Capítulo 25
Harry se despertó temprano esa mañana. Estaba nervioso, ¿y si por culpa de Hagrid ya habían robado la piedra? Se levantó con presteza y se puso el uniforme escolar. Zarandeó silenciosamente a Neville en la cama de al lado mientras se terminaba de abrochar la corbata amarilla y negra. El otro niño era más perezoso, pero en cuanto se despejó lo suficiente para pensar con claridad, también saltó de la cama, alarmado. Bajaron a toda prisa a la Sala Común de Hufflepuff y de allí fueron al Gran Comedor.
Harry sabía que Dumbledore acostumbraba a llegar temprano al Gran Comedor para el desayuno, aunque Harry y Neville llegaban un poco tarde para el desayuno que hacían los alumnos de quinto y séptimo (ellos tenían los T.I.M.O.s y los E.X.T.A.S.I.s más tarde, así que sus clases continuaban). Dumbledore ya no estaba en el Gran Comedor cuando Harry y Neville entraron corriendo. La profesora McGonagall hablaba con Flitwick mientras salían del Gran Comedor.
—¡Profesora! —llamó Harry. Corrieron hasta los dos profesores. McGonagall y Flitwick les miraron con el ceño fruncido. —Profesora McGonagall, ¿sabe dónde se encuentra el profesor Dumbledore?
—¿Para qué quieren saber dónde se encuentra el director? —Flitwick les dio una sonrisa benevolente a los dos muchachos y se adelantó.
—Creemos que alguien intenta robar la Piedra Filosofal. —murmuró Harry. Las cejas de McGonagall se alzaron y sus ojos se abrieron mucho; parecía que se le iban a caer de la cara como si fueran dos canicas verdes.
—¿Cómo lo han averiguado? —Neville abrió la boca y la cerró. —Da igual, la piedra está muy bien protegida, nadie podría robarla.
—Debemos decírselo al profesor Dumbledore. —rogó prácticamente Neville. La profesora los miró y dijo, antes de irse:
—El profesor Dumbledore se encuentra de camino al Ministerio de Magia en este momento. Volverá mañana. —les dio una mirada severa. —Ni se les ocurra ir al pasillo del tercer piso, o Hufflepuff terminará en puntos negativos por su culpa.
La profesora McGonagall se marchó. En el Vestíbulo, Draco y Dudley se cruzaron con ella y al ver las miradas de Neville y Harry, decidieron no decir nada. Decidieron esperar a que McGonagall entrara en clases para correr al tercer piso. Ellos habían terminado sus clases y, aunque en ese momento tenían repaso de Defensa Contra las Artes Oscuras, la clase había sido cancelada porque el profesor Quirrell se encontraba indispuesto. Quienquiera que hubiera agredido a Quirrell antes, lo había vuelto a hacer.
Subieron por las escaleras móviles hasta el tercer piso y entraron al pasillo. Estaba oscuro y sucio; los elfos domésticos llevaban tiempo sin limpiar ese pasillo. Corrieron los cuatro hacia la puerta en la que estaba Fluffy, y Dudley ya había sacado la varita para abrir la puerta cerrada mágicamente cuando la voz de McGonagall los frenó. Harry se maldijo a sí mismo: la profesora los había leído como libros abiertos. Ella caminó hasta ellos y los llevó de vuelta a su despacho. Los cuatro se sentaron y esperaron la riña:
—¿No me han oído hace menos de una hora, cuando les dije que no fueran al pasillo del tercer piso? —Harry quiso contestarle, hacerle entender que ahora mismo podía haber alguien con la piedra filosofal en la mano. —Cincuenta puntos menos para cada uno de ustedes. La próxima vez que vayan al tercer piso, les expulsaré. A todos ustedes.
Eso los dejó helados. Se marcharon del despacho de McGonagall con una desesperación muy profunda en el pecho. O iban tras el ladrón, conseguían frustrar su plan y eran expulsados, o se quedaban parados, dejando que alguien se llevara la piedra que le haría inmortal e inmensamente rico. Harry, Neville, Draco y Dudley se vieron media hora después sentados en el patio de Transformaciones desierto, sin saber qué hacer.
—¿Y si fuera Voldemort intentando conseguir la inmortalidad? —murmuró Neville. Todos le miraron: Draco se encogió un poco ante el nombre del Señor Oscuro. Neville, aunque al principio había utilizado apodos y otros nombres, había decidido llamarlo por su verdadero nombre después del incidente del troll, cuando se había dado cuenta de que, sin ser Gryffindor, seguía siendo increíblemente valiente.
