¡Hola! Pues ya que andaba de ánimos y hoy estoy reposando en casa por ser feriado, decidí portarme buena onda y traerles actualización de este fanfic :D Espero que lo disfruten y sufran con el desatino de Kagami :D ¡Saludos y excelente fin de semana!

Capítulo 136

Rivalidades arbitrarias

—¿Se han preguntado alguna vez el verdadero significado de la vida?

—Hadrien, creo que es el último cuestionamiento que cruzaría por mi cabeza en este instante —replicaba Marko, viéndole de reojo.

—No en realidad. Pero imagino que cuando cumples todo lo que has querido, solamente te topas con un profundo y desesperante vacío existencial. Supongo que es cuando te das cuenta de que la vida carece de significancia alguna y que nos movemos por meras vanidades y deseos superficiales —mencionaba Kai con cierta pizca de interés.

—Queda más que claro que hicimos una buena elección al venir a esta playa en nuestro segundo día en Otaru —mencionaba Leo, admirando el hermoso oleaje que acariciaba la orilla, dejando tras su retirada algunas conchas marinas.

—Pero ya hablando en serio…¡¿Cómo demonios terminamos de esta manera?! —gritó el alemán a todo pulmón, intentando que alguien le escuchara. Pero todo era en vano, allí solamente estaban ellos cuatro.

—Craig nos golpeó en el estómago y nos hizo perder el conocimiento —explicó el italiano como bien recordaba. Todo era borroso y distante.

—Para cuando despertamos ya estábamos en esta situación…—el danés suspiró. Era lo único que podía hacer en su condición actual.

—Y a juzgar por los alrededores, estamos en una zona apenas transitada. No sólo la playa está desierta, sino que también tenemos al lado una especie de área boscosa… Posiblemente estemos del otro lado de la playa principal —y las deducciones del blondo estaban en todo lo cierto.

—No hicimos nada y aun así nos castigó de esta manera —era inútil, no podía escapar sin importar lo que hiciera—. Tenemos que cobrarnos esta, chicos —Zabeck estaba mosqueado.

Esos chicos no deberían tener dificultades para escapar de la zona a la que habían sido confinados, sino fuera porque alguien consideró gracioso y pertinente enterrarlos bajo la arena, dejando sus cabezas expuestas al sol directo, a los animales silvestres y a la marea que subía con el paso del tiempo.

Aunque al menos estaban sepultados lado a lado.

—Lo he intentado, pero no puedo mover nada. ¿Qué demonios nos puso? ¿Cemento? —Hadrien tuvo que mover su cabeza para espantar a aquella fragata que se empañaba en querer anidar en su cabeza.

—Eso no debería preocuparnos tanto… El sol está siendo más fuerte y el oleaje sube —Turletti calculaba que estaban como a cinco metros más o menos de la orilla.

—Y entonces estaremos en mayores líos, ya que la arena mojada no es precisamente más fácil de manejar e intentar luchar por escapar se volverá algo un tanto frenético —todos miraron a Leo con un semblante de pocos amigos; olvidaban esa mentalidad fatalista que tenía.

—¡Que alguien nos ayude! —fue el siguiente grito que emergió de la boca del peli vino.

—Idiota, si sigues así, además de perforarnos los tímpanos, tu garganta se secará y comenzarás a sentir sed —el castaño ya tenía a un pequeño cangrejo subiéndole por la nuca.

—¿Qué posibilidad existe de que una persona venga por esta zona y que quiera sacarnos de aquí sin que piense que somos extraños y le demos miedo? —meditaba Tatsuhisa.

—Según mis cálculos, menos del 1.5%, Kai. Y en mis probabilidades estoy incluyendo a nuestros camaradas —hizo los cálculos el moreno.

—Saben, no quería morir sin volver a probar una vez más unos "tacos" —suspiró con melodrama—. Los que preparaba Joaquín eran deliciosos. Y el tequila era bueno también.

—Si sobrevivimos vayamos por unos —mencionó feliz de la vida el italiano—. Igual nos castigarán por algo este verano, así que, qué más da.

