Descargo de responsabilidad: Harry Potter y casi todos los personajes son propiedad intelectual de J. K. Rowling.
Traducción al castellano, autorizada por la autora, del original en inglés Gilded Soul
Autora: Digitallace
El alma dorada
Capítulo 25 – Peligro profetizado
Harry había quedado boquiabierto. –¿Cómo es que…?
Draco hizo una mueca de suficiencia. –Ya te lo había advertido, cuando se trata de obtener información, mis recursos son ilimitados.
–Pero… es que no… se suponía que vos no… –balbuceaba Harry, no era posible que Draco supiera… ¿cómo lo había averiguado? Y Dumbledore… ¡iba a pensar que había sido él que había faltado a su palabra!
Había tenido un día espantoso. Había empezado en el desayuno, Hermione le contó de la penitencia que Draco había cumplido con McGonagall y le había dicho la razón. Harry había estado en una clase con Dumbledore y no estaba al tanto de nada. Draco no se lo había mencionado. Se sentía como un imbécil… tener que enterarse así por Hermione. Finnigan siempre había sido un bocón, un jetón ordinario, pero después de haber compartido el cuarto durante tantos años, Harry hubiera esperado una actitud un poco más educada para con él. Lo que había hecho Draco le suscitaba sentimientos conflictivos; por un lado lo hacía sentir incómodo, que se hubiera visto obligado a salir a defenderlo, por el otro lo hacía sentir bien, amado y protegido. Ojalá que haya sido un hechizo potente, pensó para sus adentros, que justificara por lo menos el castigo que le había valido a Draco.
Se preguntó por qué Draco no le había comentado nada. ¿Se habría sentido incómodo y por eso no se lo había confiado? Era consciente de que a Draco, la relación que tenía con él le había provocado múltiples pesares e inconvenientes. ¿Terminaría hartándose? ¿Terminaría cansándose de él?
Las cosas no había mejorado en las horas siguientes, todo lo contrario. Snape se había mostrado particularmente acerbo esa mañana, fustigándolo con sus comentarios humillantes. Trató de centrar su mente en lo que Dumbledore le había relatado sobre su mamá y Snape, trató de contenerse durante toda la clase para no espetarle una réplica mordaz pero poco antes de que sonara la campana Snape había hecho una alusión despreciativa en referencia a James, su papá. Era la gota que faltaba, le gritó en la cara que era una alimaña cobarde y rastrera. Con ojos asesinos, Snape le puso dos penitencias y lo expulsó del aula.
Durante el almuerzo las murmuraciones y las miradas furtivas en su dirección se redoblaron, se puso tan furioso que abandonó el Gran Salón casi sin haber probado bocado. Fue a refugiarse al baño de los prefectos, pero tuvo que aguantarse las recriminaciones e ironías de Myrtle Gimiente que ya sabía de su escandalosa relación con Draco.
Era una vez más el hazmerreír de toda la escuela. Y a pesar de que había tratado de hacerle creer a Draco lo contrario, era algo que detestaba. ¡No estaba bien, no era justo! Todos lo trataban como a un estropajo, lo insultaban como al más bajo y vil.
Había tenido sueños… sueños en los que se desquitaba entregándoselos todos a Voldemort. Había tenido sueños en los que el Ministerio lo llamaba para cumplir con su misión puesto que había llegado el momento de enfrentar al monstruo… y él los mandaba a todos al carajo haciéndoles un corte de manga y enseñándoles el dedo medio. Una noche había llegado incluso a soñar que se unía a Voldemort y que los dos juntos destruían la escuela y todo el mundo mágico.
Era consciente de que estaba mal y en lo hondo de su espíritu sabía que era algo que nunca haría… pero al menos esos sueños le proporcionaban una válvula de escape, lo ayudaban a seguir adelante soportando su calvario.
Y luego estaba Draco. Dulce… bellísimo Draco. Quería hablar sobre el laberinto todos los días… y él tenía que hacerse el boludo para hacerle creer que no sabía nada que Draco no supiera ya. Odiaba estar obligado a mentirle. Era algo que lo estaba carcomiendo de a poco, royéndole el corazón lenta pero implacablemente. Y eso lo había llevado a la confrontación con Dumbledore.
