CAPÍTULO 25: NUESTRAS ACCIONES Y NUESTRAS DECISIONES

POV MORINAGA

― Otra vez no lo conseguí. No me puedo venir.

Senpai sufría, Senpai lloraba, Senpai se decepcionaba. En poquísimas ocasiones observé un rostro como el de ahora, que no sólo guardaba una profunda tristeza y frustración, sino que se sentía avergonzado, humillado como el hombre que era. De ese hombre me había enamorado, de todo él, porque sus fracasos también formaban parte de su ser. Pero a costa de eso no podía sentir felicidad.

Mis dedos se incrustaron en la puerta, me sentía impotente porque sabía que no lo podía hacer feliz, y culpable, porque seguramente, no podía ser de otro modo, yo tenía la culpa. Naturalmente no era una criatura libidinosa, se proclamaba hombre recto y todo poderoso, que buscaba el saber, curioso, anhelaba el descubrimiento; yo corrompí todo eso. Le mostré mil formas de amar y unas cuantas para besar, pero también le enseñé a odiar, a odiarme por sobre todas las cosas. Me detestaba no por mi sexualidad, sino porque perturbe la suya y actué sin control. Fui un caballo sin riendas, un travieso gato sin dueño y un cachorro que suplicaba amor con ladridos. «Perdóname Senpai, porque te seguiré lastimando» pensé, porque lo sabía, porque no había retorno y no conseguiría detenerme. También sabía que ahora no éramos más que amigos, conocía nuestro pasado y no olvidaba mis desenfrenos, nuestros accidentes y demás tonterías. Vivíamos juntos, «vivíamos».

Chillaron las bisagras de la puerta y entré.

Ante todo pronóstico, a pesar de la lluvia y los rayos que se aproximaban, después de mi mudes, entré. Su primera reacción fue cubrirse con sus manos, estaba aterrado con la posibilidad latente de que sus pesadillas hubieran tomado forma humana. Su mandíbula se entre abrió y se curvó dejando ver sus años de juventud escapando, su quijada temblaba, él se convirtió en un terremoto.

― ¡Morinaga! ¿¡Qué haces aquí, qué quieres!? E-esto no es lo que parece, ¡no te acerques!

Su cara se crispó y el río en sus ojos se desbordó. Trató de arrastrarse con las pocas fuerzas que conservaba en las piernas, retrocedía con espanto, al igual que si hubiera visto un fantasma. Chocó con la mesita de noche y se encontró arrinconado.

― ¡Vete! N-no vengas. Vete.

Me arrodillé y mientras más me acercaba, más se cohibía. Sus hombros se tensaron y apretó sus parpados con horror, escuché sus murmullos psicóticos, suplicando que me fuera y lo dejara en paz. La lluvia no cesaba, la humedad permanecía suspendida en el aire y erosionaba con nuestro respirar, olía a su cabello, su cuerpo sudoroso, también olía el miedo. Cuando lo abracé el universo sufrió una transformación. Colisionamos.

― Senpai, lo siento tanto. ― Susurré a su oído.

Una potente luz nos cegó y luego como ola expansiva llegó el sonido del relámpago. La oscuridad volvió a devorarnos. Con el abrazo no pudimos vernos a los ojos, no quería que me viera y tampoco deseaba ser visto. Lo apreté con fuerza, quería que el galope de mi corazón llegara a sus oídos pero desaparecía con el caer de la lluvia. El cielo se desbarataba de la misma forma que él en mis brazos. Su departamento era demasiado angosto, su cama demasiado grande y nuestro amor posiblemente inexistente. Mi amor brotaba, vivía, latía, existía y era casi palpable; el suyo no lo conocía.

― No te puedo pedir que me perdones, lo lamento, debe ser doloroso.

Sentí como Senpai agachó la mirada, su vergüenza era un factor que jamás olvidaba, se cubrió y trató de esconder esa parte de su cuerpo que, creía, le restaba valor como hombre. Yo resoplé con inocencia, ¿por qué se avergonzaba si ambos conocíamos nuestras almas desnudas? La suya era blanca como el sabroso arroz de Niigata, como la nieve diamante de Hokkaido, o como la misma bata que vestía cada día de la semana. Era un rayo de luz en la vida de quien lo conocía, un pequeño sol escondido en una madriguera.

― No me refiero a eso Senpai, aquí… ― Lo sujeté con más determinación para que entendiera que me refería a su corazón. ―…aquí es donde debe dolerte más, ¿no es así?, a mí también me duele. Cada vez que me preocupo por ti y cada vez que veo que a ti te duele, me duele.

Tragó grueso y se echó a llorar. Aceptó mi abrazo, dejó de cubrir sus problemas alzando sus brazos trémulos, lo escuché sollozar y estornudó por el frío. Me dejó verlo en necesidad, aunque fuera mi culpa, porque acordamos un pacto. Pacto que estaba tentado a romper, dejaríamos de ser amigos, un tiempo fuera era lo que necesitábamos, pero era una opción que habíamos agotado hacía mucho tiempo. ¿Qué hacer? Si sólo podíamos conversar era lo que haría.

― Senpai, escúchame, ¿sí?

Me separé de él, vi su rostro de cerca y él evadía mi mirada. Únicamente me veía a ratos, por instantes, después volvía a correr. Asintió, no le quedaba otra cosa qué hacer. No quería hablar porque tenía miedo, pero también por vergüenza y no saber qué decir. Eso hacía él, callar cuando no tenía algo qué decir.

― Quiero ayudarte, ¿me entiendes?, pero no sé lo que debería de hacer.

Sus ojos se abrieron en par y negó levemente con la cabeza, podía imaginar lo que pensaba. Era de noche y por eso podía entenderlo ahora más que nunca.

― No me refiero a eso. ― Deshice el abrazo, posé mi mano sobre la suya acariciándola y luego la sujeté. ― Quiero ayudarte pero no de esa forma. No quiero seguir siendo egoísta, sólo quiero que tú estés bien. ― Bajé la mirada pidiendo redención. ― Quiero hacer lo que debí de haber hecho la noche que accidentalmente esto se volvió real.

― ¿M-morinaga? ― Dijo con un hilo de voz preocupado.

― Quiero usar mis manos si eso te sirve, sólo mis manos y sólo si aceptas. No quiero seguir malinterpretándote, dime lo que necesitas, dímelo por favor, quiero ayudarte. Cuéntame lo que sucede.

Pero antes de que respondiera quería dejarle en claro lo que implicaba.

― Has de saber que ésta no es una proposición de amigos, jamás haría esto con alguien que considero mi amigo, únicamente contigo, porque se trata de tu bienestar, ¿lo entiendes? ― Hice una pequeña pausa y lo abracé nuevamente. ― Con esto tampoco quiero decir que termina nuestro acuerdo, todavía necesito, y tú necesitas, que seamos amigos. No quiero perder eso. Sabes que nuestra relación es complicada, no puede ser de otro modo aunque mutilemos lo que sentimos, lo quiero todo y quiero que tengas todo. Esta noche, aunque no te guste y no me guste, quiero ser tu amigo con beneficios. Mañana podemos ser cualquier otra cosa, el nombre es lo de menos.

― E-está bien… entiendo. Pero sabes cuánto me molesta ese nombre.

― Lo sé.

― Creo que tengo miedo.

― También lo sé.

