Capítulo 25 - La otra vez

Abandonó la cama, que se elevó tras dejar de soportar su peso, recogió la bolsa a su paso y se fue hacia el marco de la puerta. No se despidió, no añadió nada más, creía que de esta manera el mensaje le quedaría mucho más claro a ese cabeza hueca. Cerró la puerta una vez estuvo fuera, del bolsillo sacó una llave, la metió en el picaporte y la giró hasta que la cerradura se encajó y selló la estancia.

La habitación entera había desaparecido para Antonio desde hacía bastante rato. En su mundo actual sólo existía él mismo y aquel cabello que tenía descansando entre las manos. Únicamente la luz de la luna disipaba la gran cantidad de sombras que había por todas partes en ese cuarto que daba la sensación de hacerse cada vez más minúsculo. El olor a la comida se había adueñado también del aire y le producía náuseas. Tuvo la sensación de que su estómago había subido y apretaba contra su pecho, como si deseara salirse de su cuerpo.

"¿Dónde está Francis?"

Soltó parte de esa coleta y con el dedo índice tocó una de las manchas rojas, intentando acertar, cosa que no era tan fácil por el temblor que se había quedado para convivir con él. Hizo movimientos circulares sobre ésta con la yema y al levantarla y voltearla para poder observarla vio un rastro rojo en su dedo. La sangre era reciente, era el líquido que había circulado por las venas de su amante.

"¿Dónde está?"

De ese que le había recitado poemas al pie de su ventana, del que había escalado para ver cómo estaba, del que le había llamado "mi Eros", del que le había abrazado, del que le había intentado comprender.

"¿¡Dónde!?"

Aferró con las dos manos el trozo de pelo y lo apretó contra su pecho. Le faltaba el oxígeno y por mucho que respiraba, agónicamente, jadeando, no sentía que estuviera obteniéndolo. Su cuerpo había perdido la habilidad de hacer esta tarea, su cerebro se empezó a embotar y empezó a sentirse mareado. Perdió el equilibrio y su torso se abalanzó hacia uno de los costados, en los que clavó parte de su antebrazo y el codo para no amorrar contra el colchón. Continuó gimoteando, mientras el cabello rubio quedó tendido sobre la cama y reflejó parte de los rayos de la luna. Notaba una gran desesperación, pena, estrés, desaliento y no creía que fuera a cesar jamás. Al contrario, cada rato tomaba más fuerza. Nunca había sentido algo por el estilo y aunque deseaba gritar con horror, con furia y llorar hasta deshidratarse, ni tan siquiera se veía capaz de eso. Sólo estaba ahí, ahogándose mientras trataba de respirar.

— Francis...

Fue lo único que su voz rota pudo murmurar antes de dejarse vencer por el cansancio que había acumulado, tanto por la falta de sueño como por el golpe emocional como por la sensación de mareo y asfixia que el estar hiperventilando le había provocado. La conciencia de Antonio se desvaneció en la más profunda de las oscuridades y ante el panorama que le recibiría, no estaba seguro de querer despertar de nuevo.


A pesar de que durmió durante horas del tirón después de perder la conciencia, la sensación que le quedó cuando abrió los ojos fue que no había descansado ni una sola hora. Le dolía el cuerpo, por la mala postura en la que había estado tumbado, y al abrir los ojos recordó lo que había pasado en las últimas horas y se dio cuenta de que su mano estaba vacía. Se incorporó de repente, al mismo tiempo que su respiración se cortaba, y examinó la cama desesperado hasta que por fin encontró aquel bulto dorado, coronado por un lazo de tela fina. Asió el mechón de cabello entre sus manos y suspiró pesadamente.

A partir de eso, los días fueron pasando por mucho que él no quisiera que se sucedieran y no les encontrara sentido. Se pasaba el rato en dos sitios de su pequeña habitación: el primero en la ventana, observando el exterior, y el otro en la cama, echado. En todo momento Antonio no dejaba ir los cabellos del que había sido su amante y a ratos los observaba como si el hacerlo fuera a desmentir la horrible realidad en la que estaba viviendo.

Diago hacía acto de presencia en su habitación cada día, incluso cuatro veces. En ocasiones para traerle comida, otras para recoger las cosas, otras simplemente para ver qué hacía. En principio había tenido la esperanza de que Antonio dejara de comer y se abandonara por completo. Si se apagaba él solo, no iba a impedírselo. Era su vida, si quería terminarla él no se inmiscuiría. A pesar de esa actitud pasiva que esgrimía, de no hablar y de no prestarle ni atención cuando se presentaba en la habitación, había demostrado que por ahora no tenía ganas de perder la vida y había comido lo que le había traído. No estaba ingiriendo la cantidad de alimentos que antes había llegado a ingerir, pero era suficiente para mantenerle con fuerzas, para mantenerle vivo aunque eso fuera una tortura.