—¿Qué estarán haciendo los chicos en estos momentos? —Austerliz se lo preguntó, quizás pensando en su hermano mayor y su perverso autoritarismo.

—Seguramente aburriéndose como un costal de papas —se burlaba ampliamente Hadrien.

Y quizás las cosas hubieran sido así de apaciguadas si esos chicos no hubieran aceptado probar el paracaidismo tanto por su orgullo como por la manipulación pasiva de Kuroko.

Así que muy lejos de donde ellos vivían tan particular castigo, los chicos ya estaban recibiendo las indicaciones necesarias para cuando fuera el momento idóneo para saltar. Después de todo, la avioneta estaba preparada y el piloto estaba encargándose de ajustar el equipo de la primera víctima en probar la adrenalina y la aventura.

—¿Ya lo has hecho no es así? —preguntaba Axelle con curiosidad.

—Un par de veces. Pero es la primera vez que lo hago en una playa y a una altura tan corta —al fin estaba listo, por lo que por petición expedita subió a la avioneta, iniciando así su travesía.

—Seguramente será muy divertido hacerlo. Yo jamás lo he intentado, pero estoy emocionado —Motoharu no cabía en felicidad. Podía estallar en cualquier momento.

—Aún podemos retirarnos, chicos… Digo, todavía no es demasiado tarde —les hacía saber el buen Kise. Él velaba por su vida.

—No seas gallina, Kise. Ya estamos aquí, así que hagámoslo —regañó el moreno.

—Pero si quieres irte, está bien, Nadie te juzgará —la sonrisa en los labios de Kagami claramente le decían todo lo contrario. Sabía que sí huía, le harían burla durante el resto de los días que quedaban de su viaje.

—Tómalo como un reto más, Ryouta. Como miembro de la Generación de los Milagros, esto no es la gran cosa.

—Y creía que sin esos tres las cosas serían más calmadas —Midorima subestimó la estupidez colectiva de sus acompañantes.

—¿De verdad piensas saltar? —Daiki miró a su novia un tanto curioso por su repentino amor a los deportes extremos.

—Por supuesto —sonrió tenuemente, mirándoles—. Pero la más sorprendida soy yo. Pensé que esto no era lo suyo.

—A mí me dijeron que si saltaba me comprarían una caja de polos helados —Atsushi estaba comiéndose aparentemente un paquete de bollos calientes rellenos de judías dulces.

—¡Me gustan los deportes extremos! —fue la respuesta honesta de Moto. Aunque existía algo más tras ello.

—La victoria es absoluta, sin importar la actividad que se desempeñe —Akashi y su fijación por ganar siempre.

—Le prometí a Aoi que cuidaría de Motocchi —eso le pasaba por buena gente. El castaño iba terminar cuidándolo; eso es lo que todos sabían que iba a pasar.

—Supongo que por la emoción de probar algo nuevo —hablaba Kasamatsu, cruzado de brazos. Otro que estaba allí por los motivos equivocados.

—Ya pagué así que sería un desperdicio no saltar —Taiga y su brutal honestidad.

—Fui arrastrado a todo esto. Así que veré que no cometan una estupidez —todos ansiaban ver a Shintarou lanzarse al vacío y gritar.

—No me digas que tú lo hiciste por celoso, Daiki —recriminó la francesa.

—Claro que no —chasqueó—. Solamente sentí curiosidad sobre esto y decidí venir. No te creas la gran cosa —soltó con su tono burlesco y ese ego hasta por los cielos.

—Axelle, ya que somos buenos amigos, casi familia —mágicamente Motoharu ya estaba al lado de la rubia, echándole el brazo encima.

—¿Tú también? —se burló con una linda sonrisa—. Son demasiado obvios chicos –en cierto modo le parecía tierno ese comportamiento. Pero claro, todas las escenas de celos son mejor vistas desde afuera que vividas por terceros.

—Sabes que soy un chico curioso, no es que sea desconfiado ni nada por el estilo. Digo, el chico hasta parece divertido y buena gente.