Tuvo que admitir, desde lo más profundo de su ser, que ser débil no lo hacía menos hombre y que estar en necesidad tampoco lo hacía menos humano. Todos necesitamos a alguien y quizás yo podía ser ese alguien para él; al menos hasta que la mañana llegara. Me devolvió el abrazo estando más tranquilo, sentí como recorría por mi columna un escalofrío, era él. Acaricié nuestras mejillas, el rocé era tierno, le regresaba el color después del espanto, quería impregnarlo de mi olor y también llenarme del suyo. Aprovechando el momento me embriagué, mi nariz recorrió su cuello porque no sabía cuánto tiempo más permanecería como espectador; disfrutaba de su shampoo y del olor natural de su sudor. Me volvía loco. Entonces le susurré con la voz menos seductora que me permití.

― ¿Qué quieres que haga, Senpai? Sabes que haré lo que pueda por tu bienestar, ¿quieres hablarme de lo que sucedió? Estoy dispuesto a escuchar.

Sentí sus uñas, hacían cosquillas, se sujetaba y luego sus manos se empuñaron con frustración. Probablemente lo último que deseaba era contarme sus problemas pero irónicamente era una de las pocas personas a quien se los confiaría.

― Soy un hombre, estoy en mi edad reproductiva, me alimento correctamente y duermo lo suficiente para un universitario; cualquier doctor aseguraría que soy un hombre saludable. Aun así, yo no puedo… por más que lo intento… ― Su voz se fue quebrando, estaba dolido.

― ¿Durante cuánto tiempo no has podido hacerlo? ― Acaricié su espalda para consolarlo.

― D-desde que tú y yo… nosotros…

Su voz se iba camuflando con el sonido de la lluvia pero todavía lo entendía, hablar tan abiertamente desataba su timidez a tal grado que preferiría convertirse en avestruz y ocultarse por el resto de su vida. Podía apostar que no deseaba ver mi rostro al menos hasta la próxima semana.

― ¿Sabes qué lo provoca? ¿Has hablado de esto con algún especialista?

Pero dejó de hablar. Su silencio dolía igual que cada relámpago desgarrando el cielo. «Quiere decir que soy el primero y al mismo tiempo el problema» pensé.

― ¿Todavía quieres mi ayuda?

― No lo sé, si no funciona, y-yo, creo que me volvería loco. N-no sé si podría seguir llamándome hombre. Me da rabia siquiera mencionarlo.

― No pienses en eso Senpai, si aceptas tienes que relajarte, déjate llevar y confía en que todo estará bien. Yo haré que se sienta bien otra vez, ¿quieres?

Dudó por varios minutos. Los rayos siguieron cayendo y el ambiente se volvía pesado, el frío y el poco calor que conservábamos logró empañar las ventanas. Me sentía en una película de terror, quería que fuera de romance. La luna no se distinguía. Descansábamos en la oscuridad hasta que la luz nos bañaba y recobrábamos nuestra humanidad. Lo escuché bufar furioso, secó sus lágrimas en mi hombro y con una boca tapada por mi camisa se decidió.

― Morinaga, a-ayúdame. Quiero confiar.

«No sé qué hacer, estoy desesperado» oí entre líneas. Lo había dicho.

― Como te prometí, únicamente serán mis manos. ― Necesitaba relajarse por lo que tomé una decisión. ― Senpai, cerraré mis ojos para que estés cómodo, no haré trampa, ¿de acuerdo?

La realidad se desvaneció en un parpadeo y mis manos se convirtieron en mis nuevos ojos. Yo también me sentía cómodo. No estaba seguro de que fuera a disfrutarlo pero debía intentarlo.

― T-tus manos están tibias… hacen cosquillas. ― Se quejó.

Lo primero que hice al separarme fue deslizar mis manos por su cuerpo, quería familiarizarme y comprender sus dimensiones. Con unas palmas traviesas que conocían a la perfección el terreno que exploraban no tomó más que un par de minutos, regresé sobre mis pasos e iba charlando con Senpai sobre las reacciones que su cuerpo experimentaba. Conocía ese rincón pícaro al que le gustaba mi charla sucia, lo gozaba y en el camino yo también me perdía. Encontré su pecho, acaricié su tersa piel, suave como la seda, una capa de hielo lo cubría y me propuse adentrarlo en el fuego que me consumía. Deslicé mis dedos y me apoderé de sus botones. Le arranqué un gemido de improvisto.

Formé círculos, mis dedos bailaron alrededor como encantados y luego apretaba esos pezones. Se pusieron duros y calientes, deseaba probarlos más que nunca. Senpai no podía controlarse, su respiración se volvió errática al igual que su pulso mientras su pecho se inflaba y desinflaba animado, sus piernas se retorcían por el placer y yo las acariciaba. Trató de ocultar sus gemidos detrás del dorso pero era un acto inútilmente pudoroso, yo lo veía a la perfección con los ojos del alma, su respiración vibraría sobre mi piel aunque quisiera impedirlo. Aceptó mi intrusión pero sospechaba que nunca sería sexualmente libre, el pudor y la vergüenza lo acompañarían por siempre; como su bata, como sus anteojos.

― A-ah, M-mori…naga… se siente m-muy caliente.

Lo idealizaba con el atardecer en el rostro, lo imaginaba con la electricidad del alma y lo sentía con la fiebre en el cuerpo. Trabajosamente articulaba palabra, debía estarlo disfrutando para perder la habilidad de construir oraciones simples. No podía culparlo, yo también empecé a sentir el fuego quemándome por dentro, hacía demasiado calor y no tuve otra opción que deshacerme de la camisa. Mi respiración era inevitablemente audible, exhalaba vapor, una sed tremenda se apoderaba de mí pues se sentía un desierto en mi boca, apretaba mis labios con la esperanza de aparentar pero mi lengua rozándola debía delatarme como criminal pecador, deseaba saborear ese manjar. «Hiciste una promesa Tetsuhiro» me dije.

― Senpai, v-voy a tocarte. ― Mi voz sonaba como la de un pervertido y me maldecía. ― No usaré mis dedos donde no te gusta pero me esforzaré para conseguirlo, sólo adelante. Prepárate.

― ¿E-eh? ¡Ngh!

― Dime si se siete bien.

Descendí a las profundidades delineando su torso hasta que me topé con sus calzoncillos y su miembro. Jugué con ellos, deslizando con lentitud hasta que me deshice de la ropa estorbosa; primero los pantalones y proseguí con cautela cuando llegué a la ropa interior. Su sensibilidad no le permitía contenerse como quería, evidentemente quería ser arrastrado al infierno, después de todo. Ambos teníamos tiempo sin sentirnos y sin amarnos, aun ahora seguiríamos sin amarnos. Lo hubiera devorado en el pasado pero esta noche las prioridades eran otras, tenía que pensar con la cabeza y no con mis pantalones. Sin embargo, apretaban.

Froté las yemas de mis dedos sobre la punta, suave y con una deliciosa lentitud. Me decía que era muy intenso y me llamaba a ratos, «Morinaga» repitió una y tantas veces como fue necesario. Deslicé la piel que lo cubría y esperé para no torturarlo con el placer. El vaivén de mis dedos le resultaba irresistible y notaba, por sus quejidos, por sus parpados apretados y ceño fruncido, porque forcejeaba internamente con sus cicatrices. La cabeza me daba vueltas al escucharlo y en mi entrepierna también había calor y dureza; mis caderas empezaban a tambalear por el ritmo de una música que conocía. Quería bailar con el flautista de Hamelín.

