Capítulo 24

Los pronósticos de Severus no se cumplieron; tuvieron que esperar una semana más para que la reunión diera lugar. Severus y Black estaban preparados para salir corriendo en cuanto Malfoy hiciera acto de aparición o Mulciber saliera de la Sala Común a deshoras. Aquel fin de semana empezarían las vacaciones de navidad, así que sus baúles estaban casi listos para ser enviados al tren; se irían a la mansión Potter – Severus no quería, pero Potter le había convencido tras amenazarle con enviarle una carta a sus padres – los cuatro, junto a Lily. Sería la primera vez que ella estuviera en la casa de Potter.

—Snape. —murmuró Black con alarma en la voz esa noche. Severus levantó la vista de su libro de Transformaciones.

—¿Qué? —Black le hizo un gesto para que se acercara a mirar el mapa.

—Malfoy está. Mulciber, por otro lado… Todavía no ha salido de la Sala Común. —Severus se giró y recogió el vial de veritraserum de su baúl. Se puso las zapatillas mientras miraba a Black, esperando la señal, y recogió la capa de invisibilidad. —¡Ya! Va solo.

Intercambiaron una mirada antes de salir corriendo hacia las puertas del colegio. El mapa temblaba en la mano de Black, que lo miraba de vez en cuando para comprobar que no había nadie cerca. Saltaron el escalón conflictivo en las escaleras principales y continuaron bajando con rapidez. El vial estaba caliente en la mano de Severus, húmedo por su sudor nervioso. Aquello podía costarles la expulsión de Hogwarts, pensó por un momento.

Cuando llegaron cerca del patio de Transformaciones, Black aminoró la marcha y finalmente frenó. Sus ojos se dirigieron, frenéticos, al mapa, escudriñándolo. Severus se apoyó sobre las rodillas, sin aliento por la carrera, sosteniendo con firmeza pero gentileza a la vez el frasco que contenía la clave de su éxito esa noche.

—Voy a ver por dónde ha salido Mulciber. —murmuró Black, entrando en la clase desde la cual siempre habían accedido al exterior del colegio. Severus lo esperó fuera, mirando a ambos lados del oscuro pasillo. —Ya está reunido con Malfoy. —le informó saliendo de la clase.

—Bien. Dentro de poco volverá al castillo.

—Sí. Voy a vigilar que Avery y Rosier se queden dentro de su Sala Común. —gruñó el perro. Severus se sentó, apoyando la espalda contra la pared. La capa de invisibilidad se encontraba bien resguardada de miradas indiscretas en el bolsillo interior de su túnica. —Parece que ya han terminado.

—¿Tan pronto? —se sorprendió Severus, levantándose con rapidez. Black asintió, dándole otro vistazo al plano. —Le emboscaremos aquí mismo, en la clase.

—¿Cuál es el plan?

—Vamos a atarlo y cuestionarlo. Déjame a mí las preguntas. Después lo desmemorizamos y lo mandamos a su Sala Común.

Black asintió, de acuerdo con el plan. Severus sacó la capa de invisibilidad, echándosela por encima de sus cabezas. Black le enseñó el mapa, observando cómo Mulciber se acercaba poco a poco a su trampa. Malfoy se desapareció en las lindes del Bosque Prohibido, aunque a Severus no le importó mucho que se fuera. Comprobaron rápidamente que la situación seguía siendo favorable para ellos y esperaron a que Mulciber entrara y cerrara la ventana detrás de sí.

—¡Desmaius! —Severus le apuntó a la espalda, desde el amparo de la oscuridad y la capa de invisibilidad. Mulciber no tuvo oportunidad de defenderse y cayó al suelo, siendo sujetado por Black antes de que se hiciera daño. Sería sospechoso que no recordara donde se había herido. —Átalo, Black, y déjalo contra la pared. Será más sencillo.

—Espera, que le quito la varita por si acaso. —murmuró de vuelta Black. Buscó entre sus ropas por el palo de madera y después de dejarlo en el pupitre más cercano, le levantó la manga izquierda de la túnica, mostrando su antebrazo. La Marca tenebrosa estaba allí, oscura y siniestra, con una calavera que parecía sonreírles y una serpiente jugando en su interior. —Realmente es un mortífago.

