Y, pese a todo, estamos aquí. Tú, cansado de ignorar la verdad, y yo, cansada de intentar correr en sentido contrario.
—¿Por qué estás aquí, Daphne?
—Por el mismo motivo por el que estás tú. —Cogió una de las manos que tenía apoyadas sobre los muslos y acarició el dorso con un dedo. Yo me dejé hacer, mientras sus palabras iban poniéndole nombre a todos los síntomas que englobaban la enfermedad que ella era—. Porque si no estás en mi presente me ahogo en el pasado, porque aunque me tape los oídos sigo escuchando tu silencio, porque prefiero el sufrimiento que me das al vacío que queda cuando te has ido. Y porque quiero que tú lo entiendas igual que lo hago yo, para no ser la única que se desprecia a sí misma.
Posó sus palmas sobre mis mejillas y me bajó la cara para que la mirara.
—Dímelo —susurró. Empecé a agobiarme y apreté mucho los dientes para evitar que todo aquello saliera a la superficie. Me negaba. Una cosa era saber que era patético y que estaba descontrolado, otra muy diferente era confirmárselo a ella. Las comisuras de sus labios se alzaron cuando me clavó las uñas y siguió insistiendo—: Hazlo. Dime que te está destrozando. Que te quema. Que lo odias y que amas ese odio. Dime que ya sabes que yo lo sé.
—Para… —exigí, tirándome del pelo e intentando mirar hacia otro lado.
—Hoy pudiste haberte ido con la Ravenclaw —siguió, implacable—. ¿Y dónde está? Quizá aún te espere, Theodore. Sin embargo te has quedado aquí. Has dejado a esa ridícula chica plantada porque no te importa. ¿Creías que me jodería si ibas con ella? —Aunque me estuviera destrozando la piel con esas uñas largas, esa vez el dolor no me evadía. Me estaba volviendo loco. Y ella lo estaba disfrutando—. Hubieras podido hacerlo. Pero has perdido tu oportunidad. Ya sé que, sea lo que sea, hoy te ha dado igual. —Se aproximó a mi cara y su aliento me heló los labios—: Estás aquí, conmigo. Como ayer. Como mañana.
—Para de una puta vez…
Soltó una risita que se coló entre mi boca abierta e hizo que todo mi interior vibrara peligrosamente. Como una nota demasiado aguda que estaba a punto de quebrar un cristal.
—¿Por qué no me echas, Theodore? —susurró cuando se sentó a horcajadas sobre mí—. ¿Por qué no me dices que me vaya? —Se encajó sobre mi cuerpo, como un gato, y siguió riéndose. El cristal comenzó a resquebrajarse cuando mi mano se posó en su mejilla. La acaricié con los dedos trémulos y los fui bajando poco a poco hasta su clavícula mientras ella continuó—: Si eres capaz de decirlo, lo haré. Me iré.
Se rompió. El vidrio estalló en mil pedazos y todo lo que había contenido a duras penas salió a la superficie a borbotones.
Con un gruñido rasgándome la garganta, agarré a Daphne por el cuello y la estampé contra el suelo, poniéndome de rodillas sobre ella. La chica emitió un chillido ahogado que llegó a mis oídos en forma de melodía. Un precio razonable por todo lo que me había hecho pasar.
Aspiré hondo. Todo olía a violencia, a caos, a odio, a necesidad, a ansia. A Daphne.
Y sonreí de medio lado, pletórico de toda esa aberración. Notaba que fluía a través de mi cuerpo y llenaba toda la habitación, asfixiándome, pero aún así no desaparecía de mi interior. Algo seguía fabricando esas sensaciones demasiado deprisa y sin ningún control.
Sin aflojar la presión de mis dedos, me pegué contra ella y apoyé mi frente en la suya para susurrar con la voz rota:
—Te odio.
Abrió mucho los ojos, que empezaban a lagrimear por el dolor. Entonces, sin que lo entendiera, sonrió.
Yo sé la cara que tenía. Últimamente la pongo muy a menudo. Es la mueca que esbozo justo antes de asesinar a alguien, horas después de haberlo torturado y de haberme deleitado con su agonía. Solo una comisura elevada, con la lengua recorriendo el labio superior y los ojos muy abiertos, ansiosos. La respiración agitada, dispuesta a tragarse el último aliento de la víctima.
Y pese a ello sus comisuras se alzaron lentamente, como si estuviera paladeando mi declaración. Como si le hubiera dicho que era la chica más guapa del mundo, que siempre estaría a su lado.
Como si le hubiera dicho que la quería.