No podía besarlo, en su lugar, acurrucaba mi mejilla en su hombro y me llenaba de su olor. Quería saborear y darle placer con mi lengua, su cuello me lo suplicaba, pero tendría que limitarme a caricias fugaces con la mejilla y quizás con unos labios que no habrían de abrirse. Mis dedos fueron examinando su miembro, se escurrían con tremendo placer, frotaba el tronco y luego con el índice formaba círculos en la punta. Lo enloquecía porque me detenía y proliferaba el placer. Tenía que desarmarlo, desprogramarlo de las sensaciones que aprendió y mostrarle una lujuria que no pudiera negar. Lo enloquecería a tal grado que gritaría «basta» e inexorablemente expulsaría su dolor. Debía explotar, tenía que enseñarle a explotar como los fuegos artificiales. Seguí con la sesión.

Me aproximé a sus testículos con incertidumbre, no sabía si era un límite que podía cruzar, pero estaba dentro del rango de lo «permitido» o «correcto». Nada fuera de lo normal. Los sostuve con cuidado de no lastimarlo y froté desde abajo.

― ¿Q-qué haces? ― Sujetó mi brazo tratando de detenerme.

― No iré más lejos, lo prometo. Relájate por favor.

Rocé mis labios muy cerca de los suyos, no lo besé, pero nuestros alientos chocaron y por un segundo sentí su placer casi palpable; atrapé uno de sus gemidos. Fue perdiendo fuerza y me soltó. Estaba cayendo preso de la locura, mis pantalones apretaban pero no podía desabrocharlos.

Continué frotando el par de canicas con una mano, mientras que con la otra le daba placer a su miembro. No dejaba de repetir mi nombre. Entonces me detuve para que la diversión aumentara dejándolo al borde del abismo, quería saltar y desbaratarse, entregarse por completo. Lo escuché chasquear la lengua y molestarse, pero no se quejó a viva voz. Mi cabello provocó cosquillas en su cuello y mis dedos en su pecho. Su miembro no se puso flácido, por el contrario, estaba expectante y palpitante anunciando un buen final con el tenue líquido que se escurría casi imperceptible. Su voz entrecortada y suplicante desataba mi lujuria, quería devorarlo a besos. Su respiración corría a mil, el placer parecía casi insostenible.

― S-senpai. ― Igualmente lo llamé con voz temblorosa.

Mi pasión vibraba, sería imposible mantenerme inmutable; resultaba excitantemente doloroso. Mis piernas y rodillas provocaban que las suyas se abrieran, postrado en el suelo lo arrinconaba y me acercaba hasta quemarme, mis caderas se movían ligeramente imitando su ritmo pero permanecía dentro de mi jaula. Apresuré el movimiento de mi mano y lo preparé para el gran final. Era momento que descargara su fogosidad, rogué para que pudiera deshacerse de todo su resentimiento y que borrara el rencor que guardaba su corazón. Pero nada era tan sencillo. Presentí el apretar de sus dientes cuando se contrajo y su cuerpo se alzó enterrándome sus uñas en los brazos inmediatamente después. La descarga no fue potente, a duras penas cortos chorros fueron expulsados, igual que si alguien cerrara un grifo interno, únicamente goteaba. Gruñó y me demostró que la angustia podía ser más grande que el placer descomunal.

― ¡A-ahng, ngh, ah! C-creo que… un poco… ¡a-ah!

Se retorció por unos instantes, lo notaba alterado. De un momento a otro la flacidez regresó como maldición. Trató de recuperar su aliento, agotó sus energías pues se quejó por el dolor de cuerpo y más allá de eso, estaba indignado consigo mismo. No articuló palabra y lo sentía como perdido en sus pensamientos, quizás pesadillas, pregunté si podía abrir los ojos porque estaba preocupado pero como respuesta recibí la tibieza de su palma cubriendo mis parpados. No parecía portador de buenas noticias.

― Senpai, por favor, háblame, dime algo, ¿estás bien?

Lamentablemente conservó su voto de silencio.

― ¿Acaso no te gustó lo que hice? ¿Me precipité de alguna forma? ¿O es por qué…

― No fue tu culpa, es mía. Es de este inútil cuerpo que no sirve para nada.

Gélida como la lluvia e igual de plomiza y desquebrajada; así fue su respuesta. La mano sobre mi rostro no dejaba de tiritar, el gimoteo acompañado de la tormenta me revelaba que tampoco se tranquilizaría. «No puedo creerlo, no funcionó, ¿qué voy a hacer?» eran indiscutiblemente sus demonios en ese momento. El duro golpe de la realidad no lo dejaba en paz; respingaba, secaba su corazón, cubría su hombría con pena, se apoyaba en mí desdichado, me cegaba para que no presenciara un horrible estado de debilidad que no quería terminar de admitir. Porque era un hombre, porque en el pasado jamás puso en duda su hombría y no tuvo motivos para dudar. Hoy no sabía quién era y eso le asustaba.

― Tantos esfuerzos, trasnoches y horas desperdiciadas que no han servido para nada. ― Mencionó molesto. ― ¿No sirvo para ser hombre? ― Se cuestionó a sí mismo. ― ¿Por qué ahora? ¿¡Por qué a mí!? Maldita sea.

Entonces golpeó mi pecho, furioso, sin fuerzas, como un niño berrinchudo que se había quedado sin helado; pero me parecía más a un niño que acababan de mutilar sin piedad y lloraba por los paseos que se perdería. Dejaría de caminar.

― Si llegan a enterarse en la universidad, o mi familia, yo… ¿¡Q-qué haré si se enteran!?

― No se enteraran.

Alejé su mano de una buena vez y lo observé cuidando que su vista no se despegara de la mía. Lo sujeté, apreté sus manos entre las mías, lo protegí y corregí sus temores.

― No hay motivo, porque mis labios están sellados, Senpai. ― Acerqué sus manos para besarlas. ― Tu familia, tus experimentos, la universidad; esas son tus pasiones, no permitas que tu sexualidad frene quien eres, nunca le has tomado importancia y me extraña. Por favor, no hables de ese modo, no es propio del Senpai; fuerte, valiente y tirano; que conozco. Eres mucho más valioso que eso.

― Ya no queda nada de lo que fui. ¡No sabes lo que dices! ¡No eres quien carga con este problema!

Alterado, como se encontraba, me empujó y en un arrebato soltó mis manos. Las gotas gruesas salían a borbotones y su ceño se fruncía desesperado. Le dolía. Probablemente no encontraba los gritos indicados para compartirme su sentir, sólo lo sentía y era todo lo que importaba.

― Tienes razón, no lo entiendo. ― Su expresión se suavizó. ― Pero no puedo entenderlo si no me explicas, quiero entenderlo, de eso se trata todo esto. Se trata de ayudarte, de superar nuestros problemas, de lamernos las heridas si hace falta. Estoy dispuesto a demostrarte que eres más hombre de lo que piensas, nunca he pensado en ti de otra forma, por eso te a… por eso te admiro. ― Estuvo cerca.

― M-morinaga, ¿a qué te refieres?

