Disclaimer: Hago esto por pura diversión. No obtengo dinero ni nada más que los comentarios de quien quiera dejar alguno. Ningún personaje que reconozcan me pertenece sino a Marvel y a Disney.


Aping my soul

You stole my overture

Trapped in God's program

Oh, I can't escape

-Exogenenis: Symphony Part I (Muse)


Capítulo 25. Cuando todo se acaba, la redención no importa.

Quémalo todo.

Aquella fue la orden escueta. Los ojos antes que ira reflejaron un profundo dolor. Desencanto. No le tembló la voz y pese a la simpleza del mandato, hubo un espasmo de aflicción vibrando en sus facciones de manera fugaz. No importaba cuán villana se viera, fue claro que le había costado tomar esa decisión.

Él no demoró un segundo en cumplir, temiendo un cambio de opinión, y mientras sus pasos coordinados resonaban pesados sobre los altos muros de piedra gris del larguísimo corredor, admitió para sus adentros, sonriendo ladinamente por fin luego de tanto tiempo de ese desarraigo respecto a sí mismo, de ese lento pero seguro viaje a las estancias de los muertos de Hel, que le agradaba la decisión mostrada por esta semimidgardiana en el par de días que llevaba como su sirviente-aliado.

Quémalo todo.

Malekith la había observado derrumbarse sobre el trono, aferrándose con ambas manos a la herida en su pecho. La mirada de repente encendida de ira. Tan Surtur que nadie podría extrañar al Señor del Fuego en aquellos momentos. También la vio sacar de un fuerte tirón la daga y trocar un gemido de dolor en un gruñido de cólera. La daga voló lejos, entre juramentos y maldiciones para el menor de los hijos de Laufey. Luego, silencio, unas raudas lágrimas sin sentido, y:

Quémalo todo.

No lo pensó otra vez, no quiso meditarlo más y arriesgarse a tropezar con el inmutable arrepentimiento de la incauta midgardiana, permitiendo así que Loki se saliera con la suya otra vez, quedando ella atascada en la frustración y la perpetua condena de ser la peor victima del asgardiano. El sólo pensar en volver a encontrarse como la que lo tuvo que sacrificar todo en nombre de los ardides de Loki Laufeyson le causó un grandísimo asco. No soportó la idea de permitirle vivir siquiera mientras lo peor de su tiempo juntos explotó dentro de su mente, destruyendo mucho de lo bueno, que fue tan poco.

Nunca se le había visto más fuera de sí. Rota definitivamente. Aiden profirió su orden entre dientes, para no llorar, para no gritar, porque debía reservarse cualquier sentimiento. Loki había asestado el golpe final, y Aiden no iba a poder resarcir su propia alma.

Para Malekith fue un silbido iracundo. Un "destrúyelo todo", que al elfo le supo a gloria. Reducir a Asgard a cenizas y nada mejor que eso, le pareció un pago justo por ese gélido hueco que estaba dejando su alma al marcharse.

Quémalo todo.

La señal de guerra perfecta y Malekith la saboreaba como la ambrosia final.

Los renovados ejércitos de Svartalfheim subieron a las naves y cuando el cielo era más oscuro y la mañana parecía inaccesible, Asgard se reencontró, muy a su pesar, con aquella desolación propia de los elfos oscuros, tan distinguida, tan propia. Y si bien la batalla no se prolongaría más que un día para fortuna de Asgard, la perdida desaforada y muchas veces injusta de vidas habría de dejar una zanja para ser rellenada por los bardos con historias destinadas a canciones y sagas que sólo hasta dentro de muchos eones podrían ser evocadas con orgullo y sin un resquicio de miedo.

La oscuridad llegó a parecerles una maldición inacabable. En los bosques, durante el combate cuerpo a cuerpo y replegados hasta el perímetro más básico de defensa alrededor del palacio, más de uno se preguntó si aquella noche exorbitante no sería un artificio élfico del cual ya nunca podrían escapar. El príncipe Thor luchaba a las puertas del palacio a falta del escudo de energía de la ciudad; únicamente evitando un mayor avance enemigo; su padre débil al borde de caer en el Sueño de Odín, y su madre confinada a las salas subterráneas consignadas de momento como Salones de Sanación. Todo esto mientras Loki se rompía la cabeza con los desperfectos en los mecanismos de los escudos, tratando de nivelarlos a la energía de la Espada Crepuscular, tan fluctuante.