—Te odio —siseé, apretando más los dedos en torno a su cuello. Le mordí el labio inferior, intentando arrancar sin éxito su sonrisa. Sin borrar la mía—. Te odio tanto que me ahogo. Quiero destrozarte. Quiero abrirte en canal —puse la otra mano sobre su estómago y la subí lentamente hasta su pecho—, sacarte de dentro todo lo que provoca que esté así. —Ella me cogió la mano que había en torno a su cuello y entrelazó nuestros dedos, llevándosela por encima de su cabeza—. No lo soporto. —Abrió las piernas y se inclinó hacia mí, gimiéndome en el oído—. Me supera.
Antes de besarme, me dijo que ella también me odiaba. O que me quería, no estoy seguro. Para Daphne y para mí siempre fue lo mismo. Al fin y al cabo, ¿qué es amar? El amor de los demás es una respuesta bioquímica con fecha de caducidad. El nuestro era enfermizo, obsesivo y repugnante.
Y aunque yo estuve seguro durante mucho tiempo de que aquello era únicamente odio, de que era espantoso e inhumano, ahora sé que eso era mi manera de querer. Necesidad de poseer y destruir. No había mariposas en el estómago, no veía todos sus defectos como virtudes, no quería hacerle el amor. En mi estómago había veneno, sus defectos me perforaban las retinas y quería follármela.
Nunca fue bonito porque nunca pudo serlo. Con Daphne el Monstruo se fusionaba conmigo. Ella nos besaba a los dos, nos tocaba a los dos, se le confesaba a los dos. Y los dos fundimos todo lo que tuvimos y quisimos intoxicarla con ello.
—Theodore…
Gruñí sobre la curva de su cuello. Dejé de lamerlo y apoyé la frente sobre él cuando su mano, que se había colado dentro de mi camisa para acariciarme el estómago, comenzó a juguetear con el dobladillo del pantalón. Demasiado sutilmente, torturándome.
Quería que me agarrara la polla. O que se quitara la ropa. O que me la quitara a mí. O que hiciera todo al mismo tiempo. El resultado era el mismo: sexo.
No había otra opción posible. Aunque yo fuera virgen, sabía cómo íbamos a acabar.
Ya había imaginado esa primera vez, mi mano derecha estaba como testigo. Lo que no sabía, porque aún tenía quince años, era que algo tan simple y tan mecánico, tan instintivo y tan apremiante, siempre empezaba yendo a trompicones.
—¿Hm?
No vi su cara cuando lo dijo, pero por la posición en la que estaba pude escuchar perfectamente el retumbar de su corazón. A pesar de que la voz sonó cristalina y sin titubeos, casi fría.
—¿Tienes condones?
«¿Que si tengo qué…?». Parpadeé y me incorporé de golpe, sujetándome sobre las manos que puse a ambos lados de sus hombros. Que Daphne estuviera mirando a un punto indeterminado situado cerca de mi oreja izquierda no ayudó a que dejara de tener calor. Muchísimo calor para estar en el mes de diciembre.
¿Lo más trágico de todo? No se debía únicamente a la excitación que despertaba una promesa que ya había dado por hecho. Sino más bien al cúmulo de nudos que parecían haberse formado por todos lados: en el estómago, en el pecho, en la garganta, en el cerebro…
Estaba nervioso. Más nervioso de lo que había estado nunca. Y me ponía aún más histérico que ella se diera cuenta. Suena ridículo, lo sé. Hacía unos segundos había deseado hacerlo. Sabía que iba a hacerlo. Había llegado incluso más lejos con ella, encerrados en un baño del Expreso de Hogwarts.
Pero en ese momento tuve miedo. Un miedo atroz a no saber. Me sentí delante de un tablero de ajedrez armado únicamente con un peón, en frente de un enorme ejército de piezas que miraban con superioridad.
Daphne se cruzó de brazos debajo de mí y carraspeó para apremiar mi respuesta.
—Eh… —Maldije interiormente por tener que tragar saliva antes de continuar—: No, no tengo.
La Slytherin me dirigió una mirada completamente indignada que no terminaba de cuajar con el tono encendido de sus mejillas.
—¿Cómo es posible que no tengas condones con quince años?
—No es como si hubiera planeado esto, ¿sabes? —escupí, mosqueado. ¿Por qué estaba yendo todo de esa manera? ¿Por qué no sucedía tal y como cuando cerraba los ojos y me hacía una paja?
—Oh, ¿no planeabas follar nunca?
Me alejé de ella y me senté, apoyándome en los brazos y recostándome para atrás. Arqueé una ceja en vez de fruncir el ceño, que era lo que realmente quería hacer.
—Por supuesto que sí, pero no esta noche. ¿Y por qué debería tener condones yo? ¿No eres tú la que tiene novio? —Me mordí con fuerza la cara interna de las mejillas para evitar seguir diciendo cosas que me pusieran en ridículo.
Daphne se sentó también y se volvió a cruzar de brazos.
