Septiembre 1997
La caída del Ministerio fue planeada minuciosamente por los mortífagos, pero nunca salían las cosas como eran planeadas.
Pretendía ser llevada a cabo para poco después de la muerte de Dumbledore, dejando a Potter desprotegido antes de su cumpleaños.
Pero finalmente, el 1 de agosto, acorralaron a Scrimgeour, por un hechizado Thicknesse.
El Ministerio de Magia estaba en las manos de Voldemort.
Severus no había tenido contacto con la Orden desde su huída, pero se alegraba que hubieran tenido un mes para prepararse.
Él se encontraba en Malfoy Manor con el resto de mortífagos, el antiguo Ministro no reveló nada sobre el paradero de Potter, lo único que pudieron sacar en claro es que una boda se estaba celebrando en la Madriguera, y si un Weasley estaba implicado, seguramente el muchacho estuviera allí.
Severus esperaba que el chico no fuera tan estúpido y se encontrara oculto en algún otro lugar.
Él no participó en ese ataque, raramente Voldemort lo usaba como atacante. A él le reservaba siempre otras tareas más delicadas. El espionaje y la elaboración de complejas pociones solía ser su cometido.
La muerte de Dumbledore le había dado de nuevo la confianza que sabía había perdido por parte de su Señor.
Pero el castigo al hijo de Lucius no se hizo esperar. La marca de su brazo le hizo gritar por días, Severus fue incapaz de hacer nada por el niño.
Pero finalmente Voldemort se cansó de torturarlo, dejando a un Draco más debilitado aún.
Como pudo se escabulló para darle pociones sin que los demás lo vieran.
Lucius había escapado con los demás mortífagos de Azkaban, pero ya no tenía el favor de su señor. Este cada vez que podía lo humillaba delante de los demás.
Ambos sabían que serían sacrificados en cuanto nos les resultaran útiles. La mansión era lo que los mantenía a salvo, pero con la caída del Ministerio y la toma de Hogwarts, dentro de poco no sería necesaria.
Los días de los Malfoy estaban contados.
La promesa que le hizo Potter sobre proteger a Draco era inamovible, era una promesa mágica inquebrantable. Por mucho que lo odiara, Potter ayudaría a Draco llegado el momento siempre que estuviera en su mano.
—Severus—lo llamó su señor.
La muerte de Charity Burbage aún pendía de su cabeza, ella le había suplicado, pero no hubo respuesta por su parte. Sus ojos suplicantes serían un nuevo recuerdo que le perseguiría el resto de sus días.
—Sí, mi señor—dijo Severus sumiso pero firme, en aquella lúgubre mesa del comedor principal de los Malfoy donde se celebraban las reuniones más importantes.
—Volverás a Hogwarts, serás el director, tú serás mis ojos y mis manos allí.—Aquello era algo que podría haber supuesto, pero volver al lugar del que huyó con sus antiguos compañeros sería duro. Ahora sin la protección de su doble juego Voldemort esperaría cosas, cosas que él odiaría hacer.
—Muchas gracias, mi Señor, será un honor.
Lo que quedaba de hombre, asintió satisfecho.
—Los Carrow tomarán cargos allí también.—Estos encantados se removían en sus asientos.
Los niños de Hogwarts estaban en peligro con esos dos sádicos en el lugar, tendría que hacer su mejor esfuerzo para trabajar por ellos en las sombras.
Era conocida su aversión a los mocosos, pero esos niños no sufrirían si en su mano estaba protegerlos.
No era estúpido, él sería el director pero Voldemort le enviaba espías que informarían que éste seguía siéndole leal.
Ahora desde allí, desde la mesa de profesores, en el lugar que una vez ocupó Albus Dumbledore, Severus dio un oscuro mensaje de bienvenida. Exaltación de los principios pura sangre, se alegraba que ese año ni uno de los nacidos muggles hubiera asistido, hubieran sido asesinados nada más llegar.
Pocos mestizos acudieron, y familias que siempre habían rechazado a Voldemort no llevaron a sus hijos.
Nunca había visto tan pocos niños y tan serios como ese primero de septiembre de 1997.
Se alegró de ver los ojos plateados de su ahijado, había convencido al Lord de que Draco sería un excelente reclutador de futuros mortífagos.
La mirada agradecida de Lucius le confirmó que hacía lo adecuado, sacar a Draco de la mansión era crucial.
Un duro año tenían por delante, tenía que ponerlo a salvo. Además las cabezas de esos niños que estaban a su cuidado eran de todo lo que tenía que preocuparse en esos momentos. Él era lo que los separaba de las garras de la oscuridad, y haría su trabajo.
Un último pensamiento antes de seguir con su plan trazado fue hacia Sirius, habían pasado mucho más tiempo separados a lo largo de su historia. Que él de dijera que le creía, que no cuestionara sus motivos fue como una bocanada de aire cuando estaba ahogándose.
Eso era Sirius en su vida, el aire que necesitaba para respirar, y no poderlo tener cerca, aunque fueran escasos sus encuentros era duro.
Solo esperaba que el chucho descerebrado en el que sabía que se podía convertir no cometiera ninguna locura.
