Hola! Muchas gracias por sus comntes... y tambien por seguir esta adaptación... (: Bueno. Como les dije si les haré maratón de caps aunque como ustedes sabrán los caps son algo extensos... pero si lo haré (en el 2do libro de esta adaptación)... No les canso mas.. y lean... espero que les guste.. *por ahora les dejaré este cap y otro...* (;


Parte I - Capítulo 25

Mi madre me abraza fuerte.

—Haz caso a tu corazón, cariño, y por favor, procura no darle demasiadas vueltas a las cosas. Relájate y disfruta. Eres muy joven, cielo. Aún te queda mucha vida por delante, vívela. Te mereces lo mejor.
Sus sentidas palabras susurradas al oído me confortan. Me besa el pelo.

—Ay, mamá.
Me cuelgo de su cuello y, de repente, los ojos se me llenan de lágrimas.

—Cariño, ya sabes lo que dicen: hay que besar a muchos sapos para encontrar al príncipe azul y en tu caso una princesa.
Le dedico una sonrisa torcida, agridulce.

—Me parece que he besado a una princesa, mamá. Espero que no se convierta en sapo.
Me regala las más tierna, maternal e incondicionalmente amorosa de sus sonrisas, y mientras nos abrazamos de nuevo me maravillo de lo muchísimo que quiero a esta mujer.

—Sian, están llamando a tu vuelo —me dice Bob nervioso.

— ¿Vendrás a verme, mamá?

—Por supuesto, cariño… pronto. Te quiero.

—Yo también.
Cuando me suelta, tiene los ojos enrojecidos de las lágrimas contenidas. Odio tener que dejarla. Abrazo a Bob, doy media vuelta y me encamino a la puerta de embarque; hoy no tengo tiempo para la sala VIP. Me propongo no mirar atrás, pero lo hago… y veo a Bob abrazando a mamá, que llora desconsolada con las lágrimas corriéndole por las mejillas. Ya no puedo contener más las mías. Agacho la cabeza y cruzo la puerta de embarque, sin levantar la vista del blanco y resplandeciente suelo, borroso a través de mis ojos empañados.

Una vez a bordo, rodeada del lujo de primera clase, me acurruco en el asiento e intento recomponerme. Siempre me resulta doloroso separarme de mi madre; es atolondrada, desorganizada, pero de pronto perspicaz, y me quiere. Con un amor incondicional, el que todo niño merece de sus padres. El rumbo que toman mis pensamientos me hace fruncir el ceño, saco la BlackBerry y la miro consternada.
¿Qué sabe Sophie del amor? Parece que no recibió el amor incondicional al que tenía derecho durante su infancia. Se me encoge el corazón y, como un céfiro suave, me vienen a la cabeza las palabras de mi madre: «Sí, Siany. Dios, ¿qué más necesitas? ¿Un rótulo luminoso en su frente?». Cree que Sophie me quiere, pero, claro, ella es mi madre, ¿cómo no va a pensarlo? Para ella, me merezco lo mejor. Frunzo el ceño. Es verdad, y, en un instante de asombrosa lucidez, lo veo. Es muy sencillo: yo quiero su amor. Necesito que Sophie Webster me quiera. Por eso recelo tanto de nuestra relación, porque, a un nivel profundo y esencial, reconozco en mi interior un deseo incontrolable y profundamente arraigado de ser amada y protegida.
Y, debido a sus cincuenta sombras, me contengo. El sado es una distracción del verdadero problema. El sexo es alucinante, y ella es rica, y guapa, pero todo eso no vale nada sin su amor, y lo más desesperante es que no sé si es capaz de amar. Ni siquiera se quiere a sí misma. Recuerdo el desprecio que sentía por sí misma, y que el amor de Elena era la única manifestación de afecto que encontraba «aceptable». Castigada —azotada, golpeada, lo que fuera que conllevara su relación—, no se considera digna de amor. ¿Por qué se siente así? ¿Cómo puede sentirse así? Sus palabras resuenan en mi cabeza: «Resulta muy difícil crecer en una familia perfecta cuando tú no eres perfecta».
Cierro los ojos, imagino su dolor, y no alcanzo a comprenderlo. Me estremezco al pensar que quizá he hablado demasiado. ¿Qué le habré confesado a Sophie en sueños? ¿Qué secretos le habré revelado?
Miro fijamente la BlackBerry con la vaga esperanza de que me ofrezca respuestas. Como era de esperar, no se muestra muy comunicativa. Aún no hemos iniciado el despegue, así que decido mandarle un correo a mi Cincuenta Sombras.


De: Sian Powers
Fecha: 3 de junio de 2011 12:53 EST
Para: Sophie Webster
Asunto: Rumbo a casa
Querida señora Webster:
Ya estoy de nuevo cómodamente instalada en primera, lo cual te agradezco. Cuento los minutos que me quedan para verte esta noche y quizá torturarte para sonsacarte la verdad sobre mis revelaciones nocturnas.
Tu Siany x


De: Sophie Webster
Fecha: 3 de junio de 2011 09:58
Para: Sian Powers
Asunto: Rumbo a casa
Sian, estoy deseando verte.
Sophie Webster
Presidenta de Webster Enterprises Holdings Inc.

Su respuesta me hace fruncir el ceño. Suena cortante y formal, no está escrita en su habitual estilo concisa pero ingeniosa.


De: Sian Powers
Fecha: 3 de junio de 2011 13:01 EST
Para: Sophie Webster
Asunto: Rumbo a casa
Queridísima señora Webster:
Confío en que todo vaya bien con respecto al «problema». El tono de tu correo resulta preocupante.
Sian x


De: Sophie Webster
Fecha: 3 de junio de 2011 10:04
Para: Sian Powers
Asunto: Rumbo a casa
Sian:
El problema podría ir mejor. ¿Has despegado ya? Si lo has hecho, no deberías estar mandándome e-mails. Te estás poniendo en peligro y contraviniendo directamente la norma relativa a tu seguridad personal. Lo de los castigos iba en serio.
Sophie Webster
Presidenta de Webster Enterprises Holdings Inc.