El domingo se despertó a primera hora y se arregló para asistir a la misa. Cuando estuvo listo, observó el trozo de pelo y se dio cuenta de dos cosas: primera, no quería salir de allí sin él, sin lo único que le quedaba de Francis. La segunda era que debida a la longitud del mechón, no podía cargarlo de manera discreta. Observó durante un largo minuto el mismo y decidió cometer un crimen más. Hizo de tripas corazón, estiró la mano, agarró unas tijeras con las que se había cortado el pelo anteriormente y cortó por la mitad aquella melena. Del cajón sacó un lazo azul que tenía allí por motivos que no venían al caso y que implicaban relaciones con desconocidos en caminos por la noche, y anudó el cabello sobrante. Dejó los dos trozos sobre la cómoda y rebuscó hasta que encontró una bolsa pequeña de piel en la que normalmente había guardado monedas. Le dio la vuelta, por si había algo en su interior, y cuando estuvo seguro de que ya no había nada, metió el trozo de mechón envuelto por el lazo rojo.

Cerró la bolsa usando los cordones y los anudó para que el contenido no se escapara. Luego, los ató a su propio cinturón y tomó en sus manos el mechón del lazo azul. Lo acarició, lo sopesó y antes de prepararse para marcharse lo besó. Lo dejó descansar sobre la cómoda y miró hacia la puerta, cuya cerradura hacía ruido. Al final ésta se abrió y allí vio a Diago, que con el dedo índice de la mano derecha le hizo un gesto para que le siguiera. Diligente, entero aunque al mismo tiempo sin estar por completo allí, siguió a su padre por los pasillos sin pronunciar ni una sola palabra. Cuando llegaron a la puerta de la iglesia, éste le agarró del antebrazo y le acercó para que escuchara lo que le iba a decir.

— Vas a sentarte al fondo de la iglesia y te vas a mantener calladito. ¿Me has oído?

Sin ser brusco, se escapó del agarre de su padre y se marchó como alma en pena hacia el final de la iglesia. El sermón se le hizo tedioso y la mayor parte del tiempo su mente vagó por sus recuerdos, paseando por memorias en las que había sido realmente feliz. La voz de su padre, guiando a los feligreses, le revolvía las entrañas. ¿Por qué encontraba esa gente alivio al escuchar sus palabras? ¿Tan buen actor era con los demás? Porque para qué mentir, él sólo había visto la parte oscura de su padre. Por lo menos su madre, aunque no le quería, había tenido la decencia suficiente de fingir que se preocupaba por él y de tratarle bien. Parecía que cuando Diago le miraba, sólo veía un despreciable ser que no era ni humano. Se quedó en la banca sentado, mientras la gente se levantaba para marcharse o acercarse a otros conocidos para hablar. Pero pronto ese rumor se vio interrumpido por el lamento agónico de una mujer. Todos los ojos, los suyos incluidos, se desplazaron hasta enfocar la fuente de tamaño grito.

La persona que lo había emitido era Catalina, que se encontraba aferrada a uno de los brazos de Diago, que la miraba con una fingida pena. Negó con la cabeza, lentamente, y los ojos de la rolliza mujer se anegaron de lágrimas. No debería gritar, claro que no, pero era tal la desesperación que sentía que no atendía a razones.

— ¡Por favor, padre Diago, tiene que ayudarnos! No sabemos dónde está Francis. Hace unos días, en mitad de la cena, le pedimos que fuera a buscar una botella de vino a nuestra bodega, que está en el exterior, y después de media hora aún no había regresado. Cuando salimos a por él nos encontramos sangre... ¡Sangre por todas partes, padre! ¡No sólo él, los guardias también estaban desaparecidos y sólo quedó atrás un gran charco de sangre! No estaban los cuerpos de ninguno de ellos, no sabemos si están bien o no. ¡Mi esposo no deja de decir que están todos muertos, pero no le encuentro sentido alguno!

— Catalina, lamento decir que es tal y como tu esposo dice —murmuró Diago, que había llevado las manos a los brazos de la mujer para intentar tranquilizarla—. Han llegado a mis oídos rumores de asesinatos indiscriminados. Estaba rezando para que esos horribles hombres no llegaran aquí pero por lo que me cuentas parece que mis plegarias no han llegado a Dios.

— No... —murmuró ella desalentada, mientras en la comisura de sus ojos hacían acto de presencia dos lágrimas—. No puede ser. Francis es como un hijo para mí. Es un buen chico que jamás ha hecho daño a una mosca. ¿Por qué él?

— Lo sé, lo siento. Su pérdida es irreparable —replicó el monje. Dicho esto la abrazó y acarició su espalda tratando de calmar el llanto, que cada vez iba a más.

— Era un buen chico. ¿Por qué le ha tenido que pasar algo malo a él? Sólo un niño inocente. ¿Por qué alguien querría hacerle daño? ¿Por qué él cuando hay tanta gente mala en el mundo? Era un pobre muchacho...