Estaba en el despacho del director aprendiendo encantamientos para calefaccionar ambientes. Y vio por la ventana al equipo de Slytherin que estaba practicando en el campo de quidditch. Pensó en Draco y en cuánto ansiaba contarle toda la verdad y eso le dio valor para pedirle, una vez más, la autorización a Dumbledore. No se había esperado la reacción que tuvo el director, se puso furioso y lo recriminó con una acritud y desprecio inauditos. Siempre había tenido el mayor de los respetos por el anciano y noble mago, siempre le había creído todo lo que le decía como si fuera palabra revelada. Y resultaba que no era ni tan noble, ni tan sincero. No era sino un viejo ladino que lo había atiborrado con vaguedades y medias verdades, que lo estaba utilizando como peón en sus intrincados juegos de estrategia, que no le permitía elegir en quien confiar o no. Estaba harto de que lo manipulara a su antojo y para cumplir sus fines…
Sintió que el poder brotaba de él como una imparable ola de calor, la temperatura del recinto aumentó varios grados en un segundo, Fawkes lanzó un graznido de protesta, el borde de las cortinas empezó a chamuscarse y también algunos pergaminos sobre el escritorio. Vio que Dumbledore tambaleaba… una voz interior lo instaba a detenerse… ¡pero la sensación de ser el que controlaba era tan gloriosa!... ¡incluso el más grande de todos los magos vivos retrocedía ante el ímpetu de su magia salvaje, descontrolada, imparable!
Por suerte Dumbledore había podido frenarlo. Él no quería convertirse en otro Voldemort, no quería que todos lo reverenciaran o que lo temieran. Él lo único que quería era tener a Draco y a sus amigos… y que lo dejaran tranquilo. Había salido del despacho del director sin decir una palabra, si hubiera hablado seguramente habría terminado diciendo algún despropósito. Quizá Dumbledore tenía razón, quizá era todo obra de Voldemort que hacía aflorar en él la oscuridad que todos llevamos dentro… sólo que no era así…
Draco recordaba épocas en que ver y oír a un Potter tartamudeante le hubiera producido una gran satisfacción. Esos tiempos estaban definitivamente idos… el Potter balbuceante que tenía en ese momento frente a sí sólo le inspiraba tristeza… y algo de irritación. Había decidido mientras subía hasta el séptimo piso que no podía echarle la culpa a Harry. Era evidente que Harry había querido decirle todo, que lo habían coaccionado para que guardara el secreto. Lo que más le molestaba era que se sentía traicionado, como si la lealtad que Harry le tenía al director fuera mayor que la que le tenía a él… pero tampoco eso era cierto, la escena que había visto desde la ventana era prueba de que tal presunción era falsa.
Levantó una mano para calmarlo y aplacar la consternación de Harry. –Escuché y vi lo que pasó hace un rato en el despacho del director.
Harry no pareció calmarse con la información. –¿Qué fue lo que escuchaste?
–Lo suficiente.
Harry suspiró y se masajeó las sienes. –Dumbledore me va a echar la culpa… ¡esperá! ¿Cómo puede ser que escucharas? Había puesto un Imperturbable en la puerta…
–Pero no en la ventana… y la habían dejado entornada. –dijo Draco con una sonrisa maliciosa– Yo estaba flotando afuera, en la escoba.
–Sos un inconsciente… te podría haber descubierto… ¡y hace un frío polar, podrías haberte muerto congelado!
Draco levantó levemente una ceja y lo miró fijo. –Tu magia me calentó bastante.
Harry empalideció y bajó los ojos como avergonzado. –¿Pudiste sentirlo?... fue un error… en parte al menos…
–Si eso fue un error… no quisiera estar cerca cuando te salga bien.
Harry se puso de pie, suspiró profundamente y empezó a caminar de un lado al otro. –¿Vos también me tenés miedo? ¿Como Dumbledore?
Draco pensó un instante antes de responder. –Para serte sincero… fue un poco intimidante… pero no igual que para Dumbledore. Él tiene miedo de que uses tu poder para el mal… yo sé que vos nunca harías algo así. Lo que me preocupa es que tu poder te haga dejarme a un lado… que te olvides de mí…
Harry se le acercó conmovido y lo recompensó con un beso. –En tanto vos me quieras a tu lado, yo soy tuyo, Draco Malfoy.
Draco sonrió, cualquier resto de exasperación que le quedara se desvaneció en ese momento. Besó a su Gryffindor y se olvidó de todas las angustias de esas semanas. Se besaron durante un largo rato. Finalmente se separaron y Draco pidió: –Harry, contame todo lo que me has estado ocultando.
Harry suspiró y se rindió. –Esto nos puede llevar mucho tiempo.