Mierda. Muy bien. Dios… ¿Qué le pasa? ¿Será «el problema»? Igual Taylor ha desertado, o Sophie ha perdido unos cuantos millones en la Bolsa… a saber.


De: Sian Powers
Fecha: 3 de junio de 2011 13:06 EST
Para: Sophie Webster
Asunto: Reacción desmesurada
Querida señora Cascarrabias:
Las puertas del avión aún están abiertas. Llevamos retraso, pero solo de diez minutos. Mi bienestar y el de los pasajeros que me rodean están asegurados. Puedes guardarte esa mano suelta de momento.
Señorita Powers


De: Sophie Webster
Fecha: 3 de junio de 2011 10:08
Para: Sian Powers
Asunto: Disculpas; mano suelta guardada
Te echo de menos a ti y a tu lengua viperina, señorita Powers.
Quiero que lleguéis a casa sana y salva.
Sophie Webster
Presidenta de Webster Enterprises Holdings Inc.


De: Sian Powers
Fecha: 3 de junio de 2011 13:10 EST
Para: Sophie Webster
Asunto: Disculpas aceptadas
Están cerrando las puertas. Ya no vas a oír ni un solo pitido más de mí, y menos con tu sordera.
Hasta luego.
Sian x

Apago la BlackBerry, incapaz de librarme de la angustia. A Sophie le pasa algo. Puede que «el problema» se le haya escapado de las manos. Me recuesto en el asiento, mirando el compartimento portaequipajes donde he guardado mis bolsas. Esta mañana, con la ayuda de mi madre, le he comprado a Sophie un pequeño obsequio para agradecerle los viajes en primera y el vuelo sin motor. Sonrío al recordar la experiencia del planeador… una auténtica gozada. Aún no sé si le daré la tontería que le he comprado. Igual le parece infantil; o, si está de un humor raro, igual no. Por una parte estoy deseando volver, pero por otra temo lo que me espera al final del viaje. Mientras repaso mentalmente las distintas posibilidades acerca de cuál puede ser «el problema», caigo en la cuenta de que, una vez más, el único sitio libre es el que está a mi lado. Meneo la cabeza al pensar que quizá Sophie haya pagado por la plaza contigua para que no hable con nadie. Descarto la idea por absurda: seguro que no puede haber nadie tan controladora, tan celosa. Cuando el avión entra en pista, cierro los ojos.

Ocho horas después, salgo a la terminal de llegadas del Sea-Tac y me encuentro a Taylor esperándome, sosteniendo en alto un letrero que reza "SEÑORITA S. POWERS"
¡Qué fuerte! Pero me alegro de verlo.

— ¡Hola, Taylor!

—Señorita Powers —me saluda con formalidad, pero detecto un destello risueño en sus intensos ojos marrones.
Va tan impecable como siempre: elegante traje gris marengo, camisa blanca y corbata también gris.

—Ya te conozco, Taylor, no necesitabas el cartel. Además, te agradecería que me llamaras Sian.

—Sian. ¿Me permite que le lleve el equipaje?

—No, ya lo llevo yo. Gracias.
Aprieta los labios visiblemente.

—Pero si te quedas más tranquilo llevándolo tú… —farfullo.

—Gracias. —Me coge la mochila y el bolso recién comprado para la ropa que me ha regalado mi madre—. Por aquí, señora.
Suspiro. Es tan educado… Recuerdo, aunque querría borrarlo de mi memoria, que este hombre me ha comprado ropa interior. De hecho —y eso me inquieta—, es el único hombre que me ha comprado ropa interior. Ni siquiera Vinnie ha tenido que pasar nunca por ese apuro. Nos dirigimos en silencio al Audi SUV negro que espera fuera, en el aparcamiento del aeropuerto, y me abre la puerta. Mientras subo, me pregunto si ha sido buena idea haberme puesto una falda tan corta para mi regreso a Seattle. En Georgia me parecía elegante y apropiada; aquí me siento como desnuda. En cuanto Taylor mete mi equipaje en el maletero, salimos para el Escala.
Avanzamos despacio, atrapados en el tráfico de hora punta. Taylor no aparta la vista de la carretera. Describirlo como taciturno sería quedarse muy corto.
No soporto más el silencio.

— ¿Qué tal Sophie, Taylor?

—La señora Webster está preocupada, señorita Powers.
Huy, debe de referirse al «problema». He dado con una mina de oro.
— ¿Preocupada?

—Sí, señora.
Miro ceñuda a Taylor y el me devuelve la mirada por el retrovisor; nuestros ojos se encuentran. No me va a contar más. Maldita sea, es tan hermético como la propia controladora obsesiva.

— ¿Se encuentra bien?

—Eso creo, señora.

— ¿Te sientes más cómodo llamándome señorita Powers?

—Sí, señora.

—Ah, bien.
Eso pone fin por completo a nuestra conversación, así que seguimos en silencio. Empiezo a pensar que el reciente desliz de Taylor, cuando me dijo que Sophie había estado de un humor de perros, fue una anomalía. A lo mejor se avergüenza de ello, le preocupa haber sido desleal. El silencio me resulta asfixiante.

— ¿Podrías poner música, por favor?

—Desde luego, señora. ¿Qué le apetece oír?

—Algo relajante.
Veo dibujarse una sonrisa en los labios de Taylor cuando nuestras miradas vuelven a cruzarse brevemente en el retrovisor.

—Sí, señora.
Pulsa unos botones en el volante y los suaves acordes del Canon de Pachelbel inundan el espacio que nos separa. Oh, sí… esto es lo que me estaba haciendo falta.

—Gracias.
Me recuesto en el asiento mientras nos adentramos en Seattle, a un ritmo lento pero constante, por la interestatal 5.
Veinticinco minutos después, me deja delante de la impresionante fachada del Escala.
—Adelante, señora —dice, sujetándome la puerta—. Ahora le subo el equipaje.
Su expresión es tierna, cálida, afectuosa incluso, como la de tu tío favorito.
Uf… Tío Taylor, vaya idea.