—…Mmm…—dudó en contarle la historia del rubio con las danesas, pero al ver esa cara suplicante, no pudo resistirse—…Ambas quedaron flechadas de él cuando lo conocieron por primera vez…y quisieron en ese entonces ganarse su afecto, pero él no correspondía a sus sentimientos…—ya era su turno para subir a la avioneta, por lo que se encaminó—. Llámalo algo así como su amor platónico.

No dijo nada más porque ya estaba en marcha. Sin embargo, esos dos chicos se quedaron callados por largos segundos, analizando la información e interpretándolo a su propia manera. El resultado que obtuvieron no les gustó en lo más mínimo.

El rubio era más peligroso de lo que se imaginaron.

—Motocchi —Ryouta estaba preocupado por el joven. Mira que tener que lidiar con alguien así.

—Con mucha mayor razón tienen que probarles que son la mejor elección para ellas. Y que él es solamente una cara agradable y sonrisa de comercial —Kuroko tomó a todos por sorpresa. Él y su nula presencia que infartaba a todos.

—Tetsuya tiene razón —apoyaba el hermano menor de Aoi—. No podemos quedarnos de brazos cruzados, Yukio.

Las chicas habían decidido permanecer a unos cuantos metros de distancia del área en que los aterrizajes de aquella actividad de paracaidismo tenían lugar. Tanto por el hecho de que no había nada mejor que hacer, así como porque deseaban ver de qué manera reaccionarían esos hombres a las alturas; en términos simples, querían divertirse un rato.

—El primero en lanzarse ha sido Byron —comunicaba Kiyoe, quien fue la primera en usar los binoculares y alzar la mirada hacia el cielo—. Está divirtiéndose de lo lindo.

—Vive para los deportes extremos, así que no me sorprende —mencionaba Lia campante.

—Ya casi está empezando a perder altura —Sora sentía curiosidad por las sensaciones que se podrían vivir descendiendo desde esa avioneta, pero su corazón seguramente no lo soportaría.

—Con él simplemente no obtendremos ni un momento de tranquilidad —bromeaba Satsuki.

—Yo estaría más preocupada por el resto. No creo que esta clase de cosas vayan con su persona —meditó Noa con su cámara portátil de buena definición. Debía guardar esa experiencia en vídeo.

—Motoharu es amante de esta clase de cosas. Parece que lo lleva en las venas —Aoi no se sentía preocupada por las reacciones de su hermano menor.

—Nuestro hermano ya ha estado desaparecido por mucho tiempo, ¿no? —Elin podía decir con seguridad que había pasado más de una hora desde que los vieron por última vez.

—Al fin tocó tierra —notificaba Amaya al contemplar al blondo que estaba encargándose de retirarse el colorido paracaídas y hacer cancha para el siguiente que aterrizara.

—Byron, lo has hecho muy bien —Mila fue la primera en acercarse y elogiar al chico.

—Me lo he estado preguntando, pero se llevan muy bien con ese chico. Incluso Axelle parece amarlo tanto como ustedes —a Kiyoe no se le iba ni una. Y bueno, tenía el descaro de preguntar cosas como esas.

—Decía yo que se estaban demorando en preguntar —sonrió la italiana, enfocando sus celestes pupilas en el chico que continuaba charlando con la danesa—. Lo conocimos hace prácticamente cinco veranos atrás; las gemelas se flecharon por él desde la primera vez que lo vieron —añadía con cierta nostalgia—. Y bueno, lo mío es algo parecido —no hondó en el tema, pero todas allí se hacían a la idea—. Sólo que al final ninguna logró robar su atención, por lo que somos meros amigos ahora.

—Eso significa que ellas aún…—murmuraba Aoi. Estaba claro que se preocupaba por el bienestar de Moto.

—Yo lo veo más como admiración y un cariño especial; y no por ello debe caer en una atracción física—emocional —intervenía Lia antes de que continuara haciendo conjeturas innecesarias.

—Así que no te preocupes por esos dos —soltó Ju, mirándole de reojo—. Son ellos los que ven algo en donde claramente no hay nada. Los celos hacen pasar malas pasadas quieras o no.

—Axelle tampoco se la está pasado nada mal –Kiyoe sonreía veía a la francesa más que feliz mirando la panorámica que tenía bajo sus pies.