—¿A qué viene el tono de sorpresa? —inquirió Severus, su ceja alzándose en la frente. Dejó el mapa en el escritorio del profesor, comprobando de nuevo que no había moros en la costa. —De acuerdo, no tenemos mucho tiempo, Black. Avery se empezará a poner nervioso si su amigo no regresa pronto.

—Incarcero. —murmuró como única respuesta Black. Colocó al desmayado Mulciber con la espalda pegando en la pared. —¿Le damos ya la poción?

—Sí. Aparta un momento. —le echó Severus. Con una mano le cogió de la barbilla, abriéndole la boca, y con la otra vertió las gotas de veritraserum. —Listo. Hora de despertarse. —Severus miró por un momento a Black, antes de volver a repetirle. —Deja que le haga las preguntas yo.

—Vigilaré el mapa, entonces. —gruñó Black, sintiéndose excluido.

Severus lo vio alejarse de él y de su víctima. Pensó muy bien su siguiente movimiento antes de decidir qué hacer. Si Mulciber empezaba a decir toda la verdad de repente, se daría cuenta de que le habían dado poción de la verdad. No era como si Severus creyera tan habilidoso a Mulciber como para contrarrestar los efectos del suero de la verdad – se necesitaba un antídoto o una oclumancia muy buena que ni Severus, que llevaba tiempo practicando, había conseguido – pero siempre existía cierta posibilidad remota.

Su varita apuntó de nuevo a Mulciber. Severus frunció el ceño y lanzó un hechizo confundus no verbal a su antiguo compañero, antes de agitar de nuevo la varita, despertándolo. Black se había encargado de poner los hechizos de seguridad necesarios a su alrededor de mientras. Mulciber abrió los ojos, desenfocados por la confusión, y miró a todos lados. Frunció el ceño al ver a Severus y Black, pero su cara se transformó por completo al verse indefenso.

—Mulciber, qué bien que volvemos a vernos. —le susurró Severus, irónico.

— Púdrete, mestizo. Tú también, traidor a la sangre. —Mulciber le escupió a la cara. Severus sintió ganas de matarlo en esos momentos, pero se limitó a limpiar la saliva de su mejilla.

—Qué poco educado. —gruñó. —¿Qué planes te traes entre manos con Lucius Malfoy, Mulciber? —preguntó. Mulciber le sonrió insanamente antes de contestar:

—Eso no puedo decírtelo.

—¿Por qué no puedes? —preguntó Severus de nuevo. ¿Habría resistido los efectos del suero? No, no podía ser. Mulciber no era tan bueno.

—Juramento… Inquebrantable. —gruñó con dificultad Mulciber. Sus ojos se abrieron mucho al darse cuenta de que algo le estaba pasando. —¿Qué me has hecho, bastardo?

—Solo es un incentivo, nada más. —Black les miró, acercándose un poco. —Así que has hecho un juramento inquebrantable. ¿Quiénes son los demás involucrados?

—Lucius… Malfoy… y el Señor… Oscuro. —Severus se giró a mirar a Black un instante, sus cejas alzándose como único signo de sorpresa.

—Entonces eres un mortífago. —Mulciber asintió. Sus labios estaban muy pálidos de lo mucho que los apretaba. —¿El Señor Oscuro te ha encargado una misión? —de nuevo, Mulciber asintió desdeñosamente. —¿En qué consiste la misión?

—No puedo, imbécil. —se rió Mulciber. Severus hizo un mohín de disgusto.

—De acuerdo. Esa misión, ¿consiste en elaborar algo para el Señor Oscuro? ¿Algo como una poción, un hechizo o un artefacto?

—No. —Mulciber desvió la mirada. Severus le sonrió ladinamente: tenía muchos recursos, más de los que Mulciber se imaginaba. —Me las pagarás, Snape. Voy a matarte.

—¿Consiste tu misión en matar a Albus Dumbledore? —preguntó Severus después de un momento de inseguridad. Miró su reloj de pulsera, comprobando la hora. Mulciber negó de nuevo con la cabeza. —¿Consiste tu misión en propiciar la caída de Hogwarts? —Mulciber se reclinó hacia atrás. Su cara se contrajo, realmente peleando contra los influjos de la poción, y finalmente asintió.