Mientras escuchaba a la mujer llorar y lamentarse por un montón de respuestas que jamás tendría, Antonio notaba la bolsa en su cinto más pesada que antes. Parecía que cada fina hebra se había tornado en una losa enorme que le costaba cargar. Sus ojos se mantuvieron indelebles y ni siquiera adoptaron un cariz más brillante, a pesar de que tenía un gran nudo en la garganta que se negaba a desaparecer por completo. Él sí sabía la respuesta a todas esas preguntas y era una bien sencilla: Porque Francis se había enamorado de él. Y Catalina tenía razón, no merecía lo que le había ocurrido, tendría que haber sido Antonio el que hubiera sido víctima de los matones, el que hubiera perdido parte de su cabello, el que hubiera visto derramada su sangre y sufrido a saber qué barbaridades. Pero ese siempre había sido el juego de Diago, podía pegarle todos los golpes que quisiera, podía hacerle sangrar, podía mutilar sus esperanzas, podía dejar marcas en su piel que jamás se borrarían, podía vejarle, insultarle, dejarle en el ridículo más profundo pero, en el fondo, no tenía el coraje suficiente para acabar con su vida. A lo único que aspiraba era a mantenerle a raya y, de no poder ser así, a conducirle hacia el borde del risco para facilitarle la caída cuando él decidiera que no podía más.

El llanto de Catalina se le metía en la cabeza y la taladraba, pronunciando esa migraña que tenía desde hacía largos días. Se levantó de su asiento, con apariencia sosegada, y pasó entre la gente, cuyos rostros no reconocía y veía como máscaras blancas sin identidad, hasta abandonar la iglesia. El mundo de Antonio, desde que todo eso había pasado, se colapsaba sobre sí mismo y aunque no tuviera ganas de hacerlo, se resistía con dejadez, apretando la pila de runa que se amontonaba sobre su mísera persona. Los días se sucedieron y pronto las semanas fueron quedando atrás. Después de unas jornadas lluviosas, grises, como si el mismo cielo estuviera derramando lágrimas por la pérdida ya que Antonio no podía hacerlo, el sol salió y se alzó en el firmamento. Pronto los días empezaron a ser más cálidos y anunciaron la llegada de una primavera que él no deseaba vivir.

Hacía ya un mes que habitaba en un mundo en el que lo único que quedaba como prueba del amor que había compartido con el visigodo era un trozo de pelo rubio que llevaba en una bolsa al cinto a todas partes. Jamás se despegaba de ella, había sido su protectora, su amuleto, la única luz en un mundo demasiado oscuro para su gusto. Durante días, eternos, había pensado en la posibilidad de rendirse por completo. Le daba rabia tener que dejar que ganara su padre, pero hasta respirar se le hacía doloroso. Cada nimio evento le recordaba a Francis, veía incluso su fantasma en sitios en los que no estaba y en el único rato en el que no se sentía como si fuera a morirse de la pena era cuando dormía y soñaba con que estaba de nuevo con él, en el prado, comiendo y charlando bajo el sol del verano acerca de trivialidades. Después de eso despertaba con el corazón encogido y frío y ni por esas podía llorar. Solía darse la vuelta sobre el lecho, se hacía un ovillo y se abrazaba al mechón ondulado, el cual se acercaba al rostro para poder percibir el aroma que con el paso de los días se estaba desvaneciendo.

Pensar que pronto no sería capaz de identificarlo le mortificaba. La idea de olvidar no sólo su olor, también su rostro, sus ojos, sus labios, su sonrisa, sus gestos o sus caricias le hacían desear acercarse a la ventana, abrirla y lanzarse hacia abajo para caer en los brazos de la muerte o experimentar un dolor tan fuerte que no pudiera pensar en nada más. Pero, al mismo tiempo, cada vez que veía ese mechón de pelo recordaba que Francis le había dicho que debía vivir, que poseía gran fuerza y valentía y que confiaba en que si desapareciera, lucharía. ¿Cómo podía faltarle de esa manera al respeto? Si él no estaba allí era porque no había sabido negarse, porque no había podido ser valiente para apartarle a tiempo, así que ahora lo mínimo que podía hacer era aguantar esa pesada cruz sobre sus espaldas y seguir adelante.

Diago, por otra parte, no podía estar más disgustado con su hijo. De veras había creído que esta vez podría romperle del todo y aunque no hablaba, no le replicaba, no se rebelaba contra su voluntad, traducía, hacía las tareas del monasterio, se ocupaba de la comida, la ropa y otros menesteres, por desgracia aún seguía viviendo. Después de quitarse al visigodo del medio, había pensado que dejaría de comer, se quedaría echado, sin voluntad, como había hecho cuando Eduardo se había ido a un viaje sin retorno, pero el resultado se había salido de sus cálculos. Su único descendiente se nutría como era debido para seguir sano. ¿Por qué alguien, en el Reino de los Cielos, le castigaba con tamaña calamidad? Lo había entendido, el pecado que había cometido no tenía perdón, ¿pero no había cumplido ya con suficientes años de penitencia?