—Sólo haría el asunto aún más urgente. Pero no estamos seguros de que sea el Señor Oscuro el que está tras ella.
—Hay un montón de evidencias que le señalan. —Dudley empezó a enumerar. —Hagrid dijo que esa cosa del bosque que bebía sangre de unicornio tenía que ser alguien moribundo, con un deseo casi enfermizo de vivir, alguien al que no le importaría tener una vida maldita. Después, tenemos al misterioso ladrón, que resulta estar relacionado con un profesor. ¿Para qué querría un ladrón arriesgar tanto por una piedra que te da, bien dinero o bien inmortalidad? Siguiente prueba, la cicatriz de Harry y sus extraños dolores. Le dolió en el bosque, cuando esa cosa apareció. ¿Podría ser Voldemort, el mismo que está moribundo y desea la inmortalidad? Y por último, Quirrell está siendo agredido por alguien y nadie en el colegio parece preocuparse. No se lo ha dicho a Dumbledore, por tanto… ¿Coacción? ¿Amenaza?
—Lo de la cicatriz podría haber sido una casualidad. También me dolió a principio de curso en el Gran Comedor y nada malo ocurrió entonces. —ninguno se mostró lo suficientemente convencido.
—Es decir, tenemos a Voldemort escondido en el colegio. —concluyó Neville. —Y está amenazando a Quirrell para que colabore con él.
—Iré esta noche al pasillo del tercer piso. —murmuró entonces Harry. —Vosotros os quedáis aquí, es demasiado peligroso, más si Voldemort está ahí.
—Ni de broma, Harry. Estamos juntos en esto, desde el principio. No te vamos a dejar solos. —se negó Dudley. Draco asintió lentamente, como si le costara mover la cabeza, y Neville le palmeó el hombro:
—Estamos juntos, Harry.
Así que esa misma noche, Harry y Neville deberían pasar a por Draco y Dudley, e ir los cuatro juntos al pasillo del tercer piso. Después de la cena, con todo el plan trazado y el trono de Dumbledore vacío, se despidieron en el Vestíbulo. Harry y Neville se quedaron mirando los relojes de arena con aprehensión: ya habían empezado las preguntas acerca de los cien puntos perdidos de Hufflepuff. Ellos iban en tercera posición, justo por delante de Gryffindor, y habían quedado los últimos gracias a Harry y Neville.
Hicieron oídos sordos a las protestas de los otros Hufflepuffs en la Sala Común y se quedaron hasta tarde, esperando que el último de sus compañeros se acostara para salir. Neville practicaba algunos hechizos y Harry leía rápidamente su libro de Defensa, en busca de hechizos, encantamientos y maldiciones que podrían serles útiles en su excursión. Estaban nerviosos: las manos de Harry temblaban cada vez más y Neville sudaba copiosamente, apenas concentrado.
Cuando el último Hufflepuff subió las escaleras a los dormitorios, Harry sacó la capa de invisibilidad y los tapó a ambos. Recogieron a Draco y a Dudley en completo silencio: ésa sería su última aventura antes de ser expulsados. Pero, aún así, Harry sabía que valía la pena, porque tenía la corazonada de que Voldemort estaba involucrado en los intentos de robo del ladrón misterioso. Llegaron al tercer piso rápidamente, esquivando a Peeves y al Fraile Gordo.
Recorrieron el pasillo polvoriento y sucio y Dudley abrió la puerta. Harry los miró una última vez, antes de abrir la puerta y dejar que Draco cantara. Él había tomado clases de canto cuando era pequeño, así que no sonaría mal, pensó Harry. Había un arpa dorada a un lado que había dejado de sonar hacía poco, pues el perro todavía se veía somnoliento. El ladrón ya había pasado por ahí. Draco se aclaró la garganta y comenzó a cantar. El perro gruñó y dejó caer sus tres cabezas, durmiendo de nuevo.
—Abramos la trampilla. —Dudley movió una pata de Fluffy y abrió la trampilla. Había un hueco y estaba muy oscuro. —No se ve nada, Harry. —Neville y Harry miraron por la trampilla. Draco cambió de canción.
—Voy yo primero. —dijo Harry. —Si algo pasara, salid corriendo de aquí y enviadle una nota a Dumbledore. Usad la capa de invisibilidad. —los tres chicos asintieron. Draco empezó a tararear otra melodía. —Allá voy. —Harry se lanzó y cayó, cayó, cayó hasta chocar contra algo esponjoso. —Es seguro, podéis bajar.