La guerra es triste siempre y la orden había sido reducirlo todo a cenizas. Los mandatos se cumplieron con una perfección aterradora. Al despuntar el día, bajo una neblina gris y un sol pasivo y temeroso, un porcentaje desconcertante del territorio asgardiano ya había sido arrasado.

Pero Malekith no vivió ni vio todo cuanto hubiera deseado y según lo marcaba su inmortalidad. Poco antes de alcanzar las enormes puertas de acceso al palacio y después de su última orden (traer el ariete para derrumbar el formidable portón), Malekith la vio.

El general de los elfos oscuros no sufrió de mayor sobresalto: llevaba un rato esperándola y a decir verdad le extrañaba que se hubiera tardado tanto. Se limitó a parpadear y a respirar. Respirar profundamente, a consciencia, casi disfrutándolo. Se había terminado y deseaba marcharse con dignidad.

—Se acabó, has hecho todo cuanto has podido con tu destino, elfo —la voz templada de Hela le provocó un enorme deseo de suspirar. La frase logró traerle toda la nostalgia por la vida; la inflexión lenta y solmene de Hela encerraba toda la amargura y toda la felicidad, los arrepentimientos y orgullos, las derrotas, la victorias, los lamentos y las risas, las verdades y las mentiras, lo bueno, lo malo, el principio… el final.

Para Malekith resultó una tortura, y se preguntó si aquel tono dirigido a un ser más benigno resultaría dulce y pacificador; si al sucumbir al tacto letal de la Señora de los Muertos, las almas buenas hallarían paz y descanso, alivio a las asperezas de los mundos. Pero Malekith pronto recordó que Hela nunca tomaba a los buenos. Nadie encontraría jamás descanso o alivio alguno entre los brazos congelados de esta diosa, y ese fue un pensamiento que lo dejó al borde de la desesperación.

— ¿Ganaremos? —Malekith preguntó escondiendo su ávida esperanza final detrás de la tan acostumbrada imperturbabilidad de sus fríos ojos.

—No —Hela negó sin crueldad.

— ¿Quién esta vez? ¿Los asgardianos de nuevo, Hela? —.

La diosa no respondió.


Un elfo apareció frente a ella, una proyección solamente. Aiden le dedicó una mueca de fastidio como única señal para que comenzara a hablar.

—Ha caído, mi señora. Malekith—.

La mujer hizo un esfuerzo por olvidar el fuerte dolor en la herida que no podía terminar de sanar para su enorme fastidio. — ¡Ese imbécil! —exclamó exasperada. La punzada de ardor en el pecho la hizo doblarse un poco; apoyó los codos sobre sus rodillas, pero la imagen podía transmitir una debilidad que no le convenía mostrar ante ese ejército de elfos oscuros que ahora resultaba ser suyo (o algo así), y se exigió toda la fuerza posible.

— ¿Y? ¿Lo extrañan tanto? ¡Mantengan la ofensiva, gusanos asquerosos, si no quieren reunirse con él! —gritó al pararse bruscamente y cubrirse en su armadura con ayuda de magia—. ¡Si retroceden un centímetro los dejaré para arder junto con el resto de ese maldito reino! —vociferó bajando la escalinata del trono con marcadas y furiosas pisadas.