—Gracias por venir a recogerme.

—Un placer, señorita Powers.
Sonríe, y yo entro en el edificio. El portero me saluda con la cabeza y con la mano.
Mientras subo a la planta treinta, siento el cosquilleo de un millar de mariposas extendiendo sus alas y revoloteando erráticamente por mi estómago. ¿Por qué estoy tan nerviosa? Sé que es porque no tengo ni idea de qué humor va a estar Sophie cuando llegue. La diosa que llevo dentro confía en que tenga ganas de una cosa en concreto; mi subconsciente, como yo, está hecha un manojo de nervios.

Se abren las puertas del ascensor y me encuentro en el vestíbulo. Se me hace tan raro que no me reciba Taylor. Está aparcando el coche, claro.

En el salón, veo a Sophie hablando en voz baja por la BlackBerry mientras contempla el perfil de Seattle por el ventanal. Lleva un traje gris, pantalón ceñido con la america desabrochada, tacones negros y se está pasando la mano por el pelo. Está inquieta, tensa incluso. ¿Qué pasa? Inquieta o no, sigue siendo un placer mirarla. ¿Cómo puede resultar tan… irresistible?

—Ni rastro… Vale… Sí.
Se vuelve y me ve, y su actitud cambia por completo. Pasa de la tensión al alivio y luego a otra cosa: una mirada que llama directamente a la diosa que llevo dentro, una mirada de sensual carnalidad, de ardientes ojos azules eléctricos.
Se me seca la boca y renace el deseo en mí… uf.

—Mantenme informada —espeta y cuelga mientras avanza con paso decidido hacia mí.
Espero paralizada a que cubra la distancia que nos separa, devorándome con la mirada. Madre mía, algo ocurre… la tensión de su mandíbula, la angustia de sus ojos. Se quita la americana, la corbata y, por el camino, las cuelga del sofá. Luego me envuelve con sus brazos y me estrecha contra su cuerpo, con fuerza, rápido, agarrándome de la coleta para levantarme la cabeza, y me besa como si le fuera la vida en ello. ¿Qué diablos pasa? Me quita con violencia la goma del pelo, pero me da igual. Su forma de besarme me resulta primaria, desesperada. Por lo que sea, en este momento me necesita, y yo jamás me he sentido tan deseada. Resulta oscura, sensual, alarmante, todo a la vez. Le devuelvo el beso con idéntico fervor, hundiendo los dedos en su pelo largo y suelto, retorciéndoselo. Nuestras lenguas se entrelazan, la pasión y el ardor estallan entre las dos. Sabe divina, ardiente, sexy, y su aroma — perfume caro y a Sophie— me excita muchísimo. Aparta su boca de la mía y se me queda mirando, presa de una emoción inefable.

— ¿Qué pasa? —le digo.

—Me alegro mucho de que hayas vuelto. Dúchate conmigo. Ahora.
No tengo claro si me lo pide o me lo ordena.

—Sí —susurro y, cogiéndome de la mano, me saca del salón y me lleva a su dormitorio, al baño.
Una vez allí, me suelta y abre el grifo de la ducha súper espaciosa. Se vuelve despacio y me mira, excitada.

—Me gusta tu falda. Es muy corta —dice con voz grave—. Tienes unas piernas preciosas.
Se quita los tacones, sin apartar la vista de mí. Su mirada voraz me deja muda. Uau, que te desee tanto esta diosa… La imito y me quito las bailarinas negras. De pronto, me coge y me empuja contra la pared. Me besa, la cara, el cuello, los labios… me agarra del pelo.
Siento los azulejos fríos y suaves en la espalda cuando se arrima tanto a mí que me deja emparedada entre su calor y la fría porcelana. Tímidamente, me aferro a sus brazos y ella gruñe cuando aprieto con fuerza.

—Quiero hacértelo ya. Aquí, rápido, duro —dice, y me planta las manos en los muslos y me sube la falda—. ¿Aún estás con la regla?

—No —contesto ruborizándome.

—Bien yo tampoco.
Desliza los dedos por las bragas blancas de algodón y, de pronto, se pone en cuclillas para arrancármelas de un tirón. Tengo la falda totalmente subida y arrugada, de forma que estoy desnuda de cintura para abajo, jadeando, excitada. Me agarra por las caderas, empujándome de nuevo contra la pared, y me besa en el punto donde se encuentran mis piernas. Cogiéndome por la parte superior de ambos muslos, me separa las piernas. Gruño con fuerza al notar que su lengua me acaricia el clítoris. Dios… Echo la cabeza hacia atrás sin querer y gimo, agarrándome a su pelo.
Su lengua es despiadada, fuerte y persistente, empapándome, dando vueltas y vueltas sin parar. Es deliciosa y la sensación es tan intensa que casi resulta dolorosa. Me empiezo a acelerar; entonces, para. ¿Qué? ¡No! Jadeo con la respiración entrecortada, y la miro impaciente. Me coge la cara con ambas manos, me sujeta con firmeza y me besa con violencia, metiéndome la lengua en la boca para que saboree mi propia excitación. Luego se baja los pantalones y las bragas, me agarra los muslos por detrás y me levanta.