Neville cayó a su derecha segundos después. Dudley pareció entretenerse un poco, pero al final saltó. La voz de Draco podía escucharse desde allí. Hubo un ladrido y un gruñido, y Draco apareció a su lado, con la cara pálida. Harry y Neville encendieron la punta de su varita, mirando a su alrededor.
—El Lazo del Diablo. —murmuró Neville. —¡Relajaos, chicos! —Dudley se movió espasmódicamente. Los tentáculos húmedos de la planta les estaban atrapando lentamente.
—¡Dudley, deja de moverte! —gritó Harry. Los tentáculos atraparon su mano y la varita cayó al centro de la planta, su luz apagándose repentinamente. Apenas se podía ver con la única luz de la varita de Neville. —¡Neville, haz algo!
—Estoy en ello. —gritó Neville. Los tentáculos le habían empezado a atrapar el brazo de la varita. Con la mano que le quedaba libre a Harry, estiró de los tentáculos mientras Neville alzaba el brazo más y más. —¡Incendio!
La planta ardió en una de las paredes en las que estaba pegada. Los tentáculos se retrajeron, asustados, y los cuatro niños cayeron al vacío, junto con la huérfana varita de Harry. Se golpearon contra el suelo de piedra y Harry saltó como una rana a por su varita. Encendieron las puntas de sus varitas y miraron hacia arriba: la planta volvía a enlazarse en el hueco, cubriendo el pasadizo por el que habían llegado los cuatro niños.
Estaban en un pasillo de piedra, que continuaba hacia la derecha. Había una luz muy débil encendida al final del pasillo, un poco después de que girase a la derecha. Avanzaron hacia allí, escuchando un zumbido cada vez más alto. Llegaron a una sala circular, abovedada, repleta de pequeños pájaros que volaban en todas direcciones, tranquilos. En el otro extremo de la sala, había un armario con escobas y la puerta que debían cruzar.
Vigilando los pequeños pajarillos que volaban sobre sus cabezas, se acercaron a la puerta. Estaba cerrada, y ni el Alohomora más potente podría abrirla. Dudley gritó, señalando los pájaros:
—¡No son pájaros, son llaves con alas! —los otros tres miraron con detenimiento: sí, eran pequeñas llaves con alas. —Sólo una podría abrir la puerta, supongo.
—¡Allí, mirad! —Draco señaló una llave vieja que tenía problemas para volar: tenía un ala chafada. —El ladrón ya ha pasado por aquí.
—Tenemos que cogerla, rápido. —Harry les lanzó escobas a Dudley y a Draco. Neville, después de su horrible clase de Vuelo, se sentía aprehensivo al tomar una escoba. Por eso, él se quedó en tierra.
Draco se aproximó a la llave desde abajo, y Dudley desde arriba. Cuando Harry dio la señal, ambos abordaron a la llave, que salió volando hacia la pared, con Harry detrás de ella. La llave giró y Harry la placó contra la pared con todo su cuerpo. La llave cayó al suelo, donde Neville la recogió antes de que volviera a volar de nuevo. Harry se frotó el hombro mientras abrían la puerta. La llave, después de ser liberada, volvió con sus hermanas como pudo, con las alas heridas.
Pasaron a una sala oscura y cuadrada, muy grande. Caminaron a ciegas, hasta que Draco se tropezó con un bordillo y cayó al suelo. Los fuegos se encendieron y revelaron un tablero de ajedrez de tamaño humano. Las piezas eran grandes, aunque había algunas que faltaban. A un lado, había piezas destruidas blancas y negras.
—Creo que tenemos que jugar para pasar a la siguiente sala. —dijo Draco. Detrás de las fichas blancas, había una pequeña puerta. —Ésta parece ser la prueba de McGonagall. O sea, que las llaves eran cosa de Flitwick y el Lazo del Diablo era la prueba de Sprout. Sólo nos falta lo que hayan puesto Quirrel y Snape.
—Sólo dos más si acabamos ésta. —se reconfortó Dudley. Todos miraron a Neville. —Neville, tú nos diriges.
—¿Yo?
—Eres el mejor de nosotros jugando al ajedrez mágico.
—Pero, chicos, yo –
—Confiamos en ti, Neville. Dinos dónde nos ponemos.