Uno de los peores errores que pudo cometer, llegada esta triste hora, fue unirse a la batalla. Si en lugar de transportarse hasta Asgard en medio de un arranque de furiosa arrogancia, hubiese decidido dirigir desde Svartalfheim la guerra; si no hubiese elegido ser ella quien asesinara al rey asgardiano, dándose el lujo, el placer de verlo morir por y frente a ella, derrumbar las últimas grandiosas barreras del aclamado Reino Dorado para así sentarse ella al trono y dejar en claro no sólo a Asgard sino a todo Yggdrasil a quién debían su temor y su respeto, todo esto antes de arrasar el reino a base de fuego y magia oscura. Tal vez si no hubiese estado herida y envenenada y cegada por el rencor. Si Odín se hubiese encontrado un poco más al borde de su Sueño y la desesperación de ver a su reino al borde de la desgracia total no le hubiera infundido alguna fuerza de reserva…

Pero tal vez nada de eso importe, en esos momentos el error más grande que pudo cometer fue distraer su atención en el cariño que muy en el fondo de su oscurecida alma aun reservaba para Thor. Como Loki había tratado varias horas antes, el príncipe rubio quiso apelar a la bondad de la humana, a la compasión y buen juicio de la amiga de infancia. Y Aiden se encontró atrapada otra vez en la tortura de la luz en algunos de sus recuerdos en medio de aquellas horas turbias y abismales. Mientras escuchaba a Thor paralizada de pena, la vida le pareció increíblemente injusta. Hubo un momento en el cual quiso separarse para siempre del universo, disolverse en la nada. Ya no ser porque simplemente estaba muy exhausta. Los años incontables de su vida pesaron catastróficamente sobre sus hombros e hicieron flaquear sus rodillas. Cayó al suelo sollozando, suplicando piedad a Thor, rogándole para que se detuviera, que parara aquel tormento porque sus palabras eran mil veces más dolorosas que el veneno corriendo por sus venas. Porque ella no quería eso. Nunca lo deseó ni lo pidió, y resultaba indigno que ahora se le culpara de esta forma…

Fue tan tarde cuando notó la expresión del rubio y su amago por detener a quien se encontraba detrás de ella. Aiden exhaló sorprendida y alarmada a partes iguales, giró la cabeza hacia atrás y lo próximo que supo fue que el Padre de Todo la sujetaba por el cuello sobre un acantilado en Jötunheim, a juzgar por el agreste paisaje. Él de pie a la orilla, mirándola con repudio a medida que apretaba más el cuello de ella, que había ido dejando poco a poco su estado de Demonio de Fuego durante su encuentro con Thor. El aturdimiento fue tal que ya no pudo recurrir a su otra naturaleza. Odín fue rápido. Quitó una mano del cuello, sosteniéndola sobre la nada con una sola, y la colocó sobre la frente de Aiden. La mujer inspiró hondo, pero el aire comenzó a ser insuficiente, y la angustia de la asfixia se presentó junto con un resplandor plateado que coronaba su cabeza y se apoyaba sobre la mano de Odín como una esfera pequeña y fluctuante: la energía de la Espada Crepuscular. Odín la extraía de ella, y Aiden se dio cuenta hasta qué punto la Espada le dotaba de energía. La debilidad fue abrumadora; su respiración se volvió pesada; era humana, el aire enrarecido y congelante de Jotunheim no era bienvenido en sus pulmones, y el hecho de que no pudiera deshacerse de la fuerte mano de Odín sobre su cuello, comenzó a dejar en claro que sin la Energía de la Espada ni siquiera podría recurrir a una transformación. En un instante se volvió obvio: moría.