― Haré esto para ti las veces que sean necesarias, si me lo pides, cuanto quieras, cuanto y cuando necesites. No es ninguna clase de compromiso, no es un chantaje, no es una obligación; de día seguimos siendo amigos y de noche seremos lo que tú quieras que seamos, establece las reglas del juego si te sientes más cómodo. Saldré lastimado pero es un mínimo precio a pagar si con eso reconstruyes el lío que estás hecho. Tuve mi tiempo de redención y podría soportar un nuevo huracán si fuera necesario. Por ti no vale la pena, la pena no vale, vale verte reconstruido. Lastímame sólo como tú sabes hacerlo, hasta para eso tienes la delicadeza de preocuparte por mí, eres una persona benevolente; te lo dice quien ha soportado tus golpes cariñosos por tantos años. Senpai, no tengas miedo, es lo único que no quiero que sientas conmigo. No quiero ser dueño de tus pesadillas.

Tenía las mejillas afiebradas porque hablar con el corazón no podía manifestarse de otra forma. Senpai reflexionó mis palabras y ahora me veía como un hombre centrado y decidido. No supo qué decir así que no dijo nada, se limitó a asentir. Debía darle su espacio, me sentía como la tercera rueda aunque sólo estuviéramos nosotros dos. Oteé la ventana, seguía la tormenta pero tuve que despedirme.

― No quiero incomodarte, la lluvia parece haber disminuido y creo que será mejor regresar a mi departamento. ― Sonaba como una falsa excusa porque precisamente lo era.

― ¿¡Cómo dices!?

― Adiós Senpai, nos vemos en la universidad.

Quise levantarme sin causar mayor percance pero tropecé, ejercí demasiada presión en mi cuerpo pues sentí cosquilleos en mis piernas flojas y hormigas que no dejaban de caminar. Caí sobre Senpai, mi respiración se aceleró por la sensibilidad de mi cuerpo y la perversión de mi pensamiento. Él intentó ayudarme a levantarme pero su rodilla chocó con la elevación de mi entrepierna, el acto previo me dejó encendido y no se iría por arte de magia. Como pude contuve mi placer pero para Senpai fue obvio mi bufido y suspiros entrecortados. Me ruboricé por mi imprudencia.

― En verdad debería irme. ― Mencioné preocupado.

Para mi segundo intento me apoyé sobre la cama, el borde quedaba justo delante de mí, y me paré con más seguridad. Recobré el equilibrio pero ni el mareo ni el calor desaparecían. Supliqué llegar a la estancia sin miramientos. Encontré la camisa que quedó reducida a una bola de tela arrugada y la usé para cubrirme de lo evidente, más que por mi propio pudor lo hacía por él.

― No quiero que se cree una idea equivocada, lo que hice no fue con intenciones de aprovecharme de él, pero si no salgo en este momento podría perder el poco autocontrol que conservo. ― Fue lo que pensé.

Resentí la fiebre del alma y las mejillas se me pusieron coloradas, fantaseaba con él entre mis manos y sin saber dónde empezaba un cuerpo y terminaba el otro, una parte escondida dentro de mí se sintió como una horrible persona. «Él está sufriendo, ¿qué rayos es lo que me pasa?», sucedía que era un manjar exquisito del cual mi cuerpo no deseaba prescindir. Enfrentaba síntomas de abstinencia frente a un viaje de drogas especialmente excitante; únicamente podía recibir euforia en cantidades inagotables. Yo era un simple borracho.

¿Adivinen? Los borrachos no mienten.

Avancé ignorando las amenazas de Senpai, ahora estaba confundido y debía aclarar su mente; ya lo conocía en su peor estado y sabía que al quedarme conseguiría angustiarme más y tranquilizarlo menos. Yo quería darle espacio. Salí de la habitación, encorvado pero no derrotado, me alistaba para despedirme cuando repentinamente se me acercó con los pantalones mal puestos, sin abrochar y con lágrimas de ira retenidas en sus bellos ojos.

― ¿¡Cómo piensas que saldrás con esa tormenta!? ¿¡El cielo se está cayendo a pedazos y eres lo suficientemente estúpido para ignorar las advertencias del tipo del clima!? ― Lo más gracioso de su sermón era que solía ser el primero en quejarse del sujeto. ― ¡No permitiré que te vayas! Además, ¡es tu mismo juego de siempre! Detesto esa parte de ti que siempre juega sucio.

― Senpai, no se trata de eso, no tenía intención de jugar contigo, quería ayudarte.

― Eso lo sé idiota. ― Me respondió molesto, desviando la mirada por unos segundos. ―Me refiero a ti, huyendo. ― Cuando estás en problemas es tu medio de escape ¿pero te has puesto a pensar en las consecuencias? es peligroso.

Entendía que se preocupaba por mi seguridad.

― No se trata de escapar Senpai, quiero protegerte, no quiero hacer algo incorrecto y no creo tener mayor autocontrol que el suficiente para retirarme. Aunque sé que está mal no puedo evitar sentirme como me siento cada vez que te veo, quizá es diferente para ti pero no para mí. Lo siento. Estás sufriendo y sólo puedo pensar en mí, nunca me consideré un libidinoso pero cada vez que nos acercamos me siento… ― Lágrimas amenazaban con salir y me recargué sobre el portón.

― ¿Morinaga?

Se aproximó desconcertado, no comprendía el dramatismo de mi actuar. Sorprendido sujetó mi mano y en respuesta le devolví una mirada cansada, di un respingo mientras me aferraba de su mano. No pensaba con claridad, al parpadear escuchaba sus gemidos y me perdía en el placer. Hacía tanto que no lo tocaba, estuve ansioso, se sintió reconfortante. El mareo era insoportable al igual que el calor. Me sentía drogado, mis fantasías habían llegado demasiado lejos, debían detenerse.

― A-ah, no es nada Senpai. No estoy llorando porque esté triste, hay otra razón. ― Se debía al placer.

Negué con el ligero gestó de una mano trémula. Tuve que recargarme mientras lo abrazaba y me aferraba. Debía verme desesperado porque todo mi cuerpo estaba en llamas y él consternado. Al sostenerme nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca y él pudo notar mi entrepierna, se tensó pero entonces comprendió de lo que hablaba.

― Debo irme ahora, tal vez la lluvia me ayude hasta llegar al departamento. Te llamaré.

― ¡Y-ya te dije que no puedes irte! ― Quise insistir pero él era más necio y yo no razonaba. ― Si el problema es ese, yo podría, ¡yo podría…! intentar… tal como tú conmigo…

Con el rostro encendido, su voz se perdió en un relámpago y se cohibió agachando la cabeza. Iba a arrepentirse si lo dejaba hacer lo que quisiera, creo que tampoco pensaba con claridad, alguien debía conducir nuestras vidas concienzudamente. No quería dejarme ir, como tantas veces, su mano se sostenía firme y presionaba. Mi corazón se compadeció con la persona más especial; señor de mis sueños y carcelero de mi realidad. Suspiré tratando de encontrar algo de cordura para que mis palabras no se escucharan tan pervertidas, no lo quería prisionero de mi cuerpo, no había necesidad de ensuciar sus manos, todavía, no era el momento.

― No necesitas forzaste Senpai. ― Susurré cerca de su cuello provocando mil reacciones que escondería. ― ¿Puedo entrar a tu baño?

― ¡Pero y-yo…! Tú hiciste eso y mira como terminaste. De alguna forma, creo que yo… ¡no se suponía que vieras eso! ¡Eres un…!