—Enrosca las piernas en mi cintura, bella —me ordena, apremiante, tensa.
Hago lo que me dice y me cuelgo de su cuello, y ella, con un movimiento rápido y resuelto, une su sexo que está muy húmedo con el mío y siento como nuestros clítoris rozan. ¡Ah! Gime, yo gruño. Me agarra por el trasero, clavándome las uñas en la suave carne, y empieza a moverse, despacio al principio, con un ritmo fijo, pero, en cuanto pierde el control, se acelera, cada vez más. ¡Ahhh! Echo la cabeza hacia atrás y me concentro en esa sensación, castigadora, celestial, que me mueve y me mueve hacia delante, cada vez más alto y, cuando ya no puedo más, estallo alrededor de su sexo, entrando en la espiral de un orgasmo intenso y devorador. Ella se deja llevar con un hondo gemido y hunde la cabeza en mi cuello igual que junta más su sexo en mí, gruñendo escandalosamente mientras se deja ir.
Apenas puede respirar, pero me besa con ternura, sin moverse, y yo la miro extrañada, sin llegar a verla. Cuando al fin consigo enfocarla, se retira despacio y me sujeta con fuerza para que pueda poner los pies en el suelo. El baño está lleno de vapor y hace mucho calor. Me sobra la ropa.

—Parece que te alegra verme —murmuro con una sonrisa tímida.
Tuerce la boca, risueña.

—Sí, señorita Powers, creo que mi alegría es más que evidente. Ven, deja que te lleve a la ducha.
Se desabrocha los tres botones siguientes de la camisa, se quita los gemelos, se saca la camisa por la cabeza, se desabrocha el sujetador y lo tira al suelo.
Empieza a desabrocharme los botones de la blusa blanca mientras la observo; ansío poder tocarle los pechos, pero me contengo.

— ¿Qué tal tu viaje? —me pregunta a media voz.
Parece mucho más tranquila ahora que ha desaparecido su inquietud, que se ha disuelto en nuestra unión sexual.

—Bien, gracias —murmuro, aún sin aliento—. Gracias otra vez por los billetes de primera. Es una forma mucho más agradable de viajar. —Le sonrío tímidamente—. Tengo algo que contarte —añado nerviosa.

— ¿En serio?
Me mira mientras me desabrocha el último botón, me desliza la blusa por los brazos y la tira con el resto de la ropa.

—Tengo trabajo.
Se queda inmóvil, luego me sonríe con ternura.

—Enhorabuena, señorita Powers. ¿Me vas a decir ahora dónde? —me provoca.

— ¿No lo sabes?
Niega con la cabeza, ceñuda.

— ¿Por qué iba a saberlo?

—Dada tu tendencia al acoso, pensé que igual…
Me callo al ver que le cambia la cara.

—Sian, jamás se me ocurriría interferir en tu carrera profesional, salvo que me lo pidieras, claro.
Parece ofendida.

—Entonces, ¿no tienes ni idea de qué editorial es?

—No. Sé que hay cuatro editoriales en Seattle, así que imagino que es una de ellas.

—SIP.

—Ah, la más pequeña, bien. Bien hecho. —Se inclina y me besa la frente—. Chica lista. ¿Cuándo empiezas?

—El lunes.

—Qué pronto, ¿no? Más vale que disfrute de ti mientras pueda. Date la vuelta.
Me desconcierta la naturalidad con que me manda, pero hago lo que me dice, y ella me desabrocha el sujetador y me baja la cremallera de la falda. Me la baja y aprovecha para agarrarme el trasero y besarme el hombro. Se inclina sobre mí y me huele el pelo, inspirando hondo. Me aprieta las nalgas.

—Me embriagas, señorita Powers, y me calmas. Una mezcla interesante.
Me besa el pelo. Luego me coge de la mano y me mete en la ducha.

—Au —chillo.
El agua está prácticamente hirviendo. Sophie me sonríe mientras el agua le cae por encima.

—No es más que un poco de agua caliente.
Y, en el fondo, tiene razón. Sienta de maravilla quitarse de encima el sudor de la calurosa Georgia y el del intercambio sexual que acabamos de tener.

—Date la vuelta —me ordena, y yo obedezco y me pongo de cara a la pared—. Quiero lavarte —murmura.
Coge el gel y se echa un chorrito en la mano.

—Tengo algo más que contarte —susurro mientras me enjabona los hombros.

— ¿Ah, sí? —dice.
Respiro hondo y me armo de valor.

—La exposición fotográfica de mi amigo Noah se inaugura el jueves en Portland.
Se detiene, sus manos se quedan suspendidas sobre mis pechos. He dado especial énfasis a la palabra «amigo».

—Sí, ¿y qué pasa? —pregunta muy seria.

—Le dije que iría. ¿Quieres venir conmigo?
Después de lo que me parece una eternidad, poco a poco empieza a lavarme otra vez.

— ¿A qué hora?

—La inauguración es a las siete y media.
Me besa la oreja.

—Vale.
En mi interior, mi subconsciente se relaja, se desploma y cae pesadamente en el viejo y maltrecho sillón.

— ¿Estabas nerviosa porque tenías que preguntármelo?

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Sian, se te acaba de relajar el cuerpo entero —me dice con sequedad.

—Bueno, parece que eres… un pelín celosa.

—Lo soy, sí —dice amenazante—. Y harás bien en recordarlo. Pero gracias por preguntar. Iremos en el Charlie Tango.
Ah, en el helicóptero, claro… Seré tonta… Otro vuelo… ¡guay! Sonrío.

— ¿Te puedo lavar yo a ti? —le pregunto.

—Me parece que no —murmura, y me besa suavemente el cuello para mitigar el dolor de la negativa.
Hago pucheros a la pared mientras ella me acaricia la espalda con jabón.

— ¿Me dejarás tocarte algún día? —inquiero audazmente.
Vuelve a detenerse, la mano clavada en mi trasero.

—Apoya las manos en la pared, Sian. Voy a penetrarte —me susurra al oído agarrándome de las caderas, y sé que la discusión ha terminado.

Más tarde, estamos sentadas en la cocina, en albornoz, después de habernos comido la deliciosa pasta alle vongole de la señora Jones.

— ¿Más vino? —pregunta Sophie con un destello de sus ojos.

—Un poquito, por favor.
El Sancerre es vigorizante y delicioso. Sophie me sirve y luego se sirve ella.

— ¿Cómo va el «problema» que te trajo a Seattle? —pregunto tímidamente.
Frunce el ceño.

—Descontrolado —señala con amargura—. Pero tú no te preocupes por eso, Sian. Tengo planes para ti esta noche.