Aiden quiso patalear para soltarse, pero no tuvo la fuerza para mover los pies más que unos centímetros, sin llegar a rozar a Odín. El potente veneno que antes le causara un dolor agudo, empezó a quemarle como si de lava se tratara, lo sentía precipitarse con ferocidad corrosiva a través de sus venas. Este era el final. El dolor era espantoso, y la desesperación paralizante, y este maldito final era tan pavorosamente triste e impensado. Obligada a morir como humana, Aiden no sólo se enfrentó a los malestares de esta agonía brutal a manos de uno de los hombres que más detestaba en todo Yggdrasil, sino también tuvo que padecer los ramalazos de culpa, de desengaño total; la frialdad de la decepción en un recuento rapidísimo de su vida. Todos sus sueños mutilados, sus actos de crueldad y los auspiciados por aquella peligrosa ingenuidad que con tanto llanto anegó su vida. ¿Para qué? ¿Por qué soportar tanto dolor por tanto tiempo? ¿Para que un par de monstruos vinieran a reclamarla como un arma al final? ¡Qué destino tan miserable! No lo soportaba, no quería creerlo, se negaba a aceptarlo… Y no obstante, Aiden admitió que no sabía si eso era peor a no tener ninguno, a verse de repente y otra vez tan vacía, tan falta de significado, como el chiste macabro del universo. En su mente detonó violentamente la certeza de que todo en ella y por ella era un error inmenso. ¡Ah! Toda la sarta de eventos ridículos que la habían llevado hasta ese triste punto; cada paso errado que dio, cada vez que calló, que habló de más, que accedió, que rehusó. Tanto tiempo haciendo un camino tortuoso que fue a parar hasta ese océano de frustración, de penoso desencanto.

Aiden comenzó a derramar lágrimas en nombre de esa vida saturada de inutilidades, sintiéndose traicionada, una broma, un engaño, la estúpida victima que no atendió las señales, que ignoró las nubes de tormenta. Así terminaba. ¡Qué asco! ¡Qué rabia!

― ¡No es justo! —Profirió con la voz quebrada por el llanto y atenuada por la falta de aire, aferrándose a la mano y brazo de Odín para apoyar algo de su peso—. ¡Qué montón de porquería! ¡Por qué a mí! ¡¿Cuál fue mi pecado?! ¿Venir al mundo monstruo y enamorarme de otro? —.

El Padre de Todo la observaba impasible, frío, insensible a la humana que se desmoronaba en llanto y gruñidos de agobio, que intentaba sin ningún éxito zafarse en un último esfuerzo por invertir la situación y ser ella quien terminara con él.

— ¡Debiste matarme cuando me tuviste frente a ti por primera vez, así ambos nos habríamos ahorrado toda esta mierda, cerdo mentiroso! —.

El gesto adusto de Odín hacía hervir su sangre, empeoraba su enojo y su tremenda amargura. No hallaba la manera de entrar en una transformación a Demonio de Fuego; a momentos parecía que podría lograrlo pero el repentino chispazo se sofocaba al último momento.

—¡Mátame de una vez, maldita sea! —sollozó furiosa, en sus ojos se encendió un terror inusitado —. Lárgate a tu reino de porquería—. Aiden cambió un poco su semblante y rio mordazmente, con amargura y dolor, taladrándolo con una profunda mirada de asco y odio—: No importa de qué manera quieras torturarme, la mitad de Asgard ya debe estar en ruinas… Y la otra… ¿tú crees que tu pueblo está a salvo con Loki ahí? ¡Me das lástima, Padre de Todo! —escupió sonriendo de lado —. Cuando terminemos aquí sería una buena idea que fueras a echar un vistazo a la Cámara de Armas, ¡tal vez te haga falta un cubo! —.

La imperturbabilidad de Odín quedó en el pasado luego de las últimas frases de la humana. Apretó un poco más su cuello y el puño en el que resplandecía la esfera con la energía de la Espada Crepuscular.

— ¡Basta! —Profirió el rey alzando la barbilla—. Si algo lamento profundamente es no haber acabado contigo desde el principio. Lamento haberte dado esperanzas, porque nunca las tuviste en realidad —.

Las palabras del rey la devolvieron a su profuso abatimiento. Aiden abrió la boca, titubeando un gruñido de rabia y conteniendo un sollozo. —Hazlo y ya —ordenó con un hilo de voz, soltándose del brazo de él y echando un vistazo hacia el acantilado. Sonrió sin ganas. Ya no soportaba más. Anhelaba la muerte, la de verdad; una definitiva.

Odín no se conformó con abrir la mano y soltar el delgado cuello de la humana. Antes de extender la mano izquierda, en la cual sostenía la esfera plateada de energía, y abrir un —bastante— inestable puente interdimencional, usó la misma energía de la esfera para causar una suerte de terremoto que sepultó bajo toneladas de hielo a la midgardiana.