No se atrevió a decirlo, en su lugar, golpeó mi pecho con el puño cerrado y se recargó en él. «Era un idiota» y esperaba que lo dijera, porque para mí sus palabras significaban lindos halagos. Ser «idiota» no tenía que ver con mi capacidad de análisis, no tenía que ver con mi personalidad, pero si con mi actuar; era despistado y estúpido, en pocas palabras: enamoradizo. Me gustaba cuando me pronunciaba idiota porque lo decía con un ritmo distinguible y una expresión meramente tierna; mientras estrujaba los puños del coraje sus mejillas también enrojecían. El único idiota que merecía una mención especial, nadie más que yo, el idiota entre los idiotas. ¿Quién podía evitar caer enamorado de un hombre así?

― No te culpes Senpai. ― Delineé su rostro y lo forcé a ver mi pequeña sonrisa. ― Fue mi decisión, sabía que no podrías corresponderme de esta forma, no porque lo odies sino por razones que entiendo, y no me arrepiento, porque conseguí que disfrutaras al menos unos minutos. Tu voz fue de genuino placer, o eso me pareció.

Ya no pude soportarlo, su voz resonaba lujuriosa en mi cabeza y yo no me resistía al deseo, de tal forma que me fui deslizando hasta quedar de rodillas y la descomunal pasión me sometió. Senpai se inclinó para ver que me encontrara bien, tocó mi frente, era un radiador de calor.

― Creo que también tienes un poco de fiebre. Seguramente te resfriaste cuando regresamos y quedamos empapados. ― Pero lo observé maquinar otros pensamientos además de los que compartía conmigo. ― Está bien, te ayudaré a llegar al baño.

― Gracias por dejarme estar contigo, Senpai, no causaré problemas.

Nos abrimos paso, con calma, en medio de las tinieblas. Mis piernas languidecían pero Senpai me acompañaba firme, me apoyaba con cuidado de no suponer demasiado peso para su hombro y entramos. Con movimientos lentos me ayudó a ponerme cómodo y programó la tina para que pudiera bañarme después. Él seguía pobremente exhibiéndose con sus pantalones, se puso de cuclillas y preguntó si necesitaba algo. Le pedí que me abrazara, quería una inocente muestra de cariño, quería sentirlo cerca otra vez; porque no me atrevía a pedirle nada más, no podía exigirle demasiado.

― Saldré en un rato.

Con un «haz lo que necesites hacer» se despidió desvaneciendo entre la cortina de vapor que emanó de la tina y salió de la habitación. La calidez se sentía enternecedora y dio paso a mis fantasías más pervertidas. Únicamente lo pensaba a él, nuestros buenos tiempos cuando todo inició, hoy mismo y lo excitante de sus descontrolados gemidos. Mi piel se fundía con la imaginaria suya, bastaba con cerrar los ojos para sostenerlo entre mis yemas, percibía el cosquilleo. Los recuerdos me inundaban, las posiciones en mi cabeza cambiaban cual kamasutra, otras ideas totalmente ajenas a mi momento de debilidad se manifestaban como invasoras; la cena, el baño, mi ropa en el cesto, la universidad, aquella fórmula todavía sin solución; suspiraba y también me liberaba. El universo era tan grande y yo tan pequeño.

― Senpai, dime lo que sientes. Dime que me… dímelo que sea. ― Desarrollaba mi propio tabú.

POV SOUICHI

¿Qué demonios nos sucedía? Ahora más que nunca estaba convencido que había perdido la cordura. No podía dejar de pensar que tenía a Morinaga haciendo cosas pervertidas en el baño de mi departamento, mi mente no me dejaría olvidarlo, la maldecía por traidora.

Apenas tuve cabeza para pensar regresé de inmediato a la habitación, con las sábanas cayendo y un pobre cojín situado en el suelo ahora abandonado, me puse la camisa, pensando con cada botón que no permitiría una repetición. La responsabilidad recaía en mis hombros por ser el mayor, alguien tenía que pensar con claridad y, en otros tiempos antes de la exhibición, solía ser yo. Pero hoy fue diferente pues me había casi insinuado. ¿En qué diablos pensaba? Con Morinaga en el mismo departamento, masturbarme fue la peor de mis ideas de la vida; no peor que el incendio y quizá no peor que nuestros accidentes.

― ¿Cómo voy a enfrentarlo ahora? Después de lo que le dije ¿con que cara voy a verlo cuando salga… del baño?

No dejaba de atormentarme así que me senté al filo de la cama, respiré hondo y me hundí cual adolescente. Caí de espaldas y cerré los ojos, fue un alivio porque pesaban. Una parte de mí me odiaba por pensarlo pero «no se sintió del todo mal» fue un razonamiento que no pude sacarme de la cabeza. Si quería arreglar este enorme enrollo tenía que empezar a interpretar cada voz de cada idea que surgía en mi mente, porque todas ellas tenían una razón y un peso, no se trataban de simples impulsos y como investigador que era debía empezar a encontrar un motivo del porqué me topaba con ellas. Porque su frecuencia era alarmante.

«¿Por qué "no se sintió del todo mal"?» me cuestioné con cierta vergüenza. Repasé cuadro por cuadro, desde mi frustración hasta su abnegación, con la intención de buscar una respuesta. Él había cerrado voluntariamente los ojos pero yo decidí mantenerlo vigilado, por más escalofriante que resultara clavarle la mirada y ser consciente de sus acciones. Sus labios se veían como si quisieran besarme desesperado pero no se atrevía a romper sus propias reglas, superó con creces su autocontrol porque incluso yo hubiera querido que me besara. Quizá hubiera bastado uno de sus besos para que cediera o para que despertara del proclamado eterno sueño. No parecía una buena idea entregarle mi absoluta confianza y tuve que abstenerme, el juego era demasiado peligroso, porque en ese momento no era más mi amigo. Aunque no era mi amigo pude sentir con cuanto cariño me acariciaba, pude notar cada rasgo en su expresión que pronosticaba una tormenta pero se opacaba por la pasión que rogaba naciera en mí, logré sentir algo más allá del cariño; pero tenía que callar, porque los «amigos con beneficios», como nos nombró, no hablaban de amor. El amor se volvía irrelevante en una relación así.

«No se sintió del todo mal porque se sintió bien» fue mi conclusión.

― ¿Se sintió bien? ― Tuve que preguntarme.

Rodé al otro extremo de la cama con una legítima duda en el corazón, abracé la almohada que se encontraba junto a mí y me descubrí deseando que fuera alguien que conocía demasiado bien, hundí el rostro y juré que olía como él. ¿Qué demonios hacía?

― Me niego a negarlo.

Lo apreté a él, apreté un montón de algodón y luego suspiré. Hablar conmigo mismo resultaba aterrador, incluso ahora, no sentía más que miedo y una profunda contradicción. «¿Por qué tengo tanto miedo? ¿Por qué es tan difícil decirle que se sintió bien?» quizá porque era un arma de doble filo y yo era investigador, no espadachín. Alboroté mi cabello, esas voces me confundían y mi corazón no se quedaba quieto. Para alguien a quien le gusta tener siempre el control Morinaga, una ficha extraña e impredecible en un ajedrez, representaba una reina disfrazada de peón y cuando menos me lo esperara podía arrinconarme. No era la primera vez que aplicaba un jaque mate y se confesaba al rey; y yo no podía tener una ficha más inútil que la de un rey que debía ser protegido.