Harry se colocó en la posición del alfil, Neville se puso como torre, Draco hizo de caballo y Dudley de la reina. Neville los comandó, mandando a Draco por todo el tablero. Las piezas blancas y las negras se amontonaban a un lado del tablero, destruidas. Neville miraba con ojo crítico sus posiciones para que ninguno de ellos estuviera en peligro. La reina blanca les había masacrado a la mitad de sus peones, aunque Neville había conseguido destruirla mandando a Harry.
Harry sabía que había algo raro acerca de lo que Neville estaba haciendo. Ni él ni el rey se habían movido en todo ese tiempo. Neville jugaba principalmente con los caballos y los peones y era muy aficionado al enroque, que incluía a la torre y al rey. Harry estaba seguro de que en algún momento haría el enroque. Por el momento, se limitaba a acosar al rey blanco con Draco y Dudley. Harry permanecía cerca de Neville.
Finalmente, Harry vio su estrategia demasiado tarde. El rey blanco se acercaba al inmóvil rey negro. Iba a enrocar, sacrificarse y hacer que otro matara al rey blanco e hiciera jaque mate. El rey blanco se colocó frente al rey negro. El camino para el enroque estaba libre, y Draco y Dudley se encontraban prácticamente en la otra esquina del tablero.
—¡Neville, no! —gritó Harry. —¡No lo hagas, te hará pedazos!
—¿De qué hablas, Harry? —preguntó Dudley.
—¡Va a enrocar! —Dudley y Draco se quejaron, pidiéndole que no lo hiciera.
—¡Es la única manera de ganar este juego! ¿Queréis detener al ladrón o no? Al final, todos sabemos que es Harry el que debe llegar hasta la última sala y enfrentarle. —se quedaron callados. —Nos han dado jaque, así que tengo que mover el rey de todas formas. —se aclaró la garganta y dijo, —Rey a c1. Jaque.
El rey negro se movió y Neville se movió a su vez, situándose en diagonal con el rey blanco. Su turno terminó y el rey blanco se giró hacia Neville. Tenía la piel muy blanca. La espada se alzó y golpeó a Neville, lanzándolo fuera del tablero con un grito de dolor.
—¡No os mováis! Seguimos jugando, ¿recordáis? —dijo Harry. Draco y Dudley estaban igual de blancos que Neville. Parecían a punto de desmayarse. Harry se movió y quedó delante del rey. —Jaque mate.
La espada pesada del rey blanco cayó al suelo, frente a él, y el juego terminó. Corrieron hacia Neville, preocupados al verle tan pálido. Un hilo de sangre salía de un feo corte en la ceja. Tenía el labio partido. Entre los tres, llevaron a Neville a un lado de la sala y lo dejaron apoyado contra la pared.
—Vamos, no hay nada más que podamos hacer por él ahora. —Draco y Dudley siguieron a Harry. Pasaron por entre las piezas blancas y llegaron al siguiente desafío.
En el suelo había un enorme troll tumbado. Tenía un bulto sangrante en la cabeza y Harry no sabía siquiera si estaba vivo. Su maza estaba hecha astillas en una esquina de la sala. Harry agradeció a los cielos no tener que enfrentarse a otro troll, como en Halloween. Iban a continuar hasta el desafío de Snape cuando Dudley los paró:
—Chicos, —les llamó. —creo que deberíais continuar sólo vosotros dos. Lo que sea que Snape haya preparado, será cosa de pociones, y eso no se me da bien. Estaré siendo más útil si me quedo a cuidar a Neville.
Dudley retrocedió y Draco y Harry avanzaron a la siguiente sala. Entraron, encendiendo las puntas de sus varitas. La sala estaba a oscuras. Cuando ya habían entrado, los fuegos se encendieron. Un fuego morado impedía que salieran de la habitación cuadrada, y un fuego negro les obstaculizaba el paso a la última sala, donde estaría la piedra filosofal. En frente de ellos había una mesa de piedra con siete pociones diferentes y un pergamino enrollado.
Pasar por el acertijo de lógica de Snape resultó más complicado de lo que parecía. Aunque sólo había siete pociones, dos de ellas eran simple vino y tres eran venenos. Sólo había una poción que te posibilitaba volver cruzando el fuego morado y otra que te dejaba pasar a través del fuego negro. Después de discutir cuál era la correcta, Draco le dio un vial pequeño.
—Esta es la que te permitirá cruzar el fuego negro.