La caída le pareció eterna. Interminable. Con el viento helado en la cara y la fatal asfixia volviéndola loca, tuvo tiempo y consciencia para pensar en muchas cosas, algunas tristes, otras no tanto; muchas lograron hacerle daño. Recordó a Frank y sonrió con amargura al pensar que después de todo si había cumplido de cierta forma la promesa de hacer pagar a Loki por lo sucedido en Midgard hacía más de doce años. Pensó con añoranza en Fenrir, en todo lo que no pudo vivir con él; en Albert, la primera vez que se embarazó. Recordó a algunos amigos… Y al final… allí estaba él. Loki. Siempre Loki. Aiden quiso recordar todo lo malo. La inmensa subestima con que podía llegar a verla en ocasiones, sus desplantes, las peleas y algunos golpes. Quiso tener en mente durante su momento final los gritos, el dolor, las traiciones, cada una de las mentiras que tanto habían ayudado a llevarla hasta ahí... Pero no pudo. Porque si iba a morir pensando en él, iba a hacerlo con lo mejor; con lo feliz: el niño escuálido y travieso de enigmáticos ojos verdes con quien estudio hechicería, que la defendió cuanto pudo de los idiotas amigos de Thor. El adolescente de la sonrisa torcida que la miraba con un cariño tan inmenso que no era natural. El hombre herido que le regaló un viaje por el universo. La dulzura de cuando parecía más remoto que nunca, perdido en sus cavilaciones, y a ella no le importaba cuales fueran o si estaba elucubrando mentiras y traiciones, porque con eso le bastaba, verlo ahí, a la luz cálida pero sosegada del sol, sentado sobre el césped esperando un rayo extra de sabiduría.

Loki. Loki. Loki. Todo. Siempre. Él.

Aiden cerró los ojos, temblorosa, y lanzó un largo suspiro como de gran alivio, al mismo que empapado de nostalgia y melancolía. Se había acabado. Al fin, se había acabado.


Fue una sensación fría y aguda. Llegó de la nada. A esa hora ya había logrado reparar los escudos de la ciudad, y por otro lado las tropas de los elfos oscuros parecían estar disminuyendo su fuerza y número. Se dirigió a su madre, y le entregó a su cuidado a Narfi y Vali, quienes aún lloraban y le miraban con una triste expectación; sin embargo Loki no dio ninguna explicación ni ningún otro discurso más que un solemne, "mi madre los cuidará, yo volveré pronto".

Frigga le observó temerosa, sospechando ligeramente (dado su conocimiento parcial sobre los verdaderos sentimientos de Loki hacia Aiden) que estaba dispuesto a ir tras Odín y Aiden, quienes, según se les había informado hacía un momento, habían desaparecido. Loki dudaba que pudiera localizar a Aiden si no lo había conseguido durante los últimos nueve años, pero tal vez pudiera con Odín. Besó la mano derecha de Frigga, cerró los ojos para concentrarse, y desapareció de Asgard.

Cargaba una vaga incomodidad, que ignoró todavía agobiado por la ira y el rencor. Deseaba encontrarla, no para salvarla, sino porque Odín no le robaría la satisfacción de matarla él.

Sin embargo fue muy tarde para cualquier cosa, y su furia se escurrió de su alma y su cuerpo como lavada con agua. Lo único que Loki alcanzó a notar fue a Odín desapareciendo a través de un portal llevando en la mano derecha un resplandor plateado que ningún buen indicio le transmitió. El portal se cerró y los estruendos finales de hielo cayendo sobre hielo y tierra ocuparon toda la atención del pelinegro. La gélida sensación que se había plantado en su pecho hacía unos minutos se acentuó hasta el punto en que se convirtió en un dolor certero que le dificultaba el respirar, causándole un malestar obvio y pesado sobre el pecho, mientras ceñía su garganta. Permaneció algunos segundos así, de pie con el viento helado pellizcándole las mejillas, inhalando y exhalando a modo de tranquilizarse. Pero no hubo forma de parar el torbellino desquiciante de conclusiones. Entreabrió la boca en determinado momento y un picor acudió a sus ojos: acababa de localizarla, por fin. Estaba enterrada en los escombros de aquel terremoto.