—¡Son los chicos los que tienen que ocuparse de eso, estúpido! —Respiró hondo y pareció tranquilizarse cuando dijo—: Bueno, Blaise o Draco seguro que tienen. Ve a mirar en sus mesillas.
Mascullé algo que quería que sonara como «está bien» —era mejor que «no pienso rebuscar entre las cosas de esos dos»—. Mientras abría el primer cajón de la mesilla de Malfoy y sentía los ojos de Daphne, que se había sentado en mi cama, clavados en la nuca, pensé en que ella tenía razón. En cierto modo, nunca me había planteado que tuviera que tener condones, lo cual era absurdo si nos atenemos a que llevaba un año con intención de follar. Incluso cuando estuve a punto de hacerlo con Parkinson no se me pasó por la cabeza el detalle y, en realidad, ella tampoco mencionó nada. ¿Sería porque estaba borracha? ¿Porque lo estaba yo? Lo de la morena no lo tenía claro, pero lo cierto es que a mí me era bastante indiferente. Quiero decir, no me apetecía dejar embarazada a ninguna chica, pero eso era en lo que menos pensaba en esos momentos.
Rodé los ojos mientras revolvía entre el caótico montón de revistas porno de Malfoy. Algo me decía que aunque Daphne hubiera estado borracha se habría preocupado por eso. Al fin y al cabo, por muy zorra que fuera, se parecía bastante a mí en cuanto a las manías: todo tenía que hacerse correctamente. Tan correctamente como ella estipulara, por supuesto.
—Joder —rezongué cuando empecé a tirar las revistas por encima de mi hombro. Vi por el rabillo del ojo cómo la Slytherin cogía una de ellas y volvía a sentarse en la cama, hojeándola con expresión serena.
—Tienen las tetas enormes. No parecen naturales —comentó. Hice caso omiso y descubrí al fondo de todo aquel desorden una pequeña caja rectangular—. ¿A ti también te gustan este tipo de chicas?
Giré la cabeza hacia ella, sin creerme que estuviera preguntándome tal estupidez en ese momento. Daphne tenía los labios fruncidos y los párpados caídos mientras escrutaba atentamente una de las fotografías en movimiento. Era como si en vez de una mujer desnuda tuviera delante a un engendro producto de una noche de pasión entre el guardabosque y McGonagall.
—Están buenas —respondí, encogiéndome de hombros y sin darle importancia. Agité la caja—. Los he encontrado.
—Son completamente vulgares. Y espantosas, todas ellas. Qué falta de criterio tenéis los hombres, por Salazar. Bueno —añadió, cuando volví a agitar la caja—, pues coge uno y ven a la cama.
Con el paso de los años comprendí infinidad de cosas, pero la mentalidad femenina no fue una de ellas. No sé qué les pasaba a todas con el porno: Parkinson se ponía a gritar y a hacer aspavientos con los brazos mientras nos llamaba cerdos, Daphne intentaba hacernos sentir culpables y repetía que todas esas mujeres eran feísimas. Lisa, por otro lado, tartamudeaba cosas absurdas como «b-bueno, su-supongo que tendrás una serie de… necesidades… N-no hay que avergonzarse y…» poniéndose roja y mirándose las manos.
Negué con la cabeza y me senté a su lado: no me apetecía entrar en un debate eterno sobre los motivos por los cuales estaba tan asqueada por algo completamente normal. Abrí la caja y saqué el último condón que había, resguardado en ese cuadrado de plástico prensado. No tenía muy claro qué debía hacer con ello. Estábamos aún completamente vestidos y en silencio; además, después de que me cortara de esa manera tan abrupta ya no estaba empalmado.
Dejé el condón en la mesilla y tamborileé con los dedos sobre las rodillas, como si estuviera esperando algo. Yo también quería follar, quiero decir, estoy convencido de que en esa habitación era el que más deseaba hacerlo, sin embargo ¿no había sido ella la que lo había propuesto indirectamente? «Bueno, pues que haga algo», pensé, «por su culpa esto es ridículo».
Si hubiera estado borracho nada de eso habría importado. Todo era más sencillo con alcohol de por medio. Con él circulando por mi riego sanguíneo estaba seguro de que en ese momento le estaría arrancando de un tirón la ropa en vez de estar pensando en carraspear y comentarle que a qué cojones esperaba para hacer lo que fuera.
La miré de reojo, entre el flequillo, y me envaré al verla de piernas cruzadas y con la boca fruncida, aparentemente muy enfadada.
—Bueno, ¿y bien? —me dijo, taconeando impacientemente contra el suelo.
Arqueé una ceja, ¿a qué venía esa actitud? Sin dejar de mirarla con indiferencia comencé a desabrocharme la camisa. Cuando terminé y la tiré al suelo, ella se levantó y se quedó de pie frente a mí, entre mis rodillas. No entendía qué pretendía dándome la espalda hasta que se apartó el pelo y dijo:
—¿Piensas bajarme la cremallera de una vez?