—Te mataré lenta y dolorosamente. Me suplicarás clemencia, traidor. —le amenazó de nuevo. Severus ensanchó su sonrisa como única respuesta a sus provocaciones.

—¿Cómo va tu misión por ahora?

—Avanzando. —se las apañó Mulciber para responder vagamente la pregunta. Estaba logrando resistirse lo suficiente como para empezar a darles respuestas poco esclarecedoras. —Se te ha acabado el tiempo, Snape. No me vas a sacar nada más.

Severus ya lo sabía. De todas formas, resultaba frustrante que el efecto de la poción dejara de funcionar en Mulciber justo en esos momentos. Black, sin embargo, viendo que su interrogatorio había terminado, se abalanzó sobre Mulciber, cogiéndole de las solapas de la túnica. Su cara estaba contraída en una mueca de odio; no llegó a sorprender a Severus, no obstante.

—¿Qué estáis haciéndole a mi hermano?

—Nada. —respondió quedamente Mulciber. —Tu hermano está donde debe estar porque quiere. No le hemos obligado a nada, Black.

Black le empujó contra la pared, soltándole de golpe. Severus empujó a Black a un lado, lanzándole una mirada de advertencia, y tras acribillarle con otra mirada asesina de vuelta, Black regresó a vigilar el mapa. Severus desmayó a Mulciber de nuevo, comprendiendo que no había forma de sacarle nada más. Ahora quedaba la parte más complicada: borrarle la memoria y mandarlo a su Sala Común de vuelta.

Severus inspiró hondo, concentrándose. Implantar memorias falsas podía ser engañosamente difícil. Su varita apuntó a Mulciber a la cara y finalmente, la agitó. La sensación fue extraña, como si estuviera sacando algo e introduciendo otro algo en un cajón muy pequeño; no obstante, Severus estaba seguro de que había funcionado. Su mente se encontraba bastante cansada cuando terminó, pero no iba a quejarse a Black de eso.

—¿Dónde tenía la varita? —preguntó Severus, cogiéndola de la mesa. Black se acercó, quitándole el instrumento y dejándolo en el mismo sitio en el que lo había encontrado, en el bolsillo derecho de la túnica de Mulciber. —De acuerdo, entonces…

—¿Nos ponemos la capa y le dejamos ir? —terminó Black, estirando de su túnica para levantarlo. Severus se revolvió ligeramente cuando estuvo en pie, lanzándole una mirada de malas pulgas a su compañero. —¿Seguro que no podemos vengarnos, ni un poco?

—No. Ya basta, Black. Tendrás que conformarte con esto. —le gruñó Severus.

—Aguafiestas. Métete bajo la capa. —le ordenó, estirando la prenda de ropa mágica.

Mandaron a Mulciber a su Sala Común, muy confundido. Severus miró su reloj de pulsera de nuevo, bajo la capa, mientras volvían a la Sala de Gryffindor. Black respiraba contra su nuca pesadamente, refunfuñando con amargura y bufando de vez en cuando. Severus se reprimió las ganas de hechizarle única y exclusivamente porque sabía que tenía razón en el tema de Mulciber.

Lily ya estaba en el dormitorio cuando llegaron. Lupin, Potter y ella hablaban tensamente cuando Black entró hecho una furia. Severus, detrás de él, cerró la puerta con cuidado, devolviendo la capa de invisibilidad a su dueño y dejando en la cama de Lupin el mapa, que ya tenía una portada menos ridícula que antes.

—¿Cómo ha ido?

—Mulciber definitivamente nos la ha jugado. —gruñó Black, pateando su cama antes de dejarse caer, ahogando un grito frustrado contra la almohada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Potter, preocupado.

—Mulciber es un mortífago. Tiene la Marca en el brazo. —estableció Severus, dejándose caer en su propia cama. —Ha hecho un juramento inquebrantable con Malfoy y el propio Señor Oscuro para no revelar nada de su misión. Lo único que sabemos es que realmente va a ser la caída de Hogwarts y de que su misión va… Avanzando.