—Veo que ya empezaron a lanzarse. Como supuse, Sacheri-kun, ha sido el primero en lanzarse —Tetsuya logró que esas mujeres se pusieran de pie en cuanto escucharon su voz. ¿En qué momento llegó? ¿No se había ido con el resto?¿Desde cuándo se sentó a su lado mientras tomaba aquel batido de vainilla?

—¡Tetsu! —Momoi prácticamente se le echó encima. Ya se le había pasado su etapa de vergüenza y ahora prefería coger del brazo a su amado.

—¿Pero por qué razón volviste? ¿Te dio miedo acaso? —cuestionaba la novia de Kagami.

—Se olvidaron de mí y no me incluyeron, como siempre hacen —se hizo perfectamente la víctima. Y posiblemente lo peor es que esas mujeres se lo creyeron.

—Dai-chan ya sabrá cuando llegue —maldijo la peli rosa a su querido amigo de la infancia.

Después de la llegada de la francesa, la verdadera diversión estaba por comenzar. Lo supieron en cuanto reconocieron la peli verde cabellera de cierto amante de los ítems de la suerte.

Es que simplemente no cabían en sí mismas en cuanto contemplaron al hombre lucir más serio de lo que ya era al tiempo que su rostro se iba poniendo más y más rojo conforme se acercaba al suelo. Indudablemente estaba conteniendo sus ganas de echarse a gritar.

—…Ungh… ¡Tierra, tierra al fin…! —el pobre hombre estaba de cuclillas contra la arena, sintiendo que la respiración apenas se le normalizaba y el rostro se le iba empapando de sudor. Había sido demasiada adrenalina para él en tan corto tiempo.

—Shintarou, ¿estás bien? —nada como una mujer preparada con medicina para el vómito y mareos y una botella de agua.

—Descuida, no necesito algo como eso. E-Estoy bien… Solamente debo recuperarme de la sorpresa —quizás tenía algo de válido, pero prefería reservárselo para él y no exteriorizárselo a Amaya.

—¡Cuidado, ahí viene Mukkun!

Con esa voz chillona fueron alertados todos los presentes en un santiamén. Todos menos la persona que en realidad debía movilizarse y así evitar aquel accidente tan aparatoso.

Las chicas tragaron saliva y aguardaron a que esa cortina de arena se despejara. Fue en ese momento cuando apreciaron una enorme silueta que se tornaba mucho más nítida. Allí estaba Murasakibara, intacto, con ese semblante de aburrición total y comiendo lo que parecía ser una bolsa llena de chocolate cubierto de menta.

Midorima se convirtió en la pista de aterrizaje humana y personal del peli morado, contra todo pronóstico y voluntad. La única vista que poseía Shintarou en ese momento era el de la caliente arena. Esta se había vuelto su amiga íntima; después de todo, no había podido evitar que le entrara en los ojos, así que además del peso adicional de ese jugador que por alguna extraña razón no se quitaba de encima, también estaba el ardor en sus ojos.

—¡¿Shintarou?! —Miura empezó a desenterrar al pobre hombre, liberando al menos su rostro, dejándole respirar adecuadamente—. ¿No te rompieron nada?

—Mido-chin, ¿pero qué es lo que estás haciendo allí abajo? —preguntó con suma sorpresa. Hasta ahora no caía en cuenta que usó a Midorima de cojín amortiguador.

—¡Idiota, quítate de encima! —era inútil retorcerse e intentar tirar a ese sujeto, pesaba lo suficiente para dejar a dos hombres tumbados.

—Está bien, pero no te enfades~ —al fin el grandote se quitó, dejando al As de Kioto respirar, porque claramente le estaba dificultando esa tarea tan vital.

—¿Puedes levantarte? —cuestionó preocupada Amaya.

—Creo que sí…—lo intentó y lo lamentó al poco tiempo. Por lo visto el golpe fue más fuerte de lo esperado y le tomaría un rato reponerse.