Oh, ¿por qué no lo había pensado antes? ¿Por qué no había tenido antes esa brillante idea? ¡La clave era la otra vez! ¡La manera en que había actuado con Eduardo casi había logrado su objetivo! Después de cavilar durante noches, tumbado en su mullido colchón, una vez finalizados los últimos rezos del día Diago tomó una decisión. De buena mañana, antes de que cualquier monje se despertara, abandonó la calidez del catre, se puso una de sus sotanas y caminó, a paso decidido aunque silencioso, hacia el ala en la que se encontraba la habitación de su retoño. Abrió la puerta que por costumbre cerraba cada noche, aunque el joven ni diera indicios de querer moverse de la cama en la que se sentaba nada más visualizarla, se acercó ésta, no más que un nido de mantas, y metió la mano hasta dar con un brazo. Le zarandeó con violencia y le sacó de un sueño plácido que le devolvió a una realidad que siempre lograba descorazonarle.

— Muévete.

Los ojos verdes de Antonio, que antaño habían logrado tener brillo, energía, que habían rebosado júbilo y otras tantas emociones, estaban velados por el manto de un dolor que no iba a marcharse de allí mientras siguiera respirando. Carecían de cualquier sentimiento y daba la sensación de que el muchacho ni siquiera era capaz de verte cuando estabas justo delante de sus morros. Esa actitud pasiva le sacó de sus casillas y apretó los dedos contra su piel morena, hasta dejar una marca blanquecina sobre ésta.

— Te he dicho que te muevas y salgas de la cama, ahora —ordenó.

Pero el cerebro del hispano de menor edad aún se encontraba aturdido y buscaba la manera de regresar a ese reino de sueños en el que encontraba paz y escapaba a tanto sufrimiento sin sentido que no deseaba experimentar, por lo que no se movió del sitio mientras observaba el rostro de su padre. Éste perdió la poca paciencia que ya albergaba hacia su hijo y le arrastró, literalmente, fuera de la cama. Antonio tuvo que reaccionar rápido y gracias a eso fue capaz de apoyar los pies contra el suelo. Ni siquiera le dio tiempo a ponerse una túnica o a calzarse, fue tirando de él por el pasillo que llevaba a la torre de la campana, la cual pronto reconoció. Los pies se fueron empolvando a medida que ascendían los primeros escalones, que llevaban a aquella pequeña cavidad en la que había montones de paja y en cuyo centro había una escalinata que ascendía hacia la torre en la que estaba la campana. Había una cuerda no muy larga, que pendía sobre el vacío de la cara norte, con la que el religioso de turno daba anuncios especiales a las viviendas más cercanas.

Tiró de él hasta hacerle subir al campanario y le soltó allí, empujándole hasta dejarle de rodillas sobre el suelo. Ese era su lugar, junto a la mugre, las cucarachas y todo animal desagradable que habitara en la Tierra. Los ojos verdes subieron hasta enfocarle y de nuevo Diago no supo descifrar qué había en ellos. Eran dos orbes carentes de emoción que parecían un gran muro de piedra que ocultaba el interior.

— Te diré lo de la última vez: haznos un favor y tírate del campanario. Aunque si lo prefieres, te he dejado una cuerda para que te hagas una soga y lo termines de una forma diferente —espetó, harto de ese silencio—. También vas a estar una temporada sin comer, ya que parece que esta vez ni el remordimiento te quita el hambre. Debería darte vergüenza, eres una escoria sin escrúpulos.

Viró sobre sus talones, descendió presto la escalinata por si le diera por cometer alguna estupidez, y sin vacilar ni un segundo abandonó la torre después de cerrar de nuevo la puerta con llave. Antonio desvió lentamente la mirada, sin inmutarse, sin expresar miedo o tristeza, sereno, y fue testigo del espectáculo que ante sus ojos se desarrollaba. Acompañado por el sonido de los pájaros y el ulular del viento del este, que soplaba contra su rostro ojeroso, apreció un hermoso amanecer que a pesar de que ya no estaba Francis en ese mundo, fue igual de reluciente que la infinidad de amaneceres anteriores. Llevó la mano derecha a su cuello y de ahí sacó su pequeña bolsa, que ahora siempre llevaba colgada. Era incapaz de separarse de ella durante demasiado rato y se había convertido en una parte vital de su anatomía. Cuando la asía se sentía cercano a él, se sentía seguro, se sentía parte de un mundo en el que su presencia era importante. Y ahí estuvo durante un par de días, sentado mientras el sol reinaba en los cielos y acostado sobre el mismo rincón durante la noche.