— ¿Ah, sí?

—Sí. Te quiero en el cuarto de juegos dentro de quince minutos.
Se levanta y me mira.

—Puedes prepararte en tu habitación. Por cierto, el vestidor ahora está lleno de ropa para ti. No admito discusión al respecto.
Frunce los ojos, retándome a que diga algo. Al ver que no lo hago, se va con paso airado a su despacho.
¡Yo! ¿Discutir? ¿Contigo, Cincuenta Sombras? Por el bien de mi trasero, no. Me quedo sentada en el taburete, momentáneamente estupefacta, tratando de digerir esta última información. Me ha comprado ropa. Pongo los ojos en blanco de forma exagerada, sabiendo bien que no puede verme. Coche, móvil, ordenador, ropa… lo próximo: un maldito piso, y entonces ya seré una querida en toda regla.
¡Jo! Mi subconsciente está en modo criticón. La ignoro y subo a mi cuarto. Porque sigo teniendo mi cuarto. ¿Por qué? Pensé que había accedido a dejarme dormir con ella. Supongo que no está acostumbrada a compartir su espacio personal, claro que yo tampoco. Me consuela la idea de tener al menos un sitio donde esconderme de ella.

Al examinar la puerta de mi habitación, descubro que tiene cerradura pero no llave. Me digo que quizá la señora Jones tenga una copia. Le preguntaré. Abro la puerta del vestidor y vuelvo a cerrarla rápidamente. Maldita sea… se ha gastado un dineral. Me recuerda al de Tina, con toda esa ropa perfectamente alineada y colgada de las barras. En el fondo, sé que todo me va a quedar bien, pero no tengo tiempo para eso ahora: esta noche tengo que ir a arrodillarme al cuarto rojo del… dolor… o del placer, espero.

Estoy en bragas, arrodillada junto a la puerta. Tengo el corazón en la boca. Madre mía, pensaba que con lo del baño habría tenido bastante. Esta mujer es insaciable. Cierro los ojos y procuro calmarme, conectar con la sumisa que hay en mi interior. Anda por ahí, en alguna parte, escondida detrás de la diosa que llevo dentro.
La expectación me burbujea por las venas como un refresco efervescente. ¿Qué me irá a hacer? Respiro hondo, despacio, pero no puedo negarlo: estoy nerviosa, excitada, húmeda ya. Esto es tan… Quiero pensar que está mal, pero de algún modo sé que no es así. Para Sophie está bien. Es lo que ella quiere y, después de estos últimos días… después de todo lo que ha hecho, tengo que echarle valor y aceptar lo que decida que necesita, sea lo que sea.
Recuerdo su mirada cuando he llegado hoy, su expresión anhelante, la forma resuelta en que se ha dirigido hacia mí, como si yo fuera un oasis en el desierto.
Haría casi cualquier cosa por volver a ver esa expresión. Aprieto los muslos de placer al pensarlo, y eso me recuerda que debo separar las piernas. Lo hago.
¿Cuánto me hará esperar? La espera me está matando, me mata de deseo turbio y provocador. Echo un vistazo al cuarto apenas iluminado: la cruz, la mesa, el sofá, el banco… la cama. Se ve inmensa, y está cubierta con sábanas rojas de satén. ¿Qué artilugio usará hoy?

Se abre la puerta y Sophie entra como una exhalación, ignorándome por completo. Agacho la cabeza enseguida, me miro las manos y separo con cuidado las piernas. Sophie deja algo sobre la enorme cómoda que hay junto a la puerta y se acerca despacio a la cama. Me permito mirarla un instante y casi se me para el corazón. Va descalza, con el sujetador negro de encaje que se le ve muy sexy y esos vaqueros gastados ceñidos y con el botón superior desabrochado. Dios, está tan buena… Mi subconsciente se abanica con desesperación y la diosa que llevo dentro se balancea y convulsiona con un primitivo ritmo carnal. La veo muy dispuesta. Me humedezco los labios con desesperación. La sangre me corre deprisa por todo el cuerpo, densa y cargada de lascivia. ¿Qué me va a hacer?

Da media vuelta y se dirige tranquilamente hasta la cómoda. Abre uno de los cajones y empieza a sacar cosas y a colocarlas encima. Me pica la curiosidad, me mata, pero resisto la imperiosa necesidad de echar un vistazo. Cuando termina lo que está haciendo, se coloca delante de mí. Le veo los pies descalzos y quiero besarle hasta el último centímetro, pasarle la lengua por el empeine, chuparle cada uno de los dedos.

—Estás preciosa —dice.
Mantengo la cabeza agachada, consciente de que me mira fijamente y de que estoy prácticamente desnuda. Noto que el rubor se me extiende despacio por la cara. Se inclina y me coge la barbilla, obligándome a mirarla.

—Eres una mujer hermosa, Sian. Y eres toda mía —murmura—. Levántate —me ordena en voz baja, rebosante de prometedora sensualidad.
Temblando, me pongo de pie.

—Mírame —dice, y alzo la vista a sus ojos ardientes.
Es su mirada de ama: fría, dura y sexy, con sombras del pecado inimaginable en una sola mirada provocadora. Se me seca la boca y sé enseguida que voy a hacer lo que me pida. Una sonrisa casi cruel se dibuja en sus labios.

—No hemos firmado el contrato, Sian, pero ya hemos hablado de los límites. Además, te recuerdo que tenemos palabras de seguridad, ¿vale?
Madre mía… ¿qué habrá planeado para que vaya a necesitar las palabras de seguridad?
— ¿Cuáles son? —me pregunta de manera autoritaria.
Frunzo un poco el ceño al oír la pregunta y su gesto se endurece visiblemente.

— ¿Cuáles son las palabras de seguridad, Sian? —dice muy despacio.

—Amarillo —musito.

— ¿Y? —insiste, apretando los labios.

—Rojo —digo.