Se pasó las siguientes horas rompiendo la promesa que le había hecho al director. Le contó todo, lo relacionado con su linaje familiar, le contó con detalle sobre la nueva magia que estaba descubriendo y le contó de la profecía que los tenía como personajes centrales. Se la recitó palabra por palabra.
–¿Así que es por eso que empezaste a llamarme tu dragón pálido? ¡Y yo que pensaba que era una agudeza que se te había ocurrido, hasta llegué a pensar que te habías vuelto inteligente!
Harry rió. –Me pareció que el apelativo te venía como anillo al dedo.
–¿Y qué es lo que piensa Dumbledore de la última parte? La que dice que vos tenés que sucumbir.
Harry encogió los hombros. –Dijo que la formulación vaga de la profecía era deliberada, que las palabras pueden significar muchas cosas. Mencionó una posibilidad de que yo tuviera que elegir morir en un momento para que vos pudieras vivir… pero dijo que podía haber muchas otras interpretaciones.
Draco se puso muy pálido y lo miró como si no pudiera creerlo. –¿Vos no harías una cosa así? –había sonado más como una demanda que como una pregunta.
Harry torció los labios en una sonrisa. –No sé si vos ya estabas enterado, pero yo tengo una especie de complejo de héroe.
–Muy bien… hay algo que quiero que quede muy claro… te prohíbo, cualesquiera sean las circunstancias… te prohíbo que entregues la vida para salvarme. –Harry no dijo ni sí, ni no. Continuó sonriendo, era claro por su expresión que no se comprometía a nada.
Draco suspiró. Lo tomó de los brazos y lo hizo sentar en su falda. –Harry, yo te necesito… igual que al aire… nada sería igual si te perdiera… no valdría la pena seguir viviendo.
Harry sonrió de oreja a oreja y lo recompensó con otro beso. Un largo beso, plácido, casto, tierno, sin urgencia.
oOo
Las siguientes semanas transcurrieron con una rutina más llevadera. Trataban de estar juntos el mayor tiempo posible, aunque ese máximo difícilmente superaba las dos horas durante los días de clases. Las murmuraciones fueron cediendo una vez que el asunto dejó de ser novedoso. De hecho todo indicaba que habían empezado una especie de moda en la escuela, fueron varias las parejas de dos chicos o de dos chicas que se declararon pública y abiertamente gays. En la mayor parte de los casos no resultaron más que una pose, las relaciones no duraban ni una semana.
Harry y Draco observaban divertidos ese inesperado y curioso desarrollo de los acontecimientos. Pero seguían igual sin mantener prácticamente ninguna relación con los demás alumnos. A excepción de Hermione, Neville y Ginny.
Draco se sentía muy solo, Harry sólo podía dedicarle muy poco tiempo, y los otros tres… eran Gryffindors… lo toleraban y poco más. Tampoco había vuelto a recibir ninguna carta de su madre, quizá porque estaba muy enojada… pensar en cualquier otra posibilidad era por demás de inquietante.
Ya estaban a mediados de febrero. El laberinto parecía haber estado reacomodándose como si intentara prolongar los senderos y multiplicar los inconvenientes para mantenerlos alejados de la tercera prueba. Draco necesitaba a alguien con quien hablar, pero quería que fuera alguien que le fuera más leal a él que a Harry, Hermione quedaba descartada. Sólo le quedaba una opción.
La profecía lo intranquilizaba. Suponía que la "unión traidora" ya se había concretado. Recordaba las cartas del tarot, el significado de la lectura adquiría una nueva perspectiva a la luz de la profecía… el presagio se transformaba en algo muy preocupante… algo que no iba a terminar bien. Que lo de Harry y él no iba terminar bien. ¿Iba él a terminar traicionando a Harry sin que esa fuera su intención? ¿Iba Harry a entregar su vida para salvarlo?
Golpeó a la puerta de la oficina de Snape. –Adelante. –lo autorizó la voz del profesor. Snape esta sentado al escritorio. –¿Qué te trae por acá Draco?
–Necesito hablar con alguien sobre cosas que me han estado preocupando últimamente.
–Hace rato que me preguntaba cuándo te decidirías finalmente a venir. –le hizo un gesto para que tomara asiento en un sillón, luego se puso de pie y fue a sentarse en otro sillón a su lado. –Bien, ¿de qué querías hablar?
–Profesor, ¿cuánto sabe Ud. de profecías?
–¿Profecías? Y bien… estoy muy lejos de ser un experto… pero he leído bastante. ¿A que viene la pregunta?
Draco sacó del bolsillo un trozo de pergamino bastante arrugado y se lo pasó. Snape lo leyó con atención, varias veces. –¿Pensás que esto se refiere a vos? –Draco asintió– ¿Y por qué lo pensás así?