Diago se había presentado durante cortos espacios, pero no subió la escalinata que llevaba al piso superior y sólo observaba con asco esa espalda que día tras día aún podía divisar desde la puerta. Cuando veía que seguía vivo, salía y volvía a cerrar. Se decía a si mismo que pronto pasaría, que pronto se libraría de esa calamidad, que el día menos pensado lo encontraría colgando de uno de los laterales del campanario o abajo, con los sesos esparcidos por la tierra. Había aguantado durante más de veinte años, no venía de esperar una o dos semanas más.

Durante la tercera noche, Antonio se levantó, silencioso, se dio la vuelta, mirando hacia el hueco de las escaleras, sacó de la bolsa el cabello rubio y lo llevó contra su mejilla al mismo tiempo que bajaba la cabeza, con los ojos cerrados. Después de ese gesto guardó el mechón en su bolsa, se dio la vuelta y observó el paisaje con atención, examinando cada rincón, cada detalle. Respiró hondo lentamente y caminó con decisión hasta que sus pies quedaron al filo y parte de los dedos sobresalieron por el borde. Sus dedos, descalzos y negros de ir sin zapatos, se aferraron a ese borde y observó hacia el suelo.

Cuando todos los monjes estaban ocupados con sus diversas tareas, Diago abandonó su despacho con la llave de hierro en el bolsillo y se fue hacia la zona más vacía del monasterio. Subió la escalera que llevaba al campanario, que ahora era terreno prohibido para todos porque, según había dicho, se habían producido daños en la estructura de la torre y había peligro de derrumbamiento de parte de la misma, e introdujo la llave. La giró en el picaporte, hasta retirar la pieza metálica que la mantenía cerrada a calicanto y abrió la puerta. Levantó la mirada y donde siempre le recibía la espalda de Antonio esta vez sólo halló el cielo azul de la mañana. Por un momento tuvo un pensamiento, uno que le había producido una descarga de adrenalina, pero que retuvo por miedo a equivocarse. Acelerado, arrastrando a veces las suelas por la piedra que había bajo sus pies, se acercó a la escalera y allí se detuvo. Miró hacia abajo y respiró hondo una vez. Se animó mentalmente a calmarse y entonces alzó la mirada. No hacía falta que subiera por completo, unos cuantos escalones y podría ver si lo que creía era cierto o no. Ascendió, lento, de tal manera que sus pasos a duras penas se oían y cuando ya estaba a suficiente altura, estiró el cuello y alzó el mentón para poder ver la planta superior sin tener que terminar de llegar a ésta. Observó sin prisa cada centímetro de ese piso y cuando llegó al punto de inicio confirmó su sospecha: No había nadie. ¿Es que por fin Dios le había perdonado? ¿Había llegado el fin? Tragó saliva mientras el corazón le latía acelerado en el pecho, jubiloso, y dejó atrás toda calma que hubiera tenido. Una vez arriba, volvió a mirar alrededor, dentro de la campana, incluso por arriba, pero no, ahí no había nadie. Así que ahora sólo quedaba mirar abajo y encontrarse el espectáculo con el que había soñado en infinidad de ocasiones.

Se arrimó al borde, lentamente se asomó y examinó el suelo a unos metros bajo él. Sin embargo, la sonrisa que había curvado sus labios se difuminó cuando no vio nada allí: ni sangre, ni vísceras, ni extremidades rotas, ni cuellos partidos. Bajó más la vista, para comprobar que su cuerpo no colgaba de la cuerda, pero el extremo de ésta se balanceaba. Cualquier alegría se le esfumó del rostro y cuando recapituló, sus ojos se abrieron como platos y su ceño se frunció. Se fue hacia los diferentes extremos de la torre y bajó la mirada, buscando un cadáver, pero para cuando hubo terminado, se topó con una realidad que le arrebató las entrañas y le hizo enfadar como antes jamás lo había estado. ¿Cómo demonios lo había hecho? ¿Cómo había podido descender de una torre un niño que jamás había tenido condición física?

Lo que estaba claro era que Antonio, en pijama y descalzo, había escapado a su confinamiento.


Durante horas buscó por cada rincón del monasterio en busca del niño. En su cabeza estaba la prueba irrefutable de que la cerradura estaba echada cuando él había llegado y era consciente de que por allí no había podido salir. Sin embargo se empecinó en hallarle entre los muros del que había sido el lugar de reclusión de ese monstruo que jamás debería haber visto la luz del día. No era la acción más lógica, pero si de veras creía que Antonio estaba fuera, entonces encontrarle sería prácticamente imposible.