«¿Por qué se sintió bien?» sin importar cuánto lo pensara para esta pregunta no encontraría nunca una resolución, únicamente Morinaga conocía la respuesta, estaba condenado a ser presa hasta encontrar una respuesta. Para mi conocimiento apreciaba sus manos moverse, apretar algunos lugares y deslizarse por otros, pero en su técnica encontré algo imposible de copiar, «¿Qué es?» tal vez algún día compartiría conmigo el secreto. Hoy, luego de mis innumerables intentos fallidos, él consiguió un avance. Hoy, otra vez y muchas veces más, hizo que el placer se sintiera bien y pudiera verlo como un gozo más que un sacrificio. Hoy se sintió bien.

Hoy me quedó claro que «Morinaga no puede ser más idiota».

Siempre en el buen sentido de la palabra, si es que tenía alguno. Para mí lo tenía.

Mientras me brindaba el mayor disfrute él se arrojaba al abandono, yo me preguntaba si le gustaba sufrir o me gustaba que sufriera. «O quizá busca aceptación» resolví. Sin embargo lo sabía, más que aceptación buscaba un turbio sentimiento «Eso que llaman amor ¿existe? Si existe, ¿dónde se encuentra?». Fue entonces que percibí la lluvia apacible, el mundo se caía a pedazos pero ya no me importaba, con los parpados relajados y la respiración tranquila, me quedé dormido.

― ¿Aceptación y amor? ― Murmuré.

-.-.-.-.-

Cuando recobré el conocimiento la lluvia seguía ahí. Fueron las cálidas manos de Morinaga, junto a sus arrullos, los que me despertaron, «Senpai, Senpai» repetía sin cesar. Con los ojos cansados y el dulce canto de la lluvia me sentía aflojerado, el frío rodeaba mi cuerpo pero no era suficiente para levantarme. Hasta que se acercó y cruzamos miradas la realidad tomó forma, mi mano reaccionó involuntariamente para sujetar su camisa, no permitiría que se marchara pero seguía soñando. De golpe recordé lo que estuvo haciendo en mi baño, enderecé mi posición para sentarme y usé como escudo la almohada que hace unos minutos abrazaba. Morinaga me recibió con una sonrisa mientras el cielo permanecía gris.

― Me alegra no haber insistido demasiado. Senpai, voy a salir pero no tengo llaves de tu departamento, necesito que estés atento para cuando regrese. Siento tener que despertarte.

― ¡Pero te dije que no podías…!

― Lo sé, quieres que me quede, no te enojes Senpai. ― Me quitó la almohada sin problemas y la acomodó en su lugar. ― Sé que te gusta estar a cargo y es tu departamento, pero me tomé la libertad de revisar la alacena.

― ¿¡Que tú qué!?

― Senpai, déjame explicarte antes de que saques tus conclusiones. ― Hizo un puchero y se cruzó de brazos, cuando vio que me relajaba suspiró y retomó la conversación con un tono más serio. ― ¿Cuándo planeabas decirme que nos estamos quedando sin alimento? Es una situación de emergencia y es claro que no estamos preparados. La lluvia apaciguó hace un rato y creo que es oportunidad para salir a buscar víveres y medicina; por lo que veo no soy el único que se resfrió.

Estaba por refutar su idea cuando estornudé y sentí escalofríos.

― ¿Acaso eres idiota? Que haya cesado no quiere decir que ha terminado, puede regresar en cualquier momento y puede ser peligroso.

― Por eso debo irme cuanto antes.

No escuchó mis advertencias, dio la media vuelta y salió disparado. Enfurecí y me planté frente la puerta para detenerlo. Con un «Nos las arreglaremos» quise tranquilizarlo, pero en realidad tenía miedo de que no regresara, probablemente se trataba de una excusa para huir indefinidamente.

― No, Senpai, ¡estás siendo irracional! Entiende que es necesario.

Después de alzar la voz, suspiró y caviló con cuidado mis intenciones. Su cara adoptó una expresión de percatarse de la situación y luego sonrió.

― ¿Tienes miedo que esté mintiendo? Es eso, ¿verdad?, ya te lo dije: voy a regresar. ― Apretó mis brazos con cariño y se deslizó hasta mis manos, para sujetarlas con ternura. ― El otro día, recuerdo que pasamos cerca de una tienda de conveniencia, no está lejos de aquí, no me tomará mucho tiempo. No te preocupes, regresaré. Dale algo de crédito a tu amigo Morinaga, ¿quieres, Senpai?

Me encontré desilusionado y me vi forzado a inclinar decepcionado la mirada por unos instantes, «Ah, ¿volvemos a ser amigos?», pensé. Guiñó el ojo quedando como un tonto y sonreí por su ridícula expresión.

― Eres un idiota.

― Tú no eres tan diferente, eres amigo de un idiota y no de cualquier idiota.

Alzó su brazo y acarició mi mejilla evidentemente embelesado, cada uno de sus roces me confundían como en nuestro oscuro pasado, me convertía en el hombre más pequeño del planeta. Luego se alejó y consoló mi hombro dando un par de golpecitos, igual que hubiera hecho un amigo, incluso Isogai lo había hecho; ahí delimitó nuestros alcances y puso un nuevo muro. No, era una puerta. Lo golpeé para que se dejara de ridiculeces, en parte por mi propio nerviosismo, y después de despedirse salió desplegando el paraguas. Era verdad, el clima se hallaba calmado pero a lo lejos una gruesa capa de nubes negras se avecinaba, viajaban con velocidad por lo que veía y venían acompañadas de relámpagos. Probablemente no habíamos visto lo peor de la tormenta.

― Regresa pronto.

Quedé pasmado frente a la puerta por unos minutos. Primero lo había visto alejarse y ahora nada. Ya lo extrañaba. Pero sólo porque era una persona fácil de extrañar, sólo por eso y no por otra razón.

Me tumbé en el sofá revolviendo mi flequillo y reflexioné si mi preocupación estaba justificada, no pude encontrar otra respuesta que no fuera positiva. Exagerar era una palabra que no aparecía en mi diccionario. Sin pensar y fuera de mis cabales, golpeé la pequeña mesa frente a mí, entonces caí en cuenta. El estruendo hizo que algo se cayera de la mesa y sin mayor importancia lo levanté.

― ¿Mi celular? ¿Qué hace aquí?

Probablemente lo había dejado ahí cuando regresamos de la universidad, o después de llamar a Kanako y Matsuda-san para asegurarme que estuvieran a salvo, no lo había visto desde entonces pero hasta ahora no había revisado si tenía señal. ¿Por qué repentinamente quería llamar a alguien? ¿A quién? Por lo que entendía no se trataba de Morinaga. Lo abrí comprobando que llegaba la señal y conservaba un mínimo porcentaje de batería. El reloj marcaba las cinco y media de la mañana del día lunes. Oteé a la ventana y recordé que también estábamos en medio de un apagón. Ir a la universidad sería una lejana fantasía ahora.

Por alguna razón que desconozco, seguí el impulso de revisar el listado de mis contactos frecuentes, cuatro nombres aparecían. Al repasarlos y llegar hasta el último un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, sin embargo, no pude resistirme a presionar el botón de marcado. Tantas ideas y reproches pasaron por mi mente mientras esperaba que del otro lado contestaran la llamada. Me dije «Es una locura, es demasiado temprano, ¿qué demonios estoy haciendo?, no tengo nada que decirle» pero abundaban los «¿Por qué? ¿Por qué "él"? ¿Por qué ahora?» pero nada derrotaba mi resolución de «siempre sabe qué hacer». Y a pesar de considerarlo un idiota, no como Morinaga, sino un chantajista mercenario y entrometido, ahí me encontraba, llamándolo.