Sin levantarme, aproximé la mano al cierre y comencé a bajarlo a trompicones. No sé si el irregular descenso era debido al propio vestido o a los temblores de mis dedos, pero si ella se dio cuenta, no dijo ni una palabra. Es más, cuando la cremallera llegó hasta su tope, dejando al descubierto un par de centímetros de sus bragas, se mantuvo estática.
La prenda permanecía en su sitio porque Daphne tenía los brazos cruzados sobre el pecho, así que tiré de ella para que cayera a sus pies. Toda esa piel blanca, que sabía por otras experiencias que era jodidamente suave, provocó que volviera a ponerme cachondo. La había visto completamente desnuda el año anterior, pero aun así tenía la acuciante necesidad de que se diera la vuelta para poder ver más. Verlo todo. Tocarlo todo.
Con más indecisión de la que me gustaría, la sujeté trémulamente por las caderas y la senté entre mis piernas.
—Theodore…
Era un murmullo demasiado débil como para que proviniera de alguien como ella. No sabía por qué parecía tan indecisa, al fin y al cabo ese era su terreno, ¿no? Aunque solo tuviera quince años, ella siempre había sido la que llevaba las riendas, la que se acercaba para calentarme y se reía de ello. Lo había hecho estando sobria y sin estarlo. Con gente delante y sin ella. ¿Por qué entonces parecía todo distinto?
Tenía la cabeza gacha y el pelo aún sujeto delante del cuerpo, por lo que pude observar las marcas que le había hecho antes en el cuello. No sé por qué la situación me recordó a la vez que durmió conmigo durante el primer curso, agarrada a la parte de atrás de mi camisa como si temiera caer al vacío si se soltaba.
—Qué pasa.
Dudó, pero acabó diciendo:
—No he hecho esto antes.
¿Así que era eso? ¿Estaba así porque era virgen? ¿No se había acostado con ese chico con el que llevaba cerca de cinco meses saliendo? No tenía claro qué sentía al respecto. Por un lado no quería ser el único sin experiencia, por otro que ella ya supiera qué hacer habría facilitado las cosas.
—Ah. —Como siguió en silencio acabé añadiendo—: Pensaba que ya habías follado con Bletchley.
—Pues no.
Tenía apoyadas mis manos sobre las piernas, muy cerca de la piel de sus muslos pero sin rozarlos.
—Ya. Bueno. Yo tampoco lo he hecho antes.
Se desabrochó el sujetador, sin girarse ni un centímetro, y se lo quitó muy despacio. Sus manos también temblaban.
—Cuando lo hagamos tú… —Volvió a cruzar los brazos sobre el pecho, como si tuviera frío—. ¿Me seguirás odiando?
Había algo más, aunque hoy en día se me antoje tan tonto que provoca que me ría cuando lo recuerdo. Supongo que esa parte de mí que se alegró de ser el primero era un inicio de la posesividad que posteriormente desarrollaría. Aún era un prototipo y tenía fallos, aún no entendía que no era lo mismo mancillar el cuerpo que mancillar el alma; solo sé que me regocijaba pensando que yo le quitaría esa primera vez, tal y como ella me había quitado muchas otras.
Mis labios rozaron la piel de su nuca cuando susurré:
—Por supuesto.
Me cogió de las muñecas y me colocó abrazándola al tiempo que pegaba la espalda a mi pecho. Cuando giró la cara para mirarme, volvía a ser ella. Toda vanidad y confianza en sí misma. Me incliné para besarla y ambos sonreímos con malicia mientras degustábamos todos esos defectos que se mezclaban con saliva.
Cuando la tumbé en la cama y me incliné sobre ella ya no había duda o vergüenza en sus ojos. La risa que emitió, que tintineó como si hubiera pronunciado la palabra siempre, quedó grabada en mi memoria junto al resto de imágenes en las que ella era la protagonista. La primera chica que me habló, el primer insulto, el primer halago, el primer beso.
La primera, siempre la primera.
La besé con más fuerza mientras trataba de desabrocharme a ciegas el pantalón. Habría sido más elegante haberme desecho de él, ya no digamos quitarme los zapatos, pero no pensaba en ninguna de esas cosas cuando lo bajé un poco junto a la goma de los calzoncillos, lo suficiente como para sacarme la polla.
No pensé en nada, de nuevo. Y ella sí.
—Ponte el condón —susurró, agitada, cuando le bajaba las bragas con prisa.
Estas quedaron a medio camino entre su cintura y las rodillas y yo me incorporé, gruñendo de nuevo y pensando que era una pesada. Cogí de mala gana el sobre de plástico de la mesilla y lo abrí con los dientes de un tirón. Cuando saqué el objeto gomoso y lo sujeté entre los dedos, me pregunté para qué lado iría.