–Por Dumbledore… digamos que me lo dijo… inadvertidamente.
–Ya veo… y si Dumbledore ya está ocupándose de esto… ¿para que me necesitás a mí?
–Dumbledore no sabe que yo sé. Me lo dijo Harry.
Snape dejó oír un sonido a medio camino entre una risa y un gruñido. –El viejo zorro siempre con cartas escondidas en la manga. –volvió a leer el trozo de pergamino– Ya la había oído anteriormente… presumo que vos suponés que Potter es el León –Draco asintió– ¿Y vos sabés lo que es El alma dorada?
–Es la recompensa que está en el centro del laberinto.
–Muy cierto. ¿Y cómo es que sabés del laberinto? ¿fue algo que también te dijo Potter? –la expresión de Snape se había vuelto muy seria, ¿qué hacían esos dos chicos mezclados en algo tan peligroso como el laberinto?
–No exactamente.
–Veo que la actitud siempre abierta de Potter todavía no te ha contaminado, sabés guardarte algunos secretos.
Draco rió. –Creo que Harry guarda más secretos de los que yo he guardado en toda mi vida. Y él siempre tuvo muchísima más información que yo.
–Me parece detectar un cierto tono de amargura en tu voz. ¿Tenés la intención de embarcarte en alguna temeraria aventura que bien podría terminar con la muerte?
–¡Merlín no lo quiera! En realidad es justamente todo lo contrario. Quiero asegurarme de que esta profecía no se cumpla. Haría cualquier cosa que fuera necesaria para lograrlo.
Snape lo observó un instante muy fijamente. –Siendo así… mi consejo es que te alejes de Potter lo más que puedas y lo antes posible. Es obvio que la profecía augura su muerte… por tu culpa… y quizá por tu propia mano.
Draco contuvo una exclamación. –¡Yo nunca le haría daño a Harry!
–Nunca deben hacerse aseveraciones tan terminantes… y a veces… inintencionadamente hacemos cosas que no queremos. Te voy a contar algo, Draco, pero antes tenés que prometerme que lo que te diga no saldrá nunca de esta habitación. –Draco asintió su acuerdo.
–Hubo un tiempo en el que estuve enamorado de la madre de Potter, Lily. Habíamos estado prometidos desde que éramos chicos, yo estaba loco por ella. –Draco trató de poner su mejor cara de gran sorpresa, pero esa parte ya se la había contado Harry– Era inteligente, bella, divertida y muy dulce. Pero terminó eligiendo a James e hizo anular nuestro compromiso. Ella quería que siguiéramos siendo amigos pero yo estaba furioso, no quería saber nada más con ella. Ese verano, después de la graduación, los Potter contrajeron matrimonio y ése mismo día yo me uní al Señor Oscuro. Supo sacar provecho de mi pesar y desolación, me transformé en el más leal de sus servidores. Un día escuché a escondidas una profecía que Trelawney le formuló directamente a Dumbledore. La que hablaba sobre el que subyugaría al Señor Oscuro… seguramente Potter ya te lo habrá contado… –Draco asintió.
–Bueno… por entonces yo no tenía idea de a qué se refería… Potter ni siquiera había nacido. Fui de inmediato y se lo informé al Señor Oscuro… que tomó todo el asunto muy seriamente. Poco después, Lily dio a luz y el Señor Oscuro decidió que ese hijo era el que estaba predestinado a destruirlo.
El profesor suspiró y miró con nostalgia hacia una fotografía que había sobre la repisa de la chimenea. Lily y él tomados de la mano junto al lago de Hogwarts. Más o menos de la misma edad que Draco, Lily le lanzó un guiño… ¡cuánto le recordó a Harry!
–Traté de advertirle, pero no pude encontrarla. La casa había sido puesta bajo Fidelius y yo no sabía quién era el Guardián Secreto. Presumía que podía ser Black, pero esa información igual no me hubiera servido de nada, nunca me creería. Así que fui a Dumbledore. Le juré un voto de lealtad, mi único deseo era poder salvar a Lily.
El profesor hundió la cara en las manos. –No llegó a tiempo. La Marca Oscura flotaba sobre la casa y Lily y James ya estaban muertos. El resto de la historia… ya la conocés… Como podés ver, aunque no era mi intención, fui la causa de la muerte de la persona que más amaba en el mundo. ¿Seguís estando tan seguro de que no podría pasarte a vos lo mismo con Potter?
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