Su actitud, después de tanto tiempo, empezó a levantar las preguntas de los monjes, cuya intención era únicamente la de ayudar a un hombre que a ellos les había guiado. Pensó en no meterles en el asunto, pero el tiempo corría en su contra y él era un solo individuo. ¿Cómo podía encontrar él, por su propio pie, a su hijo? Pensó en contactar con sus asesinos, esos que tenían unas redes de información tan extensas que podían saber en un santiamén si alguien había estornudado al otro lado de la península, pero tal era su estado que sabía que de tenerlos delante sería capaz de ordenar su asesinato de una vez por todas. Eso sería algo que sin duda Dios no le perdonaría, por mucho que rezara.

Por este y otros tantos motivos, al final decidió aceptar la ayuda de sus compañeros y empezaron la batida. Las monjas, que normalmente se encontraban en su zona del monasterio, se asomaron ante tal revuelo y bajo las instrucciones directas del monje superior, ampliaron el rango de búsqueda. Aquello llamó la atención de sor Ana, que hasta ahora se había visto relegada a funciones más básicas ya que el hombre no quería que se metiera en sus asuntos.

— Padre Diago, por favor, se lo suplico, no cometa ninguna locura. Antonio es un chiquillo bueno, un chiquillo amable...

— Muévete —le ordenó, al mismo tiempo que él la apartaba usando su brazo derecho para barrerla con delicadez hacia uno de los costados.

Cuando quedó claro que el mocoso no se encontraba en ninguna parte dentro del monasterio, los monjes salieron y empezaron la batida por los campos. No podía estar tranquilo cuando no sabía acerca del paradero del que había sido su mayor error. Debería de haberle cerrado la puerta a la madre cuando vino a traérselo y dejar que ambos se pudrieran en la calle de hambre, de frío y de cualquier terrible enfermedad que les quisiera como anfitriones.

Ana dejó atrás las paredes del monasterio y se metió por el pasto, buscando en éste cualquier cuerpo caído o que tratara de esconderse. Pobre Antonio, con ese padre que no dejaba que se alejara de él, que tiraba de la correa en cuanto veía que estiraba las mutiladas alas para intentar volar fuera de su alcance. Una parte de ella deseaba no poder encontrarle. De hecho, si lo hallaba, era capaz de decirle que escapara, que le cubriría las espaldas. Tal actuación por su parte se consideraría como una gran traición, se arriesgaba a que lo descubriera y decidiera pagar con ella sus frustraciones por haber perdido a su hijo, pero ya empezaba a creer que aquella sería una buena manera de redimirse por haberse mantenido callada hasta ahora.

El bajo de su traje se estaba manchando por el constante roce contra la hierba, parcialmente mojada en por el rocío de la mañana. Se detuvo respirando acelerada después de caminar con rapidez por la zona y miró alrededor para ver si podía divisar algo que le llamara la atención. Por desgracia no se veía ni un alma cerca. Suspiró y se pasó la mano por un lateral de su cara, en el que resbalaba una traicionera gota de sudor. Agotada después de horas, tuvo que tomar la decisión de regresar hacia el monasterio a ver qué estaba ocurriendo.

No obstante, a no tanta distancia de donde ella se encontraba, un grupo de monjes no se daba por vencido en la búsqueda, ya que querían convertirse en los salvadores de su estimado padre Diago, que tanto les había enseñado. Éste les había dicho que Antonio estaba pasando por un momento difícil, que estaba enfermo, febril, y que en ese estado de delirios había abandonado su habitación. Con ese panorama, estaba más que claro que era peligroso para él estar fuera, cuando en ocasiones ni siquiera sabía distinguir la realidad de las alucinaciones de su mente. Y cuando menos lo esperaban, cuando estaban ya divagando acerca de qué podría tener el joven, entonces vieron una figura familiar. Estaba a duras penas vestido con un camisón blanco que, debido a sus aventuras, estaba manchado de lodo y de hierba. El rastro de inmundicia se propagaba por sus piernas y por sus manos. Escucharon que suspiraba y le vieron cerrar los ojos y alzar el rostro hacia el cielo, dejando a esos perseguidores, que él no había percibido por ahora, visualizar el perfil de su cara también manchada.

El monje que se encontraba en el centro hizo un gesto silencioso a sus dos compañeros para que éstos se fueran por cada uno de los lados y rodearan a Antonio, por si intentaba escapar. Estaba claro que algo se le había metido en la cabeza a ese pobre muchacho y debían regresarlo al monasterio cuanto antes para que reposara y se mejorara. Cuando ya estaban casi listos para saltarle encima, uno de ellos pisó una rama seca que crujió. Antonio se tensó, abrió los ojos y les encaró fijamente. Sus ojos se pasearon por ellos, examinándoles, determinando hasta qué punto eran una amenaza. Ninguno iba armado y por sus expresiones ninguno de ellos entendía hasta qué punto aquella era una cacería.

— No pasa nada, Antonio. Sé que estás confundido, pero es la enfermedad. Todo va a ir bien —empezó uno de ellos, tratando de calmarle para que no se comportara de manera inesperada—. Vamos a cuidar de ti.