Ella me lo quitó y sopló por ambas caras, algo que debido a mi inexperiencia no entendía. Cuando volvió a tendérmelo dijo:
—Es así. Vamos, póntelo.
De reojo vi cómo se deshacía de las bragas y me observaba con impaciencia. De nuevo aparecieron los nervios, lo que volvió a enfurecerme. ¿Por qué tenía que mirarme de esa forma?
—Qué —espeté con voz seca.
—¿Piensas tardar mucho?
—Cállate —dije, mientras me la sujetaba con una mano y con la otra intentaba tirar del borde de la goma para abajo.
Daphne resopló y sostuvo la punta para que me fuera más fácil la tarea, lo cual me hacía sentir patético. Conseguí bajarlo y me jodió tener que tener eso en la polla. Era desagradable y apretaba.
—Ya está, vuélvete a tumbar.
Me hizo caso, pero me miró con desagrado cuando me puse encima de ella.
—¿No piensas desvestirte?
Ya era el colmo. ¿Qué cojones importaba que estuviera o no con los pantalones a medio bajar? Follar era follar, daba lo mismo cómo. Entonces no sabía que para las chicas, incluso para las que son como Daphne, su primera vez tiene más significado. Aunque de haberlo sabido me habría sido indiferente: no estaba ahí para cumplir las fantasías ñoñas de nadie.
—No.
Frunció los labios con reproche, pero la ignoré. Le aparté una pierna con el brazo y me coloqué en posición, con nuestras narices rozándose. Ninguno sonreía ya, pero tampoco apartamos la mirada. Lo cual dificultaba el hecho de que atinara, claro.
—¿Theodore?
Su aliento se me coló en la boca, que en ese momento formaba una mueca mezcla de concentración y cabreo.
—¡Qué!
—¿Qué haces? —No contesté, seguía moviendo la cadera en busca de la solución a mi problema logístico—. Oh, por Merlín, no me digas que no sabes dónde meterla.
—Cállate de una puta vez.
Cuando creí encontrar el punto, dejó de reírse de mí de golpe y empezó a chillar como una loca:
—¡¿Qué te crees que estás haciendo?! ¡No es ahí, estúpido! —Mierda. Me apoyé sobre una mano y traté de mirar abajo en busca de una pista. Lo único que encontré fue mi mano agarrada a la polla tanteando de manera bastante triste. Los tíos no idealizamos la pérdida de nuestra virginidad como las chicas, pero sí os puedo decir que al menos esperamos que el proceso de metérsela a quién sea lleve menos de cinco minutos—. Oh, por favor, déjame a mí.
Me la cogió y apoyé los brazos a ambos lados de su cabeza, sin fijarme demasiado en lo que estaba haciendo.
—¡Ay! ¡Mi pelo! ¡Me estás pillando el pelo! —volvió a gritar.
—¿Y qué se supone que quieres que haga? ¿Que flote? —salté con la voz áspera.
En ese momento ella se detuvo y con un mudo «ahí» me indicó el lugar correcto. Volví a sujetarla yo hasta que la encajé ligeramente. Me quedé inmóvil, no tenía ninguna gana de que volviera a perder el norte y hubiera que empezar de nuevo. Tras un último vistazo a la entrepierna de Daphne, apoyé la frente sobre la suya y me mordí el labio inferior antes del primer empujón.
Su gemido ahogado no se pareció en nada al mío. Mientras que yo sentí un cosquilleo increíble que provocó que cerrara los ojos y tomara aire, ella pareció agarrotarse entera y abrió los párpados exageradamente. Si me quedé quieto no fue por deferencia a su dolor, en realidad ni siquiera se me pasaba por la cabeza que pudiera estar sufriendo; fue porque aquello no entraba por mucho que siguiera dando pequeños empellones.
No sabía lo que había hecho Daphne para que no pudiera meterla del todo. Quizá ni siquiera fuera ella y tuviera que ver con que era virgen. Pero me cabreó. Yo quería más e iba a tener más. No había pasado por todo el coñazo de ponerme el condón para quedarme con la mitad de la polla experimentando un calor cojonudo y la otra mitad abandonada a su suerte.
Así que sin pensármelo dos veces le agarré una pierna para levantársela y empujé con fuerza. Nunca he sido considerado con las vírgenes, pero al menos en adelante tuve el decoro de advertirles con una sonrisa que iban a sufrir.
Daphne emitió un chillido horrible y me clavó las uñas en los hombros, impidiéndome cualquier movimiento.
—Para —exigió, con la mandíbula apretada.
Arqueé las cejas, tenía que estar de coña.
—¿Disculpa?
—Ni se te ocurra moverte.
—Me estás vacilando.
Su cara de odio me advirtió que era probable que estuviera hablando muy en serio.
—Duele —masculló.