—No lo olvides.
Y no puedo evitarlo… arqueo una ceja y estoy a punto de recordarle mi nota media, pero el repentino destello de sus gélidos ojos me detiene en seco.

—Cuidado con esa boquita, señorita Powers, si no quieres que te folle de rodillas. ¿Entendido?
Trago saliva instintivamente. Vale. Parpadeo muy rápido, arrepentida. En realidad, me intimida más su tono de voz que la amenaza en sí.

— ¿Y bien?

—Sí, señora —mascullo atropelladamente.

—Buena chica. —Hace una pausa y me mira—. No es que vayas a necesitar las palabras de seguridad porque te vaya a doler, sino que lo que voy a hacerte va a ser intenso, muy intenso, y necesito que me guíes. ¿Entendido?
Pues no. ¿Intenso? Uau.

—Vas a necesitar el tacto, Sian. No vas a poder verme ni oírme, pero podrás sentirme.
Frunzo el ceño. ¿No voy a oírle? ¿Y cómo voy a saber lo que quiere? Se vuelve. Encima de la cómoda hay una lustrosa caja plana de color negro mate. Cuando pasa la mano por delante, la caja se divide en dos, se abren dos puertas y queda a la vista un reproductor de cds con un montón de botones. Sophie pulsa varios de forma secuencial. No pasa nada, pero ella parece satisfecha. Yo estoy desconcertada. Cuando se vuelve de nuevo a mirarme, le veo esa sonrisita suya de
«Tengo un secreto».

—Te voy a atar a la cama, Sian, pero primero te voy a vendar los ojos y no vas a poder oírme. —Me enseña el iPod que lleva en la mano—. Lo único que vas a oír es la música que te voy a poner.
Vale. Un interludio musical. No es precisamente lo que esperaba. ¿Alguna vez hace lo que yo espero? Dios, espero que no sea rap.

—Ven.
Me coge de la mano y me lleva a la antiquísima cama de cuatro postes. Hay grilletes en los cuatro extremos: unas cadenas metálicas finas con muñequeras de cuero brillan sobre el satén rojo.
Uf, se me va a salir el corazón del pecho. Me derrito de dentro afuera; el deseo me recorre el cuerpo entero. ¿Se puede estar más excitada?

—Ponte aquí de pie.
Estoy mirando hacia la cama. Se inclina hacia delante y me susurra al oído:

—Espera aquí. No apartes la vista de la cama. Imagínate ahí tumbada, atada y completamente a mi merced.
Madre mía.
Se aleja un momento y lo oigo coger algo cerca de la puerta. Tengo todos los sentidos híper alerta; se me agudiza el oído. Ha cogido algo del colgador de los látigos y las palas que hay junto a la puerta. Madre mía. ¿Qué me va a hacer?
La noto a mi espalda. Me coge el pelo, me hace una coleta y empieza a trenzármelo.

—Aunque me gustan tus trencitas, Sian, estoy impaciente por tenerte, así que tendrá que valer con una —dice con voz grave, suave.
Me roza la espalda de vez en cuando con sus dedos hábiles mientras me hace la trenza, y cada caricia accidental es como una dulce descarga eléctrica en mi piel.
Me sujeta el extremo con una goma, luego tira suavemente de la trenza de forma que me veo obligada a pegarme a su cuerpo. Tira de nuevo, esta vez hacia un lado, y yo ladeo la cabeza y le doy acceso a mi cuello. Se inclina y me lo llena de pequeños besos, recorriéndolo desde la base de la oreja hasta el hombro con los dientes y la lengua. Tararea en voz baja mientras lo hace y el sonido me resuena por dentro. Justo ahí… ahí abajo, en mis entrañas. Gimo suavemente sin poder evitarlo.

—Calla —dice respirando contra mi piel.
Levanta las manos delante de mí; sus brazos acarician los míos. En la mano derecha lleva un látigo de tiras. Recuerdo el nombre de mi primera visita a este cuarto.

—Tócalo —susurra, y me suena como una diabla.
Mi cuerpo se incendia en respuesta. Tímidamente, alargo el brazo y rozo los largos flecos. Tiene muchas frondas largas, todas de suave ante con pequeñas cuentas en los extremos.

—Lo voy a usar. No te va a doler, pero hará que te corra la sangre por la superficie de la piel y te la sensibilice.
Ay, dice que no me va a doler.

— ¿Cuáles son las palabras de seguridad, Sian?

—Eh… «amarillo» y «rojo», señora —susurro.

—Buena chica.
Deja el látigo sobre la cama y me pone las manos en la cintura.

—No las vas a necesitar —me susurra.
Entonces me agarra las bragas y me las baja del todo. Me las saco torpemente por los pies, apoyándome en el recargado poste.

—Estate quieta —me ordena, luego me besa el trasero y me da dos pellizquitos; me tenso—. Túmbate. Boca arriba —añade, dándome una palmada fuerte en el trasero que me hace respingar.
Me apresuro a subirme al colchón duro y rígido y me tumbo, mirando a Sophie. Noto en la piel el satén suave y frío de la sábana. La veo impasible, salvo por la mirada: en sus ojos brilla una emoción contenida.

—Las manos por encima de la cabeza —me ordena, y la obedezco.
Dios… mi cuerpo está sediento de ella. Ya la deseo.
Se vuelve y, por el rabillo del ojo, lo veo dirigirse de nuevo a la cómoda y volver con el iPod y lo que parece un antifaz para dormir, similar al que usé en mi vuelo a Atlanta. Al pensarlo, me dan ganas de sonreír, pero no consigo que los labios me respondan. La impaciencia me consume. Sé que mi rostro está completamente inmóvil y que la miro con los ojos como platos.
Se sienta al borde de la cama y me enseña el iPod. Lleva conectados unos auriculares y tiene una extraña antena. Qué raro… Ceñuda, intento averiguar para qué es.