—Si no lo quitamos de allí, estoy casi segura que el resto lo usarán igualmente de tapete personal —decía Ju mirando al pobre hombre incapaz de abandonar la arena.

—Mukkun, sabes qué hacer —pedía amablemente la peli rosa.

—¿De verdad tengo que hacerlo? Mido-chin seguramente sólo está dramatizando —tenía pereza y no quería hacer esfuerzo alguno.

—Byron, ¿puedes echarle una mano al pobre Midorima?

—Haré lo que pueda —ya estaba a un costado del chico, sacándole de la arena y ayudándole a pararse, siendo su principal apoyo. Gracias a ello pudo alejarse de esa zona de alto riesgo.

—No eres tan mala persona como todos dicen que eras —soltó casual el de gafas. Quizás quería ponerlo de su lado y que odiara al resto de sus amigos; si era vengativo.

—Ah…¿Gracias? —solamente se limitó a reír por lo bajo. Le parecía un sujeto curioso.

—Creo que te has equivocado de rubio, Midorima —siseaba Axelle, claramente refiriéndose a Tatsuhisa.

Nuevamente enfocaron su atención en el siguiente intrépido amante de la aventura. Motoharu lucía radiante mientras perdía altitud; indudablemente la adrenalina solamente sacaba lo mejor de su persona. Esa sonrisa llena de satisfacción tras aterrizar únicamente les hacía pensar que quería repetir la experiencia.

—¡Ha estado de locos! ¡Quiero hacerlo nuevamente! —esa exclamación fue más como un grito discreto por su parte. Las chicas simplemente rieron ante su ímpetu.

—Lo siento Motoharu, pero eso ha sido más que suficiente por un día —Aoi debía imponer orden. Además, ¿dónde se supone que estaba el despistado de su novio?

—Pero hermana…—replicaba con ojitos de cachorro triste. Por lo visto esa mirada tenía efectos positivos en sus dos hermanas.

—Sólo una vez más, Aoi. No creo que sea malo —ahí estaba Sora alimentando el vicio del muchacho.

—No es no, Motoharu —debía mantenerse firme por su bien. A diferencia de él, ella sentía que el corazón se le salía del pecho en cuanto lo vio arrojarse de esa avioneta.

—¿Ese de allí no es Kasamatsu? —Noa era de momento la única que estaba apreciando el cielo.

El pelinegro indudablemente no podía ocultar esos gestos de pavor y sorpresa que corrompían la integridad de su rostro, sin embargo, se le notaba en una lucha constante por soportar el miedo que sentía y disfrutar de la espectacular vista. Además, no podía permitirse quedar mal frente a su novia.

—Pensé que no llegaría…—suspiró el pelinegro, sintiendo cómo su corazón palpitaba a toda marcha.

—Lo has hecho muy bien, Yukio —le felicitaba la peliblanca.

—E-Elin…—el que le dirigiera al fin la palabra y la mirada, le alegraron el día. Incluso sonría bobamente lindo ante ella.

—¿Y mi felicitación? —Moto se sentía abandonado por su chica. Esta simplemente le rehuyó la mirada y se escondió tras Byron.

—Mila-chan...—lloriqueó al estilo Kise Ryouta.

Parecía que existían pocas cosas que perturbaran los nervios de acero y magnifico autocontrol de Akashi Seijuurou. Y obviamente el paracaidismo no era una de ellas. Sí, ese hombre bajó de la avioneta y aterrizó sin perturbación alguna.

No por nada fue el capitán de la Generación de los Milagros.

—Sei-chan, ¿te divertiste? —la castaña ya estaba cerca de su querida pareja.

—Es una buena manera de poner a prueba el temple. Indudablemente ha sido una excelente elección. Sólo espero que Ryouta esté bien, al parecer se mostraba arisco a subirse a la avioneta…

—Y hablando del Rey de Roma…—Kiyoe llamó a todos a mirar el espectáculo que se suscitaba en lo alto.

Si nadie antes había contemplado a un pequeño polluelo, revolotear, intentando fallidamente el volar en su primer intento, no podían perderse la actuación de Kise Ryouta. Por lo visto en un mero acto reflejo empezó a mover sus brazos de manera frenética, cerrando los ojos ante el hecho de que iba perdiendo altura. Pero eso no era lo verdaderamente problemático y catastrófico.