Los labios del muchacho se curvaron hasta formar una sonrisa irónica. ¿Enfermo? ¿Así que ese era el embuste que había soltado esta vez? No lo iba a negar, sonaba convincente y con su apariencia sucia sólo hacía que confirmar que no se encontraba en sus plenas capacidades mentales. Pero bueno, después de todo lo que le había ocurrido, ¿quién podía asegurarle que realmente las tenía todas intactas? Vio que los monjes se le aproximaban, buscando el momento idóneo para placarle. Para dejarles ver que no iba a resistirse, levantó los brazos y cerró los ojos.

Cuando bajó la guardia, sus perseguidores se acercaron a él y le asieron para evitar una segunda huida. Uno de ellos le revolvió el pelo y expresó lo preocupado que estaba. Otro comentaba lo contento que iba a estar Diago ahora que por fin le habían encontrado y él no dijo nada, volvió a abrir los ojos y con diligencia dejó que le llevaran hacia el monasterio. Cuando llegaron, su padre se fue para él y le agarró de los hombros. Exclamó, agradeciendo a Dios por haberle mantenido a salvo, pero sus dedos huesudos apretando sus hombros contaban una historia completamente diferente. Se disculpó ante el resto por haberle distraído de sus tareas y les invitó a retomar su vida normal.

Ambos sabían lo que eso significaba: en cuanto se fueran se encargaría de castigarle por escaparse de esa manera. Escuchando el creciente silencio, cerró los ojos y esperó, estoico, al primero de los golpes que le tenían que venir. El cura superior levantó la mano, cerró el puño con fuerza, apretando hasta el punto de tener los nudillos blancos y cuando ya iba a golpear, de repente alguien se aferró a su brazo y le hizo fallar ese golpe. Abrió los ojos verdes y vio, sorprendido, que quien había impedido que le pegara no había sido otra persona que sor Ana, que se había quedado allí como medida preventiva.

— Apártate, insensata —le siseó entre dientes, sin alzar el tono de voz.

— ¡No! ¡Estoy harta de ver como una y otra vez golpea a este chico que no ha hecho nada más que existir! ¡Os molesta demasiado su presencia porque os recuerda vuestro error, padre Diago, pero el pobre no tiene culpa de lo que vos habéis hecho en un momento en el que, para empezar, ni siquiera existía! No voy a quedarme callada mientras le dejáis hecho un mapa. Ya suficientes heridas tiene de todas las veces en que le habéis maltratado como si no fuera más que una mula de carga. No os tengo miedo.

— ¡Por eso eres una insensata!

Con un golpe con el brazo apartó a Ana hacia su derecha y ésta trastabilló y cayó al suelo. En el proceso se raspó parte del brazo derecho, que se había quedado al descubierto. Se quejó abiertamente y con la otra mano se cubrió la herida, que empezaba a sangrar. Abrió los ojos y enfocó a Diago, que observaba a la mujer con una frialdad que helaría el lago más grande aún a pesar de estar en verano. Su ominosa figura se fue acercando a ella. En su mirada se podía apreciar un deje de locura, un mensaje que le hizo perder la respiración durante un par de segundos: "no te necesito más". Dejó una distancia de entre medio metro y uno y empezó un movimiento claro, con la única finalidad de patear a esa insolente mujer que se creía con la potestad de desafiar a un hombre. Pero antes de poder impactar contra su cuerpo, alguien se interpuso entre ellos y ese fue Antonio. Su mano izquierda agarró el pie y la otra paró con el antebrazo parte de la misma pierna. Para sacárselo de encima dio un par de coces y el joven muchacho la dejó ir.

— No voy a dejar que la golpees —dijo con una voz clara, la más fuerte que había utilizado desde que había quitado a ese rubio de escena. Sus ojos verdes, carentes de emoción desde entonces, estaban fijos en él, como si pudieran fulminarle si se lo propusiera.

— ¿Tú vas a darme órdenes a mí? —le replicó, centrando de nuevo en él su ira.

— ¡No! —exclamó la mujer, consciente de que esa mano que levantaba no tenía otra intención que la de golpear al desgraciado muchacho, al que nada le quedaba en esa vida. El primer gesto que hizo fue estrechar contra su pecho la cabeza del hijo que tanto había sido maltratado y después estiró uno de los brazos para impedir con más eficiencia el golpe que se avecinaba.