—¿Y qué? —Rodé los ojos. Ella ya sabía que iba a dolerle, no era mi problema que no hubiera pensado en ello antes. No se movió, así que añadí de mala gana—: Se te pasará en un rato. Venga, no seas ridícula.
—¡No! —Sus rodillas se me clavaron en la cadera, para reforzar su manía por inmovilizarme y, a todas luces, joderme la vida.
Me reí con frialdad y susurré de manera peligrosa, con los ojos clavados en los suyos:
—No pienso quedarme a medias, Daphne.
—¿Perdona? —preguntó encolerizada. Entonces me empujó del pecho con todas sus fuerzas y el agradable calor que había sentido hacía un momento dio paso a una sensación de vacío espantosa.
Me quedé sentado en la cama, incrédulo, mientras ella se alejaba hacia el cabecero y se abrazaba las rodillas. Me miraba con un enfado inaudito. Ella, enfadada, cuando era yo el que seguía empalmado con un maldito condón cortándome la circulación.
Le di un golpe con todas mis fuerzas al dosel de la cama y me quité aquella asquerosa goma lo más rápido que pude. La arrojé al suelo, junto a todas las revistas porno de Malfoy que seguían ahí desperdigadas, y me puse en pie subiéndome los pantalones por el camino. No me molesté ni en coger la camisa cuando salí como un vendaval de la habitación, cerrando de un portazo y dejando a Daphne, junto a toda su indignación y todo su dolor, en el mismo sitio en el que me había fulminado con la mirada segundos antes.
Desde el primer momento os advertí que no os mentiría. Sin embargo, habría deseado hacerlo. Deciros que perdí la virginidad de manera brutal, que me corrí y que sentí el infierno durante el proceso. Ojalá hubiera podido tirar de mi habilidad de manipulación para haber convencido a Daphne de que teníamos que terminar, ojalá le hubiera susurrado medias verdades en vez de haberme enfadado como un crío estúpido.
Pero era un crío estúpido. Uno que caminaba cegado por la rabia, preguntándose si lo que había hecho significaba que ahora era medio virgen. Algo, teniendo en cuenta cómo había terminado todo, infinitamente peor que ser virgen a secas.
En las escaleras me crucé con un grupo de chicos que bajaban de los dormitorios de arriba. No me habría molestado ni en mirarlos si no hubiera escuchado esa patética voz grave dirigiéndose a mí:
—¿Qué haces, capullo?
Fantástico. Justo lo que faltaba, Miles Bletchley y sus amigos. Ignoré los «¡niñato, eh, niñato!» que me dirigió y seguí bajando. No debió captar por mi falta de respuesta que me apetecía una mierda hablar con él, porque me siguió hasta la sala común entre risotadas.
—¿Por qué estás medio desnudo? Eres aún más rarito de lo que pareces.
Me giré y lo vi al lado de un curioso Graham Urquhart. Curioso y con la ropa y el pelo demasiado revueltos. Eché un vistazo y vi que por las escaleras bajaban también Marcus Flint y Roger Montague, seguidos de seis o siete chicas que cuchicheaban y se reían. Parecían tremendamente borrachas, lo que ayudó a que me hiciera una idea de lo que había sucedido en el dormitorio de los de sexto.
—¿Intentas darle pena a alguna tía apareciendo así por la sala común? —siguió pinchando con una ancha sonrisa que pedía a gritos ser fundida a base de maldiciones—. No vas a conseguir nada, así que sigue matándote a pajas en tu habitación como el marginado que eres.
Lo sé. Tendría que haber dado media vuelta y haber seguido con mi camino, fuera cual fuera este. Sin embargo no lo hice, y me gustaría explicar el motivo, pero no puedo. Había dejado de entender por qué hacía lo que hacía o decía lo que decía. No entendía qué era lo que me guiaba y por una vez pensé que habría sido mejor que el Monstruo estuviera detrás de todo. Al menos me daba una excusa.
Pero no estaba o, si lo hacía, se mantuvo a un lado. Fui yo el que esbozó esa sonrisa de medio lado que empezó a treparme por una comisura. Reptó por la mejilla, como una serpiente. Sentí el veneno de esa sonrisa en la lengua cuando murmuré con calma:
—En realidad intentaba follarme a tu novia, pero es una histérica.
Se puso blanco antes de ponerse granate. Y durante el intervalo de tiempo Urquhart soltó una carcajada y los otros dos sonrieron antes de llevarse a las chicas a otra parte menos conflictiva. Su rabia quedó patente antes de que hablara cuando se le hinchó una vena en la sien.
—¡¿QUÉ COJONES CREES QUE DICES?!
Dio una zancada hasta mí, pero no me moví. Seguí observándolo con una divertida frialdad.