—¡Ryouta, jala la cuerda, jálala! —le gritó tan fuerte como podía, Motoharu. El rubio estaba tan nervioso que estaba olvidando hacer lo más importante de todo.

Para el alivio de todos, el blondo reaccionó a tiempo y se evitó así, un fatídico accidente.

—Motocchi, menos mal que estás íntegro —la dorada mirada del modelo inspeccionaba al chico de arriba a abajo.

—Soy yo el que está más preocupado por si estás entero, Ryouta.

—Todavía faltan esos dos, ¿verdad? —al fin Midorima podía estar en pie sin problema alguno—. Presiento que va a ser un desastre.

—No creerás que hayan decidido saltar al mismo tiempo, ¿ver….? —Kiyoe debía de empezar a desistir de tenerle demasiada buena fe al pelirrojo.

Ante la incredulidad de todos, ese par de idiotas estaban descendiendo juntos y para no variar, se encontraban discutiendo mientras lo hacían. Por lo visto su riña era lo suficientemente importante para ignorar ciertos asuntos vitales como jalar del paracaídas y salvarse el pellejo.

Fue entonces en que todos sin falta alguna, lanzaron en voz alta lo que debían hacer en vez de estar riñéndose mutuamente.

—…Ha estado cerca…—Kiyoe se dejó caer contra el suelo. El alma le había regresado al cuerpo tras verlos llegar a tierra a salvo.

—Un poco más y me quedaba sin sombra —mencionaba casual Kuroko. Era complicado si decía eso con aflicción o era un lamento de que no sucediera.

—Kagami-chin, Dai-chan, ¡¿qué demonios estaban pensando?! —regañaba la peli rosa. Y estaba en todo su derecho—. Casi se mueren como Ki-chan.

—Eres un caso total, Ahomine —las palabras ofensivas no bastaban, así que le dio un buen golpe en la cabeza—. Idiota.

—Fue culpa de Bakagami. Es quien empezó todo —el otro simplemente le ofertó una mala mirada.

—¡Ja! Llegué antes que tú, así que paga imbécil —la victoria estaba en sus manos.

—¡Aquí el único que va a pagar, eres TÚ, idiota desconsiderado! –si Kise consideraba que las patadas que le daba Kasamatsu eran duras, es porque no conocía la bestialidad de Himuro Kiyoe; en ese momento agradeció que lo maltratara su superior y no esa chica—. Bakagami —frunció el ceño y se fue de allí muy cabreada.

—No lo sé, pero presiento que te dijo eso por algo que va más allá que la estupidez que cometiste —mencionaba Axelle, quien continuaba jalando la mejilla de su igual idiota pareja.

—Mmm… Pues no se me ocurre qué otra cosa podría haberle hecho enfadar —no recordaba algo que pudiera molestarle. No recientemente.

—¿No es tu celular el que está sonando, Kagami-kun? —Amaya parecía haber sido la única que había escuchado el ligero sonido del móvil.

—Ah, es una alarma…—mencionó tras sacar su teléfono del bolsillo. Aunque en el instante en que se percató del mensaje se quedó blanco como fantasma.

—¿Algún evento importante que hayas pasado por alto, Kagami-kun? —Kuroko parecía saber más de lo que dejaba asomar entre líneas—. Himuro-kun llamó hace poco, poniendo de muy buen humor a Kiyoe-kun. Quizás esté relacionado con eso.

—¡¿Por qué demonios te escapaste de nosotros y no saltaste como el resto?!¡¿Te escabulliste para ver cómo nos iba, eh?!

—Kagami-kun, tu comentario me ofende —se escuchó de lo más afectado por las palabras del pelirrojo—. Yo sólo suponía que algo importante había sido pasado por alto —sorbió una vez más de su deliciosa bebida—. Como el cumpleaños de Kiyoe-kun.

—¡No se me olvidó! Simplemente…no lo conmemoré…momentáneamente…—evadió las miradillas acusadores de todos los presentes. Sentía que tenía a todos en su contra.