Loki sintió todo derrumbarse. Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos y las palmas de las manos le ardieron. Tenía ganas de gritar. Gritar hasta quedarse sin aire, hasta desgarrar su garganta y dejar a los Nueve Reinos escuchar de qué espantosa manera le hería ser conocedor de esa verdad insoportable, pero al abrir la boca ningún sonido salió. A medida que sentía como se llenaba de un viscoso líquido negro y venenoso, el estupor se impuso aun sobre la tristeza, aunque ésta le proveyó de la lucidez suficiente para transportarse hasta el montículo debajo del cual Aiden se hallaba.

Luchó por recuperarla asistido por su magia, pero además del hecho de que su cuerpo estaba en algún sitio debajo de todo ese hielo, nada más sabía. Era como si… alguien no quisiera que la encontrase y la extrajera de aquel frío montículo. Se le ocurrió incluso que podría haber sido el propio Odín el que había sellado la tumba de la midgardiana con magia, para evitar que alguien como Loki tuviera la idea de rescatarla tan fácilmente. Aunque la esperanza de encontrarla con vida se desarraigaba rápidamente de la mente de Loki.

Desesperado, escrutó el lugar pensando en una forma de descender hasta ella, y buscarla a la manera tradicional, con sus propias manos. Una grieta se abría en uno de los flancos de la pequeña colina de escombros. Parecía escabrosa y muy difícil, pero no se detuvo a pensar en los riesgos, y se dispuso a descender por la fisura, sorteando grandes bloques inestables de tierra y agua congeladas. Su respiración era errática y el cuerpo entero le temblaba por la angustia, la inquietud y el miedo horrendo, provocando que trastabillara un par de veces. Poco a poco el de por si pequeño agujero, que apenas podía albergar a Loki de pie con la cabeza agachada y caminando un poco encorvado, se fue haciendo más angosto y empinado, hasta llegar al terrible punto en que un muro de hielo le cortó el paso y acabó con las esperanzas de Loki definitivamente.

El jotun dejó escapar un largo grito de frustración. Dejó su naturaleza jotun fluir al exterior y le asestó varios potentes golpes a la pared, hasta que sus puños sangraron y la garganta le ardió entre los gruñidos y maldiciones cargadas de ese dolor que le enloquecía de una manera que nunca creyó posible. Porque dolía tanto que el peor de los infiernos sabría a miel. Se sentía tan desolado, tan quebrado, deshecho; y la culpa era insufrible, tremendas cantidades de remordimiento le estrujaban golpe tras golpe contra aquel maldito e infranqueable muro. Los puños empezaron a molestarle y la sangre era ya escandalosa, pero esto aquietaba de algún modo su enorme sufrimiento, acallaba los bramidos frenéticos de su consciencia culpable. Loki no hallaba lugar para esconderse de ese monstruo despiadado de amargura, y en verdad sentía que era lo justo dejar que le devorara.

Todo era su culpa. Todo. Todo.

La ausencia de Aiden tomó forma, se alimentó de su miedo, de su remordimiento y de su soledad. Su vasta e inclemente soledad. Loki cayó en cuenta de que nunca se había sentido así de abandonado, así de perdido y ciego. Todo a su alrededor era oscuridad y frío. Tenía miedo, mucho miedo. El mundo se volvió triste, más triste que nunca antes. Y mientras más pensaba en Aiden más solo se sentía. Todas las lágrimas que le hizo derramar, todo el dolor y el terror que llegó a advertir Loki en los ojos de esa mujer que tanto amaba. ¡Y si tan sólo hubiese sabido amarla bien! Como se merecía, como él en verdad quería. Y en cambio, le regaló océanos de amargura y aflicción para que se ahogara en ellos completamente sola. La abandonó aun conociendo su fragilidad.