—¿Un juramento inquebrantable? ¿De verdad? —preguntó Lily, incrédula. —He leído un poco sobre ellos, son realmente peligrosos porque romperlos puede suponer… La muerte.

—Por eso se llaman juramentos inquebrantables. —gruñó Severus, hastiado por la obviedad. —No pude terminar de interrogarle porque el muy cabrón empezó a resistirse.

—Esto es serio. —murmuró Lupin. —Vamos a ver a Dumbledore, mañana mismo por la mañana, antes de clases.

—Ah, ah, ah, ni se te ocurra, Lupin. —se negó rápidamente Severus. —Nos expulsarás a Black y a mí si vas a ver a Dumbledore.

—Entenderá que era necesario cuando le expliquemos la gravedad del asunto.

—De acuerdo. Que nos castigue como sea, pero tiene que saberlo. —aceptó Black.

Como los demás estaban de acuerdo en ir a ver a Dumbledore, Severus tuvo que aceptar también su castigo. Entendía realmente que debían decírselo a alguien; sobre todo porque no sabían muy bien qué pasaba con la misión de Mulciber – no habían podido terminar el interrogatorio a fin de cuentas – y eso era una verdadera arma a favor de Mulciber. No obstante, Severus seguía sintiendo que no debían decirle toda la verdad a Dumbledore: podían obviar la parte en que Black robaba del despacho de Slughorn el suero de la verdad y el cómo se lo habían administrado a Mulciber para sonsacarle la información que le presentaban.

Al día siguiente, a primera hora, antes incluso del desayuno, fueron los cinco a hablar con Dumbledore. Estaban especialmente lúcidos – Severus no había podido dormir en toda la noche, pensando en su pronta expulsión del colegio – y durante cinco largos minutos, Black y Severus estuvieron hablando de cómo habían asaltado a Mulciber la noche anterior y todo lo demás. Cuando terminaron, Dumbledore se mesó la barba y dijo:

—Tengo entendido que el señor Mulciber será uno de los pocos slytherins que se quedará estas vacaciones en el castillo. —empezó. Rebuscó entre sus papeles; al parecer tenía una copia de los alumnos que se quedaban en Hogwarts por navidades. —Mantendré un ojo sobre él, si lo que me habéis dicho es cierto. En estos momentos debéis entender que me preocupa más esta supuesta misión que se le ha encomendado que atraparlo; otro mortífago podría continuar donde él lo ha dejado si lo acuso ahora.

—Entonces, ¿no va a – ? —preguntó Potter con cara de idiota.

—No, no voy a llamar a los aurores todavía. —admitió Dumbledore. —No hasta que sepa lo que pretende, señor Potter. De mientras, les sugiero que se mantengan alejados del señor Mulciber; no, —se contradijo a sí mismo — les ordeno que se mantengan alejados de él. Todos ustedes y aquellos que estén colaborando en sus… Planes. —Dumbledore agitó la mano. Potter asintió en nombre del grupo. Captaban la idea, sí. —Después de navidades, señores Black y Snape, acudirán a mi despacho para discutir su castigo por el uso ilegal de pociones reguladas por el ministerio de magia.

—Sí, señor. —murmuraron a la vez los aludidos.

—Pero señor director, Mulciber es un mortífago. —volvió Lily a la carga. —Sirius y Severus vieron el tatuaje en su brazo. Realmente, debería apresarlo ya. ¡Podría matar a alguien! —exclamó.

—Señorita Evans, le aconsejo que se calme. Lo mismo va para todos ustedes. —los ojos azules del anciano director pasaron por el grupo. —Mulciber no es una amenaza. Vamos a observarlo controladamente hasta descubrir su misión y después llamaré a los aurores para que se lo lleven. Y ahora, márchense a desayunar y a sus clases.

Severus salió con un mal presentimiento del despacho del director. Parecía como si Dumbledore lo estuviera subestimando. Seguramente, pensó, sería así, pues Mulciber era un crío a sus ojos. No le habían dicho nada de todo lo que ya había hecho y de lo que era capaz, y Severus pensó que quizás sí deberían haberle puesto sobre aviso. Lily se marchó rápidamente, su mirada fuego puro, seguramente porque Dumbledore la había tratado como una niña pequeña haciendo un escándalo por algo tan nimio como un grano de sal.