― Sé que dije que podías llamarme cuando necesitaras un consejo pero éste es un abuso Souichi-kun, espero que sea importante y desde ahora te aviso que voy a requerir una compensación por irrumpir mi sueño.

Maldije a ese hombre hasta el cansancio pero sabía bien que no colgaría esa llamada sin obtener antes una respuesta, sea cual fuere la pregunta que ahora albergara mi subconsciente.

― Otras personas responden con un maldito "hola". ― Contesté tan apático como de costumbre.

― Tú fuiste quien llamó, no hay razón para que te enojes así, ¿acaso no somos amigos?

― No.

― Tus palabras me lastiman Souichi-kun. ― Se hizo la víctima pero en realidad se burlaba de mí. ― Pero cuéntame, ¿qué hace un tirano llamando en plena madrugada? No me digas que se trata de tu familia.

― No, ellos están bien.

― ¿Entonces se trata de Morinaga-kun? ― Ante mi silencio supo que había acertado. ― Ya veo, así que es por él, ¿Qué sucedió ahora, Souichi-kun? ¿Está todo bien? ― Preguntó con cautela.

― No lo sé, ni siquiera estoy seguro de porqué llamé, t-tal vez sea un error y sea mejor...

― Ni siquiera pienses en colgar, ahora que me despertaste será mejor que empieces a hablar.

Su voz sonaba amenazadora pero también podía escuchar el sonido de una cafetera en el fondo. Sorbió un trago de lo que parecía ser café, suspiró fascinado, podía imaginarlo en un pequeño comedor con su, seguramente, ridícula pijama y luego reanudó nuestra conversación.

― Por favor, Souichi-kun, tenme más confianza, no soy ningún extraño. Hace unos meses teníamos un trato más cercano y ahora parece que eres el mismo chico que me acompañaba al karaoke.

― Ni lo menciones, todavía no te doy tu merecido por traicionarme de esa manera con tu mugroso vídeo.

De sólo recordarlo se me revolvía el estómago mientras la vergüenza se apoderaba de mí, causaba que mis manos temblaran del coraje, me incliné y revolví mi cabello. Quería olvidar esa infernal tortura del demonio. La canción se reproducía casi al instante y no podía sacármela de la cabeza, otra vez se merecería mis maldiciones, una ulcera y el chasquido de mi lengua.

― No te enojes, no es mi intención despertar a la fiera. ― Dio otro sorbo, podía oler el café mientras el frío me congelaba. ― ¿Qué pasa con Morinaga-kun?

― ¡Ya te dije que no lo sé! ― Me exacerbaba. ― Es complicado. Él me propuso que fuéramos amigos, no me parecía buena idea pero acepté.

― ¿Por qué lo hiciste? Si sabías lo que sentía Morinaga-kun, ¿por qué no lo rechazaste?

― No estoy seguro, dijo que quería empezar una nueva relación únicamente como amigos, sin mentiras, y que respetaría mis límites porque no habría nada romántico involucrado. Estaba preocupado por herirlo y, tengo que admitir, asustado. Habían ocurrido ciertas cosas y no sabía cómo actuar, no quería involucrarlo pero… cuando regresamos de la universidad estaba lloviendo y hace un rato…

― Espera un minuto, por lo que entendí, ¿Morinaga-kun está contigo? ¿Ahora?

― Sí, bueno, no exactamente. La tormenta paró un rato y fue a la tienda de conveniencia.

Hubo silencio por varios minutos, tuve que despegarme del celular para comprobar que no se había cortado la señal.

― ¿Isogai? ― Lo llamé para comprobar.

― ¿Entonces han estado todo el fin de semana… juntos? ¿O acaso regresaron a vivir en el mismo departamento? ¿Por qué nadie me informó al respecto? Kanako-chan no mencionó nada al respecto cuando hablé con ella el otro día. ― Dijo con molestia. ― ¿Estás bien con esa decisión, Souichi-kun?

― Espera, espera, ahora eres quien va demasiado rápido, además ¡no hables con Kanako de cosas extrañas sobre mí!, creí que te lo había prohibido porque esa niña no entiende lo que le digo. Estás malinterpretando la situación, no estamos viviendo juntos ni tenemos ese tipo de relación, era peligroso que regresara solo, ¡estaba preocupado y por eso dejé que se quedara!

― No sabía que te gustara recoger cachorros perdidos. Souichi-kun, estás jugando con fuego y puedes quemarte. ¿Ese chico está de acuerdo con eso? Y sobre todo, ¿tú estás bien con eso?, sé que puede parecer una situación extraordinaria pero debes estar consciente de lo que ha pasado. No puedo tener una mala opinión de Morinaga-kun pero, a estas alturas, tampoco puedo considerarme alguien imparcial. Es cierto que estuvo contigo en el hospital y te apoyó en tiempos difíciles, pero también es cierto que fue la causa de que terminaras así. Siento si no te gusta lo que escuchas, todavía guardo algo de rencor contra ese asistente tuyo, no me culpes por ello. ― Su risa se escuchaba forzada y fingida. ― En fin, a pesar de ser un tirano con él no actuó de la mejor manera, todavía le faltaba madurar, aunque cuando regresé a Tokio se le veía mejor.

― ¡Ha madurado! ― Afirmé con violencia.

― No es el único, tú también es madurado. ― De pronto caí en cuenta de que podía tener razón. ― Si todo va bien, ¿cuál podría ser el problema? ¿Morinaga-kun hizo algo?

― Él… en realidad él no hizo nada malo, fue culpa mía, fui imprudente. Nosotros…

Cavilé lo que estaba hablado con Isogai y me asusté de continuar, no sólo porque reconocería mis errores, sino porque no era sencillo tratar un tema delicado por teléfono, en persona no sería menos vergonzoso. Isogai me llamó por mi nombre y tardé en reaccionar.

― No creo que sea correcto tratar esto en una llamada, no puedo creer lo que voy a decir pero: ¿cuándo tienes tu próximo día libre? Quizá sea necesario vernos. ― Aún vacilaba pues no me convencía que fuera una buena idea. ― Es importante.

― Entiendo, haré los arreglos y te enviaré los datos del lugar donde podemos encontrarnos.

Cuando vio que hablaba con reservas sobre el tema estuvo de acuerdo y aceptó el encuentro. No se burló más, tampoco hizo un comentario innecesario e imaginaba que ideaba la gravedad del asunto. Se despidió y la llamada terminó. Alejé el móvil, observé la pantalla y ésta marcaba un símbolo de advertencia. Se iluminó mostrando un seis en el reloj y luego se apagó quedando la batería agotada. Un golpeteo sonó en la puerta y corrí a abrirla con impaciencia. Pareciera que me hubiera espiado o hubiera leído mi mente pues entre sus compras había escogido el café que tanto me gustaba, sin saberlo cumplía mis caprichos.

Morinaga como el café; tan cálido, tan amargo pero también tan dulce. Siempre agregaba una cucharada extra cuando él lo preparaba.

-.-.-.-.-

Al regresar transcurrieron escasos minutos cuando el cielo se venía nuevamente a bajo, me sorprendió su puntualidad y sospeché que era una persona que atraía las tormentas; al menos había llegado a mí vida como una especie de huracán.