—¿Cuál es la que permite volver? —preguntó Harry, sosteniendo el vial. Apenas había un sorbo: sólo uno de ellos podría pasar. Draco cogió otra poción mucho más grande que la de Harry. —Tómala y regresa con Dudley. Llevaos a Neville y avisad a Dumbledore o McGonagall de que alguien ha entrado.
—¿Tú vas a seguir adelante? —Draco se veía pálido y preocupado. Harry asintió con la cabeza.
—Si Voldemort está allí, debo detenerlo. O al menos, entretenerle todo el tiempo que pueda hasta que llegue Dumbledore. —Harry se aproximó hasta el fuego negro. —Vete, Draco. Rápido.
—Harry. —le llamó Draco, acercándose al fuego morado. Se giró; tenía lágrimas agolpadas en los ojos. —No mueras, ¿vale?
—Te lo prometo. —Draco se bebió de golpe la poción, reprimió un escalofrío y desapareció a través del fuego morado.
Harry inspiró con fuerza y se bebió su poción. Era como tragar hielo líquido. Se acercó al fuego negro y sonrió, al ver cómo las lenguas negras le tocaban, sin quemarle. Pasó a través de la barrera y bajó por las escaleras de piedra. Sólo quedaba la prueba de Dumbledore, pensó, recordando que Hagrid había dicho que Dumbledore en persona había contribuido a la defensa. Harry sacó la varita y terminó de bajar los últimos escalones.
Llegó a una sala elíptica y limpia. No tenía mobiliario, sólo un espejo que Harry reconoció al instante: el espejo de Oesed. Frente al espejo, estaba la persona que Harry menos esperaba ver.
—¿Quirrell? —el hombre de turbante y túnica moradas miraba el espejo. Se giró hacia Harry, furioso como nunca antes había estado. —¿Cómo es posible?
—¡Potter! —su varita cortó el aire y gruesas sogas atraparon a Harry. Su varita se resbaló de entre sus dedos, cayendo al suelo poco antes de que Harry cayera. —No esperaba verte esta noche aquí. —Quirrell no tartamudeaba.
— ¿Qué ha pasado con el tartamudeo? —Quirrell rió a carcajada limpia, como si fuera un demente.
—¿Que qué ha pasado? Era todo mentira. —una sonrisa malvada se formó en los labios secos y descoloridos del hombre. Se veía horriblemente cansado. —¿Quién desconfiaría del po-pobre prof-fesor Quirrell, que apenas puede hacerle frente a su sombra? Nadie, ni siquiera Dumbledore sospechó. —se jactó Quirrell. —Sólo uno desconfió: Snape. No era para menos, a fin de cuentas, lo culparán a él por esto. —Quirrell volvió a reír. Harry se encogió sobre sí mismo: la cicatriz le dolía, le ardía casi literalmente en la frente. Se acercó un poco hacia su varita. Quirrell dejó de hacerle caso. —Maestro, no lo entiendo, ¿qué debo hacer? Me veo dándole la piedra, pero no hay nada en esta sala.
—Usa al chico. —se escuchó una voz tenebrosa y suave en la sala. Harry miró a su alrededor, intentando encontrar al propietario de esa voz. Su mano consiguió atrapar la varita y guardarla en su manga, en el porta-varitas.
—¿Al chico? —Quirrell se quedó callado. Lentamente, se dio la vuelta y con otro movimiento de varita, desató a Harry. —¡Aproxímate, Potter!
Harry se acercó, asustado. ¡Quirrell! ¿Cómo había podido burlar a Dumbledore, que se jactaba de ser el mejor hechicero de Gran Bretaña? Harry lo había apartado de los profesores a investigar con rapidez tras escuchar la supuesta agresión de Quirrell. ¿Cómo desconfiar del inútil profesor de Defensa al que alguien trataba de hacer daño?
—Mira el espejo, Potter.
Harry se quedó frente al espejo. Tenía la varita de Quirrell clavada en la espalda. Miró la superficie del espejo y esperó ver a sus padres de nuevo. Lily y James no aparecieron a su espalda. Harry se veía a sí mismo. Entonces, el Harry del espejo sonrió de medio lado y sacó de su bolsillo la roja piedra filosofal. Le guiñó un ojo y la metió de nuevo en el bolsillo de su túnica. Con cuidado, Harry miró hacia abajo y palpó en su propio bolsillo, notando el relieve de la piedra.
—¿Qué ves?, ¿qué ves, Potter? —le preguntó Quirrell, demandante. El Harry del espejo seguía sonriéndole.