—Kagami-chin, eso habla muy mal de ti. Te hace ver como un hombre despiadado.

—Kagami-kun, acaba de demostrar, una vez más, que es un hombre despreciable… Creo que es el momento adecuado para dejar de ser tu sombra.

—¡Mejor dime que ya no quieres serlo y deja de usar excusas baratas como estas! —le gritó sin decoro alguno.

—Solamente por si acaso, ¿cuándo cumplo años, Daiki? —porque Daishi quería asegurarse de que el moreno no estuviera en las mismas.

—…2 de noviembre…—respondió sin titubeo. No quería estar en el mismo hoyo que el pelirrojo.

—Eres un buen chico, Daiki —acarició su cabeza como si fuera un vil perrito. Pero lo peor era esa sonrisa burlona que le ofertaba.

—¿Y qué es lo que vas a hacer para remediar la situación? —interrogaba Lia, cruzada de brazos.

La situación que vivían esos cuatro desafortunados chicos no había cambiado en lo más mínimo. Únicamente estaban más cerca de ser bañados por la salina agua de mar y de pescar un caso severo de insolación. Pero de allí nada grave.

Posiblemente nadie se tomaría las molestias de siquiera irles a buscar.

—…Les rêves des amoureux, sont comme le bon vin. Ils donnent de la joie ou bien du chagrin…

—¿Quieres dejar de cantar eso? Ya aquí todos no la sabemos, Hadrien —pedía el italiano.

—Ha pasado más de hora y media y no hemos visto señales de otro ser humano por aquí…—suspiró Leo, ignorando ese pepino de mar que curiosamente había llegado hasta él.

—¿De quién es el celular que está sonando? —interrogó Tatsuhisa en cuanto escuchó tan particular tonadita; era la misma que ese hombre había estado cantando por media hora.

—Oh, es el mío… Es Taiga, es su tono —esas tres cabezas solamente veían cómo se agitaba, intentando seguramente alcanzar el teléfono. Era esfuerzo inútil.

—¿Qué es lo que querrá? Porque obviamente no nos ha llamado para preguntarnos si estamos bien —Turletti conocía la calaña de sus amigos.

—Ni idea. Pero ya está llamándome a mí también —terciaba el danés.

—Quizás esté alucinando por todo el rato que llevamos bajo el sol y nuestro alto grado de deshidratación, ¿pero ese no es Murasakibara? —los tres extranjeros giraron su cabeza hacia donde la celeste mirada del chico se ubicaba.

Gracias a que medía cerca de dos metros no costaba identificarlo a largas distancias. Pero la pregunta no era, ¿qué es lo que hacía allí? Sino más bien, ¿quién era la persona que le acompañaba y con la que charlaba amistosamente?

—¿Una chica? —Hadrien literalmente terminó ladeando su cabeza, ocasionando pegarle a cierto blondo.

—Claramente, idiota —Kai le devolvió el gesto al alemán.

—¿Pero quién es? No me parece reconocerla de ninguna parte —Leo entrecerró los ojos para poder definir mejor la silueta de la chica—. Es pelirroja.

—Y parece que su anatomía es de 10.

—¿Cómo puedes mirar cosas como ésas desde donde estás? Sé que tienes vista de lince, pero hay límites —espetó Marko.

—¡Sólo cállense, ya se están aproximando…! —demandaba el alemán. El resto únicamente continuó apreciando que esas dos siluetas eran más y más claras.

—Oye, pero si esa chica es la de….—su esmeralda mirada veía con completa estupefacción a la acompañante del peli morado.

—¿No jurabas que iba a ser incapaz de conquistar a alguien? —se burlaba Tatsuhisa de la premisa de Hadrien.

—Es la chica que dijiste que ni siquiera tú podrías ligarte —el peli blanco adicionó un poco de veneno al comentario del blondo.

—¡¿Pero cómo demonios lo logró?! ¡Es imposible que una mujer como ella esté interesada en ese amante de los dulces!

—Pues por lo visto es mejor para el flirteo que tú, Hadrien —sonrió campante Kai.