Decidí no hacer demasiadas preguntas y no hablar hasta que tuviera en claro lo que quería decir, él tampoco preguntó demasiado. Al parecer encontró la tienda abierta por suerte, el encargado vivía junto al local y sentía la responsabilidad de mantenerlo abierto por despistados, como nosotros, que se quedaran sin qué comer. Había sido un salvavidas. Morinaga consiguió lo básico, incluso hablando de medicamentos, y nos dedicamos a acomodar la estantería mientras cocinábamos. No podíamos preparar más que comidas simples, Morinaga hizo un caldo que duraría unos días y que fácilmente podía congelarse. Desayunamos sin mayor problema. Los recuerdos de la madrugada de rayos y aguaceros parecían tan lejanos, como un sueño o una fantasía, pero un roce era suficiente para avivar las llamas, ambos lo sabíamos. Estornudé sintiendo el frío recorrer mi espina y mi cuerpo temblar.

― ¿Tienes frío, Senpai?

No reparó en sujetarme las manos y percibir como me congelaba. Me envolvió en un tierno abrazo, su calidez me embriagaba y sobre todo, me tentaba, ¿por qué parecía un maldito radiador?, provocaba que no quisiera separarme de él. Estuve embobado varios minutos hasta que se alejó, hurgó en sus bolsillos con una expresión ansiosa y sacó un par de guantes. Eran gruesos y al estar resguardados, también calurosos. Los puso mientras sonreía con un gesto de protección y como si se tratara de magia dejé de temblar, me invadieron unas terribles ganas de llorar, quería huir igual que él.

Al llegar el momento definitivo, cuando no pude rehuirle más, se disculpó conmigo. «Dije que seríamos amigos pero no puedo ignorar lo que sucedió» explicó, «debemos hablar», ahora siempre quería hablar y lo peor era que lo hacía bajo la bandera de la amistad. Debíamos hacerlo porque era peor no hacerlo. No sabía qué me dolía más. Volvió a abrazarme y susurró una disculpa.

― Olvídalo. ― Me corregí. ― No me refiero a eso, quiero decir…

― Lo entiendo Senpai.

Acarició mi espalda para reconfortarme y se hizo el silencio, con las cabezas frías pensábamos mejor así que comencé abriendo mi corazón. Con la mayor de las vergüenzas y con la cara clavada en su pecho comencé la explicación.

― No he hablado de esto con nadie, ahora eres el único que lo sabe. No estoy seguro de saber lo que debería de hacer.

― Senpai…

― Sé que debería hablar pero ¡no puedo! ¿Lo entiendes? ― Hice una pausa. ― ¿Qué pasa si nunca puedo volver a hacerlo? Aunque dijiste que me ayudarías, ¿cómo pretendes hacerlo?, no es algo que disfruto… miento, solía verlo de esa forma y estaba equivocado, pero ahora se convirtió en una pesadilla. ― Me aferré a él y agaché la cabeza para no verlo. ― Cuando trato de hacerlo por mi cuenta, te veo, te escucho, te siento y eso me paraliza. Vienen recuerdos a mi cabeza de cuando todo era horrible y es algo que no puedo olvidar, no se esfuma por más que lo niegue, siempre está ahí. Sé que ya no eres la misma persona pero… ― Me sentí derrotado y exhibido.

Sabía que lo lastimaba pero ahora que hablaba no me podía detener. Me tenía en sus brazos y al mismo tiempo no me tenía. Estaba seguro que dudaba, porque me estrujaba y luego parecía querer separarse de mí. No era buena idea hablar cuando no tenía en claro mis ideas, iba a confundirlo, o iba a confundirme.

― Sin embargo, tengo que admitir que… hoy pude olvidarlo algunos minutos. No sé cómo decirlo pero fue gracias a que estuviste ahí. "E-eso" no fue tan malo como recordaba.

Su respiración se tranquilizó y sus hombros se relajaron. No volvió a decir nada al respecto después de un «gracias» y un «cuéntame más en otra ocasión». Al igual que si le hubiera contado un cuento para dormir, olvidó el final, o lo ignoró. Dejó esa duda al aire porque no quería presionarme y agradecí su gesto. Tenía que tener mis ideas en claro antes de una segunda confrontación. Sus dedos se pasearon en mi cabello y se disculpó como el amigo que fingía ser.

Esa noche también olvidamos que éramos amigos, no fuimos amigos con derechos y mucho menos pareja; esa noche fuimos un viejo matrimonio. Nos cuidamos mutuamente la enfermedad, él palpaba mi frente para revisar mi temperatura y yo traía el agua fría para bajar la suya, él administraba la dosis de antigripales y se mantenía al pendiente de que no olvidara tomar las mías, mientras, yo, calentaba la comida; los dos tomábamos té bajo la misma manta, abrazados, contemplando el cielo derrumbarse. Por la noche dormimos también abrazados, en la misma cama, con la excusa del frío y las pocas cobijas para dormir en el sofá. Me tuvo entre sus brazos como alguna vez en invierno e igual que un posterior incendio. No intentó nada pero me abrazó deseando poseerlo todo. Sentí una profunda ternura y protección por quien me abrazaba pero no veía a los ojos, suspiraba cerca de mí y me regalaba su calor. Nos envolvimos entre las sábanas y olvidamos quienes éramos o qué habíamos hecho. Fuimos unos viejos conocimos, un feliz matrimonio de ancianos. No hubiera importado que el mundo se terminara en ese instante, nada importaba si me tenía entre sus brazos. No era mi amigo porque no podía serlo.

A la mañana siguiente, sin mayor escándalo y acompañado del canto de las aves, se fue. La lluvia no caía más pero no estaba seguro de que la tormenta hubiera terminado. Morinaga abrió la puerta y descubrimos que una espesa neblina cubría la ciudad de Nagoya, no se trataba de un buen presagio. El verdadero huracán apenas iniciaba. Estaba por retirarse cuando se despidió, «Nos vemos el próximo mes, Senpai», sonrío y se llevó todo el calor y alegría consigo. Después de recibir un mensaje tendría que atender el llamado en Hamamatsu con pena pero no con lastima. Se había ido pero no había huido.

Itterasshai. Ki wo tsukete. ― Murmuré.

No era su casa pero aun así lo despedía, en un fin de semana transformó mi pequeño departamento en un hogar. Esta vez las palabras «estoy en casa» tendrían mayor sentido. Habría una conversación pendiente con Isogai y un reencuentro, siempre predestinado, con Morinaga. La luz desapareció pero ya no me ahogaba en la oscuridad.

Por fin vislumbraba un rayo a través de la neblina.

= Continuará =

Tenía no sé cuánto tiempo que quería escribir la escena inicial del capítulo y hace poco me inspiré para el cierre (estuvo lloviendo recientemente y creo que seguirá). Aprovechaba esas noches de lluvia para escribir y avance más rápido. Después de mil años terminé. ¿Cuánto me tarde esta vez? ¿Seis meses, más o menos? En verdad siento mucho la demora pero ya saben, ser estudiante a veces consume mucho tiempo.

Ojalá el capítulo haya sido de su agrado, creo que debo dejar de anunciar que estamos en la recta final porque con lo que me tardo eso deja de ser importante (?). Cuando estemos en el penúltimo capítulo les aviso!

Saben que escribo con todo mi amor y de corazón, es una alegría que compartan conmigo esta historia y no me queda más que agradecer sus reviews. Gracias y hasta la próxima! :D