El brazo de Antonio cubrió la cintura de Ana y también la apartaba. Era una imagen que jamás había visto: él la protegía a ella y ella, a su vez, trataba de hacer lo mismo. Los dos le observaban con coraje, con decisión, con esa fuerza que le daba a entender a Diago que contra ellos, unidos, no sería capaz de nada. Entonces, viéndoles así, desafiándole con tanta voluntad, fue cuando más ganas tuvo de destrozarles. Se fue para ellos y agarró el pelo de Ana, que chilló y apartó las manos para intentar golpearle y que así le soltara. Tiró con tanta fuerza de ella que, tan sólo usando su melena, la empujó hacia uno de los costados. En la caída, se golpeó la cabeza contra el suelo contundentemente y tal fue el impacto que se quedó allí echada, aquejada y aturdida. Como Antonio aún estaba en el suelo, aprovechó, se agachó, le hizo inclinarse hacia delante y le pegó un rodillazo en el estómago que le dejó sin aliento y vagando entre el dolor y la inconsciencia. Ahora que estaba flojo, carente de las ganas necesarias para atacar o intentar ir hacia la monja traidora, lo cargó al hombro y fue hacia su habitación todo lo rápido que podía. Un par de monjes le vieron, pero pensaron que el muchacho había cedido a la enfermedad y había perdido la conciencia. Abrió la puerta de la habitación, le echó con poca delicadeza en la cama y sacó de uno de los cajones una cuerda que servía como cinturón. La agarró, juntó sus muñecas con ésta y la ató con fuerza al cabecero de la cama. Había usado tanta fuerza que se le clavaba en la piel.

— Si se te ocurre gritar, te mataré.

Fue su última recomendación. Bajó las escaleras como un tifón, amenazando con llevarse todo por delante a su paso, y salió de nuevo al trozo de pasto en el que había tenido lugar aquella rebelión. Ana aún seguía tendida en el suelo, pero intentaba ya incorporarse para alejarse de allí. Se agachó, se agazapó sobre ella y sus dos manos apretaron el cuello de la mujer, que jadeó e intentó clavar las uñas en la piel, para ver si por el dolor las apartaba.

— ¿Te creías que iba a dejarlo pasar como una divertida anécdota? Tendría que matarte, jodida puta. ¿Decirme a mí cómo debo o no educar a mi hijo? No me hagas reír. Si querías haber tenido uno para enseñarle a tu manera, haber dejado que se te follara el primer mendigo que pasara por los caminos y haber parido un repugnante ser a este mugriento planeta —se acercó y le habló al oído, frío, en un susurro. Así, tan agachado, nadie podría verles ni aunque se asomaran—. ¿Sabes lo que vas a hacer, querida? No quiero matarte, no quiero ensuciarme las manos contigo, así que mañana a primera hora vas a marcharte si no quieres que mande a mis empleados a por ti. Saben bien cómo quitar la basura de por medio —ni le importaban los jadeos ahogados de la mujer, puesto que aún no dejaba ir su cuello—. Ahora vete y haz tus tareas. Mañana les dirás a todos que no eres digna de llevar estas ropas y jamás ejercerás este oficio.

Le soltó el cuello y la mujer respiró a bocanadas, jadeante. Antes de dejar que se recuperara, Diago le dio una bofetada que se marcó enseguida y ella se quedó de lado, con los ojos llorosos, respirando frenética, sollozando sin parar. Diago era un hombre terrorífico y si esto era lo que Antonio había tenido que aguantar durante todo este tiempo, no sabía cómo podía ser un muchacho tan fuerte. Lo peor de todo es que no había podido huir y ahora, por mucho que quisiera, ella ya no podía ayudarle.


Hellouuuu!

Perdón que estuve casi todo abril fuera y luego vuelvo de viaje y, como soy tan lista, voy y me pongo mala. Pero ya estoy mejor y quiero seguir con esta historia para intentar acabarla antes de fin de año (jajaja sí, lo haré, no queda tanto, lo prometo).

Isth, ooooh muchas gracias, me emocionó mucho ver que me dejabas incluso otro review. Se me hizo muy adorable, muchas, muchas, muchas gracias por alegrarle el día a esta escritora. Aunque me sabe mal haberte pegado el palo emocional, una parte de mí se siente contenta porque al menos conseguí la reacción que tenía en mente cuando lo escribía. No te creas, también sufro escribiéndolo xD Porque aunque sé para dónde va todo esto, no dejo de meterme en la escena e imaginar cómo se sienten los personajes. Ayyy me alegra haberte hecho adorar a esta pareja más aunque sea un poquito. A veces no les hago sufrir tanto, lo juro. Eh el fic anterior fue todo fluff y la gente se quejaba de que le faltaba drama jajaja. Pues dije, en el siguiente será drama xD. Gracias a ti por los ánimos mediante las dos plataformas. Ha sido muy considerado y agradable por tu parte.

Vicky Lau, Perdón por tardar tantísimo. Espero que tu corazón siga vivo de verdad. Lo siento, estos capítulos son muy duros, pero la historia es así por ahora. Me pidieron drama, pues yo vine a servirlo xD Perdón, perdón! Dejaré de ser mala. Espero que te guste el capítulo, o al menos que te parezca que es una continuación decente al capítulo anterior. Muchas gracias por seguir leyendo esta historia después de tanto tiempo.

Eso es todo

Saludos!