—Dejando a un lado que el orgullo de Hadrien ha sido pisoteado hasta proporciones dolorosas, pidámosle ayuda a ellos dos —todos tomaron aire y gritaron el nombre del as de Hokkaido.

—¿Ah? Me pareció haber escuchado la voz de Ha-chin, Tatsu-chin, Au-chin y Turle-chin —pero sin importar donde colocara su mirada, no hallaba a nadie.

—¡Idiota, estamos aquí abajo! Maldita jacarando desarrollada —gruñía el alemán.

—Bueno, estamos fuera de su campo de visión, es normal —suspiró Marko—. Por cierto, ¡no me llames Turle-chin, se oye horrible!

—Murasakibara-kun, estamos en dificultades logísticas, por lo que te pediremos tu ayuda de la manera más cordial posible.

—Si nos sacas de aquí te compraremos cada uno de nosotros un kilogramo de las golosinas que tú quieras —lo siguiente que Kai supo es que ese hombre lo había sacado de la arena sin problema alguno, tomándole de los hombres—. Bien, eso ha sido inesperadamente rápido.

—Tatsu-chin, eres un buen amigo~ —mencionó feliz tras bajarlo. Ahora continuaba con los otros tres.

—Tengo arena en sitios en los que no debería —Hadrien se sacudió de arriba abajo para quitarse la arenilla y demás.

—Indudablemente fue un golpe de suerte que te encontramos aquí, Murasakibara —Marko al fin podía quitarse esos cangrejos ermitaños de su cabeza.

—¿Son tus amigos, Atsushi? —cuestionó la chica con sumo interés.

—Sí, venimos de viaje a disfrutar de la playa.

—Los amigos de Atsushi, son mis amigos también —les sonrió amistosamente.

—Yo no podría ser solamente un amigo de alguien que luce as…—se calló, un golpe en el estómago por parte de Leo le hizo estarse calladito.

El tono ambarino de su aguda mirada quedaba de maravilla con el tono blanquecino de su piel y la llamativa coloración escarlata de su cabello. Uno que igualaba sin problema alguno al rubí más puro y codiciado. Su flequillo ocupaba la mayor parte de su frente poseyendo mayor talla justamente en el centro, característica que se repetía a los costados de su rostro.

Su rizada cabellera era lo suficientemente larga para llegar sin apuro alguno hasta su cadera, sin embargo, no era algo que apreciara demasiada la pelirroja, por lo que se hallaba sujeta en una alta cola de caballo gracias a un listón negro.

Y seguramente las miradas se iban primero hacia esos distintivos atributos femeninos.

—Por cierto, ella es mi amiga Hayashi Shiina —la presentó amablemente el grandote.

—¿Amiga? No soy idiota, está claro que tú le qui…—el segundo golpe fue aportado por Marko. El alemán debía aprender a callarse.

—Es un placer—–pronunciaron esos tres que sí podían gesticular palabra.

—¿Q-Qué demonios quieres ahora, Taiga? Estoy recuperándome de una traición…—cuchicheaba Hadrien desde el suelo. Por lo visto alguien quería hablar con él sí o sí.

—¿Por qué demoraste en responder? —se quejó, como si fuera una novia abandonada por su estúpido chico.

—Porque estaba divirtiéndome con una chica del otro lado de la playa, aprovechando que no hay nadie.

—¿Otra vez haciendo eso? ¿No escarmentaste cuando ese celoso novio te encontró con su chica con las manos en la masa? —le regañó con el duro tono de un padre.

—No estaba haciendo eso, idiota… Craig nos enterró en la arena y apenas nos logramos salvar.

—Como sea, necesito que me eches una mano.

—¿Qué se te olvidó ahora? ¿Los preservativos o la píldora de…? —no dijo más, ese estruendoso grito lo dejó sordo de un lado.

—¡Cállate idiota, sólo mueve tu trasero hasta la entrada de la playa! —mencionó antes de colgar.

—Chicos, hora de irnos y salvarle el pellejo a Taiga…otra vez —soltó un Hadrien ya recompuesto, sonriéndoles cínicamente.