Ahora ella ya no estaba. Loki se recargó de espaldas contra el muro y se dejó caer, sintiendo la desquiciante culpa y el dolor físico como un regalo que aplacaba su propio terror al imaginar el miedo de ella entre toda esa negrura y desolación a la que él la condenó. Loki quería morirse. Con gusto intercambiaría lugares. ¡Maldición!

Sus ojos trémulos viajaron por todo el lugar, llorosos pero aun conteniendo el líquido; sus labios entreabiertos murmuraban disculpas y suplicas ininteligibles, con un hilo de voz apesadumbrado y lastimero. El dolor no tenía fin. Había tanta oscuridad y Loki de repente ya no pudo soportarla; buscando algo de luz, hizo aparecer el Tesseract entre sus manos y en un segundo el Cubo iluminaba escasamente el maltrecho recinto con su luz azul. Lo observó durante varios segundos. Primero se mantuvo impasible, pensando en su miseria, pero pronto sus pensamientos colisionaron en un punto insalvable: de algún modo ese maldito cubo era el responsable de su actual desgracia, de la de Aiden y hasta de la de Sigyn. Si al principio lo había observado con una tranquilidad inventada, ahora, a medida que entornaba los ojos, tuvo la certeza de detestarlo. Por ese mísero Cubo había intercambiado la vida de su mujer. Creyendo que era de lo poco que le restaba en todo el universo, se sintió traicionado. Este artefacto no valía la vida de Aiden. No pagaba bien por la miseria que corroía su dolorido corazón. No valía para nada más que para venganza.

Cerró los ojos a medida que su cuerpo volvía a adoptar la apariencia asgardiana. Las lágrimas ya no se hicieron esperar más, iniciando su marcha amarga a través de sus mejillas congeladas. Sintió vergüenza. Llorarle ahora no la iba a revivir ni iba a cambiar el pasado. Permanecería inalterable. Nada sería diferente por el hecho de estar revolcándose en culpa y desolación. Ella perdió la razón, en efecto, y se lanzó desesperada al abismo infinito de su ira, su desprecio, buscando un remanso de alivio en la venganza contra él y todo lo que representaba su pasado

Levantó los parpados, súbitamente muy pesados, y lo primero que vio fue el Tesserract. Lo detestó. Desapareció el cubo de su vista devolviéndolo a ese lugar que solamente él conocía. Tragó, sintiendo su garganta seca y ardiente; paseó una vez más su vista por esa caverna helada y se concentró en la grieta de la parte superior que le había permitido entrar. Nada sino oscuridad en el cielo de Jötunheim. Nada sino oscuridad en el corazón estropeado de Loki. A excepción, tal vez, de la luz en sus recuerdos, que por muy hermosos que pudiera llegar a ser no resistían contra la siniestra e insondable soledad que lo agredía en su añoranza de ese pasado suave.

En medio del silencio y las tinieblas horrorosas se preguntó abatido qué sería de él de ahora en adelante, y la pronta respuesta que obtuvo no consiguió sobresaltarlo: "lo mismo". Con el Tesserract en su poder, todo era lo mismo: venganza. Porque él era, en efecto, él más culpable, el que en términos categóricos la había matado. Más eso no significaba que iba a ser el único que pagaría. ¿Por qué hundirse solo si contaba con la oportunidad de ahogar a todos en la sangre de su desprecio, su asco, la locura y los deseos de verlos sufrir casi tanto como él? Loki sonrió de forma torcida, triste y un poco perversa. No, de ninguna forma iba a sumergirse en esa pesadilla solo.

Pero mientras el permanecía en un letargo de abatimiento y amargura, la pesadilla ya se desataba catastrófica y triste en otro lado: Skadi había presenciado, como él, la escena final de Odín, y además le había notado a él; sacando similares conclusiones, su propia venganza se desató sobre aquellos que ninguna culpa ostentaban.


¡Hola, hola! :D

Pues sí, hasta aquí por hoy. Pura muerte y dolor. ¿Qué les digo? Me pinto sola para eso xDD

Espero les haya gustado. ¿Comentarios?