—¿No has echado nada en falta hoy? Habíais quedado, ¿verdad? Debió llegar a la conclusión de que había otras cosas que… —alargué la palabra a propósito mientras seguía acercándose— le interesaban más que tu dudosamente agradable compañía.
—Voy a matarte, gilipollas.
No sé si habría llegado a cumplir su amenaza, tampoco si Urquhart habría dejado de mirarnos desde una esquina con interés, pero cuando sus dedos se asieron a mi garganta y estuvieron a punto de levantarme del suelo, Crabbe y Goyle aparecieron por el hueco de la pared.
—¿Por qué mierda has tenido que volver a hablar con Bulstrode sobre las putas ratas?
—Joder, Vin, no seas coñazo… Oye, ¿ese no es Theodore?
—¿Por qué está con el pecho al aire?
Goyle no respondió, se acercó hacia donde Bletchley me intentaba asfixiar y con el ceño fruncido lo apartó de un empujón.
—¿Qué huevos haces, tío?
Me caí al suelo y Crabbe se acercó, quedándose parado a mi lado pero sin apartar la mirada del Slytherin de sexto curso, que se había aproximado a Goyle con el pecho hinchado. Como intimidarlo de esa forma no pareció amilanarlo, hizo algo que muchos chicos hacen para tratar de acojonar a su adversario: pegar la frente a la del otro y empujar. Nunca he entendido ese ritual de imitación del toro, si os soy sincero, me parece hasta cómico, sin embargo la testosterona siguió manando de ambas figuras hasta prácticamente solidificarse en el ambiente.
—No te metas en esto si no quieres recibir también —advirtió Bletchley.
Vi cómo Crabbe y Goyle apretaban los puños y la carcajada del último me sonó a sangre derramada y nudillos restallando contra incautos. Bletchley podía tener un par de años más, pero ellos eran dos y eran enormes.
Urquhart siguió mirando divertido mientras su compañero de curso recibía una paliza monumental. No pararon hasta que un crujido asqueroso alertó a Montague —se había quedado al margen con las chicas— de que alguno de ellos le había roto la nariz de un rodillazo en la cara.
—Va, va, dejadlo ya. Miles, ven conmigo a la habitación, a ver si te arreglo. —Se pasó un brazo del herido por los hombros y se lo llevó de allí murmurándole de vez en cuando que parecía retrasado mental y que no tenía por qué haberse cabreado conmigo después de la que habían montado ellos en su dormitorio.
Goyle se giró hacia mí con una enorme sonrisa, como si ahí no hubiera pasado nada, y me tendió una mano con la respiración agitada. Lo miré con la boca abierta pero aún así la acepté y me incorporé con su ayuda.
—Al final la noche ha acabado de puta madre, ¿eh, Vin? —El aludido se limpió las manos sobre la túnica y asintió—. Vamos a ponernos por allí para comentar la jugada. ¿Habéis escuchado cuando le he partido la nariz? Acojonante, tíos, acojonante. Tengo que escribir a mi viejo para contárselo.
Mientras lo iba diciendo, puso un brazo sobre mis hombros y me condujo hasta los sofás que había en frente de la chimenea. Me dejé guiar, un poco descolocado. Estar sentado junto a ambos, después de todo lo que había pasado esa noche, parecía la guinda que coronaba un pastel que sabía muy raro. De esos que paladeas un buen rato porque no tienes claro si te gustan o te dan asco.
Ya colocados, la situación se me antojó aún más surrealista. Crabbe y Goyle me miraban expectantes, en especial el segundo. Como si sintieran que era yo el que tenía que hablar. Parecía que era el único al que todo aquello le parecía disparatado.
—Bueno, tío, ¿qué ha pasado? —preguntó finalmente Goyle, rascándose la cabeza como si estuviera confuso.
No necesitaba muchos motivos para partirle la cara a alguien, sin embargo luego intentaba buscar respuestas a sus actos. Era ridículo.
Tan ridículo como que hubiera apartado a Bletchley sin habérselo pensado dos veces y se hubiera enzarzado en una pelea que ni le iba ni le venía. Supuse que se debía a lo que disfrutaba cada vez que se liaba a puñetazos con alguien. Me equivoqué, pero aún no es el momento de hablar de Goyle.
—Me preguntó que qué hacía y la respuesta no pareció hacerle gracia.
—¿Qué le dijiste que habías hecho? —inquirió Crabbe bostezando de manera exagerada mientras se tumbaba y me miraba con pereza; no porque le aburriera la perspectiva de escucharme, sencillamente estaba relajado.
—Intentar follarme a su novia.
A pesar de haberlo suspirado con apatía, Goyle se empezó a carcajear y me dio unos golpes brutales en el hombro que en teoría simbolizaban camaradería. Al tercero me aparté por temor a que me rompiera algún hueso.
—¿Y era cierto? —Me miró muy atento, aún sonriente.