—Esto transmite al equipo del cuarto lo que se reproduce en el iPod —dice, dando unos golpecitos en la pequeña antena y respondiendo así a mi pregunta no formulada—. Yo voy a oír lo mismo que tú, y tengo un mando a distancia para controlarlo.
Me dedica su habitual sonrisa de «Yo sé algo que tú no» y me enseña un pequeño dispositivo plano que parece una calculadora modernísima. Se inclina sobre mí, me mete con cuidado los auriculares de botón en los oídos y deja el iPod sobre la cama por encima de mi cabeza.

—Levanta la cabeza —me ordena, y lo hago inmediatamente.
Despacio, me pone el antifaz, pasándome el elástico por la nuca. Ya no veo. El elástico del antifaz me sujeta los auriculares. La oigo levantarse de la cama, pero el sonido es apagado. Me ensordece mi propia respiración, entrecortada y errática, reflejo de mi nerviosismo. Sophie me coge el brazo izquierdo, me lo estira con cuidado hasta la esquina izquierda de la cama y me abrocha la muñequera de cuero. Cuando termina, me acaricia el brazo entero con sus largos dedos. ¡Oh! La caricia me produce una deliciosa sensación entre el escalofrío y las cosquillas. La oigo rodear la cama despacio hasta el otro lado, donde me coge el brazo derecho para atármelo. De nuevo pasea sus dedos largos por ella. Madre mía, estoy a punto de estallar. ¿Por qué resulta esto tan erótico?
Se desplaza a los pies de la cama y me coge ambos tobillos.

—Levanta la cabeza otra vez —me ordena.
Obedezco, y me arrastra de forma que los brazos me quedan completamente extendidos y casi tirantes por las muñequeras. Dios… no puedo mover los brazos.

Un escalofrío de inquietud mezclado con una tentadora excitación me recorre el cuerpo entero y me pone aún más húmeda. Gruño. Separándome las piernas, me ata primero el tobillo derecho y luego el izquierdo, de modo que quedo bien sujeta, abierta de brazos y piernas, y completamente a su merced. Me desconcierta no poder verla. Escucho con atención… ¿qué hace? No oigo nada, solo mi respiración y los fuertes latidos de mi corazón, que bombea la sangre con furia contra mis tímpanos.
De pronto, el suave silbido del iPod cobra vida. Desde dentro de mi cabeza, una sola voz angelical canta sin acompañamiento una nota larga y dulce, a la que se une de inmediato otra voz y luego más —madre mía, un coro celestial—, cantando a capela un himnario antiquísimo. ¿Cómo se llama esto? Jamás he oído nada semejante. Algo casi insoportablemente suave se pasea por mi cuello, deslizándose despacio por la clavícula, por los pechos, acariciándome, irguiéndome los pezones… es suavísimo, inesperado. ¡Algo de piel! ¿Un guante de pelo?

Sophie pasea la mano, sin prisa y deliberadamente, por mi vientre, trazando círculos alrededor de mi ombligo, luego de cadera a cadera, y yo trato de adivinar a dónde irá después, pero la música metida en mi cabeza me transporta. Sigue la línea de mi vello púbico, pasa entre mis piernas, por mis muslos; baja por uno, sube por el otro, y casi me hace cosquillas, pero no del todo. Se unen más voces al coro celestial, cada una con fragmentos distintos, fundiéndose gozosa y dulcemente en una melodía mucho más armoniosa que nada que yo haya oído antes. Pillo una palabra —«deus»— y me doy cuenta de que cantan en latín. El guante de pelo sigue bajándome por los brazos, acariciándome la cintura, subiéndome de nuevo por los pechos. Su roce me endurece los pezones y jadeo, preguntándome adónde irá su mano después. De pronto, el guante de pelo desaparece y noto que las frondas del látigo de tiras fluyen por mi piel, siguiendo el mismo camino que el guante, y me resulta muy difícil concentrarme con la música que suena en mi cabeza: es como un centenar de voces cantando, tejiendo un tapiz etéreo de oro y plata, exquisito y sedoso, que se mezcla con el tacto del suave ante en mi piel, recorriéndome… Madre mía. Súbitamente, desaparece. Luego, de golpe, un latigazo seco en el vientre.

— ¡Aaaggghhh! —grito.
Me coge por sorpresa. No me duele exactamente; más bien me produce un fuerte hormigueo por todo el cuerpo. Y entonces me vuelve a azotar. Más fuerte.

—¡Aaahhh!

— ¡Aaahhh!
Quiero moverme, retorcerme, escapar, o disfrutar de cada golpe, no lo sé… resulta tan irresistible… No puedo tirar de los brazos, tengo las piernas atrapadas, estoy bien sujeta. Vuelve a atizarme, esta vez en los pechos. Grito. Es una dulce agonía, soportable… placentera; no, no de forma inmediata, pero, con cada nuevo golpe, mi piel canta en perfecto contrapunto con la música que me suena en la cabeza, y me veo arrastrada a una parte oscurísima de mi psique que se rinde a esta sensación tan erótica. Sí… ya lo capto. Me azota en la cadera, luego asciende con golpes rápidos por el vello púbico, sigue por los muslos, por la cara interna, sube de nuevo, por las caderas. Continúa mientras la música alcanza un clímax y entonces, de repente, para de sonar. Y ella también se detiene. Luego comienza el canto otra vez, y ella me rocía de golpes y yo gruño y me retuerzo. De nuevo para, y no se oye nada, salvo mi respiración entrecortada y mis jadeos descontrolados. Eh… ¿qué pasa? ¿Qué va a hacer ahora? La excitación es casi insoportable. He entrado en una zona muy oscura, muy carnal.

Noto que la cama se mueve y que ella se coloca por encima de mí, y el himno vuelve a empezar. Lo tiene en modo repetición. Esta vez son su nariz y sus labios los que me acarician… se pasean por mi cuello y mi clavícula, besándome, chupándome… descienden por mis pechos… ¡Ah! Tira de un pezón y luego del otro, paseándome la lengua alrededor de uno mientras me pellizca despiadadamente el otro con los dedos… Gimo, muy fuerte, creo, aunque no me oigo. Estoy perdida, perdida en ella… perdida en esas voces astrales y seráficas… perdida en todas estas sensaciones de las que no puedo escapar… completamente a merced de sus manos expertas.