—Me… Me veo a mí mismo. Soy el capitán del equipo de quidditch de Hufflepuff. Estoy levantando la copa de quidditch. —mintió Harry.
—Miente. —se escuchó de nuevo la voz misteriosa. —Déjame verlo, Quirrell, déjame hablar con él, cara a cara.
—Pero, Señor, está muy débil. —Quirrell se encogió y obedeció. Lentamente, sus manos temblorosas se deshicieron del turbante y se giró.
Quirrell era calvo. En la nuca, sin embargo, tenía otra cara. Tenía ojos rojos y encarnados, y una nariz chata, parecida a la de una serpiente. Sus labios eran tan finos que a Harry le dio la sensación de que eran inexistentes. La cara lo miró y, más que nunca, la cicatriz de Harry ardió. Los labios de Voldemort se separaron y la cara habló:
—Harry Potter. —susurró. Su voz era silbante. —El mocoso que me dejó en este lamentable estado.
—Voldemort. —murmuró Harry. La cabeza parecía a punto de partirse en dos. —¿Cómo?
—Busqué a Voldemort cuando viajaba. —contestó Quirrell sin mirarlo. —Y cuando lo encontré, me di cuenta de lo equivocado que estaba hasta ese momento. No existe el bien y el mal, sólo el poder y aquellos demasiado débiles para tomarlo. —la cara de Voldemort se contrajo en una mueca malvada y satisfecha.
—Silencio, Quirrell. —Quirrell se calló en seguida. —Dame la piedra, Potter, y haré que tus padres vivan. Dame la piedra, y te daré todo lo que siempre has deseado. Juntos podríamos gobernar el mundo mágico, ser invencibles…
—¡No! ¡Jamás te la daré! —Harry saltó hacia atrás, alejándose del hombre. Sacó la varita mientras Voldemort gritaba:
—¡Mátalo, Quirrell! ¡Mátalo y tráeme la piedra!
Quirrell tiró su varita a un lado y saltó hacia Harry, estrangulándolo. La varita de Harry cayó de su mano por el golpe. Quirrell comenzó a gritar de dolor y se apartó. Sus manos estaban llenas de horribles ampollas.
—¡Quema, Maestro!
—¡Hechízalo, idiota!
Quirrell levantó las manos y Harry le agarró de las muñecas antes de que pudiera hacer su siguiente movimiento. Su cicatriz ardía, pero los chillidos de dolor de Quirrell le obligaban a continuar. Era Quirrell o él… No, era una pelea contra Voldemort. Si perdía, la piedra filosofal sería suya. No podía permitirlo. Quirrell lloriqueó y Voldemort gritó, dándole instrucciones. Harry se apartó, tocándose la frente.
—¡La piedra, rápido! ¡Quítale la piedra!
Quirrell avanzó hacia él y Harry puso sus manos en la cara del hombre. Quirrell, desesperado, cayó hacia delante, aplastando a Harry. La piedra se salió de su bolsillo, y Quirrell se arrastró hacia ella. Harry volvió a cogerle de la cabeza, estirando de él para que no tocara la piedra. Quirrell perdió las fuerzas y Harry le tiró hacia atrás. El hombre gritaba y gritaba con la voz ronca. Tenía la cara llena de quemaduras y ampollas.
—¡Mátalo! —Quirrell pareció intentar levantarse. Harry volvió a poner las manos en la cara de Quirrell.
—¡Harry, no! ¡Apártate de él!
Harry miró hacia el final de las escaleras. Dumbledore estaba allí, con la varita levantada. Harry retrocedió, por el suelo. Quirrell se levantó poco a poco y la cara de Voldemort gritó con fuerza. Algo oscuro salió del cuerpo de Voldemort y pasó a través de Harry, escapando. Escuchó el golpe que dio el cuerpo de Quirrell al golpear el suelo antes de cerrar los ojos, demasiado cansado. Su cabeza golpeó contra el suelo, perdiendo el conocimiento.
Nota: no queda nada para terminar este primer añito ^u^ ¿No es genial? Pobre Harry, ahí sufriendo porque el estúpido Espejo de Oesed le dio la Piedra en el momento más inesperado... Ains, Dumbledore ¿por qué eres tan inoportuno? XD
Reviews:
-mar91: sip, al final terminan bajando por la trampilla. Me dio pena que perdieran cincuenta puntos cada uno, aunque la peor parte se la ha llevado Hufflepuff, perdiendo 100 puntos de golpe XD
Paladium