No pareció que se diera cuenta de que esa era la conversación más larga que habíamos tenido en la vida. Como a Malfoy y a las chicas, a ese par lo conocía desde siempre y aun así nunca solían hablarme directamente; iban o ellos dos por su cuenta o con el rubio.
Asentí con sequedad, desconfiado. Ninguno se molestó por ello. Goyle siguió riendo más y más fuerte y Crabbe suspiraba y negaba con la cabeza como si su compañero fuera un caso perdido.
—Eso es cojonudo, tío. ¿Y qué tal fue? ¿Te corris…?
—¡Más importante que eso! —interrumpió Crabbe, mirando al otro de reojo. No parecía predispuesto a entablar un diálogo sobre los pormenores de la pérdida de mi virginidad. O pérdida a medias. O lo que fuera—. No te vas a creer lo que hemos visto hace un rato.
—¡Hostias, es verdad! —Goyle se aproximó más a mí, como si fuera a contarme un secreto macabro, y bajó la voz—. Hemos visto a Zabini haciendo lo mismo que tú.
Esbocé una sonrisa sutil, mucho más cómodo con un tema que implicaba revelar los asuntos privados de otro.
—¿Ah, sí?
—Ya te digo, tío. Pero eso no es lo más alucinante…
—En realidad no lo vimos, lo oímos —aclaró Crabbe.
—Bah, como sea. Entramos al baño del segundo piso porque Vin se estaba cagando.
—¡Meando!
—No jodas, te cagabas. —El aludido gruñó y se cruzó de brazos, cabreado—. Vale, pues entramos al baño y escuchamos a Zabini follando.
—¿Cómo sabéis que estaba follando? —Podrían habérsela estado chupando y suponía que los gemidos serían similares. Además, el hecho de que no vieran a su pareja era menos jugoso de lo esperado.
—Bueno, lo que escuchamos era bastante obvio. —Crabbe se miró los zapatos fijamente mientras Goyle continuaba—: «Ah, espera que me haces daño», «no, así, mete un dedo primero», «empieza poco a poco…». Y luego un montón de «¡más, más!», «Mon Dieu!» y «hasta el fondo». No dejaban mucho a la imaginación.
Dijo todo aquello con un acento francés muy forzado.
—Así que se folló a una francesa. —Me acaricié la barbilla. Era una lástima, hubiera sido más interesante que su compañera de cubículo fuera más conocida, más morena y más Slytherin.
—Que no, tío, que no te enteras. —Goyle meneó la cabeza como si yo fuera corto de mente. Lo cual viniendo de él era completamente indignante. Me disponía a lanzarle un comentario críptico cuando me dejó temporalmente mudo—: Era un francés. Un tío. Un puto tío. ¡Le metió la polla por el culo a un tío, joder! ¡Y antes un dedo! ¡Y vete tú a saber qué más!
Subí a la habitación todavía pensando en Zabini dándole por culo a un desconocido. Se me escapó una risita antes de abrir la puerta y durante un momento me olvidé de todo lo que había pasado con Daphne. Le daba vueltas al modo en que haría que me lo contara todo y en cómo posteriormente podría aprovechar esa información tan valiosa.
Giré el pomo y llegué a la conclusión de que necesitaría algo gordo como pago por su secreto. Y esperaba que ese algo no tuviera que ser mi humillante actuación: explicarle algo así a alguien que sí que había conseguido dejar de ser virgen era humillante.
La respuesta me llegó cuando me fijé en que el dosel de la cama de Malfoy estaba sospechosamente corrido y, aún así, todas sus revistas porno seguían tiradas por el suelo. ¿Se había ido a dormir tan tranquilo después de ver ese desastre? Era poco probable.
Me aproximé de puntillas hasta mi colchón y agudicé el oído.
—Avísame.
Sonreí. Era Parkinson. Ya tenía mi pago por la información.
—Que sí, no seas pesada. —La voz del rubio seguía arrastrando las palabras, aunque parecía agitada—. Oh… joder, joder… Hostia puta.
Arrugué la boca, asqueado. El ruido era inconfundible, le estaba haciendo una mamada. Y yo lo estaba escuchando a tres metros de distancia. Se me revolvió el estómago cuando Malfoy siguió con su algarabía de tacos y gemidos.
Quise ponerme en pie y salir de allí, pero lo último que me apetecía era que me pillaran y pensaran que había estado espiando su intercambio de fluidos. Me tumbé intentando hacer el menor ruido posible y me puse la almohada sobre la cabeza para tratar de ahogar todo aquello.
Pese a todo, escuché perfectamente el grito de Parkinson:
—¡No me has avisado, Draco! ¡Qué asco!
Coincidía. Cerré de un tirón el dosel de mi cama y deseé con todas mis fuerzas no soñar con la carcajada posterior de Malfoy.