Le sorprendió que Dumbledore no comentara nada más acerca de todas las normas del colegio que habían roto; sin embargo, Severus recordó entonces que estaba en el grupo favorito de gryffindors de Dumbledore. A ellos no les expulsaría, ni aunque hicieran algo como usar veritraserum en otro estudiante. Aquello resultaba decepcionante, incluso cuando él mismo recibía el trato de favor.

Los demás también estaban algo decepcionados. Black estuvo todo el día irascible, de mal humor, y por la noche se fue a dormir pronto. Lupin parecía cansado y resignado, y en cuanto volvieron de sus clases se fue directamente a terminar los preparativos para el viaje que tenían que hacer en el tren. Lily y Potter estuvieron un rato de más en la Sala Común, cuchicheando mientras Potter trataba de animar un poco a Lily, que realmente estaba desanimada.

Y cuando la noche llegó y todos se marcharon a dormir, Severus, que había decidido que la Sala Común de Gryffindor era mucho más acogedora cuando no había nadie, tomó su libro de Encantamientos y bajó a descansar. Potter se le unió después de un rato – lo que le costó ducharse, creía Severus, pues lo había dejado en el baño con el agua corriendo. Tenía una expresión cansada en el rostro.

—Pensaba que decirle a Dumbledore nuestro hallazgo no me dejaría con esta sensación de… Suciedad. —gruñó, tirándose en el sofá de al lado. Severus levantó la mirada de su libro.

—¿Qué esperabas exactamente?

—Bueno, para empezar que nos diera la enhorabuena por haber descubierto a Mulciber, aunque nuestros métodos no han sido muy ortodoxos. Y luego, que detuviera a ese canalla inmediatamente. —se quejó.

—Si tengo que serte sincero, Potter, me molesta que nos haya ninguneado de esa manera.

—¿Ninguneado? ¡Ninguneado, esa es la palabra! —Potter se incorporó un poco. —Ni siquiera me dio la sensación de que nos creyera. —continuó quejándose. Después de un momento de reflexión, Potter terminó diciendo —La verdad, Dumbledore nunca se había portado así con nosotros. —Severus alzó una ceja y Potter elaboró —Frío, incrédulo, como si estuviera resentido con nosotros.

—Mmmm, me temo que eso es culpa mía.

—¿Estás diciendo que Dumbledore se portó raro con nosotros porque tú estabas delante?

—No exactamente. No se puede decir que lo que hicimos Black y yo sea realmente valiente o justo, más bien lo contrario. El fin justifica los medios, ya sabes, el dicho muggle. A Dumbledore no le gustan los slytherins por eso mismo, porque a veces hacemos cosas crueles para obtener beneficio. Que vosotros, los perfectos gryffindors, hayáis caído tan bajo como para seguir un plan que, obviamente, he elaborado yo, es una trágica decepción para él.

—No creo que Dumbledore sea… Ya sabes, tan así.

—A Dumbledore no le importan los slytherins. Eres un slytherin, eres automáticamente malvado, un mago oscuro. —suspiró Severus. —Ni siquiera le importó cuando Mulciber estuvo a punto de matarme; si hubieras sido tú, Potter, Dumbledore habría movido cielo y tierra para impartir justicia.

—Quizás estaba muy ocupado entonces.

—Quizás no. Es su trabajo dirigir este castillo, por Merlín.

—Entiendo tu punto, sí. Me cabreó bastante que Slughorn se creyera a pies juntillas todo lo que Mulciber le decía.

Severus hizo un sonido desde el fondo de la garganta, casi concordando con Potter. El muchacho de gafas se estiró, incorporándose finalmente, y se marchó al dormitorio después de desearle buenas noches. Era raro para Severus que le desearan buenas noches, aún cuando Potter llevaba haciéndolo desde que empezaran a dormir en el mismo dormitorio en Gryffindor, el curso anterior. Severus todavía se quedó un rato más, hasta que en la chimenea solo quedaban ascuas frías de las llamas vigorosas que había habido al principio de la noche.