Desciende hasta el vientre, trazando círculos con la lengua alrededor del ombligo, siguiendo el camino del látigo y del guante. Gimo. Me besa, me chupa, me mordisquea… sigue bajando… y de pronto tengo su lengua ahí, en la conjunción de los muslos. Echo la cabeza hacia atrás y grito, a punto de estallar, al borde del orgasmo… Y entonces para.
¡No! La cama se mueve y Sophie se arrodilla entre mis piernas. Se inclina hacia un poste y, de pronto, el grillete del tobillo desaparece. Subo la pierna hasta el centro de la cama, la apoyo contra ella. Se inclina hacia el otro lado y me libera la otra pierna. Me frota ambas piernas, estrujándolas, masajeándolas, reavivándolas, se levanta de la cama de repente y siento que abre una gaveta al lado de la cama, ¿que estará haciendo?
Luego se vuelve a subir a la cama, me agarra por las caderas y me levanta de forma que ya no tengo la espalda pegada a la cama; estoy arqueada y apoyada solo en los hombros. ¿Qué? Se coloca de rodillas entre mis piernas… y con una rápida y certera embestida ella me penetra… oh, Dios… y vuelvo a gritar. Se inician las convulsiones de mi orgasmo inminente, y entonces para. Cesan las convulsiones… oh, no… va a seguir torturándome.

— ¡Por favor! —gimoteo.
Me agarra con más fuerza… ¿para advertirme? No sé. Me clava las uñas en el trasero mientras yo jadeo, así que decido estarme quieta. Muy lentamente, ella empieza a moverse otra vez: sale, entra… angustiosamente despacio. ¡Madre mía… por favor! Grito por dentro y, según aumenta el número de voces de la pieza coral, va incrementando el su ritmo, de forma infinitesimal, controladísimo, completamente al son de la música. Ya no aguanto más.

—Por favor —le suplico, y con un solo movimiento rápido vuelve a dejarme en la cama y se cierne sobre mí, con las manos a los lados de mi pecho, aguantando
su propio peso, sintiendo sus pechos sobre los míos, y empuja.

Cuando la música llega a su clímax, me precipito… en caída libre… al orgasmo más intenso y angustioso que he tenido jamás, y Sophie me sigue, embistiendo fuerte tres veces más… hasta que finalmente se queda inmóvil y se derrumba sobre mí.
Cuando recobro la conciencia y vuelvo de dondequiera que haya estado, Sophie sale de mí. La música ha cesado y noto cómo ella se estira sobre mi cuerpo para soltarme la muñequera derecha, me pregunto con que juguete me penetro. Gruño al sentir al fin la mano libre. Enseguida me suelta la otra, retira con cuidado el antifaz de mis ojos y me quita los auriculares de los oídos. Parpadeo a la luz tenue del cuarto y alzo la vista hacia su intensa mirada de ojos azules eléctricos.

—Hola —murmura.

—Hola —le respondo tímidamente.
Veo en su mano un juguete es un doble pene de goma, veo que con ese juguete me penetro y veo que también a ella porque es de dos puntas, lo deja en la mesita al lado de la cama.
En sus labios se dibuja una sonrisa. Se inclina y me besa suavemente.

—Lo has hecho muy bien —susurra—. Date la vuelta.
Madre mía… ¿qué me va a hacer ahora? Su mirada se enternece.

—Solo te voy a dar un masaje en los hombros.

—Ah, vale.
Me vuelvo, agarrotada, boca abajo. Estoy exhausta. Sophie se sienta a horcajadas sobre mi cintura y empieza a masajearme los hombros. Gimo fuerte; tiene unos dedos fuertes y experimentados, siento su humedad pos coital en mi trasero. Se inclina y me besa la cabeza.

— ¿Qué música era esa? —logro balbucear.

—Es el motete a cuarenta voces de Thomas Tallis, titulado Spem in alium.

—Ha sido… impresionante.

—Siempre he querido follar al ritmo de esa pieza.

— ¿No me digas que también ha sido la primera vez?

—En efecto, señorita Powers.
Vuelvo a gemir mientras sus dedos obran su magia en mis hombros.

—Bueno, también es la primera vez que yo follo con esa música —murmuro soñolienta.

—Mmm… tú y yo nos estamos estrenando juntas en muchas cosas, como el juguete que a cabo de utilizar —dice con total naturalidad.

—¿Qué te he dicho en sueños, San… eh… señora?
Interrumpe un momento el masaje.

—Me has dicho un montón de cosas, Sian. Me has hablado de jaulas y fresas, me has dicho que querías más y que me echabas de menos.
Ah, gracias a Dios.

— ¿Y ya está? —pregunto con evidente alivio.
Sophie concluye su espléndido masaje y se tumba a mi lado, hincando el codo en la cama para levantar la cabeza. Me mira ceñuda.

— ¿Qué pensabas que habías dicho?

Oh, mierda.

—Que me parecías fea y arrogante, y que eras un desastre en la cama.
Frunce aún más la frente.

—Vale, está claro que todo eso es cierto, pero ahora me tienes intrigada de verdad. ¿Qué es lo que me ocultas, señorita Powers?
Parpadeo con aire inocente.

—No te oculto nada.

—Sian, mientes fatal.

—Pensaba que me ibas a hacer reír después del sexo.

—Pues por ahí vamos mal. —Esboza una sonrisa—. No sé contar chistes.

—¡Señora Webster! ¿Una cosa que no sabes hacer? —digo sonriendo, y ella me sonríe también.

—Los cuento fatal.
Adopta un aire tan digna que me echo a reír.

—Yo también los cuento fatal.

—Me encanta oírte reír —murmura, se inclina y me besa—. ¿Me ocultas algo, Sian? Voy a tener que torturarte para sonsacártelo.